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lunes, 20 de julio de 2026

Días así

 

Días así

 

Por Mario Lugo

 

1.     El que sigue

¿Qué tan rápido procesa documentos en la computadora? pregunté.

Me encuentro un poco entumecido, oxidado. Usted sabe, un par de años sin empleo fijo en lo que uno sabe hacer, o sabía. Esto causa sus estragos; pero ganas de trabajar me sobran. De veras necesito el empleo dijo, mientras me estrechaba con sus dos manos la mía que yo le había extendido en señal de despedida.

Sí, claro le dije un tanto confuso. Nosotros le llamamos.

Mi mano siguió prisionera entre sus dos manos mientras sus ojos buscaban los míos. Era una muestra de muda súplica que tomó algunos momentos que me parecieron eternos.

 ¿De verdad me llamará usted? ¿Considera que tengo posibilidades? Ya sabe usted que en estos tiempos el dinero, aunque sea poco, es más importante que en otras épocas del año.

 Yo le llamo, le llamamos dije mientras retiraba mi mano con la menor brusquedad posible mientras mi teléfono sonaba con insistencia. Seguramente ya estaba listo el siguiente candidato al puesto.

 

     2.  Nuevo empleado

El domingo, al subir en la escalera eléctrica, me encontré de frente a una pareja de jóvenes, una mujer trigueña de pelo corto quien sujetaba apenas la mano de su compañero. Me sorprendió el joven con un saludo muy afable:

¡Señor, que sorpresa verlo! ante mi extrañeza, más que sorpresa, complementó:

Usted me entrevistó ayer para una vacante. ¿Cómo está? La joven me miraba sonriente y él, cortésmente me hizo saber:

Es mi novia. Es decir, somos novios.

 Ah, sí. Es cierto. ¿A usted cómo le va?

 Pues sinceramente nosotros estamos esperando su decisión. Me encantaría trabajar con ustedes. Ojalá y pueda apoyarme.

 La verdad, el asunto ya está en manos del departamento de personal.

 ¿Y pudiera usted influir un poco?

 Pues yo lo veo, a ver qué pasa. Por cierto, me tengo que retirar, me esperan. Una disculpa.  

Nos despedimos con un saludo de mano. Me la estrechó con fuerza como si no deseara terminar el fortuito encuentro. Parecía no dejarme marchar. Su novia lo tiró un poco hacia un lado, un tanto cohibida.

En realidad, la misma tarde ayer, después de la entrevista de rutina, se contrató a un mejor candidato.

La mañana siguiente recordé el episodio mientras me dirigía a mi trabajo en la oficina. Tenía que llegar a tiempo para recibir al nuevo empleado.

 

3.     Situación difícil

La encargada de recepción recibía un pequeño listado cada día. No pasaba de diez nombres completos de hombres o de mujeres. La planta fue de las primeras que integró al trabajo no solo mujeres. El llamado podía ocurrir a cualquier hora del día; pero parecían preferir a media mañana, o poco antes de la hora de salida de cada turno. La tensión empezó a subir después de las primeras dos semanas conforme iniciaba la siguiente y luego la siguiente.

Los fines de semana, aunque trataba de no darle importancia se ensombrecían sin importar que participara en reuniones o parecieran muy divertidas las convivencias familiares.

¿Está pasando algo malo? pregunto su esposa, siempre suspicaz.

Todo bien.

Has estado estos últimos días demasiado serio. Como triste.

Estoy preocupado.

¿Por?

Creo que me van a correr de la fábrica.

¿Hiciste algo mal? ¿Cometiste algún error?

No creo. Están corriendo empleados todos los días.

¿Pero, así nomás?

Solo dicen que la situación en general está muy difícil.

 

Creo que nunca le tuvimos tanto miedo al altavoz de la empresa. Mencionaban uno a uno los nombres completos:

Remigio Gutiérrez Pérez por favor pasar a la oficina de Personal. Luego repetían cada nombre, Remigio Gutíerrez Pérez por favor pasar a la oficina de personal.

Remigio se despidió de los compañeros y compañeras más cercanos.

Ya me chingaron murmuraba con amargura nos seguimos viendo.

Luego un saludo ruidoso por el sonido de las manos al golpear.

Unos minutos más tarde volvía cada empleado con un sobre en la mano y acompañado del empleado de seguridad para vigilar que el exempleado solo recogiera sus efectos personales. Luego era acompañado a la parte trasera del edificio, entrada y salida para empleados.

El temor y la preocupación distraían constantemente del trabajo. La persona siguiente podía ser cualquiera: operador, operadora, técnico de mantenimiento, supervisor, incluso algún gerente.

Tú que te llevas bien con la secretaria del departamento de personal pregúntale si tú y yo estamos en la lista. Tú sabes que este ha sido mi único trabajo y tengo miedo de que me corran.

Ya le pregunté. Dice que poco a poco van a correr a poco menos de la mitad de los empleados.

¿Entonces puedo ser yo la siguiente?

-No sé.

Tenemos que buscar otro empleo.

¿Y a qué hora?

 


Mario Lugo estudió letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es autor de los libros Empezar a morir, El amor entre las ruinas, Fuentes Mares en tonos intermedios y Detén mis trémulas manos. Desde los años ochenta del siglo pasado escribe una columna de reseñas literarias llamada Armario, publicada en periódicos y revistas de Chihuahua.

lunes, 15 de junio de 2026

Jacqueline Bouvier: La inteligencia como elegancia

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

Jacqueline Bouvier: La inteligencia como elegancia

 

Por Marco Benavides

 

Jacqueline Lee Bouvier nació el 28 de julio de 1929 en Southampton, Nueva York, en una familia donde el privilegio social no anulaba la disciplina intelectual, sino que convivía con ella. Hija de John Vernou Bouvier III y Janet Lee Bouvier, creció rodeada de una educación esmerada. La equitación le enseñó la elegancia del control; la historia y la literatura, en cambio, le ofrecieron un territorio más vasto: el de la conciencia y la imaginación. Estudió en Vassar College, pasó un año en París y culminó sus estudios con una licenciatura en literatura francesa por la Universidad George Washington.

Al concluir sus estudios, trabajó en el Washington Times-Herald como fotógrafa y reportera. La anécdota suele mencionarse con ligereza, pero allí se revelaba ya una inclinación decisiva: antes que limitarse a contemplar el escenario, Jacqueline prefería internarse en él. En vez de aceptar el destino de simple presencia distinguida, eligió el contacto directo con la realidad, la observación minuciosa, la pregunta breve y exacta. Aprendió a leer los silencios, a distinguir entre la apariencia y la intención, a escuchar lo que no se decía de manera explícita. Y esa capacidad sería una de las formas más discretas y persistentes de su poder.

En 1953 contrajo matrimonio con John F. Kennedy, y cuando él llegó a la presidencia en 1961, Jacqueline asumió el papel de primera dama sin resignarse a la fórmula vacía del ceremonial. Su proyecto más recordado fue la restauración histórica de la Casa Blanca, empresa que abordó con una mezcla poco común de rigor cultural y sensibilidad simbólica. Comprendió que un país se piensa a sí mismo en los objetos que conserva, en las memorias que decide exhibir y en los relatos que legitima. La célebre visita televisiva de 1962, seguida por millones de espectadores, no fue solo una muestra de buen gusto, sino una lección pública sobre historia, identidad y representación.

El asesinato del presidente Kennedy, en noviembre de 1963, la enfrentó a una forma de dolor que no solo era íntima, sino también pública, histórica y casi insoportablemente visible. En medio de la conmoción, Jacqueline tuvo la lucidez de quien comprende que incluso el duelo puede convertirse en escenario y decidió no ceder del todo ese momento a la maquinaria de la imagen. Su negativa a cambiarse el traje manchado antes del juramento de Lyndon B. Johnson fue un gesto seco, sobrio y devastador: una manera de obligar al país a contemplar la verdad desnuda del crimen. Su matrimonio con Aristóteles Onassis en 1968 desconcertó a una opinión pública que prefería verla fijada en la inmovilidad de un símbolo nacional.

Ya viuda por segunda vez, retomó en Nueva York una vida profesional que desmiente todas las simplificaciones de su leyenda. Trabajó como editora en Viking Press y luego en Doubleday, donde quienes la conocieron recordaron no a una celebridad decorativa, sino a una lectora rigurosa, una mujer de juicio fino y exigencia real. Leía con atención, corregía con precisión y conversaba con autores desde una autoridad que nacía del conocimiento, no del prestigio prestado.

Murió el 19 de mayo de 1994. Más allá del estilo, Jacqueline Bouvier dejó una lección más duradera: la demostración de que la inteligencia puede ejercer influencia sin levantar la voz, y de que la sensibilidad cultural constituye una forma de autoridad. Su legado no reside únicamente en las fotografías que fijaron una época ni en la memoria sentimental de una presidencia mítica, sino en algo más hondo y menos visible: la convicción de que la elegancia verdadera nace de una vida interior exigente. Tal vez por eso su figura persiste, no como reliquia de un tiempo perdido, sino como ejemplo de una forma de presencia donde la inteligencia, la reserva y la belleza encontraron un equilibrio casi irrepetible.

 

Dr. Marco Benavides, 15 junio 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

domingo, 7 de junio de 2026

La multitud y su sombra


 Diseño gráfico: Marco Benavides

La multitud y su sombra

 

Por Marco Benavides

 

Hay una imagen recurrente en la iconografía del siglo XX que conviene recuperar antes de hablar de cifras: la de la hormiga. En incontables caricaturas, documentales y ensayos de divulgación, la especie humana ha sido representada como una colonia insaciable que se multiplica y que consume cualquier superficie que ocupa. La imagen es eficaz, pero a la vez tramposa. Porque la hormiga no elige dónde construye su montículo, no delibera sobre el futuro del suelo, no ha escrito una constitución. Nosotros sí.

La sobrepoblación no es un fenómeno que se explique simplemente con el conteo de personas. Es, antes que nada, una relación: la que existe entre el número de pobladores en un territorio y la capacidad que ese territorio tiene para sostenerlas con dignidad. Esta distinción determina si estamos hablando de un problema de cantidad o de distribución; de biología o de política; de destino o de decisión.

Los organismos internacionales coinciden en que la población mundial sigue creciendo, aunque a un ritmo más lento que en las décadas de la posguerra. Según las proyecciones más recientes de Naciones Unidas, el planeta alcanzó alrededor de 8.2 mil millones de habitantes en 2024, y podría rozar un máximo de 10.3 mil millones hacia mediados de la década de 2080. Lo que ha cambiado no es solo la velocidad del crecimiento, sino su geografía. Hoy el aumento más pronunciado ocurre en regiones del África subsahariana y en partes de Asia meridional, mientras que Europa, Japón y una franja creciente de América Latina enfrentan el problema inverso: el envejecimiento acelerado de sus poblaciones y la contracción de la natalidad.

Pero el dato más significativo no es el crecimiento rural o el nacional: es la urbanización. Cerca del 57% de la población mundial vive en áreas urbanas, una proporción que no deja de crecer. Megalópolis como Ciudad de México, São Paulo, Lagos, Karachi o Dhaka concentran millones de personas que llegaron buscando lo que el campo no podía ofrecerles: empleo, escuela, hospital, futuro. Lo que encontraron con frecuencia fue una ciudad que tampoco estaba preparada para recibirlas.

Desde una perspectiva ecológica, el crecimiento poblacional ejerce una presión creciente sobre los sistemas naturales. No es solo que más personas necesiten más agua, más tierra cultivable, más energía: es que el modelo de consumo dominante multiplica ese impacto. Para ponerlo en una escala concreta: en los datos recientes del Banco Mundial, las emisiones per cápita de dióxido de carbono rondan las 14 toneladas anuales en Estados Unidos, frente a apenas 0.3 en Burkina Faso. La pregunta no es cuántos somos, sino cómo vivimos y, sobre todo, quién decidió que esa es la única forma de vivir bien.

Desde la perspectiva social, la sobrepoblación revela y agrava las desigualdades existentes. El hacinamiento urbano, los asentamientos informales y la saturación de los servicios de salud no son consecuencias inevitables del crecimiento: son consecuencias de un crecimiento mal gestionado. Hablar de sobrepoblación sin hablar de desigualdad es hablar de los síntomas sin tocar a la enfermedad.

Parece haber una incomodidad que atraviesa cualquier discusión honesta sobre la sobrepoblación: la sospecha de que, detrás de ciertas alarmas demográficas, late un pensamiento que no se atreve a nombrarse. La historia del siglo XX está llena de políticas de control poblacional que, bajo el lenguaje neutro de la planificación familiar, escondían lógicas eugenésicas o coloniales: el fascismo europeo de los años treinta, esterilizaciones forzadas en India durante los setenta, políticas coercitivas en China, campañas de anticoncepción dirigidas selectivamente a comunidades pobres o indígenas en América Latina. Este pasado no anula la legitimidad de hablar sobre demografía, pero obliga a hacerlo con más conciencia de quién habla y a quiénes se señala cuando se dice que somos demasiados.

Los análisis más rigurosos coinciden en que la transición demográfica ocurre de manera casi natural cuando se garantizan ciertas condiciones: acceso universal a la educación, atención médica de calidad y seguridad económica básica. No se necesitan campañas coercitivas. Se necesita justicia.

Mientras algunas regiones deberán generar millones de empleos, escuelas y viviendas para una población joven en expansión, otras tendrán que repensar sus sistemas de pensiones y sus modelos de cuidado para adaptarse a poblaciones cada vez más envejecidas. No existe una solución universal porque no existe un problema universal: existe una constelación de desafíos locales que comparten ciertas lógicas globales.

Las respuestas no pueden reducirse a la aritmética de la reducción. Se trata de construir sociedades capaces de sostener a las personas que ya existen, de distribuir los recursos con más equidad, de planificar las ciudades con más inteligencia y de consumir con responsabilidad. El debate sobre la sobrepoblación es, en el fondo, un debate sobre el tipo de civilización que queremos ser.

La imagen de la hormiga, con la que comenzamos, tiene una virtud a la que quizá no le hacemos suficiente justicia: la hormiga construye. No destruye por placer ni acumula más de lo que puede cargar. Su colectividad tiene una lógica que nosotros, con toda nuestra inteligencia y toda nuestra historia, aún no hemos logrado replicar a escala. Tal vez el problema no es que seamos demasiados. Tal vez el problema consiste en que todavía no hemos aprendido a ser, todos juntos, los suficientes.

 

Dr. Marco Benavides, 7 junio 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

martes, 26 de mayo de 2026

La red que somos

 

Diseño gráfico: Marco Benavides

La red que somos

 

Por Marco Benavides

 

Hay una escena que vuelve con frecuencia cuando pienso en la globalización: un hombre en Lagos escucha, desde su teléfono ensamblado en China, una canción grabada en Nashville por un colombiano que canta en inglés sobre el desamor. Nadie en esa cadena planeó el encuentro.

La globalización es eso: la creciente capacidad del mundo para conectarse consigo mismo. No es una política ni un decreto; es un proceso vivo, contradictorio, a veces brutal mediante el cual bienes, personas, ideas, dinero y cultura circulan entre naciones con una libertad que hace cien años habría parecido ciencia ficción. Sus motores son conocidos: el comercio internacional que se multiplicó tras la Segunda Guerra Mundial, las innovaciones tecnológicas que desde los años ochenta comprimieron el tiempo y la distancia, las instituciones OMC, FMI, acuerdos de libre comercio que tendieron los rieles por los que corre este tráfico, y la movilidad, esa migración constante de personas y capitales que no espera permiso de nadie.

El resultado es una interdependencia sin precedentes. Lo que ocurre en un país resuena en otro antes de que el periódico de la mañana llegue a los quioscos. Una cosecha arruinada en Ucrania encarece el pan en El Cairo. Un virus emergente en una ciudad remota puede detener, en semanas, la economía global. Un algoritmo ajustado en Silicon Valley redirige flujos de publicidad que determinan qué músicos en Ciudad de México logran ser escuchados. La causalidad se ha vuelto oblicua, difusa, planetaria.

Sería fácil y deshonesto detenerse en el asombro. La globalización también ha concentrado riqueza, precarizado empleos, homogeneizado culturas. El mercado internacional que promete oportunidades a todos no llega igual a todos los rincones. Hay una asimetría persistente entre quienes dictan las reglas del intercambio y quienes simplemente las reciben. El intercambio cultural, que suena a fiesta, a menudo es monólogo: las mismas plataformas, los mismos algoritmos, la misma gramática del entretenimiento impuesta sobre tradiciones que no pidieron ese molde.

Y, sin embargo, en esa paradoja vive algo que merece más que condena o celebración. La globalización nos ha dado un idioma compartido para los problemas que no reconocen frontera: el cambio climático, las pandemias, la migración, el agua. Nos ha obligado no siempre con gentileza a reconocer que el otro existe y que sus decisiones nos afectan tanto como las propias. Esa incomodidad es, quizá, el comienzo de algo.

Vivir en este mundo interconectado es habitar una red cuya extensión no abarcamos del todo. Somos, a la vez, sus nudos y sus hebras. Lo que hagamos aquí importa allá. Lo que decidan allá nos transforma aquí. La pregunta no es si queremos la red ya estamos dentro sino qué tipo de nudo queremos ser.

 

Dr. Marco Benavides 24 mayo 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.