sábado, 18 de julio de 2026

Ley de Gravedad

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Ley de Gravedad

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Gonzalo había caído sobre el piso de mosaico de la estancia. Unos metros más allá se quedó muda y como esperándolo su silla de ruedas. Aunque no había practicado mucho, sabía lo que tenía que hacer. Recordaba lo que la muchachita aquella de la terapia ocupacional se había esforzado por enseñarle.

Primero que nada, había de cerciorarse de que no había nadie que pudiera echarle una mano. Era jueves, día en que la auxiliar no llegaría hasta las dos de la tarde. Sintió que no podía, no debía quedarse tirado ahí hasta entonces. Mientras lo pensaba ya había reptado hasta el pie de la silla. El paso siguiente era ponerse de rodillas como si estuviera rezando frente a la silla. Con mucha dificultad pudo hacerlo. Luego debía asegurar los frenos de la silla, para que no fuera a moverse. Una vez hecho eso, apoyándose en el asiento de la silla debería doblar su pierna buena y así pararse frente a la silla. Dar la media vuelta y sentarse en ella fue lo más fácil.

Una vez en la silla pasó a reflexionar sobre lo que había pasado:

—¡Ay, Gonzalo! —se dijo a sí mismo—. Es tu segunda caída, por fortuna no te quebraste un hueso. Ya te lo vaticinó tu hermana después de la primera caída: una fractura de cadera es el principio del fin.

Y ahora tenía que llamarla por teléfono y contarle del percance. Ya la oigo: “Ya lo ves, un descuido y lo que pasa” Y tal vez le martillaría en la cabeza aquello del “principio del fin”. Pero había que notificarle, después de todo ella era la única persona a quien él sabía que le importaba. Bueno, también a la auxiliar le importaba, pero esta vendría más tarde y entonces le podría decir.

—¿Estás seguro de que estás bien? Al rato paso a verte. ¿La auxiliar todavía no llega? A lo mejor estoy ahí antes que ella.

Ahora sí, a solas con su gato y su silla de ruedas podría ponerse a pensar. ¿Qué te dice una caída? Pues si posees una mente educada lo primero que se te ocurre es que la ley de la gravedad existe. Tomó a Newton ver caer una manzana para descubrirla. Al que cae, toma ver el suelo aproximarse a su cara a gran velocidad si cae de frente, si lo hace de espaldas es el techo el que se aleja. Luego viene lo que se llama damage assessment, es decir, ver si algo se dañó, si algo se quebró. ¿Por qué duele o por qué no duele? Malvada ley de la gravedad, esta vez no me hiciste nada, pero ya sé que ahí estarás acechando.

Se abre la puerta, la que da a la calle Once. Es la hermana, ella tiene llave.

—¡Ay Dios, pero mírate, tienes sangre en la cabeza! ¡Hay que llevarte con el doctor Félix!

—¡Ay hermanita, te juro que estoy bien! No necesito ir al doctor.

—Claro que necesitas ir. Acuérdate de Toñita. Se cayó y dijo que no tenía nada. La radiografía reveló una tremenda fractura.

—Y se murió.

—Así que alístate. En cuanto llegue Albertina…

—Agustina.

—Agustina, pues. En cuanto llegue nos iremos los tres a ver al doctor. Ya estoy llamando a Rosy, la enfermera, para que nos esperen.

Y mientras le limpiaba con una gasita con alcohol la pequeña descalabrada en la cabeza, casi en la frente, Gonzalo preguntó:

—Dime, Olivia, ¿alguna vez has pensado en la importancia de la ley de la gravedad?

—Sí. Claro que es muy importante. Es la que nos mantiene sobre la tierra.

—O sea, no has pensado mucho en ella.

Apenas entonces cayó en la cuenta que su hermana no había llegado sola, su hijo de once años la acompañaba.

—Y tú, Andy. ¿Nos puedes ilustrar respecto a la fuerza de gravedad?

—¡Seguro! La Aceleración de la Gravedad estándar en la tierra es de 9.814 metros por segundo cuadrado. En términos vulgares mientras más arriba estás más fuerte caes, es decir cuando llegas al suelo.

—¡Y más te duele el golpe! Especialmente cuando se enfría la parte que te golpeaste.

—No hagas conclusiones, deja que te vea el doctor. Puedes necesitar un emarai la resonancia‒, o una tomografía, o por lo menos una radiografía —puntualizó Olivia.

—¿Qué sabes tú de esas cosas?

—Pues he visto muchos casos.

—Como el de Toñita, la que se murió.

—Pues sí, pero también otros que vivieron. Aunque con consecuencias.

—Pero a mí ni me duele.

—Como tampoco te habías dado cuenta de que estabas sangrando de la cabeza.

—¿Y Andy? ¿Va con nosotros?

—Pues ni modo de que se quede aquí solo.

No valía la pena discutir con Olivia. Una vez que ella decidía algo, eso se hacía. Así fue siempre. Un poco después llegó Agustina.

—Pero ¿cómo fue?

—Pues de arriba hacia abajo.

—¿Ves? ¡Ni estando moribundo toma las cosas en serio!

—No se diga más, vamos donde el doctor Félix.

—Vayamos a donde las mujeres quieran.

Y la pequeña expedición marchó hacia el Centro Médico Redención, complejo de gabinetes y consultorios del cual el doctor Félix era el director general. Como Olivia lo había anticipado, Rosy la enfermera los esperaba a la entrada.

—Le dije al doctor y él inmediatamente ordenó una tomografía. Ya esperan, don Gonzalo, ahí enfrente.

La enfermera Rosy sabía darle su lugar a la gente. Gonzalo saboreó el ser llamado don Gonzalo y se enderezó en su silla de ruedas. Así, Olivia dirigiendo, Agustina empujando, Gonzalo rodando y Andy siguiendo, emprendieron la marcha desde el estacionamiento y la calle que los separaba del gabinete radiológico. Ocupaba este un flamante edificio identificable por un letrero que anunciaba: Centro Médico Redención, TAC, MRI y Rayos Equis.”

Gonzalo lo leyó y su mente siempre dispuesta a bromear pensó: “solo falta que diga “se aplican inyecciones y se pegan botones’”.

Pasaron a una salita de recepción donde el técnico, un muchacho fornido y de aire distraído, ya los esperaba. Entraron al cuarto donde estaba aquel impresionante aparato, el escáner. El técnico ayudó a Gonzalo a desplazarse de su silla a la camilla del aparato. Oyendo una ligera queja durante el traslado el muchacho preguntó:

—¿Tiene dolor?

—Solo cuando me acuestan en una tabla como esa.

—Ya veo. Pero no toma mucho tiempo.

El técnico accionó entonces un mecanismo que hizo que la camilla con Gonzalo en ella penetrara en aquel túnel que era el escáner. No sabía si el escáner era viejo o si todos los escáners hacen tanto ruido. Pero mucho ruido. Un poco de tiempo después, el grupo con todo y Andy seguían ya al técnico radiólogo que llevaba las radiografías protegidas por un papel amarillo en la mano. Sin más, cruzando de nuevo calle y estacionamiento, penetraron en la sala de espera del consultorio que ostentaba el rótulo “Doctor JD Félix Ortopedista y Traumatólogo”.

“Justo lo que Olivia quiere” —pensó Gonzalo.

El lugar se encontraba repleto de pacientes, unos en silla de ruedas, otros enyesados, incluso uno con un curioso aparato de tracción. Una segunda enfermera los pasó a una sala interior, donde cada uno, hasta el pequeño Andy encontró acomodo. Antes notaron la expresión de disgusto de los demás pacientes que se preguntaban en silencio: “¿Por qué pasan a esos si yo llegué primero?”

Unos quince minutos después, por la puerta del fondo apareció el doctor Félix. Llevaba las placas radiográficas en la mano, ya sin el papel amarillo. Caminó hacia la pared lateral de donde pendía un negatoscopio, colocó las placas en él y, accionando un pequeño interruptor, la luz fluorescente del artefacto iluminó las placas. Señaló con su elegante pluma fuente el centro de una de las imágenes y dijo:

—Miren aquí está. Es una pequeña fisura en la cabeza del fémur.

—Y ¿qué hay que hacer? —preguntó Gonzalo.

—No hay mucho que hacer. Si te duele te daremos algo para el dolor. No necesito decir que debes evitar poner peso de ese lado, pues ya estás en una silla de ruedas. Pero, aunque suene tonto decirlo, tienes que evitar andarte cayendo. ¡Mucho cuidado querido amigo!

Luego dio media vuelta y se marchó por la misma puerta por donde había entrado. Rosy y la otra enfermera les pidieron entonces que pasaran a otro cuarto contiguo a “llenar unos papeles” y mirándose unos a otros con un dejo de confusión oyeron a Gonzalo decir:

—¡Les dije que no tenía nada!

Una vez completado el ritual del papeleo y de atravesar la sala de espera, Agustina, no dejando que Andy empujara la silla de ruedas de Gonzalo, lo llevó hasta la orillita de la banqueta y dijo solemnemente:

—Aquí mismo aguardaremos a que doña Olivia acerque su vehículo.

—¡Pero con cuidado! ¡No quiero que me vuelvan a meter en esa máquina monstruo!

Y así la expedición volvió a casa. En el automóvil, Andy aprovechó la oportunidad para explicar efusivamente a los demás la diferencia entre una resonancia magnética nuclear y una tomografía axial computarizada. Gonzalo ya no quería saber nada:

—Paremos ahí adelante por una hamburguesa. ¡Por favor!

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

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