Tras el juego, amistarse
Por Guadalupe Ángeles
¿Cómo sería en verdad antes? Cuando he leído
o escuchado la frase: “a la manera de los antiguos”, vienen a mi mente una
serie de prácticas imposibles en estos tiempos; a saber: dormir cuando el sol
se oculta cada tarde, porque es natural, en nuestra condición de animales
(racionales, sí, pero animales al fin) obedecer los ritmos del sol y de acuerdo
a ellos vivir; o considerar a un grupo relativamente amplio de personas al
momento de tomar una decisión importante; sembrar en la fecha en que los
vientos tienen tal dirección o temperatura. En fin, no sé cómo es que nos hemos
alejado tanto de aquellas prácticas; y no es que las añore, puesto que no tocó
en el tiempo de mi vida experimentarlas. Y, bien dicen: uno es el hijo de su
tiempo, así, en masculino; ese solo detalle dice mucho de otras épocas y de esta.
Los cuentos de Ciencia Ficción en los que es posible viajar en el
tiempo, me parece que todavía no retratan una realidad apegada a los hechos;
sería interesante que así fuera, así podríamos saber a ciencia cierta cómo era
en realidad vivir “a la manera de los antiguos”.
Estas reflexiones no me visitan (o las visito, aunque quizá sea lo
mismo) porque sienta nostalgia por experimentar la vida de otra manera. No. Ocurren
porque creo haber leído esa frase, o escuchado, de boca (o en las páginas) de
una escritora querida.
Muy extrañas son las formas del cariño, decir “quiero ser como tú”,
aunque no sea precisamente con esas palabras, no significa siempre que se
reniega de la propia circunstancia. El cariño, a veces, nos hace desear la
invisibilidad, la indisociación, ya lo dijo el gran Roland Barthes: “la
desgracia del amante es no ser uno con el amado”. Y así, ese animal grotesco de
las dos espaldas o de los cuatro brazos y piernas, más que asustarnos, a veces,
cuando la pasión es alarmantemente intensa, nos lleva a suspirar por aquella
“completud” tan ajena a lo humano.
Ser dioses con cuerpos por completo distinto a los nuestros, con
pensamientos que vayan de una mente a otra sin obstáculos, ideas así de
absurdas (al menos según la lógica “al uso”) han sido siempre, el secreto
inexpresable de aquellos que aman más allá de la razón.
Pero llega la madurez y con ella la claridad de pensamiento y la certeza
tranquila de no ser más que lo que se es; se abandonan las ilusiones como quien
entra en casa una vez que ha cesado la sesión de fuegos pirotécnicos; se
agradece no haber sido víctimas de un incendio y se procede, si existe la
vocación y la paciencia, a pergeñar páginas (si no perfectas) sí mesuradas en
las que tratamos de explicar cuánto se anheló la totalidad imposible, de ese
modo, y como un barco a punto de sucumbir ante la tormenta, se llega a un
puerto libre de monstruos fantásticos y lleno de un perfume de normalidad que
se aspira con, al fin, una tranquilidad que no sabíamos cuánta falta nos hacía
cuando nos era imposible mirar más allá de una mirada ardiente que, en el mejor
de los casos, se consumía en un fuego compartido, y en el peor, ardía en un
hielo que nos cortaba la respiración.
Breve entonces parece la vida y se logra aceptar sin disturbios la caria
del sol del mediodía, la iluminación inesperada de una luna tan clara como la
seguridad de ya no tener miedo a ser solo uno, porque un silencio como de lago
a medianoche toca nuestro corazón y ahí sabemos: se ha sobrevivido.
Así, la vejez no duele, se amista uno con la soledad, no porque se
considere haber vencido, eso nunca, se comprende simplemente que aquella guerra
por conquistar un alma ajena era un juego que aprendimos sin saber que siempre
fue innecesario.
Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la
revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El
Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y
en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación.
Actualmente radica en Guadalajara.

No hay comentarios:
Publicar un comentario