Babylon
Por Federico
Urtaza
Morimos de
manera recurrente. Todo termina y vuelve a comenzar, esa es la ilusión que a
unos lleva a creer en la reencarnación o en el olvido. Sin embargo, para el
cristianismo apocalíptico el fin de los tiempos es el “No hay más, hasta aquí
llegamos” no absoluto, en tanto que queda la posibilidad de ir a seguirle en el
Cielo o el Infierno.
Tenemos ciclos
de diversa duración, desde el cósmico del Big Bang y su expansión / encogimiento,
hasta el de cada instante del presente que se consume y da paso a otro instante
que se consume tan rápido que, si no fuera por la memoria, creeríamos que
transitamos de un reiterado morir a un reiterado renacer, del pasado al futuro
sin más transición que la que planteamos al distinguir el antes y el después.
Así, en la
dimensión de la experiencia humana, con sus alcances y limitaciones, sin
complicarnos demasiado con lo que sucede en otras dimensiones ‒algunas de ellas todavía envueltas en pañales matemáticos‒, auxiliados por la memoria y la consciencia ‒otro par de misterios sin esclarecer del todo‒, asumimos que un día comienza y termina y es seguido de
otro diferente y otro más, hasta acumular algunos cuántos que parecen
similares, hasta que llega otro un poco más frío o un poco más cálido y la
vegetación, acoplada a esas mutaciones casi imperceptibles, también muda, y,
como otros seres vivos, nace, crece, se reproduce y muere. Desde que empezamos
a tener esa chispa que nos enciende y que llamamos humanidad, sabemos de
ciclos, cortos unos y largos otros. Sabemos que vivimos y sabemos, al grado de
estar aterrorizados por tal certeza, que vamos a morir.
Así, todo el
quehacer humano está marcado por la provisionalidad, y en reacción a esto nos
gusta o, más bien necesitamos, creer que somos transitorios en tanto que vamos
de un estado a otro, de un modo de vida material a otro trascendente, liberados
de las limitaciones mundanas e integrados a lo inefable que lo envuelve todo.
Es común
denominador de todas las culturas conocidas asumir que, de una manera u otra,
todo termina para volver, sea idéntico o modificado o irreconocible en su
diversidad. Armagedón, Ragnarok o Quinto Sol, no importa el nombre, el caso es
que se refieren a un fin y a un reinicio (me pregunto si es ahí donde está la
clave de apagar/encender un aparato electrónico cuando empieza a fallar).
Al explorar la
historiografía puede uno hallar quien sostiene que la Historia es un continuum con
algunos baches y topes, así como otros argumentan que vamos dando vueltas y más
vueltas en un infinito ‒es un decir‒. Avanzar, si no en espiral, al menos experimentando
variaciones en cada ciclo, bien sea gracias al olvido o a que algo aprendimos
en ese girar. Al pensar en la “espiral”, la imaginé horizontal, cuando lo
acostumbrado es atribuirle verticalidad ascendente, porque en sentido contrario
sería dantesca la expectativa. Vale.
Leo en el libro
del Eclesiastés:
1:1 Palabras del
Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén.
1:2 Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es
vanidad.
1:3 ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo
del sol?
1:4 Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece.
1:5 Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se
levanta.
1:6 El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a
sus giros vuelve el viento de nuevo.
1:7 Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos
vinieron, allí vuelven para correr de nuevo.
1:8 Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca
se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.
1:9 ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo
mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.
1:10 ¿Hay algo de que se puede decir: he aquí esto es nuevo? Ya fue en los
siglos que nos han precedido.
1:11 No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá
memoria en los que serán después.
Abundo en la
cita porque ilustra bien lo que antecede en este escrito, que tiene como
pretexto hablar de la película Babylon, de la que inicialmente pensaba
hablar recurriendo a figuras de la mitología griega que creo haber identificado
en los protagonistas, aunque luego me vino a la mente la idea de que el tema
principal de la cinta es el fin de una era y los cambios implícitos o, de
manera más poética, El Ocaso de los Dioses.
Cuando se
discurre sobre la naturaleza del cine como medio de transmisión de ideas, lo
primero que se pone sobre la pantalla es la imagen para, en seguida, darle
movimiento a través de la secuencia de placas fijas que producen la ilusión de
movimiento, gracias a como nuestro cerebro y sentido de la vista funcionan; si
suele decirse que todo puede pasar en un parpadeo, cuando nos referimos al cine
todo sucede entre parpadeos, y eso es lo que importa. También, a diferencia de
la foto fija que pretende eternizar el instante, con el cine incursionamos en
la caza y captura del tiempo, de un tiempo mítico que es posible gracias a lo
que se narra ‒más bien por lo que se muestra que por
lo que se dice, vaya paradoja‒. Aceptemos sin
reparos, por comodidad, que nos regimos en lo individual y en lo colectivo por
las historias que nos cuentan, contamos y nos contamos; ¿alguien sabe de una
mejor manera de atribuirle sentido a la existencia, al caos universal, alguien
sabe cómo darnos importancia en un entorno al que en realidad no le importamos?
Mucho hemos
avanzado desde que, reunidos en torno de una fogata, pendientes de rugidos, aullidos,
aparentemente cercanos, escuchábamos al cazador contar sus andanzas, al viajero
sus peripecias, a la madre sus sueños premonitorios o admonitorios, al gracioso
sus ocurrencias, hasta llegar a los actuales medios de transmisión que, dicho
sea de paso, más son variaciones tecnológicas que formas de narrar . Porque un
buen cuento, así se juegue con su estructura, si falla en lo básico ‒capturar la atención del público‒, fracasa totalmente en todo lo demás, sin importar los
adornos o efectos especiales (inclúyase la retórica).
El cine,
cualquiera sea su soporte o modo de transmisión, es tiempo capturado en
historias de temática en apariencia diversa pero que reflejan una sola y
fundamental: la experiencia humana. Ya que es tiempo capturado, tiene una
ventaja sobre la realidad, incluso sobre algo tan inasible como la memoria:
puede ser repetido una y otra vez, acaso siguiendo el ejemplo de los aedas,
cantores o juglares, aunque, si se quiere, con mayor fidelidad… O no, porque si
la fidelidad al relato inicial depende de la capacidad memorística del
narrador hasta cierto punto, también depende del receptor, de su
propia experiencia y cómo esta reviste el cuento con características propias,
es decir, las que surgen del proceso de apropiación del mensaje ‒he aquí la esencia del acto poético.
¿Será por todo
lo apuntado que el cine nos parece tan importante y, en especial, tan
accesible? Creo que sí. El cine es algo así como almacén de recuerdos ajenos y
propios, a la vez que oráculo cuyos mensajes son accesibles para quien quiera
recibirlos y encontrarles un significado personal. Esto ha puesto a la
producción cinematográfica en un ping-pong que juegan el espectáculo puro y el
espectáculo comunicación, esto es, el dilema entre apantallar sin más y
comunicar, nada menos.
No es nueva la
discusión sobre qué cine debe hacerse y merece el espectador. Los avances
tecnológicos han propiciado que se multiplique el cine de ruido y destellos, a
veces aderezado con “mensajes” más bien oportunistas y políticamente correctos
(¿para quién?), imperando los criterios mercadotécnicos de las corporaciones y
sus costosísimos directivos. No han dejado de hacerse películas con sentido
narrativo, buenas o malas ‒que de todo hay‒, que incorporan y aprovechan las nuevas tecnologías para
su producción y exhibición. El cine es una industria que implica la
colaboración de diferentes oficios y talentos, como señala Georges Sadoul (p.
13): “Para realizar una película larga que dure sobre la pantalla noventa
minutos, deben trabajar durante semanas y meses, por decenas, los especialistas
más variados: creadores, técnicos, obreros…”
Pero no solo
eso; sigo con Sadoul (p. 12):
El cine tiene
múltiples funciones. Es una distracción que atrae a mayorías. Son fascinantes
las sombras de actores ilustres, sus hazañas, sus amores, sus dramas de
conciencia, sus desdichas y su felicidad.
La pantalla es
también una alfombra mágica que transporta al espectador por entre mundos y
maravillas aun más variadas que las de Las mil y una noches.
Paso ahora
a Babylon, Chazelle 2022. Es una película que hay que ver en
una sala de cine (en realidad todas deben ser vistas en pantalla
grande, pero bueno, se hace lo que se puede); su director y guionista, Damien
Chazelle, cuenta con una filmografía bastante atractiva, destacando Whiplash (2014), La
La Land (2016), El primer hombre en la luna (2018)
y Babylon.
Damien Chazelle nació
en 1985 (¿en qué momento algunos nos hicimos viejos?), en Providence, Rhode
Island, EUA, de origen franco- americano
-canadiense, y
según IMDB, tiene una hermana cirquera (dato irrelevante, ocioso si se quiere,
pero curioso).
La película me
encantó, aunque reconozco que si no sufrí su extrema duración ‒189 minutos‒, si me pareció
que hacia la última hora medio se aflojaba; quiero pensar que si duró tanto
debe haber sido más larga antes de cortes y ajustes que seguramente afectan el
resultado final, como cuando compras de urgencia un traje que requiere arreglos
y te das cuenta en la fiesta de que una pernera es más corta que la otra.
El tema general
es el paso del cine silente al sonoro en el Hollywood de sus propios comienzos.
La trama se desarrolla trenzando la historia de cuatro personajes protagónicos:
Jack Conrad, Nellie LaRoy, Manny Torres y Sidney Palmer, con la intervención de
otro personaje de aparición intermitente pero que me parece importante para la
interpretación que me sugirió la película, Elinor St. John, interpretados de
manera fabulosa, respectivamente, por Brad Pitt, Margot Robbie, Diego Calva,
Jovan Adepo y Jean Smart. Hay que agregar que el reparto es igualmente
fabuloso, como lo es la música y en general el diseño de sonido y de arte, la
fotografía, la edición y en realidad todo, aunque si obvio todos los detalles
es porque me concentro en la historia y sus protagónicos.
Todo empieza con
el traslado de un elefante diarreico por los caminos todavía rurales en los
alrededores del Los Ángeles de los años veinte, donde se nos presenta a Manuel
Torres, Manny, un muchacho mexicano que irá demostrando que es de gran ingenio;
enseguida pasamos a un fiestononón que si hubiera sido en Sodoma y Gomorra
habría sido interrumpida por catástrofes pre apocalípticas en un instante, pero
no, ocurre más o menos a mediados de los años veinte, fiesta a la que
concurren, entre otros gorrones, la chica pueblerina con nubes en la cabeza que
aspira a ser una Estrella y se hace llamar Nellie LaRoy (la mera
reina, diríase por acá), quien le pide a Manny que la conduzca al paraíso de
las drogas, oportunamente instalado en una habitación donde hay de todo ─en una
de esas, hasta pan dulce─ y ahí la pareja hace clic ─ella
menos, él─. En lo que mientras ella pasa al salón de la fiesta y se muestra
como una bailarina que haría de Salomé una tullida sin gracia, también llega el
famosísimo actor Jack Conrad, quien le da pista de salida a su esposa en turno
antes de ponerse una borrachera de albañil en sábado. En la orquesta de jazz
(cómo no habría de ser) encontramos a Sidney; en medio de este mare
magnum o Cámara húngara tenemos como testigo a la
cronista de espectáculos, harto influyente y cabrona, Elinor St. John.
Ubicados los
personajes en circunstancias de tiempo, modo y lugar, superado el “after”,
pasamos al siguiente acto, propiamente como se hacían las películas, y ahí
todos los protagonistas vuelven a hacer lo que mejor saben hacer, atrapar al
espectador; por el momento, Sidney queda en suspenso echándose una saludable
siestecita.
Nos encontramos
en un terreno baldío, literalmente, donde bien pudiera suceder lo que escribió
T.S. Eliot en su poema The waste land: “Y te mostraré algo diferente de
tu sombra en la mañana paseando atrás de ti, o tu sombra al atardecer
levantándose para ir a tu encuentro; te mostraré el miedo en un puñado de polvo”.
En ese amplio espacio, donde el sol, el polvo y el movimiento de operadores,
extras, artistas, gente del estudio, escritores y otros fantasmas, vemos un
montonal de mini sets donde en corto se filman un montonal de películas
acompasadas por otro tanto de orquestas de diverso tamaño… Salvo en el caso de
la superproducción protagonizada por Jack Conrad, rescatada al último momento
gracias al ingenio y audacia de Manny, en tanto que con otra bailada que hace
sudar, Nellie se emplaza en su nuevo papel de estrella.
Como me gusta
decir, todo va bien hasta que empieza a ir mal, y esto se cumplirá cabalmente a
lo largo de esta historia, aunque al final cada cual cumple con su destino, del
que no daré detalles, pues que el lector convertido en espectador saque sus
propias conclusiones.
Lo que sí tengo
que apuntar es que la historia, como en la vida real, da un giro importante al
pasar la producción hollywoodense del cine mudo al sonoro, inaugurado este
oficialmente con The jazz Singer (1927), interpretada por un
actor blanco de cara tiznada para pasar por negro; es entonces que Sidney ‒auténtico negro, pero no tanto, pues al convertirse en
estrella de cortos sobre el jazz, Manny lo obliga a tiznarse la cara para no
verse más claros que sus compañeros de banda) entra en acción. Por su parte,
Nellie y Jack se enfrentan al desafío del cambio de un tipo de cine al otro,
incluyendo las restricciones temáticas de tipo mojigato y de conveniencia
corporativa.
Pero no solo se
trata de Hollywood, sino de cómo tiene que ver con nosotros, con nuestros
deseos y nuestras pesadillas, cómo estos son comprendidos y usados en nuestra
contra o a nuestro favor para mantenernos quietos en la butaca (o echados en la
cama ante la pantalla chica de la tele o la mini del celular). Como señala
Sadoul, no son solo los personajes en la pantalla sino quienes les dan vida lo
que nos anima a identificarnos con ellos; y, claro, también están esas
misteriosas manifestaciones de lo más profundo de nuestra psique que se
manifiestan en los mitos como lo sostienen Jung y su seguidor Joseph Campbell
quien dice: “La última encarnación de Edipo, el romance continuado de la Bella
y la Bestia, están parados esta tarde en la esquina de la Calle 42 y la 5ª
Avenida esperando que cambie el semáforo”.
La antropóloga
norteamericana Hortense Powdermaker escribió:
No hay más que
un Hollywood en el mundo. Se producen películas cinematográficas en Londres,
París, Milán, y Moscú, pero la vida de estas ciudades está solo relativamente
influenciada por dicha producción. Hollywood es un fenómeno único en América,
con un simbolismo que no se limita a ese país. Significa muchas cosas
diferentes para muchas personas. Para la mayoría es el hogar de privilegiadas y
semi-divinas criaturas. Para otros es un ‘antro de iniquidad’ (…)
Para la mayoría
de los adeptos, particularmente en este país, el simbolismo parece consistir en
un mundo paradisíaco habitado por fascinantes criaturas que viven hedónicamente
en sus piscinas privadas y grandes fincas, yendo a magníficas fiestas o siendo
objeto de agasajos en famosos cabarets. (p23).
Y sí, de todo
esto nos habla Babylon, que no es nada más otra película de
declaración de amor, sino la puesta en evidencia de que ese amor suele ser
tóxico para quienes habitan ese mundo. Hollywood es ese territorio mítico que
incluye al espectador ‒no tendría
sentido sin este. Es, sin exagerar, una película cargada de nostalgia y sin
miedo de incomodar a quienes viven de la idealización de ese Paraíso del
dinero, la fugacidad, la imaginación creativa y destructiva, la Fábrica de
Sueños.
En Jack Conrad
vi a Dioniso en la decadencia de la Grecia que le dio vida, en Manny Torres a
Odiseo con su elefante de Troya y su habilidad para ingeniar y si hace falta
engañar, en Sidney a Orfeo saliendo solo y su alma del infierno, en Nellie la
Bacante desaforada que al término de la fiesta desaparece en la oscuridad de lo
cotidiano. Por último, en Elinor tenemos a Casandra, la vidente a la que nadie
cree por considerarla una chismosa, aunque sus pronósticos resultan
terriblemente acertados y fatalmente cumplidos.
Babylon tiene de todo, especialmente cine. Sí, un poco larga,
¿pero qué no lo es en esta vida que quisiéramos inacabable aunque sabemos que
tiene fecha de caducidad para todos y para cada uno? Podemos prolongar el
placer, aunque hacerlo nos lleva a la fatiga; también de esto se trata Babylon.
Quienes crecimos
viendo películas antes incluso de aprender a leer y luego a enviciarse con la
lectura, el cine es nuestra Ítaca; puede uno ausentarse largas temporadas o
explorar otras tierras, pero siempre se vuelve a casa, a esas películas que nos
cuentan algo y seducen esa zona sombría donde está nuestro auténtico Yo. El
cine nos recuerda que no somos sino solamente humanos… ¿Hay algo mejor que
eso?
Referencias
Campbell,
Joseph, The hero with a thousand faces,Harper-Collins EPUB edition,
August 2020.
Sadoul,
Georges, Las maravillas del cine, Breviarios 29, Fondo de Cultura
Económica, 1ª edición en español, México, 1960, traducción de José de la
Colina. Existe en Breviarios 29 un texto también de Sadoul, traducido por Juan
José Arreola, intitulado El cine; aunque en general la temática es
la misma, es abordada de manera diferente y complementaria.
Powdermaker,
Hortense, Hollywood, El mundo del cine visto por una antropóloga,
Fondo de Cultura Económica, 1ª edición en español 1955, México. Traducción de
Heriberto F. Morck, revisada por S. Genovés y S. de La Fuente.
28 enero 2023
Federico Urtaza es licenciado en derecho por la Universidad Autónoma de Chihuahua, con maestría por la UNAM. En 1978 fundó la revista Palabras si arrugas, que inició en el estado de Chihuahua la literatura del siglo 21. Es autor de varios libros de teatro y de cuentos, entre ellos Del polvo al espejismo.

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