domingo, 16 de agosto de 2026

Gato montés

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Gato montés

 

Por Alejandra Hernández Figueroa

 

En el monte silencioso
donde el viento peina la gobernadora
y la luna cae como moneda vieja
sobre la arena fría del desierto,
anda el gato montés.

No pide permiso.
No deja promesas.
Es sombra con ojos de lumbre
y pasos tan leves
que ni el mezquite lo escucha.

Tiene el pelaje del polvo antiguo,
manchas de tierra y de ocaso,
y en sus pupilas amarillas
parece esconderse
la memoria salvaje del mundo.

Camina entre peñoles y lechuguillas,
entre huesos blanqueados por el sol.
Cuando la noche se vuelve profunda
su maullido rompe el silencio
como un cuchillo.

Los viejos rancheros dicen
que no hay animal más orgulloso.
No se deja domesticar el alma.
Prefiere el hambre
antes que una jaula.

A veces baja a las nogaleras
sigiloso como pensamiento prohibido,
los perros lo presienten
antes de verlo,
porque el monte entero cambia de respiración.

Pero él no pertenece a nadie.

Ni al hombre.
Ni al miedo.
Ni al desierto.

Es hijo de la distancia,
compadre de los coyotes,
hermano del tigre invisible
que aún sueñan las montañas.

Y cuando amanece,
antes que el sol incendie los llanos,
el gato montés desaparece
entre sombras de color ceniza

como si el desierto mismo
lo hubiera imaginado.

 


Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.

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