El dolor
físico
Por Marco Benavides
No toca a la puerta, no avisa que llega: entra sin permiso, ocupa el
cuerpo entero y reordena la vida en torno a una sola certeza:
“Tengo dolor”, dice la persona.
No distingue edad, origen ni fortuna; llega igual al niño que se raspa
una rodilla que al anciano que carga décadas de trabajo en la espalda. Es, ante
todo, una experiencia democrática de la fragilidad humana. “Lo único que quiero
es que se vaya”, ansía el paciente.
En la cultura popular, ese dolor rara vez aparece desnudo: se viste de
metáfora. Hay imágenes que, sin pretenderlo, describen con precisión casi
clínica lo que ocurre bajo la piel: una fractura que no siempre se ve, pero que
se siente con una claridad absoluta o un apéndice perforado que indica el lugar
exacto en el abdomen donde se amenaza la vida, como si el cuerpo hablara un
idioma propio, hecho de punzadas y de silencios.
Ese idioma tiene gramática biológica: inflamación, daño de tejidos, detectores
de dolor que disparan señales, sustancias químicas que inundan el sistema
nervioso. Pero traducir el dolor solo a fisiología es quedarse a medias. Cuando
el dolor se queda a vivir ‒cuando deja de ser episodio y se vuelve rutina‒ empieza a rehacer la
identidad de quien lo padece. Cambia el paso al caminar, la calidad del sueño,
la manera de estar con otros. Quien convive con dolor persistente aprende, casi
sin querer, un oficio nuevo: el de negociar con su propio cuerpo, medir cada
movimiento, calcular el costo de cada gesto.
Ahí, en ese desgaste, nace la resistencia. Resistir no es negar el dolor
ni fingir que no existe: es reconocerlo sin dejar que ocupe la totalidad de la
vida, como un llamado a sostenerse cuando no hay un hombro disponible para
apoyarse en él. En medicina, ese llamado tiene traducción exacta: adherencia
terapéutica, búsqueda persistente de alivio, la voluntad ‒terca, cotidiana‒ de seguir
intentando. La fe, entendida como confianza en el cuerpo, en el tratamiento, en
el tiempo, funciona como un analgésico silencioso que ningún frasco puede
contener.
El dolor también obliga a mirar de frente los límites. Hay heridas que,
en efecto, no se pueden borrar: secuelas que se quedan, cicatrices que no se irán.
Y sin embargo, incluso ahí es posible la adaptación. La rehabilitación y el
acompañamiento de quienes saben acompañar permiten reconstruir una vida
funcional, distinta pero propia. Resistir no es gesto heroico ni instantáneo:
es un proceso lento, con días que ceden y días que no, donde cada avance
pequeño pesa más de lo que parece.
Al final, el dolor físico recuerda algo esencial: el cuerpo es
territorio vivo, vulnerable, extraordinario. Sentirlo es señal de que algo pide
atención; resistirlo es prueba de que todavía estamos aquí. En ese equilibrio
entre herida y fortaleza se sostiene una verdad simple: el dolor no define a
quien lo sufre, pero sí puede transformarlo. Y en esa transformación, la fe ‒o la confianza, o la
simple obstinación de seguir‒ se vuelve herramienta terapéutica: silenciosa, pero indispensable.
Dr. Marco Benavides, 24 agosto 2026
Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

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