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domingo, 12 de julio de 2026

Milan Kundera

 

Foto: Pedro Chacón

Milan Kundera

 

Por Héctor Jaramillo y Víctor Manuel Hernández Márquez

 

Víctor: La fama termina reduciendo la obra de un artista a una sola pieza, como no hace mucho Astrud Gilberto a una sola canción. Kundera quedará en el imaginario gracias a los medios de comunicación, como el autor de La insoportable levedad del ser, lo cual no creo que le hiciera gracia.

 

Jaramillo: Me apena (aunque no mucho) decirlo, pero Kundera es fenómeno más medial que literario. Fenómeno que al menos en México fue fomentado por la mafia de Octavio Paz. Tal fomento, por desgracia y como sucede en estos casos, tiene la injusta consecuencia de dejar a otras voces igual o más valiosas en la sombra (por cierto, tal fue práctica muy de Paz en toda su renga vida).

¿A quién más allá de quienes se creyeron la narrativa de Paz estrujó, conmovió, influyó Kundera? No me extrañaría que La insoportable levedad del ser hubiera sido uno de los tres libros que marcaron la vida de Peña Nieto.

Tal vez leí toda su obra buscando en vano esa genialidad: no recuerdo ni de qué se trató, no me hizo ni más feliz ni más amargado.

Kundera fue un producto de la política literaria, no de la literatura. Lo mismo que se ve en los campos del arte: políticos más enamorados de las relaciones del poder político que de su oficio. Y cuyo aporte, usando el título de una de las más importantes novelas contemporáneas que la fama de Kundera opacó, es un aporte "menos que cero".

 

Víctor: En parte estoy de acuerdo con tu valoración. En los ochenta, década del despegue de la difusión de Kundera en México, me resistí a leerlo, aunque no pude sustraerme a La insoportable levedad del ser, en parte porque se hacían lecturas en voz alta aquí y allá. Pero un buen día me tope con la obrita de teatro Jacques y su amo, homenaje evidente al Jacques el fatalista, de Diderot, que leí con sumo placer de una sentada (que no es decir mucho decir para las poco más de cien páginas que tiene la edición de Tusquets, si la memoria no me juega una mala pasada). Luego leí los ensayos que forman parte de El arte de la novela, en la edición de Vuelta, y entonces ya no tuve reparos para leer su obra literaria, aunque para mediados de los noventa la fiebre por Kundera había quedado reducida a ciertos lugares de culto, me parece, y como mi dedicación a la lectura de literatura se debilito mucho, tampoco lo leí a fondo.

Es verdad que Paz y compañía hicieron de Kundera, Milosz, Merquior, Morse y otros, compañeros de viaje en la promoción de sus taras ideológicas, pero si no fuera por eso nos habríamos privado de leer algunas de las cosas que aparecieron en la Editorial Vuelta.

 

Jaramillo: Aprovecho el viaje ahora que hago fila para ensayar algunas ideas ya por años rumiadas.

Yo también lo leí por la inercia pazera. Al poco tiempo caí en la cuenta de que las alabanzas pazeras eran o extraliterarias o metaliterarias, pero nunca literarias (la relación obligada entre obra y lector, el clic que ha de suceder entre la palabra y quien le da vida con su lectura).

Extraliterarias: A Paz parece que le importó de Kundera más su postura política contra la URSS (ni para qué ahondar: bien conocimos a Paz) que en su aporte a la literatura. Ponía a Kundera como héroe del "mundo libre".

Metaliterarias. Ese egocentrismo de Paz que ponía a la poesía como creaciones individuales, "joyas inalcanzables por el populacho", creaciones exquisitas para la alabanza de su autor. Solo entendió la literatura como una suerte de laboratorio introvertido de palabras. "Si tengo que escoger entre sonido y sentido, escojo sentido" fue una declaración de Paz del tipo de "presume de lo que careces". Ni Góngora fue así de formal.

Así que, al no tener mucho que decir sobre los valores literarios de la obra de Kundera, Paz se volcó con fervor sobre su poética. La obra que mencionas, El arte de la novela, son apuntes de Kundera de un ideario que no pudo alcanzar: su obra no le llega ni a los talones a sus ideas sobre la obra.

Esto no sería reprobable (¡y al contrario!) si no fuera porque Paz y el mismo Kundera pusieron su poética Hola como grandes innovaciones, "aventuras, atrevimientos, hazañas" literarias personales, cuando no fueron más que pedacería poética de las verdaderas hazañas de sus antecesores como Joyce con Ulises, y del mismo Cortazar con Rayuela, escrita años antes de la primera novela de Kundera allá por los cincuenta (la obra de Kundera es sesentera), y en el marco del gran boom al lado de Paradiso de Lezama Lima y de la fascinante (y más que soportable) levedad de Borges. Incluso La casa verde de Vargas Llosa (cuyo cinismo, poca empatía, poco sentido compasivo y notorio morbo hacia el dolor humano lo hacen hermano de estilo de Kundera) apareció antes de la primera novela del escritor checoeslovaco francés.

Que a propósito, eso de atribuirse méritos ajenos me recuerda mucho esa manía muy de los franceses de promocionarse como las puntas de lanza del arte y la literatura: Un niño que quiera disfrazarse de pintor se pondrá boina y bigotito francés cuando Francia no ha dado ni de chiste la pintura que ha dado el resto de Europa, pero ay cómo se promociona; ¿el "mejor cine de arte"? Y el pensamiento colectivo piensa en el cine francés. ¿Museos? Y pensamos en el Louvre. ¿Poetas? Francia. Cuando todo esto es más propaganda que justicia.

Para acabar pronto Kundera me parece sobrevalorado hasta la náusea, y dudo que su obra sobrepase la mitad de este siglo. Malo tampoco es, pero, insisto, cuando la sobrevaloración de uno sobrepasa la subvaloración de otros, su obra, más que mala, resulta malvada.

 


Héctor Jaramillo. Fotógrafo, escritor, investigador, mentor artístico, editor, tallerista, pedagogo, conferencista. Premio Chihuahua de Artes Plásticas en 1995. Premio Chihuahua de Literatura en 2016. Premio Nacional INAH Antonio García Cubas 2019 al Mejor Libro de Arte del Año.

Víctor Manuel Hernández Márquez es doctor en filosofía por la UNAM. Ha sido profesor en la Universidad Autónoma de Chapingo (UACh) donde, además fue director de Difusión Cultural y Servicio. Actualmente es profesor investigador en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores nivel I. Entre sus publicaciones están Lógica, lenguaje y realidad. Examen crítico del programa absolutista, de 2001, La multiplicidad de Rousseau, y Pierre Duhem: entre física y metafísica.

martes, 18 de febrero de 2025

El infierno es amor

 


El infierno es amor

 

Por Víctor Manuel Córdova Pereyra

 

Cuando el silencio se volvió una densa capa de sopor que caía sobre todo lo que en aquel espacio lo rodeaba, pudo darse cuenta de algo que a la luz del aturdimiento encendido por la conciencia resultaba obvio y vergonzante: el lugar que tanto tiempo guardó y procuró para las mujeres que habían pasado por su vida en calidad de experiencias amorosas –breves o no tan breves, efímeras o trascendentales– lo estaba ocupando ahora él.

Lo supo sin posibilidad alguna de equivocarse en sus razonamientos –al menos así lo sentía– cuando, en el rincón al que lo habían confinado las últimas horas de aquella tarde, lo acarició con vehemencia el desasosiego; una peligrosa y dolorosa mezcla de celos, impotencia, rabia, sensación de abandono y frustración lo envolvía inmisericordemente. Como un hierro al rojo vivo, encendido por el fuego de la incertidumbre, quemaba la palma de su mano derecha el teléfono móvil donde, en una conversación de WhatsApp, se leía:

“Estoy agotada. Anoche me desvelé bastante con Narda, la chica de Puebla de la que te hablé. Coincidimos en León para este Encuentro; todo fue inesperado, pero muy grato. Quizás no me conecte hasta muy tarde, quiero descansar. Parrandear y bailar con ella es agotador; placentero, pero agotador. Sigue siendo incansable. Descansa tú también. Aprovecha para dormir temprano hoy.”

Y eso era justamente lo que estaba transformándolo en una pira humana, esa sensación ingrata que iba del mensaje al móvil y de ahí a la mano, entrando a través de su piel hasta calar en huesos y nervios, envenenar la sangre, hacer rancio el aire acumulado en sus pulmones y permitirle experimentar algo que no acertaba a definir con exactitud, pero que, al menos, alcanzaba a equiparar con la inmolación. Sentía arder hasta consumirse totalmente lento, muy lento y el suplicio de tal sensación se prolongaba sin piedad. Arder sin llegar a ser cenizas; ahora estaba en el lugar de sus antiguas parejas y todo lo que por fin llegó a comprender al respecto solo sirvió para atizar más el fuego que lo castigaba. Ni la empatía tardía, ni la culpa inservible eran sensaciones lo suficientemente fuertes para distraerlo del dolor y de la rabia que aquel texto había despertado en él…

Como un ataque interminable de aguijones que lo reducían a un manojo de odio, ira e impotencia, su pensamiento era un torbellino donde cruzaban oscuras nubes que la memoria alimentaba con recuerdos sueltos e inconexos; en esas sádicas evocaciones los mensajes de ella se alternaban y mezclaban con los que azarosamente regresaban y que venían de las horas absurdas y agudas de la madrugada en que, como un muñeco catatónico, trató de evadir su angustia conectado por horas ante el ordenador, navegando al azar en YouTube: frases aleatorias tomadas de un conferencia en la que un catedrático de Argentina hablaba sobre la construcción psicológica del arquetipo “celoso” en el Otelo de Shakespeare y que desde el discurso de género actual adquiría una dimensión monstruosa; versos de la canción Por ti, de Óscar Chávez que lo volvían una miserable fantasmagoría hecha de jirones inservibles:

Por ti/ la ternura se niega conmigo/ Por ti/ la amargura me sigue y la sigo/ Por ti/ me estoy volviendo loco de celos/ se vuelven contra mí mis anhelos/ se vuelven contra mí…

Especulaciones tan fantásticas como estúpidas sobre la combustión espontánea de los cuerpos que aparentemente sin motivo alguno se transformaban en una antorcha viviente y agonizante; versos de la canción La bestia humana de Caifanes que contribuían a exaltar más su desesperación:

/No creas que no me he dado cuenta/de las cosas que no me dices/De las formas que me has cambiado/No creas que no me he dado cuenta/de las cosas que me has robado/No creas que no me he dado cuenta/de que miras otros cuerpos/de que juegas con otras sombras/que te esfumas cuando oscurece/Me estás enseñando a ser una bestia humana…

Y así como cada uno de los versos calaba en su memoria, como cada una de las palabras hundían el aguijón de su significado en la piel expuesta al ardor de los celos, fue sintiéndose cada vez más como si fuese un muñeco vudú en manos de un perverso nigromante avezado en esas prácticas… Cada palabra y cada imagen que se despertaba con las palabras y las frases, le pinchaba con fuerza. Era claro, se sentía vulnerable y vulnerado, y releer ese texto del WhatsApp lo volvía un novio vesánico … “…Quizás me conecte hasta muy tarde… agotador, placentero, pero agotador… Sigue siendo incansable…”

El aluvión de imágenes que esas frases hacían nacer en él se le venía encima como una avalancha que lo inmovilizaba… “¿Por qué razón se habían agotado tanto? ¿Bailar? ¿Solo habían bailado? ¿Dormir hasta tarde? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué no estaba obligada a asistir, desde muy temprano, a todas las actividades del Encuentro? Las cuales, por cierto, saturaban la agenda diaria de las fechas en que ella iba a estar allá…”

La rabia se había convertido en una especie de remolino que no solo se agitaba dentro de él, sino que le daba la sensación de que, al agitarse, licuaba todo en su interior... todo… sus vísceras, sus órganos, su sangre, sus venas, sus huesos, sus líquidos, su impotencia, sus deseos, sus anhelos, sus pesadillas… Todo, absolutamente todo daba vueltas dentro de él formando un batido asqueroso y espeso, una masa que lo ahogaba en náuseas de impotencia, náuseas que le traían a la memoria aquellas primeras charlas cuando empezaron a salir, apenas unos ocho meses atrás; cuando ella, con una mirada pícara, divertida y un tanto lúbrica le confesaba sus escarceos y sus experiencias con otras mujeres, esperando despertar en él una especie de lujuria cómplice… en una lógica no consciente, Midra había pensado que, en el imaginario porno- sexual de todo hombre la fantasía de imaginar a su novia interactuando sexualmente con otra mujer constituiría un inevitable punto de atracción entre los dos… De hecho, él también lo pensaba, así lo supuso durante mucho tiempo, comentándolo, incluso con algunas de sus parejas sexuales en juegos que resultaron no solo divertidos, sino altamente placenteros… Pero en esta ocasión, algo estaba pasando, algo distinto estaba sucediendo, la reacción no era grata, no había lujuria en ello… Había ira, pura y vil ira, celos, dolor… lo libidinal de este asunto había cedido su lugar a una categoría emocional distinta, muy distinta…

Trató de calmarse y se dejó caer pesadamente sobre su cama aún sin arreglar. Se había despertado tres horas atrás y recién abrió los ojos, buscó el teléfono móvil; ni un vestigio en el registro del aparato, ella no había marcado en toda la noche… Explotó para sí: “¡Ni una sola llamada!” Con los ojos aún arenosos y los párpados pegados por el sueño, buscó afanosamente en los mensajes y sí, ahí estaba el de ella que lo masacraba con vehemencia; el último que ella le había hecho llegar antes de su prolongada ausencia en el teléfono… ese texto que, a esas alturas, ya era para él el epítome de la tortura…

Tres horas habían transcurrido desde que despertó después de haber sido vencido en la escaramuza entre el sueño y el insomnio; aún no tomaba su café, no se bañaba, no desayunaba, si mucho había ido a orinar y con la reacción que aún le causaba ese último mensaje, estuvo a punto de dejar caer, por accidente, el teléfono en el sanitario…

Recostado y atufado sobre su cama tuvo la sensación de ser una especie de puerco que en lugar de hundirse en el fango lo hacía en un charco de su propia bilis. La dificultad para respirar había dado paso a que sus exhalaciones fueran jadeos. Apretaba los dientes y maldecía todo. Había intentado comunicarse con ella unas 40 o 50 veces, inútil; al marcarle, su llamada se iba directamente al buzón. En la bandeja de su contacto en WhatsApp su último mensaje entró a las 12 y 17 minutos de la madrugada, pero ella se conectó después, podía verlo; estuvo conectada aún más tiempo, ¡hasta las 2 con 45 de la mañana!

¿Por qué demonios no le escribía a él? ¿Por qué diablos seguía conectada? ¿Con quién habló? Se fustigaba preguntándose a quién le habría dicho “Estoy sola, amiga. No puedo dormir… ¿vienes? Estoy en la habitación…”

Tampoco podía evitar el punzar de la duda que cierta suspicacia dejaba en él: ¿Qué tan causal sería el hecho de que Narda hubiera ido a ese mismo Encuentro, en esa ciudad ¿Ella sabría desde antes que eso pasaría y no quiso decirle nada a él…?

No pudo más, se sentía fatal, se sentía morir, se sentía arder… Arder, esa era la palabra correcta. Se levantó de un solo impulso, caminó hasta el baño abrió la regadera por completo y se metió de golpe bajo el agua helada. Parecía mentira pero escuchaba crujir sus huesos bajo la regadera, el agua muy fría y el volcán de dudas y temores naciente en él chocaron en una contundente mezcla de temperaturas opuestas haciendo nacer una espesa cortina de vapor que se extendió por toda la casa, una imparable selva etérea que pugnaba con vehemencia por salir de ese lugar, y en su desmedido crecimiento, empezó a desprender la pintura de todas la paredes y a concentrarse en el techo, al grado que, al salir del baño, densas gotas de agua comenzaron a desprenderse por toda la casa, anegando los pisos como si se hubiera reventado alguna tubería y la casa misma no se diera abasto… Sin embargo, para ese momento su estado de alteración era tal que no dio importancia a ello; lo que, es más, probablemente ni siquiera se dio cuenta. En su cabeza convertida en un manicomio, los orates que la habitaban eran voces e imágenes que no cesaban de fluir una tras otra…

–Narda es hermosa, sus senos son pequeños, pero tiernos–. Flotaba como un eco la voz de Midra en su cabeza.

–/Me estás enseñando a ser una bestia humana/Me estás enseñando a ser una vil bestia humana/– Retumbaba la canción en el laberinto enardecido de su memoria…

–El gran problema de las relaciones de pareja, es que estas están mediadas por patrones culturales donde la interacción entre personas es, prioritariamente, una relación de poder, un acto de posesión. Lo que llamamos amor, en realidad se trata de un escenario en el cual predominan los factores más complejos de codependencia y de inmadurez…– Terciaba la voz del catedrático especialista.

Por ti/ la vida se me ha vuelto un infierno/ Por ti/ estoy muerto de amor tan enfermo/ Por ti/ el llanto es una llaga de celos/ Por ti/ el dolor es el sol sin la flor/ El infierno es amor tan eterno/ el infierno es amor… –Remataba la voz de barítono de Óscar Chávez.

-– “Nadie entiende cómo una persona puede reducirse a cenizas mientras la casa en que habitaba sigue en pie…” –Volvía la voz del video sobre combustión espontánea y le alteraba sobremanera sentir que basta una duda como la que a él lo taladraba para experimentar ese fenómeno.

–El constructo cultural denominado amor, resulta de una lucha de clases que se vio en la necesidad de recrear el problema de la propiedad a partir de las relaciones de pareja; el predominio de la burguesía trajo consigo la necesidad de establecer códigos de propiedad en la relación… –Retornaba la voz del catedrático.

Maldijo todo de nuevo: ¿Cómo diablos se le ocurría a ese tipo categorizar así algo que se siente como la chingada? ¿Algo que no es otra cosa que veneno en estado puro? ¿Algo que no es otra cosa que ácido inundándolo todo? ¿Qué iba a saber un acartonado catedrático de este infierno si solamente se había dedicado a leer y redactar sin experimentarlo jamás en carne propia, en carne viva?

Pateaba, sin tomar en cuenta, el agua encharcada en su casa, y a pasos firmes y furiosos se dirigió a la cocina; ignorando el hecho de que aún estaba en ayunas y desnudo abrió una botella de tequila y, al más puro estilo de charro del cine mexicano, le dio un trago, dejó la botella y buscó los cigarrillos en uno de los muebles…

–¿Qué va a saber un tipo así del amor? –pensaba aún furioso y transformado, mientras movía, por aquí y por allá, servilletas, platos sucios, tazas con líquidos estancados y ya convertidos en una sustancia viscosa y pestilente…

–Me tomó por la cintura, me arrastró suavemente al salón de eventos del hotel donde nos hospedábamos. Todo estaba oscuro, me apretó contra ella y sentí, claramente, sus pezones a través de la blusa… Me besó, me besó como si yo fuera un cáliz y ella libara de mí. Yo estaba estupefacta. Un calor nacía en mi entrepierna y ascendía al vientre, mientras ella se apretaba contra mí, endureciendo el tacto de sus manos en mis nalgas…

¿Por qué diablos le había dicho eso ella a los cinco días de estar saliendo, a las dos semanas de haberse conocido? ¿Por qué le había contado aquel encuentro furtivo con Narda, la joven de Nuevo León a quien había conocido en un Encuentro de Comunidades Lectoras esa misma noche que se dejó seducir por ella…? ¿Por qué...? ¿Por qué…? ¿Por qué diablos no daba ahora señales de vida…? Se preguntaba mientras revolvía todo en la cocina, haciendo más grande aquel desorden que bien podría ser una metáfora del caos reinante en su cabeza y en su corazón. Mientras buscaba los cigarrillos, el calor volvió a poseerlo, un calor que lo quemaba desde adentro, y que lo volvía tóxico, al mismo tiempo que evaporaba la humedad que el regaderazo había dejado en su piel… Dio, por fin con la cajetilla, mientras exhalaba un vaho etílico con sabor a Cuervo Especial Reposado, una nube de alcohol flotó en torno de su cabeza en tanto de sus orejas comenzaba a salir humo con un olor a carne quemada. Sin embargo, su condición era tal, que nada de eso lo distrajo de su perturbación original.

Extraía el único cigarrillo que quedaba mientras repetía con una voz deformada por el demonio de la duda que, para entonces, lo poseía sin tregua alguna:

–¿Qué sabe nadie del amor si no ha sentido arder sus tripas y su vientre con un fuego hostilmente proporcional al que nace en la entrepierna cuando uno se siente pleno? ¿Qué sabe nadie de esta mierda si no ha vivido un infierno así? Si no ha ardido así… –Tomó el cigarrillo, lo puso en sus labios y pescó, de un anaquel, un encendedor que acercó a su boca, donde el cigarro bailaba entre las voces amorfas que aún daba. Hizo girar la rueda, presionó el pulsador y una chispa mutó en llama con la intención de encender el cigarrillo, con la intención de prender el cilindro de papel con hierbas secas que le ayudaría tranquilizarse, con la intención de… Pero, a veces, las intenciones no bastan; a veces las intenciones son solo una ilusión ajena a la realidad y sus muy diversos incidentes… No bien había aparecido la pequeña flama, la combustión se extendió abruptamente. Al igual que con el agua a sus pies, al igual que con la jungla de vapor que se desenvolvió impúdicamente por su casa minutos antes y que al ceder dejó un vestigio líquido por aquí y por allá, no prestó atención al fuego que se deslizó por su por su cara, su cuerpo y que, si no alcanzó sus pies se debió que estos aún estaban zambullidos en el agua estancada en el suelo. A cada palabra que daba, las llamas crecían, pasaron del color azul al amarillo, luego al rojo y él, parado ahí en medio de la cocina, creía que aún fumaba, solo, un sonido espectral, gutural, salía de su boca achicharrada… “Midra”, “Midra…” “Esto es amor, esto es…” Decía, mientras la imaginaba deslizándose desnuda bajo las manos y la piel de Narda. Así estuvo, ardiendo, hasta que las cenizas de su cuerpo se esparcieron junto a sus pies que ya flotaban en el agua del piso de la cocina. De no haber estado flotando también en el agua, el teléfono móvil no se hubiera averiado y él lo hubiera escuchado sonar.

En otra ciudad del país, después de varios intentos inútiles de llamada, ella le enviaba un mensaje:

–Hola, ¿cómo amaneciste? Ojalá hayas dormido hasta tarde, después de todo es sábado y no tienes que ir a trabajar. Te he estado marcando, pero no respondes. Quiero imaginar que la historia sobre un reencuentro con Narda que te inventé anoche sirvió para que tu imaginación te obligara a no sentirte tan solo. Yo tuve extraviado el cargador del teléfono y no lo hallé hasta muy tarde, apenas hace unos minutos que la batería estaba lista para encenderlo. Anoche me sentí mal, tuve jaqueca y caí rendida; solo estuve en la fiesta de nuestros anfitriones una hora. Me gustaría que, cuando tuviéramos la oportunidad, viniéramos juntos a esta ciudad, a este hotel; te va a gustar. Te dejo, debo entrar a un taller del Encuentro, es obligatorio; se trata sobre lectura y ecología. La verdad me da mucha flojera, pero debo entrar. Cuídate. Nos vemos pronto…

En la casa de él, las cenizas de su cuerpo se habían dispersado por varios lugares, gracias al agua en el piso; en la mesa de trabajo, su laptop, que no se había afectado por la humedad, seguía reproduciendo al azar videos en YouTube, en un volumen tan bajo que haría falta estar muy cerca de ella para escuchar lo que sonaba en ese momento…

Por ti/ el infierno es amor tan eterno/ El infierno es amor…

 

Noviembre 2023

 

 

Víctor Manuel Córdova Pereyra es licenciado en artes escénicas por la UACH, autor de ensayos sobre teatro, filosofía de la cultura, poesía, cine y narrativa publicados en las revistas Synthesis, Solar y Metamorfosis. Fue director de teatro durante 15 años; 5 de ellos en la preparatoria del ITESM, campus Chihuahua (2005 – 2006) y durante un espacio de 10 años en la FFyL de la UACH (2006 - 2016). Tiene maestría en humanidades. En coautoría con Erbey Mendoza publicó el poemario Entorno de los días (2015). Ha publicado también los libros Los milagros de los santos olvidados (2001), y Seres de frontera (2008) En la actualidad es coordinador de la maestría en investigación humanística en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH

domingo, 2 de febrero de 2025

Podcast de Estilo Mápula en Frecuencia Mercurio. Víctor Córdova


 

 Podcast de Estilo Mápula en Frecuencia Mercurio. Víctor Córdova

 

 


 

Víctor Manuel Córdova Pereyra es licenciado en artes escénicas y máster en humanidades por la UACH. Ha publicado cuatro obras de teatro en la misma Universidad Autónoma de Chihuahua; también un poemario, en coautoría con Erbey Mendoza, que se titula Entorno de los días, publicado en la Editorial de la Secretaría de Cultura del Estado Estado de Chihuahua; ensayos en las revistas Synthesis y Metamorfosis de la UACH, así como en Solar del antiguo Ichicult. Actualmente es coordinador académico en la Secretaría de Investigación y Posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH.

miércoles, 15 de enero de 2025

Azul Coyoacán

 

Foto: Víctor Córdova

     Modelo: Lucía Mendoza

Azul Coyoacán

 

Por Víctor Manuel Córdova Pereyra

 

Para Lucía Mendoza

 

El veredicto de la tarde es la sombra que anuncia su partida.

Añil, como el reflejo de un recuerdo hundido en la raíz de la memoria

se desliza, despacio, el silencio que enmarca tu mirada.

Una sonrisa discreta, apenas esbozada, ilumina la imagen que te envuelve.

 

En este oasis de piedra y tiempo, la ciudad transita en sus pasados.

Cada etapa un sedimento, una flor, un canto;

ritual de cuerpos que se agitan al ritmo de tambor y caracoles,

laberintos de piedra y fortaleza

donde aún florecen en ecos las palabras,

en ofrendas de luz y cempasúchil cada voz celebra su misterio.

Las casas que engendraron las leyendas,

los jardines que atesoran el día en cada hoja, cada toque de silencio.

 

Azul el tiempo y la memoria,

la mirada del sueño que acecha en cada lapso.

Remanso en el bullicio vespertino

donde habita el rumor de la cantera.

La flor volcánica que se abre al día

cubre con su semilla los caminos.

 

Tu mirada es el centro del instante,

del momento detenido justo ahora,

aquí, donde el atardecer se desvanece, cae,

languidece ante la herida mortal

que infringen estas horas

con su arco de penumbra.

 

En tus ojos otra noche se adivina,

la del sosiego que nace en la ternura,

la que otorga en abrazos el amor constante

la que es caricia interminable

y brota de tu voz cuando me nombras.

 

Diciembre 2024

 


Víctor Manuel Córdova Pereyra es licenciado en artes escénicas y máster en humanidades por la UACH. Ha publicado seis obras de teatro en la misma Universidad Autónoma de Chihuahua (Los milagros de los santos olvidados, Los dioses de piedra, Esperanza y los culpables, Tiro de gracia, Se equivocó la paloma, Paseo Bolívar 401); también un poemario, en coautoría con Erbey Mendoza, que se titula Entorno de los días, publicado en la Editorial de la Secretaría de Cultura del Estado de Chihuahua. De la misma manera es autor de ensayos y artículos que se han publicado en las revistas Synthesis y Metamorfosis de la UACH, así como en Solar del antiguo Ichicult y, más recientemente, en Revista de Literatura Mexicana Contemporánea de UTEP. En la actualidad trabaja como coordinador académico en la Secretaría de Investigación y Posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH.