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domingo, 2 de febrero de 2025

Podcast de Estilo Mápula en Frecuencia Mercurio. Víctor Córdova


 

 Podcast de Estilo Mápula en Frecuencia Mercurio. Víctor Córdova

 

 


 

Víctor Manuel Córdova Pereyra es licenciado en artes escénicas y máster en humanidades por la UACH. Ha publicado cuatro obras de teatro en la misma Universidad Autónoma de Chihuahua; también un poemario, en coautoría con Erbey Mendoza, que se titula Entorno de los días, publicado en la Editorial de la Secretaría de Cultura del Estado Estado de Chihuahua; ensayos en las revistas Synthesis y Metamorfosis de la UACH, así como en Solar del antiguo Ichicult. Actualmente es coordinador académico en la Secretaría de Investigación y Posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH.

miércoles, 19 de junio de 2024

A un hombre llamado Mauro, mi padre. Marco Benavides

A un hombre llamado Mauro, mi padre

 

 

Por Marco Benavides

 

 

No puedo recordar cuándo me di cuenta de tu presencia en mi vida, desde mis primeros momentos de conciencia de mi entorno, hasta el día en que el inexorable paso del tiempo nos separó para siempre. Fue solo un momento, una singularidad en el éter y la vasta extensión del Cosmos. Y ahí estaba yo, tu hijo. Fuiste mucho más que un progenitor: fuiste el faro que iluminó mi camino, el ejemplo que siempre traté de seguir, y la voz que orientó mis decisiones importantes.

Naciste en tiempos de cambios turbulentos y desafíos que yo solo conocí a través de tus relatos. Creciste en una época donde la fortaleza y la perseverancia eran moneda corriente, valores que sin duda te impregnaron de una determinación inquebrantable. Viviste en tu infancia la circunstancia del país durante una guerra mundial.

Nada se tiraba de primera intención, con eso tenías que arreglártelas hasta que se acabara completamente. Fuiste hijo de una familia con doce, en un ambiente en el que no había más para todos que todos que trabajar duro, físicamente, de sol a sol, para obtener el sustento. Con el pasar de los años, y a medida que te convertiste en padre, esos valores se transformaron en las bases de nuestro hogar.

Recuerdo tus manos fuertes, siempre dispuestas a trabajar arduamente por nuestra familia. Tus horas interminables en el trabajo nunca fueron motivo de queja; al contrario, nos enseñaste el valor del esfuerzo y la dedicación. Aunque tus jornadas eran largas y a veces agotadoras, siempre encontrabas tiempo para estar con nosotros, para escuchar nuestras inquietudes y celebrar nuestros logros más pequeños como si fueran grandes hazañas. Recuerdo que de niño me inspiró a ser médico el aroma de tu maletín de cuero, con tu instrumental de trabajo, que yo veía con curiosidad infantil, como un tesoro.

Te gustaban los automóviles, y sabías de mecánica desde joven. Me enseñaste al ayudarte a cambiar una llanta, limpiar unas bujías o un filtro de aire para motor. Recuerdo claramente que me enseñaste lo que era el tiempo del motor, cómo medirlo y ajustarlo. Te gustaba tener tu carro siempre limpio y reluciente, y estabas orgulloso cuando me enseñaste a manejarlo.

Médico de profesión, tu sabiduría era tan vasta como tu corazón. A través de tus palabras aprendí lecciones que ningún libro podría enseñar. Recuerdo tus consejos sobre la importancia de la honestidad y la humildad, sobre cómo enfrentar los desafíos con valentía y cómo tratar a los demás con respeto y compasión.

Cada conversación contigo era una oportunidad para aprender algo nuevo, no solo sobre el mundo que nos rodeaba, sino también sobre mí mismo. Me enseñaste lo que era la presión sanguínea y cómo medirla. Estuviste ahí cuando el jurado que había aprobado mi examen profesional estuvo de visita en la casa. Orgulloso de mí sin duda, pero nunca obsequioso.

Tu amor por la literatura marcó profundamente mi propia pasión por las palabras. Desde temprana edad me enseñaste a apreciar la belleza de un buen libro, a perderme en las historias que transportan a mundos desconocidos y a encontrar consuelo en las palabras de los grandes escritores. Recuerdo claramente que me platicabas sobre la Divina Comedia, y yo escuchaba fascinado.

Sabías francés, y en alguna ocasión con motivo de un triunfo de Francia en el futbol cantamos juntos la Marsellesa. A menudo recuerdo cómo compartíamos nuestros pensamientos sobre libros favoritos, intercambiando ideas y reflexiones como dos almas que se comprenden profundamente.

Pero más allá de tus palabras y tu arduo trabajo, lo que más valoro de ti, querido padre, es tu amor incondicional. Eras duro, a veces reacio a la razón de los demás, especialmente cuando los años se te vinieron encima, con el sufrimiento familiar y los problemas de salud, pero siempre estuviste ahí para mí, en los momentos felices y en los momentos difíciles.

Un día como cualquiera, caminaba a tu lado y de alguna parte salió un perro que me atacó, pero tú te pusiste delante de él, espantando al animal con tu valor. Tus abrazos eran el refugio donde encontraba consuelo, me dabas una bendición en la frente con la señal de la Cruz cada vez que me iba lejos, tu risa era la melodía que alegraba los días, y tu presencia era la certeza de que nunca estaba solo en este singular viaje llamado vida.

Aunque el tiempo nos haya separado físicamente, sé que tu legado perdurará en mi alma cada día que respire y tenga conciencia. Me enseñaste el verdadero significado de la familia, el sacrificio y el amor desinteresado. Cada vez que miro atrás, veo tu influencia en las decisiones que tomo, en las palabras que elijo y en la manera de ver el mundo que me rodea. Fuiste y siempre serás mi guía y mi inspiración para superarme. Cuando ya te ibas, en esa cama de hospital, herido de muerte por la sepsis, tuve la oportunidad de besar tu frente y decirte al oído cuánto te quería, pedirte que descansaras del dolor.

Hoy, mientras escribo estas palabras llenas de gratitud, pienso en todas las veces que desearía haberte dicho esto en persona, haber podido expresar cuánto significabas para mí. Pero no eras un hombre de palabras sentimentales. Callado y determinado, expresabas tu amor por mí de mil y una otras formas. Pero tengo la certeza en lo más profundo de mi corazón, que de alguna manera estás aquí, leyendo estas líneas y sintiendo la admiración que emana de cada palabra.

Gracias, querido padre, por todo lo que hiciste por mí. Tu vida fue un regalo para los que tuvimos el privilegio de conocerte, y tu memoria vivirá eternamente en nuestros corazones. Que allá, donde sea que estés, tengas la paz y la felicidad que mereces, sabiendo que tu amor perdura en cada uno de nosotros, tus hijos, que seguimos adelante con el legado que dejaste.

 

16 junio 2024

 

www.medmultilingua.com/index_es.html

drbenavides@medmultilingua.com

 

 

 

 

Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

martes, 16 de abril de 2024

La Martina. Aracely Sánchez Ruiz

Collage de Aracely Sánchez Ruiz

Yo opino/ la columna de Aracely

La Martina

 

 

Por Aracely Sánchez Ruiz

 

 

“Quince años tenía Martina ♩♪♫♬♭…”, bueno, no soy Martina, pero sí son 15 años los que se cumplen hoy de que se publicó mi primera nota en El Heraldo de Chihuahua: Fue la principal de la sección Mira! de ese jueves en que comenzaba la Feria de Santa Rita, que por alguna razón que no recuerdo se adelantó a sus fechas habituales, que son en la segunda quincena de mayo.

Pero, como siempre, antes un poco de historia.

Llevaba poco más de seis años y medio como correctora en el “pediórico” (así le llamaba), cuando aquel lunes 6 de abril, después de una junta en el cuarto piso, al bajar me encontré con Salvador Moreno, hasta entonces reportero de espectáculos.

Lo acababan de promover a jefe de la sección Mira! y me invitó a unirme a su equipo. Le respondí con cierto recelo que no tenía ni idea de qué se trataba y para convencerme me llevó ante el director, Javier Contreras, quien me aseguró que no tenía de qué preocuparme, porque en caso de que no me adaptara a esas nuevas responsabilidades (léase: que no diera el ancho), podría regresar a mi antiguo puesto sin problema. Entonces, acepté.

La idea era que empezara inmediatamente, pero en ese momento estaba cubriendo las vacaciones de una compañera y mi ingreso al mundo reporteril se retrasaría unos días.

La tradicional fiesta patronal estaba por comenzar, así que antes de empezar tuve que acreditarme para tener acceso a los espectáculos en el Teatro del Pueblo y en el Palenque.

Llegó el miércoles 15 de abril y, ya libre de mi función de corregir, me reporté con Chava y escribí mi única nota del día anunciando el inicio de la feria con la presentación de Carmen Cardenal en el Teatro del Pueblo.

La mentada nota apareció el jueves con mi nombre al inicio (Aracely Sánchez, me quitaron el Ruiz, ¿tú crees?), aunque esto no volvería a suceder hasta meses después, porque había esa política de que los reporteros novatos no firmaban sus notas, por lo que mi jefe, que era nuevo en el puesto (como yo), fue reprendido.

Ese mismo día hicimos una entrevista (¿hicimos, Kimosabi?) a Ana Iveth, una “joven promesa chihuahuense” (de la que no he vuelto a saber) y yo redacté la nota.

Al siguiente día fui con Chava a la inauguración de la feria, que aún estaba en la carretera a Aldama. Mientras él entrevistaba a Carmen, yo observaba atenta y tomaba nota, para aprender. Dos días después repetiríamos la mecánica con Paty Cantú en el Teatro del Pueblo y más tarde bajo su supervisión haría mi primera entrevista a Julión Álvarez en el Palenque. Aún no era el Rey de la Taquilla.

Luego nos tocó entrevistar a Cristian Castro, pero fue el último, porque en esos días se cancelaron todas las actividades masivas, ante un brote de influenza porcina que mantuvo en alerta al país.

Ese año me tocó también cubrir el primer Festival Internacional de Cine de la Ciudad de Chihuahua, el grito de Independencia con Yuri en la Plaza Mayor, la ópera Carmen en la Plaza de Toros la Esperanza (de la que tengo malos recuerdos, pero esa… es otra historia).

También, por el tricentenario de nuestra valiente, leal y hospitalaria ciudad, hice las series de reportajes Chihuahua monumental, Por las calles de Chihuahua y Chihuahua y sus símbolos; y me aventé la puntada de entrevistar al mismísimo fundador don Antonio Deza y Ulloa, “capitán de caballos y corazas, caballero de la Orden de Santiago, contador juez oficial real de la Real Hacienda y Caja de la Ciudad de México, gobernador y capitán general del reino y provincia de la Nueva Vizcaya” (así de corridito lo decía Abraham Hernández, el actor que lo personificaba en Chihuahua Bárbaro).

Desempeñé esta labor durante 11 años en los que conocí a muchos artistas, algunos simpáticos, otros no tanto, viajé dentro y fuera del estado, compartí muchas experiencias con mis colegas reporteros y fotógrafos, pero sobre todo disfruté algo que me gusta mucho: escribir.

 

 

 

 

Aracely Sánchez Ruiz es licenciada en relaciones industriales egresada del Instituto Tecnológico de Chihuahua, trabajó 18 años en El Heraldo de Chihuahua, donde inició como correctora y los últimos doce años como reportera de la sección de espectáculos y cultura. Actualmente escribe notas y comentarios en Facebook.

lunes, 1 de abril de 2024

Mis primeras influencias en los cuentos. Benito Rosales

Cocodrilo Bit

Mis primeras influencias en los cuentos

 

 

Por Benito Rosales

 

 

Cuando me preguntan cómo llegué al cuento, citó dos momentos importantes en mi vida.

Uno, cuando siendo estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL di con un libro que compilaba textos de Edgar Alan Poe, una edición de Porrúa: el cuaderno llamado Narraciones Extraordinarias. En esos días trabajaba con mi hermano Gilberto, y en un bote de basura de un colegio encontré ese volumen, alguien lo había tirado. Sin saber exactamente qué tipo de libro era, lo rescaté. Lo traje a casa y lo leí. Quedé fascinado con la manera de narrar del maestro. Me enamoré del cuento de terror y del policiaco.

Y dos, como segundo momento, no mucho tiempo después, estando en Internet di con otro cuento que ampliaría mi horizonte y me marcaría: Mi vida con la ola, de Octavio Paz. Esta narración me dejó como enseñanza que podía escribir de lo que quisiera: Paz había dado vida a una ola, había escrito los días que vivió un personaje a lado de ella, de una manera tan magistral que todo parecía ser real, todo parecía fluir, aún en lo absurdo del hecho. Entonces supe que no había límites, que podía soltar la imaginación con la pluma y llegar más allá de lo tangible e inmediato. Ahora que lo veo en retrospectiva, pienso, ¿cómo era posible que no lo supiera? pero es verdad, no lo sabía; ahora lo tengo tan claro que no lo pienso, pero en ese momento fue para mí una revelación.

Luego vinieron más lecturas, más cuentos que completaron y ampliaron las ideas.

Aunque estoy convencido que los cuentos ya estaban en mí: mi madre, quien lee poco y escribe nada de literatura, es una gran narradora, plática el día a día con pequeñas historias que se ajustan perfectamente a la idea básica del cuento moderno: introducción, desarrollo y desenlace: identifica los nudos y trabaja los finales magistralmente. Pero sé que mi encuentro con los escritos de Poe y Paz fueron cruciales en mi forma de asumir mis trabajos. En relación al primero, he escrito dos libros: Rastros del innombrable y Rastros del Innombrable II, este último próximo a publicarse. Y en relación al maestro Paz, tengo un cuento infantil: La ola Martina, el cual narra las peripecias de dos olas, madre e hija, visitando una playa.

Creo que aún hay mucho que aprender sobre la escritura, estoy seguro de que vendrán nuevos autores e influencias, pero mi oficio fue marcado por estos dos grandes maestros.

31 marzo 2024

 

 

 

 

Benito Rosales Barrientos nació en Monterrey, ha participado en talleres literarios de su ciudad natal. Es autor de los libros: Sobre la cornisa del laberinto, poemas; Cuando estos cielos caigan como ojos de gato, poemas; Las flores del jardín, cuento, 2017; La niña y la serpiente, cuento, Metimos la pata, entre otros.

martes, 27 de febrero de 2024

Carlos Montemayor, in memoriam. Aracely Sánchez Ruiz

Collage de Aracely Sánchez Ruiz

Yo opino/ la columna de Aracely

Carlos Montemayor, in memoriam

 

 

Por Aracely Sánchez Ruiz

 

 

Al cumplirse mañana catorce años de su partida, recordamos a Carlos Montemayor, destacado escritor, analista, cuentista, ensayista, investigador, poeta, traductor e intelectual en toda la extensión de la palabra.

Nació el viernes 13 de junio de 1947, en Hidalgo del Parral, donde hizo sus primeros estudios y la preparatoria en la Universidad de Chihuahua. Obtuvo la licenciatura en derecho (2002)​ y una maestría en letras iberoamericanas (1965-1971) en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, de la Real Academia Española y de la Asociación de Escritores en Lenguas Indígenas.

Hombre de letras y lingüista nato, estudió hebreo en El Colegio de México, además hablaba francés, griego (arcaico, clásico y vulgar), inglés, italiano, latín y portugués, lo que le permitió traducir obras como la cantata Carmina Burana y las Odas de Píndaro, entre otras.

Su libro Tarahumara es un completo compendio sobre los rarámuri de la Sierra de Chihuahua.

Como novelista escribió Mal de piedra (1980), Minas del retorno (1982), Guerra en el paraíso (1991), Los informes secretos (1999), Las armas del alba (2003), La fuga (2007) y Las mujeres del alba (2010).

Se distinguió en la poesía, con textos como Abril y otros poemas (1979), Finisterra (1982), Los amores pastoriles ‒y en el relato‒: Las llaves de Urgell (1970), El alba y otros cuentos (1986), Operativo en el trópico (1994), Cuentos gnósticos (1997), La tormenta y otras historias (1999).

Poseedor de una tesitura de tenor, sobresalió también en el canto e incluso grabó tres discos con el pianista Antonio Bravo: El último romántico, Canciones napolitanas e italianas y Canciones de María Grever.

Montemayor recibió premios internacionales como el Juan Rulfo por su cuento Operativo en el trópico; Xavier Villaurrutia por Las llaves de Urgell; José Fuentes Mares por su libro de poesía Abril y otras estaciones, y Colima, de narrativa, por Guerra en el paraíso.

Se caracterizó igualmente por su activismo social, sobre todo en favor de los grupos vulnerables de México.

A pesar del fatal diagnóstico de un tumor maligno que se le había detectado a finales de 2009, con gran fortaleza continuó colaborando con el periódico La Jornada, sin embargo ya no le fue posible ver publicado su último libro La violencia de Estado en México: antes y después de 1968.

El domingo 28 de febrero de 2010 Carlos Montemayor perdió la batalla, después de haber permanecido hospitalizado varios días en el Instituto Nacional de Cancerología de CDMX.

Pero más allá de la herencia cultural que dejó a los chihuahuenses, para Victoria Montemayor fue el padre que le apoyaba cuando tenía un problema, al que recurría cada vez que tenía una duda personal, de estudios, o de cuestiones literarias.

En una entrevista que le hice hace doce años, con motivo del segundo aniversario luctuoso, lo describió como un padre que estaba ahí, que cocinaba, reía, con quien podía pasar horas platicando. Al que le tenía toda la confianza del mundo, pues era un gran confesor y sabía muchos aspectos personales de su vida, “un gran padre, tierno, amoroso, que me dio muchísimas cosas”.

Le transmitió su visión humanista y gran amor por las artes y la naturaleza, “a respirar la tierra húmeda, a contemplar el cielo en una noche estrellada, la lluvia, lo hermoso que es la vida humana”.

Y reveló que los recuerdos más significativos que guarda son aquellos días en que iba a cenar a su casa y conversaban de lo que estaba haciendo cada uno.

“Cuando estaba investigando para Las armas del alba, o La fuga, o Las mujeres del alba, llegaba muy emocionado a platicarnos de cuando venía a Chihuahua, la parte realmente íntima, cuando él y yo nos sentábamos a charlar de mis planes y de los suyos”, comentó.

Así mostraba Victoria en ese entonces su orgullo de apellidarse Montemayor, “es un gran honor y toda la obra que mi papá dejó, para mí es un legado inmenso”.

En el presente, la también poeta y ensayista habló del profundo vacío que le dejó la pérdida de su padre, “es un dolor que no cesa, un desear su presencia, escuchar su voz, posarme en sus brazos, desear que todo estuviera bien, hablar de literatura, de mis traducciones, de mis ensayos, de mi escritura, oír su risa, ver sus ojos verdes. Escuchar sus palabras, sus pensamientos prístinos y claros”.

Y así se refirió a su legado, “qué decir a 14 años de distancia, ¿hablar de guerrilla o de poesía? ¿Hablar de análisis político o de traducción? ¿De cuento o novela? Su obra permanece, su voz aún resuena. Falta su presencia”.

 

 

 

 

Aracely Sánchez Ruiz es licenciada en relaciones industriales egresada del Instituto Tecnológico de Chihuahua, trabajó 18 años en El Heraldo de Chihuahua, donde inició como correctora y los últimos doce años como reportera de la sección de espectáculos y cultura. Actualmente escribe notas y comentarios en Facebook.