Días así / 06
Por
Mario Lugo
6. Dinero
en el bolsillo
Hoy recordé a personas que he conocido,
cuando alguna vez les pregunté acerca de si les gustaba el dinero, me
respondieron siempre: sí, sí me gusta; otros respondieron me encanta, algún
otro en tono festivo respondió diciendo: dámelo ya, pronto. O bien, preguntaron
¿De cuánto estamos hablando? Quizá un
extraterrestre me dijo: pues no mucho. Supongo hay muchísimas maneras de ver y
entender el dinero. Como hasta hoy en mi vejez (ya no cuento los años) lo
asocio siempre con la impresión que me daba cuando era niño, el dinero
tradicional, por nombrarle de algún modo, en forma de billetes y monedas.
Aunque fue ese tiempo cuando menos acceso tenía a él. No había centavos, diría
mi abuelita.
Quizá por ello el dinero nunca trajo a mi
atención la idea que tiene asociada a la riqueza, idea tan clara para muchas
otras personas. Tuve y tengo con el dinero la idílica y típica asociación que
tienen todavía muchos niños y los asalariados: billetes y monedas. Esos bellos
objetos. Esas lindas cosas que con el transcurso de los años son remplazadas
por ediciones nuevas. Mucho de ese dinero, monedas y billetes, se pueden
ver en venta en los bazares de segunda mano; las monedas ya oxidadas y los
billetes ambos con las imágenes desgastadas por el uso y el paso del tiempo. El
encanto ya ausente en ellos trae a la memoria tiempos felices e
irrecuperables. Tiempos en que el placer
de tenerlos en las manos o regalándome el dulce tintineo en los bolsillos me
traía una efímera felicidad. El anuncio de una extraña idea de riqueza y
felicidad que ahora creo entender con mayor claridad. Era y es la evidencia de
que había alguien en ese mundillo mío que me apreciaba y me aprecia, que me
quería o le gustaba mi trabajo. Es decir, me premiaban haciéndome sentir
querido a través de unos cuantos billetes o monedas, no necesitaban ser muchos.
Sin embargo, el dinero nunca me hizo sentir
superior o más poderoso, era esa sensación formidable, que aun a mi avanzada
edad disfruto, de tener en mis manos o en mis bolsillos esas piezas
formidables. Se bien que muchas veces vienen acompañadas de desgracias o muerte
para muchos.
Ahora que se ha visto mermada en mucho mi
capacidad para ganar o recibir dinero ha vuelto mi apreciación por esos
objetos. Sin duda el trabajo de fabricar monedas y billetes, o diseñarlos, es
un trabajo artístico. Para mí, sin importar la cantidad, parecen ser
suficientes para darme la impresión de que esa furtiva sensación de felicidad
es posible para todos. Una vez que durante la niñez descubres ese valor mágico
del dinero, no te abandona jamás.
Hay que decirlo limpiamente, los días más
gratos de mis más de cuarenta y cinco años de asalariado era ese bonito día de
la semana o la quincena en que me entregaban mi sueldo o ya en los últimos
años, cuando verificaba en el cajero automático los nuevos numeritos en el día
de pago. En este mi tiempo de pensionado se renueva ese mismo gusto de mi niñez
los días primero de cada mes. O cuando sin motivo alguno mis hijos me entregan
esos objetos mágicos omnipresentes en una parte del mundo.
Mario Lugo estudió letras españolas en la
Universidad Autónoma de Chihuahua. Es autor de los libros Empezar a
morir, El amor entre las ruinas, Fuentes Mares en tonos intermedios y Detén
mis trémulas manos. Desde los años ochenta del siglo pasado escribe una
columna de reseñas literarias llamada Armario, publicada en
periódicos y revistas de Chihuahua.

No hay comentarios:
Publicar un comentario