El milagro
de los compositores
Por Renée Nevárez Rascón
Componer es un acto de magia
que florece de la nada, una vigilia constante y silenciosa. La vida no siempre
es lo que nos muestra, hay algo más que la define. Un compositor extrae la
música de sus cajones invisibles, de los vacíos que anidan entre los recintos
de los días, y persigue en la oscuridad la arquitectura del misterio. Este río
de vigilia, que corre por las venas del compositor, lo lleva a caminar a unos
centímetros del suelo, a medias entre la realidad y lo que suena y resuena
dentro y fuera.
No hay nada que no pueda
experimentar a través de su inventiva y es experto en derramarse en sí mismo y ser
su propio salvador; al mismo tiempo, su obra es el camino que lo llama y el
hogar al que vuelve cada día.
Puede abordar lo inasible en
esa soberanía (a la que jamás renuncia), ya que habita un lugar fecundo y
poderoso a través del cual recrea este mundo, según el filtro de lo que él
mismo es: el humo que delata su quemazón.
Es distinto componer una
canción a escribir un poema. La poesía, que también es libre, se dirige
lentamente hacia un lugar sublime, incluso si lo que dice es terrible, sin
embargo, una canción se vive en la inmediatez.
Las canciones se instalan en
un campo común (y desconocido a la vez) que ocupamos al instante. El compositor
nos empuja al abismo y no podemos escapar de su flechazo: va en línea recta y
da justo en la diana, que para eso la música es un dardo.
Componer es un estado de
conciencia por medio del cual accedemos a lo imposible, es soñarlo y gastar esa
moneda hasta el último giro de su redondez. Además está el hecho irrefutable de
que los compositores triunfan de cualquier manera, aunque pierdan, aunque se
queden con las manos vacías y nadie los escuche. Su obra perdura y se alía con
el viento. Ellos viven y transitan en el vértigo de esta consciencia, sin
mencionar el hecho de que, transcribir del misterio a la realidad, rimar, medir
y entonar lo silencioso e invisible y luego darle vida en una cadencia, una
melodía, una idea gloriosa e incluso un ideal, es un milagro.
Renée Nevárez Rascón ha desarrollado su
carrera artística entre la música y las letras. En 1984 escribía en la columna
colectiva Los escritores de Chihuahua, donde publicaba un poema cada
semana para el periódico El Heraldo de Chihuahua. Luego escribió en la
revista Letras y algo más, que dirigía Minerva Ramírez. Trabajó en
el estudio de grabación MECA3, donde componía letra y música para comerciales
de radio y televisión, y para músicos de la ciudad de Chihuahua. En 1994 se fue
a radicar a España, donde colaboró en dos antologías de poetas valencianos en
la colección Algo que decir del colectivo Max Aúb de Segorbe y Caminos
de la palabra, del Ateneo Marítimo Blasco Ibáñez. A su regreso a México
escribe su primero libro en solitario: Marea del naufragio. Se integró
al colectivo cultural Voces de mi región como presentadora en su
canal de Youtube y como editora de la revista cultural mensual Voces de
papel. Actualmente coordina el Taller de poesía Ermilo Abreu Gómez y
es maestra de canto.

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