viernes, 6 de noviembre de 2026

El milagro de los compositores


 

El milagro de los compositores

 

Por Renée Nevárez Rascón

 

Componer es un acto de magia que florece de la nada, una vigilia constante y silenciosa. La vida no siempre es lo que nos muestra, hay algo más que la define. Un compositor extrae la música de sus cajones invisibles, de los vacíos que anidan entre los recintos de los días, y persigue en la oscuridad la arquitectura del misterio. Este río de vigilia, que corre por las venas del compositor, lo lleva a caminar a unos centímetros del suelo, a medias entre la realidad y lo que suena y resuena dentro y fuera.

No hay nada que no pueda experimentar a través de su inventiva y es experto en derramarse en sí mismo y ser su propio salvador; al mismo tiempo, su obra es el camino que lo llama y el hogar al que vuelve cada día.

Puede abordar lo inasible en esa soberanía (a la que jamás renuncia), ya que habita un lugar fecundo y poderoso a través del cual recrea este mundo, según el filtro de lo que él mismo es: el humo que delata su quemazón.

Es distinto componer una canción a escribir un poema. La poesía, que también es libre, se dirige lentamente hacia un lugar sublime, incluso si lo que dice es terrible, sin embargo, una canción se vive en la inmediatez.

Las canciones se instalan en un campo común (y desconocido a la vez) que ocupamos al instante. El compositor nos empuja al abismo y no podemos escapar de su flechazo: va en línea recta y da justo en la diana, que para eso la música es un dardo.

Componer es un estado de conciencia por medio del cual accedemos a lo imposible, es soñarlo y gastar esa moneda hasta el último giro de su redondez. Además está el hecho irrefutable de que los compositores triunfan de cualquier manera, aunque pierdan, aunque se queden con las manos vacías y nadie los escuche. Su obra perdura y se alía con el viento. Ellos viven y transitan en el vértigo de esta consciencia, sin mencionar el hecho de que, transcribir del misterio a la realidad, rimar, medir y entonar lo silencioso e invisible y luego darle vida en una cadencia, una melodía, una idea gloriosa e incluso un ideal, es un milagro.

 


Renée Nevárez Rascón ha desarrollado su carrera artística entre la música y las letras. En 1984 escribía en la columna colectiva Los escritores de Chihuahua, donde publicaba un poema cada semana para el periódico El Heraldo de Chihuahua. Luego escribió en la revista Letras y algo más, que dirigía Minerva Ramírez. Trabajó en el estudio de grabación MECA3, donde componía letra y música para comerciales de radio y televisión, y para músicos de la ciudad de Chihuahua. En 1994 se fue a radicar a España, donde colaboró en dos antologías de poetas valencianos en la colección Algo que decir del colectivo Max Aúb de Segorbe y Caminos de la palabra, del Ateneo Marítimo Blasco Ibáñez. A su regreso a México escribe su primero libro en solitario: Marea del naufragio. Se integró al colectivo cultural Voces de mi región como presentadora en su canal de Youtube y como editora de la revista cultural mensual Voces de papel. Actualmente coordina el Taller de poesía Ermilo Abreu Gómez y es maestra de canto.

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