La memoria del agua
Por Marco Benavides
Empezó como empiezan
casi todas las tormentas del norte: con un cielo que cambia de humor sin pedir
permiso. Era sábado, 22 de septiembre de 1990, y alrededor de las siete de la
tarde comenzó a llover en Chihuahua. Nadie habría podido decir que aquella lluvia,
una más de las que despiden el verano, era el principio de la peor noche que ha
vivido la ciudad. Entre las nubes se juntaban la humedad del Pacífico, el
primer frente frío de la temporada y una inestabilidad atmosférica que algunos
análisis relacionan, además, con El Niño. En dos horas cayeron entre 130 y 140
milímetros: cerca de la mitad de lo que esta tierra seca recibe en todo un año.
El desierto, acostumbrado a la sed, no supo qué hacer con tanta memoria de
golpe.
Le dicen El Sábado
Negro o, sin más ceremonia, El día de la tromba, como si bastara un nombre
corto para contener lo que no cabe en la memoria. Fue uno de los desastres
naturales más graves en la historia de la ciudad, y lo sigue siendo para
quienes lo vivimos: decenas de muertos, miles de damnificados, una ciudad que amaneció
contando lo que le faltaba.
Los arroyos que casi
todo el año son apenas una cicatriz en el mapa se volvieron ríos con prisa. El
Mimbre, La Galera, La Posta, el Sacramento, el Chuvíscar, Los Arquitos: nombres
de barrio, nombres de infancia, que esa noche dejaron de ser topografía para
convertirse en alarma. De todos, El Mimbre y La Galera II son los que
reaparecen una y otra vez en los testimonios, ligados a rescates, a muertes y a
casas arrastradas. La corriente se llevó lo que encontró a su paso ‒vehículos, árboles, muebles, bardas, casas
enteras‒. En Villa Vieja, Nombre de Dios,
Insurgentes, Diego Lucero, Emiliano Zapata o Rubio, las viviendas levantadas
sobre los cauces o a su orilla simplemente dejaron de estar. Bomberos, vecinos
y voluntarios hicieron rescates en condiciones imposibles; los testimonios
guardan a quienes sacaron a un bebé, a un familiar, a un vecino, y también a
quienes, a pesar de todo, no alcanzaron a salir.
Hacer la aritmética
de una tragedia es otra manera de perderse. Los reportes más citados hablan de
47 muertos confirmados y diez desaparecidos; un informe oficial posterior eleva
la cifra a 98. Los damnificados pasaron de 12 mil. Según una reconstrucción
periodística, 1,360 casas quedaron destruidas; según el parte oficial, 375;
otras 740 sufrieron daños parciales. La distancia entre un número y otro suele
explicarse por conteos iniciales, por desaparecidos que nunca fueron
localizados y por revisiones posteriores, pero también es una forma de memoria:
la de lo que no alcanzó a nombrarse. Hubo, además, una ciudad herida por
dentro: tramos de quince colectores dañados, seis acueductos rotos, 25
transformadores quemados, más de veinte postes caídos y el pavimento hecho
trizas.
La lluvia fue
extraordinaria; el desastre, en buena medida, fue urbano. Muchas familias
vivían en asentamientos precarios junto a los arroyos, en zonas de alto riesgo
y sin previsión alguna frente a una crecida. El Diario ha señalado que
la tragedia dejó a la vista la falta de planeación y la ocupación de los cauces
por colonias y desarrollos irregulares. Más que una tormenta, fue una
inundación catastrófica en una ciudad de drenaje insuficiente y casas puestas
donde no debían. Ahí está la paradoja que el norte conoce bien: se vive de
espaldas al arroyo seco hasta que el arroyo deja de estarlo. La tromba de 1990
no inventó el riesgo; lo cobró.
Hoy la fecha vive en
la memoria de la protección civil estatal, junto a otras tragedias como la
tromba de Parral del 30 de agosto de 2008. Vinieron obras de encauzamiento y
embovedado en algunos arroyos, aunque fuentes locales advierten que todavía hay
zonas con riesgo de desbordamiento. Por eso la tromba no es solo una fecha en
el calendario ni una cifra en un archivo: es el mapa de aquello que una ciudad
decide no ver mientras el cielo está limpio. El agua, se sabe, regresa siempre
por su camino. Lo que está por verse es si la ciudad aprendió, por fin, a no
estar en él.
Dr. Marco Benavides,
2 noviembre 2026
Marco
Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad
Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de
Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos
en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el
Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del
Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y
también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y
subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor
de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia
académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua;
profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente,
investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la
revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico
/ relatos.

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