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jueves, 20 de agosto de 2026

Duelo

 

Diseño gráfico: Copilot IA

Duelo

 

Por Erbey Mendoza

 

Sobre todo en la adolescencia, a don Gervasio le habría gustado llamarse Anselmo. Su nombre en cambio le producía una especie de incomodidad vergonzosa que escondía haciendo énfasis en su nombre

—Gervasio Arellano Domínguez, para servirle.

Jamás aceptó apodo, ni cariñoso ni ofensivo: siempre se aseguró de que, al hablarle, todo mundo pronunciara las tres sílabas completas de su nombre.

Don Gervasio sacó el pequeño artefacto del bolsillo de su camisa y lo puso sobre la mesa.

—¿A ver este?

Don Chindo sacó los lentes, tomó el artefacto, y dejó salir un suspiro que era también un rugido que a su vez era también una forma de no quedarse en silencio. Le dio vueltas al artefacto para apreciarlo de diferentes ángulos.

—Este es de un…— dijo arrastrando largamente la n en una curvatura de agudo a más grave.

—¿A ver?

Don Gervasio hizo presión.

—Este es de…

Don Gervasio miraba fijamente a don Chindo haciendo una prematura sonrisa victoriosa.

—Este va en… Sí, este es de un taladro —resolvió probar don Chindo, para que don Gervasio quitara el gesto.

Sin mirar, devolvió el artefacto a la mesa, se quitó los lentes y se puso a limpiarlos con el mantel de la misma mesa. 

—No, qué taladro ni qué nada —don Gervasio tomó el artefacto y lo miró.

—Sí, cómo no. ¿O de qué dices, según tú, que es?

—De un taladro, no. 

—¿Entonces?

—No, pos a ver tú.

Hasta esa tarde, y tras varias décadas, el duelo iba más o menos a la par. Pero la última vez, don Gervasio no había podido reconocer un pistón de hidrolavadora.

Don Chindo se volvió a poner los lentes y le quitó a don Gervasio el artefacto.

—A ver, pues.

Don chindo volvió a estudiarlo lentamente, con la cabeza levantada para enfocar la vista en el cuadrito inferior de sus bifocales.  Lo acercó a su nariz y olfateó el fuerte aroma metálico. Repitió el suspiro.

—¿No? —preguntó Don Gervasio, ya saboreando el desenlace.

—No, pos si no es de un taladro, no.

Don chindo nuevamente lo devolvió a la mesa y volvió a limpiar sus lentes. 

Con la balanza a su favor, don Gervasio tomó en su gruesa mano el artefacto clavándole una mirada dulce.

—Este, Chindo, es de un…  

 


Erbey Mendoza es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Entre sus publicaciones están La expedición punitiva: reporte del General Mayor John J. Pershing (traducción, UACH, 2014), dos poemarios: Entorno de los días, con Víctor Córdoba (ICHICULT, 2016), y El destino en un sombrero, con Norma Luz González (UACH, 2019), además de algunos artículos de investigación en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es miembro del Cuerpo Académico Estudios Humanísticos de la Cultura, del Sistema Nacional de Investigadores, y de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios.

martes, 24 de febrero de 2026

Boceto de 5º grado

 

Boceto de 5º grado  

 

Por Erbey Mendoza

 

Teníamos una tarea grupal y la casa de Edgar era la mejor de todos los del equipo. Edgar de la O Vaquera, a sus diez años, era ya todo un varón hasta en los apellidos. Durante la temporada de calor, iba a la escuela en camisetas blancas interiores ajustadas. Su cabello era un eterno natural oscuro: jamás trajo las patillas largas o desliñadas como todos nosotros. Mantenía su espalda recta en todo momento: de pie, sentado, o al caminar.

Bájale, güey, vas bien recio ―le dije a Jesús Albino desde los diablitos de la bicicleta―. Nos vamos a caer.

Ya habíamos recorrido varias cuadras de aquella remota terracería de pocos autos. Un par de cuadras después, nos fuimos de bruces.

El aterrizaje me abrió una herida en la palma de la mano, cerca de la muñeca. Cuando le mostré lo aparatoso de mi recién adquirida lesión, Albino se pronunció ileso, apenas un poco sofocado. Llegamos a la casa de Edgar con tierra mal sacudida en nuestros pantalones, y con un pedazo de piel, de aproximadamente un centímetro cuadrado, todavía unido a mi mano. Tan pronto Edgar abrió la puerta, le presumimos.

Ira, güey.

Acto seguido, Edgar llamó a su mamá.

Nada grave. La mamá de Edgar me llevó al cuarto de baño; allí cortó el pedazo de piel con unas tijeras, me lavó con una sustancia antiséptica, y me puso una gasa con adhesivos. Tímido hasta la fecha, yo sentía más vergüenza que dolor ante su amable gesto.

El baño de la casa de Edgar me pareció enorme, impecable. El de mi casa era pequeño y con suelo de cemento, y había una cortina azul que fungía de puerta. Por el enorme espejo frente al lavabo, falsamente escondidos tras la señora, Edgar y Albino presenciaron todo el procedimiento curativo. Sus risillas eran notablemente fingidas.

Un lunes, Edgar nos convocó a todos en el recreo para compartirnos un “juego” que había aprendido durante el fin de semana. El juego consistía en encender un cerillo (llevaba una cajita de La central nueva) e, inmediatamente después de apagarlo, había que aplicar la brasa a nuestros nudillos. El objetivo era, en resumen, demostrar valentía y fortaleza. Edgar respondió lo mismo a cada uno de los que nos rehusamos a participar:

¿Qué? ¿No es hombre o qué?

*

En el verano del 89 sucedieron dos cambios relevantes en mi vida. Por un lado, la televisión abierta me permitió conocer a Michael Jordan y los Toros de Chicago. Por el otro, la crisis económica obligó a mi familia a mudarnos de casa, de barrio, y de estatus económico. Con ello, también cambié de primaria. Entré a la escuela de Edgar y Albino por la puerta grande: en menos de dos semanas adquirí fama universal (es decir, entre el alumnado y el personal de la Escuela Primaria Revolución). En mi primer lunes de honores a la bandera, el inclemente sol del verano chihuahuense me derribó, sin más, frente a la comunidad escolar. Así, pasé instantáneamente de ser El Nuevo a ser El Desmayado.

Entre los juegos populares de los niños de quinto y sexto de aquel entonces estaban las patadas, las guerritas (a pedradas o con toritos), la trai con cuarta (para caballo, es decir, fusta de cuero), y el chinche al agua, por mencionar los más memorables. Se entenderá, así, que el juego de los cerillos que Edgar introdujo era congruente con las tradiciones lúdicas de la escuela.

También se jugaba al futbol. Pero yo acababa de descubrir la magia aérea de Michael Jordan. ¿Cómo esperaban que participara en sus caóticas polvaredas si había una cancha con sus tableros y canastas en buen estado? También a Albino le gustaba el básquet, y a Benjamín Apolonio. Apenas ahora caigo en cuenta del maravilloso perfil onomástico que predominaba en esa institución educativa.

Aunque las canchas de básquet eran territorio de las niñas, los tres preferíamos el deporte ráfaga.

¡Se les van a romper las medias!

El profe Lencho, nuestro profesor durante 5º y 6º, no desperdiciaba oportunidad para hacer gala de su conciencia formativa de párvulos y de sus credenciales como educador. Es bien sabido que, en la educación escolarizada, el aspecto formativo mediante la socialización influye tanto como el académico. Aquella escuela se encargaba de dejar en sus pupilos una impronta duradera. El profe de tercero (no recuerdo su nombre) era famoso por sus estrategias conductistas mediante el uso del metro.

*

Ahora que lo pienso, no recuerdo qué fue de aquella bicicleta Magistroni. Era color guinda, aunque luego intenté pintarla. Hasta donde sé, ya no quedan calles sin pavimentar en aquel barrio. Tampoco me queda evidencia de la caída. No he vuelto a ver a nadie de aquella escuela. Si sí, no pude reconocerlo. Una sincera disculpa.  

Recuerdo la cicatriz en alguna de mis manos. ¿Habrá sido en la derecha?  

 


Erbey Mendoza es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Entre sus publicaciones están La expedición punitiva: reporte del General Mayor John J. Pershing (traducción, UACH, 2014), dos poemarios: Entorno de los días, con Víctor Córdoba (ICHICULT, 2016), y El destino en un sombrero, con Norma Luz González (UACH, 2019), además de algunos artículos de investigación en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es miembro del Cuerpo Académico Estudios Humanísticos de la Cultura, del Sistema Nacional de Investigadores, y de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios.

jueves, 2 de octubre de 2025

Desde la línea de los tiros libres

 


Desde la línea de los tiros libres

 

Por Erbey Mendoza

 

Al número 9 de Los Halcones

 

I

A sport is a sport is a sport

Un equipo deportivo puede ser una metáfora de lo que sea. Un amigo de la universidad desarrolló la caprichosa habilidad de ofrecer, a quien lo pida, un speech en el que puede relacionar cualquier cosa con el futbol en menos de un minuto. En nuestras juergas universitarias se lo solicité alguna vez y lo escuché hacerlo muchas otras veces con peculiar éxito. Para mí, un equipo es una metáfora de la vida en sociedad. Si bien un jugador estrella hace la diferencia, no puede hacerlo todo. El talento y la disciplina de un solo individuo no pueden con el peso de su comunidad. De igual forma, hay jugadores que, aunque pasan muchas veces desapercibidos, son indispensables para el funcionamiento del equipo. A veces su aporte es a nivel defensivo, a veces es motivacional, a veces ni siquiera queda claro, pero cuando no está, algo falta para jugar mejor. Si abres bien los ojos, descubrirás que aprender a practicar un deporte puede darte mucho más de lo que en realidad te da ese deporte.  

 

II

La camiseta

Poder elegir es algo misterioso. La libertad muestra su lado oscuro. Es como cuando te gusta el número 9 o el color azul: pareciera que en lugar de elegirlos tú, el 9 y el azul te escogieron a ti. Un día, de pronto, ya le vas a Los Lakers, al América, o a los rumanos en la gimnasia olímpica. Lo más fácil es irle a los campeones, a los que ganan. Te sientes feliz de verlos subir otra vez hasta volver a coronarse. Lo malo es que algún día dejan de ganar. Irle a los que no ganan, o no han ganado, tiene un resultado distinto. La amargura de la derrota te enseña a tener fe en las personas, a valorar la lealtad. Te enseña también a callar. Y en el silencio aprendes a pensar y aprendes a aprender. 

 

III

Las faltas conscientes

Brian Doyle escribió una exquisita epifanía sobre las faltas en el basquetbol (“the greatest of games” según sus propias palabras). En el deporte ráfaga, dice, “puedes hacerle foul a alguien inconscientemente de incontables maneras, por torpeza, por mala posición, por flojera, por imprudencia, por menso, por cansancio”. Luego menciona que “Incluso puedes foulear a alguien inconscientemente sin en realidad foulearlo”, es decir, cuando el árbitro decide que fue falta, aunque no lo haya sido. Sin embargo, de lo que no se habla mucho, dice Doyle, es de las faltas consientes, que las hay “de todas las formas y tamaños y sabores”. De entre todas, mis favoritas son aquellas que constituyen una forma de comunicación interpersonal no verbal, compleja y, principalmente, tácita, a pesar de lo explícita de su naturaleza: las faltas mensaje.      

 

Hay faltas mensaje, que son maneras sutiles y disimuladas de informar al oponente que no, no puede andarse quedando a acampar en ese punto, y no, no puede estarte aventando las manos y las muñecas y los brazos, y no, no puede andarte jalando la camiseta, y sí, tú vas a dar vuelta en la esquina cuando te dé la gana usando tu codo como palanca picuda si es necesario, y sí, tú vas a seguir pasando por ese carril, aunque él finja y se tire al suelo con tanto drama que la bolsa de valores se caiga junto con él, y sí, tú vas a seguirte quitando la marca toda la tarde aunque se necesite un breve agarrón intenso en el punto del pase cada una de las veces. (Brian Doyle, 2016. Traducción propia).   

 

IV

La falta ofensiva

La falta consciente de quizá mayor complejidad es, precisamente, la que Doyle omitió en su texto: el foul ofensivo. Por una parte, requiere astucia, tacto, y una discreta, pero aguda habilidad de observación; por la otra, exige valentía y unos reflejos velocísimos e igual de exactos. Hay que saber observar y saber convertir en un instante la observación en acción e, irónicamente, en inacción total. El foul ofensivo es una treta perpetrada por un defensivo a la vez en contra y a favor de sí mismo. Es un ejercicio que pone a prueba la concentración y la voluntad para recibir estoicamente el ímpetu de quien trae el balón. Su astucia tiene algo de cacería, pero también de acrobacia. Pero esta acrobacia se realiza doblemente a ciegas: en una acrobacia en la que participan dos, ambos deben estar preparados para la maniobra. El éxito de la falta ofensiva, en cambio, depende enteramente de que el jugar ofensivo ignore la artimaña. Es como en una emboscada: tras el engaño, el defensivo cae presa del ímpetu de su propio ataque, como en algunas artes marciales. El mensaje de la falta ofensiva es de otro tipo: caíste.     

 

V

Versus

El oponente es un aliado. El inquebrantable pacto se sella con el primer silbatazo. En sus ojos verás todos los motivos para derrotarte, para hacerte fallar y caer. Tu trabajo es mostrarle tu mayor respeto, el cual consiste, paradójicamente, en no tenerle piedad ni consideración. Es un amigo que a lo largo del partido es, como en el himno nacional, un extraño enemigo.

 

VI

Desde la línea de los tiros libres

El físico británico Brian Cox ha dicho que solo hay una pregunta interesante en la filosofía: ¿qué significado tiene vivir una vida frágil y finita en un universo eterno e infinito? Los filósofos discreparán, pero tal vez consientan en que, si bien no es la única, sí es la más interesante y, por ello, la de mayor intriga. Y aunque intriga e interés no son equiparables, lo que nos interesa en la intimidad, generalmente nos resulta intrigante.         

Si es la más interesante (o la única, si se quiere hacer equipo con Cox), es porque no tiene una respuesta única y definitiva. Es, por así decirlo, un misterio, un asunto insondable. No faltará quién encuentre vano plantearse una pregunta para la cual no hay respuesta. Pero podemos ignorarlo, ya que es muy probable que también encuentre futilidad en el arte. A él podemos responderle algo parecido a lo que respondió Borges a la pregunta “¿para qué sirve la poesía”: “bueno, ¿para qué sirve la muerte? ¿para qué sirve el sabor del café? ¿para qué sirve el universo? ¿para qué sirvo yo? ¿para qué servimos? Qué cosa más rara que se pregunte eso, ¿no?”. 

Así, en el basket, puede decirse que encestar desde la línea de los tiros libres constituye un misterio. Uno menor, claro, sin mayor consecuencia para los físicos como Cox o para la filosofía en general. Hay quien dice que no hay misterio, que es pura cuestión de mecánica. Si fuera un simple asunto de mecánica, otra habría sido la historia para un superatleta como Shaquille O’Neal quien, a lo largo de su carrera en la NBA, metió apenas el 52.7 % de sus tiros. Ningún entrenamiento especializado y ultrapersonalizado pudo ayudarlo en esto.

Claro está que hay que practicar y corregir y seguir practicando. El valor de la técnica es axiomático. Lo dijo Alfonso Reyes: “De aquí un gran respeto a las técnicas, un consejo de practicarlas incesantemente en todos los reposos de la acción –de la improvisación”. Solo así, un día “el milagro se produce: al dejar caer el lápiz, brotan los planos exactos; al dejar caer la pluma, corren los versos bien medidos”; al lanzar el balón, el porcentaje de aciertos se eleva (aún si estamos hablando de un 52.7%).

 

VII

El balón en el aire

Ezra va a los tiros libres. Bota el balón un par de veces. Flexiona las rodillas, calcula el ángulo de su brazo derecho. Respira hondo: toda la parafernalia de la técnica ensayada tantas veces en medio de los gritos del coach. Se activa la catapulta: su mano derecha y la punta de sus dedos dibujan, en la trayectoria de su mecánica, la perfecta silueta de una cabeza de flamingo. El balón está en el aire. Mi esposa y yo contenemos el aliento, inmersos en ese otro misterio que es ser padre y madre.  

 


Erbey Mendoza es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Entre sus publicaciones están La expedición punitiva: reporte del General Mayor John J. Pershing (traducción, UACH, 2014), dos poemarios: Entorno de los días, con Víctor Córdoba (ICHICULT, 2016), y El destino en un sombrero, con Norma Luz González (UACH, 2019), además de algunos artículos de investigación en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es miembro del Cuerpo Académico Estudios Humanísticos de la Cultura, del Sistema Nacional de Investigadores, y de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios.

viernes, 28 de marzo de 2025

Haikús en tu idioma. Bajo la misma luna

 

Foto: Pedro Chacón

Haikús en tu idioma. Bajo la misma luna

 

Por Erbey Mendoza    

 

En la profundidad oscura del poniente

la luna se asoma entre dos

nubes horizontales.

Venus redonda,

falsamente tímida:

muestra su belleza

en su afán por ocultarla.

Para asirla (o algo de ella)

intento evocar los versos

de un olvidado haikú.

Pero es vano el intento;

la luna es muy, muy grande.

Cuento las sílabas

para encontrar en mi voz

un nuevo haikú. 

El olor a cañería de la calle

me distrae.

Luego un claxon,

y el escape de un auto que pasa

bajo la misma luna.

 


Erbey Mendoza es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Entre sus publicaciones están La expedición punitiva: reporte del General Mayor John J. Pershing (traducción, UACH, 2014), dos poemarios: Entorno de los días, con Víctor Córdoba (ICHICULT, 2016), y El destino en un sombrero, con Norma Luz González (UACH, 2019), además de algunos artículos de investigación en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es miembro del Cuerpo Académico Estudios Humanísticos de la Cultura, del Sistema Nacional de Investigadores, y de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios.

sábado, 21 de diciembre de 2024

A libros abiertos episodio 7. Erbey Mendoza



Una conversación con Erbey Mendoza en A libros abiertos, episodio 7. Producción: Editores UACH Dirección de Extensión y Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de Chihuahua.

 

viernes, 4 de octubre de 2024

Grey Perplexities. Lilvia Soto (con traducción de Erbey Mendoza)

Grey Perplexities

 

 

Por Lilvia Soto (con traducción de Erbey Mendoza)

 

 

When I come out of the lecture room where Nan Talese discussed the grey perplexities of evil in The Cement Garden and The Prince of Tides, out of the corner of my eye I notice a woman sitting in semi‑darkness, a shadow among shadows, more the outline of negative space than a figure in her own right. I recognize her head wrapped in grey, the cloth wrapped around her body, one layer indistinguishable from another layer of greyness. An empty plate on her lap and contentment spreading across her face, her bony fingers draw a slow arc as they place the last grape in her mouth. Her shy smile tells me she has detected my curiosity. I look away, pretend to be absorbed in John’s discussion of The Literary Marketplace.

My attention wanders to another reception‑‑the first time I saw her at the table putting with delicate gesture grapes and cubes of cheddar and pineapple in her mouth. My mind races‑‑was it Desmond Tutu’s daughter’s discussion of the grey perplexities of apartheid?  Is it literature, women’s issues, politics, ethical dilemmas that attract her? Is her search driven by nostalgia for the life of the mind? Does she seek the nourishment her body craves? Is it perhaps the simple need for the human voice?

The next day I see her crossing the Walnut Street bridge at 8:30 in the morning, her determined gait keeping pace with the students rushing to class. Where is she headed? Most lectures take place in the afternoon; where will she be until 4:00 o’clock? Where is she coming from? Where did she lay her head last night? On the steam grills outside the Curtis Center? Outside the Greyhound terminal? At the 13th Street subway station? It’s difficult to imagine that with her genteel manner she could survive a night in the streets of Center City. And yet . . . who is she?  An assistant professor denied tenure?  A graduate student unable to finish her dissertation? Is this unassuming middle-aged woman another homeless native Philadelphian driven to the streets by drink, or drugs, or mental illness? Her dress suggests an East European origin, her manner, a middle-class upbringing.

At the next reception the following week, she waits, as usual, until there is room at the table to approach the fruit and cheese platter, her smile bashful, even coquettish. Does anybody else see her? Does she speak English? Is she a stowaway from another time? . . . my personal ghost? I want to engage her in conversation. As I approach, like a creature of the wild she sprays her protective shield, lowers her eyelids on mystery, throws me back to nurse my questions.

A few months later I become the director of the Center for Hispanic Excellence. I organize several lecture series. She begins to attend. The living room where the lectures are held is intimate; she can no longer sit in the back and allow her greyness to blend into the shadows. In the limelight, she feels compelled to participate. Each week her well-informed comments are more obvious, more insistent. She interrupts the speaker, intimidates the students. As her protective shield thickens, the temperature in the room rises. I have difficulty breathing.

One evening she arrives early, calls me Lilvia, adopts an air of intimacy. The next day I greet her at the door and inform her that she cannot come in, but that she is welcome to return after she bathes. She protests that she cannot bathe until her law suit is settled and that this is a public lecture open to the community. I repeat that she can come back after she bathes. Ten minutes later, she is back with two campus officers. She has told them that I called her a dirty Jew. They interrogate me and write a report. She threatens to go to university authorities to file a complaint.

The following day I learn that the directors of other university centers have had similar encounters with Nancy. Now I know her given name, that she is a native speaker of English, and that she is not East European. I also know that she is capable of surviving a night in the streets of Center City. And yet . . . who is she? An assistant professor denied tenure? A graduate student unable to finish her dissertation? I don’t think her problem is caused by drugs or alcohol. I believe she suffers from mental illness. But, is it literature, women’s issues, politics, ethical dilemmas that attract her? Is her search driven by nostalgia for the life of the mind? Does she seek the nourishment her body craves? Is it perhaps the simple need for the human voice?

 

 

Grises perplejidades

 

Al salir de la sala de conferencias donde Nan Talese discutía las grises perplejidades del mal en El jardín de cemento y El príncipe de las mareas, alcancé a ver de reojo a una mujer sentada casi a oscuras, una sombra entre las sombras, más una silueta en espacio negativo que una figura en sí misma. Distingo su cabeza enredada en algo gris, la manta que le rodea el cuerpo: cada capa gris indistinguible de otra capa gris. Con un plato vacío en su regazo y una placidez que le recorría el rostro, sus dedos huesudos formaron un lento arco al llevar la última uva hasta su boca. La timidez en su sonrisa me sugiere que ya detectó mi curiosidad. Miro a otra parte y finjo estar absorta en la discusión de John sobre The Literary Market Place.

Mi atención divaga a un evento anterior: aquella primera vez que la vi, junto a una mesa, llevándose a la boca con delicado ademán uvas y cubitos de cheddar y de piña. Echo a volar mi mente: ¿Fue acaso la discusión de la hija de Desmond Tutu sobre las grises perplejidades del apartheid? ¿Será la literatura, las problemáticas en torno a las mujeres, la política, los dilemas éticos lo que la atrae? ¿Será la nostalgia por la vida del pensamiento lo que motiva su búsqueda? ¿Acaso persigue el sustento que su cuerpo anhela? ¿O será, quizá, la sencilla necesidad de escuchar la voz humana?

 Al día siguiente la veo cruzar el puente de la calle Walnut a las 8:30, con un andar resuelto a seguirle el paso a los estudiantes que van a toda prisa a clases. ¿A dónde irá? La mayoría de las conferencias son en horario vespertino; ¿qué va a hacer en lo que se dan las 4 de la tarde? ¿De dónde viene? ¿En dónde habrá recostado su cabeza para dormir anoche? ¿En las parrillas de vapor afuera de Curtis Center? ¿Afuera de la terminal de autobuses Greyhound? ¿En la estación del metro de la calle 13? Es difícil imaginar que con sus modos refinados pueda sobrevivir una noche en las calles de Center City. Y sin embargo… ¿quién es? ¿Una profesora de contrato a quien le negaron la plaza? ¿Una estudiante de posgrado que no logra terminar su tesis? ¿Acaso esta modesta mujer de mediana edad no es más que otra indigente de Filadelfia que terminó en las calles a causa del alcohol, las drogas, o problemas mentales? Su ropa sugiere procedencia de Europa del Este; sus ademanes, una crianza de clase media.

En el evento de la semana siguiente, espera como siempre hasta que haya espacio en la mesa para acercarse a la charola de fruta y queso; su sonrisa es tímida, incluso coqueta. ¿Nadie más la ve? ¿Hablará al menos el idioma? ¿Será una fugitiva de otro tiempo? ¿… mi propio fantasma personal? Quiero acercarme y abordarla. Al aproximarme, libera su escudo protector cual criatura silvestre, baja los párpados llena de misterio, y me ahuyenta a que vuelva sobre mis preguntas.

Unos meses después, me nombraron directora del Centro para la Excelencia Hispánica. Organizo varios ciclos de conferencias. Entonces comienza a asistir. La estancia en donde se dictan las conferencias es íntima; ya no puede sentarse al fondo y dejar que el gris la haga camuflarse entre las sombras. Bajo la luz, se siente obligada a participar. Cada semana, sus bien informados comentarios son más obvios, más insistentes. Interrumpe al conferencista, intimida a los estudiantes. Conforme su escudo protector se hace más grueso, la temperatura en la sala se eleva. Batallo para respirar.

Una tarde llegó temprano: me dice “Lilvia”, asume una actitud de confianza. Al día siguiente la saludo en la entrada y le informo que no puede entrar, pero que es bienvenida si regresa después de darse un baño. Protesta alegando que no puede bañarse sino hasta que su demanda legal haya sido resuelta y que esta es una conferencia abierta a toda la comunidad. Le repito que puede regresar una vez que se haya dado un baño. Diez minutos después, está de vuelta con dos oficiales de seguridad del campus. Les dijo que yo la había llamado judía sucia. Me interrogan y redactan un reporte. Amenaza con acudir a las autoridades de la universidad a presentar una queja.

Un día después descubro que los directores de otros centros universitarios han tenido encuentros similares con Nancy. Ahora ya sé su nombre de pila, que es nativa del idioma, y que no es de Europa del Este. También sé que es capaz de sobrevivir una noche en las calles de Center City. Y sin embargo… ¿quién es? ¿Una profesora de contrato a quien le negaron la plaza? ¿Una estudiante de posgrado que no logra terminar su tesis? No creo que su problema sea a raíz las drogas o del alcohol. Creo que sí padece algún problema mental. Pero… ¿será la literatura, las problemáticas en torno a las mujeres, la política, los dilemas éticos lo que la atrae? ¿Será la nostalgia por la vida del pensamiento lo que motiva su búsqueda? ¿Acaso persigue el sustento que su cuerpo anhela? ¿O será, quizá, la sencilla necesidad de escuchar la voz humana?

 

Traducción de Erbey Mendoza

 

 

 

Lilvia Soto nació en Nuevo Casas Grandes, emigró a Estados Unidos a los 15 años, reside en Philadelphia, Pennsylvania. Tiene un doctorado en lengua y literatura hispánica de Stonybrook University en Long Island, Nueva York. Ha enseñado literatura y creación literaria en Harvard y en otras universidades norteamericanas. Fue cofundadora y directora de La Casa Latina: The University of Pennsylvania Center for Hispanic Excellence. Fue directora residente de un programa de estudios en el extranjero de las universidades Cornell, Michigan y Pennsylvania en Sevilla, España.

 

Erbey Mendoza es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Entre sus publicaciones están La expedición punitiva: reporte del General Mayor John J. Pershing (traducción, UACH, 2014), dos poemarios: Entorno de los días, con Víctor Córdoba (ICHICULT, 2016), y El destino en un sombrero, con Norma Luz González (UACH, 2019), además de algunos artículos de investigación en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es miembro del Cuerpo Académico Estudios Humanísticos de la Cultura, del Sistema Nacional de Investigadores, y de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios.

viernes, 19 de julio de 2024

Lectura de verano en el transporte público. Erbey Mendoza

Lectura de verano en el transporte público

 

 

Por Erbey Mendoza

 

 

Ríspido e in-

hóspito sea el verano, de in-

soportables angustias:

hogueras de salir a la calle y en-

contrarse con grados y más

grados Celsius o centígrados,

como si a estas alturas del ter-

mómetro, importara algo lo

métrico del sistema.

 

(Sentado en el camión,

yo leía alguna cosa,

o intentaba leerla).

 

Ínclita, per-

ínclita y trans-

parentemente aperlada,

fue la gota de re-

frescante sudor

que vi bajar por la entre-

pierna de la joven mujer

(en falda)

y que, tímida, ella inter-

ceptara con la mano

para secarla y ponerle fin

a su húmeda trayectoria.

 

Húbeme, entonces, pre-

cipitado a cederle el asiento:

 

(parado en el camión,

abandoné la lectura).

 

 

 

 

Erbey Mendoza es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Entre sus publicaciones están La expedición punitiva: reporte del General Mayor John J. Pershing (traducción, UACH, 2014), dos poemarios: Entorno de los días, con Víctor Córdoba (ICHICULT, 2016), y El destino en un sombrero, con Norma Luz González (UACH, 2019), además de algunos artículos de investigación en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es miembro del Cuerpo Académico Estudios Humanísticos de la Cultura, del Sistema Nacional de Investigadores, y de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios.

viernes, 12 de abril de 2024

Hormigas en la pizzería. Erbey Mendoza

Hormigas en la pizzería

 

 

Por Erbey Mendoza

 

 

Fuimos a comer pizza.

Elegimos la Pavarotti.

No tanto por el nombre,

sino por los ingredientes

aunque algo hay de eso.

En su curiosidad infantil,

Ezra miró debajo de la mesa.

“Hay una fila de hormigas

acá abajo”

Miré y dije:

“Hormigas en la pizzería”.

El sonido de la frase

resonó en su curiosidad.

Me dijo a quemarropa:

“¿Por qué no escribes un poema

que se llame así,

Hormigas en la pizzería”?

Me pareció una idea excelente.

 

Tiempo después volvimos a ir

y me preguntó por el poema.

No había escrito nada.

Le explique que el misterio de la inspiración

bla bla, y otras excusas.

Semanas más tarde volvimos a ir

y me volvió a preguntar.

Y el poema: nada.

Volví a intentar excusarme.

En ese tiempo he escrito otros poemas:

quizá por temor a defraudarlo

he temido a ese poema.

No me ha llegado nada

más allá del título.

Hemos vuelto a la pizzería

varias veces.

Es un buen lugar.

Nos encanta la Pavarotti.

Es claro que, muchas veces,

contrario a lo que le he explicado,

es más fácil comer pizza

que escribir un poema.

 

 

 

 

Erbey Mendoza es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Entre sus publicaciones están La expedición punitiva: reporte del General Mayor John J. Pershing (traducción, UACH, 2014), dos poemarios: Entorno de los días, con Víctor Córdoba (ICHICULT, 2016), y El destino en un sombrero, con Norma Luz González (UACH, 2019), además de algunos artículos de investigación en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es miembro del Cuerpo Académico Estudios Humanísticos de la Cultura, del Sistema Nacional de Investigadores, y de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios.

viernes, 26 de enero de 2024

Ceci n’est pas une sonate. Erbey Mendoza

Ceci n’est pas une sonate

 

 

Por Erbey Mendoza

 

 

                              Pero llora en vez de tocar.
                              Eusebio Ruvalcaba
 

 

          I

 

De muchacho, rebosante de fe,

soñaba con ser músico.

Hoy, rebosante de recuerdos,

sueña con haberlo sido.

 

Aprendió piezas y canciones

que justificaron

el modesto costo

de una guitarra mediocre.

 

Entre el Preludio de Brascianello

y el tun-da-ta de un vals

cupieron tantas

y, al final, tan pocas horas.

 

Y ha sido un amor

tan real como ilusorio:

como un púber de 15 años que,

empachado de suspiros,

mira a su vecina de 30

desde su secreta ventana.

 

 

          II

 

En algún momento

creyó encontrar en las notas musicales

todas las respuestas.

Ahora sabe que no fue así:

no eran respuestas lo que encontraba

en las melodías, las armonías y las escalas.

Eran más bien las distintas formas

y manifestaciones

de una sola y única pregunta,

hermosa e indescifrable.

 

 

 

 

Erbey Mendoza es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Entre sus publicaciones están La expedición punitiva: reporte del General Mayor John J. Pershing (traducción, UACH, 2014), dos poemarios: Entorno de los días, con Víctor Córdoba (ICHICULT, 2016), y El destino en un sombrero, con Norma Luz González (UACH, 2019), además de algunos artículos de investigación en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es miembro del Cuerpo Académico Estudios Humanísticos de la Cultura, del Sistema Nacional de Investigadores, y de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios.

lunes, 23 de mayo de 2022

Diatriba contra el Copyright. Erbey Mendoza

 

Diatriba contra el Copyright

 

 

Por Erbey Mendoza

 

 

El poema

lo habrás escrito tú

 

ínclito,

     laureado

 

poeta.

 

(tuyo es

y tuyo será,

hasta que la muerte los separe)

 

Pero la poesía

que hay en tu poema

 

esa

            en cambio

 

nos pertenece a todos.

 




Erbey Mendoza es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Entre sus publicaciones están La expedición punitiva: reporte del General Mayor John J. Pershing (traducción, UACH, 2014), dos poemarios: Entorno de los días, con Víctor Córdoba (ICHICULT, 2016), y El destino en un sombrero, con Norma Luz González (UACH, 2019), además de algunos artículos de investigación en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es miembro del Cuerpo Académico Estudios Humanísticos de la Cultura, del Sistema Nacional de Investigadores, y de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios.

miércoles, 25 de agosto de 2021

Erbey Mendoza. Pájaros

 

Pájaros

 

 

Por Erbey Mendoza

 


por más empeño que ponga en concebirlo,

no me es posible ni tan siquiera imaginar

que pueda hacerse el amor más que volando.

Oliverio Girondo

 

 

te beso

ergo

los pájaros

 

Me explico:

acerco mi boca

a tu aliento

y justo antes

del húmedo contacto

percibo ya

el aleteo.

 

Llega el beso

Entran

entonces

a mi pecho

(suave nubarrón)

en estrepitosa parvada

los pájaros

 

Cunden

pueblan

inundan

mi aliento

con el tuyo 

Me vuelan

por dentro

los pájaros de tu beso

 

Luego viran 

bruscamente

con el chasquido:

abren nuevos pasadizos

por donde deslizan

su emplumado vuelo

–su pájara música

 

Volvemos

a la suavidad apretada

y la lengua

tu lengua

me trae otros tantos

pájaros volando

surcándome el aire

que me sostiene de pie.

 

El vértigo me lleva

entonces

a sujetarme

fuertemente

de tu cintura

 de tus manos

 de algo tuyo:

tu beso

me tiene al borde del vuelo. 

 

 



Erbey Mendoza es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Entre sus publicaciones están La expedición punitiva: reporte del General Mayor John J. Pershing (traducción, UACH, 2014), dos poemarios: Entorno de los días, con Víctor Córdoba (ICHICULT, 2016), y El destino en un sombrero, con Norma Luz González (UACH, 2019), además de algunos artículos de investigación en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es miembro del Cuerpo Académico Estudios Humanísticos de la Cultura, del Sistema Nacional de Investigadores, y de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios.