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domingo, 28 de septiembre de 2025

Abu Saleh

 

Foto: Pedro Chacón

Abu Saleh

 

Por Lilvia Soto

 

Le entregaron 23 kilos

y Abu Saleh

cargó la bolsa,

caminó, y

vio la imagen de su hijo

cargando

la pesada bolsa

del mercado,

su hijo que no quería

que su viejo cargara

algo tan pesado

 

Su hijo

llegó a casa

cantando, riendo

bromeando con sus hermanos

presumiendo a su madre

su gran fuerza de hombre

su amor por su padre

 

Aquí vamos otra vez,

Hijo,

cada paso,

mis pies más lentos

la bolsa más pesada,

tú más liviano

pero, cómo le digo a tu madre

cómo le explico

que tus delgados brazos

ya no cargan la bolsa

en la que me entregaron

23 kilos

23 mil gramos

gramos y pedazos

ni uno completo

huesos sucios y astillados

cubiertos del polvo

de la mezquita

pedazos de carne

pedazos de mi hijo

de ti, de tu carne

de tus pies

tus ligeros pies

con los que ibas a buscar agua,

de tus brazos  

con los que cargabas

la pesada bolsa del mercado,

tus amorosos brazos

con los que abrazabas a tus hermanos,

de tu cabeza

con la que soñabas estudiar

cuando abrieran la universidad,

de tus ojos sonrientes

tus ojos sin luz

de tu boca sin canto

tu boca sin bromas,

sin risas

sin un beso para tu madre.

Pero. ¿Cómo le digo?

¿Cómo le explico?

 


Lilvia Soto nació en Nuevo Casas Grandes, emigró a Estados Unidos a los 15 años, reside en Philadelphia, Pennsylvania. Tiene un doctorado en lengua y literatura hispánica de Stonybrook University en Long Island, Nueva York. Ha enseñado literatura y creación literaria en Harvard y en otras universidades norteamericanas. Fue cofundadora y directora de La Casa Latina: The University of Pennsylvania Center for Hispanic Excellence. Fue directora residente de un programa de estudios en el extranjero de las universidades Cornell, Michigan y Pennsylvania en Sevilla, España.

lunes, 7 de abril de 2025

La herencia

Foto: Pedro Chacón


La herencia

 

Por Lilvia Soto

 

Para Blanca Norma Palacios Thayne

 

Non seulement nos souvenirs, mais nos oublis sont "logés". 

Notre inconscient est "logé".  

Notre âme est une demeure. 

Et en nous souvenent des "maisons", des "chambres", 

nous apprenons à "demeurer" en nous-mèmes. 

On le voit dès maintenant, 

les images de la maison marchent dans les deux sens: 

elles sont en nous autant que nous sommes en elles.[1]

 

Gaston Bachelard, La poétique de l'espace



Armando dice que su hermano 

la cortó hace tiempo,

Abuelo temía que cayera sobre el techo.

Minerva siente desilusión, 

hace años que no regresa 

pero todavía piensa en la palmera.

 

Arminda me muestra su mesa, 

redonda, de patas de león, 

como la de la abuela, 

pregunta si la recuerdo. 

Por supuesto. 

También el bote de los cubiertos 

que la abuela mantenía en su centro, 

siempre había un tenedor extra 

para un trabajador hambriento. 

 

Sandra quiere saber si todavía existe 

el escritorio del abuelo. 

Sus innumerables cajones y compartimentos 

han nutrido su imaginación a través de los años. 

 

Ana pregunta si recuerdo el velo de novia, 

su delicada fragancia aparece en sus sueños. 

Y en los míos.

 

Todos recordamos las macetas de la abuela, 

sus chabacanos y morales, 

su jardín, su cerca de piquete blanco. 

 

Comentamos las historias 

que la abuela nos contaba 

después de terminadas nuestras labores, 

mientras se enfriaban las brasas 

de la estufa de leña, 

las risas compartidas, 

los fantasmas que moraban bajo las camas.

 

Yo recuerdo las caminatas 

con Blanca y Alfonso 

después de sus partidos de baloncesto, 

por caminos de tierra iluminados 

por la más brillante luna 

que una citadina había jamás visto. 

 

Blanca y yo recordamos 

las muñecas que hacíamos 

de colchas viejas, 

con vestidos de percal nuevo 

y rostros bordados 

de ojos negros y labios rojos, 

sus roperos de cartón, 

sus mesas Avena Quaker 

y sus elegantes casas 

del adobe que horneábamos 

bajo el candente sol de Chihuahua. 

 

Recuerdo cada mañana 

de la primavera de mis ocho años, 

cuando recorría las acequias de Dublán 

cortando espárragos silvestres 

para la comida de mi hermana sietemesina.

 

En sudorosas noches de agosto 

dormíamos bajo las estrellas 

en camas que el abuelo improvisaba 

con anchas tablas sobre caballetes 

para protegernos de las bestias salvajes. 

 

Veintitantos primos recordamos 

la casa, 

el piano, el escritorio, 

las lámparas de aceite, 

la palmera, 

el banco bajo la palmera. 

 

Al compartir fotos, 

nos damos cuenta 

de que a todos nos fotografiaron 

bajo la palmera. 

Ahí está mi madre sobre una yegua 

con mi hermana en los brazos. 

 

Ahí está Gracia paseando a su primita 

en el coche de sus muñecas. 

Y ahí estoy yo, de pie, 

recostada sobre el césped, 

o con mi hermana en los brazos, 

en el banco bajo la palmera. 

 

Y ahí, mucho antes de que 

cualquiera de nosotros naciera, 

están nuestras jóvenes madres 

en coquetas poses, 

sentadas, de pie, tendidas

sobre el banco bajo la palmera. 

 

Hablamos de la despensa 

que la abuela mantenía

repleta de encurtidos en salsa de mostaza, 

frascos de manzana, tomate, membrillo, 

la mesa donde siempre cabía uno más, 

sus tortillas de harina, 

empanadas de durazno, 

su pan de levadura, 

su peinador, 

la magia de los destellos 

esmeralda, rubí, zafiro 

de los perfumes que centelleaban 

a la luz del atardecer.

 

Hablamos de Penny, 

el mimado pequinés que el abuelo engordaba 

bajo la mesa 

y del abuelo que se levantaba con las gallinas, 

encendía la estufa de leña 

y llevaba el tazón de café humeante a la abuela 

que se regodeaba en el calor de su cama 

hasta que salía el sol.  

 

Recordamos sus bodegas 

repletas de sacos de maíz, 

frijol, papa, cacahuate, 

sus huertas de duraznos y manzanos,

sus campos de alfalfa y sandía, 

sus caballos, sus minas. 

 

Ellos recuerdan las minas. 

Yo recuerdo los cristales morados, 

color de rosa, blanco centelleante 

alineados en el alféizar de las ventanas 

del porche junto a su recámara, 

donde tenía su escritorio 

de escondrijos y misterios.

Yo pensaba que los cristales 

eran una locura de su juventud, 

pero algunos primos recuerdan 

las minas, 

la búsqueda del oro que, 

al alimentar la avaricia y la envidia, 

se convirtió en riquezas legendarias. 

 

Entonces, 

un día asesinaron a nuestro tío, 

otro día una tía cambió el testamento. 

Como apedreados gorriones, 

nos dispersamos, 

huyendo de la fiebre del resentimiento, 

del deseo de venganza. 

 

Al encontrarnos de nuevo, 

buscamos los momentos abandonados 

en los cajones, bajo la escalera, 

detrás de las puertas, alrededor de la mesa, 

en el banco bajo la palmera. 

 

Pero la lámpara de aceite 

que nos esperaba en noches de baloncesto 

no vuelve a encenderse. 

Algunos se niegan a regresar. 

Recuerdan la chaqueta 

con sus seis agujeros de bala 

y al cuñado que huyó a Tombstone. 

Recuerdan los terrenos y el oro 

que no recibieron, 

piensan que les robaron su herencia. 

 

Otros escuchamos ecos que se apagan, 

tendemos la mano a gestos que retroceden, 

vemos sombras que se desvanecen 

y convertimos cada recuerdo, 

dulce o amargo, 

en una luminaria que alumbra 

el camino a la casa de la memoria, 

a la herencia.

_________

No solo alojamos nuestros recuerdos sino también nuestros olvidos. Alojamos nuestro inconsciente. Nuestra alma es una morada. Y cuando recordamos las casas, los cuartos, aprendemos a vivir en nosotros mismos. Se ve de inmediato, las imágenes de la casa viajan en ambas direcciones: están en nosotros mientras nosotros estamos en ellas.

Gaston Bachelard, La poética del espacio  (Mi traducción). [1]

 

 

Lilvia Soto nació en Nuevo Casas Grandes, emigró a Estados Unidos a los 15 años, reside en Philadelphia, Pennsylvania. Tiene un doctorado en lengua y literatura hispánica de Stonybrook University en Long Island, Nueva York. Ha enseñado literatura y creación literaria en Harvard y en otras universidades norteamericanas. Fue cofundadora y directora de La Casa Latina: The University of Pennsylvania Center for Hispanic Excellence. Fue directora residente de un programa de estudios en el extranjero de las universidades Cornell, Michigan y Pennsylvania en Sevilla, España.

martes, 18 de marzo de 2025

De las hormigas rojas y los miligramos

 

Foto: Pedro Chacón


De las hormigas rojas y los miligramos

 

Por Lilvia Soto

 

I

Grano a grano

se la llevan.

Sobre la espalda y entre los pies

la transportan

por estrechos y oscuros pasadizos 

a sus amplias cámaras.

 

Jalan, empujan,

arrastran y levitan

cada miligramo oscuro

de ladrillo rojo y de adobe seco.

 

Las sacerdotisas de la muerte,

las hormigas rojas que viven

detrás de la casa de los abuelos,

oyen la canción del viento

y hacen la labor del tiempo.

 

Al desmoronarse cada ladrillo rojo

bajo el ardiente sol,

al esparcirse cada adobe

en el viento,

lo arrastran,

uno más para la oscuridad.

 

 

II

El magnífico palomar que el abuelo

como amoroso arquitecto

construyó,

y del que día a día

preparó

para mi hermana Sandra

un pichón fresco

para alimentar

su flaco cuerpo de sietemesina,

ha descendido todo

por la misteriosa entrada

de la morada de las hormigas.

 

 

III

El gran tejabán de adobe

donde el primo Alfonso

sentado en su banco de tres patas

ordeñaba las vacas,

el tejabán oloroso a alfalfa

donde el abuelo hospedaba

su yegua preferida,

el tejabán donde los animales

vivían en bucólica armonía

pastoreados por Penny,

el gordo pequinés del abuelo,

ha desaparecido,

grano a grano,

por la misteriosa entrada.

 

 

IV

El gallinero donde la abuela

guardaba sus gallinas,

donde día a día

recogíamos huevos frescos

para los almuerzos de los trabajadores

y para los pasteles

con los que celebrábamos

el cumpleaños de cada primo,

se ha derrumbado,

una ruina más

que ha bajado a la oscuridad.

 

 

V

El granero donde el abuelo

guardaba los sacos

de frijol y de maíz

para vender a los lugareños,

regalar a las hijas que se iban,

alimentar a los nietos y trabajadores

que comían en la cocina

alrededor de la mesa de patas de león,

el granero donde el abuelo guardaba

las cajas de semilla

de melón, calabacita, pepino,

sandía, chile vallero,

para sembrar la siguiente cosecha,

sobre la espalda y entre los pies

de las hormigas rojas

ha entrado, grano a grano,

a la oscuridad.

 

 

VI

El taller donde el abuelo guardaba

rastrillos, azadones y alicates,

limas, horquillas y martillos,

palas, guadañas, carretillas,

clavos, tuercas y tornillos

de todos los estilos y tamaños,

el taller de las herramientas

donde el abuelo construía,

afilaba y remendaba

la maquinaria que mantenía la vida de la granja

y a la familia viva,

ha descendido

a la oscuridad del hormiguero.

 

 

VII

El excusado que construyó el abuelo

en el campo más lejano,

de tablas sin pintar,

con techo de dos aguas y puerta con aldaba,

el excusado de doble asiento donde

madres e hijas y tías y primas

platicaban y soñaban con las ofertas

del catálogo de Sears,

el temido excusado que

evitábamos de noche,

por miedo a las arañas y la oscuridad,

y cuando era inevitable

lo visitábamos en parejas,

tomadas de la mano y con linterna,

el humilde excusado

que tantos susurros escuchó

ha desaparecido

por la misteriosa entrada.

 

 

VIII

Pero en el gran salón

donde la Reina Madre preside

todavía queda espacio

para la centenaria casa de ladrillo

donde los abuelos criaron

a sus ocho hijos

y a numerosos nietos y sobrinos.

 

El sol ardiente,

la danza frenética del viento,

los años de desidia,

han desmoronado cada miligramo

que las hormigas rojas acarrean

sobre la espalda y entre los pies

por el estrecho pasadizo

a la misteriosa cámara.

 

 

IX

Aún queda algo,

algo que parece casa

donde los primos viven

con ventanas rotas,

techo que gotea,

ladrillos que se desmoronan.

No están solos.

Los antiguos fantasmas

que heredaron los abuelos

de los primeros moradores de la casa

han reclamado sus derechos

de colonos.

 

Todavía queda algo

pero ya no por mucho tiempo,

pues las sacerdotisas de la muerte,

las hormigas rojas

que reinan en el patio de la casa

escuchan el rugir del viento

y hacen la labor del tiempo.

 

X

Y cuando el último miligramo

desaparezca,

¿bajarán los antiguos fantasmas

con las hormigas rojas,

o se quedarán a vagar

por la milenaria tierra ancestral

calcinada por el sol,

azotada por el viento?

 

¿O jalarán las hormigas rojas

al sol y al viento

por la misteriosa entrada?

 


Lilvia Soto nació en Nuevo Casas Grandes, emigró a Estados Unidos a los 15 años, reside en Philadelphia, Pennsylvania. Tiene un doctorado en lengua y literatura hispánica de Stonybrook University en Long Island, Nueva York. Ha enseñado literatura y creación literaria en Harvard y en otras universidades norteamericanas. Fue cofundadora y directora de La Casa Latina: The University of Pennsylvania Center for Hispanic Excellence. Fue directora residente de un programa de estudios en el extranjero de las universidades Cornell, Michigan y Pennsylvania en Sevilla, España.