La columna de Bety
No me gusta andar a la greña
Por Beatriz Aldana
Bueno, aquí voy. Y hago una
aclaración: Mis crónicas, mis recuerdos, las vivencias que cuento, jamás
contienen un dejo de victimización, simplemente que desde muy pequeña fui
observando el hecho de ser un tanto diferente en muchos aspectos.
Aquí iniciaré. Cuando era
una chiquilla como de unos seis añitos no lograba comprender el por qué era inconveniente
el ser güerita y blanca en una colonia o barrio de clase media baja, donde la
gran mayoría de mis vecinos y vecinitas eran más bien de cabello obscuro y tez
morena clara, por supuesto con algunas excepciones por ahí de quienes tengo un
muy agradable recuerdo, ellas son Lupita y Paty.
Pues bien, continuando con
ese llamémosle inconveniente, viene a mi memoria el continuado bullying, que
así no se le llamaba en aquellos aciagos años cincuenta y sesenta, fui una niña
un tanto huraña por los constantes ataques a mi apariencia física, a tal grado
que era jalado hasta casi arrancar de raíz mi hermosísimo cabello largo rubio. Eso
por dos vecinas más grandes que yo en ese tiempo, una apodada La Menona, hija
de un boxeador, y la otra apodada La Negra, que no recuerdo de quien era hija
pero ella vivía en la zona más feíta, calles abajo de la 27, creo era la 23, que
era la zona donde se juntaban las pandillas.
En fin, por causa de mi actitud
huraña y a la defensiva, daba el aspecto de ser una niña tímida y dejada. Por
esa razón supongo que era el abuso por parte de estas dos fulanitas.
Y recuerdo esto hoy, porque
este frío intenso me recuerda aquel tiempo en que era consolada y abrazada por
mi madre Jesusita, a quien yo le apreciaba lagrimitas en sus ojos al ver que
manaba sangre de la parte inferior, o sea por la nuca, de donde solían jalarme
el cabello. Entonces con todo el dolor y angustia notoria en el rostro de mi
mami, ella optó por tomar la decisión de cortar mi cabello al estilo Príncipe
Valiente (personaje de un cómic de aquellos tiempos), o sea cuadradito y con
flequillo.
De alguna manera esa
decisión rindió frutos, ya que no volví a padecer aquellos terribles jalones de
cabello.
Bueno, este recuerdo vino a
mí porque de alguna manera ha sido un estigma a lo largo de mi vida el ser un
tanto huraña con disfraz de timidez, cuando tengo que enfrentarme o convivir
con un número mayor de seis personas ya
sea por eventos, sea por restaurantes, sea por tiendas, por reuniones,
convenciones, todo eso.
Tal vez alguien note que me
cuesta mucho ocultar mi tremendo desasosiego, incomodidad, y no me cabe la
menor duda de que hay por ahí personas
que logran captar inteligentemente mi actitud. Eso lo pude observar
totalmente estas pasadas fiestas como se les llama ahora a la Navidad,
mi yo interno me lo dijo así (pues casi lo escuchaba en mi cabecita): Mira: Vamos
a festejar Navidad y post Navidad, y reuniones familiares, pero mucho
agradeceríamos no se lo hagas saber a Bety, porque no deseamos su presencia. No
está invitada. Se nota claramente que no encaja en nuestro ambiente, es una
persona que está físicamente, pero totalmente ausente y es muy notorio su deseo
de salir huyendo.
Sin duda alguna. Atribuyo
totalmente esa reacción porque, aunque me cueste admitirlo, yo le tengo miedo,
más bien horror a las reuniones y mucho más a las familiares o de ex compañeras
de escuela o de trabajo, porque siempre estoy como la convidada de piedra. Solo
se dirigen a mí para darme la bienvenida, y de ahí parale de contar. Parezco Gasparín,
por lo del fantasmita de los cuentos.
Indudablemente yo lo
atribuyo a todo aquello que me sucedió en la infancia, y que de alguna manera
lo transfiero a mi presencia, que en la actualidad es idéntica a la que tenía
cuando era esa chiquilla de seis o siete añitos, uso mi cabello largo muy
largo, rubio, y suelo vestir de una manera un tanto diferente al común en las
damas, pues rechazo totalmente vestir con coquetería, como sería con vestido,
medias, tacón alto, o faldas a la rodilla o un poco más cortas, jamás escotes o
brazos descubiertos, y algo más un tanto incongruente, nunca mi cabello rubio
suelto, siempre recogido en coleta o trenza, y cuando es pertinente, usando una
boina.
Creo que en mi interior, por
ahí en algún lugar recóndito, mi yo interno me dice: Los jalones de greñas fueron
porque te mirabas bonita, dulce y tierna y eso no era bienvenido en un barrio
donde predominaba la cultura del esfuerzo y la lucha diaria para sobrevivir de
la mejor manera posible. Y ahora, como mujer madura, y en plena calidad de
adulto mayor, sueles transmitir y dejar salir a esa niña que aún pervive en tu
interior, y que es incomprensible en un mundo donde la apariencia (y todo lo
que ellos signifique) es lo que más rifa.
Beatriz Aldana es contadora y siempre ha trabajado en la industria y en corporativos comerciales. Gran lectora, escribe y produce crónicas de video en sus dos blogs de Facebook, además de La columna de Bety en Estilo Mápula.
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