lunes, 12 de enero de 2026

No me gusta andar a la greña

 


La columna de Bety

No me gusta andar a la greña

 

Por Beatriz Aldana

 

Bueno, aquí voy. Y hago una aclaración: Mis crónicas, mis recuerdos, las vivencias que cuento, jamás contienen un dejo de victimización, simplemente que desde muy pequeña fui observando el hecho de ser un tanto diferente en muchos aspectos.

Aquí iniciaré. Cuando era una chiquilla como de unos seis añitos no lograba comprender el por qué era inconveniente el ser güerita y blanca en una colonia o barrio de clase media baja, donde la gran mayoría de mis vecinos y vecinitas eran más bien de cabello obscuro y tez morena clara, por supuesto con algunas excepciones por ahí de quienes tengo un muy agradable recuerdo, ellas son Lupita y Paty.

Pues bien, continuando con ese llamémosle inconveniente, viene a mi memoria el continuado bullying, que así no se le llamaba en aquellos aciagos años cincuenta y sesenta, fui una niña un tanto huraña por los constantes ataques a mi apariencia física, a tal grado que era jalado hasta casi arrancar de raíz mi hermosísimo cabello largo rubio. Eso por dos vecinas más grandes que yo en ese tiempo, una apodada La Menona, hija de un boxeador, y la otra apodada La Negra, que no recuerdo de quien era hija pero ella vivía en la zona más feíta, calles abajo de la 27, creo era la 23, que era la zona donde se juntaban las pandillas.

En fin, por causa de mi actitud huraña y a la defensiva, daba el aspecto de ser una niña tímida y dejada. Por esa razón supongo que era el abuso por parte de estas dos fulanitas.

Y recuerdo esto hoy, porque este frío intenso me recuerda aquel tiempo en que era consolada y abrazada por mi madre Jesusita, a quien yo le apreciaba lagrimitas en sus ojos al ver que manaba sangre de la parte inferior, o sea por la nuca, de donde solían jalarme el cabello. Entonces con todo el dolor y angustia notoria en el rostro de mi mami, ella optó por tomar la decisión de cortar mi cabello al estilo Príncipe Valiente (personaje de un cómic de aquellos tiempos), o sea cuadradito y con flequillo.

De alguna manera esa decisión rindió frutos, ya que no volví a padecer aquellos terribles jalones de cabello.

Bueno, este recuerdo vino a mí porque de alguna manera ha sido un estigma a lo largo de mi vida el ser un tanto huraña con disfraz de timidez, cuando tengo que enfrentarme o convivir con un número mayor de seis personas ya  sea por eventos, sea por restaurantes, sea por tiendas, por reuniones, convenciones, todo eso.

Tal vez alguien note que me cuesta mucho ocultar mi tremendo desasosiego, incomodidad, y no me cabe la menor duda de que hay por ahí personas  que logran captar inteligentemente mi actitud. Eso lo pude observar totalmente estas pasadas fiestas como se les llama ahora a la Navidad, mi yo interno me lo dijo así (pues casi lo escuchaba en mi cabecita): Mira: Vamos a festejar Navidad y post Navidad, y reuniones familiares, pero mucho agradeceríamos no se lo hagas saber a Bety, porque no deseamos su presencia. No está invitada. Se nota claramente que no encaja en nuestro ambiente, es una persona que está físicamente, pero totalmente ausente y es muy notorio su deseo de salir huyendo.

Sin duda alguna. Atribuyo totalmente esa reacción porque, aunque me cueste admitirlo, yo le tengo miedo, más bien horror a las reuniones y mucho más a las familiares o de ex compañeras de escuela o de trabajo, porque siempre estoy como la convidada de piedra. Solo se dirigen a mí para darme la bienvenida, y de ahí parale de contar. Parezco Gasparín, por lo del fantasmita de los cuentos.

Indudablemente yo lo atribuyo a todo aquello que me sucedió en la infancia, y que de alguna manera lo transfiero a mi presencia, que en la actualidad es idéntica a la que tenía cuando era esa chiquilla de seis o siete añitos, uso mi cabello largo muy largo, rubio, y suelo vestir de una manera un tanto diferente al común en las damas, pues rechazo totalmente vestir con coquetería, como sería con vestido, medias, tacón alto, o faldas a la rodilla o un poco más cortas, jamás escotes o brazos descubiertos, y algo más un tanto incongruente, nunca mi cabello rubio suelto, siempre recogido en coleta o trenza, y cuando es pertinente, usando una boina.

Creo que en mi interior, por ahí en algún lugar recóndito, mi yo interno me dice: Los jalones de greñas fueron porque te mirabas bonita, dulce y tierna y eso no era bienvenido en un barrio donde predominaba la cultura del esfuerzo y la lucha diaria para sobrevivir de la mejor manera posible. Y ahora, como mujer madura, y en plena calidad de adulto mayor, sueles transmitir y dejar salir a esa niña que aún pervive en tu interior, y que es incomprensible en un mundo donde la apariencia (y todo lo que ellos signifique) es lo que más rifa.

 


Beatriz Aldana es contadora y siempre ha trabajado en la industria y en corporativos comerciales. Gran lectora, escribe y produce crónicas de video en sus dos blogs de Facebook, además de La columna de Bety en Estilo Mápula.

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