Mala
Por Fructuoso Irigoyen Rascón
I
Querida Madre Superiora:
Sé que mi salida del convento ha sido un golpe
para todas las hermanas, especialmente para usted y para Sor Dolores. También
sé que se ha culpado de mi deserción a Evaristo; todos piensan que él me sedujo
y que por eso dejé el convento. Quiero decirle, y espero que me crea, que no
fue así. La culpa es mía y solo mía.
Nunca imaginé tener tanta maldad dentro de mi
alma. Esa maldad me llevó a ofrecerme al tal Evaristo; si no hubiera sido él,
hubiera sido otro. La maldad no es un calor, como el de los animals. Uno tiene
que calentarla.
Ya le había echado el ojo al padre Ignacio,
eso hubiera sido mucho peor. Entonces apareció Evaristo, pobrecito de él. Y no
digo que sea él una inocente paloma, ¡bien corridito que está! Pero no se
enamoró de una monja así nomás: Esta monja tuvo que provocarlo, que enseñarle
todo. Parecía feliz con lo que le daba, pero ya comenzó a caer de la nube y sé
que en poco tiempo lo haré muy infeliz. Mi maldad así lo dicta. Esa es la idea.
Se preguntará por qué le escribo esto.
Pues alguna vez le oí explicar a las hermanas
cómo es que una de ellas había dejado la comunidad. Lo hizo usted hablando de
los "impulsos humanos normales" y la "vocación débil" de la
que se había ido. Pues quiero que sepa usted que ese no es mi caso. Como lo
dije arriba, fue la pura maldad cobijada en mi alma. Para que usted lo sepa, el
día que pronuncié mis votos estaba completamente convencida de que el Señor me
llamaba y que era lo que yo quería, lo que más quería en mi vida. Pero unos
cuantos días después la maldad dentro de mí comenzó a hablarme. Era como la voz
que los enfermos que atendemos en el hospital dicen oír, pero más compleja e
insistente. Me decía que no podría ejercer plenamente mi maldad si continuaba
de monja y sirviendo en el sanatorio. El mensaje era claro: debía colgar los
hábitos. ¿Cómo hacerlo? Pues lo más fácil fue seguir el ejemplo que había visto
tantas veces: enredarme con alguien.
Ahora mismo aguardo el momento para dejar a
Evaristo e ir con mi maldad a causar daño a otra parte.
Y por supuesto, escribo esto en un momento en
que mi maldad está mirando hacia otro lado. A ella no le importaría que usted
supiera todo esto. A mí, sí. Quiero que sepa de mi maldad y de lo feliz que
ella me hace.
Su hija mala.
II
El despacho de la Madre Superiora estaba
pintado de gris claro. De una pared lateral colgaba un cuadro con la imagen de
la Inmaculada, y en la del fondo un gran crucifijo. Detrás de un vetusto
escritorio, sentada en una silla giratoria, estaba la Madre Superiora. Era una
religiosa de aspecto impresionante: robusta y con un impecable hábito de su
orden que sin ningún ornamento y, sin que ella dijera una sola palabra, sabía
uno que era la que mandaba ahí. Una lágrima se deslizaba por su mejilla. En
eso, la hermana Dolores, una monja alta y delgada, pálida como papel, entra al
despacho y saluda:
―Ave
María.
La Superiora responde en voz tan baja que uno
tiene que adivinar que dijo: "Sin pecado concebida"
―Madre
Superiora, ¿está bien?
―Sí. ¿Por
qué, Hermana Dolores?
―Pues,
con todo respeto, es que la sorprendí llorando.
―Creo
que soy muy sentimental, esta carta me ha conmovido mucho. Es de una persona
que necesita mucha oración.
―¿Y la
pide en la carta?
―No
exactamente, pero puedo leerlo entre líneas.
―¿Puedo
preguntarle de quien viene la carta? Yo puse su correo sobre el escritorio y la
letra en ese sobre me pareció ser de la hermana... que nos dejó.
―En
efecto, así es. Sé que usted la apreciaba mucho. Póngala en sus oraciones. De
verdad lo necesita.
Puso la mano derecha sobre la carta que yacía
sobre el escritorio y, dudando si pasársela o no a la hermana Dolores para que
la leyera, al fin lo hizo. Dolores, temiendo que la Superiora se arrepintiera y
se la quitara antes de que la acabara de leer, leyó rápidamente.
―¡Oh
Dios! ―exclamó, devolviendo al tiempo la
carta a la Superiora, quien la tomó con la punta de los dedos y la volvió a
poner sobre la mesa. Las dos lloraban ahora.
III
Al final del claustro se abría una ventana de
cuyo marco colgaba una pequeña jaula. Ahí estaba un canario.
―Hermana
Sofía, el canario ha dejado de cantar.
―Sí,
desde que la hermana se fue.
―Sí,
es que ellos, los animalitos saben.
―Ya se
repondrá.
―Tal
vez sí, tal vez no.
―Lo
sabremos si comienza a cantar otra vez.
IV
―¡Madre
Superiora, la busca Evaristo.
―¡Ay,
Señor, qué cinismo! ¿Qué quiere?
―Dijo
que había dejado un trabajo pendiente cuando se fue, y que tal vez lo
necesitaramos para terminarlo.
―¡No
sé de que habla! Vendrá a sonsacar a otra hermana. Pero... pues bien, dile que
pase.
La hermana portera salió a buscarlo, y minutos
después entró Evaristo. Era un hombre relativamente joven, con barba de tres
días, enfundado en un overol de obrero con manchas de aceite. Calzaba botas
mineras y lucía una gorra de béisbol.
―Buenos
días, Madre Superiora.
―Buenos
días, Evaristo. Dime qué quieres, sé breve por favor, estoy muy ocupada.
―Quiero
terminar el reforzamiento del tejabán de atrás que había comenzado, cuando pasó
lo de la hermanita que me pidió que la ayudara.
―¿Ayudara?
―Sí, a
salir del convento. Dijo que para hacerlo debía decir que se iba conmigo.
―Y por
lo visto se fue.
―Pero en
cuanto llegó a donde me pidió que la llevara, creo que casa de una prima suya
de ella, me dijo que ya no me necesitaba, me dio un dinerito y me despidió. No
la he vuelto a ver.
―¿Entonces
aquello, es decir, como pareja, no progresó?
―¿Qué
quiere decir?
―¡Eso
mismo!
―¡Ay
Madrecita! Nunca hubo nada de eso. Si acepté ayudarla es porque ella hasta el
día que nos fuimos de aquí siempre había sido muy buena conmigo. Pero de
aquello, pues nunca hubo nada, ¡se lo juro!
―No
hay que jurar en vano, Evaristo. No hay que jurar.
Un tanto confundida, la religiosa ya no supo
qué decir. Su preparación como directora y administradora le dictaba que lo
mejor que podía hacer era tener tiempo para pensarlo:
―Mira
Evaristo, no te puedo responder ahora mismo, tengo que consultar con nuestras
finanzas para saber si continuamos con lo del tejabán.
―Como
usted quiera, pero sepa que no pasó nada de lo que está pensando.
Evaristo caminó hacia atrás y no podía quitar
la vista de la cara asombrada de la Madre Superiora.
"Oh maldad de maldades", pensó la
monja.
V
―¿Que
por qué no me voy a mi casa en vez de venir aquí contigo? ¡Ay querida prima!
Pues tú me invitaste hace mucho. ¿Qué ya no te acuerdas?
―Pues
sí. Pero eso fue antes de que te metieras al convento.
―Precisamente.
Ellos no aprobaron mi decisión. Ahora no puedo volver así como así. No sé que
dirán cuando sepan que he abandonado el convento.
―Ya lo
saben.
―¿Quién
les dijo?
―Pues
yo.
Cayendo en la cuenta de que no podía navegar
en la vida ignorando como los demás reaccionarían a lo que ella hacía, se
abstuvo de reclamarle, a pesar de sentir que la prima la había traicionado. Solo
preguntó:
―¿Y
qué dijeron?
―Tu
mamá no dijo nada, solo se soltó llorando. Tu padre la emprendió en tu contra
llamándote impulsiva, inmadura, infantil, pero sobre todo malvada. “Espero que
ahora no se asome por esa puerta pidiendo perdón”, dijo.
―Pues
tiene razón en lo de malvada. Lo soy. Pero por qué habría de pedir perdón. No
les gustó que entrara al convento, ¿y ahora no les gusta que me saliera?
―¡Ay
prima! Lo que no les gusta es que seas como eres.
―¿Mala,
dices?
VI
Correo electrónico del doctor Pietro.
Estimado Doctor:
Le escribo para cancelar mi cita de este mes,
y posiblemente darme de alta de sus servicios por los cuales estoy muy
agradecida. Y es que ya estoy bien.
Mi maldad se ha calmado. Ya no me habla
constantemente. Ya no me dice que debo de andar por ahí dañando a nadie. Es un
alivio, pero no atenúa el daño que ya hice y, es más, ni quiero que se atenúe.
De hecho no llevo ningún remordimiento en mi conciencia. Tal vez ni conciencia
tengo. De cualquier forma reconozco que su tratamiento me ayudó y que ya puedo
vivir con la persona que soy. Gracias de nuevo.
―Señorita
Alicia, por favor conteste ese correo. Dígale a la paciente que yo no la he
dado de alta. Pero que si ya no quiere verme, que le pida a su médico familiar
que le siga recetando el tratamiento que está tomando, y que por ningún motivo
debe interrumpir.
VII
Conversación entre comadres.
―¿Has
oído de tu hija?
―No,
lo último que supe de ella fue que ya no vivía con su prima.
―¿Adelaida?
―Sí,
esa.
―¡Pobrecita!
¡Qué paciencia!
―¿Te
refieres a lidiar con ella?
―Y a
otras cosas. ¿No te da pendiente no saber de ella?
―¡Claro
que sí!
―¿Has
pensado llamar a la policía? ¿Reportarla como perdida?
―Sí,
pero mi marido no quiere. Dice que está Perdida, pero en el otro sentido de la
palabra. Otra vez dijo que ya volverá cuando le de hambre.
―¿Tienes alguna
pista de dónde pueda estar?
―Solo
lo que la prima oyó de ella: que estaba poseída, posesa, como se diga, por la
maldad. Que se iría a donde pudiera hacer más daño.
―¿A
donde van las chicas malas?
―No
precisamente. Lo que entendió Adelaida es que hallaría un hombre al cual
arruinarle la vida.
―¡Se
me hace que ella sabe algo más, pero no quiere hablar!
―Puede
ser. Pero no puedo hacer nada sino rezar por ella. Ahora mismo voy a Misa.
Acompáñame comadre.
VIII
Otro día, las mismas comadres.
―¡Comadre!
―¿Qué
pasa?
―¡Pues
que la ví! Iba en un carrazo último modelo.
―¿Seguro
que era ella?
―Como
si hubiera visto a la virgen, oops quiero decir.
―--No
se disculpe. solo quiso decir que sí, que era ella. Lo que importa es que está
viva y bien. Bueno, por lo menos viva.
IX
A la distancia, ella:
―La
maldad no se cura.
El canario en el claustro del convento nunca
volvió a cantar.
Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

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