utrora
Memorias de Dolores
Por Sigfrido Viguería Espinoza
“El hombre caza
y lucha. La mujer intriga
y
sueña; es la madre de la fantasía, de los dioses.
Posee la segunda visión, las alas que le
permiten volar hacia el infinito del deseo y de la
imaginación... Los dioses son como los
hombres: nacen y mueren sobre el pecho de
una mujer”. Jules Michelet
·
1941- 1950
El 20 de febrero de 1941 nace en San Vicente
Chicoloapan, Estado de México, Dolores Espinoza Urrieta, mi madre, quien hasta
1990 creyó llamarse María Dolores Espinoza Urrieta. Lo supimos después de la
muerte de mi legendaria abuela, Ofelia Urrieta Alcasena, por unos asuntos de papeleo
relacionados con su fallecimiento. Resulta ser que todos y todas las nacidas/os
bajo el credo católico en la fe de bautismo
se llamaron: “José” y “María”, en la trinidad con Jesús. Dulces nombres. Mamá Ofelia dijo que Dolores se
llamaba María Dolores, pero en el acta moderna, copia fiel de la primera, solo
se llama: Dolores.
Doloritas, como le llamé yo después de leer Pedro
Paramo, transcurrió sus primeros años y algunos posteriores como familia
trashumante, pues mis abuelos maternos, Andrés Espinoza Berrocal y Mamá Ofelia,
cambiaban de residencia según el trabajo de mi abuelo.
San Vicente Chicoloapan, antes pueblo, hoy
ciudad, es una población milenaria donde convergen la cultura náhuatl y la
influencia católica por San Vicente Mártir (su parroquia colonial nos lo
muestra); entonces: San Vicente Chicoloapan es una resultante del criollismo y
mestizaje propio de nuestro México; siempre conservando su esencia nativa y
originaria y mezclada con la cultura española.
Mi madre y yo siempre conversamos, hasta hoy
onírica y espiritualmente. Me comentaba que de infanta su tío Paco la llamaba
cariñosamente Estrellita.
Estrellita le gusta estar jugando en las
caballerizas con un pollo y con la avecita dormía en su cama, en la casa de su
tía Imelda, quien no tenía hijos y veía en ella a una hija. Ni tardos ni
perezosos llegaron a los oídos de Mama Ofelia el vínculo de mi tía - abuela
Imelda sobre Doloritas, quien decidió llevarse a la niña con ella y evitar falsas
esperanzas en mi tía – abuela Imelda, dejándola desolada y triste sin
Estrellita.
Mama Ofelia. La recuerdo siempre con donaire y
altiva, carácter dominante, Una mujer muy trabajadora y gran cocinera.
Doloritas, siendo una niña de alrededor de once años, le ayudó siempre en la
cocina y en los quehaceres de la casa, cuidando a sus hermanos pequeños y
grandes. Era una proyección de mi abuela y, por supuesto, gran parte del
carácter y genio de la sazón lo aprendió deliberadamente.
Doloritas me contaba que El Torito era muy
popular en la feria de San Vicente Mártir, patrono de la tierra de mi madre,
una persona que corría en una estructura que echaba chispas y fuego y que, en
sus recuerdos, siendo niña, los adolescentes e infantes se divertían al ver
cómo este ritual rompía la rutina y acercaba el simbolismo del infierno o
purgatorio para los pecadores.
En la feria, a Doloritas como a otras niñas le
compraban muñecas, me cuenta que eran de yeso y que cuando, como todo niño/a,
se le caían, se rompía el encanto y la felicidad, por eso ella prefería las
muñecas de trapo. Una vez me contó una anécdota con su hermano (mi tío), José
Leonardo. Él tenía ocho años y ella siete, mi abuela los mando a la tienda,
pero ya era noche, aproximadamente pasadas las siete. Doloritas sin enfado
asintió para ir por café, pero su hermano era muy miedoso, ella, segura y
valiente como siempre, lo regañaba y él lloriqueaba para no ir. Leyendas como Los
aparecidos y La Llorona deambulaban ya. Tal era el caso que, en el camino a la
tienda, a unas diez cuadras de la casa de mi abuela, iban los niños cuando una
mujer de negro y con rebozo se les emparejó, sin hablarles, solo caminaba junto
a ellos de manera espectral.
Mi madre me decía que su hermano iba llorando
y diciendo que quien los acompañaba era la muerte, pero ella lo calmaba y de
cuando en cuando lo reprendía. Llegados a la tienda, la mujer, esperó a que los
niños entraran y siguió fantasmagóricamente su camino. De regreso y por
exigencia casi de mi tío, llegaron corriendo a casa de mi abuela.
·
1960 – 1969
Doloritas siempre fue una mujer muy
independiente y trabajadora. Arrojada, emprendía todo lo que decidía para ella
y por ella misma. De jovencita trabajó en la Colonia Industrial Vallejo,
Distrito Federal, hoy Ciudad de México, en una fábrica llamada Macopel, una
armadora de ensambles para automóviles. Iba desde su pequeño pueblo, en aquel
entonces, a la capital del país. Mi madre paseaba con sus amigas en la Alameda,
iba al cine los fines de semana. Con su sonrisa sin estridencia, iba con su
grupo de amigas, como la vi en fotos, a tomar café en Sanborns, compraba
accesorios para la casa en Salinas y Rocha y se daba sus gustos como joven para
comprar ropa y accesorios en El Palacio de Hierro. De una familia humilde,
proveniente de un abolengo venido a menos por parte de mi abuela; mi madre fue gran
administradora y ahorraba: en ello radicaba gran parte de sus emprendimientos
personales y con su familia.
Alguna vez me contó que le hubiera gustado
estudiar una profesión. Sus padres iban siempre de un lado a otro y había
necesidades económicas; Doloritas no termino quinto de primaria. Sin embargo,
era muy inteligente. Hasta en la secundaria de mi época, ella me ayudaba con las
tareas de matemáticas. Alguna vez me dijo que le gustaban las leyes y la
abogacía y le creí, porque ese carácter recio y justo fue lo que siempre la
caracterizó ante todos y ante todo lo que había que lucharse o conquistarse.
Cuando tenía seis años, me relató, cuánto la
quiso su maestro de primer año, quien también la llamaba Estrellita. Un ser con
luz propia, mi madre.
En 1968 mi abuelo fue a trabajar a Tulancingo,
Hidalgo. Don Andrés, como siempre le dijeron, fue un hombre bajito, moreno, de
raíces indígenas, oriundo de Cuautlalpan, otro pueblo milenario, al igual que
Chicoloapan, cerca del lago de Texcoco. Mi abuelo fue militar en su juventud, cuando
conoció a mi abuela. Fue un gran conocedor de las labores agrícolas, las armas
y los automóviles. Mi abuela una mujer alta, blanca, descendiente de españoles
criollos, hacendados venidos a menos después de la Revolución Mexicana. Cuenta
la leyenda que se conocieron en la Ex Hacienda de Coxtitlan, donde mi abuelo
era chofer y mi abuela tenía nexos de amistad, desde su origen en Cuautla,
Morelos.
Mi abuelo trabajo en Tulancingo en un rancho,
y, en principio, mi madre también, quien lo seguía fervientemente. Doloritas
aprendió ahí el método de la pasteurización y la vida de campo. Doloritas era
capaz lo mismo de vivir una vida citadina como también del campo, lo que a mí,
su hijo, me causa orgullo y nostalgia. Mas delante, algo inesperado llevaría a
Doloritas al Norte del país.
·
1970…
A mediados del 1968, Doloritas vio llegar a
una compañía de caminos y puentes llamada Codeprosa. Esta empresa, según mi
padre venía desde Casa de Janos, donde hicieron una presa. Él fue, junto con
otros, los que con su trabajo lograron esta obra. Luego el trabajo se acabó y
mi padre decidió seguir a esta empresa, donde encontraría su destino y el mío
en el centro sur de nuestro país.
Mi padre, Tomas Viguería Sáenz, nativo de
Colonia Enríquez, municipio de Casas Grandes, hoy Colonia Leona Vicario,
gracias al bautizo de mi querida tía abuela paterna, Josefina Viguería
Rodríguez, a quien se le pidió que la escuela rural donde ella fue la primera
maestra llevara su nombre, a lo que ella declino pidiendo que se llamase Leona
Vicario, en honor este personaje central, según la historia de la independencia
insurgente de nuestro país.
Los Viguería son una familia oriunda de Casas
Grandes, Chihuahua, desde 1774, trabajadores en las minas de San Pedro
Corralitos, municipio de Casas Grandes. En la Hacienda de San Pedro Corralitos,
nació mi abuelo paterno, Tomas Viguería Rodríguez. Los Sáenz, por parte de mi
abuela paterna: María Juana Sofía Sáenz Sandoval, españoles criollos, que encontramos
su origen en Bachíniva, Chihuahua y en la ciudad de Guerrero, Chihuahua.
Mi padre, al dirigirse al sur, buscando
trabajo y sustento; llega a Tulancingo de Bravo, en el Estado de Hidalgo, y
meses después conoce a mi madre, quien tenía un pequeño comedor para los
camineros que estaban construyendo la carretera Tulancingo- Huauchinango en el
Estado de Puebla.
Los ojos verdes de mi padre, un muchacho de
tez blanca, y el deseo de casarse con un norteño, según mi madre. Los ojos
profundos cafés y claros de mi madre, ese hablar cantadito, su cabello rizado,
tez blanca. Dos imaginarios que se escriben… me escriben.
Llegaron primorosos riendo y cantando
en mis primeros años, alegres amores.
Duraban un día, como las bellas flores.
No miraba entre ellos al que estaba esperando.
Un día de tantos, caminando en la vida,
fui a buscarte sabiendo que también me esperabas.
Llegué al bello rincón donde tú siempre
estabas.
Y te amé eternamente dulce flor siempreviva.
Autor. Tomas Viguería Sáenz. “Herencia
de amor” —fragmento.
Sigfrido Viguería Espinoza es licenciado en letras españolas por la UACH, profesor de Literatura I y II en la Preparatoria Francisco Villa y asesor del Taller de Periodismo y Ecología, instructor de secundaria, modalidad abierta con el programa nacional SEDENA-SEP-INEA, profesor del Colegio Las Américas, a cargo de las materias Español y Ciencias Sociales, profesor de Literatura, Comunicación, Etimologías, Taller de Lectura y Redacción, Filosofía, Geografía, Individuo y Sociedad, reportero en la revista Nosotros, profesor de tiempo completo y coordinador de la Licenciatura en Intervención Educativa, en la Universidad Pedagógica Nacional 08B, Subsede Nuevo Casas Grandes. Publica constantemente ensayos y poemas en medios impresos y electrónicos.
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