Doña Chinta
Por Alejandra
Hernández Figueroa
La conocí hace
varios años. El destino nos llevó hacia allá, en medio del desierto de esta
tierra calichosa, llena de mezquites, cardenches y lechuguilla. Andábamos
tratando de conseguir quién nos vendiera una víbora de cascabel seca, porque
dicen que su carne cura alergias, es estimulante sexual y sirve para muchas
enfermedades, incluyendo el cáncer.
Anduvimos por veredas
de esa tierra seca como harina. Encontramos una cabaña rústica con techo de
palma y paredes de jaras. La puerta era un pedazo de lámina que se bamboleaba
con el viento y el polvo. Nos bajamos de la camioneta y, con recelo, gritamos:
—¡Señor, señora,
queremos hablar con usted!
Asomó por la puerta
un hombre moreno, alto, gordo y ya de bastante edad, que nos gritó:
—¿Qué buscan?
Le dijimos que
queríamos comprar una víbora de cascabel, y soltó una carcajada. Se le vio la
boca desdentada. Éramos cuatro los que íbamos, y nos invitó a pasar a su jacal.
Adentro estaba una
mujer bajita, de mediana edad, con el pelo entrecano y color trigo, ojos
gatunos y amielados. En verdad era bonita, pero en su semblante se veía una
tristeza muy honda, como si tuviera el corazón hecho pedazos. Surcos en sus
mejillas hablaban de muchas lágrimas.
En el centro, una
viga de álamo gruesa y muy grande sostenía el techo de palmas. Era un solo
cuarto muy pequeño, donde apenas cabíamos los seis. A un lado, una estufa de
leña con una olla de peltre tiznada, y camastros casi a ras del suelo. Yo conté
cuatro, todos apretujados.
Don Simón nos dijo:
—Miren esta viga,
es una viga de virtud porque sostiene nuestro techo. Pero hace cinco años, el
día de San Isidro, mero mero de las siembras, que es el 15 de mayo, le rezaron
todos los beatos y el cura, y se soltó un tremendo aguacero con truenos y relámpagos.
Les juro que corría agua como ríos. Fue todo un desmadre, pues las cosechas se
echaron a perder con tanta agua. Duró meses en secarse la tierra; los barbechos
se ahogaron junto con la cosecha. Aquí cerca está el arroyo de Los Burros, y no
podíamos ir al pueblo de tanta agua que traía.
Tomó un respiro, y doña
Chinta por fin habló, con voz muy queda y dulce:
—No se vayan,
espérenme tantito y les hago un buen café.
Atizó la estufa, y
de una garrafa lechera llenó con agua la olla de peltre. Se dio el lujo de
echarle un piloncillo y café de grano. Para nosotros no estaba bien despreciar
lo que nos ofrecía, dentro de su pobreza. Al fin nos sirvió el café. Solo tenía
dos tazas, también de peltre y despostilladas. No hubo más remedio que tomar
todos de las dos tazas, incluyéndolos a ellos, un sorbo cada uno. Y, pues ni
modo de hacer gestos, hasta que nos acabamos el café.
Don Simón retomó la
plática:
—Les dije que esta
viga que sostiene mi casa es de virtud, porque hace años se nos quemó el jacal
por culpa de uno de mis hijos, que les dicen "los guamos" porque
tragan muchas caguamas. Se quedó dormido fumando un cigarrillo de esos Faros, y
como estaba pegado a las jaras, pos se prendieron. Por poco nos quemamos todos.
Pero no sé si Dios o el diablo nos salvaron. Y también quedó ilesa la viga. Yo
creo que más bien fue el diablo, porque él anda entre las llamas.
—A mi vieja yo me
la traje a la juerza de allá por Meoqui. Ella no quería venirse conmigo ni
darme hijos, pero me salí con la mía. Así como la ven, es muy aguerrida. Nada
más que se ha ido apaciguando por la tristeza, pos mis hijos un domingo se
fueron a Torreoncitos, se pusieron bien borrachos con tanta caguama, y uno de
ellos pos no se fijó que su hermano estaba recargado enfrente de la troca, le
dio pa' delante y lo dejó untado en otra troca que estaba enfrente. Desde
entonces Chinta ya no es la mesma.
—A mi otro hijo pos
lo metieron a la cárcel por la muerte de su hermano, y fue mi vieja a rogarle
de rodillas a la autoridad pa' que lo dejaran libre. Y vaya que lo logró. Pero
hasta la fecha ella no le dirige ni una palabra al hijo que nos quedó.
—Me gusta mucho ir
a Jiménez y más pa' las ferias del seis de agosto, pos hay carreras de caballos
que la mayoría de las veces me dejan sin un cinco… como dicen, encuerado. Y pos
las muchachas, que echándoles maíz se apean… a mí, como soy de acá, me gusta el
sotol. Duro allá en el pueblo hasta que no tengo nada más que gastar.
Pero vieran cómo es
mi Chinta, que no se me raja. Claro que dura unos días sin hablarme, no tanto
porque ande con viejas, sino porque me gasto todo el dinero. Luego ella es la
que batalla, rogándoles en la tienda del ejido que le fíen, cortando quelites para
la comida, matando palomas, conejos, ratas del campo, y cuando tiene suerte,
caza una víbora, que también nos cocina. Por eso ven todos esos cascabeles
colgados de adorno —(soltó la carcajada)—, y aunque no lo crean, muchas de las
veces los cascabeles se ponen a moverse y se oye como un ruido de sonajas. Ya
nos acostumbramos, pero al principio sí nos daba miedo. Yo nunca demostré el
susto, pero se me ponía el cuero chinito. Y ustedes, que vinieron hasta acá
buscando víbora pa’ remedio… tons nosotros estamos ya muy curados y muy
viriles, porque las comemos seguido —y soltó otra carcajada.
Doña Chinta se veía
incómoda, frotándose las manos y agachando la cabeza de la vergüenza. Pero a él
no le importó. Empezó a oscurecer y nos despedimos. Él trataba de retenernos
para seguir platicando, pero le dijimos que no conocíamos muy bien las brechas.
Se burló:
—¡A qué rajados!
—nos dijo—. Cuando quieran vuelvan, y chance tenga un trago de sotol y les
convide un pedazo de víbora pa’ su hombría.
Nos despedimos ya
oscureciendo. Él salió con su sombrero de paja, agitándolo para decirnos adiós,
y gritándonos:
—¡Acá los espero!
Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.

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