jueves, 30 de julio de 2026
Elías Nandino
viernes, 3 de julio de 2026
Arte poética
Diseño gráfico: Copilot IA
Arte
poética
Por Jorge
Luis Borges
Mirar el río
hecho de tiempo y agua
y recordar
que el tiempo es otro río,
saber que
nos perdemos como el río
y que los
rostros pasan como el agua.
Sentir que
la vigilia es otro sueño
que sueña no
soñar y que la muerte
que teme
nuestra carne es esa muerte
de cada
noche, que se llama sueño.
Ver en el
día o en el año un símbolo
de los días
del hombre y de sus años,
convertir el
ultraje de los años
en una
música, un rumor y un símbolo,
ver en la
muerte el sueño, en el ocaso
un triste
oro, tal es la poesía
que es
inmortal y pobre. La poesía
vuelve como
la aurora y el ocaso.
A veces en
las tardes una cara
nos mira
desde el fondo de un espejo;
el arte debe
ser como ese espejo
que nos
revela nuestra propia cara.
Cuentan que
Ulises, harto de prodigios,
lloró de
amor al divisar su Itaca
verde y
humilde. El arte es esta Itaca
de verde
eternidad, no de prodigios.
También es
como el río interminable
que pasa y
queda y es un cristal de un mismo
Heráclito
inconstante, que es el mismo
y es otro,
como el río interminable.
Jorge Luis Borges fue un escritor argentino considerado una figura clave tanto para la literatura en español como para la literatura universal. Sus dos libros más conocidos son Ficciones y El Aleph.
sábado, 27 de junio de 2026
El amor de mi vida
El amor de mi vida
Por Pablo Milanés
Te negaré tres veces antes de que llegue el
alba,
me fundiré en la noche donde me aguarda la
nada,
me perderé en la angustia de buscarme y no
encontrarme,
te encontraré en la luz que se me esconde
tras el alma.
Desandaré caminos sin salidas como muros,
recorreré los cuerpos desolados sin futuro,
destruiré los mitos que he formado uno a uno,
y pensaré en tu amor, este amor nuestro, vivo
y puro.
Te veo sonreír sin lamentarte de una herida,
cuando me vi partir
pensé
que no tendrías vida.
¿Qué gloria te tocó, qué ángel te amó que ha
renacido?
¿Qué milagro se dio cuando el amor volvía a
tu nido?
Qué puedo hacer,
quiero saber
qué me atormenta en mi interior.
Si es el dolor
que empieza a ser
miedo a perder
lo que se amó.
...será que eres
el amor de mi vida.
Pablo Milanés fue un compositor y músico cubano, uno de los fundadores de la Nueva Trova Cubana.
viernes, 26 de junio de 2026
Tu más profunda piel
Tu más profunda piel
Por Julio Cortázar
Cada memoria enamorada guarda sus
magdalenas y la mía –sábelo, allí donde estés– es el perfume del tabaco rubio
que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el
tabaco que se aspira, el humo que tapiza la garganta, sino esa vaga equívoca
fragancia que deja la pipa en los dedos y que en algún momento, en algún gesto
inadvertido, asciende con su látigo de placer para encabritar tu recuerdo, la
sombra de tu espalda contra el velamen de las sábanas.
No me mires desde la ausencia con esa
gravedad un poco infantil que hacía de tu rostro una máscara de joven faraón
nubio. Creo que siempre estuvo entendido que solo nos daríamos el placer y las
fiestas livianas del alcohol, y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo
más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta
más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de
nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido, de embajadas con
cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y
cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de
aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, tren de olvido!
Y entonces me paso la mano por la
cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra
vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta en la pantalla de
ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.
Yo aprendía contigo lenguajes
paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos
de teoremas, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me
confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo
abarca todo en un instante, que es como un vórtice. Sé que dijiste "Me da
pena”, y yo no comprendí, porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña
de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, danza en que el uno pesaba
sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos,
unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y
repetir las caída desde lo alto o lo hondo, jinete o potro, arquero o gacela, delfines
en mitad del salto.
Entonces aprendí que la pena en tu
boca era otro nombre del pudor, y que no te decidías a mi nueva sed que ya
tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder
los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que
el negro nido de tu pelo.
Dijiste "Me da pena,
sabes", y volcada de espaldas me miraste con ojos y senos, con labios que
trazaban una flor de suaves pétalos. Tuve que doblarte los brazos, murmurar un
último deseo con el correr de las manos por las más dulces colinas, sintiendo
cómo poco a poco cedías y te echabas de lado hasta rendir el sedoso muro de tu
espalda donde un menudo omóplato tenía algo de ala de ángel mancillado.
Te daba pena, y de esa pena iba a
nacer el perfume que ahora me devuelve a tu vergüenza antes de que otro acorde,
el último, nos alzara en una misma estremecida réplica. Sé que cerré los ojos,
que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones
como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la
ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que
se llegaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de
arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada.
Con el perfume del tabaco rubio en
los dedos asciende otra vez el temblor de ese oscuro encuentro, sé que una boca
buscó la oculta boca estremecida, el labio único ciñéndose a su miedo, el
ardiente contorno rosa y bronce que te libraba a mi más extremo viaje. Y como
ocurre siempre, no sentí en ese delirio lo que ahora me trae el recuerdo desde
un vago aroma de tabaco. Esa musgosa fragancia, esa canela de sombra hizo su
camino secreto a partir del olvido necesario e instantáneo, indecible juego de
la carne oculta a la conciencia lo que mueve las más densas, implacables
máquinas del fuego.
No eras sabor ni olor, tu más
escondido país se daba como imagen y contacto, y solo hoy unos dedos
casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé
sobre ti para lentamente reclamar las llaves de pasaje, forzar el dulce trecho donde
tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada
sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, derramado pelo.
Más tarde comprendiste y no hubo
pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel desde tanto horizonte
diferente, después de fabulosas máquinas de sitio y parlamentos. En esta vaga
vainilla de tabaco que hoy me mancha los dedos se despierta la noche en que
tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese
perfume de tu carne más secreta. Quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y
fumo y todavía creo estar viviendo.
Julio Cortázar nació en Argentina en 1914. Se le considera uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del relato corto. Entre sus numerosos libros están Bestiario, Final del juego, Las armas secretas, Todos los fuegos el fuego, Queremos tanto a Glenda, 62 Modelo para armar y Libro de Manuel.
lunes, 22 de junio de 2026
Volverán las oscuras golondrinas
Volverán las oscuras golondrinas
Por Gustavo Adolfo Bécquer
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres,
esas ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.
Pero aquellas cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día,
esas ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar,
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.
Pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido, desengáñate,
así ¡no te querrán!
Gustavo Adolfo Bécquer fue un poeta y cuentista español. Aunque en vida alcanzó cierta fama, solo después de su muerte, y tras la publicación de sus textos obtuvo el prestigio que hoy tiene. Sus Rimas y leyendas, un conjunto de poemas y relatos reunidos, constituyen uno de los libros más populares de la literatura universal.
miércoles, 17 de junio de 2026
En ti la tierra
En ti la tierra
Por Pablo Neruda
Pequeña
rosa,
rosa pequeña,
a veces,
diminuta y desnuda,
parece
que en una mano mía
cabes,
que así voy a cerrarte
y a llevarte a mi boca,
pero
de pronto
mis pies tocan tus pies y mi boca tus labios,
has crecido,
suben tus hombros como dos colinas,
tus pechos se pasean por mi pecho,
mi brazo alcanza apenas a rodear la delgada
línea de luna nueva que tiene tu cintura:
en el amor como agua de mar te has desatado:
mido apenas los ojos más extensos del cielo
y me inclino a tu boca para besar la tierra.
Pablo Neruda, poeta chileno. Nació en 1904. Es Premio Nobel de Literatura 1973. Escribió muchos libros, ente ellos Crepusculario, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Residencia en la tierra, Canto general, Los versos del capitán, Odas elementales, La Barcarola y Confieso que he vivido.
El cuervo
El cuervo
Por Edgar Allan Poe
Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
se oyó de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
‒Es ‒dije musitando‒
un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.
Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
me llenaba de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
‒Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.
Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
‒Señor ‒dije‒ o señora, en verdad vuestro perdón imploro,
el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.
Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo tiempo, temeroso,
dudando, vislumbrando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: ‒¿Leonora?
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: ‒¡Leonora!
Apenas esto fue, y nada más.
Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi aura estrujándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
‒Ciertamente ‒me
dije‒, de seguro
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.
¡Sonó el viento, y nada más!
De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.
Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
‒Aun con tu cresta cercenada y mocha ‒le dije‒
no serás un cobarde.
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!
Y el Cuervo dijo: ‒Nunca más.
¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.
Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: Nunca más.
Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
pronunció las palabras como virtiendo
su alma solo en ese nombre.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
‒Otros
amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.
Y entonces dijo el pájaro: ‒Nunca más.
Sobrecogido al romper el silencio
tan idénticas palabras,
‒ya entiendo ‒pensé‒, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela solo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron solo esa carga melancólica
de Nunca. Nunca más.
El Cuervo arrancó entonces
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir graznando: Nunca más.
En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar
palabra,
frente al ave cuyos ojos, como tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría ya nunca más!
Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
‒¡Miserable ‒dije‒, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!
Y el Cuervo dijo: ‒Nunca más.
‒¡Profeta!
‒exclamé‒,
¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!
Y el cuervo dijo: ‒Nunca más.
‒¡Profeta!
‒repetí‒, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!
Y el cuervo dijo: ‒Nunca más.
‒¡Sea
esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! ‒le grité desesperado‒.
¡Vuelve a la tempestad!, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: ‒Nunca más.
Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, impertubable
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!
Edgar Allan Poe nació en Boston en 1809. Fue renovador de la novela gótica e inventor del relato de detectives. Sus obras profundizaron en rincones oscuros de la mente humana. Su carrera literaria se inició en 1827 con un libro de poemas, Tamerlane and other poems. En enero de 1845 publicó El cuervo. Algunas de sus obras son estas: Poems (1831), The Raven and Other Poems (1845), The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket (1838), Tales of the Grotesque and Arabesque (1840) en dos volúmenes, con relatos como La caída de la Casa Usher; Tales (1845), selección de cuentos, incluyendo El escarabajo de oro. The Prose Romances of Edgar A. Poe (1843). Murió en 1849 en la ciudad de Baltimore.






