lunes, 23 de marzo de 2015

Larizza Arvizo. La vida de Loreto

La vida de Loreto




Por Larizza Arvizo




Por qué llorar tanto cuando nos enfrentamos a  la muerte, si de antemano sabemos que es lo único seguro, deberíamos estar dispuestos a aceptarla, como se admite el respiro, como el hambre, como el sueño.

Así como el sueño debe ser la muerte, tibia, que se va enfriando, muy placentera, y en silencio. Como espectadores nos es difícil asimilarla, tal vez por eso doña Loreto lloraba tanto; su único hijo, Leobardo, había dejado la casa muy chico, por la abrumante aflicción de su madre ante el feminismo de él. Leo quería  ponerse ropa de mujer, jugar con las muñecas. Soñaba con ser una señora, había huido dejando a la vieja con el corazón roto, no estaba dispuestoa  ser lo que él no era, él era una mujer, le gustaban los hombres pero no quería lucir como uno, él quería ser ella.

Se fue en medio de llantos y ruegos, pero estaba decidido, ya no quería ser un prisionero del miedo y la vergüenza. Cuando se fue, dijo:

―Y me voy, amá. Usted no sabe cómo me siento, casi como si me amarraran y me dieran de latigazos todas las noches, me duele el alma que usted no me acepte, que porque en la biblia dice. Pero ahí también dice que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Claro, usted nomas lee lo que le acomoda.

―Pero Leobardo, hijo, como se te ocurre semejante tontería.

―Me ofende que me digan  Leobardo. Me llamo Leonor. Véame,  soy una mujer, métaselo en la cabeza. Usted tuvo una hija, no un hijo, ¿pa’ que quiere un chingado machito egoísta? Yo soy una buena hija, siempre he trabajado pa’ que no le falte nada, nunca la he tratado mal, ¿Qué más quiere?

―No, hijo, estas equivocado. Tuve un hijo, y si lo que quieres es irte, pues aunque me duela, vete, mientras pienses así para mi estas muerto.

―Como usted guste. Espero que cuando cambie de idea no vaya yo a estar muerto de verdad.

Agarro dos vestidos que tenía escondidos, unas medias y un par de zapatos de tacón y se fue. Dejó atrás lo que él había sido, sus camisas, las botas vaqueras, el sombrero.

La vieja se echó a llorar en el sillón.

Y así pasaron meses sin saber de la Leonor. Doña Loreto tenía que trabajar en las casas y vivir de la caridad de los sobrinos.

Un día, muy de mañana, tocaron la puerta. Al salir encontró un sobre amarillo.

Estaba escrito esto: para mi madre, de su hija. Firmado por Leonor Barraza Ru.

En  el interior había una foto de una mujer muy linda, con vestido rojo que le llegaba a las rodillas, un hermoso cabello rubio, los ojos grandes y oscuros, cubierta su cara por un maquillaje muy fino.

A la  doña se le salieron las lágrimas. Recogió del interior cinco billetes  de quinientos pesos y una nota que decía:

“Ya tengo trabajo, mi viejita. Me esta yendo muy bien, a ver si lee mi nota, con eso de que estoy muerta. Y los muertos, pues no hablan.

La vieja cogió el dinero, lo hechó en su bolso; rompió la foto y la nota, y se metió a su casa.

Pasaban los meses, y seguía recibiendo los sobres llenos de dinero, acompañados de fotos y recados, los que usaba para prender la lumbre, eso sin dejar dentro la lanita que su hijo le mandaba.

Se le veía cansada, vieja, muy decaída. Habían pasado diez años, en los que su Leo le había mandado religiosamente cada mes una buena suma de dinero, pero aún así se le veía salir a trabajar, sin falta, cada día.

Y pasaba hambres.

Y debía la renta.

Y no tenía ni para zapatos.

A diario se iba a la misa, a las cuatro de la tarde. Pertenecía a un grupo de lectura bíblica.

Era un martes y así, con dolores y tristezas, se fue a la misa; cuando volvió a la casa encontró la puerta abierta, asustada agarro un garrote. Cuidadosamente y sin hacer escandalo fue entrando, cuando llego a su cuarto, en la orilla de la cama, vio unos zapatos de mujer, bajó el garrote y se asomó, ahí estaba su Leo.

Un esqueleto viviente, recostado en la cama, casi no lo reconoció, estaba tan flaco, sus dedos se veían más largos de lo común, ya no tenía pelo, Los hermosos ojos que vio en las fotos parecía que se le habían secado, apenas y respiraba. Cuando se le acercó, le tomo la mano, la volteo a ver y lloro una sola lagrima, Loreto  no pudo contenerse, lo abrazo y lo beso en la frente.

―Hijo de mi vida, ¿qué te hicieron?

No pudo responderle, estaba ya tan enfermo.

Llego a la casa a morirse, tenía  un año enfermo. Dos días después, quedó muerto, no pudo decirle nada. Solo escuchaba a su madre. El cáncer se lo había acabado.

Llegó la hora, ahora si estás muerto. Mijito como quisiera volver atrás; mira  he guardado todo el dinero que me mandaste, lo junté creyendo que te ibas a arrepentir, y volverías a casarte con una muchacha. Te lo guardé para que compraras una casa. Me equivoqué, tu eres mi hija, yo tuve una hija, una hija muy buena.

Este dolor que siento no puedo soportarlo, el tiempo se va y ya no regresa, la muerte es como un murciélago que muerde al azar. Cuando te toca, pues ni cómo.

Pensé que tú me enterrarías.

Con este dinero te voy a comprar un hermoso vestido. Hija. Ojala me pudieras oír para pedirte perdó

Le enterraron con un lindo y carísimo vestido blanco, como de novia.

Le mando hacer una lápida donde decía:

 Descansé en paz  la hija que siempre soñé, Leonor Barraza Ru. 1965-1999.

Murió la vieja un mes después, se quedó dormida llorando junto a  una veladora que le prendió a su Leo.

No hubo quien la enterrara. La echaron a la fosa común.






Larizza Arvizo nació en Matachic en 1988. A los cuatro años se trasladó a la ciudad de Chihuahua, donde realiza todos sus estudios. Es egresada de la licenciatura en teatro por la Facultad de Artes de la UACH. Ha actuado en 25 montajes y es ganadora del premio a mejor actriz, y actriz revelación, en la Muestra Municipal de Teatro 2009.

1 comentario:

  1. No vivimos la vida como la lógica señala, sino por el rumbo de aferradas creencias. Y luego aparece una escritora que se llama Larizza y cuenta estas historias.

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