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martes, 7 de enero de 2025

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 10

 

Foto Pedro Chacón

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 10

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Cuando pasó lo que pasó, Ce Ácatl Topilzin Quetzalcóatl era muy poderoso y hubiese podido sencillamente mandar que nadie hablara, que nadie dijera nada, que allí no había pasado nada.

            Sin embargo nada pudo convencer al príncipe. Al contrario, la insistencia de individuos y coros lo compelía a que antes de aceptar que se restauraran los sacrificios humanos debería marcharse, desaparecer. Así, al menos el legado que dejaría tras de sí era el de que los sacrificios eran malignos y crueles, y que él los había suprimido hasta el último momento.

Sabía que al marcharse, los tepocas pronto conseguirían de su sucesor la reinstauración de los sacrificios. Veía, pues, obliterada una de las metas de su vida. Pero sentía que ya no gozaba de la prestancia moral necesaria para continuar al frente de su pueblo. En su fuero interno, ya creía haberse convertido en un dios, y una sola violación a su sobriedad y castidad bastaba para derrumbarlo convertido en un humano pecador, indistinguible de muchos otros.

Así pues, una mañana emprendió la marcha. Como lo repetiría la leyenda, iría hacia el lugar donde sale el sol, y por ahí mismo debería retornar algún día.

Miraba desde las colinas la vieja ciudad que ahora era nueva gracias a él. ¡Cómo había crecido Tula! ¡Qué hermosa era! Hubiera querido devolverse, pero algo le decía que no lo hiciera, temía que todo aquello tan único y hermoso se desvaneciera, se evaporaría en el aire si él volviera. Decidió no seguir mirando.

 

La pequeña procesión que había dejado Tula formada por Topiltzin, Tecpatli, Xochipétatl, Tlacaéletl, Totonqui, los tres consejeros filosóficos, además de una docena de doncellas de la servidumbre del príncipe y otra de guardias militares "fieles hasta la muerte" se había ido engrosando por gentes comunes de los pueblos y aldeas por donde iban pasando. Algunos de los pueblos por donde pasaron incorporarían después en sus tradiciones que Quetzalcóatl o sea este Ce Ácatl los había fundado. Cuando finalmente divisaron el mar, la procesión se había transformado era una verdadera multitud. Los habitantes de Tlapallan los recibieron con entusiasmo a pesar de que los recién llegados eran más que ellos mismos y representarían un problema de sobrepoblación, aunque fuera temporal. A los tlapaltecas no parecía importarles esto, el hecho de que el príncipe sacerdote Quetzalcóatl había escogido su pueblo para asentarse en él era lo único importante. Así que prontamente improvisaron "un palacio" para Ce Ácatl. Un espacio que limpiaron en la base de la colina principal y que apresuradamente techaron con hojas de palma, a la usanza de la región. Al otorgar posesión del mismo al príncipe sacerdote se encargaron de prometerle la construcción de un palacio de piedra labrada como el que tenía en Tula. Ya veían una nueva Tula en la costa del golfo, ya veían su toltequidad desarrollándose y evolucionando como había sucedido en Tula.

Unas semanas después todo cambiaría. Ce Ácatl pidió a Tlacaéletl que le consiguiera una canoa grande como las que los locales usaban para ir tras el huachinango. Una vez que la canoa fue dispuesta frente al palacio, Ce Ácatl ordenó que cargaran en ella varias ollas con aceite combustible del que usaban para iluminar el palacio en la noche. En la parte delantera de la canoa las doncellas colocaron cobijas y almohadas. Finalmente, el príncipe subió a la canoa y los guardias la acarrearon hasta donde la canoa comenzó a flotar, las olas la devolvían una y otra vez hacia la playa, pero finalmente la canoa se hizo a la mar. El príncipe, usando un largo remo, parecía dirigirla. Al cabo de un rato la canoa flotaba tranquilamente en el centro de la pequeña bahía y parecía dirigirse poco a poco hacia el mar abierto. Ahí se detuvo; se había hecho de noche, y desde la playa los amigos de Topiltzin veían tan solo la lucecita de la lámpara que este llevaba consigo. Dormitaban a ratos, y al despertar confirmaban que la lucecita estaba todavía ahí, cerca de la entrada de la rada. Un punto de luz flotando en el mar. Como a las tres de la mañana algo espectacular sucedió. El punto de luz se convirtió en un gran resplandor, obviamente todo el aceite que llevaba la canoa ardía en un fuego infernal. El incendio duró aproximadamente dos horas. Como a las cinco empezaba a clarear y el fuego distante parecía estar extinguiéndose, pero justo en ese punto que de la playa se veía cercano al horizonte apareció el lucero. Se levantó como partiendo del horizonte y los testigos en la playa no dudaban que había surgido del fuego de la canoa.

Entonces Tlacaéletl anunció:

―¡Se ha inmolado, pero ha prometido que volverá! Un día desembarcará en esta misma playa. Y restaurará Tula. Y el imperio tolteca.

 

Fin

 

 

Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico y Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores.

jueves, 2 de enero de 2025

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 9

 

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 9

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Era de madrugada. Con mareos y dolor de estómago, Topiltzin se incorporaba apoyándose en la cabeza de serpiente que decoraba el basamento de su trono. Sus propias plumas y escamas es decir las de su revestimiento representando a Quetzalcóatl se encontraban ahora esparcidas por el recinto. A un lado, sobre los cojines y mantas del descansillo, yacía Xochipétatl, apenas cubierta por una tira de tela. En su cara se advertian rezagos de dolor y de placer. Sin embargo respiraba tranquilamente, no se necesitaba una explicación para saber que había bebido mucho; tampoco para saber qué había pasado aquella noche. Ce Ácatl ahora mismo no quería creerlo: había bebido, se había embriagado, había dejado salir a la bestia, más propia de Tezcatlipoca que de él, había dado al traste con años, muchos años de castidad, había arruinado también la de su hermana. Con qué cara enfrentaría a delegados, coros y danzantes que de seguro insistirían ahora más que antes en tener sus sacrificios. Ya no tienes, Ce Ácatl, la estatura moral para negarles nada. Pero ¿qué acaso eres todavía un dios después de lo que ha pasado?

Varias cosas habían cambiado. Su perfecta castidad, y no era tan solo haber fornicado, sino haberlo hecho con su propia hermana. El haber perdido el control, la racionalidad. Sentía que políticamente había caído en la trampa de los tepocas: tal vez era lo más terrible que había hecho, que era aquello precisamente lo que Tezcatlipoca había querido que hiciera. La manipulación le mostraba a Topilzin no solo su propia debilidad, sino el peligro que había estado corriendo y que finalmente le alcanzó como un mazazo en la cabeza. Y ahora tenía que enfrentar esa culpa, la intensa ansiedad por lo que había pasado, el arrepentimiento doloroso. Sentir que necesitaba ser castigado, pagar por el crimen cometido. Su consejero principal, Tlacaéletl y su amigo Tecpatli, ya lo abordaban diciéndole:

—"Hay que seguir adelante". Y "Aquí no ha pasado nada".

Pero ¿como podían decir eso? ¿Qué no habían visto a Xochipétatl levantarse llorando? ¿Qué del daño inflingido a la muchacha? —pensaba Topilzin— Ya no podrían ni él ni ella ver a nadie a la cara, directo a los ojos. Y una vocecita decía a Topilzin:

—Has fallado, príncipe guerrero. Tu camino hacia la divinidad estará cerrado de aquí en adelante. Y así lo dirán el negro y el rojo.

Y luego venía la responsabilidad, haberle quedado mal al dios, al mismo Quetzalcóatl. ¿Qué no era para eso que hasta ayer permanecías casto e inmaculado? Para identificarte cada día más con él. Tal vez para llegar a ser como él, a ser él mismo.

            Tlacaéletl, su consejero principal, con su pragmatismo característico insistía. "Hay que empezar de nuevo. No hay tal derrota, no es, no debe ser esto el final de todo. Basta con enmendar el camino. Sabemos qué hacer, hagámoslo de hoy en delante. Otra vez."

            Nunca sabremos si el prestigio moral de Topilzin se hubiese recuperado de haber seguido ese consejo, o si lo que pasó causara un daño irremediable a la imagen del príncipe frente a su pueblo. Muchos piensan que por el hecho de que le adoraban, tal vez le hubiesen perdonado cualquier cosa, incluso el más grave pecado.

Pero él no se perdonaría a sí mismo.

Fue tanto así, que desde el despertar de su borrachera comenzó a pensar en irse, huir, abandonar su puesto como rector máximo de la ciudad de Tula y del pueblo tolteca. De cualquier forma sus admiradores señalaban que no era muy factible que un hombre del cual hasta ayer se decía que había conducido al pueblo trayendo un esplendor grandioso a su ciudad, a su cultura, a sus artes y edificios, por un hecho solitario, aislado, desmereciera todo lo bueno que había hecho antes. ¿Qué acaso no había muchos que declararían que no creían lo que se decía que había pasado aquella noche en el salón del trono? ¿O qué no habría quien, aun concediendo veracidad a la historia de lo que se decía, pensara que el prínicipe merecía una segunda oportunidad? Seguro que la condena no era uniforme, no podía serlo. ¿Pues qué aquellos que identificaban a Ce Ácatl Topilzin con el dios Quetzalcóatl no recordaban que en tiempos lejanos el tigre Tezcatlipoca había derrumbado a Quetzalcóatl de su trono solar con un certero zarpazo y después este se había recuperado? —como lo dicen los códices.

            Pero lo que había en el palacio era para Ce Ácatl Topilzin Quetzalcóatl un imperdonable pecado. Pensaba que debía ser castigado. Que había perdido todo al pecar de esa manera. Sentía que todo había cambiado, que el cambio era permanente. Que no había remedio.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico y Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores.

jueves, 26 de diciembre de 2024

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 8: Lo que había de suceder

 

Foto Pedro Chacón

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 8: Lo que había de suceder

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Unos días después, Topilzin accedió a que los danzantes subieran de nuevo hasta la sala del trono. Y lo hizo porque el vocero del grupo que se había atrevido a subir sin compañía hasta la ventana por la que el príncipe estaba observando de mañana a los cenzontles, y más tarde a los danzantes que se iban congregando en la plaza, le había comunicado que el grupo traía un presente muy especial para él. Y ante el cuestionamiento del gran maestre, ahora Tecpatli, el amigo del príncipe, afirmó que ya no le pedirían al príncipe desistir de su determinación sobre la prohibición de los sacrificios humanos. Ofrecieron también dejar fuera al danzante que se identificaba como tepoca con el espejo de Tezcatlipoca en su tobillo.

            Una vez que los danzantes penetraron en la sala del trono y comenzaron a exhibir sus talentos dancísticos y acrobáticos, una hermosa muchacha que formaba parte del grupo de danzantes, se acercó al príncipe y le habló dulcemente. Le ofrecía algo que llevaba en un pequeño guaje al que había para el efecto removido su tapón de olote de maíz: era el presente del que el primer muchacho le había hablado.

—Tomar uno o dos tragos alegrará tu espíritu. No te hará daño. ¡Vamos, bebe!

            La tentación se hacía cada vez más irrestitible.

Este grupo de danzantes traía muchachas, con los giros de la danza los vestidos dejaban ver atractivas siluetas curvilíneas, senos juveniles que rebotaban y reverberaban llenos de vida. El joven príncipe comenzaba a inquietarse, diría uno de sus poetas, le comenzaba a hervir la sangre.

            Al fin el príncipe no resistió más y probó el pulque. Era aquel un líquido baboso que se pegaba en la lengua, un sabor a agua sucia bastante desagradable... pero después de un par de sorbos quería más. La magia del octli.[1] La muchacha se deleitaba en servirle, el príncipe no dejaba de observar sus redondos senos, visibles por los lados de su tilma. Sentía su virilidad engurgitarse, su cara también se tornó rubicunda, el habla un tanto entorpecida. Sus manos, como actuando por si solas, recorrían el torso firme y sólido de la muchacha y esta intensificaba el ataque repegando sus firmes muslos contra las rodillas del príncipe. Comenzó a besarlo. En aquel momento Tecpatli, decidió intervenir. Había advertido que la situación se tornaba peligrosa.

Se dirigió al guardia mayor y le indicó que removiera discretamente a todos los danzantes del salón del trono. Él mismo tomó a la muchacha por la muñeca y disimulada pero firmemente jalándola la sacó del recinto diciéndole:

—¡Ve a llenar el cántaro! Trae más de ese licor.

Así la despachó mandando un guardia a seguirla y encargarse de mantenerla alejada. Pensó que había llegado justo a tiempo para evitar que el príncipe hiciera algo de lo que seguramente después habría de arrepentirse.

Ce Ácatl protestó tibiamente de que la muchacha que lo había excitado tanto desapareciera de su vista, pero mirando la jicarilla que la doncella había dejado a un lado del trono, la tomó y bebió más. Alguna versión de esta parte de la historia pretende que esta muchacha era uno de los dioses malos transformado en seductora mujer.[2]

Y qué pasaba ahora. Todos podían notar la virilidad excitada del príncipe dios apenas camuflada por su tilma y entre dos placas de escamas de la serpiente emplumada. No dejaba nada a la imaginación. Un ratito después estaba dando órdenes. Nunca visto. Gritaba como loco:

            —Que me traigan a Xochipétatl. Quiero que beba conmigo, quiero que vea que bueno es esto.

—Pero ve lo que dices, amado príncipe. Ella es tu hermana ¿como va a ser? ¿qué pasa?

            —Que la traigan digo. No le voy a hacer nada, solo quiero que beba de esta delicia conmigo.

            Y allá van las criadas y un par de guardias, no hacen un secreto de que van por la princesa, como que todo mundo se da cuenta, la han mandado llamar. Y ya comienzan los tepocas a esparcir rumores:

—La va a emborrachar, luego la poseerá, ¡Ved lo que es el tal Quetzalcóatl!

 

Las viejas que lavaban en el río no se explicaban que era ese terrible rumor, ¿qué estaba pasando? ¿De quién eran las voces que propagaban los rumores acerca de un pecado que todavía no se cometía? ¿Era la voz de Tezcatlipoca acaso? O tal vez era tan solo una creación fantasiosa de los coros toltecas que después de presentar peticiones al príncipe o a los dioses recorrían los barrios contando historias, diciéndoles a todos cómo les había ido en su encuentro con el príncipe.

            Pero no era tan simple esta vez, algo muy serio se gestaba. Y ya vienen con Xochipétatl. Como su nombre lo proclamaba: la doncella era hermosa como un lecho de flores. Vestía una tilma blanca inmaculada con un solecito bordado arribita de la bastilla, una amapola adornaba su negra cabellera. La habían encontrado en la Montaña de la Oración y estaba precisamente haciendo eso, orando. La muchacha se veía perpleja, es casi como si la llevaran arrestada, y todos le sonreían maliciosamente.

Cuando llegaron con ella a la sala del trono, el príncipe dijo:

—Déjenos solos...


[1] Pulque.

[2] Creencia que también se aplicó en otras versiones a Huémac, el ultimo rey tolteca, en cuyo caso tal maniobra era innecesaria pues Huémac no era casto y puro como sí lo era Ce Ácatl hasta este preciso día.




Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico y Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores.


miércoles, 18 de diciembre de 2024

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 7: Una visita sorpresa

 

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 7: Una visita sorpresa

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Una figura misteriosa, veloz y escurridiza salió de entre los callejones que llevaban a la plaza mayor. Se detuvo detrás de la estela y se cercioró de que los guardias al pie de la escalera del palacio del príncipe, y los que estaban en lo alto de la misma escoltando la puerta principal, no lo hubieran visto. Una vez que estuvo Seguro, corrió hacia uno de los taludes laterales sobre los cuales estaba el palacio. Con habilidad felina que nos recuerda la de Tlacomixtli que, como hemos visto, efectuaba maniobras similares  trepó por el talud ayudándose de pequeñas irregularidades, hoyos y grietas del revestimiento del edificio. En un santiamén estaba en la plataforma superior, detrás de una de las columnas. Desde su punto de ventaja podía ver la silueta del guardia a la derecha de la Puerta, y la nariz del que estaba a la izquierda. Esperó un rato y oyó al guardia de la derecha decir a su compañero:

—Voy abajo.

La sombra aprovechó la oscuridad y el movimiento del guardia para de un brinco situarse en la puerta y, sin que el otro guardia se percatase, ya estaba dentro del palacio. Rápidamente cruzó la antesala de la que hemos hablado antes. Ahí la luz de las antorchas nos permitirán distinguir la figura atlética de aquel joven y el magnífico espadín de obsidiana que portaba. Procedío el muchacho a la sala del trono y con otro par de saltos felinos se colocó detrás del respaldo del trono. Ahí estaba sentado Topiltzin, quien quedó sumamente sorprendido cuando el instrumento cortante que el muchacho llevaba apareció haciendo ligera presión en su cuello.

—¡Date por muerto, Ce Ácatl Topilzin Quetzalcóatl!

El príncipe soltó la carcajada. Había reconocido la voz del intrépido intruso.

¡Pero cómo se te ocurre! ¡Malvado Tecpatli!

Tecpatli y Topilzin habían sido inseparables compañeros cuando aun muy jóvenes, niños, habían ido por primera vez al norte a guerrear contra las fuerzas chichimecas que amenazantes marchaban sobre Tula.

—¿Cómo diantres puedes confiar en esos guardias? No te han matado de milagro.

—Pero ¿quién va a matarme?

—Pues tus enemigos. De allá afuera los chichimecas, de aquí adentro los tepocas.

—¿Qué sabes tú de esos?

—De los chichimecas, hemos matado tantos que tratarán ahora de mandar asesinos, ya que militarmente no nos pueden igualar. Los tepocas crecen en número, de sus coritos y grupos de danzantes saldrán los asesinos que nos matarán a ti y a mí.

—Eso no será mientras haya gente tan habilidosa como tú.

—Y ¿qué me dices de Totonqui y Tompiate?

—Como sabrás, ascendieron conmigo a puestos en los altos mandos militares. Ahora mismo vigilan y consolidan nuestras fronteras con los chichimecas en el norte.

—¿Y tus abuelitos?

—Él murió, ella vive ahí en la misma casita que tu conoces. Y tú ¿a qué te dedicas? Te había perdido la huella.

—He andado entre los mayas, y más lejos. Vieras que hasta allá se oye tu nombre.

Por un momento, al conversar con su amigo, Topilzin se había alegrado de ser aquel que era antes, un ser humano como los demás; pero al oír que su nombre traspasaba las fronteras de la nación tolteca, cayó en la cuenta de que su deificación había avanzado tanto que ya no podía serlo más. De cualquier manera permaneció jovial ante Tecpatli, y se concedió permiso de recordar con él los viejos tiempos. Para finalizar el agradable encuentro, Topillzin le propuso:

—Ya que fuiste tan hábil para burlar las defensas que tengo, quisiera pedirte que te quedaras y me ayudaras a reorganizarlas y hacerlas más efectivas. Tu experiencia Guerrera, y sobre todo la confianza que te tengo, son tus mejores credenciales para el puesto.

—Sabes que soy un alma inquieta y que no puedo estar en un solo lugar por much tiempo. Pero lo pensaré: solo por tratarse de ti.

Ninguno de los dos amigos podía imaginarse que los enemigos entrarían en el salon del trono con el permiso tácito de Topilzin.

 



Fructuoso Irigoyen Rascón, autor del Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor además de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Rarámuri of Mexico y Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores.

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 6: Más Danzantes

 

Foto Pedro Chacón

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 6: Más Danzantes

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Mirad el pájaro de flamígera cola

Estrella fugaz —decían los unos

Exhalación —decían los otros

Niños entrad a la casa,

El pájaro nocturno puede devorar sus almas.

El príncipe se asomaba al balcón del palacio.

 

Míralos, allá van, son los danzantes de Tezcatlipoca. Se distribuyen en las cuatro esquinas de la plaza. Y vaya que danzan bien. Los tamborcitos y las flautas resuenan. Son instrumentos chichimecas, acabados de llegar de los desiertos norteños. De la tierra de los espíritus, de los dardos y del sagrado peyote. Una paradoja que no deja de ser observada por Tlacaéletl, el consejero mayor, quien se lo menciona al príncipe, es el colorido de los vestuarios, la abundancia de plumas de colores en sus trajes de danzantes: "vienen de donde no hay nada de comer sino víboras de cascabel, vainas de mezquite, mezcal rostizado y la carne de alguna liebre o tlacuache. De dónde salen esas bellas plumas?"

Y ahí en aquella esquina está otra vez el vendedor de chile tecpin, chile pulga, o chile piquín.

Tus estrategas notaban pues lo obvio, comentaban el lado práctico de todo esto: ahí mismo en Tula alguien apoyaba a estos danzantes, había, pues, traidores. Si no, de donde sacaban los danzantes las multicolores plumas de sus atuendos, esas no eran del norte. Claro era que alguien o algunos pertenecientes a la desplazada clase sacerdotal se las daban. ¿Qué tendrían que dar los danzantes y cófrades a cambio de ellas?

Mirándolos desde lo alto de las escalinata del palacio, el consejero Tlacaélel notó que aquel muchacho que había danzado ante el príncIpe sacerdote y a quien este había echado a la calle formaba parte de uno de los grupos. Los otros danzantes que acarreaban el distintivo espejo en el pie izquierdo eran todos ellos más viejos. El consejero reconoció a otro entre ellos, era uno de los antiguos sacerdotes, los que ofrendaban corazones palpitantes a Tezcatlipoca cuando eso se permitía. Al otro lado de la plaza, el viejo chichimeca vendedor de chiles, el mismo del que ya hemos hablado y de quien algunos creen era el mismo Tezcatlipoca disfrazado. Tlacaéletl dió su opinion al respecto:

—Mentira, muchos de los danzantes acarrean los atributos de Tezcatlipoca y hacen alarde de ellos, exponiendo sus vidas al hacerlo, pero no hay nada en el itinerante vendedor que remotamente hiciera pensar que fuera Tezcatlipoca, los danzantes ni siquiera voltean a verlo.

¡Ay Tlacaéletl! Aquí sí pecaste de ingenuo. Como el diablo de los cristianos, el dios del mal está en donde menos lo esperas.

El prínicipe estaba a punto de mandar removerlos de la plaza, pero Tlacaéletl le dijo:

―¡No te apresures! Déjalos acercarse más así sabras quien es verdaderamente peligroso y quien solo un muchacho de buena fe al cual los más experimentados tepocas han convencido de venir arriesgando el pellejo.

 



Fructuoso Irigoyen Rascón, autor del Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor además de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Rarámuri of Mexico y Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores.

lunes, 25 de noviembre de 2024

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 5: Los Danzantes

Foto Pedro Chacón

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 5: Los Danzantes

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Una vez que el coro se hubo marchado, otro grupo de personas subió la escalinata, traspasó la hilera de columnas y se formó frente al trono. Se trataba esta vez de un grupo de danzantes.

Vio Ce Ácatl cómo disponían el gran teponaxtle que traían consigo y cómo el chapeyón mayor sacaba de una bolsa de piel de ciervo las chirimías y las distribuía a los danzantes.

Algunos alcanzarían dos, otros solo una.  Mientras tanto los danzantes se prendían los carricillos y cascabeles las campanillas llamadas ayohualli por medio de unas cintas que bajaban desde sus cinturas hasta los tobillos y ajustaban sus máscaras de manera que pudieran ver por los orificios dejados para sus ojos. Sin más preámbulo comenzaron a danzar.

El príncipe se dispuso de muy buena gana a observar a los muchachos comenzar sus danzas.

Aun para lo que se acostumbraba en aquel tiempo, exhibía este grupo una impresionante habilidad acrobática, particularmente cuando efectuaban aquellos pasos que requerían quedarse un largo tiempo en un pie mientras que el otro lo tenían alzado a nivel de sus mentones.

El príncipe sacerdote se encontraba muy entretenido siguiendo arrobado las evoluciones de los danzantes, cuando de pronto cayó en la cuenta de que uno de ellos traía un espejo atado firmemente a su tobillo izquierdo.

—¡Otra vez! El símbolo distintivo de Tezcatlipoca —Ce Ácatl hizo una señal a uno de los fieros guerreros, guardias personales del rey sacerdote, y le indicó que removiera a aquel danzante, que por cierto era el más musculoso y atlético de ellos.

Los guardias lo tomaron de los codos y, llevándolo en vilo, lo sacaron del salón. El príncipe no pudo ver si solo lo dejaron en la escalera o lo habían llevado hasta la plaza, pero los guardias volvieron pronto. Los demás danzantes continuaron su danza con rostros impasibles.

            Ahora el príncipe los miraba con disgusto, con un desdén notable en su rostro. Al concluir la danza, los muchachos se retiraron caminando hacia atrás e inclinando las cabezas ante el príncipe y su trono. Ce Ácatl ni siquiera los miraba.

            Topiltzin se quedó en el salon del trono. En su mente repercutía la advertencia que su abuelo le había hecho cuando pasó de ser un simple guerrero a teopixca tlatoani un gobernante sacerdote. "Mientras más alto el trono, más solo estarás. Y si haz de caer, el golpe será más duro. Mientras mayor sea tu poder y autoridad también aumentará el número de tus enemigos, la dificultad de continuar en donde estés en ese momento y, si hay algo más, la de seguir subiendo."

            ¿Estaría listo, preparado para conocer esa completa soledad que implica o conlleva el convertirse en un dios? Pero el proceso continúa en movimiento, está pasando, ya casi no recuerdan las gentes y parecería que él tampoco que había crecido como cualquier niño en el barrio justo atrás de donde está ahora su palacio y el templo de los Atlantes que corría y tiraba piedras, cazaba ranas y lagartijas, que tenía media docena de hermanos. No, ahora se dice que llegaste del ignoto norte conduciendo a tu pueblo, los toltecas, identificándote cada día más con tu dios tutelar, con la estrella de la mañana, con el portentoso dios del viento, Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, el cintilante ofidio, el nuevo sol...

            Algunos cronistas respaldarán esta fantasía diciendo que llegaste ya maduro del norte guiando a tu pueblo y que fundaste entonces la magnífica ciudad de los toltecas, Tollan o Tula, después de todo es digno de los dioses fundar ciudades, especialmente ciudades magnas como esta en la que vives y en la que comienzas a ser, más que un gobernante, un dios con toda la barba.

            Y habrás de saber que tus barbitas y el tono blanquecino de tu piel también serán mitificados y contribuirán en el futuro a definir la historia. Dijiste entonces a tu vocero que permanecía como una columna más al lado del trono, inmóvil y en silencio:

—Lo ves, anciano. Tezcatlipoca ya no aguanta más. Quiere sangre. Ha enviado su primer mensaje.

¿No será que tienes miedo, Topiltzin? Dice la leyenda que allá en la ciudad donde se hacen los dioses tú y tu hermano, el can Xólotl, derrotaron a los tepocas, que el sol nuevo es tu sol y que el señor del espejo humeante fue permanentemente desterrado.

¡Ay Topiltzin! Tú lo hacías allá abajo en el Mictlán, fungiendo de dios del averno y de los muertos, pero de hecho definitivamente desterrado. O sea, sin ningún poder o influencia, excepto sobre aquellos que ya dejan este mundo, esta vida... Y dabas por sentado que, ¡oh Ce Ácatl! tal era la disposición final tanto para él, Tezcatlipoca, como para ti Quetzalcóatl: tú como supremo magnate en la tierra, como el sol y como su encarnación progresiva en la tierra; él en su destierro en el inframundo. Alguna vez lo oíste decir tal vez lo soñaste que eso era todo lo que él deseaba, no quería más.

Pero, volviendo al momento que nos ocupa, parecería que Tezcatlipoca comienzaba a manifestarse otra vez en este mundo. Estos muchachos están trayéndolo de nuevo, al punto de hacerte dudar de haber tenido la razón cuando pensaste que el pueblo no quería ya más sangre. Estos jóvenes, muchachos bien dotados física y espiritualmente te han manifestado que quieren que los sacrificios humanos vuelvan y que se derrame sangre por los taludes del teocalli, y que los sacerdotes eleven los corazones todavía palpitantes para alimentar al sol, a los astros, a Tezcatlipoca y, ¡qué paradoja! aun a ti Quetzalcóatl.

Este coro que acaba de salir está compuesto de muchachos y muchachas hijas de guerreros muertos en combate o sacrificados en honor a los dioses. Has visto como los tepocas los pueden convencer fácilmente. Es decir, ahora tendrás que mantener tu posición, tu autoridad. Y recuerdas lo que algunos de tus consejeros te recomendaban:”no te metas con los sacrificios humanos, el pueblo no está listo para prescindir de ellos, se rebelarán."

            Pero, ¡ya era hora de acabar con esa barbarie!

Sin embargo habría de considerarse que el grupo que había hablado ese día en palacio era tan solo el primero, más y probablemente más violentas intervenciones habrían de venir de los tepocas. Todo aquello en cierta manera representando que la lucha cósmica que había durado tanto tiempo no había terminado. No era lógico que así hubiera sido. Y más que nada, no era de pensarse que una teocracia militar que había sido constuída sacrificando los enemigos capturados a los dioses, iba, así como así, a renunciar a un sistema que visto desde sus resultados era exitoso y coherente: no cabía duda de que los dioses protegían al pueblo tolteca y los sacrificios humanos eran al menos así lo veían tanto los sacerdotes como los militares la razón del favor de los númenes.

Algunos incluso veían más allá, en el futuro, pues ya se fraguaban los usos y costumbres que llegarían a su apogeo con los aztecas y sus multitudinarios sacrificios a Huitzilopochtli. Para estos, la contundencia de un sol que sale todos los días en un mar de sangre, el color del amanecer, y que decir del atardecer, el querer que el sol siguiera saliendo estaba atado a la idea de que había que alimentarlo con los corazones palpitantes de las víctimas sacrificiales. Debemos decir empero que el caso de Tezcatlipoca era un tanto diferente, según alguna tradición este dios requería de un sacrificio cada año para seguir vivo. Así que podía esperar, tenía tiempo.

Ce Ácatl estaba temblando. Sería de miedo o de coraje. Sabía que los miembros del consejo, la mayoría de ellos guerreros, veteranos de mil combates, aguerridos militares y los demás sacerdotes, tenían sus puntos de vista muy arraigados y por supuesto opuestos a la prohibición de los sacrificios humanos. Había comentado cínicamente uno de ellos "que los sacrificios estén prohibidos ahora no significa nada, los sacrificios estaban antes que Ce Ácatl y ya estarán después de él. Los dioses pueden esperar." Otro había dicho: "Ya veremos si podemos resistir la presión popular: el pueblo ama el espectáculo de los sacrificios." De hecho estas declaraciones soslayaban dos verdades importantes, la primera, el pueblo amaba ya más a su príncipe Quetzalcóatl que a los sacrificios y que, si bien muchos acudían con morbo y placer a presenciarlos, muy pocos hubieran querido ser ellos mismos la víctima sacrificial que en ese momento se ofrecía.

Tal vez esta última opinión era la que preocupaba más a Ce Ácatl, ya lo había visto esta mañana: un coro y un grupo de danzantes, los dos abogando por Tezcatlipoca. Y se preguntaba, ¿seguirá el dios enviando niños, sirviéndose de ellos para manifestar su sed de sangre? O tal vez ¿vendrá después él mismo en persona a pedir esa sangre, los corazones palpitantes para saciarla?

Reflexionando Ce Ácatl pensaba: cuán difícil es resistir el homenaje y el olor del incienso, del copal sagrado. ¿Cómo es que había resistido el de la sangre y el de los corazones palpitantes? Entre los generales la decisión de prohibir los sacrificios había generado dos interpretaciones distintas: una la de la arrogancia, es decir Ce Ácatl por alguna razón se sentía único, el llamado, y por eso lo había hecho. La otra era el de la genialidad: Qué mayor muestra de poder que arrancarles a los sacerdotes su más poderoso instrumento de control de las masas, y de liberar al pueblo de una opresión aberrante que aunque no abiertamente expresada sabían que existía en el fondo de los corazones corazones que se resistían a ser sacrificados... desperdiciados para alimentar a dioses improbables y absurdos. 

¡Qué mayor muestra de poder que llegar y arrancar del seno familiar a alguien para llevarle a sacrificar!

Cuando terminó el grupo de danzantes y se quedó solo con sus guardias y un par de consejeros, cayó en la cuenta de las expresiones en sus rostros adustos;  tal vez era solo la inseguridad de ver a su príncipe siendo retado en su propio terreno, en su propia casa.

Y tal vez pensaran que si alguien había tenido la osadía de llegar hasta allí con esas cuitas, era porque tenía un fuerte respaldo. Tal vez esos tepocas eran más fuertes de lo que habían pensado y que el trono del príncipe pudiera eventualmente bambolearse.

Algunos incluso llegarían a pensar que Ce Ácatl debiera ceder, unos pocos sacrificios satisfarían a esos pocos inconformes.

De cualquier manera los consejeros más prácticos cayeron en la cuenta de que deberían vigilar más atentamente los movimientos del enemigo: deberían precisar cuantos eran, que fuerza tenían, quién estaba al frente de ellos.

 



Fructuoso Irigoyen Rascón, autor del Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor además de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Rarámuri of Mexico y Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores.

lunes, 18 de noviembre de 2024

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 4: Visita del primer coro

 

Foto Pedro Chacón

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 4: Visita del primer coro

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Antes de contar este episodio debemos aclarar para los puristas que no hay evidencia alguna en los documentos primarios que refiriéndose a la civilización tolteca mencione la existencia de los coros toltecas. Esta falta de información no debería sorprendernos ni requerir de una explicación, pues sabemos bien que la mayor parte de los códices prehispánicos, que son los que nos la podrían haber proporcionado, habían sido destruídos por los españoles, quienes pensaban que estos extraños legajos eran instumentos de adivinación y brujería que algunos de ellos ciertamente lo fueron: horóscopos, tablas adivinatorias. Las fuentes secundarias, tal como lo hacen los informantes de Sahagún también guardan silencio...

 

Una historia oída en Tacuba relata que los soldados de Cortés usaron los códices depositarios de la tradición, del negro y el rojo, del origen de los dioses, de tanta sabiduría acumulada en ellos, para una vez embadurnados de brea calafatear los bergantines que usaron para atacar la ciudad isla de México Tenochtitlan. Y debemos insistir que este segmento tampoco aparece en ninguna Fuente, pero que es creíble por encajar bien en la historia que sí fue registrada por escrito y que ha sobrevivido hasta nuestros días.

 

            Bueno, ¿pero de qué hablamos? ¿qué eran estos coros toltecas?¿grupos musicales acaso? No, los coros toltecas eran grupos de individuos generalmente jóvenes que se presentaban ante el príncipe sacerdote dios y recitaban a una voz una petición propia o de alguien más: por encargo. Como en los coros del teatro griego, su discurso sonaba melodioso y los proponentes de la petición consideraban que la presentación coral la hacía más efectiva que si la proposición fuera presentada en forma individual.    

Echemos un vistazo a lo que sucedía en palacio antes de la llegada de uno de estos coros.

            Una amplia escalera conducía del patio principal frente al palacio a la plataforma elevada sobre la cual estaba instalado el salón del trono de Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl. A su vez, el trono de ónix y alabastro y cojín de plumas se encontraba al fondo de aquel amplio salón asentado sobre un bloque cuadrangular de cantera, un gran monolito, labrado con inscripciones y la figura del cuerpo y la cabeza de una gran serpiente.

             Era notable la representación del ojo de la serpiente: la pupila un agujero de unos 20 centímetros de diámetro rodeado de una trama que hacía aparecer en la piedra una transparencia que difícilmente se logra en una escultura. Las escamas en la cabeza ayudaban a enfatizar este efecto.

En el lado derecho del monolito estaba la escalerilla para subir al trono. El escultor se las ingenió para apoyar esta en la parte superior, dejando un espacio debajo de ella para que el cuerpo de la serpiente labrado en esta cara no se interrumpiera, pasando así como un ofidio real reptando por el piso.

En el lado Izquierdo, el cuerpo de la serpiente aparecía de manera que se veía la cola con catorce hileras de cascabeles que ocupaba la cara posterior del monolito.

 

Los muchachos que formaban el coro que recién había llegado y que era el único esa mañana, desde las columnas a la entrada del palacio, ellos miraban muy impresionados la figura de la serpiente, particularmente su cabeza.

            Se disponían a hacer su presentación ante Topiltzin, que vestía un ajuar que combinaba escamas de oro y cobre representando la piel de la serpiente, penacho y prendedores de jade y plumas preciosas, todo ello simbólico de Quetzalcóatl la Serpiente Emplumada. Hoy no llevaba su otro atuendo, el del sombrero cónico y las rayas tigrinas en los costados de su cuerpo, atributos de Quetzalcóatl Ehecatl, el dios del viento.

A ambos lados del basamento del trono, estaban dos guardias armados con sus macanas con salientes navajas de obsidiana, uno con los atributos del águila el otro del ocelote. Ya se prefiguraba en estos guardias la futura creación de los caballeros tigre y los caballeros águila, las cofradías militares que tendrían los aztecas unos siglos después.

Unos pasos más allá, de pie tras un dispositivo similar a un atril, se encontraba Tlacaéletl, el consejero maestre de Ce Ácatl. Este Tlacaéletl tolteca era sumamente querido y respetado por el príncipe sacerdote, y consultado en cuanta acción tenía que ver con el bienestar del pueblo tolteca y la ciudad de Tula.

Ce Ácatl podía desde su privilegiada posición distinguir más allá de las columnas y de la gran puerta de entrada del palacio parte del barrio de los Sacerdotes, y más atrás la montaña por la cual cada mañana el astro rey se asomaba e iluminaba el salón en el que ahora se encontraban.

Uno de los corifeos, el vocero, se adelantó unos pasos y se colocó en un lugar equidistante entre el resto del coro y el trono. Pronunció unas complejas fórmulas rituales y entonces Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl tomó la palabra y preguntó dirigiéndose directamente al coro:

—¿Y que pedís de mí, amados hijos?

El coro comenzó su presentación, haciendo de las estrofas en náhuatl lenguaje de por sí muy musical un armónico cantar que iba más allá de las meras palabras.

Los primeros cinco minutos de la presentación consistieron de repetidos elogios a Tezcatlipoca. Ce Ácatl ya se veía molesto y frunciendo el ceño pues para cuando esto sucedía ya casi no se oía el sonoro nombre del Señor del Espejo Humeante en ninguna parte, no se le mencionaba ni en templos ni en palacios... pues se vivía ahora el sol, la era de Quetzalcóatl. Habían comenzado las sorpresas.

            Cuanto más se repetían las loas a Tezcatlipoca, más disgustado se veía el príncipe sacerdote. Tlacaéletl, quien se había desplazado de su sitio tras el atril hasta un lado del trono, se empezaba a notar nervioso también, mirando alternativamente al coro, al vocero y al príncipe. Hasta el gato demostraba cierto nerviosismo. Algo dramático estaba a punto de ocurrir.

Habemos de notar en este punto que poco a poco la política religiosa de Ce Ácatl había ido marginando el nombre de Tezcatlipoca a referencias secundarias, históricas, como cuando se hablaba del anterior sol. Ya no se le invocaba antes de todos los otros dioses como se hacía antes.

Así que esto que ahora oían sus oidos y veían sus ojos era sorprendente: en una verdadera avalancha retórica aquellos muchachos del coro derrochaban elogios a Tezcatlipoca, incluso llegaron a mencionar que Quetzalcóatl, quien estaba frente a ellos era "uno de los Tezcatlipocas" precisamente el Tezcatlipoca Blanco. Y abordaron el tema principal que los llevaba hasta el escabel del príncipe dios. El coro aclamó:

—Tu bondadosa caridad, oh príncipe Ce Ácatl, ha determinado suprimir los sacrificios humanos. Escucha sin embargo a estos tus leales súbditos, que ahora mismo de hecho participan en el sacrificio con sus prepucios atravesados por espinas de maguey como lo manda la tradición, que Tezcatlipoca necesita más. Él pide sacrificios, sacrificios totales como los que se hacían antes. Nos pide corazones, sangre. Concédenos, concédele primero que podamos hacer tan solo dos o tres sacrificios para su fiesta que ya se acerca.

Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl no pudo contenerse más. Había montado en cólera y gritó:

—¡Callad imbéciles! ¿Que os habéis creído?

Un segundo después del exabrupto, reflexionando el príncipe que había perdido control y figura, recompuso su actitud y sin explicar el cambio volvió a su tono de la primera frase:

—Hijitos míos, no me pidáis imposibles. Los sacrificios humanos se han acabado. ¡Para siempre! ¿Pues qué no sabéis que Tezcatlipoca ha luchado contra mi dios specular, la Serpiente Emplumada, desde el principio de los tiempos? Y no veis que finalmente Quetzalcóatl ha triunfado. Solo él es dios y él no necesita de los corazones palpitantes y la sangre derramada, los cuales a él mismo y a vuestro Tezcatlipoca se ofrecían. No más sacrificios pues. Ved también que Quetzalcóal, el único dios, aprecia la mortificación como la que vosotros imponeis a vuestros cuerpos, pero que ofrecerla a Tezcatlipoca es un gran pecado.

No mencionó el príncipe los sacrificios que todavía se celebraban además de la mortificación corporal. Él mismo inmolaba algunas culebras y crótalos en el altar mayor, el que antes era usado para sacrificar seres humanos. Y como cada mañana sus ayudantes liberaban centenares de mariposas a las que a veces él mismo incensaba con un pebetero rociado de copal.

Los muchachos que componían el coro de hecho esperaban esta respuesta, o al menos deberían haberla esperado. Ahora miraban el suelo, llenos de miedo, el momento aquel en que el príncipe sacerdote perdió la calma les había dejado pasmados. Por la mente de alguno pasó la idea: Ahora nos matará. Por otra parte, la segunda parte del mensaje estaba más que clara: los sacrificios humanos se habían acabado. Era definitivo.

El tema de la abolición de los sacrificios humanos no perdonó lugar ni momento para ser debatido.  En las plazas y en el mercado, las casas desde chozas hasta palacios, en el campo y en los vivacs militares, la abolición de los sacrificios había sido, era todavía, tema de interés general. Como tal, algunos se quejaban, otros tenían miedo de que los dioses reclamaran lo que tradicionalmente había sido suyo: sangre y corazones. Algunos ruminaban que el final de los sacrificios conllevaba una decadencia de poder: si tú no tomas prisioneros para sacrificar y otras tribus sí lo pueden hacer, eso les da una ventaja. Los más, y particularmente las mujeres las madres, veían el lado humano de la medida y la aplaudían: imposible no ver la crueldad que implicaba abrir en canal a un joven para arrancarle su palpitante corazón. Aquella tan trillada historia de que las madres de los sacrificados anteponían el orgullo del sacrificio al dolor de la pérdida de un hijo era, por supuesto, una patraña.

Algunos veían en la medida la inauguración de una nueva religión, el advenimiento de un solo Dios, sin los abominables sacrificios humanos. Estos como tampoco lo hicieron en Egipto los partidarios de Akenathón, no podían anticipar que la religión también evoluciona por ciclos, o, si se quiere evoluciona y después involuciona. Mesoamérica no había visto todavía nada como la sed de sangre de Huitzilopochli o las tremendas celebraciones en honor de Xipe Tótec que por ser Nuestro Señor El Desollado requería desollar vivas a las víctimas que se le ofrecían.

Volviendo a lo que sucedía con elcoro: los muchachos habían recibido el trueno fulminante en la voz y la mirada del príncipe cuando estalló en rabia ante su petición. Pronto sin embargo se tranquilizaron al ver que el príncipe dios tan presto como había perdido la calma la recobraba y los miraba de nuevo con afecto y calor.

—Y por favor arrancáos esas perniciosas espinas de vuestros miembros. Quetzalcóatl ha hablado y no son de su agrado.

Parecía el príncipe ignorar que en algunos de los códices su propia efigie aparecía efectuando sacrificios en su persona. De hecho no hacía mucho tiempo que él mismo había propiciado estos sacrificios menores precisamente como remplazo de los que se habían prohibido. Se citaba a Quetzalcóatl como propiciador de ofrecer dolor y unas gotas de sangre como ofrenda a los dioses. Pero el punto aquí es que estos muchachos ofrecían sus sacrificios a su rival, el señor del espejo humeante. Eso sí que no estaba bien, es decir, así le pareció al propio Quetzalcóatl.

Esperando una voz que los exonerara, o les ordenara irse, los muchachos permanecían como paralizados como clavados al piso. Ce Ácatl miraba a la montaña como a través de ellos, como si no existieran.

El vocero clamó entonces con una voz que pareció un mujido:

—¡Marchad, idos!




Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor además de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico y Nace Chihuahua: Gabriel Tepórame y Diego Guajardo, los forjadores.