Minerva
Por Guadalupe Ángeles
No estoy acostumbrada a ese tipo de miradas.
―M.
Dina siempre fue una alumna dedicada. El reto
en primero de Secundaria era raro, pero ella lo asumió con toda la seriedad del
caso. En el programa oficial de la Secretaría de Educación, la instrucción era
clara: “Se inculcará en el alumno la responsabilidad necesaria para ocuparse de
un ser vivo y mantenerlo con vida el mayor tiempo posible”. La metodología, en
cambio, no señalaba ninguna forma específica para llevar a cabo la tarea. Así
pues, la inventiva de los docentes se dio vuelo: hubo quienes pidieron a los
alumnos conservar con vida huevos de gallina, plantas de hierbabuena, o
simplemente fingieron que haciéndoles llevar consigo todo el tiempo muñecos de
plástico tamaño bebé promedio, de manera automática se cumplía con el objetivo.
El
maestro de Civismo de Dina fue más allá de lo esperado. Les pidió a sus alumnos
que llevaran un ratón, no especificó color, ni ninguna otra característica, solo
que fuera lo más joven posible.
Si
hubieran sido hermanos, el profesor de Civismo y el padre de Dina no hubieran
tenido una idea más parecida en su excentricidad. El buen señor, después de
checar los precios de los ratones blancos usados en experimentos de
laboratorio, caminaba por los alrededores del mercado de abastos cuando ya casi
el sol se ocultaba. Al pasar por una calle poco concurrida, escuchó sonidos
suaves, como de cachorros hambrientos; se adentró en la calle y vio a una
camada de ratones grises. Sin dudarlo, tomó a uno de ellos del cuello,
aprovechando que no estaba a la vista la madre; lo envolvió en un pañuelo y
llegó a su casa muy contento porque Dina podría hacer el ejercicio de su clase
de Civismo sin ningún problema. Y sin que él desembolsara ni un peso.
A Dina le dio
ternura ese ser demasiado vivo a pesar de su mínimo tamaño. Sin pensarlo
apenas, consiguió un gotero en el botiquín y tomó leche del refrigerador, eso
fue lo primero, alimentarlo. Después, en el lavabo improvisó una piscina para
Minerva, así bautizó a su experimento.
Al
parecer Minerva y Dina no encontraron ningún obstáculo para convivir. Don José,
su padre, estaba encantado. Viudo desde que Dina tenía diez años, creía haber
sobrellevado la situación de la mejor manera, y estaba seguro de que la
presencia de Minerva en la casa era la mejor prueba de ello.
Dina
cosió una especie de bolsa colchón en la que llevaba a todas partes a Minerva,
a la que también sus compañeros aceptaron de buen grado; aparte, no tenían
mucho tiempo para sorprenderse de nada, cada uno preocupado por conservar con
vida a su propio experimento.
Para la alimentación, Minerva fue solo uno más de los miembros de la familia,
ya que su dieta podía consistir en sopa de pasta, usando como plato la tapadera
de algún frasco pequeño, o tomar con sus propias manos un pedazo de tamal de
dulce que Dina le regalara, pasando por el clásico burrito de tortilla recién
hecha que disfrutaban ambas, comer en compañía era lo importante.
Acostumbrada desde bebé al baño cotidiano en el lavabo, no tenía un aspecto
sucio, era un modelo de mascota/experimento, y considerando que las cantidades
de leche fresca que, conforme avanzaba su edad, iban en aumento, Minerva crecía
saludable y feliz, a tal grado que fue el éxito de la clase de Civismo, lección
que les vino muy bien a los promotores del Antiespecismo, quienes “rechazan la
discriminación, explotación y violencia contra los animales no humanos basada
únicamente en su especie". De modo que el ejemplo de la convivencia de una
estudiante de Secundaria con una rata demostraba ampliamente que, sin importar
la especie, es posible crear fuertes lazos afectivos.
Minerva,
un ser sintiente que sin duda disfrutaba de la compañía de Dina, protagonizó
con ella infinidad de videos en los que se le veía muy seria comiendo una
galleta mientras Dina terminaba un ejercicio de Geometría copiándolo del
pizarrón del aula, en la que todos trataban a Minerva como a una más.
Libre de
ninguna opresión por parte de ser humano alguno, Minerva acompañó en silencio,
y dentro de su bolsa colchón (que con los años debió ser más grande) a Dina
cuando acudió al funeral de su padre.
Llegó el
momento en que Dina necesitó ganarse la vida, y lo más práctico, para no
descuidar a Minerva, fue abrir una papelería, en la que ella se movía en total
libertad.
Y
aquella mañana de sábado Minerva sintió como cuatro ojos desorbitados la vieron
a través del cristal de la vitrina donde Dina guardaba el papel para envolver
regalos, y por primera vez en su vida sintió que no estaba acostumbrada a ese
tipo de miradas. Pero no duraron casi nada, pues las mujeres que así la veían
huyeron prácticamente sin pensar en el ejemplo vivo que Minerva y Dina son,
orgullosamente, de Antiespecismo.
Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005) y Raptos (2009). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente reside en Guadalajara.

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