La estatuilla que nadie planeó que fuera arte
Por Marco Benavides
Corría 1927 y Louis B. Mayer, el hombre que
había convertido Metro Goldwyn Mayer en la fábrica de sueños más rentable de
Hollywood, tenía un problema. La industria cinematográfica crecía sin orden,
los sindicatos presionaban, los escándalos amenazaban la reputación de un
negocio que todavía luchaba por ser tomado en serio. Mayer no era un idealista,
era un organizador. Y como todo buen organizador, sabía que los símbolos hacen
el trabajo que las leyes no pueden.
Así nació la Academia de Artes y Ciencias
Cinematográficas: no como un templo del séptimo arte, sino como una mesa de
negociación con mejores relaciones públicas. Actores, directores, productores,
técnicos, escritores ‒las cinco ramas de una
industria que necesitaba creer que tenía vocación, no solo apetito‒ se sentaron juntos bajo el mismo techo
institucional. Y casi de inmediato surgió la idea de un premio. Un
reconocimiento anual a la excelencia. Una forma de decirle al mundo, y a sí
mismos, que lo que hacían importaba.
Mary Pickford, La novia de América, fue una
de las fundadoras de la Academia, su influencia fue decisiva en la creación y
consolidación de los Premios Óscar, aportando prestigio, estructura y
legitimidad a la naciente institución.
La primera ceremonia, el 16 de mayo de 1929,
no tenía nada del espectáculo que el mundo conocería décadas después.
Doscientas setenta personas en el Hotel Hollywood Roosevelt, cinco dólares por
entrada, quince minutos de duración. Los ganadores ya se sabían desde hacía
tres meses. No había suspenso, ni alfombra roja, ni discursos que se alargaran
hasta incomodar a los presentes. Era, en esencia, un banquete de celebración
para una industria que quería verse bonita en el espejo.
Se entregaron quince estatuillas. La figura ‒un caballero art déco sosteniendo una espada
sobre un rollo de película‒ había sido
diseñada por Cedric Gibbons y esculpida por George Stanley. Sus cinco radios
representaban las cinco ramas fundadoras. La espada, según la mitología
oficial, simbolizaba la protección del progreso. Nada en ese diseño parecía
destinado a convertirse en uno de los iconos visuales más reconocibles del
siglo XX.
El nombre llegó después, con la informalidad
que suelen tener las cosas que perduran. Una versión ‒la más citada, no necesariamente la más
verificable‒ atribuye el apodo a Margaret
Herrick, bibliotecaria de la Academia, quien habría comentado que la estatuilla
se parecía a su tío Óscar. El nombre circuló en sordina durante años hasta que
la propia institución lo adoptó oficialmente en 1939, con esa mezcla de
resignación y cariño con que los padres terminan usando el apodo que les
pusieron a sus hijos.
Lo que siguió es historia, aunque esa frase
haga un flaco favor a la complejidad de lo ocurrido. Los Óscar no se
convirtieron en un fenómeno global por inercia: se transformaron porque la
industria que los había creado para protegerse terminó necesitándolos para
legitimarse. Con el tiempo, la ceremonia dejó de ser un espejo interno y se
volvió una pantalla pública donde Hollywood proyectaba su imagen hacia el mundo
‒y donde el mundo empezó a proyectar sus
expectativas de vuelta.
El próximo 15 de marzo, la gala se transmite
a más de cien países. Las nominaciones mueven taquillas, relanzan carreras y
generan debates que van mucho más allá del cine. Y, sin embargo, en el fondo
del ritual persiste algo de aquella primera noche de 1929: una industria
mirándose a sí misma y decidiendo, con toda la arbitrariedad y toda la seriedad
del mundo, qué merece ser recordado.
Dr. Marco Benavides, 2 marzo 2026
Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

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