sábado, 23 de mayo de 2026

Según las pláticas que escuchaba desde niña


 La columna de Bety

Según las pláticas que escuchaba desde niña

 

Por Beatriz Aldana

 

Hoy hablaré de un tema un tanto espinoso, aquí va: Se dice que los embriones empiezan a recibir el alimento a través de la placenta de la madre. Pero no únicamente entra en el embrión el alimento para su crecimiento, sino cualquier situación que enfrente la madre gestante, se transmite hacia el embrión.

Pues bien, así sucedió. Mi madre contaba con una edad un tanto avanzada para procrear sin riesgos, o sea, contaba con 46 años, a punto de cumplir 47, cuando se enteró de que llevaba en su vientre a la séptima hija, o sea yo.

Según las pláticas que escuchaba desde niña, por parte de mis hermanas, el tema era que mi madre mostraba signos de muchísima angustia, estrés y preocupación por ese embarazo de alto riesgo.

En fin, vine naciendo y efectivamente, desde que recuerdo, o, más bien desde que tengo uso de razón, me quedó una sensación de rechazo, o de no ser bienvenida, aún cuando mi madre me quiso mucho y siempre me trató con inmenso cariño.

Ella me duró muy poco tiempo, ya que falleció cuando yo tenía solo 12 añitos, víctima de falta de bien dormir, o sea, el insomnio causado por una depresión postparto, aunada a un cáncer de hígado que terminó por minar su salud y cobrarle la vida.

Cuando los embriones reciben toda esa información, aunada a un sentimiento muy interno de culpa, el resultado es que la persona, a lo largo de la vida, se convierta en una persona huraña, desconfiada, dudosa de merecer el amor de los demás, y, lo más dramático con muy poca capacidad de control de ira.

Hay en esa persona una lucha constante de dar el 100 por ciento en todo, producto de esa necesidad de agradar, de ser útil, más que de ser querida.

Me pasa algo parecido a eso: La opinión que recibo de las personas que tienen la franqueza de expresarme lo que ven en mí, es la siguiente: Bety, usted es una persona muy inteligente, muy astuta, muy calculadora, y también con un gran don de gentes y una esmerada educación, misma que le abre las puertas en cualquier lugar. Lo que me dejan muy claro es esto: Créaselo. No solo muestre todo eso al exterior, lléveselo a su interior para que aprenda a valorarse, a estimarse, a quererse. No sonría para los demás, sonría para sí misma. Mírese en un espejo y dígase: Soy un milagro y tengo una misión que cumplir. Y esa es: ser feliz. Solo eso.

 


Beatriz Aldana es contadora y siempre ha trabajado en la industria y en corporativos comerciales. Gran lectora, escribe y produce crónicas de video en sus dos blogs de Facebook, además de La columna de Bety en Estilo Mápula.

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