La columna de Bety
Según las pláticas que
escuchaba desde niña
Por Beatriz Aldana
Hoy hablaré de un tema un tanto espinoso,
aquí va: Se dice que los embriones empiezan a recibir el alimento a través de
la placenta de la madre. Pero no únicamente entra en el embrión el alimento
para su crecimiento, sino cualquier situación que enfrente la madre gestante,
se transmite hacia el embrión.
Pues bien, así sucedió. Mi madre contaba con
una edad un tanto avanzada para procrear sin riesgos, o sea, contaba con 46
años, a punto de cumplir 47, cuando se enteró de que llevaba en su vientre a la
séptima hija, o sea yo.
Según las pláticas que escuchaba desde niña,
por parte de mis hermanas, el tema era que mi madre mostraba signos de
muchísima angustia, estrés y preocupación por ese embarazo de alto riesgo.
En fin, vine naciendo y efectivamente, desde
que recuerdo, o, más bien desde que tengo uso de razón, me quedó una sensación
de rechazo, o de no ser bienvenida, aún cuando mi madre me quiso mucho y
siempre me trató con inmenso cariño.
Ella me duró muy poco tiempo, ya que falleció
cuando yo tenía solo 12 añitos, víctima de falta de bien dormir, o sea, el
insomnio causado por una depresión postparto, aunada a un cáncer de hígado que terminó
por minar su salud y cobrarle la vida.
Cuando los embriones reciben toda esa
información, aunada a un sentimiento muy interno de culpa, el resultado es que
la persona, a lo largo de la vida, se convierta en una persona huraña,
desconfiada, dudosa de merecer el amor de los demás, y, lo más dramático con muy
poca capacidad de control de ira.
Hay en esa persona una lucha constante de dar
el 100 por ciento en todo, producto de esa necesidad de agradar, de ser útil,
más que de ser querida.
Me pasa algo parecido a eso: La opinión que
recibo de las personas que tienen la franqueza de expresarme lo que ven en mí,
es la siguiente: Bety, usted es una persona muy inteligente, muy astuta, muy
calculadora, y también con un gran don de gentes y una esmerada educación,
misma que le abre las puertas en cualquier lugar. Lo que me dejan muy claro es
esto: Créaselo. No solo muestre todo eso al exterior, lléveselo a su interior
para que aprenda a valorarse, a estimarse, a quererse. No sonría para los
demás, sonría para sí misma. Mírese en un espejo y dígase: Soy un milagro y
tengo una misión que cumplir. Y esa es: ser feliz. Solo eso.

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