domingo, 31 de mayo de 2026

Impunidad

 

Impunidad

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Ana encontró ese olor extraño por la mañana en sus manos, ovoide el pequeño cuerpo entre la sábana. De alguna oscura forma supo que mentiría exactamente como quien es encontrado en falta y no le es posible esconder la mano con la piedra a punto de lanzarla. El pequeñísimo cuerpo parecía muerto, pero su fuerte coloración a sangre desmentía esa cuasicerteza.

       Imaginó que sería fácil, lo tomó rechazando su propio asco y lo trituró aplastándolo con las uñas de ambos pulgares, y ese olor volvió, intenso, como las mañanas de su infancia en que soñaba presa de un sopor insoportable en aviones que destruirían su casa con bombas acaso solo existentes en películas de la segunda guerra mundial que sus ojos niños vieron como tantas otras cosas no aptas para su edad.

      ¿Entrar en la muerte con el cuerpo impregnado de ese olor? ¿Acaso había realmente otra opción? Asqueada, Ana fue a bañarse. En el piso del baño, una vez que su cuerpo recibió la lluvia benéfica, creyó ver otros cuerpos ovoides como el recién asesinado. Paranoia quizá, toda mancha informe sobre el suelo le haría recordar su crimen. ¿Pero no fue en defensa propia? La sangre, aunque tuviera ese olor horrible era también sangre de sus venas, quizá ocurrió lo contrario de una simbiosis, ese fenómeno del que desconocía el nombre era lo que llamaba crimen, sin embargo, tampoco les creía a los que afirmaban nunca matar hormigas ni moscas; obviamente se sentía como un dinosaurio para aquel brevísimo ser, ella no lo comería pero lo destruyó (y de todos modos, los dinosaurios son herbívoros según cuentan los que los inventaron), si pensaba seriamente, ¿por defensa propia, por asco? Éticamente, esto último no justificaba el hecho (¿o sí?).

      Más tarde se vistió porque era necesario, de su gusto se hubiera quedado bajo la regadera un par de horas más. Quien organizó este mundo de la manera en que ya estaba cuando ella nació, creó ciertas reglas ineludibles, en ellas, su culpa no tenía cabida, o era intrascendente.

       Así que desayunó un par de huevos y salió rumbo a la oficina. Otro trámite inevitable.

     Salir de sí y entrar al mundo con el cabello recogido y la careta bien puesta, ¿qué más?, no olvidar ponerse los zapatos, el silencio y la prudencia para no andar por ahí pisoteando egos.

      Entrar en la muerte. Cerrar los ojos y ya. ¿Dos uñas gigantescas harían explotar su cuerpo como ella hizo poco antes? Demasiada lecturas inadecuadas, demasiada poca conversación con sus pares. Vaya usted a saber la razón de pensamientos tan peregrinos.

       Ana no se arrojaría a la vías del tren, ni decidiría lanzarse bajo las llantas de ningún automóvil en marcha, la culpa tampoco era tan grande y sabía que no le quedaba otra que vivir con ella, como quien acepta a un vecino desagradable.

      Encender la computadora y ver correr a una cucaracha de dimensiones modestas (no era de las que vuelan ni tenía el tamaño de una ciruela pasa) era más bien mediocre. Se levantó de un salto, tomó un trozo de papel para prensarla entre la pared y ese pobre recorte, el bicho fue más rápido que ella, así que volvió a tomar asiento y un par de minutos después la vio correr cerca de su zapato izquierdo, sin dudarlo, se paró y la aplastó contra el piso. La embarradura que quedó la limpió con un papel que echó al cesto de basura.

      Aún no era mediodía y ya había matado dos veces

       Cuando fue a comer algo por los alrededores de su trabajo le pusieron (módica cantidad mediante) una generosa porción de lechuga y otras hierbas sobre un plato. Sentada bajo una sombrilla, admiró el brillo del día, el azul que todo lo impregnaba y vio a una mujer que ordenó un biónico (esos preparados de fruta y crema que solo los más ingenuos creen que son dietéticos). A punto estuvo de preguntarle a esa mujer donde había adquirido el vestido floreado tan útil para los calores de este mayo cuando advirtió que ella no tenía la mano izquierda (¿o era la derecha?), le dieron más ganas de preguntarle cómo la había perdido (la mano) pero entendió que sería demasiado imprudente, nunca la había visto y lo más seguro sería que una mirada asesina y un brusco darle la espalda serían las únicas repuestas que obtendría. Coincidencia o no, en ese momento el tenedor desechable que le dieron para comer su ensalada perdió uno de sus dientes (¿o cuernos, los tenedores tienen dientes o cuernos?) pero siguió siendo útil para cumplir con su tarea (vaya metáfora) y lo siguió siendo cuando perdió otro de sus filos, ¿se convirtió entonces en un tridente (ah, de ahí viene lo de los dientes), y ella en la asesina de insectos del momento? (vaya ocurrencias); ¿cuántos insectos habrá matado esa mujer?, ¿cuántas hormigas se necesitan para comerse una mano sin matar a su dueña?

        Volvió a la oficina sin ninguna respuesta y tampoco descendió del hermoso cielo azul ningún par de pulgares gigantescos para triturarla, ¿cuánto tiempo más quedarían sus crímenes disfrutando de la impunidad que le daba tener un cuerpo de ser humano?

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en ÁgoraEl FinancieroEl InformadorEl OccidentalLa Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y EspéculoPremio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

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