Sáb/ jad
KFD
Por José Alberto Díaz
Mi alarma canina me despierta cuando despunta el alba,
un Husky siberiano apoyando sus patas delanteras sobre la ventana de mi alcoba
mientras ladra –más enérgico e insistente que de costumbre– con autoridad.
Innuk no me levanta porque le preocupe mi puntualidad
laboral; lo hace porque, invariablemente, aunque llueva o haga un calor
insoportable, los dos salimos a dar un paseo en cuanto comienzan a menguar las
tinieblas. Voy al patio; Innuk gira en trescientos sesenta grados, alegre y
juguetón, al ver la correa que agito frente a él.
Ya en las calles casi vacías, silentes como la calma
antes de la tormenta –próxima a ser representada por el bullicio de automóviles
apilados en el asfalto–, Innuk avanza a mi izquierda olfateándolo todo a su
paso. Trata de adelantarme como siempre, forcejeo para mantenerlo a mi lado.
Macho alfa, territorial, se orina en cada arbusto, en cada recoveco, cada
jardín, hasta en los jazmines y geranios. Me sorprende la cuantiosa secreción
acumulada en su vejiga, siempre guarda un chorro para reclamar el sitio que –según
él– le pertenece. A veces gruñe y echa tierra con sus patas posteriores justo
donde orina, como si fuera parte de un rito ancestral, insondable para los
humanos.
Pronto arribamos a la plaza de armas, rodeada por
calles donde las personas pueden transitar libremente. Algunos puestos de
comida ya están abriendo; entre ellos, el Burger Plaza, célebre por su receta
secreta, no por la calidad de las hamburguesas, cuya carne, según mitos y
rumores citadinos, proviene de gatos. Quizá, es probable. Cuando el río suena,
agua lleva.
La primera y única vez que me atreví a comer en ese
puesto, había unos félidos regordetes jugando muy cerca. El parrillero no
dejaba de mirarlos mientras cocía la carne aplanada; mejor dicho, tenía puesto un
ojo al gato y otro al garabato. En cuanto preparó mi pedido, me alejé del
puesto para comer a solas en una banca de la plaza. Me bastó un mordisco para
llevarme una desagradable sensación: sabía peor semejante intento de
hamburguesa que aquellas de la franquicia americana más popular, precedida por
un desagradable payaso. La repulsión me llevó a arrojar mi comida justo a las
patas de un perro callejero; este, demasiado listo y precavido, olfateó una y
otra vez la inmundicia de carne picada de animales no vacunos, dio tres vueltas
alrededor de ella, luego se fue sin lamerla siquiera.
La remembranza me asquea y la ignoro al acariciar al
buen Innuk, Adonis de las nieves, de ojos azules y cola erguida, tan
acostumbrado a los cariños de la gente.
Seguimos sin aflojar el ritmo de nuestros pasos y mi
perro se detiene ante un objeto tirado en el suelo: es un bote de pintura negra
en aerosol. Lo levanto, llevándolo conmigo porque no hay cerca un contenedor de
basura. Presiono el aspersor, aún le queda pintura. Me invaden los recuerdos de
mi mocedad, cuando solía pintar con esos productos en mantas, en lienzos, en
bardas. Con el beneplácito de la gente, por supuesto. Nunca hice burdos
grafitis de jeroglíficos ni mensajes irreverentes.
Conservo el bote, disfruto de la escasez de personas
durante nuestro recorrido y nos internamos en el corazón del centro de la
ciudad. Al doblar una esquina, vemos a la distancia a una pareja de mediana
edad alimentar a muchas palomas. Él, un sujeto robusto de cabello castaño
enmarañado, con la mirada fuera de órbita; ella, una mujer blanca de complexión
regular y muy bajita.
Innuk se detiene, tensa sus cuatro patas e inclina su morro
hacia adelante, su instinto cazador indicándole apuntar a su presa. Emite un
ligero gruñido. Ladra. Observa fijamente a la pareja; yo también centro mi
atención en ella. Oh, sorpresa. El hombre lleva un costal; allí meten a las
palomas que alimentan. Innuk vuelve a proferir un ladrido, uno solo,
autoritario, demandante.
De pronto, todos nos encontramos con la mirada. Los
dos extraños arquean las cejas y me observan con desconfianza, temor, qué se
yo. Dejan de raptar a las aves y emprenden la retirada con el costal medio
lleno. Innuk se abalanza en un salto, quiere adelantarse. Lo someto. Cavilo un
instante sin mover un dedo, procesando lo que acabo de presenciar, testigo
diurno, testigo asombrado, testigo incrédulo.
Por primera vez me dejo guiar por el instinto del
Husky de Siberia. Seguimos a la pareja. Aceleramos el paso hasta trotar,
intercambio palabras con mi mejor amigo en su idioma natal –no sé nada de
inuit, por eso le hablo en inglés con acento de Alaska–.
–Let's get them, boy.
Les damos alcance. De nuevo los cogemos con las manos en la masa: apenas habían pasado un
par de minutos desde su escape y ya estaban alimentando a otra parvada de
palomas.
Vuelven a mirarnos con esa expresión tan difícil de
definir: suspicacia, miedo, malicia, quizá un poco de cada cosa. Una vez más,
la huida. Innuk gruñe, salta, se queda parado un momento sobre sus patas
posteriores. Una vez más, la persecución. Apresuran el paso y doblan una
esquina.
–Let's chase these sick
bastards, boy.
Seguimos su rastro corriendo. Ahora sí pienso encararlos.
De inmediato llegamos al mismo sitio donde los habíamos perdido de vista. Oh,
sorpresa. Ya no los vemos. Desaparecieron como fantasmas o se los tragó la
tierra. Me rasco la cabeza, volteo a todos lados en vano. Innuk olfatea la
banqueta, avanza con sigilo siguiendo la pista: el aroma de los secuestradores
de aves transmutado en una estela distinguible solo para los sentidos del
Husky. Luego se detiene ante un restaurante llamado KFD: sitio popular donde se
prepara pollo frito.
–Oh, my God. You found them,
boy.
Me quedo pasmado como imbécil ante la puerta del
restaurante. No hubo truco ni nada sobrenatural, los perseguidos allí se
metieron. Innuk salta y apoya sus patas sobre la ventana. Hago visera con la
mano y me asomo a través el cristal. No veo a nadie, seguramente la pareja
anormal debe encontrarse en la cocina, desplumando y retorciéndoles el pescuezo
a las pobres palomas. De nuevo, la remembranza. Una vez comí en este sitio, en
efecto, y me repugna sobremanera recordar que el “pollo” no sabía mal.
Golpeo la puerta, nada. Porfío. Nadie me responde,
nadie lo hará. Volteo a ver a mi compañero perruno y le acaricio el hocico –una
palmada en la cabeza es indicarle quién es el dominante–. Le hablo en mi idioma
natal.
–Ay, Innuk. No vas a ser la primera criatura en
orbitar el planeta, ni has transportado cargamentos de vacunas contra la
difteria, ni me has acompañado a la estación del metro –no te culpo, aquí en
esta ciudad ni hay–, tampoco participar en alguna guerra mundial. De todos
modos, muchacho, hiciste un gran descubrimiento. Los inspectores de salubridad
van a darte una medalla, es más, habrán de erigirte una estatua. Deja que les
cuente tu hazaña a mis amigos periodistas.
Innuk no me responde ni con un gemido, sólo se limita
a hacer lo suyo: orinarse sobre la puerta del restaurante.
–All right, boy, take a pee.
Yeah, let it flow.
Antes de regresar a la casa, utilizó la pintura en
aerosol para dejar un bello mensaje en inglés sobre una ventana de KFD: “D” is for Dove. Después arrojo el bote
a lo lejos, pensando en la malévola astucia del dueño al bautizar su negocio KFD.
Kentucky Fried Doves. Al buen entendedor.
José Alberto Díaz es licenciado en informática. Ha
publicado los libros Cuentos para recuperar la cordura y Carta
astral para el escéptico. Desde 2007 ha participado en eventos culturales y
encuentros de escritores en el municipio de Cuauhtémoc, así como en la capital
del estado de Chihuahua. Sus cuentos han aparecido en medios impresos, siendo
el más reciente la Revista de literatura, lengua y cultura Ariwá.
Durante algunos años participó como articulista en el periódico El
Heraldo del Noroeste. Tiene una novela en proceso de traducción al inglés, La
copa de nada, misma que se haya en Amazon en formato digital.