martes, 30 de diciembre de 2025

Cornelius


 

Cornelius

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Encima de la silla se quedaban aquellos pantalones de mezclilla con pechera. Pareciera que eran los mismos que había vestido desde los nueve años, pero eso no era posible. Lo que pasaba era que conforme a que él iba creciendo, sus padres remplazaban sus pantalones por otros idénticos, pero más grandes. Lo mismo pudiéramos decir de su camisa de cuadros. Se miró en el espejo y reflexionó que eso era nuevo también, en la casa en que creció no se admitían los espejos.

Le gustó lo que vió, su nuevo atuendo comprado en una tienda de ropa vaquera de Ciudad Cuauhtémoc. Era el de un cowboy, o, si se prefiere, el de un campesino mexicano de clase media. Lo único que conservaba del vestido típico de sus congéneres menonitas era el sombrero y los botines. Por supuesto no podía cambiar sus ojos azules y su cabello rubio.

Su nuevo vestuario denunciaba su plan de dejar la comunidad de sus mayores y todo lo que eso implicaba. No podía decir que su cambio se debía a las dos o tres escapadas que con su amigo David se había dado del campo menonita a Cuauhtémoc con el propósito de pecar, es decir, de beber cerveza. Había algo más. Tampoco era el haberse topado con aquella familia de renegados y ver su enorme y nuevecita camioneta de doble cabina, y saber que su comuna nunca aprobaría tener y usar una de esas.

Claro es que esos encuentros con la cultura mexicana circundante tuvieron que ver con su decisión, pero algo dentro de la sociedad menonita en la que había nacido y crecido ya no lo retenía, y es más, como que lo compelía a abandonarla. En un momento se sintió como el pájaro que emprende el vuelo dejando atrás el nido. Tal vez de lo que era más difícil de separarse era de la religión. Seguiría pues defendiendo que el bautismo debe darse a los adultos y no a los recién nacidos. Su nombre, Cornelius, el cual celebraba el de patriarcas y notables menonitas, había sido cambiado por sus amigos mexicanos a Cornelio. 

 Pero tal vez los dos hechos que más habían influido en él para dar el paso fueran que la familia de Ryan, un amiguito de la infancia, también había desertado y el otro, más personal, fue que ya a los 18 años de edad había padecido su segundo cáncer de la piel.

—La exposición al sol y la piel tan blanca son la causa —había dicho el doctor en Chihuahua.

¿Cómo podría un menonita trabajar sin exponerse al sol? Tal vez solo dejando de ser menonita.

 Una vez decidido, cayó en la cuenta de que su retirada no era como la de tantos otros. La mayoría de los menonitas que abandonaban los caminos tradicionales de su pueblo lo hacían con toda su familia. Él no. Dejaba atrás media docena de hermanas y otros tantos hermanos, a una madre hermosa y protectora y a un padre un tanto rígido, pero justo e inteligente, la persona más inteligente que había conocido en su vida. Casi no quería voltear atrás, sabía que si veía aquellos campos o a sus hermanas y hermanos yendo y viniendo, flaquearía en su decisión.

Se encontraba en aquel parador en la periferia de Ciudad Cuauhtémoc que ostentaba el letrero Stuben zu renten für Menoniten. Neidrege Preise (Cuartos de alquiler para menonitas. Precio barato.) De la ventana podía divisar los campos menonitas que ahora dejaba atrás. Sentía pues que ya lo había logrado

 —¡Ey, Menón! Es hora de irnos.

 Así lo apuraban los amigos que lo llevarían a Chihuahua y después quién sabe a dónde. Fue gracias a estos amigos que no le fue difícil encontrar un trabajo. No era la gran cosa: bajar mercancías, cajas de cebollas y tomates, de camiones que las traían al mercado. Los camiones entraban al interior de la gran bodega, así que no estaría expuesto al sol.

De cualquier manera, el ambiente, particularmente cuando el trabajo era intenso, era sofocante. Cornelius prefería quitarse la camiseta para efectuar su labor.

Un día apareció un sujeto con aspecto de fascineroso que, observándolo atentamente, le dijo:

—¡Me gustas güero!

—¡Párale ahí, no soy de esos!

—No se trata de eso. Te quiero ofrecer un trabajo. Vas a ganar más que aquí.

 Dejó lo que estaba haciendo para ver cuál era la oferta de aquel tipo. Valga decir que Cornelius no estaba acostumbrado a juzgar a la gente, fuera de la comunidad menonita, por su mera apariencia. Explicó el individuo aquel que tenía una empresa que llevaba funciones de boxeo a pueblos pequeños por todo el país. El punto que debería haber hecho que el menonita sospechara que había algo turbio en la propuesta era que:

—El público disfrutará horrores de ver a nuestro campeón derrotar a un güero fortachón como tú.

 Sin pensarlo mucho, se puso la camiseta y se dispuso a marcharse con su nuevo agente. Le pidió que lo esperara un momento para cobrar la semana y media que se le debía. Luego abordó el automóvil de su nuevo patrón, comentando:

—Este sí es un carro de a deveras.

—Ya lo verás güero. Al rato vas a traer uno igual. Y llámame Ricky.

 

Esa misma semana, en un pueblito perdido en el desierto, dentro de una bodega acondicionada como arena de box se oía:

—Pelearan diez raunds, en esta esquina Cornelio Gringo Smith. En esta otra el invicto campeón welter del norte: Chavalo Torres.

 El tal Chavalo era una imitación en miniatura de Cassius Clay, se movía como mariposa y aguijoneaba como avispa. Lucía un bien cuidado bigote. De sus elegantes movimientos surgían yabs que aterrizaban en la cara del Güero Smith, la cual pronto se llenó de moretones. También sangraba por la nariz. Tras el descanso, al comenzar el segundo asalto, el Gringo Smith se desplomó. El réferi contó los diez segundos reglamentarios y declaró la pelea terminada por nocaut. Para sorpresa de todos, en especial para Ricky, el público no aplaudió al Chavalo, sino que abucheó a los dos boxeadores. 

—¡Fraude! ¡Ni siquiera le pegó! ¡Devuélvanme mi dinero!

 En medio de la conmoción, Ricky, su ayudante, la muchacha que vendía los boletos, el anunciador, el réferi y el Chavalo habían desaparecido. Cornelius se quedó solo. Todavía sentado en uno de los banquillos que les ponen a los boxeadores para descansar entre dos asaltos se preguntaba ¿Qué hacer? Temía que, no pudiendo agredir a los que ya se habían fugado, los enfurecidos espectadores se le echaran encima a él. Pero no fue así.

De pronto se vio solo, luciendo los guantes y el pantaloncillo de boxeador. Vio una toalla que había quedado sobre la lona del improvisado cuadrilátero, la recogió y con ella se cubrió la espalda. La bodega devenida en arena boxística se encontraba ahora completamente vacía: estaba allí solo y su alma. Caminó lentamente todavía sangrando de la nariz hacia la entrada. No conocía ese pueblo, pero al salir miró calle abajo la torre de la iglesia. Hacia allá se dirigió. Por una puerta lateral probablemente de la sacristía se asomaba un hombre vestido de sotana que, viendo a Cornelius precariamente vestido o desvestido, más bien como boxeador lo llamó:

          —Parece que la pelea terminó mal —dijo extendiéndole la mano. Soy el padre Antonio.

—Yo soy Cornelius.

—¿Eres menonita?

—Sí, y tú eres mexicano y católico.

—En efecto, soy un sacerdote católico. Sabrás que Menno Simons también lo fue. 

—Así es. Veo que conoces la historia. Yo he dejado eso atrás.

—Para convertirte en un aporreado boxeador. Pero pasa, déjame ver si tengo  unos pantalones y una camisa para ti.

Cornelius se veía avergonzado de ir cubierto solamente con un pantaloncillo de boxeo y una toalla, de ser ofrecido la caridad de un cura católico, de haber sido tan ingenuo.

 El padre Antonio, notando lo decaído que se veía el muchacho menonita, quiso animarlo.

—Me cuentan que tus gentes tienen granjas y que han hecho florecer el desierto allá en Cuauhtémoc.

—Así es. La comunidad es muy productiva.

—Alguien me dijo cuál es el secreto de ese éxito.

—¿Cuál es? ¿Qué dice la gente?

—Que los menonitas plantan la tierra, pero no comen lo que cosechan, que es comida para animales. Con ella alimentan a los animales, pero tampoco se los comen, los usan para producir leche, la cual tampoco beben, sino que hacen queso y mantequilla con ella. Así que cuando venden el queso lo que costó la semilla que plantaron originalmente se ha centuplicado.

—En parte así es. Pero no menciona usted el intenso trabajo que todo eso implica. Y las muchas otras cosas que hacemos además de queso y mantequilla.

—Y es lo que te ha hecho a ti dejarlos.

—Otra vez en parte, así es.

—Por cierto, hablas muy bien el español.

—Casi todos los menonitas de mi generación —menos las mujeres— lo hacemos. En gran parte es consecuencia del trato comercial con los mexicanos.

—Ya se hizo tarde. Apuesto a que no has comido nada. Siéntate y comparte la cena de un humilde cura de aldea.

Aceptando con cierto resquemor, acertó a decir:

—Y usted, padre, ¿cómo es que vino a dar aquí? ¿castigado?

—Como tú dijiste antes: en parte así es. Pero soy muy feliz aquí. Qué se le va a hacer. Los caminos de Dios son misteriosos.

—Y ¿qué gana usted en ayudar a un menonita perdido?

—Jesús nos enseñó a ayudar a samaritanos y ayudó incluso a un centurión romano.

—¿Y usted trata de ser como Él?

—Tú lo has dicho, trato.

Durante la cena Cornelius compartió con su anfitrión su historia reciente, la que el padre escuchó con interés. Tal vez era como lo que oía en el confesionario: alguien que no estando conforme con lo que pasa en su vida emprende un camino incierto y expuesto a tropiezos y peligros.

—Veamos, el joven Cornelius necesita un lugar para pasar la noche. Puedes quedarte aquí en la sacristía. El camastro que ves ahí solo lo usa el sacristán cuando hay misa de gallo, o sea que está disponible ahora. Ya mañana veremos si te colocamos por ahí.

 

A la mañana siguiente, el padre Antonio llegó temprano a la sacristía. Cornelius ya estaba de pie. Llevaba el padre una bolsa con pan, un recipiente con huevos batidos y un termo con café caliente.

—Siéntate y desayunemos. Después te llevaré con don Julián, un buen amigo de la Iglesia. Él seguramente necesita ayuda en su tienda. Veremos si tiene algo para ti.

Algo sorprendido, pero confiando en la intuición del padre Antonio respecto a la calidad moral de Cornelius, don Julián lo aceptó como ayudante en la tienda. Cornelius, todavía abatido y confuso. solo pudo decir:

—Gracias.

Una vez puesto a trabajar, Cornelius impresionó tanto al padre Antonio como a don Julián. Parecía incansable.

Algunas cosas denunciaban el origen español del don Julián, por ejemplo contestaba el teléfono de la siguiente manera:

—Bueno, tendajón de abarrotes. 

Cornelius preguntaba por qué no decir tienda. En su castellano, aprendido en las calles y establecimientos comerciales de Ciudad Cuauhtémoc, la palabra tendajón no figuraba.

—Pues es que eso es algo más grande, como las de Chihuahua.

El padre Antonio continuó procurándolo. Se presentó un día a la hora de cenar llevando pan fresco y chocolate en un termo. 

—Veo que te has adaptado bien.

—Sí, padre. ¿Qué hay de nuevo?

—Algunas cosas. Oí en las noticias que aquel Ricky, del que me contaste, fue arrestado y parece que irá a la cárcel por un largo tiempo. Pensé en ti, pues creo que en estos casos buscan testigos y podrían localizarte y pedirte que testifiques. Y me temo que podría ser peor.

—¿Peor?

—Podrían acusarte de participar en el engaño.

Intervino entonces don Julián:

—Bueno, pero si esas peleas eran solo un show, como una obra de teatro.

—El problema es que el boxeo profesional, e incluso el de aficionados, está regulado por una comisión oficial. Ricky y sus secuaces no tenían las licencias y permisos correspondientes. Y súmale lo de las apuestas, también ilegales.

—¿Apuestas? —preguntó Cornelius.

—Aunque no lo creas, los que corrieron las apuestas te marcaban favorito sobre el tal Chavalo. 

Cornelius miró a su patrón con una expresión de incredulidad, como preguntando: "¿Y tú lo sabías?"

—Sí, de 2 a 1. Si la pelea no hubiera acabado como acabó, los que le fueron al Chavalo habrían hecho un buen parné.

Apenas ahora caía en la cuenta de que el cura y el tendero sabían de todo lo bueno y lo malo que ocurría en el pueblo. Con todo, los dos hombres no parecían inquietarse por la posibilidad de estar encubriendo a un delincuente, antes bien, parecían entusiasmados por ello. Cornelius intentaba descifrar su actitud para entender cuál era el riesgo que ellos y él mismo enfrentaban. 

—Si tengo que irme, lo haré sin dejar huella.

—Ahora sí hablas como todo un pillo —dijo el español.

—Calma, que aún no pasa nada y tal vez nada pasará —terció el sacerdote.

—De cualquier forma, no quiero causarles problemas. Ustedes me han ayudado mucho.

 

Momentos como este sirven para reflexionar. Aunque se esté conforme, contento, con lo que uno ha logado hasta ahora, o conforme y a gusto con la situación actual, un impulso, una cosquilla interna nos dice que debemos marcharnos, continuar el viaje. Los días trabajando en la tienda, además de restaurar su autoestima, le ayudaron a planear su siguiente paso. Debería buscar a su amigo Ryan y su familia, ellos habían dejado la comunidad menonita tradicional y seguramente, ya modernizados, tendrían una granja o ranchito en el norte del estado donde él podría trabajar. Había oído que los menonitas reformados plantaban algodón en aquellos lares. Ahí encontraría no solo a su amigo, sino también trabajo y apoyo.  

Y una mañana partió rumbo al norte.

Días después aparecieron por el pueblo unos hombres que dijeron ser agentes de la Policía Judicial. En la tienda don Julián les ofreció un vaso de horchata.

—¿Quién? El Gringo Smith. ¡Oh sí, el boxeador! Pues después de la pelea estuvo unos días aquí y entonces se marchó, dijo que iba al sur. Probablemente a la Ciudad de México. 

El padre Antonio también confirmó que el muchacho se había ido con rumbo desconocido.

—Ya caerá —dijo un tal Zapata, teniente Zapata, sin inmutarse.

Con un "Dios lo proteja" en su mente, concluyó el sacerdote mirando a los agentes retirarse frustrados, sin la presa anglosajona que esperaban cobrar en aquel remoto lugar.

 

Meses después, cuando no lo esperaban, recibió el padre Antonio una tarjeta postal dirigida a él y a don Julián. En ella se leía:

Queridos amigos: Me agarraron pero pronto me soltaron. Sigo con la familia de mi amigo. Me acaban de quemar otro cáncer en la cara, es mi tercero. Pero estoy bien, contento y agradecido con ustedes. Pienso visitarlos algún día.

Cornelius.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario