Cornelius
Por Fructuoso Irigoyen Rascón
Encima de la silla se
quedaban aquellos pantalones de mezclilla con pechera. Pareciera que eran los
mismos que había vestido desde los nueve años, pero eso no era posible. Lo que
pasaba era que conforme a que él iba creciendo, sus padres remplazaban sus
pantalones por otros idénticos, pero más grandes. Lo mismo pudiéramos decir de
su camisa de cuadros. Se miró en el espejo y reflexionó que eso era nuevo
también, en la casa en que creció no se admitían los espejos.
Le gustó lo que vió,
su nuevo atuendo comprado en una tienda de ropa vaquera de Ciudad Cuauhtémoc.
Era el de un cowboy, o, si se prefiere, el de un campesino mexicano de clase
media. Lo único que conservaba del vestido típico de sus congéneres menonitas
era el sombrero y los botines. Por supuesto no podía cambiar sus ojos azules y
su cabello rubio.
Su nuevo vestuario
denunciaba su plan de dejar la comunidad de sus mayores y todo lo que eso
implicaba. No podía decir que su cambio se debía a las dos o tres escapadas que
con su amigo David se había dado del campo menonita a Cuauhtémoc con el
propósito de pecar, es decir, de beber cerveza. Había algo más. Tampoco
era el haberse topado con aquella familia de renegados y ver su enorme y
nuevecita camioneta de doble cabina, y saber que su comuna nunca aprobaría
tener y usar una de esas.
Claro es que esos
encuentros con la cultura mexicana circundante tuvieron que ver con su
decisión, pero algo dentro de la sociedad menonita en la que había nacido y
crecido ya no lo retenía, y es más, como que lo compelía a abandonarla. En un
momento se sintió como el pájaro que emprende el vuelo dejando atrás el nido.
Tal vez de lo que era más difícil de separarse era de la religión. Seguiría
pues defendiendo que el bautismo debe darse a los adultos y no a los recién
nacidos. Su nombre, Cornelius, el cual celebraba el de patriarcas y notables
menonitas, había sido cambiado por sus amigos mexicanos a Cornelio.
Pero tal vez los
dos hechos que más habían influido en él para dar el paso fueran que la familia
de Ryan, un amiguito de la infancia, también había desertado y el otro, más
personal, fue que ya a los 18 años de edad había padecido su segundo cáncer de
la piel.
—La exposición al sol
y la piel tan blanca son la causa —había dicho el doctor en Chihuahua.
¿Cómo podría un
menonita trabajar sin exponerse al sol? Tal vez solo dejando de ser menonita.
Una vez
decidido, cayó en la cuenta de que su retirada no era como la de tantos otros.
La mayoría de los menonitas que abandonaban los caminos tradicionales de su
pueblo lo hacían con toda su familia. Él no. Dejaba atrás media docena de
hermanas y otros tantos hermanos, a una madre hermosa y protectora y a un padre
un tanto rígido, pero justo e inteligente, la persona más inteligente que había
conocido en su vida. Casi no quería voltear atrás, sabía que si veía aquellos
campos o a sus hermanas y hermanos yendo y viniendo, flaquearía en su decisión.
Se encontraba en aquel
parador en la periferia de Ciudad Cuauhtémoc que ostentaba el letrero Stuben
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menonitas. Precio barato.) De la ventana podía divisar los campos menonitas
que ahora dejaba atrás. Sentía pues que ya lo había logrado
—¡Ey, Menón! Es
hora de irnos.
Así lo apuraban
los amigos que lo llevarían a Chihuahua y después quién sabe a dónde. Fue
gracias a estos amigos que no le fue difícil encontrar un trabajo. No era la
gran cosa: bajar mercancías, cajas de cebollas y tomates, de camiones que las
traían al mercado. Los camiones entraban al interior de la gran bodega, así que
no estaría expuesto al sol.
De cualquier manera,
el ambiente, particularmente cuando el trabajo era intenso, era sofocante.
Cornelius prefería quitarse la camiseta para efectuar su labor.
Un día apareció un
sujeto con aspecto de fascineroso que, observándolo atentamente, le dijo:
—¡Me gustas güero!
—¡Párale ahí, no soy
de esos!
—No se trata de eso.
Te quiero ofrecer un trabajo. Vas a ganar más que aquí.
Dejó lo que
estaba haciendo para ver cuál era la oferta de aquel tipo. Valga decir que
Cornelius no estaba acostumbrado a juzgar a la gente, fuera de la
comunidad menonita, por su mera apariencia. Explicó el individuo aquel que
tenía una empresa que llevaba funciones de boxeo a pueblos pequeños por todo el
país. El punto que debería haber hecho que el menonita sospechara que había
algo turbio en la propuesta era que:
—El público disfrutará
horrores de ver a nuestro campeón derrotar a un güero fortachón como tú.
Sin pensarlo
mucho, se puso la camiseta y se dispuso a marcharse con su nuevo agente. Le
pidió que lo esperara un momento para cobrar la semana y media que se le debía.
Luego abordó el automóvil de su nuevo patrón, comentando:
—Este sí es un carro
de a deveras.
—Ya lo verás güero. Al
rato vas a traer uno igual. Y llámame Ricky.
Esa misma semana, en
un pueblito perdido en el desierto, dentro de una bodega acondicionada como
arena de box se oía:
—Pelearan diez raunds,
en esta esquina Cornelio Gringo Smith. En esta otra el invicto campeón welter
del norte: Chavalo Torres.
El tal Chavalo era
una imitación en miniatura de Cassius Clay, se movía como mariposa y
aguijoneaba como avispa. Lucía un bien cuidado bigote. De sus elegantes
movimientos surgían yabs que aterrizaban en la cara del Güero Smith, la
cual pronto se llenó de moretones. También sangraba por la nariz. Tras el
descanso, al comenzar el segundo asalto, el Gringo Smith se desplomó. El réferi
contó los diez segundos reglamentarios y declaró la pelea terminada por nocaut.
Para sorpresa de todos, en especial para Ricky, el público no aplaudió al
Chavalo, sino que abucheó a los dos boxeadores.
—¡Fraude! ¡Ni siquiera
le pegó! ¡Devuélvanme mi dinero!
En medio de la
conmoción, Ricky, su ayudante, la muchacha que vendía los boletos, el
anunciador, el réferi y el Chavalo habían desaparecido. Cornelius se quedó
solo. Todavía sentado en uno de los banquillos que les ponen a los boxeadores
para descansar entre dos asaltos se preguntaba ¿Qué hacer? Temía que, no
pudiendo agredir a los que ya se habían fugado, los enfurecidos espectadores se
le echaran encima a él. Pero no fue así.
De pronto se vio solo,
luciendo los guantes y el pantaloncillo de boxeador. Vio una toalla que había
quedado sobre la lona del improvisado cuadrilátero, la recogió y con ella se
cubrió la espalda. La bodega devenida en arena boxística se encontraba ahora
completamente vacía: estaba allí solo y su alma. Caminó lentamente ‒todavía sangrando de la nariz‒ hacia la entrada. No conocía ese pueblo,
pero al salir miró calle abajo la torre de la iglesia. Hacia allá se dirigió.
Por una puerta lateral ‒probablemente de la sacristía‒ se asomaba un hombre vestido de sotana
que, viendo a Cornelius precariamente vestido ‒o desvestido, más bien‒ como boxeador lo llamó:
—Parece que la pelea terminó mal —dijo extendiéndole la mano. Soy el padre
Antonio.
—Yo soy Cornelius.
—¿Eres menonita?
—Sí, y tú eres
mexicano y católico.
—En efecto, soy un
sacerdote católico. Sabrás que Menno Simons también lo fue.
—Así es. Veo que
conoces la historia. Yo he dejado eso atrás.
—Para convertirte en
un aporreado boxeador. Pero pasa, déjame ver si tengo unos pantalones y
una camisa para ti.
Cornelius se veía
avergonzado de ir cubierto solamente con un pantaloncillo de boxeo y una
toalla, de ser ofrecido la caridad de un cura católico, de haber sido tan
ingenuo.
El padre Antonio,
notando lo decaído que se veía el muchacho menonita, quiso animarlo.
—Me cuentan que tus
gentes tienen granjas y que han hecho florecer el desierto allá en Cuauhtémoc.
—Así es. La comunidad
es muy productiva.
—Alguien me dijo cuál
es el secreto de ese éxito.
—¿Cuál es? ¿Qué dice
la gente?
—Que los menonitas
plantan la tierra, pero no comen lo que cosechan, que es comida para animales. Con
ella alimentan a los animales, pero tampoco se los comen, los usan para
producir leche, la cual tampoco beben, sino que hacen queso y mantequilla con
ella. Así que cuando venden el queso lo que costó la semilla que plantaron
originalmente se ha centuplicado.
—En parte así es.
Pero no menciona usted el intenso trabajo que todo eso implica. Y las
muchas otras cosas que hacemos además de queso y mantequilla.
—Y es lo que te ha
hecho a ti dejarlos.
—Otra vez en parte,
así es.
—Por cierto, hablas
muy bien el español.
—Casi todos los
menonitas de mi generación —menos las mujeres— lo hacemos. En gran parte es
consecuencia del trato comercial con los mexicanos.
—Ya se hizo tarde.
Apuesto a que no has comido nada. Siéntate y comparte la cena de un humilde
cura de aldea.
Aceptando con cierto
resquemor, acertó a decir:
—Y usted, padre, ¿cómo
es que vino a dar aquí? ¿castigado?
—Como tú dijiste
antes: en parte así es. Pero soy muy feliz aquí. Qué se le va a hacer. Los
caminos de Dios son misteriosos.
—Y ¿qué gana usted en
ayudar a un menonita perdido?
—Jesús nos enseñó a
ayudar a samaritanos y ayudó incluso a un centurión romano.
—¿Y usted trata de ser
como Él?
—Tú lo has dicho,
trato.
Durante la cena
Cornelius compartió con su anfitrión su historia reciente, la que el padre
escuchó con interés. Tal vez era como lo que oía en el confesionario: alguien
que no estando conforme con lo que pasa en su vida emprende un camino incierto
y expuesto a tropiezos y peligros.
—Veamos, el joven
Cornelius necesita un lugar para pasar la noche. Puedes quedarte aquí en la
sacristía. El camastro que ves ahí solo lo usa el sacristán cuando hay misa de
gallo, o sea que está disponible ahora. Ya mañana veremos si te colocamos por
ahí.
A la mañana siguiente,
el padre Antonio llegó temprano a la sacristía. Cornelius ya estaba de pie.
Llevaba el padre una bolsa con pan, un recipiente con huevos batidos y un termo
con café caliente.
—Siéntate y
desayunemos. Después te llevaré con don Julián, un buen amigo de la Iglesia. Él
seguramente necesita ayuda en su tienda. Veremos si tiene algo para ti.
Algo sorprendido, pero
confiando en la intuición del padre Antonio respecto a la calidad moral de
Cornelius, don Julián lo aceptó como ayudante en la tienda. Cornelius,
todavía abatido y confuso. solo pudo decir:
—Gracias.
Una vez puesto a
trabajar, Cornelius impresionó tanto al padre Antonio como a don Julián.
Parecía incansable.
Algunas cosas
denunciaban el origen español del don Julián, por ejemplo contestaba el
teléfono de la siguiente manera:
—Bueno, tendajón de
abarrotes.
Cornelius preguntaba
por qué no decir tienda. En su castellano, aprendido en las calles y
establecimientos comerciales de Ciudad Cuauhtémoc, la palabra tendajón no
figuraba.
—Pues es que eso es
algo más grande, como las de Chihuahua.
El padre Antonio
continuó procurándolo. Se presentó un día a la hora de cenar llevando pan
fresco y chocolate en un termo.
—Veo que te has
adaptado bien.
—Sí, padre. ¿Qué hay
de nuevo?
—Algunas cosas. Oí en
las noticias que aquel Ricky, del que me contaste, fue arrestado y parece que
irá a la cárcel por un largo tiempo. Pensé en ti, pues creo que en estos casos
buscan testigos y podrían localizarte y pedirte que testifiques. Y me temo que
podría ser peor.
—¿Peor?
—Podrían acusarte de
participar en el engaño.
Intervino entonces don
Julián:
—Bueno, pero si esas
peleas eran solo un show, como una obra de teatro.
—El problema es que el
boxeo profesional, e incluso el de aficionados, está regulado por una comisión
oficial. Ricky y sus secuaces no tenían las licencias y permisos
correspondientes. Y súmale lo de las apuestas, también ilegales.
—¿Apuestas? —preguntó
Cornelius.
—Aunque no lo creas,
los que corrieron las apuestas te marcaban favorito sobre el tal Chavalo.
Cornelius miró a su
patrón con una expresión de incredulidad, como preguntando: "¿Y tú lo
sabías?"
—Sí, de 2 a 1. Si la
pelea no hubiera acabado como acabó, los que le fueron al Chavalo habrían hecho
un buen parné.
Apenas ahora caía en
la cuenta de que el cura y el tendero sabían de todo lo bueno y lo malo que
ocurría en el pueblo. Con todo, los dos hombres no parecían inquietarse por la
posibilidad de estar encubriendo a un delincuente, antes bien, parecían
entusiasmados por ello. Cornelius intentaba descifrar su actitud para entender
cuál era el riesgo que ellos y él mismo enfrentaban.
—Si tengo que irme, lo
haré sin dejar huella.
—Ahora sí hablas como
todo un pillo —dijo el español.
—Calma, que aún no
pasa nada y tal vez nada pasará —terció el sacerdote.
—De cualquier forma,
no quiero causarles problemas. Ustedes me han ayudado mucho.
Momentos como este
sirven para reflexionar. Aunque se esté conforme, contento, con lo que uno ha
logado hasta ahora, o conforme y a gusto con la situación actual, un impulso,
una cosquilla interna nos dice que debemos marcharnos, continuar el viaje. Los
días trabajando en la tienda, además de restaurar su autoestima, le ayudaron a
planear su siguiente paso. Debería buscar a su amigo Ryan y su familia, ellos
habían dejado la comunidad menonita tradicional y seguramente, ya modernizados,
tendrían una granja o ranchito en el norte del estado donde él podría trabajar.
Había oído que los menonitas reformados plantaban algodón en aquellos lares.
Ahí encontraría no solo a su amigo, sino también trabajo y apoyo.
Y una mañana partió
rumbo al norte.
Días después
aparecieron por el pueblo unos hombres que dijeron ser agentes de la Policía
Judicial. En la tienda don Julián les ofreció un vaso de horchata.
—¿Quién? El Gringo Smith.
¡Oh sí, el boxeador! Pues después de la pelea estuvo unos días aquí y entonces
se marchó, dijo que iba al sur. Probablemente a la Ciudad de México.
El padre Antonio
también confirmó que el muchacho se había ido con rumbo desconocido.
—Ya caerá —dijo un tal
Zapata, teniente Zapata, sin inmutarse.
Con un "Dios lo
proteja" en su mente, concluyó el sacerdote mirando a los agentes
retirarse frustrados, sin la presa anglosajona que esperaban cobrar en aquel
remoto lugar.
Meses después, cuando
no lo esperaban, recibió el padre Antonio una tarjeta postal dirigida a él y a
don Julián. En ella se leía:
Queridos amigos: Me
agarraron pero pronto me soltaron. Sigo con la familia de mi amigo. Me acaban
de quemar otro cáncer en la cara, es mi tercero. Pero estoy bien, contento y
agradecido con ustedes. Pienso visitarlos algún día.
Cornelius.
Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.
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