La columna de Bety
Jugando ajedrez en un cuarto
de hotel
Por Beatriz Aldana
Aquí voy. Este diciembre, y
no solo este, todos los diciembres son el mes que me quita la venda de los ojos.
¿Por qué lo digo? Porque es cuando me percato de lo que soy y de lo que
significo para cada una de las personas con las cuales comparto amistad, amor,
compañía.
Sin tristeza ni lamentos ni
decepciones lo digo. A cada una de ellas la coloqué en mi tablero de ajedrez y,
en lugar de ponerles el nombre de cada pieza como serían el alfil, el caballo,
la torre, el rey, o la reina, les puse los nombres de cada personita
significativa en mi existencia. Significativa para mí, porque sin duda alguna,
y por la actitud que asumieron cada una en este mes supuestamente más espiritual
del año, es cuando cada una de ellas me mostró lo que verdaderamente significo
en sus vidas.
Creo yo, y lo constato, esto
no solo me sucede a mí. De acuerdo a las estadísticas que se manejan, esta
temporada es cuando ocurren más suicidios y estados depresivos en la población.
No quisiera entrar en detalles por cada una de las amistades y familiares mías,
sería un tanto ocioso, pero lo que sí puedo y me permito expresar es que me
queda claro que lo mío es absolutamente unilateral, o sea, es solo por parte
mía, porque al ser supuestamente el mes de la unión, me quedó perfectamente
claro que de ninguna manera hay unión con respecto a mi persona, pues para mi
mala suerte tuve que enterarme de varios eventos para celebrar Navidad, que no
es lo mismo que Nochebuena, en los cuales fui totalmente excluida.
Me refiero a donde, equívocamente,
pensaba yo tener cierto lugar.
Así que, en vista de esa
situación, y para evitar esa lamentable sensación de soledad que duele
muchísimo más por la importancia que a todos niveles se les concede a las
fechas decembrinas, opté por adquirir una botella de vino rosado, una cajetilla
de cigarrillos Pall Mall, y renté una habitación en un motel citadino. El señor
de la caseta se mostró un poco sorprendido porque iba yo sola, tal vez pensaría
que iba yo con intenciones de atentar contra mi vida. Por supuesto que no. Lo
único que quería yo era no estar en mi casa contemplando sillas, camas y
sillones vacíos. Tampoco quería ir a algún bar, restaurant o café donde miraría
personas acompañadas, ¡no!
Solo quería estar conmigo
misma para meditar profundamente en el lugar que les voy a conceder y colocar a
cada una de las personas supuestamente allegadas a mí y que me demostraron sin
cortapisas el lugar que yo ocupo verdaderamente en sus vidas. Llegué a la
conclusión de que ni siquiera ocupo un lugar, es como si fuesen esos lugares
que se ocupan mientras hay una vacante temporal, para solo ocuparlo mientras
llega alguien para permanecer en el permanentemente.
Volviendo a mi estadía en la
habitación del motel. Ante la preocupación del señor de la caseta, optó por
hacerme una llamada telefónica al cuarto para preguntarme si yo estaba bien. Eso
ocurrió más o menos a las 4:30 a.m. Entonces tomé la decisión de abandonar el motel
y, muy tranquila conmigo misma, al haber tenido esa profunda introspección, y,
sobre todo con la certeza de haber podido poner a cada quien en los cuadritos
blancos y negros del tablero de ajedrez.
Por supuesto, sin prever todavía
cuando haré el jaque mate final.
Beatriz Aldana es contadora y siempre ha trabajado en la industria y en corporativos comerciales. Gran lectora, escribe y produce crónicas de video en sus dos blogs de Facebook, además de La columna de Bety en Estilo Mápula.
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