sábado, 27 de octubre de 2018

Una cascada de relatos, presentación del libro 366 días en la historia de Jiménez. Jesús Chávez Marín


Una cascada de relatos, presentación del libro 366 días en la historia de Jiménez


Por Jesús Chávez Marín


Es honor para mí que Salvador Mendoza Rede, cronista de ciudad Jiménez, me haya invitado como presentador de su libro múltiple 366 días en la historia de Jiménez, porque desde principios de este siglo he tenido el privilegio de su amistad, que ha sido gratificante en la convivencia con su refinada educación.
Durante 18 meses trabajamos juntos todos los sábados en la Casa de Cultura de ciudad Jiménez en un taller literario que duraba toda la tarde y fue a la vez lugar de trabajo como también de conversaciones y de tertulia cultural. Desde el primer día fui lector de los textos de historia que él escribía constantemente, siempre muy bien documentados y con excelente redacción. De esa manera fui conociendo de primera mano el relato de muchos episodios de nuestra vasta región. 
Aunque la profesión de nuestro autor es la médico y especialista en cirugía, él nos platicaba que desde los ocho años su padre le enseñó a amar la memoria histórica de nuestra tierra y así como otros coleccionan joyas o automóviles, él desde siempre fue un gran coleccionista de información, relatos, mapas, leyendas. El libro que hoy se presenta, a pesar de ser un volumen de 536 páginas, es solo una mínima muestra del caudal de historias que Salvador Mendoza Rede ha reunido en su recuerdo y en sus extensos archivos documentales.
La materia prima del libro es una colección de artículos que el doctor Mendoza Rede publicó en su columna del periódico El Sol de Parral desde 2010 a la fecha, literalmente de lunes a domingo: el formato de cada artículo son las efemérides del día en una especie de espiral cuyo centro es la historia de la ciudad de Jiménez y luego sus múltiples contextos en el espacio y en el tiempo: el estado de Chihuahua, la república, el continente y todas las naciones donde hubiera sucedido ese día exacto algún suceso significativo para el alma plural de los pueblos.
El libro tiene una estructura sencilla y muy práctica.
En la primera parte viene un prefacio de dos páginas donde el autor explica la conformación y el origen de su libro y también nombra con generosidad sus fuentes y las personas que antes escribieron algunos de los libros que después cita en la obra.
En la segunda parte viene una línea del tiempo en un pliego de cinco hojas que se extiende y cuyo tema es la cronología de Jiménez 1643-2002.
En la tercera parte contiene lo que es ya la materia prima del libro, las efemérides, donde los capítulos se llaman como cada día señalado; de esa manera el primer capítulo se llama enero 1 y el último diciembre 31, con la leyenda “un día como hoy pero en:”. Cada uno de los subcapítulos se titulará con el año de la fecha señalada: 1573, 1861, 1935, 1994. Son distintas historias labradas con un estilo desarrollado con asombrosa capacidad de síntesis y una clara y sencilla redacción.
Aquí va la transcripción de una de esas historias que viene al inicio: Un día como hoy pero en: enero 1. 1824:
Bajo la gestión de don José María Cordero, presidente del Ayuntamiento de Jiménez, se inicia la construcción de las casas consistoriales, (presidencia municipal), en un solar ubicado frente a la plaza principal. El capitán Narciso Díaz Bustamante, dueño del terreno y de la Hacienda de la Ramada, reclama y el Congreso del Estado detiene la construcción, pero luego de llegar a un acuerdo y finalmente a una indemnización, se prosigue la obra. (Almada, s.f. resumen geográfico del municipio de Jiménez, p.25).
La tercera parte del libro es un índice onomástico a la cual el autor llama “parte alfabética”. Esta sección es útil tanto para los investigadores que consulten la obra como para los lectores que quieran dar continuidad a los hechos de algún personaje que le interese, ya sea por su leyenda, su carácter simbólico o sus acciones como personajes públicos.
Por ejemplo en el caso de la nota que transcribimos, el personaje José María Cordero puede buscarse en la página 515 con su respectiva nomenclatura y así ver que el 25 de enero, el 29 de julio y el 17 de noviembre de algún año aparece de nuevo en la historia, que este libro registra.
En la quinta parte de 366 días en la historia de Jiménez viene la bibliografía, que como en todos los libros de historia son en sí misma un recurso ofrecido al lector. Una de los discretos aspectos de este libro es la honestidad intelectual con la que el autor refiere cada una de sus fuentes y el respeto que les guarda a los autores que le precedieron en el estudio de los temas como parte él mismo de una tradición de la historiografía mexicana. El dicho famoso de que todo lo sabemos entre todos se refleja en la lectura de esta obra.
Como se dijo al principio, el centro de donde parte en círculos concéntricos este mar de historias es la ciudad de Jiménez, y su ubicación en tiempo y  latitud.
De esa forma aparece que el 1 de enero:
―de 1888 inició en Jiménez la oficina de registro público de la propiedad;
―de 1912 tomó posesión como presidente de Jiménez Filomeno Cano de los Ríos;
―de 1917 entabla combate en Jiménez Francisco Villa con Francisco Murguía.
Entre las leyendas de Jorge Luis Borges se cuenta que al ilustre escritor argentino le gustaba leer enciclopedias completas desde la A hasta la Z. Estoy seguro que habrá muchas personas que habrán de leer este libro de Salvador Mendoza Rede sin saltearse ni la más mínima de las efemérides registradas, donde lo mismo aparece una compilación de citas, infinidad de resúmenes de textos más extensos y, por supuesto, muchos textos originales escritos por el autor, primero para su columna periodística y después, corregidos y aumentados, para este libro.
No puedo dejar pasar la ocasión de comentar algunos de los temas que más me interesaron, sabiendo que cada lector tendrá sus propias preferencias.
Siguiendo con la historia de Jiménez, encontré que el 4 de enero de 1753 se funda la ciudad por el capitán Bernardo Antonio Bustamante y Tagle, quien enarboló el estandarte real con la imagen de Santa María de las Caldas en el Real del valle de Huejoquilla;
―el 3 de enero de  1972 se informa en Jiménez del proyecto del nuevo Estadio Municipal;
―el 5 de enero de 1948 se inicia la escuela secundaria Miguel A. López;
―el 8 de enero de 1840 el subprefecto de Jiménez informa que se ha aprobado el proyecto del supremo gobierno de hacer la guerra a los apaches, por medio de Santiago Kirker;
―el 11 de enero de 1855 el alcalde de la villa de Huejuquilla (Jiménez) avisa al público que el preceptor de primeras letras Francisco H. de Santillana ha recibido la escuela de la villa y se obliga a enseñarles a los niños lectura, doctrina cristiana, caligrafía, obligaciones civiles, reglas de urbanidad y aritmética.
―el 13 de enero de 1834 el jefe político de Jiménez informa a la secretaría de gobierno la necesidad de municiones para abastecer los 25 fusiles con los que se cuenta, a fin de defender de los bárbaros las fronteras.
―el 16 de enero de 1907 el ayuntamiento de Jiménez propone para el 25 de marzo la inauguración del primer tramo de la calzada luego de que se reciban las primeras bancas de fierro;
―el 18 de enero de 1921 el señor José Chow, comerciante de la estación de los ferrocarriles de la ciudad de Jiménez solicita autorización del ayuntamiento para instalar una línea telefónica de su casa a la estación para su exclusivo servicio. El municipio acepta un año después, con la condición de que cuando no funcione el teléfono del municipio puede usar el de su casa para asuntos oficiales sin cobro alguno;
―el 19 de enero de 1843 una partida de apaches invade el territorio de Jiménez el capitán Dionisio Morales con 24 hombres les hace frente y son derrotados en Agua Escondida;
―el 25 de enero de 1893 el jefe político de Jiménez Salvador L. Mayén informa al gobernador Miguel Ahumada que emprendió la plantación de Álamos en la calzada que une a la población con la estación de ferrocarril.
―el 25 de enero de 1921 en ciudad Jiménez se acuerda prohibir la costumbre de pescar en el río usando dinamita;
―el 31 de enero de 1924 entran a Jiménez tropas villistas levantadas en armas por Hipólito Villa y el general Manuel Chao.
Esta obra escrita con la pulcritud de investigador y el talento literario de Salvador Mendoza Rede tiene muchas variantes de lectura, lo mismo en el orden cronológico que en el entrecruzamiento de las historias dónde cada vértice puede hallarse en el índice onomástico. Por esta y muchas razones, tener en la biblioteca personal y en las bibliotecas públicas un libro como este será un gran recurso de consulta y de lectura.

Octubre 2018

martes, 23 de octubre de 2018

Raúl Sánchez Trillo. A propósito de Teatro del olvido

A propósito de Teatro del olvido

Por Raúl Sánchez Trillo

Conocí a Remigio Córdova en los pasillos de la desaparecida Escuela Preparatoria de la Universidad Autónoma de Chihuahua, en 1967. Era entonces un boxeador nada ortodoxo que fumaba Raleigh. Debo decir, sin embargo, que nunca me unió con él una gran amistad. Era para mí, al igual que para un millar de preparatorianos, un conocido que una vez colgó los guantes de box para ponerse a hacer teatro, teatro a veces incomprensible porque rebasaba nuestro bagaje teórico, compuesto por aquel entonces por la lectura de dos novelas (La vida inútil de Pito Pérez, de José Rubén Romero, y La madre, de Gorki) y por la politización que Vadillo, caricaturista de la revista Siempre!, nos había inducido.
Era un conocido como éramos todos los prepos que nos saludábamos en las mañanas en medio del desorden estudiantil, desmadre a veces clandestino y otras abierto y desafiante a la vigilancia ejercida por El pinocho y La perica, secretario y celadora respectivamente de aquella escuela y clásicos represores de la rebeldía juvenil. Remigio era un cuate más, identificable en los cines entre los grupos preparatorianos, allá cuando James Bond tenía licencia para matar y para hacer el amor con todas las viejas que quisiera.
No me tocó, pues, ser un gran amigo de Remigio. Fui, eso sí, un espectador de su obra y de las que otros compañeros creaban o recreaban tratando de aluzar la conciencia de una época contestataria tan lejana hoy como los pantalones de campana, la minifalda de Leticia Valdez –reina de la Prepa–, cuyas blancas piernas incitaron más de una a su salud. Quizá por todas esas cosas me dolió la muerte de Remigio como debió dolerle a sus mejores amigos.
El día que lo despedimos las ganas de llorar me impidieron seguir en aquella ceremonia donde Héctor Varela le dedicaba unas últimas palabras. Decíamos adiós en el panteón de Dolores, uno de los lugares de las andanzas fotográficas del Remigio, a uno de los exponentes más consecuentes de una generación que hubo de cuestionarlo todo.

Como bien dice Rubén Mejía en el texto que sirve de presentación al libro de fotografías Teatro del olvido (Ediciones del Azar, 1992), esa generación tuvo como antecedentes políticos el asalto al cuartel de ciudad Madera, Chihuahua, en 1965, y las acciones de la guerrilla urbana en los años setenta. Pero si bien aires latinoamericanistas se respiraban entonces y la revolución cubana y el Che fueron las imágenes ideológicas, no deberíamos menospreciar la influencia de la juventud norteamericana que, con el movimiento hippie y la cultura de la droga, también alimentó la protesta juvenil y, más aún, a las vanguardias artísticas de finales de los sesenta, pues como apunta Marcuse: “La droga, al revolucionar la percepción, contribuye poderosamente a la creación de un nuevo ambiente estético. Disuelve el yo que la sociedad ha labrado a su imagen”.

El mérito de Remigio como hacedor de teatro fue que sus obras tendieron hacia el tratamiento de una problemática más universal, y en este sentido aportó a la conciencia colectiva de la protesta la conciencia de la angustia existencial. En aquella época no era motor suficiente para movilizar a una juventud el análisis teórico de la izquierda que caracterizaba la coyuntura como una crisis de la ideología de la revolución mexicana o una crisis del régimen presidencialista. El malestar era mucho más profundo y Remigio lo reflejó con su teatro a través del cual cuestionó los valores decadentes de la moral, la justicia, la familia, la religión, el amor. Por esto Mejía acierta también cuando escribe: “Podríamos pensar, acaso, en Ignacio Rodríguez y en Remigio Córdova, no obstante sus caminos marcadamente opuestos, como dos personalidades paralelas y congruentes con el espíritu de una generación que delineó y muchas veces transgredió la vida del Chihuahua de los setenta”. Yo agregaría que marcadamente opuestas a pesar de su congruencia, en buena parte porque en Chihuahua la izquierda no pudo integrar plenamente a todas las tendencias de la “herejía”, bien por falta de visión, por dogmatismo o conservadurismo, este último a veces más acendrado que en la misma derecha, como lo hemos visto ante la sola mención de la posibilidad de legalizar la droga en nuestro país.
Pero no obstante este antinatural repelencia que lleva a las vanguardias artísticas y políticas a bifurcarse, como en el cuento de los senderos de Borges, estas se dieron la mano en aquel entonces, unas veces de manera directa y otras a través de la juventud que ambas influyeron.

Ya hemos dicho que Remigio fue uno de los miembros más consecuentes. Y por ello no creo que le haya sobrado pasión y le haya faltado obra, porque congruente con la época, la obra es lo de menos, lo que importa es el acto creativo. Y en este sentido la juventud de fines de los sesenta hacía arte más para manifestarse en el momento que para dejar testimonios para la posteridad. Si, antiautoritarios, condenaron a los héroes y su papel histórico, por qué no habrían de condenar también al gran artista, al creador genial. Si el Estado y la propiedad privada son una manifestación de la autoridad opresiva, por qué la obra maestra no habría de equivaler a lo mismo en el terreno del arte. Creo que la vanguardia artística de aquel tiempo declaró, con sus actitudes, la muerte de la obra maestra y apostó en favor de un arte en situación, espontáneo, en función del momento. A ello se debe el aparente descuido de Remigio en su obra fotográfica, su desdén por las técnicas perfectas entre comillas, la dispersión de sus poemas en los diarios, la autodenominación misma de su dramaturgia como Teatro del olvido, que paradójicamente se recuerda de mil maneras por todos aquellos que fuimos sus espectadores, al igual que hay mil versiones de una sola batalla del movimiento estudiantil de los setenta contra la policía del Estado.

(Esta crónica de Raúl Sánchez Trillo es parte de su libro Notas anárquicas, inédito).





Raúl Sánchez Trillo estudió maestría en artes visuales en la ENAP/UNAM. Escribe crónicas y es profesional de la fotografía de arte. Fue director de la Facultad de Artes. También director de Extensión y Difusión Cultural y actualmente secretario general de la Universidad Autónoma de Chihuahua.

lunes, 22 de octubre de 2018

Heriberto Ramírez Luján. Su cuento El paletero

El paletero

Por Heriberto Ramírez Luján

Jugábamos en la parte de atrás de la capilla, cuando oímos una voz que llamaba.
—Niños vengan, ayúdenme.
Cuando acudimos al llamado vimos a un paletero con su carrito queriendo subir la pendiente del arroyo para llegar a El Tecolote. La entrada al pueblo era por el viejo camino entre dos lomas, a un lado estaba la capilla y del otro el camposanto. El sudoroso paletero empujaba con cara de cansancio su carrito, enmedio de un caluroso día de verano musicalizado con el pertinaz zumbido de las chicharras.
Había hecho un largo recorrido por un camino de tierra, salvando tramos arenosos a base de empujar duro, con eventuales avances de aventón en alguna troca. Era, de cualquier manera, una figura inusual y sorpresiva en aquellos desolados lugares.
Conseguimos un mecate y lo jalamos pendiente arriba. Al llegar nos ofreció media paleta a cambio de un huevo. Una paleta rica y fría en pleno sol era de lo más atractivo, así que corrimos en busca de nidales de gallina entre los mezquites para saborear las delicias de una paleta fría; en un entorno abrasador era como tocar las puertas el cielo.

(Este cuento de Heriberto Ramírez Luján es parte de su libro Relatos en celular, inédito).








Heriberto Ramírez filósofo mexicano redacta la lógica con precisión de cirujano. En sus ensayos y libros de filosofía y también en sus textos literarios. Sobrio y elegante profesor, el estoicismo es divisa de su estética. Y de su gran estilo.

lunes, 15 de octubre de 2018

Raúl Sánchez Trillo. La protesta permanente

La protesta permanente

Por Raúl Sánchez Trillo

En los Doce cuentos peregrinos, de Gabriel García Márquez, María dos Prazeres es una prostituta brasileña en espera de la muerte que desea reposar cerca de la tumba de Buenaventura Durruti, en el panteón de Montjuich de Barcelona. Allí descansa el anarquista español junto a otros dos dirigentes de la Guerra Civil, bajo unas lápidas sin nombre en las que todas las noches –cuenta GGM– alguien escribía los nombres con lápiz, con pintura o materiales como esmalte para uñas, con todas sus letras y en el orden correcto pero, en un cuento de nunca acabar, por las mañanas los celadores las borraban para que nadie supiera quién era quién.
La anécdota del sepulcro de Durruti es para García Márquez un retazo de realidad susceptible de ser empleado en su literatura. Pero la realidad, como siempre, supera a la ficción por más realista mágica que sea. Y, en el caso que nos ocupa, la vida de Durruti es superior a toda literatura de aventuras.
Muerto en condiciones sospechosas durante la Guerra Civil, Durruti era ya entonces una leyenda. Pasó por México, según cuenta José C. Valadés en sus Memorias. En ese entonces, los años 20, formaban parte de un grupo de gachupines anarcos conocidos como Los Errantes o Los solidarios, quienes tenían como objetivo la difusión y profusión del pensamiento anarquista, pues estaban convencidos que haría falta todo un siglo para que se iniciara la verdadera revolución social y, mientras eso no sucediera, habría que preparar el camino. Así que unos cuantos asaltos a bancos y a burgueses no estaban de más para procurarse fondos, asaltos que, según Valadés, realizaron en Cuba, Argentina y México.
Buena parte de ese botín fue a parar a París, en donde el grupo editó el periódico Liberión. De otro proyecto suyo, formar una librería internacional que sirviera de enlace a los anarquistas de todo el mundo e inundara de libros y folletos a América y España, no sabemos hasta qué punto fue llevado a cabo. Lo que sí sabemos es que en la Ciudad Luz Durruti conoció y trató a Néstor Ivanovich Majnó, el Zapata de la Revolución de Octubre, con quien compartió experiencias políticas y militares.
Leer el libro de Abel Paz: Durruti, el proletariado en armas, quizás permita comprender por qué María dos Prazeres quería reposar cerca de aquel cadáver, cuyo entierro había sido “el más triste y tumultuoso de cuantos hubo jamás en Barcelona”.


Ella duerme en casa con una sonrisa cachonda mientras en el exterior el frío revienta las tuberías del agua. Solo la cubre una camisa de franela. Él llama desde la oficina y la pereza de una voz femenina le trasmite por el hilo telefónico la textura y la tibieza de la tela, el cuerpo desnudo bajo la camisa que se antoja acariciar con suavidad, despacio. Él, en un juego otras veces jugado, pide a su adormilada interlocutora una descripción de la cama, las sábanas, las cobijas, y exige que se desabotone la camisa. Ella no logra cumplir lo requerido ante el sopor que poco a poco se le va imponiendo. Solo una voz la mantiene en el límite entre el sueño y la vigilia, una voz que brota del aparato ya tibio sobre su cara, que remonta las pulsaciones eléctricas y reclama un lugar en esa cama, que dice obscenidades al oído, se transforma en mordiscos de vampiro digital. Ella cae para despertar con un estremecimiento. La bocina emite el tono “ocupado” y su sexo está húmedo.


Galileo Gall es un personaje de Mario Vargas Llosa en La guerra fría del fin del mundo, un revolucionario de su tiempo, anarquista y frenólogo, que se une a la rebelión milenarista de Canudos, en el Sertón brasileño. Gall, que se preciaba de conocer a los hombres con tan solo palpar su cráneo, tiene por costumbre escribir artículos en los que narra y analiza, desde la perspectiva ácrata, los acontecimientos de aquel fin de siglo, ensayos que envía a Francia para ser publicados en L´Eticelle de la révolote, una hoja esporádica que jamás recibió sus colaboraciones por la sencilla razón de que había dejado de circular.
Triste destino el de Gall: haber vivido remitiendo artículos a publicaciones fantasmas y haber muerto en aquella rebelión, sin que nadie que lo hubiera conocido, en su vida europea, supiera dónde, cómo y por qué murió. Uno se pregunta entonces si, en este nuevo fin de siglo, cuando el fascismo neonazi se pasea por Europa con la cabeza rapada, ¿no estaremos cayendo en ese mismo destino de lanzar botellas con mensajes inconexos al mar? ¿Qué pueden significar unas cuantas líneas ante el poder inmenso de los grandes y alienantes medios masivos de comunicación?
Pero cuando vemos la obra difusora de otros, nuestro cíclico pesimismo, si no tiende a disiparse por completo, cuando menos deja un poco abierta la puerta del optimismo. Tal sucede, por ejemplo, como el caso de Max Nettlau, quien escribió a mano la biografía de Bakunin y, una vez terminada, volvió a iniciar otras copias para distribuirlas en bibliotecas y archivos del movimiento libertario, en espera de mejores épocas en que su manuscrito viera la luz a través de la imprenta.
Otro caso es el de la revista Tierra y Libertad, publicación editada en México por un grupo de exiliados españoles durante cerca de 44 años. De esta publicación recibí unos cuantos ejemplares, el último fechado en mayo de 1988 y en el cual aparece la nota necrológica de Benjamín Cano Ruíz, uno de los principales animadores del grupo y prolífico escritor sobre el anarquismo.
Las notas necrológicas que una a una se fueron sucediendo en las páginas de esta revista, dieron cuenta de la desaparición de una generación de ácratas que no solo publicaron una revista, sino que, en un gran esfuerzo editorial, recuperaron la Enciclopedia anarquista de Sebastian Faure, traducida del francés, puesta al día e impresa en dos tomos, además de otras obras como la obra constructiva de la revolución española, Qué es el anarquismo, de Benjamín Cano Ruíz y Miguel Bakunin (su vida, su obra, su época) de Tomás Cano Ruíz. Ante la intensa labor editorial de este desaparecido grupo, uno no tiene más remedio que manifestar sus respetos y congratularse por la existencia de esa gente que, hasta su desaparición física, mantuvo una difusión de los viejos y nuevos textos de la anarquía.


Uno piensa a veces que las crisis existenciales tienen algún remedio. Nos resulta imposible resignarnos a vivir en una crisis permanente y buscamos asideros que nos brinden plena seguridad. Así, de la crisis del cristianismo algunos de nosotros hemos pasado a la crisis del marxismo y hay, tal vez, quienes se aferren, en esta época de derrumbes, a continuar la búsqueda de una doctrina o teoría que garantice un futuro seguro: el cielo, la gloria eterna, el paraíso terrenal o el socialismo real.
Muchos anarquistas, en cambio, viven en un estado no de crisis existencial, sino de protesta permanente. Nicolás Walter dice al respecto en uno de sus textos titulado Qué hacen los anarquistas:
“Otra forma de acción, que se basa en un punto de vista pesimista acerca de las perspectivas del anarquismo, es la protesta permanente. Según este enfoque, no hay ninguna esperanza de cambiar la sociedad, de destruir el sistema estatal o de poner en práctica el anarquismo. Lo importante no es el futuro, la estricta adherencia a un ideal fijo y la cuidadosa elaboración de una bella utopía, sino el presente, el retrasado reconocimiento de una amarga realidad y la constante resistencia ante una situación horrorosa. La protesta permanente es la teoría de muchos ex anarquistas que no abandonaron sus creencias pero que ya no tienen esperanza de éxito; es también la práctica de muchos anarquistas activos que mantienen intactas sus creencias y siguen como si aún esperaran el éxito, pero que saben –consciente o inconscientemente– que nunca lo verán. La actividad de la mayoría de los anarquistas durante el siglo pasado puede describirse como de protesta permanente; pero es tan dogmático decir que las cosas nunca cambiarán como decir que deben cambiar forzosamente, y nadie puede predecir cuándo llegará a tener efectividad la protesta y en qué momento el presente se transformará en futuro. La verdadera distinción es que la protesta permanente se concibe como la acción de una vanguardia o, por lo menos, de exploradores en una lucha que no podemos ganar y que nunca terminará, pero que vale la pena librar”.

(Esta crónica de Raúl Sánchez Trillo es parte de su libro Notas anárquicas, inédito).



Raúl Sánchez Trillo estudió maestría en artes visuales en la ENAP/UNAM. Escribe crónicas y es profesional de la fotografía de arte. Fue director de la Facultad de Artes. También director de Extensión y Difusión Cultural y actualmente secretario general de la Universidad Autónoma de Chihuahua.