viernes, 22 de marzo de 2019

José Carlos Pedroza. En la plaza hay siete árboles

En la plaza hay siete árboles

Por José Carlos Pedroza

En la plaza hay siete árboles,
una casa vacía de pájaros,
cuatro alfombras de tierra gris.

Ella gira
a la izquierda o escribe una canción 
junto a dos bailarines ciegos de vergüenza;
hay soledad y fuego,
armas del monopolio de la luz,
casquillos enterrados
sin memoria de matanza.

Ella salta o vuela,
se lastima el pecho,
nadie entiende o tiene miedo.
No hay tiempo,
ojos cerrados
brillan allá lejos.

Ahora ella mira las palomas,
miente,
lee las nubes,
las desbarata con un gesto.

Maldiciones,
golpes,
cae un ave.
Llueve.

Alguien suspira
y baja escaleras,
sangra.
Un pájaro cubre el cielo
a lo lejos;
una manada fracasa
como al principio de los tiempos.

Ella se emociona de su grandeza,
acecha, 
caza.
Mata.
Fracasa y vuelve a intentarlo.

Desde la cama
cierro el frasco
vacío,
giro el reloj de arena.
Espero.



José Carlos Pedroza, Córdoba Veracruz 1965, escritor y promotor cultural. Actualmente es jefe de cultura del Municipio de Delicias, Chihuahua.

jueves, 21 de marzo de 2019

Heriberto Ramírez. Europa

Europa

Por Heriberto Ramírez

Aterrizamos en el aeropuerto Leonardo Da Vinci, despuntaba el año 2000. Cuando bajamos del avión y pude sentir el asfalto bajo mis pies, me dije: ¿Por qué demonios no había venido antes, si no es tan difícil? En ese momento olvidamos la angustia de haber estado a punto de perder el vuelo en El Paso; cuando llegamos al aeropuerto ya nos estaban voceando, todo por un exceso de confianza, pues en el trámite migratorio del puente internacional los malditos gringos nos atendieron cuando les dio su gana, nos tomaron huellas y demás, atrasando los permisos de turistas.
Era un día fresco, terminaba la tercera semana de marzo. Del aeropuerto tomamos el tren urbano hasta el centro de Roma. En la estación dominaba un fuerte aroma a café; la gente empezaba adquirir una apariencia exótica: entre europeos y africanos. Para empezar a buscar alojamiento llevaba algunas direcciones; para nuestra sorpresa encontramos rápido un hostal. Era una casona administrada por un par de jóvenes que cuando nos vieron llegar nos hablaron en tres o cuatro idiomas hasta acertar el nuestro. La luna de miel había tenido un buen inicio.
Era un domingo por la tarde, así que el centro de Roma era un bullicio. Caminamos sin rumbo definido hasta llegar a una glorieta con plazuela enfrente, la plaza de la República. Para festejar el arribo, decidimos comer una rebanada de pizza y destapamos un botellín de vino, ambos quedaron por debajo de nuestras expectativas. Sin gran esfuerzo llegamos a la estatua de Marco Aurelio y a lo lejos divisamos el Coliseo; todavía sacamos un poco de fuerzas para ir a la Fuente de Trevi, un deseo acariciado por Janneth. Por ese día, y considerando el cansancio, nos dimos por bien servidos.
Al día siguiente fuimos directo, ahora sí, a recorrer el Coliseo, monumento de la crueldad humana. En sus muros aún resuenan gritos de dolor de innumerables víctimas. Luego, en los alrededores dimos con una exposición de los nenúfares de Monet, seguida de una visita obligada al Vaticano. Sus fastuosas salas casi insultantes, sus museos. Cuadros con motivos religiosos de Siqueiros, Chagall, entre muchos otros. Lo que sí resultó una auténtica experiencia religiosa fue la Capilla Sixtina, contemplar frente a frente los cuadros de Miguel Ángel vistos una y cientos de veces en libros y revistas, hizo que el impulso visual del cerebro se transmitiera hasta la médula y de ahí a los talones.
Sobre Roma se esparce el ruido sordo de todas las grandes ciudades, el torrente de autos se ve mitigado con una notoria presencia de motos tripuladas principalmente por espigadas y elegantes italianas, o será que esperaba encontrarme flotando en el viento la musicalidad del rock progresivo con sabor a Verdi.
Llegamos a la bella ciudad de Florencia por la tarde. A diferencia de Roma, aquí conseguir hospedaje se volvió complicado, en los teléfonos que llevaba me contestaba la operadora algo incomprensible para mi italiano inexistente. En lo que llamaba a distintas partes, un hombre joven nos ofrecía de manera insistente hospedaje; pensando en que conseguiríamos algo más lo desdeñamos varias veces, ante lo cual él fue bajando el precio. Finalmente aceptamos su oferta ante la falta de resultados, así que nos condujo a una habitación mona; luego de unos instantes entró su mujer llena de furia por haber ofrecido la habitación a tan bajo costo. En aquel entonces la lira era todavía la moneda corriente.
Ya instalados salimos a caminar, cenamos algo ligero y bebimos una cerveza de barril, tal y como lo recomiendan las guías turísticas. Al día siguiente dimos cuenta del desayuno continental para salir a conocer la legendaria ciudad. Nos enfilamos a los Uffizi pensando que era temprano, pero no: descubrimos una larga y sinuosa fila, pues ese día era gratis. De nuevo la fuerza del Renacimiento cobró factura, ver a Leonardo, Botticelli, El Greco nos emocionó en verdad; el recorrido nos llevó la mayor parte del día, que en esa época del año es corto. A la salida una lluvia pertinaz nos condujo a comprar un paraguas, claro, con querubines renacentistas; así también una librería nos invitó a entrar y el guiño obligado de un libro La storia dei colori de Goethe, ingenuamente confiado en la facilidad del italiano.
Al día siguiente nos dimos tiempo para recorrer Il Domo, ir al museo de ciencias y ver una calculadora de los tiempos de Leibniz como pieza destacable. Tomamos fotos al David ubicado afuera de los Uffizi, hasta en sus partes más privadas. En la tarde tomamos el tren hacia Milán para visitar a Adrián; llegamos ya entrada la noche, cargamos el equipaje en uno de los carritos disponibles y nos dirigimos a un teléfono público para llamarle. En eso estábamos cuando un tipo quiso volarnos una maleta, pero la oportuna intervención de mi mujer lo disuadió y el hombre huyó rápidamente por las escaleras. No pude hacer comunicación con Adrián, había olvidado mi agenda, así que fuimos a tomar un taxi para buscar hotel. Caímos en manos de un taxi pirata que nos llevó a un hotel en penumbras, nos cobró la dejada y una comisión por conseguir alojamiento. Con el miedo encima nos encerramos en el curto hasta el día siguiente, no sin antes buscar algo para cenar; lo único abierto era un expendio de comida asiática, atoramos la puerta con la silla, una mesa y las maletas.
La mañana siguiente nos dirigimos a la Universidad de Milán, a la búsqueda de Adrián. Una vez traspasadas las barreras lingüísticas dimos con su secretaria, quien nos dijo que regresaba hasta la tarde y nos dio su número telefónico, ante esto, decidimos tomar el metro hacia el centro de la ciudad. La catedral de Milán nos deslumbró por imponente, tanto por fuera como por dentro. Mientras esperábamos a que Adrián llegara por nosotros, pudimos apreciarla a plenitud, así como la vida cotidiana de la explanada ubicada al frente.
Fuimos invitados a pasar la noche en su departamento, donde cenamos ensalada con aceite de oliva y vinagre, pasta, quesos y vinos. En la sobremesa cocinamos la publicación de El laberinto de la justicia, su tesis doctoral. Nos preguntaron por nuestro siguiente destino, a lo que respondí Turín. Cuestionado el por qué, les respondí que para visitar la plaza donde Nietzsche se internó al mundo de la locura; Adrián sonrió y nos dijo:
—Les sugiero que vayan a Venecia, pues tal vez ya no vuelvan.
Siguiendo su consejo, partimos en la mañana hacia Venecia, con un mapa para facilitarnos la llegada. Nos hospedamos en el bonito hotel Spagna, donde un recepcionista nos extendió un mapa de la ciudad y tazó para nosotros un recorrido en el autobús urbano.
Llegamos a una concurrida plaza de San Marcos, oteamos la brisa marina, su catedral, y deambulamos por sus calles y callejones, agradecidos del buen consejo de modificar nuestro itinerario. Pude apreciar su gran tradición en cuanto a imprenta se refiere, en más de un aparador esto pudo evidenciarse. Sus máscaras coloridas fueron un atractivo poderoso, pero su precio era inaccesible a nuestro bolsillo; hube de conformarme con una corbata a manera de recuerdo.
Al amanecer emprendimos un largo regreso hasta Barcelona, fuimos dejando atrás los nevados montes Urales. Trasbordamos en Monte Carlo, en Niza, y dejamos Francia por Ventimiglia; allí los carabineros desplegaron lo mejor de sus destrezas antinmigrantes, algo que no habíamos visto.
Después de un largo recorrido, llegamos a Barcelona en la mañana, con la idea de encontrar a Itzel, pues nos había ofrecido hospedaje. Arrastramos las maletas hasta dar con su departamento; ya ahí, Raúl, su socio con quien compartía departamento, nos bosquejó, como buen arquitecto, el mapa urbano de la ciudad, y nos orientó para seguir el mejor camino. Así lo hicimos hasta llegar a La Sagrada Familia. Qué espectáculo más impresionante, solamente la privilegiada mente de Gaudí pudo concebir una maravilla arquitectónica de esas dimensiones, además la imaginaba acabada, me sorprendió más verla inconclusa y en proceso. Ascendimos por una de sus torres hasta que el vértigo me detuvo. En cada detalle de las escaleras de su fachada bifronte se aprecia el cuidado de su arquitecto; tanto me embobé tomando fotos que por ahí dejé olvidado un lente de mi preciada cámara Práktica de la RDA que le compré a Tournebize. Desconozco de dónde sacó Janneth tantas fuerzas para arrastrarme hasta ahí. De regreso al departamento, seguimos la diagonal sugerida por Raúl, y en cada cuadra, en cada construcción descubrimos una lección de arquitectura, de historia y de estética.
Iniciamos una velada inolvidable en el departamento, con estragos de la misma naturaleza. Con una resaca memorable nos dirigimos a la biblioteca de la Universidad de Barcelona, mejor conocida como “el ovni”; ahí sacamos algunas copias, y así fue que obtuve la primera copia de la Óptica de Newton, la misma que Saúl Guerrero tuvo en su librería Humanitas cuando estaba en la Coronado, a una cuadra de mi vecindad, y nunca vislumbré su importancia. Ya había leído que Barcelona tenía cerca de 400 librerías así que, en medio de las brumas de la resaca, acerté a preguntar por la librería donde la biblioteca compraba sus libros, me direccionaron a Alibri y La Central, verdaderos manjares bibliográficos. Adquirí una dote suculenta de libros en ambas librerías, armé una caja y partimos hacia Madrid.
Llegamos de mañana a la estación Atocha, y sobre la marcha nos fuimos ubicando hasta encontrar el hostal que Raúl nos sugirió. A partir de allí nos centramos en el Museo del Prado, con las maravillas del Bosco, Rembrandt, Goya, Velásquez, entre muchas otras. Luego, en el Centro Cultural Reina Sofía, con una exposición inolvidable de Tàpies, una cantidad ingente de Mirós, Dalíes y el sorprendente Guernica. Visitamos la Facultad de Filosofía en la Universidad de Madrid, y divisamos la Facultad de Ciencias de la Información. Después de una suculenta comida en el centro, acompañada del vino de la casa, nos fuimos en metro al planetario; asientos cómodos, clima ideal y terminé dormido, solo recuerdo el inicio y el final de los aplausos.
La ocasión daba para buscar las librerías de ocasión y de nuevo, siguiendo las pistas llegamos a la de Espasa Calpe, y así sumamos otros libros al paquete. El resto fue preparar el regreso, las medidas de seguridad del aeropuerto de Barajas, gastar las últimas y ya desahuciadas pesetas en camisetas con motivos de Picasso y Miró hechas en México. Llegar a Newark, enfrentar la fila interminable en migración hasta perder el vuelo hacia Houston con angustia inevitable, para luego salir en el vuelo siguiente, una hora después.
Llegamos a El Paso y ya bajo de la banda yacía nuestra caja de libros, respiré con alivio. Tomamos el taxi hasta el puente, pues las finanzas estaban colapsadas, cruzamos a pie ayudados por un carrito tipo diablito que compramos en el Corte Inglés en Barcelona. Cuando pensamos que la aventura había llegado a su fin, nos topamos, ya del lado mexicano, con un par de soldados que interrogaban de fea manera a un pequeño grupo de paisanos que intentaban cruzar de manera ilegal hacia Estados Unidos. Fue contrastante enfrentar este hecho después de cruzar varias fronteras de manera cordial y civilizada.
Finalmente llegamos a casa con unos kilos menos, con muchos libros más y con experiencias muy gratas, pero sobre todo con la satisfacción de haber cruzado el charco.
 (Esta crónica de Heriberto Ramírez Luján es parte de su libro Relatos en celular, inédito).



Heriberto Ramírez Luján filósofo mexicano redacta la lógica con precisión de cirujano. En sus ensayos y libros de filosofía y también en sus textos literarios. Sobrio y elegante profesor, el estoicismo es divisa de su estética. Y de su gran estilo.

martes, 19 de marzo de 2019

Edgar Trevizo. Si no quedara más remedio

Si no quedara más remedio

Por Edgar Trevizo

¿Quién nos conformó así,
que hagamos lo que hagamos
tenemos siempre la actitud del que se va?

Como el que sobre la última colina,
desde donde se divisa todo el valle,
una vez más se vuelve, se detiene y se rezaga,
así vivimos: despidiéndonos siempre.

―Elegía VIII, Rilke.

Si llegara a darse el caso,
si no quedara más remedio,
si la puerta se cerrara con
la llave dentro,
si la indolencia, 
si el miedo,
si la distraída suerte
me obligara a no volver atrás,
este habría sido mi último
paseo bajo la sombra verde 
de Polanco.

Si llegara a resultar
enteramente cierta
la remota circunstancia 
de mi muerte
tendría que acometer 
el ingrato ejercicio
de la despedida.
Decir adiós, aunque solo sea
en el más íntimo silencio,
al recuerdo de una cierta mañana
en un bosque de Morelos,
a las naranjas y a la noche en calma,
al infrecuente asalto del asombro
que nos causa
presenciar un acto generoso.
Renunciar en definitiva 
al cultivo de la habilidad
de nombrar al
árbol por su sola sombra,
a la ciudad por el mero sonido
de sus lluvias.
Renunciar 
a Shakespeare, que es 
tanto como renunciar al mundo. 

Tendría que explicarme,
o intentar, al menos,
por qué he sido
tan solo esto que soy,
si he tenido el tiempo suficiente
de ser tierra para
la raíz de algún amor
o el alto cielo azul para sus ramas;
si he podido ser
la beatífica llama blanca
de los lirios,
el trinar polifónico del mirlo,
el alboroto del sol
en las cúspides de mayo,
la pacífica corteza de un
cerezo en Tokio. 

Si es que resultara cierto 
que toda despedida
es hija de la muerte,
tendría que comenzar a ser,
de una vez por todas,
la suma de todo cuanto
no he podido:
un hombre de bien,
cansado y satisfecho,
derrotado y fugaz,
indistinguible por completo
de cualquier otro. 

Si llegara a darse el caso.
Si es que no quedara,
por entonces,
más remedio.

 
Edgar Trevizo estudió letras españolas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Coordina un taller literario desde hace varios años; es editor y funcionario en la Secretaría de Cultura de Chihuahua. Ha publicado varios libros, entre ellos Blind Sugar y el libro colectivo Wikaráame. Poesía del mundo y sus alrededores, del cual es compilador.

lunes, 18 de marzo de 2019

Ivette Royval. Traición

Traición

Por Ivette Royval

You have killed me, you have killed me!
―Morrissey

Los temores, las sospechas, la frialdad, la reserva, el odio, la traición, se esconden frecuentemente bajo ese velo uniforme y pérfido de la cortesía.

¡Es vulgar es la traición!
La más ingrata de las cobardías,
la cicuta que se confunde con el néctar.
Fui demasiado estúpida
y no quise ver a las hienas 
que ahora me escarnecen.
Un montón de hipócritas
bajo el velo de la amistad.
Hubiera sido mejor permanecer en mi aislamiento
y seguir siendo una marginada,
a estar rodeada de pusilánimes
que solo me han hecho sufrir.
Ya no me impresionan sus afanes altruistas,
ni sus buenas intenciones
Es solo una pantalla del más feroz
egocentrismo

¡Falsos redentores
yo nunca necesité que me salvaran!



Ivette Royval fue licenciada en administración financiera por el Tec de Monterrey, pero nunca ejerció. Desde joven le apasionó la literatura y por esa razón cursó un semestre de letras españolas en la facultad de Filosofía y Letras, estudios que abandonó por motivos personales. Texto suyos están publicados en algunas revistas digitales.

domingo, 17 de marzo de 2019

Sally Ochoa. La Casita

La Casita

Por Sally Ochoa

Margarita dejó la cubeta de diez litros sobre el suelo; con la mano izquierda se masajeó el hombro derecho para disminuir el dolor que desde hacía días le punzaba justo por debajo del omóplato. Era como sí un gusano le mordiera las terminales nerviosas que se incrustaban entre los huesos viejos y porosos.
También le dolían las muñecas y las palmas de las manos, pero eso era –aseguraba– por los muchos años que cargaba sobre la espalda, aunque algunos juraban que era por el agua que había tomado hacía muchos años atrás de uno de los pozos que estaba allá por las faldas del cerro.
“Estaba contaminada con arsénico –decían– y hubo mucha gente que se murió por eso”, recordaba Margarita.
Levantó la cubeta de nuevo y sintió el aguijonazo del dolor cuando el aro metálico presionó las lesiones que se elevaban como cráteres sobre la piel marchita de las palmas de las manos. Quizá eso sí era a causa del arsénico –meditaba en el silencio de la madrugada– porque le salieron casi al mismo tiempo que otras personas enfermaron; ella tuvo suerte, porque los cráteres solo le ocasionaban dolor al tacto y le supuraba de vez en cuando una sustancia amarillenta y espesa que olía como a queso podrido. Los otros se murieron.
Mientras caminaba hacia su casa, Margarita recordaba que habían pasado ya más de 12 años de eso y que se había formado un gran alboroto que duró lo mismo que un ventarrón de marzo. Hasta el pueblo llegaron ingenieros, químicos y médicos que atiborraron de suero oral a la gente que gritaba en las madrugadas a causa de los intensos retortijones estomacales y la diarrea, gracias a lo cual algunos salvaron la vida porque lograron expulsar el veneno.
El secreto de la enfermedad quedó escondido entre los pastizales, las rocas y los encinos belloteros de La Casita, allá en la zona rural del municipio de Chihuahua a casi 60 kilómetros de la capital.
La muerte fue sepultada en el pozo y cubierta con maderas y alambres de púas en un ingenuo intento por evitar que volviera. Pero sus lamentos, junto con su recuerdo, seguían emergiendo a pesar de los años, de los sobres de suero oral y de la apertura de nuevos pozos. Ahora, con la sequía, eran cada vez más fuertes.
Margarita llegó al final del camino y miró a Martín, que la esperaba en la puerta de la casa; tenía ya 72 años cumplidos y su cuerpo estaba marchito, pero ella lo seguía mirando igual de hombre que antes, cuando lo conoció en una fiesta allá en El Valle y se enamoró de él de principio a fin.
Martín iba acompañado de su hermano Manuel, que era un “caradura” que se había robado a una muchacha indígena de la que solo sabían que se llamaba Justina y venía de la sierra, de un pueblo llamado San Luis de Majimache, allá por el rumbo de Creel. De allí en más, no sabían nada de ella, excepto que le gustaban las calabazas y soñaba con tener una casa blanca. Margarita había sabido de ellos en años.
Apoyado en un bastón, Martín fue a su encuentro logrando avanzar apenas un par de pasos porque tenía sus propios volcanes en las plantas de los pies, que apenas le permitían caminar o hacer alguna actividad cotidiana en la casa o en el campo. Las articulaciones también le dolían a causa de las protuberancias que le limitaban el movimiento, al igual que las ampollas, que por más de una década le habían cubierto la piel de las piernas y los antebrazos.
A veces hubiese preferido ser del grupo de los muertos, porque la vida se le había vuelto demasiado complicada. Él y Margarita se dieron cuenta que el agua era la culpable de los vómitos, diarreas, mareos y erupciones en la piel que atacaban a la población como un bicho feroz y dejaron de consumir el agua, lo que les salvó la vida. Sin embargo las ampollas, manchas, dolores, y granos en manos y pies, permanecían como prueba viviente de un “error humano”.
En un principio los granos que ambos tenían en sus manos fueron quemados por los médicos, pero más tardaron en sanar las heridas de las quemaduras y olvidar el dolor que aquellos en volver. Igual que la rabia al recordar que el agua del pozo no contenía arsénico de manera natural, sino que alguien, al realizar trabajos de exploración en búsqueda de más agua, contaminó el líquido que había al utilizar una especie de hielo seco que contenía arsénico.
―Nunca le avisaron a la gente que el agua estaba contaminada y así la bebimos todos ―pensaba Margarita en voz alta, con palabras llenas de dolor, frustración y un coraje envejecido junto con ella misma.
Martín se sentó de nuevo en el banco de madera que aún permanecía bajo el encino que plantó su padre; recordó que, después de tantos años de la clausura del pozo, ahora querían reabrirlo para asegurarse que el agua no estuviera contaminada, porque de ser así –decían– podría utilizarse para dar de beber a las vacas que se estaban muriendo de sed.
―Nos estamos acabando el mundo ―pensaba, también en esa costumbre loca de pensar en voz alta que se desarrolla cuando la soledad es mucha, mientras arrancaba un pedazo de corteza al tronco del encino que se había ido poniendo gris al paso de los años igual que los hombres y las mujeres que se hacían viejos y que padecían –como los árboles– la escasez de agua y las enfermedades. ¿Sería así con todos los árboles y en todos los lugares?
Margarita se sentó a su lado; le tomó la mano y le miró la palma callosa; una lágrima rebelde se le escapó del ojo izquierdo mientras intentaba disimular la amargura que le escurría entre los surcos de su piel arrugada.
―Las enfermedades están volviendo ―dijo con voz apenas audible―; hay muchos niños llenos de lombrices, otros nacen con la cabeza deforme; y los viejos, esos nos morimos de dolor y de abandono.
Martín tomó la cabeza canosa de su mujer y la colocó sobre su propio hombro. Cerró los ojos y soñó que en algún otro lado había una fiesta, a un costado del río donde se bebía agua clara y las sandías pintaban de rojo los labios de los niños.
Febrero 2013

 
Sally Ochoa es licenciada en filosofía y maestra en periodismo, graduada de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Tiene una trayectoria de 18 años en medios de comunicación, ha trabajado en radio, televisión, medios digitales e impresos. Además de sus textos impresos, su obra poética y narrativa, ha sido publicada en revistas digitales: Mujer Latina Today, Escritoras Mexicanas, La Conexión USA y Revista Monolito, entre otras. Es autora de los libros: Entre las sombras, Los ojos de la luna, Lágrimas de barro, Flores de un paraíso perdido, El canto de las brujas, Valkiria, Alas robadas y Sobreviviente.