domingo, 22 de abril de 2018

Humberto Quezada Prado

Una historia con sabor a café

Por Humberto Quezada Prado

Pocas veces la mujer de la casa ha quedado tan impactada como esa en que Francisco y Juan de la Cruz deciden compartir los detalles, cada uno los suyos, de la incursión fugaz de unos indios de comportamientos diferentes, de movimientos ágiles que denotan ferocidad para la pelea y con una vestimenta distinta a la que se conoce; pocas veces ha sabido de la fiereza de los rarámuri nonoavenses en las peleas, que comparada con aquellos otros parece poca cosa, le habían contado; y pocas, muy pocas veces le llegan informaciones que le enteran de los desencuentros entre indios y mestizos, ni allí, ni en Chomarisa, ni en las demás rancherías de las que tiene conocimiento y memoria a sus maltratados treinta y cuatro de existencia.
La olla de peltre casi vuela. A través del postigo de la cocina escapa el vapor producido por los hervores de dos litros y medio de agua del pozo con la que Francisco Chuparaca piensa ofrecer a su visitante una, qué dice una, dos o más tazas de sabroso café. Tienen historias pendientes, las mismas historias para compartirse, solo que con diferentes detalles. Y eso volverá rica la conversación, claro. Las han aprendido de pláticas entre los de aquel pueblo y los de Nonoava. Y en aquellos entonces, en los amaneceres del año mil ochocientos, no hay réplicas fastidiosas que pongan en duda su veracidad, por lo que lo platicado es artículo de fe: se aceptan los dichos y punto.
Dolores, mujer del casero, fémina de piel broncínea dedicada al trabajo en la casa grande y los patios de los patrones, la molienda de maíz para tortillas o teswino a según la temporada, la escarda en el potrero entre los maizales, la limpieza de los aposentos de dormir y también los de zurrar, el tallado de la ropa ajena en las peñas del río y otras muchas labores domésticas, espera con curiosidad el inicio de la conversación, sabedora de la riqueza de cosas ocurridas afuera de las siete paredes de adobe de su morada, construida en tierras destinadas a la Misión como una modesta estructura de dos cuartos de adobe y techo de tabletas amacizadas con delgadas cuñas del mismo material a los que llaman tarugos.
A lo lejos, no mucho, divisa desde la suya la columna del humo de las chimeneas en las casas de los españoles. Los Cano de los Ríos se han establecido cincuenta años antes, cuando ella misma no es todavía un proyecto de vida, cuando sus padres, para ella desconocidos como cosa muy natural en sus tiempos, seguramente que apenas empiezan con sus cosas, en la práctica de actividades de cortejo que a la postre rinden frutos. Ahora de adulta, acompañada de Encarnación Asistido, la tía de su viejo, sobrevive confundida entre una libertad que sueña ejercer cuando trabaja como empleada doméstica en aquella casa y la férrea vigilancia del cura en las casas de sus misionados.
Cuidando de no enseñar sus numerosas cavidades dentales ella se cubre con la palma de la mano y, queriendo y no, mueve su cabeza negando o afirmando que los españoles asentados en la Misión de Monserrate, familias numerosas desparramadas en los predios realengos, más lejos de las tierras que se alcanzan a ver, llevan una vida de trabajo arduo, es cierto, pero también disfrutan mejor que los naturales del pequeño valle nonoavense porque las faenas pesadas han sido la carga de rarámuri y mestizos cuyas condiciones de vida miserable les conducen a aceptar cualquier jornada. Mil diferencias culturales, de costumbres, de tradiciones, pero más que nada económicas, se anteponen entre dos clases sociales perfectamente marcadas. Igual que ahora. Con el sudor de los indios las familias pudientes han construido grandes casas, en razón de sus numerosos clanes.
Desde la lomita donde vive, Francisco Chuparaca y Dolores su mujer en la mañana han llevado a bautizar a José Miguel Nazario mientras mira con envidia aquellas moles altas –con parecido a los enormes castillos medievales europeos, aunque en miniatura, que ni siquiera imagina que existen– con canaletas de cantera por las que chorrea el agua de la lluvia directo a unas grandes canoas en los amplios patios de laja. Endenantes han coincidido afuera de las altas murallas de adobe como peones de mísera condición lanzando tímidas miradas para ver a escondidas lo que hay en los aposentos. En uno descubren a una vieja seca vestida de negro hasta más abajo de las rodillas, con una cara surcada de arrugas y de trenzas canosas y largas que con una seriedad que asusta, desliza el estramador por el cabello bien cuidado de una joven en edad de merecer; en otra divisan sillas ordenadas alrededor, una mesita de tres patas curvadas que luce un florero en el centro de la pieza y varios colguijes emergiendo de las blancas paredes; y en la cocina el zangoloteo de tres mujeres maduras y de carnes frondosas preparan cosas y las van colocando en una estufa grande que seguramente devora leña en cantidades insospechadas.
La envidia rasguña sus entrañas por saber cuántos cuartos hay en esa casona llena de cosas traídas desde Parral y Chihuahua: elegantes palanganas de peltre color azul cielo para los aseos personales, empotradas en los aguamaniles de alambrón con formas garigoleadas; brillosos y ovalados platones de cerámica para uso en la cocina, cucharas y tenedores relucientes, mantequilleras con cubiertas transparentes recubiertas con adornos clásicos y ribetes dorados como el oro, picheles y tazas al por mayor donde sirven los alimentos a visitantes de la misma condición social y a los de casa, que para los comunes tienen cajas de peltre en cuartos alejados de los principales; catres de metales plateados albergando mullidos colchones para el descanso de los caseros y sus familias; bacinicas de lámina colgando de las paredes del patio para que oreen los hedores acumulados durante la noche, profusamente adornadas con almácigos completos de flores rojas, azules, verdes, guindas, amarillas, blancas y moradas; de las paredes encaladas penden cuadros de paisajes extraños, con románticas escenas de mujeres soñadoras casi desnudas disfrutando entre vegetaciones exóticas y paradisíacas; varias jaulas grandes de las que salen politonales y tristes canciones de pájaros multicolores; y muchas, muchas macetas en hileras interminables con plantas de aromas agradables invadiendo los patios y regadas con esmero por las damas de la casa.
En la cocinita de la otra morada, la de Francisco Chuparaca, su mujer Dolores y su tía Encarnación Asistido, donde ni por asomo se encuentran tantas cosas como en aquella casona, escapan los humores de la pobreza y la necesidad. Solo huele a café. Y como se va deshaciendo su vida de carencias, una cucharada del grano entero se deshace en la olla produciendo un rico efluvio, para envidia a partes iguales de ángeles y demonios. Cientos de burbujas perfuman el escueto espacio en uno de cuyos rincones Juan de la Cruz Chanate ha acomodado sus raquíticas asentaderas en un banco de tres patas y mueve sus ojos en todas direcciones tratando de descubrir cosas en las paredes oscuras y pelonas, cosas ausentes, acaso uno que otro uvar asomando temeroso desde los resquicios de tierra.
En esa vivienda humilde los aromas a café llenan el espacio y antojan, ya al casero, ya a la visita, ya a la mujer, que estira dos tazas, reserva la propia a un lado de las brasas que en la chimenea chisporrotean avivándose al viento que se cuela por la puerta y el postigo y se dispone a saborear la magia que siempre surge en las pláticas desde la fantasiosa imaginación de un par de campesinos templados en el trabajo y los tropiezos de la vida. Esa tarde los dos hombres estiran sus piernas flacas, encorvan la espalda, arriscan ojos y nariz, comparten y encienden un poco de makuchi enrollado en rectángulos de papel delgado y empiezan a sorber la deliciosa bebida color negro a falta de leche y endulzada con piloncillo, soplando antes en previsión de una quemada de paladar, lengua y garganta.
A la altura de La Constancia –ha comenzado la plática y cada uno sorbe de su taza aquel café negro con mucho cuerpo– entrando a la corriente de un río con agua suficiente, sigilosas avanzan cinco figuras de cabellera lisa cayendo más allá de los hombros. Quién sabe de dónde han salido. Es temprano de la noche y acaso un par de mozalbetes avistan la pequeña comitiva. No son de la Misión, tampoco de las tierras realengas, son unos desconocidos con vestimenta distinta a la común, el taparrabo cubre casi hasta las rodillas, usan un camisón entre gris y blanco; sol, viento y polvo dejan huella en sus cuerpos; en vez de huaraches calzan mocasines, así les dice después el cura que se llaman; y cabestrean sendas bestias, espigadas, con una cuerda en vez de freno y sin silla. Nunca han visto indios parecidos y mucho menos oído porque no hablan, caminan medio agachados y en silencio absoluto, avispados voltean a todos lados, como buscando a alguien, pero no se detienen. Quizás siguen el curso del río, adentro de la corriente, para no dejar huellas.
Callados, los testigos se agazapan detrás de un cerco –va atrapando la mujer los detalles de la conversación– y enfocan su mirada a la parte pedregosa del río donde van los desconocidos. Resuellan sin hacer mucho ruido. Saben que si los descubren pueden tener problemas y tienen miedo de un enfrentamiento en el que van a salir perdiendo. Uno de ellos recuerda que en pláticas informales los viejos refieren a estos personajes como de otra clase de indios, del norte, peligrosos, peleoneros y bravos, unos indios que tenían por costumbre cortar el cabello de la gente con todo y el cuero que cubre al cráneo. Así le ha pasado a un par de españoles más allá de sus tierras, en lo que ahora se llama Río Grande, un día que se retiran inconvenientemente de la casa en la búsqueda de una docena de reses: no vuelven a verlos con vida. En una escena de tristeza más que de susto, trabajadores del clan Cano de los Ríos descubren sus cuerpos en las veredas de Betebachi, flechados, sin cabello y sin la piel de la cabeza. Los tercian en las monturas y los bajan hasta la junta de aguas del Chomarisa y el Serrano para velarlos antes de depositar sus restos en los terrenos de la propiedad. Y de las vacas ni rastro.
A los dos muchachos les ha entrado temor, mucho temor, por lo que siguen escondidos alzando la cabeza nomás a la altura de los ojos. El miedo crece cuando uno de los extraños voltea hacia donde ellos están, se queda mirando unos instantes que parecen horas, se agacha, bebe agua y hace avanzar a su caballo integrándose a la fila de los otros, que parecen fantasmas en la oscuridad. Los muchachos respiran hondo sintiéndose aliviados y con la mayor de las precauciones empiezan a alejarse recalando a sus casas.
La plática se pone interesante, tanto que vuelve a llenar con café las dos tazas de los contertulios. Hay muchas cosas que desconocen Dolores y Encarnación Asistido, muchas cosas que ni siquiera imaginan. Paran oreja y no intervienen, es cosa prohibida a las mujeres en aquellas latitudes machistas, y en muchas otras. Mejor atizan las brasas, alternadamente acomodan unos leños encima, soplan y soplan hasta que se aviva la llama en la chimenea mantecosa, relumbrando por tanto hollín, y llenan de nuevo la olla para más café, que la noche de marzo es larga y la desvelada promete.
Con la misma cuchara de peltre, única en aquella cocina, comedor, sitio para guardar cosas, tendedero de ropa lavada y sala de estar, van meneando su mezcla para que enfríe un poco y para que el trocito de piloncillo se diluya en la bebida. Es casi medianoche, la mujer lo sabe por la posición de las estrellas. Afuera la oscuridad convierte todo en figuras sospechosas, la misma oscuridad que asociada con la calma genera incertidumbre. Unos perros ladran lejos y el de la casa tiene flojera para levantar el hocico y contestar, no quiere integrarse a la tertulia canina para no perder detalle de las pláticas de adentro.
Entre sorbo y sorbo la plática va dando un giro y se convierte en una sarta de soflamas. La casera se da cuenta, disfruta, como pocas veces cose unas alas livianas a su imaginación y la deja volar por los caminos referidos en el intercambio de las aventuras. Aunque hay detalles que le suenan familiares, conocidos por lo que oye en la casa de los Cano de los Ríos donde ayuda con la limpieza de patios y cuartos. Aun así, las mujeres siguen pendientes y no intervienen para nada, no interrumpen la concentración casi en trance de los dos hombres, que no sueltan la tacita del café en lo que van degustando también la derrama de peripecias del otro en turno.
Allí se enteran que no sin pocas dificultades y con una tarde completa de pujidos María Rita Quiterio ha parido a una criatura de siete meses en una tazolera casde José Sumaca, y ya le llama por su nombre, que es Juachina Cresencia, que el fraile no le ha echado el agua al producto dizque porque casi se ahoga con tanto líquido sucio de la placenta, que la espera en la iglesia a los ocho días para su bautizo nomás que lleve dos padrinos y una testiga y que la recién nacida va a tener nombre mestizo, que si el que ha engendrado es desconocido así va a escribirlo en el libro, qué le hace. En lo más escondido de su sentimiento Encarnación Asistido se alegra bastante porque la descendencia crece, ya que es familiar de la parturienta.
En el chisme sale a relucir la desgreñada recíproca entre la teweke Cornelia Pompa y la chabochi Bárbara Florencia por los amores de José Morquecho. Ha sido esa una relación tormentosa y muy conocida por pública: sin descaro al sujeto le ha dado por echar amor alternando a las dos al otro lado del río, por los potreros y detrás de los cercos de piedra. Y de repente, indiferente y muy fresco a lo que provoca, sin que nadie sepa se juye pa’ Umarisa con la Rafaila Gertrudis. Escenas de pueblo muy comunes, aún ahora, aunque no todas a la vista de la gente.
Que el cura José María Castro sigue a bautice y bautice y bautice y que las amonestaciones a los que quieren casarse se anuncian en las dominicas de cada ocho días. Son esos días de fiesta y algarabía entre la parentela, de alboroto popular cuando se trata de mestizos. Sacrifican una o dos vacas, contratan servidumbre entre los pobres y rarámuri, invitan a las familias de cierta alcurnia y comen y beben hasta la saciedad, ante la mirada casi perdida de la otra parte, la que hace todo el trabajo para que los caseros y sus invitados estén contentos. Naturalmente que son celebraciones que pasan inadvertidas cuando las parejas son rarámuri. Cosas que se repiten, cosas que se siguen viviendo a causa de la discriminación, solo por las diferencias en el patrimonio de los ricos y la carencia de bienes de los pobres.
Se va haciendo más noche. Los miles de puntitos diáfanos en el firmamento ya arropan y hasta arrullan, el cansancio de los dos hombres puede más que la cauda de chismes y la mujer siente quedarse a medias. Apuran su sexta taza de café y Dolores, que únicamente se ha tomado tres, las coloca por allí, en cualquier parte. Para que la visita se acueste avienta su dedo a un rincón señalando un petate y una cobija negra de lana de borrego que sobresale entre varios amasijos olorosos de yerbanís, laurel, manzanilla, istafiate y otras y ella se lleva a su viejo al otro cuarto, dispuestos todos a esperar el amanecer, que Encarnación Asistido ya ronca en el rincón opuesto. Pero ella quién sabe si duerma porque se ha quedado, como suele pasar con todas las mujeres, con la dulce tarea de procesar las informaciones.
Es víspera de Señor San José y los chabochi han dejado correr como reguero de pólvora la plática de los chamacos, la de la visión de unos indios extraños cruzando el río. Como es de esperarse salen conjeturas de las más diversas y hasta contradictorias. Claro que las dos versiones llegan distintas una de la otra: han sido dos pares de ojos y un par de cabezas y cada quien ha dicho lo que ha visto desde su particular forma de procesar la escena. Es que resulta habitual que –en aquellos tiempos como en los actuales– los canales de la comunicación siguen sufriendo por los mismos contaminantes: mientras uno le quita detalles al suceso porque no los recuerda, otro le pone arrimadijos para mejor explicar los acontecimientos.
Al cabo de los días puede verse a Fray José María Castro sorbiendo su café de la mañana en la puerta del curato. Es un café preparado antes de que amanezca y lo ingiere para darse calorcito, que apenas avisa el frío su retirada en el año. Además, es un convencido de que una o dos tazas en la mañana aclaran los pensamientos, quitan las telarañas producidas por las desveladas involuntarias, despabilan a las personas espantando el sueño que no se acaba de ir con la salida del sol y abren el apetito. Seguramente intenta ordenar los informes que le van llegando y que le cuentan las visitas que nomás a eso se dedican, a exagerar los comunicados.
No sabe si atenerse a la versión de veinte o treinta indios desconocidos montados en briosos caballos, oscuros para no dejarse ver en la noche, plática que desparrama el primero de los feligreses que llega a la iglesia con el chisme; la de una decena de hombres corpulentos, de torso y espalda descubiertos y de piel oscura cuyos taparrabos son más grandes que los que usan los rarámuri, invento de unas mujeres muy conocidas en el pueblo porque siempre pecan de comunicativas en extremo; hasta la información de una sola persona a pie, sin caballo, agachándose para que nadie la vea, dejando ver en la banda que lleva por cinturón un cuchillo que brilla por los reflejos de tantas y tantas estrellas, dadivosas estrellas en el firmamento nonoavense de todos los tiempos.
El hombre de la sotana sorbe despacio, el café está caliente y en la taza de aluminio, que es su preferida, el calor se conserva más que en las de peltre. El sol apenas va saliendo en aquel domingo de marzo espantando la frescura de la madrugada, los charcos ya no amanecen congelados, la brisa del río sube por el peñasco y penetra por los orificios de puertas y ventanas traspasando la gruesa y muy gastada capa de color café del representante de la divinidad celestial en un pueblo que apenas empieza a formarse como tal.
Una figura extraña asomando desde el peñasco, detrás de la iglesia, atrae su curiosidad. La mira, abre los ojos más que de costumbre, pero no la reconoce, no es de la Misión, tampoco de las tierras realengas. El hombre de la vestimenta café aparenta voltear su mirada a las pocas casas de su campo visual, simula buscar a alguien más allá del atrio de su iglesia, aunque no hay nadie. Desde luego que a donde mira de reojo es al peñasco, pero la figura aquella, que parece de mujer, ha desaparecido. No da más importancia a la visión y entra al curato a prepararse para la misa de nueve, en lo que espera que llegue el campanero.
Cuando está listo para ordenar la tercera tanda de campanadas por poco y se va de espaldas: en el marco de la puerta de la sacristía descubre a una mujer con piel oscura, a la que nunca ha visto, definitivamente no es del pueblo. Tiene cara de asustada, no habla castilla y como puede se hace entender: busca protección y ejemplifica escondiéndose dos o tres veces detrás de la puerta, a lo que el fraile entiende. En lo que juega, nervioso, a darle vueltas y vueltas a los tres nudos de su cordón, le dice y con señas le indica que espere en ese sitio con la puerta cerrada. Él entra a la iglesia, ordena a una decena de niños mestizos y rarámuri y los acomoda en el coro para que entonen los cánticos que pacientemente les ha enseñado, y la escasa feligresía, mitad chabochi y mitad rarámuri, escucha con respeto el inicio de la misa en cuanto termina el último toque de la campana.
El misterio se descubre: la india ha escapado de cinco captores escondiéndose entre los gatuños aprovechando la negrura de la noche, lo que explica la actitud desconfiada del grupo de desconocidos en la mitad exacta del río cuyos únicos testigos han sido dos chamacos que ni tardos ni perezosos han soltado la noticia causando revuelo en las casas realengas y en la Misión. En terminando la misa le ofrece algo de comer y la desconocida se queda en la casa cural ayudando en las tareas domésticas.
A media mañana, a quince días de su llegada, en ceremonia especial para bautismos queda registrado en el libro correspondiente que “…Fray José María Zubiaux, cura ynterino de Nuestra Señora de Monserrate de Nonuaba, baptiza en cuatro de abril de un mil ochocientos y sinco a una párvula de la Nación Apache, de edad veinte años más o menos, a quien pone por nombre María Josepha. Fueron padrinos el cura Dn. José María Castro y Doña María Josepha Luera…” Es así que para su sorpresa y atragantándose con el último buche de café negro y con los asientos del fondo de la taza, Dolores y Encarnación Asistido viven esta historia a resultas de un hecho más o menos verdadero.







Humberto Quezada Prado es profesor por la Escuela Normal Rural José Guadalupe Aguilera, licenciado en psicopedagogía por la Escuela Normal Superior José Medrano, pasante de maestría en desarrollo educativo por el Centro Chihuahuense de Estudios de Posgrado. Es uno de los autores del libro colectivo Nueve leyendas de chihuahua (UACH 1997). También es autor de los libros Cuentos de nonoava (1998), Nonoava, historia desde lejos: la fundación (2000) Interpelación a mi maestro (2000) y Cuentos de Francisco Machiwi (2006). Hay textos suyos en estas antologías: Antología poética del magisterio (Seech 2003), Huellas del tiempo (Seech 2007), Tintas del desierto (Seech 2009) y Letras encontradas, amores consumados (Asociacion de escritores del noroeste 2013).

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