lunes, 23 de abril de 2018

Giorgio Germont


Noticia de un fallecimiento


Por Giorgio Germont


“Esposa del presidente municipal de New Bedford fallece…”

Aleksandr estaba a solas en su estudio con el periódico dominical en las manos. A través del cristal se observaban las exoras color violeta en plena flor. Karenina, la perrita Daschund, husmeaba con el hocico el humus del jardín y de pronto se lanzaba encarrerada para ahuyentar a las palomas que se posaban en la fuente. Esta escena pastoril ofrecía un dramático contraste con los pensamientos que se agolpaban en la mente del capitán. No podía retirar sus ojos de la nota en la sexta página del Boston Globe… “Esposa de presidente municipal fallece de apoplejía.” Estaban los detalles de la hora del deceso, los familiares que la sobrevivían, todeo eso. En la foto que acompañaba la nota, seis portadores del féretro salían de una capilla; vestían ternos de color oscuro, sus caras largas y compungidas. Guirnaldas de gladiolas blancas adornaban el ataúd. Aleksandr se negaba a aceptar que dentro de esa vistosa caja de madera estaba de cuerpo presente su amada Ernestine. Se negaba a reconocer la fría y pesada finalidad de su muerte. Se negaba a aceptar que los pesados cortinajes de los siglos le cerraban los ojos y que su cuerpo ya entraba en descomposición para ser banquete de gusanos. No había nadie a quien pudiera darle un mensaje de duelo, nadie que pudiera compartir su gran dolor. Le temblaban las manos. Se deshizo el moño de la corbata y se frotó el pecho con la palma de la mano derecha, se le hacía un nudo en la garganta.

A pesar de que no se habían visto en más de treinta años, Aleksandr estaba convencido que algún día se encontrarían de nuevo. De hecho esperaba con ansia tener aquel encuentro placentero. Deseaba posar su mirada en los dulces ojos almendrados de Ernestine. Mirar una vez más su sonrisa apacible, su nariz respingada. Añoraba ver el rostro de la mujer que quiso tanto. Había imaginado por años cómo sería ese encuentro. Imaginó por ejemplo que tal vez las nobles sienes de su adorada se pintaban ya de plata, como había ocurrido con las suyas propias. Quería darse el gusto de ofrecerle una sonrisa y abrirle sus brazos como si se hubieran visto apenas ayer. Demostrar que no le guardaba rencor alguno. Recibirla efusivamente como si el tiempo se hubiera detenido. Como si estuvieran aún sentados en el jardín de la elegante casa de la calle Olmo en New Bedford, como aquella noche refrescada por la brisa del mar mientras les servían el te. Cuando ella pronunció las palabras que no olvidaría jamás. El tiempo no había borrado de su memoria aquella conversación.

Aleksandr estaba recién desembarcado de la expedición del ‘17 al Mar de Indonesia, recién graduado de la escuela naval. Vestía uniforme de gala, las hombreras plateadas, el kepí negro. Era su primer asignamiento de sub-almirante en un navío de gran calado, el buque “Wanderer”, bergantín de tres mástiles y 38 metros de eslora.

Al regresar de su visita oficial a la capitanía del puerto había encontrado en su camerino una nota de un puño y una letra femeninos, “Querido Aleksandr. Hay algo que debemos hablar. Por favor ven a verme en cuanto puedas. Ernestine

Sus enseres estaban en cajas y la maleta a medio deshacer. Caminaba al ritmo de los océanos, se tambaleaba después de un viaje tan largo. Aprestó su bastón para salir. Afiló la navaja, se dio un baño, se rasuró y se recortó el bigote antes de salir rumbo a la mansión de la calle Olmo.

Tocó la puerta y Omar, el mayordomo, abrió la puerta. Pase usted, capitán, tome asiento.’ Le tomó el sombrero y el bastón y le dio el pase a la sala de estar.

Un revuelo se escuchó en las alcobas y  unos leves pasos descendieron por la doble escalinata con balaustradas de madera de nogal.

Aleksandr, querido, que gusto verte.

Se veía estupenda. En un vestido azul de seda lo recibió con regocijo. Le ofreció su mano, el rechazó la mano y le dio un abrazo afectuoso y varonil. Le musitó al oído,  ‘Ernestine, que gusto me da verte.’ Notó que sus mejillas perdieron el color, estaba nerviosa.

Vamos al jardín le dijo, y le mostró el camino. Pasaron entre unas macetas de geranios y las ramas de los olmos junto al porche. Tomaron asiento uno frente al otro. Él notó su agitación y le preguntó cautelosamente:

―¿Qué te pasa?, ¿qué asunto tan urgente quieres tratar conmigo?

Ernestine guardó silencio. Cerró los ojos y respiró profundamente mientras el capitan contenía el aliento. Se escuchó una voz muy temblorosa que dijo.

―No es posible continuar nuestra relación… estoy comprometida en matrimonio, me voy a casar con Bronsky.

La mirada de ella estaba fija en algo que tenía en la palma de su mano. No hubo respuesta por parte del capitán. El mundo entero dio vueltas y todo se volvió un gran silencio. Las aves de pronto se callaron, la brisa del mar se hizo sorda. Los labios de su amada repetían las mismas palabras, pero él no escuchaba, solamente miraba esos labios, esa boca que había besado tantas veces. Aleksandr no sabía que Ernestine cargaba en su vientre un crío de Bronsky. Los labios decían:

Me voy a casar, perdóname, me duele decepcionarte; siempre te he querido, no soy capaz de hacerte daño pero tengo que casarme con él.

Aleksandr ni siquiera había probado el té cuando ya estaba de pie despidiéndose de Ernestine, la prometida de Bronsky. Tomó su sombrero y el bastón.

―Espera…

Ella lo abrazó una vez mas y le deslizó en la bolsa del saco un anillo que él le había obsequiado. No era un diamante, era un pequeño zafiro, una primera promesa. Al abrazarlo le musitó al oído,

―Te quiero mucho, siempre te querré.

El capitán dio media vuelta y se alejó. La tarde se había puesto encima un manto color de ladrillo.

El día de hoy había entre ellos dos un abismo incomprensible de ausencia y separación. Este vacío tan pesado era más sólido que la misma losa de mármol que cubría su tumba fría y resplandeciente. Más permanente que el monumento que aprisionaba su féretro contra la tierra húmeda recién escarbada. Aleksandr se preguntaba cómo era posible que su navío hubiera perdido la brújula de tal manera. Cómo era posible que dos que se amaban tanto pasaran sus vidas aparte.

Dio dos pasos y salió al jardín. Una alondra lanzó un grito entre las nubes, él volteó hacia arriba y pensó que tal vez era ella. Que Ernestine convertida en alondra había venido a decirle adiós. El avecilla volaba en círculos sobre su cabeza. En su vuelo ágil y gracioso el pajarillo piaba diciendo, ‘Adios mi amor, piensa en mí que yo jamás te olvidaré.’

No había nadie que ofreciera consuelo a un amante desgarrado. Nadie podría siquiera entender su luto por la pérdida de Ernestine. Solo el silencio y un grito sordo en su corazón, solo el canto de una alondra y el recuerdo de un beso. Un dulce adiós en los labios con sabor a sal, hace ya muchos años.











Giorgio Germont estudió medicina en la UACH, ejerce su profesión en Estados Unidos. Ha publicado tres novelas: Treinta citas con la muerte (2005), Dos miserables entre la luz y la oscuridad, (2011). Ambas recibieron sendos galardones como finalistas de los concursos USA BEST BOOK AWARDS en los años 2007 y 2011 respectivamente. Las versiones en español de la primera, titulada Mis encuentros con la muerte y la segunda con el mismo nombre se publicaron en 2012 por Editorial Perfiles. En 2016 publicó su novela Rayo azul.

1 comentario:

  1. Fragmento de mi novela inédita
    "EL ANHELO DE OLGA"
    QUE DELICIOSO EL PUERCO EN “KEFIR”


    El día de la visita a San Vasily cuando David estaba observando a los cocineros preparando el puerco bañado en kéfir, Olga estaba reunida con un grupo de rusos. Estaba entre ellos Boris Rostov y una mujer americana, una Elena…algo así. Olga no captó bien el apellido de a dama. Era muy delgada, había sido attachee de la embajada canadiense en Moscú. Una tipa excéntrica un poco estilo hippie con su pelo muy largo y canoso lentes atados al cuello con un collar muy largo de piedras brillosas y una túnica de un color azul casi morado muy llamativa. Elena le preguntaba a Boris acerca de varias cosas relacionadas con Rusia, de su historia, la música y la literatura. Ella tenía mucha curiosidad en asuntos culturales. Boris no le contestó al principio, pero la hippie era muy insistente y no tuvo más remedio que atenderla. Dio la impresión al inicio que Boris le contestaba para dar final a una conversación que para él era un tema muy trillado. Boris hablaba, su monólogo trastabillaba sin rumbo, habló del kefir, del pan negro y luego hizo un alto en Moscú y el incendio del 1812, seguido por la cifra de soldados muertos en la batalla de Borodino y la sangre fría del general Kutuzov al engañar a Napoleón. Boris apuntó que a través de los siglos, Rusia como cultura había sido capaz de controlar la mayoría de los demonios que la acosaban. Lo definió todo diciendo. Es que la vida se vive en abonos. Hay muchos capítulos, ¿no es cierto? Vea usted a Rusia: Lo más importante que se debe de comprender es que para ser ruso, uno debe aprender a sufrir con la boca cerrada, en silencio. Aprender a soportar cualquier sufrimiento. Eso es lo que significa ser un ruso verdadero. 
    La mujer le preguntó:
    —Boris. ¿A qué demonios es que se refiere, no a los demonios del infierno, no a Lucifer, verdad?
    Boris se puso rojo y contestó:
    —No. Primero estuvieron los zares y la servidumbre y las cortes y todos fueron arrasados. Y luego llegaron los bolcheviques, derramEse fue el discurso de Boris. Elena la curiosa, la mujer del vestido azul se quedó en paz al oír la explicación. Boris estaba muy interesado en tocar varios temas en privado con Olga pero se lo impidieron las circunstancias.
    Fue Raiza quien le aclaró la situación en privado a Olga. Le aclaró que Boris estaba seguro que esa Elena en su disfraz de oveja, era en realidad una espía, tratando de indagar que se estaba tramando Boris con todas las llamadas y mensajes de texto en clave que le había detectado el FBI. O tal vez una agente doble enviada por rusia. Corría el rumor que ya le habían puesto precio a la cabeza de Boris. Fue en ese momento que el sacerdote los llamó a todos a comer. El padre dio su bendición a los alimentos y la cena dio comienzo. Efectivamente, el asado de puerco en kefir estaba delicioso.

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