El amor y sus espadas
Por Martha Estela Torres Torres
Se puede esquivar la lanza, jamás el puñal oculto.
Proverbio chino
Sobre el amor, esa palabra cruel y sagrada que puede elevarnos hasta
las nubes o lanzarnos como piedras del génesis, cada quien tiene sus propias versiones
y conjeturas porque es símbolo distinto para cada uno; sin embargo nadie sale ileso
de su reino, la mayoría de los enamorados no encuentran felicidad en el
laberinto amoroso cuando su fuego los alcanza.
En él se entrelazan las emociones humanas construyendo una medusa
donde confluyen diferentes reacciones. Esta palabra concentra tempestades y
glorias; para que germine y crezca necesita sensibilidad, la cual conduce en
ocasiones a percibir atributos inexistentes en el ser amado.
Estamos hechos para el amor auténtico y sublime, pero al no encontrar
este en el recorrido de nuestra vida, a veces podemos acercarnos a personas que
nos brindan un poco de entusiasmo o de calor, pero no siempre son auténticas,
conciben la relación como oportunidad de ventaja, aprovechándose para obtener
ciertas ganancias, bienes materiales, posición, estatus social o placer, pero
no aquilatan la valiosa esencia de un amor que puede aferrarse a lo imposible
durante lustros o décadas, y un día tal vez se enfrentará con la realidad, ese
campo minado que destruye corazones cuando han sembrado en ellos la
incertidumbre con la precisión de un cirujano, la maldad de un psicópata o la
paciencia del orfebre.
Si la persona se percatara a tiempo del peligro que ofrece un mal amor,
posiblemente huiría antes de perder fragmentos de memoria o jirones de piel
frente al arrepentimiento. Pocos tienen la cautela y la prudencia de no ceder
ante la rendición que permite sumergirse en un mar y estallar húmedo de gloria,
olvidando las penalidades y sufrimientos que provocar un falso amor que solo
dura breve tiempo, pues el virus de la sospecha inoculado se intensifica y
corta sin aviso el mecanismo lógico de la razón.
El punto más cruel es cuando la traición nos lanza en terrenos cenagosos
donde la frustración y la impotencia se calcifican, entonces se requieren años
de terapia para recuperarse mientras el depredador huye abandonando las ruinas.
La infidelidad puede causar heridas de muerte. Sentir la curva de un
puñal desencadena una reacción similar a la que produce una descarga eléctrica
de 20,000 voltios o el traumatismo que provoca caer desde 30,000 pies de
altura. Es recibir una flecha envenenada en la parte frontal de la vena aorta,
es cortar de un tajo la membrana del entendimiento pues de pronto el mar rojo
se cierra ante nuestros ojos; es absorber de un soplo la maldad del universo
dejándonos sin armadura por el resto de la vida. Es padecer el síndrome
postraumático aunque pasen siglos y eras sobre la memoria, buscando sin sentido
el momento de la muerte para escapar de tal devastación.
Afortunadamente no todos en su desesperación se vuelcan contra las
rocas, tampoco desafían las fuerzas del universo, pero es cierto que llorar
bajo la lluvia es una manera de liberar el sufrimiento y no vacilar ante los
recuerdos o buscar en la oceanía del lecho aquellos brazos cálidos en que una
vez confiamos y no volver a mirar las estrellas que alumbran más su ausencia.
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