jueves, 1 de julio de 2021

Elí Isaí Loya Balcázar. En el barrio antes y ahora

 

En el barrio antes y ahora

 

 

Por Elí Isaí Loya Balcázar

 

 

Una curiosa distracción morbosa me llevó hasta la calle de mi infancia. Me entretenía mirando constelaciones y planetas en exploradores digitales cuando, quizá más por mi torpeza que por un algoritmo, me sorprendí de pronto en Google Maps como en un callejón. En mi mente, casi con deleite, empecé a repasar una docena de posibilidades de sitios que visitar: viejos lugares de trabajo; casas de antiguas novias agridulces; parques o calles entrañables. No obstante, casi automáticamente tecleé la dirección: “Calle Álvaro Obregón, Colonia Díaz Ordaz”.

Aquella sensación como de estar a punto de ver pornografía, o estar hurgando en las pertenencias de un desconocido, aquella emoción (¿patológica?) se tornó amarga en cuanto puse un pie en la esquina de mi calle. A pesar de los cambios en las construcciones, pude reconocer prácticamente todas las casas de la cuadra, y rememoré cada uno de los nombres de los miembros de cada familia.

Por decirlo de algún modo (y obviando el hecho de que me encontraba parado en medio de una ilusión fotográfica), me perturbó el silencio casi fúnebre de la calle, la vacía soledad como de mañanas invernales o días de reposo. Las casas, con todo y que ahora lucían colores vivos, ampliaciones y bardeados que sugerían prosperidad, mostraban algo diferente que no pude sino equipararlo con las arrugas, la melancólica quietud callada de las cosas decrépitas; autos destartalados, tiliches, mala hierba.

Aunque seguramente resulta un despropósito chocante, por demás cursi, algo de mí esperaba que alguien conocido saliera de repente de alguna de las casas, pero no estaba nadie (yo lo sabía como se saben las cosas que se dan por hecho en los sueños), ni siquiera me pasó por la mente tocar alguna puerta, o invocar algún nombre. No había nadie, ni siquiera quiera perros, o fantasmas.

Recorrí la calle (demasiado pequeña), e imaginando que salía de la que fue mi casa para ir a la escuela, emprendí el camino, doblando lentamente las calles, volteando allá o acá para pronunciar dentro mío el nombre de un conocido o de una tienda; para hacer leves reverencias ante casas hace ya mucho en luto; para imaginar rostros.

A cada paso recordaba experiencias significativas, a cada paso, también, algo se oprimía como bajo el peso del tiempo, algo que me obligó a ir apresurando cada vez más el paso. La banqueta donde una compañera del salón me enseñó a leer las manecillas del reloj; la explanada donde vi con fascinación a un muchacho cantando con una guitarra; la cancha donde metí un penal de un solo paso; pero también el esqueleto de lo que antes fue un cerro; callejones y esquinas de terror y tristeza.

Cualquiera podría decir que en vez de caminar hubiera podido simplemente cerrar la ventana y terminar el drama, y es verdad; pero salir a toda prisa por un camino recorrido cientos de veces, aprendido de memoria, lleno de migajas de infancia, se volvió también una forma de huir para siempre, por vez última, de todo lo que en aquel tiempo ocurrió como pesadilla, y ha vuelto recurrentemente a lo largo de mi vida en formas que nunca sé precisar.

La casa de los abuelos; las posteriores escuelas; las calles y los lugares cada vez más cercanos en el tiempo y en la memoria. A pie y a toda prisa, entre los carros, por la 46, por 20 de Noviembre, de Venustiano Carranza a Tecnológico, y desde Juan Escutia hasta la Monte Albán, en una caminata enloquecida, quizá en el fondo huyendo más de mí que del pasado, quizá queriendo salir por un momento más de la vida que del mundo.

Al final, haciendo un recuento como después de un sueño, me quedó la sensación melancólica de que no solo el callejón de la infancia, la colonia de la adolescencia, estuvieran profundamente desoladas, en el fondo me pareció que la ciudad entera estuviera inevitablemente deshabitada, y yo, a pesar de las difusas siluetas desenfocadas, fuera al fin y al cabo el único fantasma, atrapado en la fotografía de un laberinto.

 





Elí Isaí Loya Balcázar es colaborador de la revista Solar: su obra narrativa aparece en  la antología Voces del Noreste; es coordinador de Ri´e Asociación Civil, mediador de la Sala de Lectura José Martí, coordinador de Talleres y Cursos de la Casa de Actividades Juveniles y Artísticas (C.A.J.A), de los Talleres Incluyentes para Jóvenes de Centros de Rehabilitación, Casas Hogar y Reclusorios. En 2018 publicó su libro de cuentos Ojo de bruja, Editorial Instituto de Cultura del Municipio de Chihuahua.

No hay comentarios:

Publicar un comentario