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lunes, 7 de octubre de 2024

Desértico polvo mágico. Jaime Chavira Ornelas

Dibujo de Beatriz Bejarano Domínguez

Desértico polvo mágico

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

Saboreo el polvo desértico

que sabe a corazón y alma

sangre y huesos

saboreo lentamente las venas dolorosas.

 

Este polvo desértico de ancestrales cristales

sabe a danzas y rituales

de los rostros anónimos y los pies con alas

saboreo el polvo y mastico su historia

lo trago lentamente y se escuchan tristes cantos.

 

Rasgo mi mascara para sentirme vivo

y expulso el polvo mágico que se integra al viento.

 

El polvo desértico cae como lluvia seca

cubriendo las entrañas de la hipocresía.

 

Ven polvo desértico y cubre mi cadáver

para renacer en mezquite

y saborear las ancestrales historias de los pueblos viejos

danzando los rituales de los pies con alas

y cantar el cantar de los cantares.

 

 

 

Jaime Chavira Ornelas es administrador de negocios, logística, control de almacenes, importación y exportación, cursos de lingüística e inteligencia emocional, grado de vendedor oro por GMC. Actualmente pensionado por el IMSS.

lunes, 16 de septiembre de 2024

Aparador de local comercial. Jaime Chavira Ornelas

Aparador de local comercial

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

                                                           Artículos en oferta.

Métodos crónicos de enseñanza

                                                           para la moribunda esperanza.

Humanas promesas incumplidas

                                                           de igualdad.

Búsqueda permanente de la criatura

                                                           con el sello

                                                           “sin alma”.

Métodos anárquicos del poder

                                                           para el canibalismo intelectual.

Gozando la irrealidad internauta

                                                           en todos los sentidos

                                                           acumulando riquezas efímeras

                                                           sin valor racional.

Propuestas impuestas

                                                           de los impuestos.

Tiempos de guerras

                                                           sin acuerdos ni recuerdos.

Emociones frívolas

                                                           en los carnavales.

 

 

 

Jaime Chavira Ornelas es administrador de negocios, logística, control de almacenes, importación y exportación, cursos de lingüística e inteligencia emocional, grado de vendedor oro por GMC. Actualmente pensionado por el IMSS.

domingo, 25 de agosto de 2024

Emanaciones. Jaime Chavira Ornelas

Foto Carmen Chávez

Emanaciones

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

El día nublado da un respiro a las altas temperaturas de verano. El sol debe estar un poco -o un mucho- molesto con alguien en la galaxia, pues sus rayos son intensos y con cierta malicia de hacer daño. Sin embargo, el anciano sentado en la banca muestra que ya ha vivido lo suficiente como para darle demasiada importancia a dichos rayos solares. Su rostro pálido y arrugado expresa paz y tranquilidad; su cuerpo emana recuerdos, vivencias de la niñez y juventud. Todos flotan en el viento y se internan de nuevo en su cuerpo, más recuerdos: una bella mujer que murió hace poco, viajes, personas, sus hijos. Él solo suspira profundamente, se frota las manos y el rostro, y alza la mirada al cielo. Sus ojos, pequeños pero intensos, buscan algo en el firmamento. Es una pareja de tortolos que se enamoran con un perfecto vuelo, él los sigue con la mirada hasta que se pierden en el profundo cielo azulado.

En otra banca, no muy lejos, está sentado un joven de cabellera larga y mirada perdida. Solo ve pasar los autos y camiones, y de su cuerpo emanan figuras geométricas de colores. También aparecen extraños animales voladores, parecidos a dragones, que se persiguen tratando de devorarse entre sí, pero de repente se convierten en uno solo. Además, surgen rostros que parecen ser los de su padre y madre, gritándose, aunque desaparecen casi de inmediato.

En otra banca, está una pareja abrazada, y sus cuerpos desprenden sentimientos en forma de signos musicales. Son baladas que los incitan a besarse y abrazarse más fuerte, tanto que se fusionan y ahora son un solo ser, envuelto por los signos musicales como un remolino de sentimientos.

El día sigue nublado, y los huéspedes del parque se van yendo poco a poco, caminando por el camellón hasta confundirse entre la gente. A lo lejos se puede observar a un grupo de jóvenes que caminan hacia una cafetería cercana; son ocho: cuatro hombres y cuatro mujeres. Entre risas y gritos, llegan a la cafetería y entran. Afuera de la cafetería, hay una señora parada, muy atenta, observando al grupo de muchachos. Entra en la cafetería, se sienta cerca del grupo y pide un té chai con crema y unas galletas de canela. Saca una libreta y una pluma fuente de color rojo y azul, abre su libreta y escribe todo lo que ve y escucha, describiéndolo a detalle. Los muchachos siguen con sus risas y uno que otro grito.

La mujer irradia rostros siniestramente enmascarados; son personajes oscuros que no ríen ni gritan, sino que abren sus bocas -que más bien son fauces- y vomitan pequeñas criaturas voladoras que se adhieren a cadáveres putrefactos. De su pluma fuente roja con azul, también emanan símbolos indescriptibles que se entierran en un campo humeante, con olor a desolación. Ella sonríe, satisfecha de lo que escribe.

Los muchachos proyectan de sus cuerpos personajes desnudos que bailan al ritmo de música progresiva. Los cuerpos se contraen y se fusionan; ahora son uno solo. Todos emanan un perfume narcótico que invade el ambiente en otra realidad, en otro mundo donde solo ellos pueden convivir y disfrutar de un amor libre y limpio. Toda esa esencia paraliza el tiempo en el mundo abstracto emanado de los ocho cuerpos, que siguen sonriendo y suspendidos en la realidad de una juventud permanente, donde el tiempo es solo una mera medición.

La mujer de la pluma fuente roja y azul paga su cuenta, sale de la cafetería, atraviesa la avenida y camina rumbo al centro. Su paso es rápido y firme, y pronto se pierde entre las calles. Los muchachos siguen divirtiéndose y lo demuestran con sus sonoras carcajadas. Después de dos horas de algarabía, salen de la cafetería, se despiden, y cada uno se marcha en diferentes direcciones.

Al parque llegan nuevos personajes, y a la cafetería también. El espacio se llena de nuevas emanaciones, que se fusionan con otras que surgen de todos los seres vivos en el planeta. Fluyen sentimientos, miedos, pensamientos, deseos, ilusiones; todas flotan y se integran al caudaloso río que se eleva al cosmos y viaja a otras dimensiones, donde se fusionarán para convertirse en energía positiva, la cual será depositada en otros mundos habitados por seres de luz.

 

 

 

Jaime Chavira Ornelas es administrador de negocios, logística, control de almacenes, importación y exportación, cursos de lingüística e inteligencia emocional, grado de vendedor oro por GMC. Actualmente pensionado por el IMSS.

sábado, 17 de agosto de 2024

Angulo recto. Jaime Chavira Ornelas

Angulo recto

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

Los sueños de los seres sin refugio

se escapan entre las calles solitarias,

seres sin fuerzas para digerir

las migajas de su fatiga.

 

Cansados de sentirse vivos

suspiran por el mañana sin futuro

sin espacio

sin resplandor.

 

Resisten el viento viciado

la justicia sin juicio ni balanza, imaginan

el inexistente lugar amoroso y cálido.

 

Trazan ángulos rectos en un camino sinuoso

donde los seres callados transitan

y le piden al cielo clemencia.

 

Escuchan la palabra que viaja en el viento azul

acariciando un mundo silencioso y dócil

sin amenaza de mal tiempo ni tormenta.

 

Comen semillas de mostaza para saciar su fe,

son seres de un mismo rostro sin refugio,

arropados con el mismo cielo

y las mismas esperanzas.

 

Trazan el ángulo recto de la obediencia

para obtener una recompensa ilusoria

y sentirse perdonados.

 

El ángulo recto tiene la piedra angular

y en ella construyen el templo carnoso

para adorar sueños fallidos.

 

 

 

 

Jaime Chavira Ornelas es administrador de negocios, logística, control de almacenes, importación y exportación, cursos de lingüística e inteligencia emocional, grado de vendedor oro por GMC. Actualmente pensionado por el IMSS.

sábado, 3 de agosto de 2024

El rostro. Jaime Chavira Ornelas

El rostro

 

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

El rostro se asemeja al viento

                                                            vuela y se esconde entre los árboles,

                                                            se pierde en las ramas.

                                                            ahora se asemeja a un hermoso pájaro

                                                            que canta abriendo sus alas.

 

De nuevo vuela y se queda inmóvil en las alturas

                                                           el rostro brilla como la luna llena

                                                           cálida, fiel, silenciosa.

Trato de tocarlo, pero se desvanece entre mis dedos

                                                           es un rostro imaginario

                                                           una realidad alterna en las estrellas

                                                           un rostro de cualquiera que camina por la calle

El rostro representa los seres vivos

                                                           aquellos que buscan un hogar soñado

                                                           muchos lo encuentran entre los árboles

                                                           otros entre las ramas

                                                           todos vuelan como pájaros

                                                           y brillan como lunas.

Rostro de los débiles y los fuertes

                                                           los que ganan y los que pierden

                                                           de los que oran y de los que maldicen

                                                           de los que dan y de los quitan.

Es el rostro de muchos que niegan la verdad

                                                           y los que gritan afuera de los templos

                                                           todos aquellos que exigen justica

                                                           y otros que se mienten a sí mismos.

Rostro inexpresivo con tantas cicatrices

                                                           de batallas insípidas y absurdas

                                                           locos iracundos cuchillo en mano

                                                           y armas mortales llenas de vísceras

                                                           otros pacifistas yacen callados.

El rostro vuela con el viento y se pierde en el horizonte.

 

Rostro mío, de todos, de nadie

                                                           ve y escóndete entre las estrellas

                                                           que pronto llegará la hora de la transformación.

 

 

 

 

Jaime Chavira Ornelas es administrador de negocios, logística, control de almacenes, importación y exportación, cursos de lingüística e inteligencia emocional, grado de vendedor oro por GMC. Actualmente pensionado por el IMSS.

jueves, 25 de julio de 2024

El astronauta. Jaime Chavira Ornelas

El astronauta

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

El viaje está turbulento, la nave se estremece al abandonar la atmosfera y mi cuerpo sufre por la presión ejercida. Sé muy bien que pronto pasará y solo espero el cambio en el campo gravitacional. Sigo en el curso trazado; mi nave toma el mando y por fin puedo relajarme, me quito el casco y siento como mis pulmones respiran el aire limpio y seco. Por la ventanilla puedo ver claramente las diferentes constelaciones y la inmensidad abrumadora del universo.

Dormí por tres horas y cuarenta y dos minutos. Reviso los sensores e indicadores, todo está normal. Estoy ya a casi quinientos mil kilómetros de La Tierra y contando. Mi destino es el planeta Marte y llegare en noventa y cinco días terrestres, es un tiempo relativamente largo pues existen otro tipo de naves que llegan en menos de sesena días terrestres. Mi rango y entrenamiento es un nivel siete. Me apego a la ley de viajes interplanetarios y a disfrutar del viaje.

Despierto de un corto descanso y oigo un extraño ruido en el área de la cocina, me acerco y no veo nada, pero se sigue escuchando un rechinido y un clic-clac. No puedo localizar la fuente de los ruidos y ya están más fuertes y me están aturdiendo. Estoy muy temeroso de que sea algo grave. Los ruidos están aumentando y trato de comunicarme a la base, pero es imposible oír que es lo que dicen. Me traslado al área de mando, pero el ruido esta ya por toda la nave. Me pongo los audífonos, pero no escucho nada; la comunicación se ha cortado. Ahora si estoy en pánico, pues ya ni mi dispositivo digital funciona. Abro el compartimiento de emergencias y presiono el botón de S.O.S. Inmediatamente la nave se apaga y yo caigo como una piedra al suelo y el ruido cesa. De pronto el silencio es ensordecedor y lúgubre, mis oídos duelen. Siento el sudor frio por todo el cuerpo y surgen mil preguntas en mi cabeza. Escucho una voz robotizada que me recomienda mantener la calma, dice que ya están trabajando para corregir el problema.

Veo las estrellas y se ven tan indiferentes, tan alejadas, pero tan cerca, el sentimiento de soledad está invadiendo mi pequeño cuerpo. Este cuerpo que en la Tierra se cataloga como grande y atlético, aquí se siente tan pequeño y frágil. Me pregunto: ¿Por qué nos cambiamos a Marte? ¿Por qué soy tan arrogante? ¿Por qué creo que el dinero me dará la libertad en Marte? ¿Por qué se fue primero mi familia? ¿Qué hago aquí perdido en el cosmos y sin esperanzas? ¿Qué es la vida y por qué tan complicada? Me siento tan inútil y vulnerable. Pasaron ya veintiocho horas y aún nada. La frase robótica de “mantener la calma” me tiene harto y la cancele. La nave sigue sin rumbo y mi mente sigue traicionándome, me recuerda una frase que me dijo mi abuela: “A la mente solo dale de comer, pero no le hagas caso.” y creo que eso aplica muy bien en este momento.

Solo quedan ochenta y tres horas de oxígeno y he perdido toda esperanza de ser rescatado. Afuera solo puedo ver la belleza del universo, pero percibo su frialdad e indiferencia; parece estar sin vida, solo ahí, tan solitario, tan triste como un espejismo letal. Recuerdo cuando de niño jugaba en los charcos que dejaba la lluvia de julio, mis pies descalzos refrescándose; esa agradable sensación de tener todo el tiempo para estar vivo y sin problemas, los fieles amigos y la comida casera esperando en la vieja cocina. Después, de adolescente, pensaba que el mundo era solo mío y que nunca me haría viejo, así que me la pasaba de fiesta. Pero el tiempo pasó y sí envejecí; tomé decisiones buenas y malas, disfruté las buenas y pagué caro las malas. Pero ahora, perdido y sin tiempo ni comida casera, los amigos desaparecieron, las fiestas se olvidaron y dejé ir a mi familia a un planeta lejano porque estaba muy ocupado haciendo dinero, dinero que ahora no me sirve de nada. Siento un cansancio agudo y mis párpados pesan una tonelada.

Últimas noticias: El magnate del entretenimiento Pancho Lugo se presume perdido en el espacio desde hace más de 60 días. Despegó de la base de Ávalos el día 5 de mayo de 2037 con rumbo al planeta Marte, pero perdió comunicación días después de su despegue. No se ha podido localizar la nave, por lo tanto, se presume desaparecido. Su gran fortuna, la cual obtuvo por la fabricación de robots payasos, cómicos y actores de renombre (todo con plataforma de inteligencia artificial), está en juego. Su esposa Lupita quedó a cargo de su familia, la cual se creía que estaba en Marte, pero no era así; estaban en casa de los abuelos maternos. Les mandamos un abrazo y resignación por su fatal pérdida.

 

 

 

 

Jaime Chavira Ornelas es administrador de negocios, logística, control de almacenes, importación y exportación, cursos de lingüística e inteligencia emocional, grado de vendedor oro por GMC. Actualmente pensionado por el IMSS.

sábado, 29 de junio de 2024

El otoño cerca. Jaime Chavira Ornelas

Foto Pedro Chacón

El otoño cerca

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

El silencio llena mis oídos de pensamientos limpios

y mis ojos se asombran con el día nublado.

 

Desde mi trinchera parece que todo se ha detenido

pero no puede ser cierto, todo sigue en movimiento.

 

Movimientos precisos sin agotar el tiempo

como si la vida no bastara para llegar a este momento.

 

Sigue el día nublado y mis ojos no se cansan

de admirar la belleza.

 

Afuera es como un lugar sin emociones

irreal

quieto

¿acaso el día es la vida que palpita?

¿acaso es la belleza del alma?

 

Afuera es adentro del universo

y el universo es dentro del misterio,

afuera del misterio es adentro de la creación

 

¿todo es eterno por sí mismo?

¿o todo se extingue así mismo?

 

Afuera están los tiempos

que aceleran la permanecia del alma

adentro van los invisibles actos de la purificación.

 

Solo puedo asombrarme de la belleza del día nublado

y las parejas inmóviles que están tomadas de la mano.

 

Poco a poco llega el otoño con sus vientos fríos

y las hojas tiradas en el camino

como un recordatorio del cambio,

donde el espíritu rejuvenece y la piel se agrieta.

 

Sigue la tarde su curso

como queriendo llegar a un lugar seguro

a un lugar cálido y alegre. Solo observo cómo se aleja

y se esconde.

 

Llega la noche y acarrea fantasmas

arropa todos sus desvelos y carga su yugo negro

su misterioso cuerpo se extiende y envuelve todos los cuerpos.

 

Noche callada y misteriosa cubre con su negro velo todas las almas

de los afligidos por la nostalgia y el abandono.

 

El otoño se acerca y la realidad climática se esconde entre las nubes

el alma permanente sale de los cuerpos para no sentir el frio

y se arropa con el calor del amor perdido y olvidado.

 

El otoño se siente cerca y no hay nada que lo detenga.

 

 

 

 

Jaime Chavira Ornelas es administrador de negocios, logística, control de almacenes, importación y exportación, cursos de lingüística e inteligencia emocional, grado de vendedor oro por GMC. Actualmente pensionado por el IMSS.

domingo, 16 de junio de 2024

Tabita. Jaime Chavira Ornelas

Foto Pedro Chacón

Tabita

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

Son las tres cuarenta de la madrugada y la calle parece estar viva, mis pisadas resuenan en las paredes de la estrecha calle, el sonido da un ambiente tétrico, me siento en un filme de Boris Karloff. Sigo caminando y a lo lejos puedo ver una silueta humana como tratándo de esconderse en la esquina, me detengo para observar major: la silueta se esconde y me inquieto por sus movimientos tan sospechosos.

¿Quién será?

¿Será alguien conocido que quiere hacerme una broma?

Absurdo. Sigo caminando, pero mas lento, ahora mis pisadas se escuchan tenues y arrítmicas. Me sudan las manos, puedo sentir el corazón latir de prisa y mis sentidos se agudizan: los ojos van de un lado a otro y la boca está reseca.

Se escucha un grito, por instinto me escondo en el recoveco de una puerta y solo me asomo poco a poco: logro ver en la esquina a una criatura, o algo parecido, agarrando del cuello a un hombre pequeño; es una figura brillante, su cabellera hasta los hombros es dorado y es muy blanca, casi albina, tiene los brazos  largos. El hombrecillo logra liberarse y sale corriendo hacia la Avenida. Me escondo en el recoveco lo más que puedo.

La mujer, o el hombre de la larga cabellera, voltea en todas direcciones y sin más desaparece de mi vista. Salgo de mi escondite, camino de prisa, llego a la esquina y no hay nadie. ¿Dónde está? Todo queda en silencio, me dirijo a la casa de Israel para ver si ya hay oportunidad de brincarme hasta el balcón y dormir en el viejo catre que instaló para mí. Llego a la casa y ahora el balcón se ve mas alto, parece una muralla impenetrable (será por lo cansado que estoy de tanto vagar por la ciudad). Me preparo física y mentalmente, trepo un barandal, llego hasta el siguiente y logro alcanzar el borde del balcón, me aferro al borde y logro subir mi delgado cuerpo.

De pronto veo un resplandor en la calle, me asomo con cautela: es la mujer/hombre que busca algo en el jardín, le digo con voz baja:

―¿Que buscas?

Voltea y me dice:

―A ti.

Me quedo paralizado y por alguna extraña razón no siento miedo sino todo lo contrario: confianza y tranquilidad.

Le digo:

―Sube por el barandal.

Pero aparece a mi lado en el balcón. Su presencia radiante emana un calor inexplicable. Me siento en el catre. Me dice:

―El hombre pequeño que ataqué quería hacerte daño, pero ya ves, solo salió corriendo y no volverá más.

Se sienta a mi lado y viene a mí una avalancha de sentimientos, es como una madre protectora, una abuela paciente y amorosa, la seguridad de los brazos de un padre, la fidelidad de un hermano y la incondicional amistad. Su rostro me anima a pesar del cansancio y el hambre, me recuesta y me arropa, siento su mano en mi frente y me duermo muy a gusto.

Amanece. El calor del verano moja mi cuerpo, el balcón esta como siempre, los primeros rayos solares me tocan; me levanto y viene a mi mente la criatura brillante y misteriosa, no sé si fue un sueño o realmente si estuvo aquí, pero me fijo en uno de los rincones y ahí esta acurrucada la criatura brillante: ahora es pequeña, tan pequeña que cabe en la palma de mi mano, su brillantez es mucho menos intense. Noto que está dormida y me fijo en sus facciones, su rostro es casi transparente, su cuerpo es prefecto y sus cabellos dorados parecen hilitos de oro, lo toco y desaparece en mis dedos, pero aparece de nuevo, toco su cuerpecito y también desaparece y reaparece, su textura es suave, veo que sus ojos se entreabren despacio y bosteza.

De pronto desaparece de mi mano y me quedo asombrado por que su destello se quedó en la palma de mi mano y siento una extraña sensación en todo mi cuerpo (como si hubiera entrado en todo mi ser). La mañana se hace tarde y la tarde noche, en el inter sobrevivir de alguna manera y aprender a descifrar el código natural de la existencia, eso que nos empuja a seguir rompiendo cada segundo los esquemas para respirar.

De nuevo escalo la muralla de la casa de Israel, me recuesto y de mi oído derecho sale la pequeña criatura brillante y en un segundo crece y me saluda con su mano en mi frente e inmediatamente me duermo, su silueta queda en mi mente y todo mi cuerpo se relaja placenteramente. De nuevo amanece y los mismos rayos solares, mis ojos se abren al día y a mi lado derecho está la brillante criatura dormida flotando y poco a poco se va integrando a mi cuerpo, siento un calor agradable, ahora puedo respirar la brisa que corre por todo el balcón y llenar mis pulmones de nuevas esperanzas, nuevos motivos.

Ya pasó mediodía, comí sardinas con galletas saladas, refresco de naranja y un Duvalín, la ciudad es un enorme monstruo con miles de tentáculos y rostros, traga lo más que puede, estruja y sacude sin misericordia, sus calles y avenidas son laberintos donde a cada momento se pierden almas embrujadas por su seducción.

Camino rumbo al parque, ahí hay algunas almas perdidas y otras a punto de perderse. Siento la seducción del parque con sus árboles, pinos y sicomoros que te invitan a la contemplación y a olvidar todo compromiso. Sigo caminando y llego al otro pequeño parque que solía ser un panteón y ahora sus muertos revivieron en los seudo hippies que se juntan allí todos los días a drogarse y escuchar música entre otras actividades de distracción.

Me detengo y saludo al grupo reunido (están Arturo, Rafael, Omar, El Penco, Burgos, Josías, el chato Reyes, Esquivel, El Pechus, Chavira, y otros), solo contestan el saludo y siguen oyendo música de Pink Floyd, escucho en mi oído que la criatura me aconseja alejarme y sigo su consejo, camino rumbo al centro de la ciudad y la criatura me dice:

―Entra en la iglesia y reza como te enseño tu madre.

Llego a la Catedral, la iglesia está silenciosa y vacía. Me siento cerca del altar y me hinco a rezar el Ave María y el Padre Nuestro, no se qué mas hacer, solo estoy hincado y viene a mi mente mi familia que no veo desde hace tres o cuatro años (desde que murió mi abuela), de pronto entra en mi la gran soledad del templo, la madre y los hermanos y hermanas danzan apacibles en mi mente, pero están muy lejanos e indiferentes, solo danzan lentamente como flotando, son seres que no conozco, su ausencia es como una muralla impenetrable a mis dieciséis años, creo comprender el por qué de tanta indiferencia: cada quien carga con su cruz y no hay tiempo que perder en lamentos y culpas; rezo por ellos a Dios Todopoderoso que me ha enseñado la manera de sobrevivir y de no perder el tiempo en tontas lamentaciones y aburridas culpas.

Cae la tarde en su hora cero, el tráfico es lento, la gente camina por la plaza y los ancianos sentados platican sus logros y fracasos, los jóvenes proyectan su indiferencia pero en su mirada esconden cierta nostalgia, por mi parte solo agradezco el hermoso atardecer y en los ojos de la criatura se refleja el rojizo manto, su mirada ve más allá del horizonte, más allá del cielo y me contagia su paz, esa paz que es como un apacible lago de agua cristalina en un frondoso bosque donde unos niños solitarios juegan tranquilamente. Cae la noche, llego a la cafetería y pido un burrito de asado y otro de chile relleno y limonada, gasto parte del pago por una traducción que hice hace unos días y mañana será otro día.

De nuevo a trepar la muralla de la casa de Israel. Son casi la una y la calle esta solitaria, me siento en la entrada de la casa y la tibia brisa me anima a gozar del silencio y la noche calmada, de pronto siento como la criatura sale por mi oído derecho y se materializa en frente de mí, su resplandor me intimida, pasa su mano por mi frente y me dice:

―Es tiempo de que veas a tu familia, ellos vendrán a buscarte en los próximos días.

No sé que decir, presentí que diría eso y solo contest.

―Muy bien, estaré listo.

Pude ver en sus ojos el gran amor que siente por mí y le pregunté:

―¿Cuál es tu nombre?

Sin abrir su boca dijo:

―Tabita —y regresó a mi oído derecho.

Pasaron los años, la vida me llevo por muchos caminos, soy ahora un hombre de cincuenta y dos años que irónicamente cuido a mi madre de setenta y nueve años que padece de Alzheimer en etapa terminal, algunas veces me reconoce por unos minutos para después hundirse en ese mundo silencioso. Cuando me reconoce cree que soy aquel adolescente que regresa a casa después de algunos años y siempre me dice:

―¿Quieres comer?, porque ahora que regrésate quiero que te alimentes bien para que crezcas sano y fuerte.

De nuevo me mira perdida con sus ojitos de niña/anciana, me acaricia la mejilla con su pequeña mano fría y se va a su mundo sin memoria.

Tabita aún vive en mi oído y todas las noches oramos al Padre Celestial.

Yo te amo, Señor, mi fuerza. El señor es mi roca y mi fortaleza, es mi libertad y mi Dios, es la roca que me da seguridad; es mi escudo y me da la victoria. Amen.

Pasaron más años y la niña/anciana hace años cerro sus ojitos para siempre y se llevo con ella todos los recueros. Tabita sigue tan brillante como siempre y ahora mis huesos son los que se cansaron, estos huesos tan amigos y testigos de tantos pasos. Tabita me dijo que pronto ya no necesitaré mas mi cuerpo, que lo dejare para que vuelva al polvo de donde vino. Tabita sale de mi oído derecho y aparece frente a mí en todo su esplendor se queda flotando y me dice:

―Llegó la hora de despedirme, ha sido un corto tiempo junto a ti; en el lugar donde irás ahora se revelaran todos los misterios de la existencia y el verdadero motivo de la creación, tendrás el privilegio de conocer la verdad y sentirás el amor en todas sus formas, fue para mí un honor servirte, feliz viaje.

Luego desapareció y me quede ahí contemplando el atardecer.

 

 

 

 

Jaime Chavira Ornelas es administrador de negocios, logística, control de almacenes, importación y exportación, cursos de lingüística e inteligencia emocional, grado de vendedor oro por GMC. Actualmente pensionado por el IMSS.

martes, 4 de junio de 2024

Los siete apóstoles. Jaime Chavira Ornelas

Los siete apóstoles

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

El bosque se extiende en todas direcciones, los pinos y abetos deben ser parientes cercanos, pues son muy parecidos unos a otros; el sol debe estar en el zenit, pero solo puedo ver su reflejo en el limpio cielo azul. Doy un respiro profundo y mis pulmones se hinchan en el vasto oxígeno.

El autobús me dejó en la orilla de la carretera y seguí la vereda según me indicaron Pablo y los seis apóstoles; aún no he podido llegar a la cabaña y llevo caminando más de dos horas, pero no me importa pues entre más me adentro en el bosque mi sentimiento de libertad es más grato; hay pájaros de todos tamaños y colores, mariposas, una que otra ardilla y el ambiente es real y pacífico.

Hacia diez años, tal vez más, los apóstoles y yo venimos varias veces. Lo de “apóstoles” fue desde el cuarto año de primaria hasta el bachillerato, cuando nos separamos para ir a diferentes carreras. Pablo, Santiago, Juan, Andrés, Tomas, Mateo y yo éramos inseparables, pero pasó el tiempo y perdimos contacto, hasta que nos volvimos a comunicar por las redes sociales y eso me llevó ahora a ir caminando para reunirnos en la cabaña de Pablo. La vereda terminó hace rato y ahora solo voy al norte según, me lo indica mi brújula. Ya está anocheciendo y tengo que acampar, pues no veo señas de la cabaña.

La noche sin luna y el cielo cubierto por los pinos contribuyen a que la sensación de libertad y paz se desvanezca y que mi sentido de alerta ande al máximo, pues me siento presa fácil y no formo parte de este nocturno ambiente. Los pinos asemejan a seres danzantes, ya no son verdes, son negros y amenazantes. Encuentro una pequeña Cueva, un recoveco que será mi refugio. Limpio, junto leña, me alumbro con la linterna de mi celular, prendo el fuego y esto cambia el ambiente: es purificador e inyectan optimismo y sosiego las llamas de buen tamaño, calientan el recoveco.

Saco las latas de comida y mi bolsa de dormir.

Amanece, dormí bien, pero el cansancio aún perdura en mi cuerpo. El fuego se extinguió y solo quedan cenizas, el amanecer arrogante me consuela de mi cobardía y me hace ver lo frágil de mi presencia en medio del imponente bosque. Preparo la mochila para seguir y llegar a la cabaña, checo mi cellular, está por acabarse la carga y aún no hay señal. Ya he caminado más de tres horas por una estrecha vereda. Llego a un claro y no muy lejos puedo ver un río caudaloso y de pronto me siento inquieto y dudoso de ir al río, veo a mi alrededor pues siento que soy observado, pero no veo a nadie, me libero del peso de la mochila y la pongo al lado de un pino, afino la vista y trato de concentrar mi visión en mi alrededor y al mismo tiempo me cambio de lugar varias veces, por un momento me siento ridículo haciéndolo pero ahora estoy seguro que alguien me observa, logro subirme a un pino para tener una mejor vista del entorno, de pronto me siento muy mareado.

Estoy fuertemente agarrado de un par de ramas, pero mis piernas están de un lado a otro como si fueran de trapo, ya mis manos no aguantan y estoy a punto de caer. Solo pienso en caer de la manera más apta para no lastimarme y me suelto de las ramas, salgo impulsado y veo el cielo de un extraño color marron, luego otros pinos como pintados en un cuadro irreal y caigo como un saco de huesos quebrados, todo queda en silencio y oscuro, un color negro que nunca había visto. De repente veo un rostro blanco brillante que me dice algo, pero no le entiendo, me levanta y me recuesta en un lugar más cómodo.

Hay pequeños ángeles de colores volando alrededor, sus rostros están brillantes y todos tienen cuatro grandes alas, pienso que estoy muerto, pero es imposible que esto sea el cielo en su inmensa gloria (como decía mi abuela) pues solo de niño rezaba y ya de adulto nunca más volví a creer o hablar de cualquier divinidad o religión ¿cómo entonces es esto posible?

Los ángeles se posan en mi rostro y son muy livianos pues solo siento cosquillas en la nariz. De pronto todo es oscuro y silencioso de nuevo, mi cuerpo flota y no siento dolor alguno. Abro los ojos y veo el abeto gigante, trato de levantarme y mi pierna derecha se niega a moverse; levanto la cabeza y observo mi cuerpo, busco a los ángeles y solo veo luciérnagas en el tronco del pino bajo los rayos del sol calentándose. Me recargo en el tronco, el dolor de mi pierna aparece y me hace gritar, me toco la pierna muy suavemente y no tengo hueso roto, solo la pierna lastimada; logro incorporarme y cojeando busco la mochila, está bajo el pino, observo alrededor y sigue tan solitario como antes de caer del pino, el río caudaloso a lo lejos me ofrece cierta esperanza.

Analizo la situación detalladamente y llego a la conclusión de que Pablo y los apóstoles me jugaron una mala broma, tan mala que estoy perdido sin comunicación, el celular está muerto y nunca hubo señal. Está cayendo la tarde y con la pierna lastimada me espera una mala noche, pero saldré de esta a como dé lugar, pues mi vida ha sido como la de muchos: vencer retos y enfrentar las consecuencias de mis errores; ahora se trata de supervivencia, debo convertirme en parte del bosque y emplear mis sentidos al máximo para tomar la decisión correcta en cada reto y obstáculo que se me presente. Pablo y los apóstoles lo hicieron esto muy a la ligera, tal vez para pagarse cuentas pendientes del passado. Por mi parte, caí como un niño inocente en su estúpido juego. Ya es casi de noche y logro juntar suficiente leña, mi pierna duele, pero mi entusiasmo es más fuerte.

Pase una noche eterna, parecía que nunca llegaría el amanecer. Las sombras flotaron toda la noche a mi alrededor, fue aterrador, pero amaneció y la claridad ahuyentó los fantasmas y sus danzas macabras junto al fuego. Me tiemblan las manos a pesar de que no tengo frío, debo de reponerme para hoy salir de este lugar.

Trato de ubicar en donde estoy exactamente, siempre he caminado hacia el norte, mi pensamiento está ahora en la carretera y por fin logro saber dónde estoy. Si regreso al sur, debo llegar a la carretera en un par de días, pero primero debo construir una muleta para poder caminar con la pierna lastimada. Con una rama de buen tamaño y grosor voy caminando, en la mochila ya me quedan pocas cosas así que no está tan pesada como al principio, debo avanzar lo más que pueda para llegar a la Carretera.

Dejo atrás el rio y poco a poco agarro ritmo, es extraño como suceden las cosas y como la malicia crea situaciones extremas, siento coraje y al mismo tiempo cierta compasión por Pablo y los demás, pues éramos como Hermanos, tuvimos incontables aventuras, pero a la distancia y el tiempo tal parece que esa hermandad y amor fraterno desapareció.

Ahora aquí, en este extenso bosque avanzo sin la certeza de poder llegar a buen puerto. He caminado por dos horas y este paraje se me hace conocido, ya esta cayendo la tarde y muy pronto lllegará la noche, de pronto escucho el caudal de un río: para mi sorpresa es el mismo río, regrese al mismo punto de partida.

Junto leña, me siento agotado y con una gran angustia, no sé si tendré el valor de enfrentar de nuevo los espectros nocturnos y esos ojillos brillantes que me siguen en cada paso: creo que son un trío de lobos, pero debo seguir con la esperanza de poder salir a pesar de que todo esta en mi contra.

La noche cubre todo, el fuego baila con movimientos rituales y parece mas vivo que las noches anteriores; veo los ojillos brillantes a lo lejos moviéndose en círculos y los espectros aparecen con sus rostros flotando a mi alrededor, veo luces que me llaman y pienso: son los espectros.

Escucho que me llaman.

―Pedro… Pedro.

Las luces me invaden y ahora escucho todas las voces

―Pedro… Pedro, despierta.

No me atrevo a abrir los ojos, pero los rostros están dentro de mí. Al borde de la locura logro abrir los ojos y veo el rostro de Pablo. Creo que estoy alucinando, pero el abrazo de Pablo y sus palabras me regresan a la cordura, volteo y veo a los apóstoles frente a mí y todos se abalanzan llenos de gusto y me abrazan gritando:

―Estás bien, Pedro. Gracias a Dios que estás bien

No se aun si estoy soñando o es real lo que estoy vivo.

Entre recuerdos y luego de ponernos al día, los apóstoles y yo platicamos hasta el amanecer. Nos reímos, parecíamos los mismos niños de siete años recordando cómo crecimos y nos hicimos adultos. Somos los mismos, pero con años a cuestas. Dudé de su lealtad, dudé de su sincera amistad, pero en realidad dudé de mí y culpé a otros de mis debilidades. Este bosque soltó mis monstruos nocturnos, mis obscuros miedos, pero sobre todo me mosgtró lo frágil y vulnerable que soy.

Pasamos dos semanas increíbles.

Ahora de nuevo en casa, con mi esposa y mis hijos, espero la noche de nuevo.

 

 

 

 

Jaime Chavira Ornelas es administrador de negocios, logística, control de almacenes, importación y exportación, cursos de linguística e inteligencia emocional, grado de vendedor oro por GMC. Actualmente pensionado por el IMSS.

martes, 21 de mayo de 2024

Bajo este techo pasan lentos los días cargando la vida y ella con sus pausas. Jaime Chavira Ornelas

Foto Pedro Chacón

Bajo este techo pasan lentos los días cargando la vida y ella con sus pausas

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

Bajo este techo

                                    pasan lentos los días cargando la vida

                                    y ella con sus pausas.

El sentimiento lejano

                                    de una mítica infancia

                                    se pierde entre los atardeceres

                                    y hace que mi piel

                                    palidezca por la nostalgia

                                    y el cuerpo cansado

                                    permanece en soledad.

Mi boca saborea

                                    las letras muertas

                                    entrelazadas buscan la resurrección

                                    y la lengua esboza sonidos

                                    de una delirante frase.

Deshago madejas de razones

                                    y encuentro tejidos de locura

                                    abandonados en cuartos oscuros

                                    cubriendo cuerpos impuros

¿Escuchas cómo pasan los días y la soledad eterna?

¿escuchas cómo mueres junto a las letras? ¿escuchas cómo las lenguas cantan?

¿escuchas cómo gimen los cuerpos?

 

 

 

 

Jaime Chavira Ornelas es administrador de negocios, logística, control de almacenes, importación y exportación, cursos de linguística e inteligencia emocional, grado de vendedor oro por GMC. Actualmente pensionado por el IMSS.

martes, 30 de abril de 2024

Cuarto 444. Jaime Chavira Ornelas

Foto Pedro Chacón

Cuarto 444

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

Estoy en el cuarto 444 desde hace varias Semanas, o meses. La mañana está empeñada en ser fría, el calentón indiferente, con una extraña presencia prepotente que me hace sentirme inútil. Lo enciendo y le lanzo una mirada retadora y veo cómo se le borra esa insolencia. Puedo sentir cómo mi osamenta reniega por mi discreta entereza y la esperanza de que aún puedo dar la batalla, esta batalla que perderé algún día por las buenas o por las malas. En fin, qué importa si se gana o se pierde, todo es una ilusión o algo que se presenta como realidad .

El invierno es eterno, el frío es un sentimiento extraño: el cuerpo se estremece y se crispa; la sangre se hiela y se cuaja en las venas; la carne se enchina y los pies y las manos helados. Los días se alargan pues el pensamiento se enfría, la ventisca zumba como manifestación de soledad. La ventana cerrada y encobijada con las cortinas.

Ya no tarda la mujer que viene con el desayuno en una charola verde, un plato de plástico rojo y los cubiertos blancos; los huevos, el pan, el café y las galletas Marías no saben a nada, parecen de carton. Como porque el cuerpo me grita si no lo hago, sus gritos agónicos me espantan, he tenido la idea de meterme la mano a la garganta y sacarme el estómago y las vísceras, pero debe ser doloroso, al menos eso me dice la cabeza y le hago caso.

Entra la mujer con la bandeja: veo el desayuno reciclado, los huevos se tapan sus ojos amarillos, el pan está arrugado, el café parece petróleo recién sacado de las entrañas terrestres y las galletas son triates recién paridos, puedo oír su llanto porque la fatal muerte es inevitable. Observo la charola verde, parece que se llama Jacinta, la he visto no sé cuantas veces y hasta hoy siento que es madre de varios hijos, sufre como todas las madres, pero hay algo en ella que me llama la atención.

De pronto la mujer me grita:

–Ya comete el desayuno.

Sus ojos rojos la transforman en una víbora y sale de cuarto 444 arrastrándose.

Me como los ojos amarillos, el pan decrepito, la taza con petróleo y maté a las triatas sin Piedad. La charola verde (Jacinta) esta muy callada (tal vez preocupada por sus hijos), pero quién soy yo para juzgarla, tengo tantos hijos que ya perdí la cuenta, hay unos que ni conozco y habrá otros que ni me conocen, en fin, espero que los pobre hijos de Jacinta (la charola verde) estén bien.

La mañana sigue fría, el calentón con su actitud prepotente empeñado en seguir así, a mis manos y a mis pies los siento más fríos, me quito los zapatos y me doy masajes, y me ayudan a calentarme con la fricción, mis pies son grandes y feos, tengo callos, juanetes y ojos de pescado además pie de atleta (y nunca hago ejercicio), mis manos oprimen cuanto callo sienten con el masaje y el dolor me sube hasta mi cuero cabelludo, es un dolor extraño, no tengo control de los dedos que oprimen cada vez mas fuerte cada callo, en eso entre la mujer/jirafa de los ojos rojos con la charolita y los dulces de colores, me abre la boca y va poniendo de uno en uno los dulces y hace que los trague con buches de agua turbia, siento como van bajando por mi garganta hasta llegar al estómago, ahora mis dedos ya dejaron de oprimir los callos pues el sentimiento de ser otra persona llega con los dulces.

Abro las cortinas y entra el sol, el frío huye a los rincones, la mujer de las pastillas salió y el cuarto 444 queda en silencio, yo sentando en el borde de la cama, mis dedos jugando con las manos y mi mente con sus recuerdos y realidades. Voy en un tren rumbo a ningún lugar el paisaje que se proyecta en la ventana es extraño pues parece un rostro grande y sonriente tiene ojos marrón y cabello obscuro, de pronto el tren disminuye la velocidad y se escucha su silbido y el eco lo imita varias veces el rostro como paisaje me doy cuenta que es mi rostro, con ojos que enfrentan una tormenta y de pronto se fragmenta mi rostro en miles de rostros diminutos todos suspendidos con ojitos asombrados por la tormenta, saco mi mano para recoger mis rostro fragmentado, pero son tantos que se escurren en mis manos los empujo hacia adentro y van cayendo como peces retorciéndose en el suelo y se juntan como si fueran imanes hasta formar una extraña estrella que desaparece.

Ahora estoy otra vez solo, sentado en el borde de la cama. El silencio se mete por los poros y todo mi cuerpo es ahora el silencio del mundo, abro mi boca trato de gritar o de emitir cualquier sonido pero el silencio calla mis gritos o gemidos este silencio proviene de algún lugar desconocido en las entrañas de la madre tierra es un silencio místico metafísico caigo de rodillas y ahora escucho todos los sonidos desde el grillo hasta las constelaciones escucho los sonidos interiores de mi cuerpo cómo suenan las neuronas y todos los órganos cómo suena la vida en el planeta y solo exhalo un suspiro por todos aquellos que sufren escucho su llanto sus plegarias sus arrepentimientos su ira todos los sonidos de la muerte que aúlla tras las víctimas.

Sigo de rodillas y desfallezco. Mi cuerpo es un hilacho, puedo sentir lo frío del piso, en mi cara veo cómo entra un enfermero y me levanta y me acuesta en la cama, me da cachetadas pequeñas, veo su cara de papa y sus ojos de pescado, parece que babea; entra otra enfermera y me inyecta algo en el brazo izquierdo, el líquido corre de prisa por mi vena hasta la cabeza y siento un abundante calor en todo el cuerpo y me quedo dormido.

Despierto. No sé cuanto tiempo ha pasado, es de noche (creo) y mi garganta esta seca, trato de levantarme y siento vértigo, casi me caigo de la cama pero alcanzo la jarra con agua y le doy un trago que me refresca, le doy varios tragos hasta quedar satisfecho, las cortinas en la ventana están cerradas y debo abrirlas, de nuevo trato de levantarme y el vértigo hace que me vaya de lado pero hago un gran esfuerzo y me pongo de pie agarrándome de lo que puedo, llego a las cortinas y las abro de par en par, ¿está amaneciendo o atardeciendo?, regreso tambaleante a la cama, me siento para que no me gane el vértigo, me levanto y voy al baño, como puedo llego hasta la regadera y me siento en el suelo y abro la llave del agua fría que me cae y siento cómo la electricidad se enciende en todo mi cuerpo, ahora soy un ser vivo, un ser alertado por el gran elemento acuífero, poco a poco la cordura acompaña a la realidad, esta realidad finita que provoca la desaparición de toda locura, todos mis sentidos regresan a su lugar de origen.

Después de permanecer un rato en la regadera me levanto y el vértigo se ha ido a marear a alguien en otro lado, me seco, me estoy cambiando de ropa y entra la enfermera serpiente y con cara de sorpresa grita:

—Señor Chávez, que bien se vé esta mañana.

Deja la pequeña bandeja con tres pastillas en el buró y dice:

—Venga, por favor tómese las pastillas.

Las tomo, veo en sus ojos cierta tristeza, me doy cuenta que tiene los ojos verdes, su rostro con piel tersa y rosada y las facciones de una mujer bella. Me invade la somnolencia, mi cuerpo se relaja y me acuesto, un profundo suspiro sale de muy dentro, es un respiro liberado de su encierro. El techo del cuarto 444 es la ventana de un tren sin destino, sus silbidos los acompaña el eco y a los miles diminutos rostros en la ventana solo se los lleva el viento.

 

 

 

Jaime Chavira Ornelas es administrador de negocios, logística, control de almacenes, importación y exportación, cursos de linguística e inteligencia emocional, grado de vendedor oro por GMC. Actualmente pensionado por el IMSS.

viernes, 26 de abril de 2024

¿Cómo llegaste a vivir en mi corazón? Jaime Chavira Ornelas

Foto Pedro Chacón

¿Cómo llegaste a vivir en mi corazón?

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

¿Cómo llegaste a vivir en mi corazón?

¿cuándo tomaste posesión de mi alma?

 

¿Por qué llegaste y te quedaste tan dentro?

Mis vacíos se llenaron hasta desbordarse

y mis noches negras se iluminaron como brillantes días.

 

¿Cómo te persiguió mi amor hasta alcanzarte?

¿cómo me refugié en tus ojos dorados?

Cansada mi cabeza se durmió en tu hombro

y mis brazos se abrieron a tu alegre alma.

 

¿Cuándo el tiempo nos regaló tantos sentimientos?

¿cuándo?

¿y cuándo se desvanecieron?

 

¿Cómo detengo tantas tempestades?

¿cómo cruzo los ríos caudalosos de pensamientos?

¿cómo?

¿cómo aparto el amor que se arrastra temeroso?

temeroso de morir de olvido

temeroso de convertirse en un tempano de hielo.

 

 

 

 

Jaime Chavira Ornelas es administrador de negocios, logística, control de almacenes, importación y exportación, cursos de linguística e inteligencia emocional, grado de vendedor oro por GMC. Actualmente pensionado por el IMSS.

sábado, 13 de abril de 2024

El proceso cauteloso de la existencia. Jaime Chavira Ornelas

El proceso cauteloso de la existencia

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

El proceso cauteloso de la locura

detalla los sucesos delirantes

para desvirtuar a la cordura.

 

Meticuloso sentido del tener

empodera la debilidad

del homo tecno.

 

Burbujas inmensas

de diversas posesiones

burbujas indestructibles

e impenetrables

 

Acumular riquezas

de metales y piedras

engrandece la prepotencia

dentro del proceso cauteloso

de la locura.

 

La simetría del ser imperfecto

con la necesidad de amar

descubre la razón de existir:

tiene una conexión sencilla y activa

con la creación, el creador.

 

Ser real y emocional

en una realidad sobrenatural

se presenta con rostro natural

en la dimensión intrasensorial.

 

¿Tener o ser?

cuando nada nos pertenece

cuando el mañana es ilusión

cuando el pasado desaparece.

El ser: Efímero sentido de existencia.

 

 

 

 

Jaime Chavira Ornelas es administrador de negocios, logística, control de almacenes, importación y exportación, cursos de linguística e inteligencia emocional, grado de vendedor oro por GMC. Actualmente pensionado por el IMSS.

martes, 20 de febrero de 2024

Sentidos distantes. Jaime Chavira Ornelas

Sentidos distantes

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

El sorbo letal de la conciencia

intoxica el polvo carnal.

Incierta la ciencia se esconde penosa.

 

En un baúl de carne cristalina

unos esconden la tierra que brota

de los cerros negros con olor a sangre

 

Se esparcen pétalos secos en el horizonte

por los tiempos de guerra

y cerebros sangrantes se los comen.

 

Una música inventa un arma letal

que oprime los poemas del silencio

y rescatan las letras que cautivan a los tiranos.

 

Sorbo letal de la ciencia

que pervierte

trago el dulce veneno

aletargando mi cerebro.

 

Sorbo letal de sentimiento primitivo

que carga mi corazón desde niño,

invade como serpiente

mi frágil espíritu.

 

Sorbo letal de la felicidad sin gozo

que surge de la inteligencia artificial

con las conexiones

de las pantallas digitales.

 

Sorbo letal del amor primario

para seducir el rostro con velo blanco

y dormir entrelazado con estrellas.

 

 

Jaime Chavira Ornelas es administrador de negocios, logística, control de almacenes, importación y exportación, cursos de linguística e inteligencia emocional, grado de vendedor oro por GMC. Actualmente pensionado por el IMSS.

viernes, 16 de febrero de 2024

Cantos y alabanzas. Jaime Chavira Ornelas

Foto Pedro Chacón

Cantos y alabanzas

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

Sonidos extraños se escuchan lejos, no puedo identificar de dónde, son como cantos y alabanzas. Estoy en la parte baja del arenal, es parecido a una trinchera, pero con techo y puerta; los ruidos siguen como si fueran gritos de auxilio, veo por la ventana y solo se ve el campo seco. En el cielo flota el polvo diurno, me siento en el banco que me dejo Lito, agarro un pan y lo mojo en el café para que se le quite lo duro. Siguen los cánticos y siento cómo bajan el pan y el café por la garganta, ávida de alimento. Veo pasar dos cucarachas peleando una migaja de pan duro. El ruido cesa y solo escucho el aire.

Salgo y subo la barricada, me espera un día muy atareado, camino rumbo al galerón donde están los peones, cuatro muchachos callados y curtidos por el frío y el calor. El Líder (es su sobrenombre) es el jefe del grupo, llego y les digo lo que hagan: como hormigas arrieras salen con palas y talachos cavan hoyos para los cimientos de un disque observatorio, o laboratorio; por mi parte agarro el cántaro, los frijoles, café, tortillas y sal, pongo todo en una viaja carrucha, la coloco bajo el tejabán, enciendo una lumbrada para poner el comal. La poca leña que hay se consume rápido y le grito al Líder que traiga más, en pocos minutos me trae suficiente.

Ellos siguen jalando, veo pasar unos cuervos graznando, señal de que pronto volverán por las migajas de lo que se caiga al suelo. El sol ya cala y solo se escucha el ruido de las palas y los talachos. Veo que están cavando fuera del perímetro que les indiqué y me subo a la piedra bola, les grito que deben darle más a la derecha porque se están saliendo del perímetro, solo voltea el Líder y les indica que corrijan la línea.

Ya los frijoles están hirviendo, el café también, las tortillas listas. Les grito que vengan a desayunar. Llegan en fila y en silencio se sirven; nos comemos hasta la última tortilla y el ultimo caldito. Luego siguen cavando y veo en sus rostros la esclavitud que cargan desde sus ancestros, la maldición de la bendición de ser nativos con sangre noble y primitiva y vivir con el estigma de la historia; son hombres que aman, odian, respiran y sangran por la humildad de su casta. Viven el día sin reclamar nada, sin pedir clemencia ni renegarle a la miseria.

Termina la jornada y de nuevo estoy en esta trinchera viendo por la ventanilla el cielo estrellado y su indiferencia, el viento caluroso que agranda mi soledad, un viento burlón y vivo me presume su libertad, viene y va a su antojo, entra y sale por cualquier rendija y se aleja plácidamente y yo solo me quedo atónito viendo su majestuosidad.

Enciendo el quinqué, la estufa de leña me recuerda cuando quise prenderle fuego a la biblioteca donde trabajé por años, leí tanto y a tantos locos de la letra que llegué a pensar en juntar dinero para viajar y prenderles fuego a todas las bibliotecas de mundo para exterminar la literatura, pero cuando estaba por iniciar el fuego pensé en todas la imprentas que conciben libros, todos los libros infantiles y educativos, en los comics, en la poesía, en las ilustraciones de los grandes maestros y tanto libro que nos agranda el alma y nos libra de nuestros malos días, la literatura como un gigante de buenas nuevas, de mejores tiempos. Aquel día apagué el fósforo y arrepentido me alejé y viene a esta trinchera en medio del desierto para sentirme libre del pensamiento filosófico, del por qué o para que. La duda.

De nuevo se escucha el ruido que viene de no sé dónde, pero ahora es más fuerte salgo al arenal, la luna es brillante y puedo ver a lo lejos siluetas humanas que caminan hacia la cañada del coyote. Trato de alcanzarlos, el sonido me estimula y ahora puedo adivinar donde se origina.

Ya en el camino de la Cañada del Coyote pierdo de vista al grupo, pero después de caminar otro trecho los veo de nuevo. El sonido ensordecedor me quita concentración y los pierdo de nuevo.

Llego al extenso terreno donde se construirá el observatorio y las siluetas desaparecen en el Oasis del Castor, es de donde viene el sonido de cantos y alabanzas.

Me acerco sigiloso por no saber quiénes son ni que hacen aquí, de pronto el sonido cesa y las siluetas hincadas, con los brazos extendidos al cielo y yo asombrado por la situación me quedo paralizado: siento una fuerza que me detiene y hace que me eche rostro a tierra. Puedo sentir la tierra en mi boca y la saboreo, algo me obliga a no levantar el rostro. No es doloroso o incomodo, todo lo contrario, por alguna razón siento una profunda tranquilidad.

Despierto y ya está amaneciendo, estoy acostado en medio del camino que lleva al pueblo, hay una quietud por el amanecer rojizo y me siento contento, no sé por qué. Me levanto y me siento energético, fuerte, no veo a nadie a mi alrededor y estoy confundido pues no puedo discernir entre la realidad y esto que me está pasando.

Todo parece muy distinto desde que caí en tierra, las siluetas y los cantos ahora se oyen tan distantes e irreales, camino rumbo a la cañada y veo a lo lejos al Líder, que me hace señas.

Corro hacia él y le pregunto que dónde andan los demás. Se encoje de hombros y me dice que no encuentra a ninguno y que por qué ando tan temprano por este lado. Le digo que hay que terminar de cavar y que debemos de encontrar a los muchachos.

Me siento ansioso, veo las cavidades como hocicos abiertos esperando su alimento, la imagen es apocalíptica pues parece más una destrucción que una construcción. El Líder limpia, recoge, llena carretillas de tierra y las lleva al arenal, yo por mi parte trato de cavar, pero la tierra es dura y mis fuerzas son mínimas, ahora comprendo a los obreros y me pregunto ¿de dónde sacan fuerzas para durar tantas horas cavando y cavando?

Se siente un viento ligero del sur, unas grullas pasan volando y el viento es más fuerte y terroso, sigo cavando, pero sin logar gran avance, tiro el talacho a un lado y todo me parece no tener sentido

¿Dónde quedo la vida? ¿Qué hago aquí cavando agujeros en el desierto? ¿Por qué no soy agradecido y humilde de corazón? ¿Por qué abandoné lo poco que tenía?

El viento es ahora más fuerte y densa la tolvanera, no veo ya al Líder. Le grito, pero ni yo mismo me escucho, camino hacia la trinchera, pero no sé dónde estoy. El viento me arroja al suelo y solo puedo arrastrarme, llego hasta el arenal y entro en la trinchera, esto ya es un huracán. Se oye que el viento gime afuera tratando de destruir todo a su paso; la trinchera cruje y el tejaban sale volando, la ráfaga enfurecida entra y arrasa todo.

Me tiro en un rincón y siento cómo los miles de tentáculos del viento tocan mi cuerpo. Escucho cantos y alabanzas y veo las siluetas hincadas con los brazos al cielo, son mis muertos, los muertos que se fueron hace muchos años, mi padre, mi madre, mi hermano, mis abuelos son esos muertos que rezaban piadosos el rosario y que cantaban alabanzas pidiendo misericordia y perdón.

El Líder me levanta y me dice que ya paso el huracán, subimos al arenal, caminamos rumbo al pueblo y asombrados vemos que no hay un solo hoyo, todo cambio, ahora es un panorama devastado. El líder me coje del brazo y me dice que por favor ya no coma bisnagas.

Me avisaron que la obra se cancelaba, nos pagaron y, como si nada hubiera pasado, empaco lo poco que tengo, me despido del Líder y de los muchachos.

Ahora sentado aquí en el cruce de caminos no sé a dónde ir. Es un día soleado y un sueve viento sopla del sur, huele a bracero combinado con hierba, en el alambre de la cerca se para un pájaro azul con el pico rojo, abre y cierra las alas y silva un sonido agradable, emprende el vuelo y pasa muy cerca de mi cabeza, lo sigo con la mirada y poco a poco desaparece. Veo a lo lejos caminos que se pierden también y me recuerdan las malas decisiones que he tomado en mi vida y que así se perdieron. Fueron tantas, pero ahora aquí sentado en el cruce de caminos me perdono, me perdono por no haberme perdonado antes, por haber vivido lleno de remordimientos, me perdono por haber huido de mí mismo, por haber actuado sin prudencia, por haber abandonado el amor y la libertad, me perdono por no ser un hombre justo, me perdono por ser lo que nunca quise ser y este perdón me da la libertad de perdonar todo lo que me ha hecho daño, perdono para ser perdonado.

Ahora voy a enfrentar el futuro que está detrás del horizonte, volveré al punto de partida para empezar renovado, juntaré los pedazos que dejé en el camino y los arrojaré a una hoguera llamada vanidad.

El autobús entra en la ciudad y no la reconozco, después de tantos años ha cambiado mucho, la modernidad llegó. Después de una hora llego a casa y aquí la modernidad ni siquiera se asomó, todo está más viejo, el barrio luce triste y abandonado, la puerta está como la dejé hace doce años, las dos cadenas y sus candados, los tres cerrojos siguen cerrados.

Abro la puerta y la avalancha de recuerdos me ahogan, se escuchan risas y gritos, el sonar de los cubiertos contra los platos, la música del tocadiscos y las noticias del radio, mis hijos pequeños jalándome el pantalón para que les compre dulces y ya grandes diciendo que se quieren ir de la casa, mi esposa saliendo por la puerta sin despedirse.

Todo está igual, pero con una gruesa capa de polvo y telarañas, camino al patio trasero y los tres arboles están a medio morir, la hierba lo cubre todo, huele a tristeza.

La quietud me indica que sigo aquí en el polvo y la hierba, en los muebles viejos y en los árboles, en cada pared, en cada rincón. Nunca me fui, creí haberme ido, pero solo se fue mi cuerpo. El alma y el espíritu permanecieron, por eso puse cadenas, candados y cerrojos.

Entro a la recamara y aún queda olor de esposa, ese olor a carne alegre y limpia. Me siento en el sillón y me duermo, escucho de nuevo los cantos y alabanzas que me arrullan y me calman.

Despierto y ya es de noche. Me incorporo y abro las ventanas, entra el aire y se lleva los olores viejos que no querían irse, la luz de la luna llena penetra y puedo ver mejor por donde camino.

Salgo a la calle y el barrio ya no me parece tan abandonado, la luz mercurial le da una perspectiva; en la esquina está la tienda de abarrotes y algunos niños aun juegan en la calle. Veo el reloj y son las nueve veinte pm, camino a la tienda y compro tres piezas de pan blanco, dos conchas y un litro de leche, no reconozco al tendero y le pregunto por don Poncho; el joven dice no saber de quién hablo y me da mi cambio. Me ceno el pan, sacudo la cama, me acuesto y de nuevo me quedo dormido.

El sol me despierta temprano, salgo para arreglar lo de la luz y el agua. Regreso con la promesa de que me instalaran todo a más tardar mañana. Saco bolsas para la basura y me pongo a limpiar y a cortar la hierba. Son las seis y media pm y he juntado doce bolsas de basura y aun no puedo terminar, pero no me siento cansado.

Saco una silla a la calle y me siento a descansar en el fresco de la tarde, unos niños juegan futbol y su algarabía es contagiosa, la infancia es la edad ideal para conocer la felicidad. Varios pajarillos están esperando el atardecer, parados en los cables. Me pregunto qué sentirán o qué su instinto les aconseja, se nota que están atentos al horizonte y saben que pronto vendrá la noche.

Cayó la noche y los pajarillos volaron rumbo al sur. Un vecino llega a su casa y lo saludo, se acerca, recuerdo su nombre y él recuerda el mío. Saco otra silla y nos ponemos a platicar como si no hubieran pasado doce años sin vernos.

Me despierta el sol temprano y mi objetivo para hoy es encontrar trabajo, a mi edad nadie querrá contratarme, pero no me importa, visitaré conocidos a ver qué pasa.

La ciudad ha crecido y con ello el ruido; no encontré a ninguno de mis conocidos y en el periódico salen empleos, pero solo contratan hasta cincuenta y cinco años. Un señor me aconsejó que fuera a los supermercados porque ahí contratan adultos mayores como empacadores. Fui a uno cerca de mi casa y me quedé a trabajar.

Regreso, son las siete pm, traigo doscientos ochenta y tres pesos en la bolsa, no lo puedo creer: conocí gente amable y alegre a sus más de setenta años, fue algo extraño: más que un trabajo es una enseñanza.

Llegue cargado de energía, ceno frijoles con tortillas y el café me sabe riquísimo, me acuerdo del Líder y los muchachos, pero se me hace como algo irreal, un sueño triste: la pobreza extrema, los rostros curtidos, manos agrietadas. Muy jóvenes pero viejos en la mirada.

La trinchera y el arenal se quedan en mis recuerdos: los pobres siempre estarán entre nosotros, son corazones fuertes y sinceros, niños, hombres y mujeres destinados a esperar la justicia divina.

Pasan días, semanas. Me estoy adaptando a mi nuevo yo, mi cuerpo ya traqueteado me duele aquí y allá pero cada día tengo más fuerza espiritual. En los atardeceres escucho cantos y las alabanzas.

Sé bien que solo están en mi cabeza, pero me agradan. En la noche veo las figuras con sus brazos hacia el cielo dando gracias.

 

 

 

 

Jaime Chavira Ornelas es un sobreviviente de la desintegración familiar; estudió comunicación y manejo de negocios en el Colegio Comunitario de Maricopa en Phx. Az USA; tiene diplomados en exportación, importación y manejo de aranceles por Bancomext, también varios cursos de inteligencia emocional y lingüística. Trabajo para empresas a nivel gerencial. Actualmente es pensionado por el IMSS. Escribe cuentos cortos y poemas ácidos.

jueves, 25 de enero de 2024

La adolescencia. Jaime Chavira Ornelas

Foto Pedro Chacón

La adolescencia

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

Las heridas adolescentes

son parte de mi coraza,

gruesas gotas

que poco a poco secaron.

Seres vivos

que mueren junto a la nostalgia

y suspiros por la ausencia.

Las heridas que adolescen

son llagas de una guerra olvidada

por la madre perdida entre la gente

y los hermanos que se fueron.

Son heridas por los golpes

por tantas caídas en el fango

por tantos insultos de furia

y el indiferente abandono del amor.

Esas heridas que fueron profundas

son ahora rencores,

gritos callados por la luz de sanación.

Son heridas que sangraron

en las noches solitarias

saladas por el llanto

y firmamentos con astros lejanos.

Son las heridas que disiparon el odio y la vergüenza

y me enseñaron a amar

a perdonar

y ser perdonado.

Hoy solo son cicatrices.

 

 

 

Jaime Chavira Ornelas es un sobreviviente de la desintegración familiar; estudió comunicación y manejo de negocios en el Colegio Comunitario de Maricopa en Phx. Az USA; tiene diplomados en exportación, importación y manejo de aranceles por Bancomext, también varios cursos de inteligencia emocional y lingüística. Trabajo para empresas a nivel gerencial. Actualmente es pensionado por el IMSS. Escribe cuentos cortos y poemas ácidos.

sábado, 9 de abril de 2022

La Madre Santa Lolita. Jaime Chavira Ornelas

 

Foto Roberto Lara Radillo

La Madre Santa Lolita

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

Existió en los años cuarenta una monja llamada La madre Lolita. Dice la leyenda que nació en un barrio del sur, sus padres eran libaneses católicos refugiados; eran muy pobres, cuando desembarcaron en el puerto de Veracruz solo traían dos maletas y muchas esperanzas de tener una mejor vida para sus dos hijos, que en aquel entonces tenían seis y ocho años.

Ya instalados en Chihuahua, donde estaban varios paisanos que les ayudaron con lo más básico, consiguiéndole trabajo a Salomón, su padre, mientras Sofía, su madre, se encargaba de las labores domésticas y la educación de los dos hijos.

La mejor vida llegaba poco a poco, crecía la familia, llegó Dolores, una niña regordeta y de mirada penetrante; no lloraba ni daba lata a su ocupada madre, solo comía y dormía. Salomón trabajaba duro en la fábrica de dulces y chocolates, su salario daba para comer y vestir.

Pasó el tiempo, Lolita crecía como cualquier niña, solo que a la hora de decir sus oraciones por la noche y la mañana lo hacía con suma devoción, tanto así que emanaba canticos como lamentaciones y alabanzas con su vocecita infantil. Sofía, su madre, se quedaba maravillada por lo hipnótico de los sonidos. Por su parte, Lolita solo terminaba de orar y se ponía a jugar con su muñeca de trapo y sus juguetes de madera.

Un día por la mañana Lolita llegó corriendo a la cocina y le dijo muy quedo a su madre que en el patio trasero, junto al sicomoro, estaba un hombrecito brillante dormido bajo la sombra del árbol. La mujer no supo que decir ni que hacer, pues lo que le decía Lolita la dejo sorprendida. Lolita con voz muy baja le repitió lo mismo una y otra vez, Sofía la tomo de la mano y fue al patio trasero para ver lo que Lolita aseveraba. Llegaron al sicomoro y solo vieron una lucecilla como de luciérnaga perderse entre las ramas del árbol. Sofía le dijo a Lolita que solo era una luciérnaga y que no tuviera miedo, pero Sofía sabía que las luciérnagas no brillan de día y además nunca se habían visto luciérnagas en el patio trasero, ambas regresaron a la casa y Lolita solo le aclaró a su madre que la luciérnaga era como un niño muy pequeño y brillante.

Paso el tiempo y Lolita seguía viendo pequeños seres brillantes y que ahora hablaban con ella, pero solo le comentaba esto a su madre, la cual no contaba nada a nadie de lo que le decía Lolita. Un día le sucedido un accidente a una de las vecinas, le cayeron encima varios sacos de maíz y todos la daban por muerta, pues los sacos eran de más de veinticinco kilos cada uno. Llegó corriendo Lolita y logró sacar a su vecina de entre los sacos, la cual milagrosamente estaba viva y solo se quejaba de un dolor en el brazo izquierdo. Todos quedaron asombrados del suceso y se preguntaban unos a otros que cómo era eso posible. Lolita solo la tomo de la mano y la llevo a su recamara para que se recuperara.

Siendo ya una adolescente, Lolita quiso asistir al internado de la Sagrada Familia, pues quiera ser monja, pero se requería tener una gran vocación. La Madre Superiora le hizo varios exámenes, los que aprobó sin problemas. Lolita se instaló en su nuevo hogar, el pequeño cuarto era frio y húmedo, solo tenía una cómoda y un viejo catre y una silla en el rincón, la ventanilla daba a un jardín seco y descuidado.

A pesar de eso, Lolita se sentía en casa; las clases le gustaban, lo mismo que sus maestras, las que de inmediato se dieron cuenta de lo especial que era la nueva alumna. Pasaron los días y Lolita se integró al grupo fácilmente, sus compañeras se sentían muy bien en la grata compañía de Lolita pues irradiaba una amistad sincera y entregada. Pronto las animó a darle vida al seco jardín, el cual tenía varios árboles secos y tanto las flores como los helechos estaban moribundos.

En pocos días el jardín reverdeció, pues lo que tocaba Lolita revivía. Llegaron pájaros y palomas, anidaron y cantaban plácidamente; las palomas eran muy blancas y solo llegaban cuando Lolita se sentaba a leer sus textos religiosos, la rodeaban y parecía que platicaban con ella, pues de vez en cuando sonreía y las acariciaba.

El edificio, construido a principio de los años mil ochocientos, tenía una fachada de cantera y ladillo, daba la impresión de una cárcel; su pasillos y salones eran obscuros y tétricos, pero, por extraño que parezca, desde que Lolita se presentó, el entorno se tornó más alegre y vivo, los pasillos más soleados, a los salones se les notaba más los colores y predominaba un ambiente de algarabía religiosa, inclusive las campanas de la capilla se volvieron a tocar, pues por alguna razón antes estaban mudas, pero Lolita se atrevió a jalar las sogas y emitieron un dulce sonido que dejo a las monjas asombradas y desde ese día en adelante las campanas anunciaban el horario para varias actividades, para la diaria oración y la misa los domingos.

Pasaron cinco años y Lolita se convirtió en una devota novicia, hablaba latín a la perfección lo mismo que hebreo, arameo y lenguas indígenas; nadie sabía quién le había enseñado, ella decía que los ángeles. La teología de Luciano de Antioquía era su predilecta, aprendía y aprendía siendo muy reservada y obediente en cualquier tarea que se le asignaba. Sus padres al visitaban una vez al mes para llevarle artículos de limpieza personal y ropa interior, además de galletas y miel de abeja que le gustaba mucho. Sus hermanos, ya casado,s le llevaban a sus hijos, a los cuales les encantaba jugar con su tía Lolita, pues decían que ella les inventaba juegos con palitos, piedras, hojas y todo lo que encontraba en el jardín.

Pero todo tiene su tiempo y se llegó el día de su partida como misionera a los pueblos más apartados de la sierra. Dicen que la última noche que paso en el internado su habitación se ilumino como si estuviera el sol dentro, el resplandor despertó a varias de las novicias y fue tanto su asombro que se postaron y oraron a gritos y sollozos.

Lolita emprendió el viaje por carretera en un autobús, pero cuando llego a la sierra, cuentan que siguió a pie internándose en el bosque. Se supo que en los pueblitos a los que llegaba atendía a los enfermos hasta sanarlos, los ayudaba en las labores del campo y semilla que sembraban daba en abundancia; curaba a los animales, fueran domésticos o salvajes, le enseño a leer y escribir tanto a los niños como a los adultos, les leía la Biblia y, cuando lo hacía, un fervor espiritual invadía los corazones de todos los presentes, muchos juraban que ella era como el sol pues su luz penetraba con amor y paz.

Recorrió toda la sierra hasta los asentamientos más remotos, unos dicen que fueron más de quince años y otros que más de veinte, el hecho es que su ministerio toco y esparció amor incondicional, obediencia, paz y una entrega total al servicio del prójimo.

No se sabe exactamente qué paso con La Madre Santa Lolita de la sierra. En una ranchería solo amaneció su hábito y sus viejos huaraches sobre el catre donde paso su última noche. Algunos aseguran que unos hombres brillantes aparecieron y se la llevaron.

 




Jaime Chavira Ornelas es un sobreviviente de la desintegración familiar; estudió comunicación y manejo de negocios en el Colegio Comunitario de Maricopa en Phx. Az USA; tiene diplomados en exportación, importación y manejo de aranceles por Bancomext, también varios cursos de inteligencia emocional y lingüística. Trabajo para empresas a nivel gerencial. Actualmente es pensionado por el IMSS. Escribe cuentos cortos y poemas ácidos.

miércoles, 2 de marzo de 2022

El tren de Jairo. Jaime Chavira Ornelas

Foto Pedro Chacón

El tren de Jairo

 

 

Por Jaime Chavira Ornelas

 

 

Conocí a Jairo en el tren. Fue cosa del destino, pues ese día de enero me iba a quedar de guardia en la jefatura, pero se enfermó Toribio, el que saldría rumbo a Creel esa mañana, y yo tuve que ir en su lugar. Mi número de asiento era el 34b pero a última hora me lo cambiaron por el 44c y luego supe que a Jairo le había tocado el 22b pero se lo cambiaron por el 44d.

Él también viajaba a Creel para comprar artesanía de la región.

La primera impresión que tuve de Jairo fue de que era una persona abierta y sincera, de sonrisa tatuada y dispuesto a servir al prójimo. Se presentó muy educado y entabló la conversación contándome a qué se dedicaba, dándome detalles de sus compras y los pros y contras que se presentaban. Su plática fue interesante, pues eso era nuevo para mí, y también para los que escuchaban alrededor.

Después de un rato Jairo seguía hablando de la importancia del material con que se fabrican las artesanías, y que los artesanos se han convertido en esclavos de la publicidad, marionetas del negocio turístico. La plática había tomado otro curso, pues Jairo hablaba ya en un serio. Noté que su rostro era más rígido y su boca tenía un leve tic nervioso, aunque no perdía la sonrisa.

Sin embargo, ya hablaba de otro tema. La gente alrededor iba como aletargada y yo, por mi parte, solo escuchaba de unas espacies raras de animales que habían encontrado en África y Australia, con tres cabezas y ocho patas y de colores amarillos y naranjas llamados Otorrinocerontes, encontrados en cuevas de completa obscuridad. Al contar eso, babeaba, tanto así que tuve que taparme la cara para no ser bañado por su baba, la me mojó las manos.

Luego cambió de tema diciendo que él había sido abducido por extraterrestres cuando era niño; lo llevaron a un planeta en otra galaxia a una distancia de miles de años luz viajando por agujeros negros; los seres eran reptilianos y lo analizaron todo el tiempo que estuvo en la inmensa nave espacial donde viajaron.

En ese momento me di cuenta de que él solo hablaba al aire, ya no era una plática, más bien estaba hablando a todos los de carro del tren, los niños tenían los ojos muy abiertos y sus mamas les tapaban los oídos, los adultos habían despertado de su letargo y lo escuchaban atónitos.

Yo por mi parte no podía moverme ni articular palabra, pues parecía que estaba hipnotizado o polarizado por el asombro de lo que estaba oyendo.

Terminó ese tema diciendo que no supo cómo regresó, pero despertó en su recamara sentado en la orilla de su cama, no le conto a nadie hasta que ya fue mayor.

Se calló por unos minutos.

Luego empezó a decir que él se consideraba poliglota, pues hablaba más de siete idiomas y cuatro dialectos. Empezó a hablar en diferentes idiomas y lenguas raras, todos estábamos sorprendidos o asustados por la gran dinámica que emanaba, movía sus manos en círculos y de arriba abajo y ya no estaba sentado sino caminaba de un extremo al otro y de nuevo cambió de tema como si se tratara de respirar.

Ahora decía que él había estudiado varias carreras universitarias, era abogado, psicólogo, licenciado en filosofía y letras españolas, antropólogo social y no sé cuántas mas dijo. De pronto corrió al extremo del vagón y gritó con tanta fuerza que posiblemente se oyó en toda la sierra

“También puedo ser invisible”. Y desapareció.

Todo quedó en silencio, solo se oían las ruedas de tren contra la vía y nos veíamos unos a otros incrédulos. Alguien empezó a gritar “¿A dónde fue, donde esta?”. Me levante y recorrí los diferentes carros del tren, pero Jairo no estaba por ningún lado, busque en los baños, el comedor, pero Jairo no estaba en ninguna parte.

No tenía ninguna explicación lo que había pasado.

Cuando regresé al carro donde desapareció, estaban todos como locos preguntándose a gritos donde estaba Jairo. Los niños lloraban y algunas mujeres reían nerviosas, yo caminaba como zombi sin saber que realmente había pasado.

Me senté y aun sentía la presencia de Jairo hablando en diferentes idiomas, filosofando, hablando de justicia y compras de todos los artículos en el mundo, explicando la logística de las grandes cargas marítimas y terrestres, diciendo qué presidentes eran masones y quienes ultraconservadores. De pronto todos nos quedamos callados y aletargados, pues nos invadió un sueño hipnótico y nos dormimos.

Nos despertó el boletero gritando ¡próxima estación Creel, próxima estación Creel! Desperté como de un sueño largo y cansado. Ya quedaban pocos pasajeros; agarre mi mochila y bajé como si flotara, nada parecía real y pensaba que aún seguía dormido soñando. Soñando que Jairo desaparecía. Caminé por las calles hasta llegar a la jefatura.

A lo lejos oía el tren partiendo a otro sueño, otra realidad.

 




Jaime Chavira Ornelas es un sobreviviente de la desintegración familiar; estudió comunicación y manejo de negocios en el Colegio Comunitario de Maricopa en Phx. Az USA; tiene diplomados en exportación, importación y manejo de aranceles por Bancomext, también varios cursos de inteligencia emocional y lingüística. Trabajo para empresas a nivel gerencial. Actualmente es pensionado por el IMSS. Escribe cuentos cortos y poemas ácidos.