viernes, 12 de abril de 2019

Giovana Álvarez Cuéllar. Espérame en la Central Camionera

Espérame en la Central Camionera

Por Giovana Álvarez Cuéllar

Allí estaba yo, llena de miedo, esos temores que te acongojan el alma, donde el cuerpo tiembla para defensa propia; mi mente era un torbellino de preguntas. Él quedó de venir por mí, dijo que vendría a las seis de la tarde, me llamó por teléfono y dijo que lo esperará en la Central Camionera de la Ciudad de México. Yo soy de provincia, él lo sabía. Sabía que la gente, la ciudad, el lugar me eran hostiles.
Allá estuve yo, esperándolo con su amigo, me dejó con él. Dijo que no tardaría y allí me quedé, escuchando la vida de ese hombre: que vivió en La India, que si la cultura, que si la comida, que si el té… lo oía mas no lo escuchaba; mis pensamientos estaban con Marco, él prometió venir por mí a más tardar a las ocho, que solo demoraría un par de horas. Y ya eran las once y media de la noche. El frío me estaba carcomiendo tanto como el miedo, afuera llovía, esa lluvia incesante, cielo gris tan lleno de incertidumbre como mi estancia en esta ciudad enorme, gente por todos lados.
El hombre que me acompañaba era amigable pero no lo conocía, no sabía quién era. Marco quedó de venir por mí, pero ya habían pasado cinco horas y no llegaba.
El hombre me dijo:
―Creo que nuestro gran amigo se olvido de ti.
El miedo me ahogaba cuando el hombre me dijo que tenía que irse, que no podía llevarme a su casa, le era prohibido llevar una mujer. Lo comprendí, pero, qué iba a pasar conmigo, qué pasaba con Marco: no respondía el celular, mandaba a buzón.
Tenía miedo, no traía dinero, solo una maleta y un par de prendas. De valor, solo mi celular, que no estaba dispuesta a vender, pues era mi todo en ese momento de angustia.
El hombre se veía diminuto con la ropa floja que traía, se perdía entre la chaqueta, entre su gorra, su rostro se escondía y sus lentes de botella tan enormes, su ropa tan parca, tan sin gracia. No me daba la confianza. Marco me dejó con ese hombre, qué iba hacer yo si el hombre se iba, qué iba hacer entre ese mar de gente que iba y venía, no tenía dinero para regresarme, la pila de mi celular se había agotado.
Le pedí al hombre que me llevara con él, que por favor, que seguro Marco se comunicaría, que para Marco yo era importante.
Contestó que era imposible llevarme. Con una risa que me dio desconfianza me dijo que me llevaría a un hotel en el centro de la ciudad. Le dije que no tenía dinero y me respondió: no tengo el corazón para dejarte abandonada como lo hizo Marco.
Se me hizo un nudo en la garganta, tenía mucho miedo. Marco me abandonó con un extraño en medio de una multitud desconocida; ya iban a dar las doce de la noche y no llegó nunca.
Salimos de la Central de Autobuses del Norte. Hacía un frío infernal; yo venía de provincia, una pequeña ciudad de playa, un lugar cálido, con sol; aquí era una noche gris, lóbrega, con el chipi chipi que humedecía mi rostro, las pestañas tan empapadas que el rimel se me corrió, la ropa se me pegaba al cuerpo, la blusa de algodón mojada, los vaqueros ajustados empezaban a  pesarme, las sandalias dejaban al desnudo mis pies, ahora fríos; mi mochila era ligera pero la sentía tan pesada como el sueño, quería llegar a una cama, sentirme segura, tener ropa seca, sentirme acogida.
Atravesamos la avenida, era enorme, él me traía de la mano, seguro nos veíamos curiosos: él tan pequeño y yo como espiga, flaca pero más alta que el hombre, y no porque fuera yo alta, en realidad era bajita, pero con mi flacura y él tan pequeño.
Corrimos y subimos la metro, iba casi vació, era más de la media noche, no sé en cuál estación bajamos, nos fuimos corriendo y llegamos a un hotel de paso. El hombre pagó el cuarto y ahí me dejó. Solo me dijo:
―Descansa, mañana será otro día.
No tenía su nombre ni su número, no sabía nada de él, aunque aprendí mucho de La India y su rollo espiritual, los inciensos y esas cosas que no me importaban un comino.
Subí al cuarto, lo cerré con llave, puse a cargar el celular. Entré al baño, ni siquiera exploré el cuarto como quizá en mis cinco sentidos lo hubiera  hecho, soy cuidadosa por naturaleza como todas las mujeres. Abrí la regadera y sentí el agua deliciosa deslizarse sobre mi cuerpo frío, salía vapor, tomé el jabón y empecé a frotarme, me lavé el cabello y estuve unos veinte minutos bajo la regadera.
Cuando me bañaba oí gemidos, una pareja haciendo el amor. Después los gemidos aumentaron, peticiones intensas de una mujer a su hombre. Trataba de desviar mi atención, pero los gemidos eran intensos, empecé a exitarme. Quizá el agua que estaba más fría que tibia endureció mis pezones, quizá el aroma del jabón deleitó mis sentidos, no lo sé, el miedo que tenía se fue desvaneciendo y me vi en el espejo del baño, el cuerpo desnudo, el agua deslizándose en la piel. Empecé a tocarme los pechos, hacía tanto que no estaba así, sola en un cuarto, desnuda.
En el espejo me miraba: mis pechos como amapolas abriéndose, mi cuerpo caliente bajo el agua que caía más fría que tibia, toqué mi sexo y empecé a frotarme, los gemidos de la mujer eran tan  intensos como los míos.
Terminé de bañarme, yo misma sorprendida por el suceso; no era algo que yo hiciera regularmente, pero me gustó. Me sentí tan relajada, luego de todo el día de angustia, de la tensión y el cansancio.
No quise acostarme desnuda como siempre acostumbraba, me vestí, me puse mis pantalones ajustados, mi otra blusa de algodón y me acosté. Me sentía un poco apenada conmigo misma por el suceso tan lleno de erotismo y luego el miedo a invadirme de nuevo. Vi mi celular: eran casi las dos de la mañana. Oía gemidos, oía golpes con expresiones de gozo, azotes en la pared: sin duda era un hotel de paso, de los que se ocupan para las caricias clandestinas… Qué carajos hacía yo allí.
Por un momento hasta llegué a pensar en que  quizá el hombre extraño quería prostituirme, o en que quizá era una trampa de Marco. Las dudas, la incertidumbre me invadieron otra vez, pero mi cuerpo estaba lánguido, la mente ya no estaba lúcida. Intenté dormir, estaba realmente agotada.
De pronto mi celular sonó: era Marco. Respondí mientras veía la hora: 2:45 de la madrugada. Por fin llamaba.
Le respondí con llanto, enojada, con esperanza. Sabía entonces que no se había olvidado de mí, que no me había abandonado. Me dijo que su cuñado, que un accidenta, que había tenido que auxiliarlo y que por eso ahí me dejó con el hombre.
Me indicó que le diera la dirección, que iría por mí. Respondí que no sabía dónde estaba, que tenía mucho miedo. En el buró había una tarjeta, de inmediato le di la dirección y teléfono del hotel, para que fuera por mí.
A Marco apenas lo conocía; el hombre extraño me contó que era un hombre muy importante, un promotor musical, que conocía mucha gente pudiente. Me mostró fotografías que corroboran todo.
En el viaje que hicimos de Puebla a México yo le conté de mí: que era periodista con una licenciatura, que hablaba perfecto inglés, que tenía el porte para ser una periodista reconocida, pero sobre todo que ya había hecho reportajes interesantes. Le mostré mi trayectoria profesional, fotografías de mis reportajes, me dijo que él podía ayudarme, que podía darme un estatus, que podía conectarme conocer en sus redes sociales, en su página, en el periódico, que haría una rueda de prensa, que solo me fuera con él para tener una entrevista y ver una agenda de trabajo que me programaría y le creí, le creí a Marco.
No podía mentirme, realmente en su fotos, su página, todo era real, tan real como que me llamo Gabriela Badillo.
Tocaron la puerta, aún tenía miedo, no había dormido nada, no había comido nada, me sentía adormilada, mareada, como si mi cuerpo no me perteneciera. Pregunté que quién era y oí la voz de Marco, de inmediato abrí y me lancé a sus brazos, sentí al verlo que no me había abandonado, como lo había hecho mi padre.
Siempre me he sentido abandonada, esa rara sensación que te da desasosiego en el alma, ese vacío que te perturba todo el tiempo.
Pero ahí estaba Marco: de piel oscura, una piel percudida donde no se define el color; su rostro lo percibí de cerca por vez primera, su cara cacariza por al acné que le dejó su juventud; él estaba abrazándome fuertemente, mi cuerpo a punto de languidecer por el cansancio pero me sentía extraña en sus brazos, sentía que esa no era yo, que la escena era a distancia, seguro no me pertenecía.
No me dijo nada, seguro me vio cansada, me pidió que me acostara, que él iba a cuidar mi sueño, pero yo me sentía desconfiada. Sin embargo, mi cuerpo ya no respondía, estaba en un sopor de cansancio, ese sopor donde los  ruidos se van haciendo menos, donde los aromas se dejan de percibir, era como entrar en los brazos del sueño, de la muerte, no quería cerrar los ojos, tenía tanto miedo. Pero moría de sueño. Calculé que eran como las tres, esa hora en que todo es más denso, pesado; a mi cuerpo le hacía falta azúcar para estar despierto y no tenía ni sal ni azúcar, ni agua, me sentía como flor marchita tirada en una cama entre los brazos quizá de las espinas.
Entre sueños, sentí que alguien bajaba mis pantalones ajustados, quería despertar de mi sopor, pero no podía. El sueño me iba desapareciendo.



Giovana Álvarez Cuéllar nació en 1979 en Hidalgo. Tiene una maestría en educación y escribe un blog de facebook donde tiene una gran cantidad de lectores de sus hermosos poemas y sus ingeniosos y entretenidos relatos.

domingo, 7 de abril de 2019

Heriberto Ramírez. Radio actividad nocturna

Radio actividad nocturna

Por Heriberto Ramírez

Aquella noche exploraba el cuadrante en un radiecito japonés, que además era televisor y despertador, uno de los tantos regalos de Mary, mi hermana mayor. Si bien en esa pantalla jamás pude ver nada, el radio funcionaba con una antena hechiza de un gancho metálico para colgar ropa. En medio del ruido de la estática, según me han dicho, producto de las tormentas solares, pude identificar unas canciones ejecutadas muy al estilo de Gabriel Ortiz, el Bob Dylan de la Facultad de Filosofía.
Esto me intrigó de sobremanera, porque eso era imposible de escucharse en la radio local, y menos en otras estaciones, por razones que ahora no vienen al caso. Detuve el botón negro en esa raya del espectro y me dispuse a escuchar y descubrir de qué se trataba.
Los setentas llegaban a su fin y ocupaba en aquel entonces dos cuartos de una modesta vecindad de la Calle Segunda, en las inmediaciones de Chihuahua; vivía con Angélica, mi primera esposa, y Fabián, nuestro hijo recién llegado. Ella se había hecho cómplice en la aventura de venirnos a estudiar en la universidad. De pronto, la voz perfectamente modulada del locutor precisó la autoría de aquellas ejecuciones como Rodrigo González y no de Gabriel Ortiz, como lo pensé en un primer momento. Sentí que había hecho un gran descubrimiento, no solo por el cantante sino por la estación: era Radio Educación, la cual nadie en mi entorno inmediato había escuchado jamás, ni siquiera sabían de ella. A partir de entonces fue nuestra compañera nocturna inseparable, pues sin tele ni equipo reproductor alguno, atenuaba mi profunda envidia a quienes sí los tenían.
De pronto mi universo cultural se vio expandido con la historia del jazz, del blues, de partes lejanas del mundo. Escuchaba con atención el programa de jazz de Kasuya Sakai. Así supe de la existencia de Miles Davis y Weather Report, o de la producción A campo traviesa, de Rodrigo de Oyarzabal. Fue tanta su caladura que cuando anduvimos por la Ciudad de México nos plantamos frente a la estación y nos sacamos múltiples fotos. Esta última conexión duró hasta que apareció en el cuadrante La poderosa de Monterrey, que la borró de mi espacio radiofónico.

(Este cuento de Heriberto Ramírez Luján es parte de su libro Relatos en celular, inédito).



Heriberto Ramírez Luján filósofo mexicano redacta la lógica con precisión de cirujano. En sus ensayos y libros de filosofía y también en sus textos literarios. Sobrio y elegante profesor, el estoicismo es divisa de su estética. Y de su gran estilo.

sábado, 6 de abril de 2019

Cine Lasc. Humanidad y globos de papel

Cine Lasc. Humanidad y globos de papel

Por Esteban Lascano

Humanidad y globos de papel, 1937. Trata de una vecindad en el Japón del siglo XVIII. Un samurái se suicida, ahorcándose. Llega la policía a investigar y bloquea la salida, regaña al casero por admitir inquilinos sin referencias. Unos comentan que era una deshonra haberse suicidado así, que debió hacerse el harakiri. Entonces a Shinza, un peluquero, se le ocurre hacer un velatorio al samurái, y lo comenta con el casero.
Pide al restaurante numerosas botellas de sake y pescado. En el velatorio uno se pone a bailar al son de instrumentos de percusión y cuerdas, hacen toda una timba en vez de un velatorio. Al día siguiente, el alcalde, Yatagoro, y sus hombres, se enteran de lo ocurrido y van a buscar a Shinza para darle una paliza. Pero este se esconde en la casa del señor Unno, un samurái sin maestría, pobre, y su esposa. Ambos hacían globos de papel.
Había un ciego a quien Gen, un vecino, siempre le robaba cosas, como su pipa o comida, pero el ciego era inteligente y no se dejaba engañar. Siempre hallaba la forma de recuperar sus cosas.
El señor Unno busca al samurái Mori, porque el padre de Unno había sido amigo suyo y le ayudo a llegar a ser lo que era a Mori. Lo encuentra: le pide que le lea una carta que su padre le había dejado. Él le dice que es un hombre ocupado y que lo espere. Unno decide esperar en la residencia de Mori, mientras este atiende a otro samurái y a su hijo.
El padre quería casar al hijo con la hermana de Chuschi, el dueño de una casa de empeños, la señorita Okoma. Ambos eran hijos de Mori. Mori al principio como que no estaba del todo convencido. Mori manda a que echen de su casa a Unno, y lo echan y le dan una paliza los hombres de Yatagoro. En eso se topan con Shinza, a quien también dan una paliza, y lo llevan ante Yatagoro, quien lo regaña duramente.
Pero Shinza no aprende la lección; al día siguiente organiza un juego de apuestas con los vecinos, y los hombres de Yatagoro lo vuelven a llevar ante él. Esta vez no le dan una paliza, porque dicen que no valía la pena.
Unno a la mañana siguiente va a la casa de Mori, quien no lo recibe a través de su guardia, le cierran la puerta, pero al regresar él le dice a su esposa que le fue bien. Shinza va a la casa de empeños de Chuschi, el hermano de Okoma, para empeñar sus bienes de peluquería, pero él no los acepta, diciendo que no tenían valor.
Después hay un festival a donde va todo mundo, que dura poco porque una inicia una fuerte lluvia. Entonces la señorita Okoma espera bajo un techo a su hermano, que va por un paraguas, y en ese tiempo Shinza, secuestra a la señorita Okoma y la esconde en la casa de Unno. Alli ambos conviven un tiempo solos, porque su esposa había ido a visitar a su hermana.
Entonces Yatagoro va con Shinza, y le ofrece cinco ryos para que la devuelva, pues ya se había comprometido con el hijo del samurái, pero Shinza dice que solo devolverá a Okoma si su padre va y se lo suplica. Entonces Yatagoro le da 50 ryos al casero, y este le dice que devuelva a Okoma, y accede. Sacan a Okoma de la casa del señor Unno, y la devuelven a su hermano.
Para celebrar que se había restablecido la paz, Shinza ofrece que vayan todos al restaurante a tomar sake, e invitan incluso a Unno, que no tomaba.
Por la humillación que había sufrido, Yatagoro, a través de otro hombre, lo obliga a pelear contra el en un puente. Shinza se ve obligado a ir y empiezan a pelear.
A la mañana siguiente, no se revela quien ganó la pelea, pero la señorita Okoma, al creer que iba a casarse con el hijo de un samurái, o con Shinza, y habiendo convivido con Unno, se suicida con un cuchillo Unno, al saber que no volveria a ver a la señorita Okoma, se suicida también.
―Suicidio doble ―anuncian en esa mañana, y se ven unos globos de papel flotando en el agua.



Esteban Lascano estudia preparatoria en el Centro Educativo Patria; desde 2015 es un gran aficionado al cine y en Estilo Mápula es autor de la columna Cine Lasc.

viernes, 5 de abril de 2019

Margarita Etchechury. Viento en la esfera del tiempo

Viento en la esfera del tiempo


Por Margarita Etchechury


Se me han gastado los ojos de mirarte 

se me ha curtido la piel de tanto usarla 

se me ha curvado la espalda

y los pies son lentos. 

Mi oído busca en todo momento 

el rumor siquiera de tu voz ausente.



Encuentro a menudo gracia y sutileza 

en papel ya viejo con letras borrosas

de palabras dulces y frases añejas. 

Cantan al cerezo, a la flor de loto, 

más no encuentro verso ni oda o mensaje 

que invite al encuentro de las almas viejas 



Este fuerte viento sopla en retroceso, 

enreda el pasado con vivencias nuevas, 

percibo su intento. 

Rescata en instantes el amor perdido 

y lanza al espacio el polvo de olvido, 

así es como viven

esas almas viejas.







Margarita Etchechury fue presidenta de la Asociación de Escritores Chihuahuenses 1994 y 1995. Ha publicado en revistas y suplementos literarios, entre ellos Letras y algo más, Solar, El Heraldo de Chihuahua, El Monitor de Parral, El Correo de Parral y El Sol de Parral. Su obra aparece también en varias antologías. En 2015 publicó su libro de poemas Transparencias, que fue presentado en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería en la ciudad de México, y en 2017 salió su libro de relatos Canto de sirenas.

jueves, 4 de abril de 2019

Carmen Julia Holguín Chaparro. Intacta

Intacta



Por Carmen Julia Holguín Chaparro


¿Cuántas veces al día vuelves
sobre los pasos de la memoria
y te sofoca la impotencia
al no poder deshacer la huella
de aquella mañana
borrosa
borrada por lágrimas
y corazón acelerado
detenido
parado sobre una cuerda floja
conteniendo todos tus sueños
sobre este enorme vacío?

¿Cuántos pasos has podido
dar a tientas
desde entonces
hacia la otra orilla
donde te esperas intacta
para resumir tu historia
para escribir lo que resta
por la geografía de tus ilusiones?

Suelta sobre el precipicio los hilos
de un proyecto de vida
que no quisieron compartir contigo.

Balancéate temeraria
sobre la línea de la muerte.

Teje otras rutas e inicia tu vuelo.


 

Carmen Julia Holguín Chaparro es doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Nuevo México. Al lado de su trabajo académico, escribe cuento y poesía. Ha participado en encuentros de escritores en distintas partes de México, Estados Unidos y Argentina; hay textos suyos en antologías y revistas de México, Estados Unidos, España y Uruguay. Tiene dos libros de poemas: A tu prójimo amarás (2008) y El que tenga oídos… (2014).

martes, 2 de abril de 2019

Sally Ochoa. El embrujo

El embrujo

Por Sally Ochoa

Esteban tomó el sobre blanco y de un tirón rompió una esquina, rasgando el papel con desesperación casi malsana. Sacó la hoja amarillenta que esperaba en el interior perfectamente doblada, como todas las demás; la acercó a su rostro y aspiró el aroma dulce del perfume de flores que acompañaba las palabras, escritas casi siempre de prisa y con la misma desesperación que él las leía.
Imaginaba aquella mano que las escribía y no podía más que llorar en silencio y pedirle a ese Dios, que en algún lugar estaría, aunque no sabía si creer o dejar de hacerlo, que nunca dejaran de llegar. No podía pensar en el día que eso sucediera. No quería imaginarlo. Porque aunque no tenía ni dirección ni oriente, sí tenía la seguridad que “ella” estaba en algún sitio; en alguna parte del mundo lo respiraba, lo sentía y lo amaba y él a ella también y prefería eso a la resignación y el olvido.
Los años se le habían ido entre las manos como el agua que ahora escurría y atravesaba el cielo de abajo a arriba en franco desacato, o como los mustios rayos de sol, que a veces, solo a veces, se atrevían a colarse por su ventana.
Había vivido todo ese tiempo en una realidad a medias, esperando siempre que un día, sin previo aviso, ella apareciera. Pero la espera se volvía cada vez más larga, más lenta y dolorosa; le había arrancado ya la mitad de su pelo y del brillo de los ojos y a cambio le había entregado en comodato indefinido un par de kilos, seis arrugas rebeldes, un número más en la cifra del colesterol y el fantasma de un amor ausente y miserable; no podría decirse que inconcluso o perdido, porque estaba con él a toda hora, acariciándole el recuerdo con su voz de poeta, hablándole al oído en las tardes de duda existencial, durmiendo a su lado aún en los brazos de diario o en los prohibidos, porque ninguno de los dos podía arrancarle de la mente sus palabras; esas que ella le decía y que le tenían cautiva la existencia como un embrujo eterno para el que no había cura.
Siempre era ella la que estaba allí, donde sus días empezaban y sus noches se iban. Era ella la que entraba y salía por sus heridas todos los jueves, cuando sus cartas desgranaban las palabras de amor y le hacían pensar que aún estaba vivo y que quería coserse la resignación al alma como una marioneta, o salir a buscarla hacia ninguna parte pero le era imposible porque la realidad tenía un custodio permanente en cada puerta.
¿Cómo la buscaría después de todo?, se preguntaba, si no tenía idea siquiera de su nombre; antes la llamó Mercedes y ahora la llamaría Miseria, porque era lo único que le ocasionaba pensarla y saberla ausente.
Tomó la carta y la sintió distinta, como si el papel le quemara la piel tan solo al roce; miró las palabras dispersas y encontró la tinta desgastada, borrada a veces, como si fuera solo cuestión de segundos para desaparecer. Leyó de prisa, atragantándose las culpas, los miedos y los arrepentimientos, jurándose poner punto final a tanta espera.
“Siempre supe que el hombre de mi vida tendría tus ojos, tus mismos ojos; esos que yo amo por la forma en que miran, en que se asombran y lo descubren todo, en que recorren el mundo. Esos ojos los amo más que a nada, más que nadie me importan; tus labios, tu pelo, todo tú eres lo que quiero.
“Habré de morir en un instante y te llevaré conmigo en un suspiro; que no saldrá al viento porque irá unido al alma. Habré de morir, amor, y justo en ese momento, estaré pensando en ti. No como lo he hecho hasta hoy. Lo haré distinto. Te pensaré como una luz que iluminó mis noches, como el porqué que le dio sentido a mis años, como el todo de una vida que ahora se apaga. Te dejaré una palabra por cada día de ausencia y una lágrima al final de estas letras para que sepas el momento justo en que el destino me cobre cualquier deuda.
“He tenido que irme porque quedarme allí hubiera sido un desatino. No tenía derecho ni razón, solo este amor que me ha costado la cordura. He tenido que ser apenas un bosquejo para que no me notes cuando he pasado junto a ti. Lo he hecho un par de veces, y no me has visto, porque ahora soy como una especie de fantasma errante. Amor, yo no he hecho más que amarte. Quererte como un desesperado en la distancia, sediento de tus labios y de ese beso que la espera ha marchitado. Todo este tiempo te he extrañado como se extraña el aire o la luz en un rincón oscuro y sin ventila, la libertad en cautiverio sin motivo o la paz, cuando la guerra en tu interior no te da tregua.
“Estoy muriendo amor en otros brazos, si es que pudiésemos decir que el abandono tiene algunos; y sin embargo siento que son los tuyos y que en ellos me pierdo y me voy elevando suavemente hacia tu rostro en sepia que aguarda por mi muerte en un cajón invadido por la polilla de estos cincuenta años… Aquí estoy ya, lista, para dejar esta prisión sin rejas que diez lustros me ha tenido cautiva. Allí voy rumbo a ti.”
Esteban no pudo continuar la lectura; sintió una asfixia repentina que lo dejó paralizado mientras una fuerza invisible le presionaba el pecho para sacar de su interior su esencia. Duró apenas unos minutos; luego, el cuerpo de Esteban ya vacío, se diluyó sobre el piso. Afuera mientras tanto, el sol y la luna se convertían en uno solo.
Febrero 2013



 
Sally Ochoa es licenciada en filosofía y maestra en periodismo, graduada de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Tiene una trayectoria de 18 años en medios de comunicación, ha trabajado en radio, televisión, medios digitales e impresos. Además de sus textos impresos, su obra poética y narrativa, ha sido publicada en revistas digitales: Mujer Latina Today, Escritoras Mexicanas, La Conexión USA y Revista Monolito, entre otras. Es autora de los libros: Entre las sombras, Los ojos de la luna, Lágrimas de barro, Flores de un paraíso perdido, El canto de las brujas, Valkiria, Alas robadas y Sobreviviente.

Ruby Myers. Repertorio familiar

Repertorio familiar

Por Ruby Myers

Encontré un atado de cartas
ceñidas con un listón amarillo,
algunas crujen y se quiebran.
Las leo como si fuera una adivina
que ya conoce los desenlaces.

No falta el maduro Don Juan,
encandilado por una pispireta joven;
o el que hizo fortuna ahorrando
sin prender el aire acondicionado;
sé a cuál despojaron en el testamento
y el nombre del que usurpó la herencia;
quién se quedó ciego, a cuál le falta un brazo,
a este lo venció el cáncer, a la otra la diabetes.
Alguno perdió la fe, la vergüenza,
que se consiguió un amante,
Y aquel al que le encanta decir mentiras.

Conozco también el orden
en que avanzó la fila
de los que caminaron a la muerte.

Pobrecitos, vivos o muertos,
tan indiscretos, tan incautos,
mira que dejar por escrito sus derrumbes
con rúbrica y posdata.

Voy a destruir la evidencia que me incrimina
no vaya a ser que un día cualquiera
a alguien se le ocurra, como a mí,
escarbar en el repertorio familiar y
sentirse Dios, o cuando menos adivino.



Ruby Myers es egresada de la Universidad Autónoma de Nuevo León, en la carrera de cirujano dentista. Estuvo dedicada a la actividad empresarial por más de 25 años. Publicó su primer libro, Entre café y jazmines, en 2016. Asistió como invitada a la Feria del Libro edición 2017 en San Miguel de Allende.