lunes, 5 de julio de 2021

Victoria Laphond Domínguez. Existir

 

Existir

 

 

Por Victoria Laphond Domínguez

 

 

I

Me inoculé. El torrente de verdad se desbordó por la limítrofe de mi existencia. En un parpadeo: estallé. La palabra primigenia se apoderó de mi cuerpo, dándole fin a toda lucha y de ese modo se consagró la redención.

Le pregunté a mi ser, ante el asombro del espejo. Pero no pudo responder, no le alcanzaron las palabras. Me negó y de manera descarada negó haberme habitado. Así quedé desnuda. Fue el modo, la idea perfecta de reventar el silencio. Repetí la pregunta en el choque con la psique.

Soy-somos invierno. Por nuestros senos corre la deshonra. Nuestros labios de cristal se han partido por el trueno de ser una masa en transformación continua; si estamos aquí, es por el deseo de habitarnos más allá de cualquier exilio.

 

 

II

Con el letargo del pudor y la androginia del verbo: existir. Veo los dedos en conexión perpetua con las palmas. No son mis manos. Las que siento son anchas y ásperas, no dan amor ni pueden sostener el trabajo de una vida. ¿Acaso se podrá resarcir el daño? ¿Habrá un orden en este mundo? ¿Cómo se le va a reprimir la vida al impulso tembloroso –corazón– que amenaza con morir entre esas manos?

Simplemente hay un cuerpo el cual no se goza, tampoco se aprehende. Solo se deja en libertad, aunque en su vuelo lleve el perfume de una flor. Así la esperanza se inflama, aunque tarde en llegar y desvanezca el rostro de la desolación.

 





Victoria Laphond Domínguez es egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Fue parte de la primera generación del programa de validación de ideas de negocios CIET – ICREA, por parte del Instituto de Cultura del Municipio de Chihuahua y la Universidad Autónoma de Chihuahua 2020. Impartió el taller literario Hagámosle al cuento, en el Centro Cultural Universitario Quinta Gameros, de Chihuahua. Participó en el programa de residencias artísticas del Fondo Regional para la Cultura y las Artes del Noroeste (FORCAN) 2018. Ganadora en el concurso Palabras Migrantes 2017.

Josías Vargas. Rezos devotos al cloro

 

haikús/ Josías

Rezos devotos al cloro

 

 

Por Josías Vargas

 

 

Tina del baño:

días destapándola.

En vano aún.

    ( 27-4-19 )

 

 

 

 

Solo Cloralex

que quiero que avance,

mas no lo logra.

    ( 27-4-19 )

 

 

 

 

Tenemos miedo

que otra vez no puedan

los fontaneros.

    ( 27-4-19 )

 

 

 

 

Tapón de mierda 

que me despoetiza,

porque no sale.

    ( 27-4-19 )

 

 

 

 

Me amanece

la frustración abyecta

del sanitario.

    ( 27-4-19 )

 

 






Josías Vargas escribió la pieza teatral Algunas cosas están colgadas. La estrenó en 1971 en el Paraninfo Universitario, donde fue director, actor y autor. En 2008 y 2009 produjo el programa de radio Los umbrales del paraíso, donde él mismo era el conductor, en el 1040 AM de la Cadena Radiorama, 70 emisiones de una hora. En 2008 compiló para el Gobierno del Estado, el Ichicult y el Congreso de Chihuahua una exposición póstuma de Francisco Reyes Acosta en la Torre Legisltativa. En 2018 publicó su libro Mexico siempre riel, México en el imaginario poético de Bob Dylan. Actualmente publica ensayos en el suplemento TragaLuz de El Heraldo de Chihuahua.

sábado, 3 de julio de 2021

Alma Rosa Estrada. La doble noche

 

Foto Pedro Chacón

el poema del domingo

La doble noche

 

 

Por Alma Rosa Estrada

 

 

I

La noche cae.

El pueblo duerme sueños oscuros.

Parece que todo ha muerto,

no se perciben hierbas, insectos.

Tal vez luna y estrellas jamás han sido. Solo el abismo,

el silencio que rueda dentro y agobia el alma. Noche inmensa,

dolor que abarca todo.

Queda el pensamiento mudo, disuelto,

Encadenado al miedo inexorable del bien ausente.

 

 

II

La noche cae,

todo reposa.

Parece la noche una paloma de tibias plumas.

El eco de sus arrullos desde las sombras acuna al mundo.

Hierbas e insectos absortos labran su permanencia.

Luna, cielo y estrellas

resplandecen.

En paz el pensamiento

confiado alienta su fe.

Su alma trasciende y se alimenta.






 

Alma Rosa Estrada Comadurán (1929 – 2000) nació en Guerrero, Chihuahua, y vivió gran parte de su vida en Ciudad Cuauhtémoc. Estudió curso comercial en el Instituto América de la ciudad de Chihuahua. En 1993 la UACH publicó su primer libro de poemas titulado Una mujer. En el año 2000 se publicó su segundo libro, llamado Tan cerca de la vida. En 2018 se publicó el tercero: Una mujer tan cerca de la vida. En Cuauhtémoc durante algún tiempo escribió y publicó crónicas periodísticas en el semanario La voz de Cuauhtémoc. También fue una magnífica violinista y compositora de canciones. El Premio de Poesía del Festival de las Tres Culturas lleva su nombre.

Sigfrido Viguería Espinoza. El mar

 



utrora

El mar

 

 

Por Sigfrido Viguería Espinoza

 

 

No conozco el mar

pero aprehendí su palabra,

que no es cristalina ni sonora.

Está hecha en mi vapor

con una esencia dulce.

Y otras veces salada.

 

Sigfrido Viguería Espinoza otoño 2002 Jardín Epicuro Facultad de Filosofía y Letras de la UACH

 







Sigfrido Viguería Espinoza es licenciado en letras españolas por la UACH, profesor de Literatura I y II en la Preparatoria Francisco Villa y asesor del Taller de Periodismo y Ecología, instructor de secundaria, modalidad abierta con el programa nacional SEDENA-SEP-INEA, profesor del Colegio Las Américas, a cargo de las materias Español y Ciencias Sociales, profesor de Literatura, Comunicación, Etimologías, Taller de Lectura y Redacción, Filosofía, Geografía, Individuo y Sociedad, reportero en la revista Nosotros, profesor de tiempo completo y coordinador de la Licenciatura en Intervención Educativa, en la Universidad Pedagógica Nacional 08B, Subsede Nuevo Casas Grandes. Publica constantemente ensayos y poemas en medios impresos y electrónicos.

José Alberto Díaz. Humo de un cigarro alrededor de una dama de negro, segundos antes de morir

 

sáb/jad

Humo de un cigarro alrededor de una dama de negro, segundos antes de morir

 

 

Por José Alberto Díaz

 

 

Había llegado el Apocalipsis y una sinfonía de cantos pesarosos le acompasaba. “No mires hacia afuera, el aire destila furia de Dios”. Tal era la frase que recordaba de un sacerdote allegado a mi familia, pero no era para mí; por eso no le hice caso. Y por eso también me asomé a la ventana cual niño emocionado en Navidad a la espera de Santa Claus para presenciar la veracidad de lo que estaba escrito. Sí, era una catástrofe. El fuego se precipitaba de los jirones que las nubes habían formado en las alturas.

La gente que permanecía afuera no cesaba de llorar. Unos gritaban. Otros se laceraban. Y por supuesto, no faltaba quien rezara levantando la vista hacia el cielo carmesí, que parecía una vela izada de matiz rojo infierno. Era probable que algunos se masturbaran en un rincón de sus alcobas. Me dispuse a salir; si no podía llorar, no quería lacerarme, no me sabía ni el Padre Nuestro y mi pene no funcionaba, ¿qué putas podía hacer? Y efectivamente, señores: salí de mi casa. Traía puestos unos audífonos para escuchar la música que yo quería y no los ecos de lamentaciones que se desprendían de las gargantas de los próximos a morir. No cavilé mucho para seleccionar a los grupos que formarían parte del set list del festival “Banda sonora para el Apocalipsis”. Me dispuse a caminar pasivamente. De seguro en la caja idiota las últimas emisiones serían del colapso de las ciudades y del deceso de miles. La Biblia tenía razón después de todo, aunque yo siempre creí que todo versículo, toda frase, todo mensaje subrepticio, era a modo de metáfora. ¡Qué equivocado estaba! Y yo diciendo que el Dios del Antiguo Testamento era un sádico deseoso de ofrendas. Dejémoslo en sádico dictador porque en el fin del mundo ni tiempo había para las ofrendas. Además, no podía sentir una culpabilidad ni un asomo de arrepentimiento. La verdad, prefería el infierno en vez de compartir un reino perenne con una multitud de lo más desagradable. Después de todo, quizá era la única persona “feliz” con el inesperado desenlace de la vida en la tierra. Permanecía estoico; mi último y único anhelo era fumarme una cajetilla de cigarros que contenía al menos la mitad de los veinte habituales. Ya había avanzado considerables tramos cuando revisé en mis bolsillos para obtener algo útil: un encendedor. Lo había olvidado en casa. No estaba dispuesto a regresar ni por todo el oro calcinado del mundo. Quizá las llamaradas que del cielo se desprendían iban a servir para mi propósito. Nada. El fuego aún no caía cerca de mi camino. Tuve que conformarme pateando una piedra, sin oficio ni beneficio. La verdad es que las interminables escenas de gente llorando comenzaban a darme náuseas, por lo que decidí caminar entre vialidades en las que transitaban únicamente automóviles. Era lo mismo. Nadie permanecía en el interior del “mueble”, todos habían salido para llorar, rezar, flagelarse y acariciar sus miembros para apaciguar el encono del Creador. Nada. Me preguntaba por lo que vendría. ¿Los cuatro jinetes del Apocalipsis? Difícil, esos de seguro andarían en ciudades como Roma, París, Nueva York. También en el Distrito Federal; mas, pensándolo bien, ellos ya habían actuado ahí. Había un hombre que sostenía una cruz de madera exclamando oraciones al cielo abierto que se desprendía. Le pedí fuego pero no me hizo caso. En cuanto me marché, observé a un pastor –de esos que tanto les gusta obtener dinero y bienes en los templos cristianos– de rodillas, el rostro humedecido en lágrimas, con las manos entrelazadas. Me acerqué para golpearlo un poco, para darle un motivo por el cual llorar. ¿Acaso no había nadie tan relajado como yo en el fin del mundo? No, al menos luego de romperle la cara al cristiano adventista no pude percatarme de nadie con mi estado de ánimo. Los minutos se hacían eternos en busca del ansiado fuego que lograra prender uno de mis cigarros. Mientras la desesperación aumentaba de manera considerable, algunas revelaciones que recordaba desde la infancia se hicieron visibles. Las tres lamentaciones del águila surcando los aires, la hermosa mujer que glorificaba Babilonia –madre de las prostitutas– y la bestia cuyo propósito era devorar a un niño recién nacido. Todo eso ni me asustaba ni me causaba impresión. Apatía era la palabra adecuada para aquellos sucesos. Empero, era extraño que todo iba surgiendo al pie de la letra como se plasmaba en el supuesto “libro sagrado”. No había lugar para metáforas ni para interpretaciones. Sin más cavilaciones, enseguida pude observar a una multitud crucificada de cabeza, en honor a Pedro. En ese momento –señores– suspiré por mi verdadera visión de los Campos Elíseos. La muerte se filtraba en el aire y era un olor dulce, adictivo, como el primer aire que inhala un bebé al salir del vientre de su madre: fresco. Allá en el horizonte parecía recortarse la figura de un cordero. De seguro era el mismo cordero abriendo los siete sellos. Luego escuché el sonido de una trompeta, melodía de pésima calidad interpretada –al parecer– por un ángel. ¿Acaso sería que todos los buenos músicos de jazz hicieron pacto con el diablo? Por eso Dios no tiene mucha tela de dónde cortar para hacer más placentera la sinfonía del Apocalipsis. Las siete trompetas, los siete sellos, los siete imbéciles que coadyuvaron en la redacción de las últimas páginas del libro más vendido del mundo –y el menos leído también, aleluya–. Todo está relacionado al siete, número de la perfección. Cuando vi caminar entre la multitud a un sujeto relativamente parecido a nuestro mártir de parafina, de cuya boca salía una espada, miles de centellas comenzaron a precipitarse de manera fulminante. ¿Y el fuego, dónde quedó? Por eso prefiero estar en el infierno, así nunca faltaría lo necesario para encender un cigarro. ¡Vaya último propósito en la vida! Pero el vicio es fuerte y la mejor forma de dominar la tentación es ceder a ella. Harto de mi ronda nocturna y del evento en el que parecía ser el único espectador, se apareció ante mí un arcángel de alas emplumadas y una espada que amenaza penetrar el trasero en caso de contravenir sus órdenes. Cabrón provechoso. Lo primero que hizo fue sacar mi señalado inventario de pecados para leerlo en voz alta. Cada registro estaba hecho con lujo de detalle; desde los insultos a mis maestros de primaria hasta mis múltiples visitas a la cárcel por mi afición a las bebidas embriagantes. Empezó con los pecados ligeros –si un pecado puede tener distintos niveles– hasta burlarse de mis pecados más graves y penosos. Mi adicción al sexo y/o la masturbación. Mi pereza. Mi absoluta pérdida de fe. Mis reacciones violentas en la sociedad. Lo peor fue cuando me dijo lo de la violación a la niña de doce años. El imbécil se equivocó de registro en este último pecado, así que no le quedó más remedio que admitir su error antes de mi alegato. Seré todo lo malo que alguien considere, menos un violador. La actitud soberbia del arcángel tenía ciertos matices de escarnio cuando terminó de leer mi historial, tan voluminoso como la obra de El Quijote. Pero ahí no había lugar para el pie de página. Altivo e irascible, el supuesto ser divino me indicó que debía encontrar a una mujer con el mismo estado de ánimo para persistir unidos en los momentos finales de la Tierra; así compraría mi escalera al cielo; así compartiría un lugar en el supuesto reino imperecedero. Le repliqué que no me interesaba en lo absoluto y que su espada se la metiera por atrás, si no le parecía. Entonces me abofeteó tan fuerte que mi cerebro fue víctima de una conmoción. Fue tanto el ajetreo que llegué a considerar el amor, ese estúpido sentimiento subjetivo, como el único camino para salvar mi alma, o las tres cuartas partes extintas de ella. ¡Al diablo con los cigarros! ¡Al diablo con toda la blasfemia y la gracia que la agonía ajena me causaba! Caminé con premura para encontrar a la mujer. La cuenta regresiva para la extinción me hacía presa de la locura. Desesperado corría entre la patética multitud para percibir a la única que me comprendería. ¡Vaya momento para buscar a alguien! Entonces entendí que debía relajarme para divisar a la persona, volver a mi estado de ánimo sumido en la indiferencia. Caminé muchas calles, atravesé ríos de lava apoyándome en los cadáveres calcinados, corrí por avenidas devastadas para evitar el fuego que del firmamento se precipitaba. Nada. En el fin del mundo yo estaba destinado al infierno, al tormento parsimonioso con mis supuestos amigos por los siglos de los siglos, amén. Escuché la risa del arcángel mientras gritaba desde el cenit: ¡Prueba no superada! Levanté el dedo medio hacia el limbo en donde descansaba el ente sagrado, pero solo conseguí aumentar su risa que se confundía con los relámpagos que vapuleaban a la humanidad. Me conformé con sentarme en una vieja banca en medio del caos para subir de volumen a mi reproductor de discos. Amenizaba Cold con la canción End of the world. Bonita coincidencia la tecnología aleatoria. Tuve suerte de encontrar debajo de la banca una lata de aerosol con la que pudiera dar rienda suelta a mis últimas frases, plasmándolas en monumentos históricos de mi ciudad: “¿Debemos cuestionar la lógica de tener un Dios omnisapiente que crea a humanos defectuosos y los culpa por sus propios errores?” Terminando de plasmar mis sentimientos surgió la hembra que parecía tener mi estado de ánimo. Señores, era una dama de oscura vestimenta y de bellas facciones, voluptuosa y elegante. ¡Una auténtica mujer! Su largo cabello castaño caía en bucles hasta su espalda. Ella se aproximó sin que yo se lo pidiera. Estando cerca –lo suficiente para robarle un beso– pude percatarme de las pecas que adornaban su rostro. Su mirada era atractiva, visceral. El fuego alrededor pasó a segundo término. No obstante, ella tenía algo en su interior muy preciado para mí. El amor también pasó a segundo término. Le pedí que me prestara el pequeño y llamativo encendedor que se asomaba en la bolsa de su ajustado pantalón. Fumar nunca había sido tan placentero. El fin del mundo pasó a segundo término.

 






José Alberto Díaz es licenciado en informática. Ha publicado los libros Cuentos para recuperar la cordura y Carta astral para el escéptico. Desde 2007 ha participado en eventos culturales y encuentros de escritores en el municipio de Cuauhtémoc, así como en la capital del estado de Chihuahua. Sus cuentos han aparecido en medios impresos, siendo el más reciente la Revista de literatura, lengua y cultura Ariwá. Durante algunos años participó como articulista en el periódico El Heraldo del Noroeste. Tiene una novela en proceso de traducción al inglés, La copa de nada, misma que se haya en Amazon en formato digital.

viernes, 2 de julio de 2021

Luis Fernando Rangel. Calendario

v/ lfr

Calendario

 

 

Por Luis Fernando Rangel

 

 

a Ramón Rangel y Alfredo Caro Espinoza

 

 

Desde la primera vez que lo vio, el pequeño Ignacio se sintió fascinado por el calendario que su padre llevó a casa. Lo colgaron en la pared de la sala. A Ignacio le parecía una obra de arte, cada mes mostraba una postal hermosa y cada vez mejor que la anterior. Pero cuando el año se acabó y su papá lo descolgó para cambiarlo por el nuevo, que no superaba al anterior, Ignacio le preguntó que por qué lo hacía.

¿Qué acaso no todos los años son iguales?

Su padre no supo qué responder. Guardó silencio y dejó colgado el calendario. Desde entonces cada año era exactamente igual al anterior.

 




Luis Fernando Rangel es licenciado en letras españolas por la Universidad Autónoma de Chihuahua. Actualmente es Jefe de Unidad Editorial en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH, donde es editor responsable de la revista Metamorfosis y conductor del programa radiofónico El Pensador en Radio Universidad. Es autor de los libros Hotel Sputnik, Conversación de dos gatos, Poemas para un Lugar Común, Dibujar el fin del mundo y Los líricamente desmadrados. En 2019 coordinó el taller de poesía y la antología No haremos obra perdurable. Recientemente obtuvo el IV Premio Nacional de Poesía Germán List Arzubide con la obra Corridos de caballos.

jueves, 1 de julio de 2021

Elí Isaí Loya Balcázar. En el barrio antes y ahora

 

En el barrio antes y ahora

 

 

Por Elí Isaí Loya Balcázar

 

 

Una curiosa distracción morbosa me llevó hasta la calle de mi infancia. Me entretenía mirando constelaciones y planetas en exploradores digitales cuando, quizá más por mi torpeza que por un algoritmo, me sorprendí de pronto en Google Maps como en un callejón. En mi mente, casi con deleite, empecé a repasar una docena de posibilidades de sitios que visitar: viejos lugares de trabajo; casas de antiguas novias agridulces; parques o calles entrañables. No obstante, casi automáticamente tecleé la dirección: “Calle Álvaro Obregón, Colonia Díaz Ordaz”.

Aquella sensación como de estar a punto de ver pornografía, o estar hurgando en las pertenencias de un desconocido, aquella emoción (¿patológica?) se tornó amarga en cuanto puse un pie en la esquina de mi calle. A pesar de los cambios en las construcciones, pude reconocer prácticamente todas las casas de la cuadra, y rememoré cada uno de los nombres de los miembros de cada familia.

Por decirlo de algún modo (y obviando el hecho de que me encontraba parado en medio de una ilusión fotográfica), me perturbó el silencio casi fúnebre de la calle, la vacía soledad como de mañanas invernales o días de reposo. Las casas, con todo y que ahora lucían colores vivos, ampliaciones y bardeados que sugerían prosperidad, mostraban algo diferente que no pude sino equipararlo con las arrugas, la melancólica quietud callada de las cosas decrépitas; autos destartalados, tiliches, mala hierba.

Aunque seguramente resulta un despropósito chocante, por demás cursi, algo de mí esperaba que alguien conocido saliera de repente de alguna de las casas, pero no estaba nadie (yo lo sabía como se saben las cosas que se dan por hecho en los sueños), ni siquiera me pasó por la mente tocar alguna puerta, o invocar algún nombre. No había nadie, ni siquiera quiera perros, o fantasmas.

Recorrí la calle (demasiado pequeña), e imaginando que salía de la que fue mi casa para ir a la escuela, emprendí el camino, doblando lentamente las calles, volteando allá o acá para pronunciar dentro mío el nombre de un conocido o de una tienda; para hacer leves reverencias ante casas hace ya mucho en luto; para imaginar rostros.

A cada paso recordaba experiencias significativas, a cada paso, también, algo se oprimía como bajo el peso del tiempo, algo que me obligó a ir apresurando cada vez más el paso. La banqueta donde una compañera del salón me enseñó a leer las manecillas del reloj; la explanada donde vi con fascinación a un muchacho cantando con una guitarra; la cancha donde metí un penal de un solo paso; pero también el esqueleto de lo que antes fue un cerro; callejones y esquinas de terror y tristeza.

Cualquiera podría decir que en vez de caminar hubiera podido simplemente cerrar la ventana y terminar el drama, y es verdad; pero salir a toda prisa por un camino recorrido cientos de veces, aprendido de memoria, lleno de migajas de infancia, se volvió también una forma de huir para siempre, por vez última, de todo lo que en aquel tiempo ocurrió como pesadilla, y ha vuelto recurrentemente a lo largo de mi vida en formas que nunca sé precisar.

La casa de los abuelos; las posteriores escuelas; las calles y los lugares cada vez más cercanos en el tiempo y en la memoria. A pie y a toda prisa, entre los carros, por la 46, por 20 de Noviembre, de Venustiano Carranza a Tecnológico, y desde Juan Escutia hasta la Monte Albán, en una caminata enloquecida, quizá en el fondo huyendo más de mí que del pasado, quizá queriendo salir por un momento más de la vida que del mundo.

Al final, haciendo un recuento como después de un sueño, me quedó la sensación melancólica de que no solo el callejón de la infancia, la colonia de la adolescencia, estuvieran profundamente desoladas, en el fondo me pareció que la ciudad entera estuviera inevitablemente deshabitada, y yo, a pesar de las difusas siluetas desenfocadas, fuera al fin y al cabo el único fantasma, atrapado en la fotografía de un laberinto.

 





Elí Isaí Loya Balcázar es colaborador de la revista Solar: su obra narrativa aparece en  la antología Voces del Noreste; es coordinador de Ri´e Asociación Civil, mediador de la Sala de Lectura José Martí, coordinador de Talleres y Cursos de la Casa de Actividades Juveniles y Artísticas (C.A.J.A), de los Talleres Incluyentes para Jóvenes de Centros de Rehabilitación, Casas Hogar y Reclusorios. En 2018 publicó su libro de cuentos Ojo de bruja, Editorial Instituto de Cultura del Municipio de Chihuahua.