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sábado, 10 de julio de 2021

José Alberto Díaz. Mamasán

 

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Mamasán

 

 

Por José Alberto Díaz

 

 

A Edward Louis Severson III

 

 

1. Vivo

Mi nombre es Édgar Venzor. Nací el primero de diciembre de hace veinticuatro años en un barrio al norte de la ciudad. No tuve una infancia feliz pero llegué a encontrar un sugestivo refugio en la música y en los libros. Solía ponerme los audífonos cuando iniciaba una discusión hostil por parte de mis padres. Escuchaba a Metallica, a Guns n’ Roses y a Sound Garden, quienes aliviaban la angustia y me permitían sumergirme en mi propio mundo. Si las cosas se ponían tensas, escuchaba más y más rock.

Hace un lustro que me largué del hogar, difícilmente soportaba a mi padre: un maldito abogado. Pasé parte de mi vida trabajando en una gasolinera por las noches y estudiando en una preparatoria por las tardes. A veces conseguía entrar a conciertos trabajando en clubes donde estos se celebraban. Mis amigos me llamaban “el tipo que nunca duerme”. Mi economía no estaba bien, así que tuve que tomar otro empleo en un mini mercado. Para colmo, mi situación académica empeoraba; no cumplía con las tareas y me quedaba dormido en clase. Recuerdo que un maestro famoso por su agrio carácter se dispuso a sermonearme en plena sesión acerca de la realidad de las cosas.

“¿Quieren ver mi realidad?” Abrí mi mochila y saqué recibos de luz, agua y renta. “Ésa es mi realidad”, dije con indiferencia.

Sentía náuseas y rencor cuando veía a mis compañeros de clase llegar en un auto que sus padres les habían comprado, ropa de moda y olor a costoso perfume mientras yo ponía etiquetas de precio a los productos de la tienda y los veía pasar soberbios con sus vestimentas. Al poco tiempo tuve que abandonar la escuela.

Hace tres años recibí la visita de mi madre –18 años mayor que yo– en mi sucio departamento, dispuesta a contarme algo que nunca me había dicho y que cambió la perspectiva de todo lo que me rodeaba. Me dijo que mi padre no era el imbécil abogado sino una persona de semblante taciturno y modales afables, quien solía visitarme cada viernes en muletas o en silla de ruedas. También se llamaba Édgar. Lamentablemente mi verdadero padre murió de esclerosis múltiple y el saber en ese momento que ya no se encontraba entre los vivos me sumió en una oscura tristeza que me dejó marcado para siempre y que llevo tatuada hasta en el más vago recuerdo de mi progenitor.

Tuve que vivir con la angustia de no haberlo sabido antes mientras él seguía con vida. Yo era un secreto y los secretos suelen ser malas noticias. Secretos como el mío deben salir a la luz. Nadie debe guardarlos porque conforme pasa el tiempo se van haciendo grandes, oscuros. La conversación parecía haber acabado, pero la noche llegó y mi madre caminaba lentamente hacia mi habitación. No puedo recordar nada hasta el día de hoy, excepto la mirada... la mirada que no era directo a su rostro sino a la entrepierna. Ella comenzó a suspirar porque a quien amó verdaderamente fue a mi padre. ¡Y yo me veía igual a él, era su vivo retrato! Crecí para ocupar el puesto de mi progenitor, la persona que mi madre perdió. Yo era muy joven, aún estaba madurando pero los acontecimientos se precipitaron. Empecé a maldecir la ausencia de mi padre y el exceso de responsabilidad con mi madre me presionaba completamente. Luego surgió la inesperada confusión, el amor, las caricias profusas y los débiles gemidos por parte de ella: Me deseaba. Yo me sentía incómodo e inseguro, mas no apartaba su rostro del mío, no reprochaba sus besos pasionales y no retiraba sus manos de mi miembro.

“¡Dios! Eres idéntico a él. Tú sigues vivo”, me dijo, entre besos y caricias.

“¿Merezco estarlo? ¿Esa es la cuestión? Y si lo es, ¿quién contesta? Yo... aún estoy vivo. Soy el amante que sigue con vida”, mencioné, con la mirada abstraída y mi alma que sentía partirse en fragmentos imperceptibles.

Mi madre se alejó de mí a la mañana siguiente, amenazada, arrepentida... Me encontraba a punto de estallar mentalmente e incluso dudaba si merecía la pena seguir viviendo.

 

2. Una vez

Ya no había vuelta de hoja. La bomba en mi templo interno había estallado y sentía la mente tan enferma que mis pensamientos se desubicaban a cada instante. No pude lidiar con los eventos de mi desgraciada existencia, así que me convertí en un asesino múltiple. ¡Vaya manera de confrontar una mala vida! Lo admito sin decir nada y lo alivio sin dolor. El primer asesinato por mi falta de tolerancia fue un sábado a medianoche: El padrastro abusivo y misógino de mi novia acudía cada fin de semana a un billar ubicado en un pequeño callejón. Lo esperé hasta que saliera. Tenía un calibre 16 oculto bajo mi ropa. Nadie alrededor. Un crimen perfecto, justo y necesario. Expresión suplicante de su rostro al verme cuando apuntaba mi revólver justo a su pecho, estaba paralizado y enmudecido. Disparé entre las sombras. Me alejé de la escena del crimen relajado y tranquilo.

Al día siguiente me sentía fuerte creyendo que era invencible con esa maldita arma que robé a un amigo, me sentía un maldito dios, un señor del asesinato. Luego siguieron dos homicidios también bajo el cielo noctívago. Los que murieron, dos compañeros míos de la preparatoria, quienes acostumbraban golpearme y utilizarme como chivo expiatorio. Cuando uno de ellos estaba solo, nada hacía; ni siquiera me miraba a los ojos, pero juntos eran unos bastardos. Una pareja terrible que acosaba a quien se metiera en su camino. Decidí llegar a una pequeña casa donde se refugiaban a emborracharse y a consumir drogas. No sé si fue mera suerte o estaba predestinado que ocurriera, pero precisamente ahí estaban ellos dos, solos. Toqué y abrieron rápidamente la puerta. Su expresión fue atónita al verme.

“¿Qué quieres, pinche estúpido?”, inquirieron sin quitar el semblante desconcertado.

No quería nada. Calibre 16 en mano. Dos disparos precisos en el pecho de cada uno, sin darles tiempo siquiera de enterarse. Caminé sin premura como si no me importasen las malditas consecuencias de mis actos. Los vecinos no encendieron las luces de sus casas. Comprendí que sentían miedo de notar lo que había ocurrido, y seguramente pensaban que al verme yo les asesinaría también, como un fallido acto de intromisión que resulta contraproducente. Aun así, hablaron a la policía, la cual no tardó mucho en arribar. No había pasado una hora de mi nuevo pecado. Caminaba por una zona donde pululaban mujeres de la vida galante. Me llamaban de mil maneras para atraerme, aunque yo no hacía caso a ningún ademán, piropo o silbido. En mi ronda necesaria llegué a un callejón maltrecho y angosto. Otra prostituta aguardaba por alguien que la llevara a un hotel cercano. Cruzamos la vista. Su mirada lasciva me recordó a mi madre cuando consumó conmigo ese terrible acto que no me atrevo a nombrar. Suspiré por mi amante de callejón sombrío. Mi mano en el bolsillo siempre tan determinada, ensayando e imitando a los asesinos dementes. Disparé discretamente antes de que ella pudiera gritar. Había una vez en que podía controlarme, una vez en que me quería a mí mismo, e incluso había una vez en que podía querer a los demás. Pero eso se perdió para siempre. Mi angustia trajo las peores consecuencias. Mi gran intolerancia y mi mente problemática conjugadas. Había una vez...

 

3. Pasos

De nueva cuenta en mi departamento, encendí un cigarro imaginando lo que estaba por venir; ya nada me importaba. Estaba dispuesto a aceptar lo que el destino me tuviera preparado. Sentado sobre un viejo contemplaba los lienzos vacíos de mi pared, las figuras de arcilla intactas desde hacía meses. El aire que respiré había cambiado, me sentía insensible y los pensamientos retorcidos daban vueltas en mi cabeza cuando mis manos amargas y ásperas acariciaban el revólver. Escribía una carta para mi madre, quien aún trataba de mantenerse en contacto conmigo. Sentía que la redactaba con sangre: Ni siquiera pienses en alcanzarme, no estaré en casa. Ni siquiera pienses en pararte por aquí, no pienses en mí para nada. Ni siquiera te atrevas a entrar.

Escuchaba tantas voces en mi cabeza que me sentía ligado a la demencia. Comencé a arañar mis brazos; un profundo rasguño por cada día desde que me separé de mi alma. Quedé dormido, sin lágrimas ni lamentaciones. En la madrugada desperté por los fuertes golpes que alguien propinaba a la puerta. La abrí a sabiendas de lo que me esperaba. Era la policía con una orden de cateo. Alguien me vio en una de mis fechorías y tuvo que reconocerme para asegurar la denuncia. Fui esposado sin reclamar, aceptando mecánicamente las condiciones que mis aprehensores decían en voz alta. Caí inmerso en un estado de shock; no recuerdo nada de cuando me transportó la patrulla hasta llegar a la celda. Luego escuché las rigurosas palabras del juez al dictar mi condena de muerte. Tuve que soportar varios días encerrado. Antes de que me llevasen al patíbulo me preguntaron qué deseaba para cenar; me ofrecieron un menú extenso y variado, e incluso me invitaron una cerveza. Pedí filete de salmón con verduras y salsa, pero me sentía tan vacío que difícilmente podía pasar el bocado. Mastiqué con parsimonia sin reconocer el sabor de la comida. Ni siquiera disfruté la cerveza, misma que terminé dando pequeños sorbos. Me preguntaron si quería algo más de comer, pero no respondí; negué con la cabeza y entregué el platillo a medio terminar.

Había algo que deseaba hacer antes de morir: les pedí un lápiz y papel. Terminé la carta a mi madre. Pasos en mi habitación… eras tú. Fotos en mi pecho… eras tú. Hice lo que tenía que hacer. Si había una razón, eras tú; si hay algo que quisieras hacer, solo deja que continúe… culpándote. Especifiqué al reverso de la hoja la dirección de mi madre. Mi vida ya no significaba nada. El aire se volvía tan denso que aparentaba sofocar mis pulmones. El tiempo transcurría lentamente. Podría jurar que mi ánimo era adecuado para el fin del mundo. Y si Dios está aquí, ¿tratará de decirme algo? No creo que exista, pero si aún vive... es un hijo de puta al torturarme con un horrible pasado y abandonarme con un destino funesto.

¿Quién soy para culpar? Todo se escapó de mis manos, mi mente se contaminó y no pude hacer nada al respecto. Tuve la culpa de todo esto, es difícil expresar con palabras lo que siento, es algo innombrable. Todos siguen el curso de su existencia ignorando el día en que van a morir, pero es aterrador el hecho de que a uno le dicten sentencia con cuenta regresiva para acabar con su vida. Para mí, ya se acerca el final del camino. Mañana... la ejecución.

 

 






José Alberto Díaz es licenciado en informática. Ha publicado los libros Cuentos para recuperar la cordura y Carta astral para el escéptico. Desde 2007 ha participado en eventos culturales y encuentros de escritores en el municipio de Cuauhtémoc, así como en la capital del estado de Chihuahua. Sus cuentos han aparecido en medios impresos, siendo el más reciente la Revista de literatura, lengua y cultura Ariwá. Durante algunos años participó como articulista en el periódico El Heraldo del Noroeste. Tiene una novela en proceso de traducción al inglés, La copa de nada, misma que se haya en Amazon en formato digital.

sábado, 3 de julio de 2021

José Alberto Díaz. Humo de un cigarro alrededor de una dama de negro, segundos antes de morir

 

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Humo de un cigarro alrededor de una dama de negro, segundos antes de morir

 

 

Por José Alberto Díaz

 

 

Había llegado el Apocalipsis y una sinfonía de cantos pesarosos le acompasaba. “No mires hacia afuera, el aire destila furia de Dios”. Tal era la frase que recordaba de un sacerdote allegado a mi familia, pero no era para mí; por eso no le hice caso. Y por eso también me asomé a la ventana cual niño emocionado en Navidad a la espera de Santa Claus para presenciar la veracidad de lo que estaba escrito. Sí, era una catástrofe. El fuego se precipitaba de los jirones que las nubes habían formado en las alturas.

La gente que permanecía afuera no cesaba de llorar. Unos gritaban. Otros se laceraban. Y por supuesto, no faltaba quien rezara levantando la vista hacia el cielo carmesí, que parecía una vela izada de matiz rojo infierno. Era probable que algunos se masturbaran en un rincón de sus alcobas. Me dispuse a salir; si no podía llorar, no quería lacerarme, no me sabía ni el Padre Nuestro y mi pene no funcionaba, ¿qué putas podía hacer? Y efectivamente, señores: salí de mi casa. Traía puestos unos audífonos para escuchar la música que yo quería y no los ecos de lamentaciones que se desprendían de las gargantas de los próximos a morir. No cavilé mucho para seleccionar a los grupos que formarían parte del set list del festival “Banda sonora para el Apocalipsis”. Me dispuse a caminar pasivamente. De seguro en la caja idiota las últimas emisiones serían del colapso de las ciudades y del deceso de miles. La Biblia tenía razón después de todo, aunque yo siempre creí que todo versículo, toda frase, todo mensaje subrepticio, era a modo de metáfora. ¡Qué equivocado estaba! Y yo diciendo que el Dios del Antiguo Testamento era un sádico deseoso de ofrendas. Dejémoslo en sádico dictador porque en el fin del mundo ni tiempo había para las ofrendas. Además, no podía sentir una culpabilidad ni un asomo de arrepentimiento. La verdad, prefería el infierno en vez de compartir un reino perenne con una multitud de lo más desagradable. Después de todo, quizá era la única persona “feliz” con el inesperado desenlace de la vida en la tierra. Permanecía estoico; mi último y único anhelo era fumarme una cajetilla de cigarros que contenía al menos la mitad de los veinte habituales. Ya había avanzado considerables tramos cuando revisé en mis bolsillos para obtener algo útil: un encendedor. Lo había olvidado en casa. No estaba dispuesto a regresar ni por todo el oro calcinado del mundo. Quizá las llamaradas que del cielo se desprendían iban a servir para mi propósito. Nada. El fuego aún no caía cerca de mi camino. Tuve que conformarme pateando una piedra, sin oficio ni beneficio. La verdad es que las interminables escenas de gente llorando comenzaban a darme náuseas, por lo que decidí caminar entre vialidades en las que transitaban únicamente automóviles. Era lo mismo. Nadie permanecía en el interior del “mueble”, todos habían salido para llorar, rezar, flagelarse y acariciar sus miembros para apaciguar el encono del Creador. Nada. Me preguntaba por lo que vendría. ¿Los cuatro jinetes del Apocalipsis? Difícil, esos de seguro andarían en ciudades como Roma, París, Nueva York. También en el Distrito Federal; mas, pensándolo bien, ellos ya habían actuado ahí. Había un hombre que sostenía una cruz de madera exclamando oraciones al cielo abierto que se desprendía. Le pedí fuego pero no me hizo caso. En cuanto me marché, observé a un pastor –de esos que tanto les gusta obtener dinero y bienes en los templos cristianos– de rodillas, el rostro humedecido en lágrimas, con las manos entrelazadas. Me acerqué para golpearlo un poco, para darle un motivo por el cual llorar. ¿Acaso no había nadie tan relajado como yo en el fin del mundo? No, al menos luego de romperle la cara al cristiano adventista no pude percatarme de nadie con mi estado de ánimo. Los minutos se hacían eternos en busca del ansiado fuego que lograra prender uno de mis cigarros. Mientras la desesperación aumentaba de manera considerable, algunas revelaciones que recordaba desde la infancia se hicieron visibles. Las tres lamentaciones del águila surcando los aires, la hermosa mujer que glorificaba Babilonia –madre de las prostitutas– y la bestia cuyo propósito era devorar a un niño recién nacido. Todo eso ni me asustaba ni me causaba impresión. Apatía era la palabra adecuada para aquellos sucesos. Empero, era extraño que todo iba surgiendo al pie de la letra como se plasmaba en el supuesto “libro sagrado”. No había lugar para metáforas ni para interpretaciones. Sin más cavilaciones, enseguida pude observar a una multitud crucificada de cabeza, en honor a Pedro. En ese momento –señores– suspiré por mi verdadera visión de los Campos Elíseos. La muerte se filtraba en el aire y era un olor dulce, adictivo, como el primer aire que inhala un bebé al salir del vientre de su madre: fresco. Allá en el horizonte parecía recortarse la figura de un cordero. De seguro era el mismo cordero abriendo los siete sellos. Luego escuché el sonido de una trompeta, melodía de pésima calidad interpretada –al parecer– por un ángel. ¿Acaso sería que todos los buenos músicos de jazz hicieron pacto con el diablo? Por eso Dios no tiene mucha tela de dónde cortar para hacer más placentera la sinfonía del Apocalipsis. Las siete trompetas, los siete sellos, los siete imbéciles que coadyuvaron en la redacción de las últimas páginas del libro más vendido del mundo –y el menos leído también, aleluya–. Todo está relacionado al siete, número de la perfección. Cuando vi caminar entre la multitud a un sujeto relativamente parecido a nuestro mártir de parafina, de cuya boca salía una espada, miles de centellas comenzaron a precipitarse de manera fulminante. ¿Y el fuego, dónde quedó? Por eso prefiero estar en el infierno, así nunca faltaría lo necesario para encender un cigarro. ¡Vaya último propósito en la vida! Pero el vicio es fuerte y la mejor forma de dominar la tentación es ceder a ella. Harto de mi ronda nocturna y del evento en el que parecía ser el único espectador, se apareció ante mí un arcángel de alas emplumadas y una espada que amenaza penetrar el trasero en caso de contravenir sus órdenes. Cabrón provechoso. Lo primero que hizo fue sacar mi señalado inventario de pecados para leerlo en voz alta. Cada registro estaba hecho con lujo de detalle; desde los insultos a mis maestros de primaria hasta mis múltiples visitas a la cárcel por mi afición a las bebidas embriagantes. Empezó con los pecados ligeros –si un pecado puede tener distintos niveles– hasta burlarse de mis pecados más graves y penosos. Mi adicción al sexo y/o la masturbación. Mi pereza. Mi absoluta pérdida de fe. Mis reacciones violentas en la sociedad. Lo peor fue cuando me dijo lo de la violación a la niña de doce años. El imbécil se equivocó de registro en este último pecado, así que no le quedó más remedio que admitir su error antes de mi alegato. Seré todo lo malo que alguien considere, menos un violador. La actitud soberbia del arcángel tenía ciertos matices de escarnio cuando terminó de leer mi historial, tan voluminoso como la obra de El Quijote. Pero ahí no había lugar para el pie de página. Altivo e irascible, el supuesto ser divino me indicó que debía encontrar a una mujer con el mismo estado de ánimo para persistir unidos en los momentos finales de la Tierra; así compraría mi escalera al cielo; así compartiría un lugar en el supuesto reino imperecedero. Le repliqué que no me interesaba en lo absoluto y que su espada se la metiera por atrás, si no le parecía. Entonces me abofeteó tan fuerte que mi cerebro fue víctima de una conmoción. Fue tanto el ajetreo que llegué a considerar el amor, ese estúpido sentimiento subjetivo, como el único camino para salvar mi alma, o las tres cuartas partes extintas de ella. ¡Al diablo con los cigarros! ¡Al diablo con toda la blasfemia y la gracia que la agonía ajena me causaba! Caminé con premura para encontrar a la mujer. La cuenta regresiva para la extinción me hacía presa de la locura. Desesperado corría entre la patética multitud para percibir a la única que me comprendería. ¡Vaya momento para buscar a alguien! Entonces entendí que debía relajarme para divisar a la persona, volver a mi estado de ánimo sumido en la indiferencia. Caminé muchas calles, atravesé ríos de lava apoyándome en los cadáveres calcinados, corrí por avenidas devastadas para evitar el fuego que del firmamento se precipitaba. Nada. En el fin del mundo yo estaba destinado al infierno, al tormento parsimonioso con mis supuestos amigos por los siglos de los siglos, amén. Escuché la risa del arcángel mientras gritaba desde el cenit: ¡Prueba no superada! Levanté el dedo medio hacia el limbo en donde descansaba el ente sagrado, pero solo conseguí aumentar su risa que se confundía con los relámpagos que vapuleaban a la humanidad. Me conformé con sentarme en una vieja banca en medio del caos para subir de volumen a mi reproductor de discos. Amenizaba Cold con la canción End of the world. Bonita coincidencia la tecnología aleatoria. Tuve suerte de encontrar debajo de la banca una lata de aerosol con la que pudiera dar rienda suelta a mis últimas frases, plasmándolas en monumentos históricos de mi ciudad: “¿Debemos cuestionar la lógica de tener un Dios omnisapiente que crea a humanos defectuosos y los culpa por sus propios errores?” Terminando de plasmar mis sentimientos surgió la hembra que parecía tener mi estado de ánimo. Señores, era una dama de oscura vestimenta y de bellas facciones, voluptuosa y elegante. ¡Una auténtica mujer! Su largo cabello castaño caía en bucles hasta su espalda. Ella se aproximó sin que yo se lo pidiera. Estando cerca –lo suficiente para robarle un beso– pude percatarme de las pecas que adornaban su rostro. Su mirada era atractiva, visceral. El fuego alrededor pasó a segundo término. No obstante, ella tenía algo en su interior muy preciado para mí. El amor también pasó a segundo término. Le pedí que me prestara el pequeño y llamativo encendedor que se asomaba en la bolsa de su ajustado pantalón. Fumar nunca había sido tan placentero. El fin del mundo pasó a segundo término.

 






José Alberto Díaz es licenciado en informática. Ha publicado los libros Cuentos para recuperar la cordura y Carta astral para el escéptico. Desde 2007 ha participado en eventos culturales y encuentros de escritores en el municipio de Cuauhtémoc, así como en la capital del estado de Chihuahua. Sus cuentos han aparecido en medios impresos, siendo el más reciente la Revista de literatura, lengua y cultura Ariwá. Durante algunos años participó como articulista en el periódico El Heraldo del Noroeste. Tiene una novela en proceso de traducción al inglés, La copa de nada, misma que se haya en Amazon en formato digital.

sábado, 19 de junio de 2021

José Alberto Díaz. Cinco episodios para recuperar la cordura

 

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Cinco episodios para recuperar la cordura

 

 

Por José Alberto Díaz

 

 

I

Me encargaron ayudar a un anciano de un pueblo miserable próximo a la sierra. Ayudarle a redactar una obra literaria, no a trabajar en las rústicas tareas del campo. Estar alejado de la civilización me ayudaría para mejorar mi proceso creativo. Toda distracción me parece insulsa, pero tratándose de alcohol la cosa cambia: No puedo decir que no. Gracias al culto a Baco he desperdiciado tiempo considerable para hacer las cosas bien. Arturo Diharce, mi compañero de oficio literario, me convenció de vencer mi desidia para auxiliar al viejo que anhelaba escribir un libro antes de ser postre de gusanos tres metros bajo tierra. Publicado el libro, el anciano pensaba permanecer en el baúl de los recuerdos; si no de la humanidad, al menos de la gente de su propio país.

Muchas personas de la tercera edad se vuelven obstinadas tratando de redactar una historia cuando carecen de una adecuada formación literaria. Yo rezaba porque el viejo no se empeñara en inventar algo tan patético como el guion de una película pornográfica, o algo edulcorado como una telenovela. Pueden consultar la palabra Televisa para darse una idea de lo que digo. Por cierto, mi nombre es Víctor Cervantes. Bueno fuera que en mi árbol genealógico apareciera en la raíz el célebre autor de El Quijote.

 

II

El recorrido en el tren no dura mucho; mantengo los ojos ofuscados en el paisaje, embelesado por las coníferas y los cúmulos que se extienden bloqueando el índigo del cielo. Al poner un pie en el municipio tengo la premonición de que no todo será miel sobre hojuelas. Piso uno de los demasiados charcos maldiciendo la carencia de pavimento en este pueblo de mala muerte. La vena en mi cuello es notoria, a punto de explotar con el color carmesí que se hace más intenso en mi cabeza. Calmo los ánimos al llegar a la casa en donde, se supone, me darán hospedaje; que si bien no es muy bonita, al menos parece decente. Un hombre cobrizo de mediana edad me recibe, se quita el sombrero y extiende su mano en cordial saludo. Bienvenido. Dice que se llama Bienvenido. Un suplicio efímero por contener la risa transita por todo mi cuerpo hasta llegar al estómago. Prefiero matar a mi propio hijo en vez de lapidarlo con un nombre digno de escarnio, pero evito pensar en eso. Agradezco la hospitalidad de aquel hombre y paso a la estancia para tomar asiento.

Cabezas de ciervos y cuadros de mediocres artistas cumplen su función de ornamento. Bienvenido me sirve una copa de sotol –que parece fermentado con estiércol– y me platica del supuesto escritor. Cavilo en mi verdadero propósito: escribir una buena historia expandiendo mis ideas, no matarlas con una dosis de alcohol que parece calzado viejo en desuso. Pasan los minutos y un sopor etílico comienza a apoderarse de mí. Me dice que el viejo se llama Dulces Nombres Revuelto Cejudo. No le creo y pregunto de nuevo, echándole la culpa al licor que me hace escuchar semejante barbarie. Bienvenido me confirma el nombre y me dice que era hermano de Hermógenes, quien murió de cirrosis.

Asegura que Dulces Nombres es un viejo muy especial, empecinado en adquirir cualquier libro de donde pueda y de lo que sea. Luego, mi anfitrión me enseña una considerable cantidad de enciclopedias de pasta gruesa. Descarten la literatura hecha por Hesse, Rulfo, Tolstoi, Quiroga o Melville; el viejo solo lee enciclopedias de cultura general en donde se perciben temas como la Edad Media, las costumbres de distintos países, personajes de ficción y seres mitológicos.

Me atormenta anticipadamente pensar en la terrible tarea que voy a cumplir con el viejo. Acelero mi ritmo de beber y mi asco se incrementa. En este lugar solo puede conseguirse sotol como bebida embriagante. Pienso en Luvina por su similitud con este mezquino pueblo. Baco podría sentirse decepcionado. Me concentro en Bienvenido y le pido permiso para ir a mi alcoba. Quiero escribir y la soledad es imprescindible para lograr la fidelidad de las musas.

Horas más tarde me interrumpe Bienvenido para presentarme al ilustre Dulces Nombres, que no es mayor de setenta años y en quien aún se refleja una brizna de vitalidad. El anciano dice que estaba trabajando en el campo; por tal motivo, no pudo recibirme más temprano. Le creo. La suciedad de su vestimenta hace confiable su excusa. Se alegra al tenerme cerca con el objetivo de ayudarle y me pregunta la forma en que vamos a trabajar. Le sugiero que en el transcurso de la noche se encargue de dar rienda suelta a su imaginación para concebir una historia; que en la mañana redacte sus ideas y que me explique la trama, si es posible, en el desayuno. Los errores de redacción –que seguro habrá muchos y serán descomunales– pasan a segundo término, lo importante es el entretenimiento que la historia pueda ofrecer. Al viejo le agrada la forma de trabajo.

Confirma que tiene la cabeza rebosante de ideas y no cree que “haiga” inconveniente en sus historias. Luego me sugiere llamarme “Chico”, por mi edad, y de “tú”, un pronombre personal de menor categoría. Pendejo. Me dan náuseas al escuchar la palabra “haiga” del verbo “haigar”, quizá la palabra errónea más utilizada en el español coloquial de nuestros días. Olvido la aberrante palabra y asiento con la cabeza para aceptar la propuesta del viejo. Nos despedimos para dedicarnos a nuestros asuntos.

Ya es de noche y trato de estructurar de manera adecuada mis pensamientos, escribiendo una cuartilla bien hecha. Me parece un buen principio y una trama que puede interesar al lector a base de un lenguaje común, pero efectivo. Paso casi toda la noche en vela, absorto en la literatura, relajado por el monótono canto de los grillos. Luego de conciliar el sueño me levanto para desayunar en el comedor de angostas dimensiones de Bienvenido, quien comparte la mesa con el anciano. Tienen los rostros felices e iluminados. Dulces Nombres se muestra impaciente por contar su historia.

 

III

—Buen día, Chico. ¡Escucha la historia que inventé, te encantará! ¿Te gustan los caballeros de la edad media? ¿Sí? Pues mira lo que tengo: Érase una vez un hombre de edad madura que vivía en un lugar de España, cual afición por los libros de caballeros andantes le hizo perder la cordura, creyendo que era un hidalgo de sumo respeto. Parte de su pueblo con su fiel y robusto ayudante que se llamaba...

—Ah cabrón –reacciono de inmediato–. Oiga, ¿me quiere ver la cara? Usted me está contando la historia de Don Quijote de La Mancha.

—¿Don qué de La Mancha? –inquiere el viejo con el rostro sorprendido.

El Quijote, no se haga el que no la conoce; si hasta cualquier ermitaño de la Península Ibérica reconocería la novela.

—Discúlpame, Chico, ¡te juro que no sabía!

—¿Cómo que no sabía de El Quijote? –pregunto incrédulo ante la supuesta ignorancia de Dulces Nombres–. Usted debió haber leído algo de él, aún sin que tuviera la novela.

Dulces Nombres niega con la cabeza jurando sobre el mártir de parafina que nada sabe al respecto, disculpándose una y otra vez. Piensa que voy a caer en su trampa. Como soy magnánimo, le digo que imagine otra historia, pues la que tiene en mente ya está escrita. Le ruego que trate de redactar la trama en horas de sosiego. Acepta de manera dócil y apenado, pero no confío en él.

La noche llega y yo prosigo con mi historia de humor ácido. Como hombre noctámbulo que soy, camino a tientas hacia la habitación del viejo para espiarle, para ver si trabaja realmente, darme cuenta de su próxima víctima de plagio… seguramente otro autor de renombre. La puerta está entreabierta, un tenue resplandor proveniente de la alcoba confirma la actividad de Dulces Nombres. Empujo ligeramente la puerta cual niño en un lugar vedado. El viejo escribe, mas no logro divisar si en su labor se apoya mediante alguna obra selecta. Me retiro desconociendo sus perversas y plagiadoras intenciones. En la mañana me reúno en el comedor, con el par de viejos.

—Buen día, Chico. ¿Has ido alguna vez a Cuba? Pues escucha la emotiva historia que imaginé en la noche. Antes del régimen comunista de Fidel Castro, un hombre casi de mi edad, que se dedica a la pesca, parte del puerto de La Habana con el fin de capturar a un indomable pez espada, solo, con su lancha rudimentaria. Permanece algunos días hasta que logra conseguir su...

“¡Ah, pinche viejo plagiador, cómo es descarado!” Pienso al escuchar el inicio de la historia

–¡Señor, disculpe, pero eso es algo que ya está escrito!

—No le creo, usted me engaña y no me deja progresar. A ver, ¿quién pensó lo mismo que yo y cuándo escribió la historia?

“Descarado y rebelde salió el viejo”.

–Pues Ernest Hemingway; el libro se llama El viejo y el mar, escrito allá por los cincuentas. Usted debió haberlo leído en algún lado hace tiempo, pues la confabulación es idéntica. Intente imaginar otra historia, por favor.

Dulces Nombres no cree en mi palabra y no siento convicción hacia su supuesta franqueza. ¿Acaso el viejo comete plagios involuntarios, o quiere verme la cara por mi conocimiento literario? Eso es como un enigma para mí; me arrepiento de haber venido a este pueblo para ayudarle.

La noche pasa en vela de nuevo. Trato de omitir la extraña experiencia con Dulces Nombres para concentrarme al cien por ciento en mi novela corta. Un lado adverso turba mis pensamientos: Viejo plagiador, ladino, soez, desdentado… Estoy seguro de que hace trampa. No quiero indagar ni martirizarme por la historia que traerá mañana.

Es la misma escena en el comedor al levantarme, los mismos sentimientos de mis anfitriones, pero una disímil expectativa de mi parte.

—¿Cómo amaneciste, Chico? Te aseguro que te voy a impresionar en esta ocasión. Te gustan las historias fantásticas, ¿verdad?

Ruego al mártir de parafina, al gordo en posición de flor de loto y al elefante de múltiples brazos, que no se trate de El señor de los anillos. Confirmo mi gusto hacia la literatura fantástica y le digo al viejo que me cuente su historia.

—Lo sabía, este viejo lo sabía. Mira, Chico, esta historia gira en torno a un anillo. Un anillo creado en secreto por un poderoso señor oscuro, que le es arrebatado en una guerra. Años después, el anillo cae en manos de una especie de hombrecillo, mucho más pequeño que un humano común. Este personaje regala el anillo a su sobrino, quien se entera de que el objeto pertenece al malo de la historia. Para destruir el anillo debe viajar al mismo territorio en donde fue concebido. Un anillo para gobernarlos, un anillo para atraerlos...

Siento que la vena de mi cuello va a explotar. Le ordeno al viejo que se detenga y asumo la necesidad de evacuar oralmente todo lo que he consumido en el pueblo desde mi llegada. Quiero gritarle al viejo que es un maldito descarado, un embaucador de los grandes autores, aquel que sujeta su pie cuando alguien le extiende la mano. Me pregunto si el hombre es honesto, después de todo. No, no puede ser, creerle me desgarraría la cordura. Salgo inmediatamente de la casa de Bienvenido en busca de una caseta telefónica para comunicarme con Arturo, la única persona confiable.

Entablo conversación con mi amigo y le cuento todo con lujo de detalle mientras el corazón me late desaforadamente. Arturo me dice que no es para tanto; asevera que Dulces Nombres es una persona honesta y trabajadora, incapaz de hacerme disipar el tiempo en su orientación literaria; que lo deje ser porque ya está grande. Quizá el anciano me cuenta la historia base, pero al momento de escribirla puede darle un enfoque totalmente distinto. Para Arturo es fácil porque no ha convivido con él últimamente. Pienso en dos alternativas respecto a Dulces Nombres: o es Dios, o me está haciendo pendejo. Acaso más lo segundo que lo primero, y viceversa. Me despido de Arturo sin abrigar mejorías respecto a mi estado mental. Paciencia es la palabra más concurrida de mi compañero.

 

IV

La escena matutina de todos los días me espera en el comedor. Dulces Nombres me cuenta la historia de El Conde de Montecristo. Se siente indignado al saber que la novela ya está hecha. Parece tan sincero, tan susceptible cuando le digo que toda historia “concebida” en su mente ya está escrita…

Las semanas transcurren y las ideas del viejo son menos constantes. Mi obra, sufriendo otro tipo de efectos, comienza a estancarse por culpa del suplicio que el anciano me produce. Ya casi no duermo por las noches. Dulces Nombres va a plagiarse mi historia en un futuro cercano. Viejo cabrón, lo he visto en sus ojos. Veo ese fulgor en sus pupilas cada mañana, esas pupilas que me mandan un mensaje subrepticio: “Te voy a chingar”. Y no habrá manera de comprobarle que ya está en proceso. Dulces Nombres jamás reconocerá el hecho de haber plagiado mi novela. Primero lo mato.

Estoy harto de soñar con el viejo las escasas veces en las que logro conciliar el sueño. Y al despertar, esa breve distancia que separa el comedor de mi alcoba es suficiente para generar una gama de energía negativa. Saber que aguarda para mí en la mañana la misma escena de siempre, la misma función, los mismos actores, un desayuno distinto. Pasa el tiempo y noto que el fulgor del viejo se opaca parsimoniosamente, ídem la emoción en sus palabras. Parece que se disipa su voluntad de escribir. No percibe ningún tipo de aliciente y se amarga en temporada de lluvias. Haciendo acopios de cada brizna de valor, abre la boca.

—Mira, Chico, desde tu llegada he imaginado puras historias que, según tú, ya están escritas. No me cabe en la cabeza cómo puede pasar, ¡pero si vieras la manera en que ya desconfío de ti! He llegado a la conclusión de que no me dejas progresar. Por tu culpa he dejado historias de oro en la estufa, olvidándolas antes de que se cocinasen. Mis ideas se han consumido como un cigarro, y únicamente queda una sola de ellas. Me aferraré a lo último que he concebido. Si fracaso, tu ayuda en la casa habrá sido en vano, pues me olvidaré de esa maldita ilusión de escribir un libro. Pon atención a mi última esperanza. Sé que he tratado de ambientar a mis personajes en España, pero esta vez será diferente. Es una época anterior a la nuestra, como cinco siglos atrás. Se trata de un jovencito que vive con su madre en la pobreza; para quitárselo de encima, lo coloca como guía de un ciego abusivo; tiene sucesivamente algunos amos de diversa condición y acaba casándose con una criada que...

–¡Es usted un descarado plagiador! –le grito, colérico–. Ese es El Lazarillo de Tormes. Desde que llegué, usted me ha engañado siempre con su voz lastimera pidiendo disculpas por los autores que copia, con su mirada atónita que merece una estatuilla por tan sublime actuación. ¡Ya nomás le falta gemir como un chingado perro faldero!

–¡Te equivocas! –replica el anciano mientras Bienvenido trata estúpidamente de ocultarse bajo la mesa, haciéndose el sordo–. Tú me engañas porque estás celoso de mi brillante imaginación. Me has visto la cara estancando mi progreso, desechando mis ideas, pensando que soy un plagiador. ¡Yo soy una persona honesta! A ver, Bienvenido, levántese y dígale al joven Víctor que yo soy un hombre digno y no un plagiador.

Bienvenido afirma con la cabeza y se retira, pidiendo permiso para ir al baño. Yo me retiro a mi habitación para continuar con mi trabajo, olvidando el suceso. Dulces Nombres se marcha con un machete en la mano para... podar el zacate de una huerta, que tanto ha crecido debido a la profusión de lluvias. Cervantes, Tolkien, Hemingway y otros, se revuelcan en su tumba.

 

V

Una serie de gritos me interrumpe mientras trabajo. Salgo de la casa para ver lo que ocurre. Una multitud reunida vocifera rodeando a un hombre caído. Entre los rumores, escucho que está muerto. Me aproximo al cuerpo para evitar que la duda crezca. Compruebo que el cadáver es Dulces Nombres, quien yace junto a una cerca de alambres de púas. Un machete atraviesa su torso. Una persona me dice que el viejo trató de brincar la cerca con el machete en la diestra, y que tropezó con el alambre cayendo encima del arma. Siento un dolor en el estómago, un dolor comparable al que tuve cuando mi novia se marchó a Estados Unidos con otro hombre. Pálido, corro hacia la única caseta para informarle a Arturo sobre el deceso del anciano y de algo más: Le digo a mi compañero lo ocurrido en la mañana, la discusión que tuvimos y lo equivocado que estaba respecto al ilustre desconocido.

No era un plagiador, era un hombre sincero. Arturo piensa que le provoqué un infarto. No me causa gracia. Ni su muerte, que fue un plagio. Sí, un plagio involuntario. ¿Han leído el cuento de Quiroga que se titula El hombre muerto? Pues el personaje muere de la misma forma. Por último, Arturo me desea prosperar en mi trabajo. Al colgar el teléfono, siento una especie de idea fugaz, de las que aprehenden la mente y que no la dejan en paz hasta que se concrete algo.

Un destello espiritual del intelecto, el descifre del código de las musas. No pienso concluir la historia que tenía en mis pensamientos. Dulces Nombres es velado en la funeraria La Alegría de Vivir, cuya frase de publicidad causa pena ajena: ¡Muérase hoy y pague mañana! No soy amigo de la religión, permanezco en las afueras de la lóbrega sala, mal parado junto a otros ancianos de semblante taciturno que estimaban al finado. Bienvenido, con el sombrero y con el corazón en la mano, está rodeado de parientes cabizbajos del viejo ilustre; las ancianas, frente al ataúd, rezan rosarios ininteligibles de los cuarenta misterios; el cura se esconde de la muchedumbre para beber de esa pequeña ánfora que seguramente contiene vino de consagrar. Bienvenido sale de la funeraria para conversar conmigo. Me pregunta acerca del autor y de la historia que se le había ocurrido a Dulces Nombres momentos antes de fallecer. Le respondo la tristeza del caso, pues el autor de El Lazarillo permaneció en el ostracismo; bien pudo haber sido Dulces Nombres el creador de aquella historia, bien pudo viajar su mente al pasado y concebir obras maestras sin que tuviera algún indicio de ello. ¿Quién sabe?

Días después leo en el epitafio de la tumba de Dulces Nombres: “Pudo ser un gran escritor, de no haber sido por alguien más”. Temo ser ese “alguien más”.

Decido marcharme cuanto antes de esa comunidad olvidada por el gobierno, para evitar escaramuzas. Al llegar a casa me encierro en mi alcoba como un huraño para escribir la historia de Dulces Nombres con un toque de ficción. A muchos detalles de mi experiencia les doy un giro para hacerlos más sugestivos. La historia encaja para ser una especie de novela corta, y Plagios involuntarios es su nombre; título que no agrada a mis colegas del ámbito literario, por ser revelador en demasía.

 

Nota: Los nombres de este relato son reales; los personajes, no.

 

 




 

José Alberto Díaz es licenciado en informática. Ha publicado los libros Cuentos para recuperar la cordura y Carta astral para el escéptico. Desde 2007 ha participado en eventos culturales y encuentros de escritores en el municipio de Cuauhtémoc, así como en la capital del estado de Chihuahua. Sus cuentos han aparecido en medios impresos, siendo el más reciente la Revista de literatura, lengua y cultura Ariwá. Durante algunos años participó como articulista en el periódico El Heraldo del Noroeste. Tiene una novela en proceso de traducción al inglés, La copa de nada, misma que se haya en Amazon en formato digital.

sábado, 20 de febrero de 2021

José Alberto Díaz. Un buen amante

sáb/jad

Un buen amante

 

 

Por José Alberto Díaz

 

 

Ludere cum ignis, ludum periculosum

 

 

El sol se había puesto y me dirigí, sin mucha prisa, al lugar acordado para reunirme con mi amigo Rubén: una taberna de buena pinta que, en palabras del cantinero que casi siempre la atendía, no era buena ni mala, simplemente antigua. Yo tenía ganas de beber, el calor calcinante de aquella tarde de perros era el perfecto estímulo para embriagarse.

Recorrí el largo, largo pasillo del bar, y lo primero que vi al abrir sus puertas, hechas al estilo del viejo oeste, fue a Rubén, cabizbajo, sentado a la barra, apoyando sus codos sobre la pulida superficie de madera. Tenía las manos entrelazadas, ignorando el tarro de cerveza ante él, que desbordaba espuma. Me senté en un taburete a su lado; parecía sin ánimos de conversar. Luego de darnos un buen apretón de manos, alzó la voz:

Maldita sea mi suerte.

¿Maldita? A mi entender, Rubén no tenía nada de qué quejarse. Le sobraba dinero, tenía un negocio grande y estable, una casa que muchas personas ya quisieran, una mujer con clase y de envidiable figura, dos hijos ambos exitosos estudiantes de medicina, y cada lustro, sin fallar, vendía su automóvil para adquirir otro de modelo reciente. A sus cincuenta años, era asediado por féminas de todas partes. ¿De qué se lamentaba?

¿Qué sucede? le pregunté.

A veces quisiera saber si de verdad me estiman las personas que me rodean, o si están conmigo solo por el capital. Tarde o temprano, casi todos me defraudan. Hoy amanecí más sensible de la cuenta, lo sé… quizá se acumularon en mi interior las traiciones, la decepción, y toda esa porquería. ¿Sabes qué es lo que más me duele? Tengo la certeza de que yo he propiciado la ruptura de la mayoría de mis relaciones. Ya no puedo con este sentimiento de culpa.

Tranquilízate le dije, mientras le daba una palmadita en el hombro. Aún hay personas en las que puedes confiar. Y está mal que lo diga; pero yo soy una de ellas.

Lo sé, lo sé me dijo, exhortándome a brindar.

Pasamos la noche bebiendo cerveza hasta que nos echaron del bar. Había llegado el desenlace de las beodas conversaciones que los clientes sostenían en cada rincón del desvaído local. Rubén se despidió de mí con un fuerte abrazo, diciéndome repetidas veces lo mucho que me quería.

 

*

 

Muy temprano al día siguiente, el ruido intermitente del teléfono me despertó. Era Rubén. Me llamó para invitarme a cenar. Acepté de buena gana, ¿mencioné que la esposa de mi amigo, además de atractiva, era buena cocinera? Me levanté para ir al retrete. La cabeza me daba vueltas y mi estómago se salió por la boca. Al asomarme en el espejo, vi un rostro demacrado con los ojos enrojecidos; el típico semblante de la temible resaca. Tomé un par de pastillas efervescentes y un coctel de tomate con almeja para sentirme un poco mejor. El remedio funcionó.

Acudí a la residencia de Rubén a la hora indicada. Aún no oscurecía y el clima se mostraba cálido pero benévolo. Estacioné mi vehículo en el jardín de mi amigo; tenía espacio suficiente para albergar hasta una docena de automóviles. Abrí la guantera de mi nave para sacar de allí una ánfora de vino. Salí del automóvil y contemplé un momento la fuente de ornato antes de tocar el timbre de la casa. Al llamar, la esposa de mi amigo, Alondra, abrió la puerta con una radiante sonrisa. Jamás la había visto sonreír así. Dijo que Rubén no estaba y que tardaría como dos horas en llegar. Me incomodé. Al ver mi rostro, ella interpretó mis pensamientos y me dijo que no me preocupara. Tras invitarme a ocupar un sitio en su cómoda sala, me aposenté en un sillón individual que tenía un hueco formado por el trasero de Rubén; pero se estaba bien ahí. No iba a sacar el ánfora hasta que mi amigo llegara, así que decidí entablar una charla baladí con Alondra. Al cabo de un rato, ella fue a servir un par de tragos de vodka. Empezamos a beber. Lubricada por el alcohol, la plática se había tornado más amena. Ya ni siquiera sentía molestia alguna por la inesperada ausencia de Rubén. De repente, sin que viniera al caso, Alondra me preguntó:

¿Te consideras un buen amante?

Está mal que yo lo diga; pero sí.

¡Presumido! me dijo, soltando una carcajada.

Enseguida la vi incorporarse y entrar al baño. Cuando salió, tenía puesto un baby doll de lo más provocador, un atuendo que podría apostarlo le brindaba felicidad a mi amigo cada noche. Como dirían los españoles, parecía ofrecer un polvo excelente. ¡Qué pedazo de mujer! Puse cara de asombro y enmudecí. Después agaché la mirada, enfocándome en la bebida. Ella se me acercó para murmurar en mi oreja:

¿Te gustaría… antes de que llegue mi marido?

No le respondí. Ella se alejó parsimoniosamente rumbo al dormitorio, contoneando su lindo y delicado trasero. Duré como un minuto pensando que ella jugaba, que todo era una treta de muy mal gusto. El destino me agredía con una infernal disyuntiva, y sin embargo seguí a la mujer de mi amigo. Yacía de espaldas sobre la cama, cruzando las piernas, con el hermoso cabello desparramado en su almohada. La disyuntiva me invadía de nuevo, palabras inconexas rondaban en mi cabeza: Tálamo, traición, voluptuosidad, adulterio, ¡cruz, cruz! Finalmente, decidí… ¡abalanzarme sobre ella! Le empecé a besar el cuello, rozando mi entrepierna con la suya.

No, no, no me dijo, entre leves gemidos, mientras abría sus gloriosas y torneadas piernas.

 

*

 

No sé cuánto tiempo había pasado cuando salí de la casa. Mientras cruzaba el jardín fumando un cigarrillo, vi a Rubén sentado sobre el cofre de mi nave, con el rostro desencajado. Nunca le había visto fruncir el ceño de esa manera. Cuando llegué a su lado, me dijo.

Eres un cabrón hijo de puta. Lo que te propuso la perra de mi esposa había sido un acuerdo entre ella y yo para cerciorarme de la confianza que en ti tenía depositada. Me salió el tiro por la culata. Eres igual de pendejo que los demás, me equivoqué contigo… y lo más tiste, es que también con mi esposa.

Pensé decirle: “ya ves lo que le pasó al Curioso impertinente”; pero qué pudiera saber él de Cervantes. Merecía los insultos que me dijo, esos y más. Después de escucharle un poco más acerca de mujeres, amigos y traiciones, me corrió de su casa, de su vida. No dejo de pensar que él lo propició.

 

*

 

A veces paso de largo ante la taberna de buena pinta cuando veo aparcado muy de cerca, y en altas horas de la noche, el vehículo de Rubén. Sincerado entre las copas, seguro estará quejándose de su suerte con alguien más. Mientras avanzo, pienso en el que con lumbre juega…

 





 

José Alberto Díaz es licenciado en informática. Ha publicado los libros Cuentos para recuperar la cordura y Carta astral para el escéptico. Desde 2007 ha participado en eventos culturales y encuentros de escritores en el municipio de Cuauhtémoc, así como en la capital del estado de Chihuahua. Sus cuentos han aparecido en medios impresos, siendo el más reciente la Revista de literatura, lengua y cultura Ariwá. Durante algunos años participó como articulista en el periódico El Heraldo del Noroeste. Tiene una novela en proceso de traducción al inglés, La copa de nada, misma que se haya en Amazon en formato digital.