sábado, 5 de febrero de 2022

Kitsune. Viviana Mendoza Hernández

 

Kitsune

 


Por Viviana Mendoza Hernández

 

 

El resto del grupo estaba en la carretera para buscar en las provisiones de quienes intentaron huir en la segunda oleada de la epidemia. Podían encontrarse con los muertos, pero también contaban con la oportunidad de reunirse sobre los autos o forzarlos a alinearse en alguno de los "cuellos de botella" que formaron los conductores en la histeria colectiva. Eso bastaría para impedir que los acorralaran y facilitaría matar a varios mientras el resto del grupo huía.

Javier recordaba que había ranchos cerca y la idea de comer fruta o vegetales frescos fue tentadora. Se separó para explorar, ese fue su error.

Ahora la peste del cadáver se escurría con los sonidos guturales de una boca ávida de morder su carne. Su peso era semejante, sin el cansancio que lo obligaba a renegar de compartir el hambre que ahora lo exponía a ese ser repugnante, solo.

Venció a los muertos que lo persiguieron y no había señales recientes de más personas. Por eso fue tan grande su sorpresa cuando algo golpeó por atrás al monstruo, haciendo que parte de la hiel escurriera y eso se apartara para defenderse de quien quizá sería su próximo alimento.

La mujer retrocedió con un pie alineado con el otro y el azadón sujeto con ambas manos, casi a la altura de su cabeza. El sonido del muerto atrajo la atención de otros que comenzaron a sonar como eco. Ella extendió un poco más el agarre sin perder de vista al que soltó a Javier.

—¡Huye! —dijo la extraña, preparándose para la pelea—. Entre más tardemos, la apuesta subirá en nuestra contra.

La mujer giró el azadón en un círculo para clavar el filo en la cabeza del cadáver, avanzó golpeando un par de veces más hasta asegurarse de que el daño le impidiera morderla. Retrocedió y lo golpeó en el pecho, derribándolo antes de otro golpe que terminó de desparramar los sesos y restos del cráneo.

Él consiguió levantarse.

—Gracias. Soy Javier, mi grupo está en la carretera —dijo, buscando la inservible pistola con que había pensado defenderse. No quería imaginar las cosas rotas en su mochila.

—Puedes llamarme Kitsune. Vete antes que te cierren de nuevo el paso.

—¿Y tú?

— Si no me matan, me olvidarán pronto.

Javier la vio caminar hasta donde otro cadáver se acercaba. La tela anudada en sus brazos sobre las mangas se veía estorbosa, pero también una buena precaución contra mordidas, lo mismo el chaleco y los pantalones sobre unos botines ya con agujeros.

Kitsune lanzó el golpe que lo mantendría lejos, falló y el zombi pudo agarrar el arma encajada en su hombro en lugar de romperle el cuello como era posible que ella pensara hacer al lanzarle el golpe arriba y a un lado. Sus gruñidos casi eran un aullido, un lamento que otras voces contestaron. El ruido de un claxon lejano le generó a Javier un escalofrío por toda la columna vertebral. ¿Ese ruido era para llamarlo o un tropiezo de alguien al entrar en un carro a verificar su contenido?

No había tiempo para averiguarlo. Kitsune sacaba un bulto de telas viejas y caminaba directo al zombi, que todavía sostenía el azadón sin mostrar señas de saber usarlo. El muerto se la quitó arrancándose carne descompuesta y quizá parte del hueso.

Kitsune llenó la boca del zombi con los trapos, sus ojos brillaban al agarrar el mango del azadón y plantarse, dejando la mayor parte de su peso a la mitad de su altura. Parecía solo buscar derribarlo, Javier la ayudó y le devolvió el arma.

—Estamos a mano —dijo Kitsune con la respiración alterada—. Gracias.

Agarró el azadón y se preparó, alejándose de Javier.

—Vete con tu grupo. Estamos atrayendo cada vez más.

"Insistes demasiado en que me vaya, mija". Javier comenzó a sospechar en la confianza de Kitsune para quedarse. Los zombis estaban demasiado dispersos, tal vez porque el lugar contaba con trampas. Observó las ramas preparadas en los árboles, y el azadón. “¿Quién usaría semejante cosa contra los zombis? ¿Quién no se sentiría más cómodo en un grupo? ¡Alguien que tiene sus propias reservas!” Javier sacó el silbato y lo sopló tres veces como acordó si encontraba algo que les conviniera.

—¡Qué has hecho! —La mujer palideció, tragó saliva y miró alrededor, apoyándose sobre el azadón.

Una sarta de claxonazos hizo que Javier sonriera.

—Eso hará que la horda se aleje. Así no tendrás que preocuparte por la atención de los zombis, amiga.

Los mezquites cercanos extendían su sombra como relojes de Sol, formando también un punto de referencia para los caminos desdibujados con el paso del tiempo y el abandono.

—Todavía tienes oportunidad de irte con tu grupo. Alcanzarlos antes del atardecer y refugiarte entre los carros cuando la horda se aleje.

—O podemos descansar en tu refugio —dijo Javier, quitándole el azadón y moviéndolo sobre su cabeza—. Con una buena cena de vegetales.

—¿No crees que estoy con alguien?

—Solo vi el juego de tus huellas. Y si hubiera alguien más, ya te habría buscado.

—Tal vez te está dando la oportunidad de irte en paz, o espera a tus invitados.

—¡Ahora vas a salirme que es quien que te enseñó a pelear!

—Pues tenía razón cuando me dijo que los huesos y los músculos se sienten como las raíces cuando las rompes, y que los cráneos son como piedras de escombro.

Javier tuvo un escalofrío. Era verdad, el sonido de los huesos rotos parecía el de ramas que se rompen, excepto que los árboles no gritan pidiendo auxilio. Recordaba cuando todavía intentaban ayudar a los heridos y ahogaban los gritos del mismo modo que ella evitó las mordidas del zombi, pero era casi imposible evitar que se sacudieran como árboles expuestos a la tormenta. Después el riesgo de una hemorragia no controlada o la gangrena. Además, el ruido de los huesos rotos era como encontrarse una horda, imposible no escuchar los alaridos mientras uno corre esperando que el silencio llegue por la distancia y la muerte demasiado rápida del vencido.

Llegó su grupo. De los 14 de la carretera, quedaban 9. Apenas semanas antes, un grupo mucho mayor había casi desaparecido por las hordas producidas por quienes trataron de escapar de las ciudades. Así perdió a su familia y los pocos vecinos que habían logrado organizarse para sobrevivir.

Siempre se trató de números, y los de los enemigos siempre aumentaban.

—¿Estás seguro que tiene un buen refugio cerca? —dijo un hombre armado con un hacha de bombero y vestido con chamarra de piel. Un casco ocultaba su calvicie y acentuaba su autoridad.

—Nadie se arriesgaría tan lejos sola. Menos con esto como única defensa.

Kitsune se sentó en el suelo y se negó a dar su verdadero nombre. Ni a moverse, teniendo que llevarla "a rastras" hasta que los "lideres" ordenaron que se detuvieran porque eso los distraía demasiado y podía atraer la atención de un zombi. Con excepción de la pestilencia, el lugar no estaba mal para acampar.

—Es una vieja loca que le gusta lo japonés —dijo una joven con las orejas llenas de perforaciones y el cabello con rastros de colores bajo las raíces oscuras. “Kitsune” significa zorro y es un nombre muy común en el anime.

— ¿En serio? —dijo Javier limpiándose el sudor luego de hacer las fosas.

—Sí. —Kitsune suspiró, se sacudió la tierra y se secó las lágrimas.

El olor del humo los alcanzó. Uno de los que no ayudaban a enterrar los cadáveres señaló las luces a unos metros. Otros vieron más alrededor. ¿Fogatas? ¿Fuegos fatuos?

“¡Ahora vas a creer en fantasmas y brujas!” Javier quiso calmarse, miró alrededor y los pálidos rostros de sus compañeros no lo ayudaron a bajar la tensión de sus músculos ni el latido de su corazón.

Todos se quedaron callados.  La pareja dejó de atender la fogata para seguir las luces de las lámparas.

—Ese nombre también es común en las leyendas. —Oyeron la voz desde uno de los puntos más oscuros—. Y es de mala suerte maltratar a uno cuando busca ayudarte.

 

 

 

—Otro nombre común en los mitos es Akuma —dijo Kitsune viendo la agonizante llama de la fogata—. Y no necesitan maltratarlo para conocer su furia —suspiró mientras comenzaba a llorar doblando las rodillas y abrazándolas luego de ponerse la capucha.

Javier la vio y le agarró los hombros para forzarla a levantarse.

—¡Cuantos son!

— Sólo él —dijo Kitsune agarrando el mango del azadón con ambas manos luego de zafarse—. Te dije que te fueras a tiempo. Estoy cansada de cavar las tumbas de los insolentes.

Oyeron algunos disparos antes de los gritos de sus compañeros.  Después la oscuridad y el silencio los cubrieron. “Akuma” significa “demonio”, dedujo Javier. El miedo lo paralizó antes de que el dolor le quitara la capacidad de percibir más que la agonía de su cuerpo acuchillado.

Al ver la mujer levantarse apoyando las manos en el suelo como un animal que emerge de la tierra o se levanta antes del salto sobre su presa, la capucha cubriendo su cabeza que bien podría tener orejas puntiagudas y el largo de su saco extendiendo, sus últimos pensamientos fueron que en realidad era una “kitsune”. Al final, en un mundo donde los muertos reinaban todo era posible. Por lo menos ahora él podría despertar de esa pesadilla.

 

 





Viviana Y. Mendoza Hernández es egresada de la Facultad de Letras de la UACH, es autora de la novela Buscando una vida normal publicada en 2007 por la editorial de la misma universidad, así como algunos textos de sus tiempos como estudiante. Ha participado en diversas actividades de promoción y difusión cultural, así como de lecto-escritura para educación básica. Actualmente colabora (entre otros espacios digitales) en el periódico digital El Devenir de Chihuahua en la sección de cultura.

viernes, 4 de febrero de 2022

Sophía Loren: Una belleza de posguerra (breve reseña de una vida). Roberto Castillo Udiarte

 

Sophía Loren: Una belleza de posguerra

(breve reseña de una vida)

 

 

Por Roberto Castillo Udiarte

                                                                                                                                                         

 

I

Desde aquí, frente al mar Pacífico, te escribo mientras el sol invernal entra por la ventana: Sofía Scicolone Villani. Pudiste llevar otro nombre, pero Romilda, tu hermosa madre, así te bautizó, como a su suegra Sofía, la abuela indiferente; y aunque fue en Roma la ciudad donde naciste, fue Pozzuoli, costa italiana, escenario infantil de tus hambres y temores durante la Segunda Guerra Mundial, el dolor por la indiferencia de tu padre altivo, las escenas neuróticas de tu mamaíta, Romilda, y la compañía de María, tu hermanita la menor.

“Tenía seis años cuando estalló la guerra y once al finalizar, mi mente ya estaba llena de imágenes que no podré olvidar nunca. El sonido de bombas, el de las sirenas antiaéreas y el vacío del hambre forman parte de mis primeros recuerdos. También el frío y la oscuridad más densa. A veces, de repente, el miedo vuelve a aparecer y, aunque parezca mentira, todavía duermo con la luz encendida.”

Sin embargo, “era el olor a hogar, el olor a familia, un olor que nos protegía, nos defendía de las bombas, de la muerte y de la violencia.” Así lo escribes.

 

 

II

Lella, ese era el apodo que llevaste en tu infancia, la flacucha que creía ser la patita fea del pueblo; y los bombardeos y los abusos de los fascistas marcaron tus sueños de reina para siempre. Sin embargo, tus sueños fueron limpios, altos, espigados como fue tu cuerpo en la adolescencia.

 

 

III

“Mi ajuar era un baúl de sabiduría y pobreza”, dices, y las fuerzas de Domenico, tu abuelo papá, y Luisa, tu abuela mamá, te ayudaron a sobrevivir la guerra y las penurias que llegaron a la Italia sin tú pedirlas, ajenas a tus deseos infantiles, a tus sueños de oro.

“Mi infancia estuvo marcada por el hambre”, nos dices, pero en tu adolescencia concursaste para Reina del Mar vestida de tafetán rosa que, con la tela de la cortina de tu casa, tu abuela madre Luisa confeccionó con gran orgullo; te nombraron Princesa y nadie miró la corona de cristal que portabas feliz por las calles bajo la llovizna en Nápoles.   

 

 

IV

Pionera en las fotonovelas italianas, tu apellido pasó de Scicolone a Lazzaro porque Stefano Reda, editor de la revista Sogno, argumentó, con acierto, que tu belleza era capaz de resucitar a los muertos. Eran historias de evasión para volver a reir y llorar en el mundo de la posguerra y la reconstrucción; fuiste princesa, camarera orgullosa, gitana seductora; la memorización de diálogos, poses, gestos y ángulos, fueron ejercicios que te preparaban el camino para el cine.

 

 

V

“Don Carlo, es imposible hacerle fotos. Tiene la cara demasiado corta, la boca demasiado grande, la nariz demasiado larga.” Ese fue el eufemismo para no decirte fea porque no cumplías los cánones de belleza que dictaba la moda de los años cuarentas. Tu respuesta fue muy sencilla, como siempre: “Sabía que mi belleza era el resultado de un conjunto de singularidades reunida en una sola cara, la mía.”

 

 

VI

El celuloide italiano, (que ya competía con el cine hollywoodense con las direcciones de De Sica, Rosi, Visconti y Rossellini y la nueva escuela “Neorrealista” y sus imágenes de dolor y alegría de la posguerra en las calles italianas), grabó la espontaneidad de tus movimientos que habían sido ensayados en la soledad de tus noches: habías actuado de vendedora de pizzas y pescado.

Películas bajo las direcciones de Giorgio Bianchi, Mario Bonard, Alberto Latuada, Comencini, Roccardi y Mario Soldati, quien filmó La chica del río, producción de Ponti-De Laurentiis, argumento del escritor Alberto Moravia, guión de Bassani, Altouite y un joven Pasolini. La chica del río, película que fue llave para entrar a ser la protagonista ante las cámaras.

 

 

VII

Hollywood te recibe como reina. Abrumada, asistes a banquetes, cegada por los flashazos de las cámaras de los periodistas (¡Ah!, ¡Tu rostro sorprendido ante los senos de Jane Mansfield sobre tu plato!). Tu reencuentro con Cary Grant que hacía palpitar tu corazón más de prisa cada vez que te mandaba, insistentemente, ramos de rosas. Un mundo de exóticas indumentarias, Cadillacs, villas, centros comerciales, cenas suntuosas, luces, rostros múltiples y que para ti, sin embargo, “el reino encantado de Hollywood ocultaba aspectos grotescos que no lograba aceptar y con los que no quería tener nada que ver.”

 

 

VIII

Vendrían Deseos bajo los olmos, basado en una obra dramática de Eugene O’neill; luego una comedia, Houseboat, junto a Cary Grant, con quien te casas en la película pero, al mismo tiempo, te casas con Carlo Ponti, fuera de escena, en la realidad.

Y los primeros problemas: Carlo ya estaba casado, por lo cual la iglesia católica italiana los acusa de bigamia y concubinato, el autoexilio por el simple acto de amarse, problemas legales de una sociedad tradicionalista y reaccionaria que tardaría casi nueve años en resolverse. El amor lo puede todo.

Y después las filmaciones de La orquidea negra, junto a Anthony Quiin; y Esa clase de mujer, El pistolero Cheyenne, Capri junto a Clark Gable. “Ya era hora”, dices, “de volver a casa.”

 

 

IX

Todos los actores de Hollywood (Clark Gable, Tyrone Power, Gary Cooper, Kirk Douglas, Frank Sinatra, William Holden, Burt Lancaster, Gregory Peck, Anthony Quinn, John Wayne, Anthony Perkins, Paul Newman, Marlon Brandon y otros más) y los reyes del teatro inglés (Alec Guinness, David  Niven, Peter O’toole, Laurence Olivier, Richard Burton, Peter Sellers) se enamoraron de tu presencia morena de humilde belleza, así como los directores del cine más importantes de la época (Vittorio De Sica, Federico Fellini, Dino Risi, Francesco Rosi, Robert Altman, Charly Chaplin, George Cukor, Lina Weirtmuller y otros), y tu compañero actor de siempre, don Marcello Mastroinanni, pero tu amor solo se debatía entre Carlo Ponti y Cary Grant, quienes pidieron tu mano de largos dedos de reina latina pero, Carlo, al final, se convirtió en el único dueño de tu corazón.

 

 

X

1962. Abril 10. 6.39 de la mañana, una llamada telefónica de Cary Grant para avisarte que has ganado un Oscar por tu actuación en Dos mujeres, la mejor película del año, ganándole a las actrices Audrey Hepburn, Natalie Wood, Geraldine Page y Piper Laurie. (Dos mujeres o Ciociaria es una película clásica, en todo lo que encierra este término). En el transcurso de la mañana, la prensa internacional acosa tu casa por una entrevista. Tu mamaíta Romilda y tu hermana María entran a empujones a tu hogar. María te entrega una plantita de albahaca y te dice: “Para que nunca olvides de dónde vienes…”

 

 

XI

Y llegaron más películas, pero también alegrías y tragedias: Ayer, hoy y mañana y su inolvidable escena del strip tease; La rifa; Los condenados de Altona; dos abortos y Siempre hay una mujer; Matrimonio a la italiana con tu eterno esposo de escena, Marcello Mastroianni; Arabesco; La condesa de Hong Kong de Charlie Chaplin; los nacimientos de tus hijos Carlo y Edoardo; El hombre de la Mancha con Peter O’toole; los robos de tus joyas en Inglaterra por un ladrón que firmaba The Cat; Los girasoles; el intento de secuestro a tu esposo Carlo; la pesarosa muerte de Vittorio De Sica, tu maestro y padre; la filmación de la excelente película Un día especial actuando con el eterno Marcello y en la dirección Etore Scola; la muerte de Riccardo Scicolone, tu padre biológico.

 

 

XII

Fuiste acusada injustamente de evasión de impuestos, a causa de abogados y omisiones legales y, finalmente, encarcelada, donde comenzaste un diario como forma de liberación. “Nada es más humillante para un ser humano que privarlo de su libertad. Nada duele más que la marginación.”

No ha habido cárcel, robo, insidia, o la condena de las comunidades mojigatas de la iglesia católica, que apagara tu optimismo por la vida.

 

XIII

 

Y muere tu esposo de celuloide, don Marcello Mastroinani, y extrañarás la complicidad de travesuras y las risas a altas horas de la noche y la preparación de las berenjenas.

Y muere tu esposo de carne y hueso, don Carlo Ponti, y extrañarás su cariño filial, su amor callado, su protección paternal.

Y sabes también que “la fealdad de la muerte reside en su normalidad, pero hay algo profundamente innatural en dejar ir a las personas que más hemos querido.” Pero la vida sigue, “La vida es bella”, dirá tu amigo Roberto Begnini.

 

 

XIV

Así termino esta reseña, afortunado por conocer tu gran belleza, esa sensualidad tan naturalita en ti, y el orgullo, la humildad y la alegría con la cual caminas por este mundo; tu conciencia por recrear en el cine el drama de la vida en la posguerra, la memoria contra el olvido; pero también imaginándote en tu cocina, con el aroma de los espaguettis, la salsa de la pasta, la panzanella…

 

Los entrecomillados son citas del libro escrito por Sophía Loren titulado Sophía. Ayer, hoy y mañana. Mis memorias. (Traducción de Ana Ciurans Ferrándiz), Editorial LUMEN, México, 2014

 

el róber castillo

playas de tijuana

 

 





Roberto Castillo Udiarte estudió letras inglesas e hispánicas en la FFyL de la UNAM. Miembro del consejo de redacción de El Último Vuelo. Colaborador de El Cuento, El Mexicano, El Último Vuelo, Hojas, La Ballena, Los Universitarios, Punto de Partida, Sábado, y Siempre! Parte de su obra literaria ha sido incluida en antologías, entre ellas Tijuana. Senderos en el tiempo, Mario Ortiz Villacorta Lacave y Francisco Manuel Acuña, coordinadores; Oye cómo va; Recuento de un desencuentro y Fronteras de sal: Mar y desierto en la poesía de Baja California, UABC, 2006. Entre sus libros se cuentan Pequeño bestiario y otras miniaturas, Blues cola de lagarto, Cartografía del alma, Arritmitos o los pequeños mundos en tu piel, Nuestras vidas son otras, La pasión de Angélica según el Johnny Tecate, La esquina del Johnny Tecate Cuervo de luz y muchos otros libros más.

jueves, 3 de febrero de 2022

Labre. Raúl Sánchez Trillo

Labre

 

 

Por Raúl Sánchez Trillo

 

 

A punto de culminar el 2021 cayó en mi mesa de lectura una novela de 200 páginas que al comenzar a leerla me atrapó, dada la intriga y acción narradas por Eduardo Libreros, autor de quien no había tenido noticia antes que apareciera esta, tal vez su primera novela, con el sello de Sangre Ediciones.

Al inicio hay la advertencia que el personaje principal de El Bastión, así se llama la novela, lanza en las primeras páginas y que transcribo: “Quien tema los efectos indelebles de la violencia y el sadomasoquismo, ahórrese su tiempo, proteja su conciencia y no lea esta historia, que está basada en hechos reales, pero escrita en forma de novela. Quien desee, en cambio, comprender un poco aquella época que se llamó ´La Guerra Sucia´, aténgase a las consecuencias e intérnese en mi odisea estrambótica. Que conste.”

Leído esto me interné en los vericuetos de ese thriller, dejando de lado la avanzada lectura de un largo ensayo sobre cultura y guerra durante la revolución mexicana, que era mi meta concluir antes de terminar el año.

El doctor Santiago Labre es el narrador de la historia, un investigador del Ministerio de Seguridad del Estado, comisionado para resolver el homicidio del obispo Juan Lozada. Se trata de un nuevo tipo de investigador en el mundo de la novela negra mexicana.

A diferencia de sus congéneres, tiene estudios de posgrado en Ciencias Políticas e Historia, así que un tanto lejos quedan Filiberto García, un matón que luchó en la revolución, detective de El complot mogol, de Bernal; Héctor Belascoarán Shayne, creado por Taibo II, quien, harto de trabajar para una trasnacional, renuncia y se convierte en detective “independiente” gracias a un curso por correspondencia; Edgar El Zurdo Mendieta, de Elmer Mendoza, detective de la Policía Ministerial en Culiacán, Sinaloa, licenciado en literatura hispánica que ingresó a la policía para hacer dinero fácil; y para no hacer la lista más larga, Rogelio El Vaquero Rodríguez, investigador en La Muerte del Pelícano, de los hermanos Sánchez Vargas, apenas pasante de ciencias políticas.

El doctor Labre, además de sus estudios en Europa, cuenta con un archivo elaborado por su padre, quien tuviera su mismo cargo y fuera arteramente asesinado. Dicho archivo secreto es la radiografía más completa de la ultraderecha católica mexicana, del cual solo se conocen algunas filtraciones a un periodista especializado en el tema. Así que, armado de todo eso, más el apoyo de Coyame, un escolta asignado para su protección con una preparación física superior a la del Profesor Zovek, se lanza a resolver el caso.

Su objetivo: encontrar a El Coralillo, presunto autor del magnicidio, un escurridizo y omnipresente sicario, nacido en Chuhuichupa, Chihuahua, mitad mormón y mitad mexicano.

Como todo thriller, la novela no da respiro al lector, pues las persecuciones se suceden vertiginosamente, teniendo como escenario la red clandestina de la ultraderecha y como personajes curas y antiguos paramilitares de los grupos anticomunistas, con sutiles referencias al MURO, el FUA y el Yunque.

Labre es testigo de los ritos y entrenamientos de esos grupos en algún monasterio o hacienda del Bajío, otras veces es auxiliado por viejos cristeros montados a caballo para facilitarle la huida. En su periplo emergen a veces evocaciones de acontecimientos de la vida real, como el bombazo al periódico El Día y el enfrentamiento en el Cerro del Cubilete.

El texto está escrito con gran corrección y elegancia, sin duda el autor conoce el oficio. Su lectura es amena y nos deja deseando que pronto el doctor Santiago Labre vuelva en pos de resolver nuevos entuertos.

 

Libreros, Eduardo: El Bastión. Sangre Editores, México, 2020.

 




Raúl Sánchez Trillo estudió maestría en artes visuales en la ENAP/UNAM. Escribe crónicas y es profesional de la fotografía de arte. Fue director de la Facultad de Artes. También director de Extensión y Difusión Cultural y secretario general de la Universidad Autónoma de Chihuahua.

martes, 1 de febrero de 2022

El escondrijo. Andrés Espinosa Becerra

 

los martes

El escondrijo

 

 

Por Andrés Espinosa Becerra

 

 

                                                                                                Las mujeres bonitas

quedan de verse con alguien

las noches de viernes.

 

La noche del oráculo

Paul Auster

 

 

Pudieras pensar que las flores no son naturales,

que el disco de canciones es pirata,

y que a propósito deje el libro de arte erótico

sobre la mesa de centro.

 Así es: las flores naturales no son,

pirata es el disco de Aute,

erótico el libro es,

‒pastas rosa y negro‒

puesto sobre la mesa de centro,

justo frente a donde tomarías asiento.

 

Basta que mencione la belleza de tus nalgas,

basta que me tomes de la mano.

 

Yo no tengo nombre,

no sé nada más allá de tu mirada,

ambos desconocemos al mundo,

solamente nuestros gemidos pueblan

la noche en que una mujer

se entrega con ansia,

cuidando de no llamar la atención

de quien esté tras las paredes.

 

Es la noche que todos conocen,

noche de cualquier día,

en la que dos autos en silencio,

conducen a un par que, sigilosos,

sienten el miedo mojando dulcemente sus manos.

 






Andrés Espinosa Becerra, Córdoba, Veracruz. Sus libros son: Quinteto para un pretérito, en coautoría con otros autores, Los días que no duermen, Una casa con silencio y patio, El silencio del gato. Actualmente textos suyos aparecen en la revista electrónica Estilo Mápula.