jueves, 24 de mayo de 2018

Adrián García Noriega

¿Onírico o real?

Por Adrián García Noriega

―¿Tendrás una espada nivel 75 + 9  que ya no ocupes y me pases?
—Sí, con mucho gusto. ¿Hace cuánto que hiciste tu pj?
—Hace como seis días.
—Para tan poco tiempo ya tienes bastante nivel. No creo que estés día y noche metida en el juego. A propósito, ¿por qué elegiste ser sura, acaso eres medio oscura?
—En realidad no soy tan moreno —dijo un poco sonriente—. Es broma, solamente elegí este pj porque me gustan sus movimientos y poderes.
—Cómo está eso de que eres hombre y traes pj femenino. Para mí que lo hiciste porque de ese modo llegarías al nivel pro, que ahora tienes. Bueno, todavía te hace falta un buen para alcanzarme.
—Pues lo hice porque me gusta este pj, pero la verdad es que sí he recibido algunas armas de niveles altos y me han apoyado a terminar misiones para subir de nivel.
—No te apenes; con que ya no sigas pidiendo cosas a otros jugadores todo estará bien; ahora yo te ayudaré a que alcances mi nivel; me gusta tu personaje. Aunque el mío sea chamán, el tuyo lo completa; es oscuro pero le da luz al mío.
La puerta de la entrada se escuchó; estaba entrando Martirio, su madre.
—¡Hijo, ven a comer; te traje algo que te gusta mucho!
El hijo salió de la recamara y mientras comían platicaban. El hijo le comentó a su madre que quería ir a la secundaría presencial y en ocasiones salir a pasear en familia, como lo hacían otras, entre esas las familias de sus tíos. Ella le respondió que no podía abarcar todas las necesidades de él más los gastos de la casa: comían o salían, que él decidiera. Ya que pagando los puros taxis tendrían para quedarse sin agua potable, luz eléctrica, gas, etcétera. Y el autobús no era opción, dado que no lo podía cargar porque simplemente estaba muy pesado para ella y cada escalón sería toda una odisea. También le dijo que no era justo lidiar con tantas cosas mientras su padre bien a gusto deslindado de toda responsabilidad. El hijo gritaba con su silencio su inconformidad, sin embargo se quedó con miles de palabras en la garganta, pues de cierto modo sentía que su madre tenía la razón, y su objetivo no era herirla.
Al siguiente día fue exactamente lo mismo en su rutina; su vida era como un inventario. Y algunos tips y obsesiones salieron de eso: le quitó el polvo a toda superficie por haber, limpió todo lo que según él tenía bacterias, acomodó y ordenó; en el desayuno masticó cada bocado sesenta veces para no engordar, pero como no era suficiente para él, se ocasionó arcadas con el mango de su cepillo de dientes hasta vomitar todo, luego se cepilló los dientes hasta sacarse la sangre de las encías; el cabello se lo cepilló sesenta y seis veces, se lavó la cara hasta sacarse la sangre por cada uno de los poros, formando una costra casi uniforme. Y después de todo este ritual compulsivo volvió a su computadora.
—Ya estoy de vuelta chamán. ¿Cuál es tu nombre de persona y no de personaje?
—Pensé que no te conectarías hoy. Ya te estaba extrañando; tú y yo somos dualidad, tú eres ecuánime de mi ser váculo.
—¿Por qué dices eso si solamente tenemos unos días de conocernos?
—A mí me basta con tratar poco a las personas para darme cuenta si son inusitados. Pero por favor, sé indulgente conmigo por tal atrevimiento.
—No eres atrevido sino atento. ¿Cuál es tu nombre?
—Llámame Bizarro. Cuando nos conozcamos en persona te diré mi nombre. Tú eres como una hoja en primera persona, pero para mí eres un pajarito airoso, ya no serás más furtivo. No seas mesurado, que yo soy inocuo. 
—Todo lo que dices es hermoso, no sé cómo explicarlo; me siento bien con tu compañía. Aunque no estoy seguro de si sea correcto que nos veamos en persona; tal vez yo no soy lo que tú esperas.
—Te pediría una foto y te mandara una mía, si no fuera que por esa pincelada se terminaría la llaneza de nuestra relación. No me importa tu cubierta sino tu interior ya que allí reside una hermosa perla.
—¿Y si te dijera que no puedo salir por mí mismo, por mis condiciones físicas?
—Si quieres yo voy. No te vuelvas anodino. No pongas evasivas, que yo puedo ir hasta el fondo del mar por ti.
—Está bien, ven, porque un segundo más sin ti me desintegraré desde mi interior hasta el exterior.
—Sí, es un sentir visceral. Pero ya voy hacia allá, hacia la felicidad.
Ya era tarde cuando sonó la puerta de la entrada.
La madre iba llegando del trabajo toda agobiada por tanta limpieza que había realizado.
—Hijo, ya sé que llegué algo demorada, pero te traje algo muy bueno. Es de lo que hice para los señores. Me traje un poco para ti, yo comeré otra cosa. Hijo…
Después de hablarle seis veces y ver que no salía, fue a la habitación de su hijo, y cuando abrió la puerta, lo vio recargado en la mesa que tiene como escritorio, con los brazos cruzados y su cabeza por encima.
—Hijo, ¿estás bien? Te tengo buenas noticias: después de seis meses ya te pude pagar el internet para que no te aburras, pero lo mejor viene después, ya que alguien me va ayudar a llevarte a la escuela, yo me arreglaré con esa persona, tú nada más te preocuparas por estudiar, tener amigos; a lo mejor hasta una muchachita conoces.
Su madre le puso la mano en el hombro. Al sentirlo helado se acercó más, mirándolo detenidamente. Al dar otro paso, se topó con la botella de ácido que estaba en el baño. Y al ver la cara de su hijo con un lado lleno de vómito homogéneo por el vómito con sangre y ácido, y la piel descarapelada, a la madre le salieron seis lágrimas secas, casi pegadas a su piel. Y en silencio pero gritando con espasmos físicos apenas y pudo hablar a emergencias.
Ahora Martirio cada vez que llega del trabajo se pone a leer las conversaciones que su hijo escribió en el Word, para sentirse cerca de él.                  
  





José Adrián García Noriega estudia en la Universidad de Sonora la licenciatura de literaturas hispánicas. En esa misma institución trabaja en la difusión a las estrategias de inclusión de empresas e instituciones hacia personas con discapacidades. Escribe relatos y guiones, ha publicado algunos en revistas culturales.

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