domingo, 27 de mayo de 2018

Dolores Gómez Antillón. Insaciables

Insaciables

Por Dolores Gómez Antillón

Quedamos de vernos el fin de semana con planes de salir a La Sierra, a la casa de unos amigos que amablemente nos la ofrecieron. Hicimos las compras  de víveres para nuestra estancia, por supuesto el vino para después y para antes de nuestra fiesta de amor, el placer el deseo la pasión.
Alisté mi ropa interior y exterior, él haría su maleta. Escogí algunos juegos de lencería provocativos, entre ellos uno rojo y medias de malla rojas con su liguero, zapatillas rojas, negras y blancas.
Platicamos contentos todo el camino, entre sonrisas nos besamos apasionadamente. Salió un momento hacia una brecha, nos besamos  ansiosos, las ganas contenidas se salieron de control como siempre, nos quitamos lo necesario para unir nuestra piel plural y empezar con el vaivén de los  cuerpos; sin dejar de besarnos vinieron uno tras otro los orgasmos. Gritando emocionados llegamos al clímax y extenuados por tanta agitación nos quedamos unidos en un solo cuerpo. Nos arreglamos un poco la ropa y con una gran carcajada nos besamos y seguimos el viaje.
La carretera ofrecía un paisaje esmeralda y flores como girasoles, alcatraces, bugambilias , margaritas, una vista maravillosa hasta llegar al pueblito que desde la llegada alegraba con música la plaza donde había una verbena y vendimia de fritangas, dulces de la región, algodones de azúcar y mil cosas más.
Decidimos  llegar a la bella casita de campo hecha de ladrillo y madera con unas enredaderas de mantos bellísimas, unos escalones para subir a la puerta principal. Había un portal con mecedoras para ver los atardeceres. Tenía una salita con sillones, la cocina, un baño y la recámara con un colchón grande, un  cobertor rojo y cojines blancos pachones, un  ventanal grandioso de cortinas blancas y un peinador antiguo.
Fuimos a dar una vuelta por el pueblito y llegamos hasta una gran alameda que bordeaba los lados del río Papigochic.
Nos sentamos a la orilla del majestuoso río, recostados en el prado y recargados  en uno de los álamos, descalzos, metimos los pies en el agua tibia y cristalina.
Embelezados miramos la belleza del paisaje; el murmullo del agua  nos excitó a tal grado que en el prado iniciamos nuestro ritual, nos besamos intensamente la cara , el cuello , oídos y boca, nos quitamos la ropa. Nuestros cuerpos frente a frente tocando cada una de nuestras partes, con mis manos rocé su miembro erecto y de solo acariciarlo tuve un orgasmo al imaginar  el momento en que el relámpago electrizante de su cuerpo me atravesaría con impaciencia. Abrí las piernas, penetró mi laberinto no sin antes besar mis labios caracolas. Sentí un leve mareo, flotábamos en no sé qué parte del universo con los cuerpos atados por mi ninfa y su rayo que nos hacía vibrar y llorar de placer, colmando nuestras ganas. Un lazo de pasión nos hizo gemir y gritar de alegría. Mirándonos  fijamente nos dijimos te amo, te amo. Sin dejar de acariciarnos descansamos unos momentos en aquel silencioso lugar cuya única voz era el murmullo solidario del río. Nos vestimos y fuimos a la plazuela para curiosear; compramos algodones de azúcar y jugueteando con ellos nos fuimos a la casita.
Nos pusimos a cocinar pues teníamos mucha hambre; hicimos una ensalada de verduras, frutas y crema, unas quesadillas en tortillas de harina y un corte de carne deliciosamente asada en su jugo con cebollitas y nuestro vino. Me puse uno de los juegos de ropa preparada para el amor, una tanga roja y brasier rojo con medias de malla y liguero, desde luego todo rojo, a él le encanta.
Nos pusimos leer poemas de Neruda, el 15 nos atrapó:
Me gusta cuando callas porque estás como ausente
Y me oyes desde lejos y mi voz no te toca
Parece que los ojos se te hubieran volado
Y parece que un beso te cerrara la boca
Como todas las  cosas están llenas de mi alma
Mariposa de sueños te pareces a mi alma
te pareces a la palabra melancolía...                                                                        
Nos excitamos de tal forma que tocamos las fibras más profundas de nuestros corazones. Seguimos leyendo unas líneas más y nos besamos con premura. Nuestras ganas nos quemaban, nos acariciamos y me fuiste quitando delicadamente mi ropa y yo la tuya. Me besaste desde los pies, siguiendo por todo el cuerpo, llegaste a mi intimidad desde mis muslos, los pechos; coincidimos en mi laberinto, besándonos con pasión yo acaricié tu bello rostro y lo besé muchas veces hasta que acercamos   nuestros cuerpos y envueltos  en la perfumada  profundidad de nuestra piel, se entregaron  con ansiedad, nos movíamos cadenciosa pero enfáticamente, nuestros corazones taquicárdicos se aferraban a los sentidos placenteramente desatados que en vertiginoso vuelo nos llevó  a un valle  verde, hermoso, donde seguimos con  pasión. Arrodillados fuimos acercando los cuerpos hasta que entrecruzamos las piernas  uniendo las ganas, empezamos a cabalgar al ritmo acelerado del deseo, besando al mismo tiempo nuestros labios, entre gemidos y gritos  estallaron las fuentes del amor que nos mojaron  los muslos. Abrimos los ojos y las estrellas estaban cercanas  con un brillo intermitente,  azul, blanco, dorado,  y rojo, bellas  florecitas celestiales. Estábamos en terreno divino. Así poco a poco, abrazados volviste a Neruda :
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca…
Fue un sueño de amor, una sinfonía mágica e inolvidable. Dormimos y en mis sueños hablaba con Dios y le daba las gracias por tanto amor.
Al día siguiente mi amor me llevó desayuno a la cama, dándome los buenos días con un beso al que yo correspondí. Nos bañamos y ya vestidos decidimos ir a la iglesita del pueblito donde delante de la imagen de un Cristo sonriente y feliz ofrecimos  nuestro amor con un ramo de rosas blancas. Salimos y nos dirigimos muy contentos  a conocer un poco más del encantado lugar, de la naturaleza.
Caminamos por los alrededores y llegamos a una casa de artesanía, me gustó una blusa bordada a mano y a él un playera. Así   llevamos un trocito de aquel pueblo maravilloso;  sin darnos cuenta caminábamos bajo la lluvia que nos mojaba; hasta que vimos a la gente corriendo nos dimos cuenta que estábamos empapados.
Apresuramos el paso hacia la casita, al entrar nos desvestimos. Al vernos desnudos nos abrazamos  y con nuestros cuerpos nos calentamos porque sentimos  el deseo de poseernos. Las ansias de mi cuerpo fueron colmadas cuando él rozó con sus bellos labios mi ninfa que esperaba por él, yo acariciaba su pene, nos besamos los muslos y todo, atraje apasionada su cuerpo y vi en sus ojos claros y hermosos el fuego del deseo; las ganas crecían con fuerza . Ya unidos iniciamos con los movimientos que guiaban nuestro amor y el deseo irresistible unió nuestros ríos provocando en cascada orgasmo tras orgasmo. Llegamos al clímax con gemidos, gritos de regocijo, dolor, placer y llanto,  abrazándonos con tal fuerza pues era tanta nuestra  excitación, el organismo  estaba sediento pero como en esos momentos el tiempo no existe , gozosos nos recostamos  el uno junto al otro  sudorosos y gritando gracias amor. Gracias.
Tomamos una copa de vino y al saborearlo nos besamos con las ganas aún encendidas.
La  tormenta había cesado. Nos bañamos. Sentimos hambre, hice  una carne seca con chile colorado, calentamos tortillas de harina y guisamos unos frijolitos con queso que acompañamos con una taza de  chocolate, nos dispusimos a degustar nuestros sagrados alimentos no sin antes dar las gracias a Dios por todo. Servimos una copa de vino y salinos al portal a ver el cielo cuajado de estrellas embajadoras de una luna llena que nos iluminaba con su brillantez.
Ya listos  para partir al día siguiente, tomamos nuestras cosas y nos despedimos de la casita que nos había dado posada. Dormimos plácidamente , él me despertó con un beso y musitando dos versos del poema de Neruda:
parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boc…




Dolores Gómez Antillón es licenciada en letras españolas con maestría en educación por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua, de la que después llegó a ser directora. Ha publicado los libros Rocío de historias cuentistas de Filosofía y Letras, Apuntes para la Historia del Hospital Central Universitario y Voces de viajeros.

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