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miércoles, 12 de enero de 2022

Recuerdos del 88. Gustavo Hirales Morán


 

Recuerdos del 88

 

 

Por Gustavo Hirales Morán

 

 

Te ahogas en lágrimas felices porque sientes

que nada ha sido inútil;

aunque nada haya sido como estaba previsto,

ni tampoco como fue anticipado

en nuestras precoces y delirantes ensoñaciones.

 

Tiemblan las viejas manos y solloza

el fatigado corazón,

sí,

las mismas manos que empuñaron las fetichizadas armas “de la aurora”

(ahora rotas,

oxidadas,

en buena hora enterradas),

las manos que febriles activaron los mimeógrafos

artesanales

(¿alguien los recuerda?)

de los tiempos tiempos;

 

el viejo corazón que entonces, antes de ser viejo,

se usó y se gastó,

sí,

bombeando adrenalina contra las piedras del camino.

Pero aquí estás: arropado por “las masas”,

siempre de nuevo, fundido en esta anhelante y firme

alegría colectiva,

en medio de la plaza esperanzada, en la tarde que cae

(6 de julio no se olvida).

 

Y piensas que tal vez nada haya sido inútil

(en medio de un tumulto de cantos y banderas, que una llovizna inclemente empieza a disolver),

piensas que tal vez nada fue inútil

(sabes de cierto que no todo fue útil, si a esas vamos),

aunque todo haya sido diferente y recuerdas

que en la historia así ocurre,

si es ocurre,

una y otra y otra vez.

 

 



Gustavo Hirales Morán, escritor mexicano, ha publicado La Liga 23 de Septiembre, orígenes y naufragioMemoria de la guerra de los justos, El complot de Aburto, Camino a Acteal, Chiapas, otra mirada y Siempre de nuevo. Escribe también periodismo en El Nacional y Unomásuno, Nexos y Etcétera.

miércoles, 9 de junio de 2021

Gustavo Hirales Morán. Un equívoco cualquiera

 

Foto Pedro Chacón

Un equívoco cualquiera

 

 

Por Gustavo Hirales Morán

 

 

Han pasado casi cincuenta años

y ha llegado el tiempo, queridos amigos y colegas,

de una avergonzada confesión.

 

Me lancé sin salvavidas

al río profundo de la revolución,

por un lamentable equívoco,

producto de mi entusiasmo por lo nuevo

y de mi escaso dominio

del inglés.

 

Era un día equis,

un mes inolvidable,

de un año ya perdido en el tiempo (recuerdo que hacía calor),

cuando oí en el radio “you say you want a revolution”

y pensé (lo reconozco: sin mucha reflexión)

 

que los mismísimos Beatles (y Chicago, y los Rolling Stones)

también le cantaban a la gesta de gestas,

a la fementida revolución

trasmutados en voceros y augures del Destino.

 

Me estaban invitando (a mí, el más humilde de sus fans) a incorporarme

(gozosa, lúdicamente) a las ínclitas filas

de la gloriosa transformación.

 

Cuando pude traducir

la capciosa canción

desde el original

ya era demasiado tarde.

 

Y por eso heme allá,

heme acá,

y heme aquí.

 

 





Gustavo Hirales Morán, escritor mexicano, ha publicado La Liga 23 de Septiembre, orígenes y naufragioMemoria de la guerra de los justos, El complot de Aburto, Camino a Acteal, Chiapas, otra mirada y Siempre de nuevo. Escribe también periodismo en El Nacional y Unomásuno, Nexos y Etcétera.

domingo, 6 de diciembre de 2020

Gustavo Hirales Morán. La ciudad de Kavafis

 

La ciudad de Kavafis

 

 

 Por Gustavo Hirales Morán

 

 

Va de cuento. Resulta que un día postee La ciudad, de Cavafis, en la versión de Cayetano Cantú. Luis González de Alba me replicó que era una cochinada esa versión, que Cayetano era un mariquita, y cosas por el estilo.

Me asombró la virulencia del reclamo de Luis, y mi primera reacción fue defender la traducción de Cayetano a rajatabla.

Entonces Luis, encabronado, hizo su propia traducción del poema directamente del griego y la publicó en Nexos, dándome de paso un llegue por apoyar a Cantú.

Como yo no sé griego, difícilmente podía saber cuál versión era más apegada al original, pero una cosa sí sabía: la de Cayetano era más poética.

Sin embargo, también reconocí que Luis tenía razón parcialmente en su crítica.

¿Qué hice?

Tomé la versión de Cayetano y le añadí una o dos líneas afortunadas de Luis, otras de Juan Carvajal y algo de mi cosecha. Cuando la postee, Luis ya había muerto, así que quizá se ahorró otro coraje, o quizá no.

De cualquier modo, este es el resultado de ese debate.

La ciudad de Kavafis

Dijiste: Iré a otro país, veré otras playas;

buscaré una ciudad mejor que esta,

donde todos mis esfuerzos son fracasos y mi corazón,

como muerto,

está enterrado.

 

¿Por cuánto tiempo más estaré contemplando estos despojos?

A donde vuelvo la mirada, veo sólo las negras ruinas

de mi vida, aquí, donde tantos años pasé, destruí, perdí.

No encontrarás otro país ni otras playas, a donde vayas

la ciudad te seguirá;

en las mismas calles vagarás,

en los mismos barrios

envejecerás,

y en las mismas casas encanecerás.

 

Siempre llegarás a esta ciudad;

no esperes otra,

no hay barco ni camino para ti;

al arruinar tu vida en esta parte de la tierra,

la has destrozado en todo el universo.

 






Gustavo Hirales Morán, escritor mexicano, ha publicado La Liga 23 de Septiembre, orígenes y naufragioMemoria de la guerra de los justos, El complot de Aburto, Camino a Acteal, Chiapas, otra mirada y Siempre de nuevo. Escribe también periodismo en El Nacional y Unomásuno, Nexos y Etcétera.

miércoles, 26 de agosto de 2020

Gustavo Hirales Morán. A woman left lonely

A woman left lonely


Por Gustavo Hirales Morán


Escribo desde las simas más profundas de la depresión. No de la depresión: de mi depresión. No sé ni siquiera de dónde saco fuerzas para escribir. Apenas ayer me sacaron de lo que yo llamo “la celda de castigo”. Es a donde meten a los incorregibles. Con paredes acolchadas, luz encendida todo el tiempo, mirilla para observar. Lo primero que quiero decir es que no sé por qué estoy aquí. Mejor dicho, si sé, pero las razones que dan mis parientes para mantenerme secuestrada en esta dizque “clínica” son falsas.
No estoy loca, ni siquiera admito estar temporalmente desequilibrada. Lo que pasó aquel viernes de septiembre fue excepcional. Quizá había tomado demasiadas pastillas, estaba como borracha, cuando me di cuenta de que estaban llevándose a mi hijo, ¡a mi hijo!. Por eso salí armada de la casa, por eso disparé a los pelafustanes que mi suegro pagó para que secuestraran a mi pobre hijo.
Por supuesto que nadie creyó en mis razones… con las palancas, con las influencias y el dinero de mi suegro, ¿alguien quiere competir? A ello agréguenle que este gobierno me trata como apestada, como si yo fuera una tarántula, un alacrán, un animal ponzoñoso, y el resultado solo puede ser este que ven: una mujer peleando sola contra el mundo, librada a sus pobres fuerzas, despojada de todo.
Así querían verme, y así me ven ahora mis enemigos y se regocijan, se apandillan y se alían contra mí.
Ahora son fuertes (las hienas en manada se atreven a retar a la leona), están en todas partes, y además son hipócritas: cuando escuchan mi nombre fingen gestos de clemencia, gesticulan ademanes piadosos, todos esos sentimientos humanitarios de los bien pensantes. ¡Quién lo hubiera dicho, los hubieran visto antes, cuando estaba yo en el apogeo de mi poder, en mi plenitud! (¿o debo decir: “en el cenit de mi plenitud”?)
Temblaban ante mi sola presencia los cabrones; tartamudeaban y perdían el color, les sudaban las manos, se orinaban en los calzones. Y ahora, cuando me ven caída en desgracia, se pasean arrogantes frente a la puerta de mi castillo, de mi abolida torre.
Ah, si solo mi suerte hubiera sido un poco distinta, si las cosas no se hubieran desviado tanto de su curso natural. Lo digo enfáticamente, lo repito para que lo oigan todos: de su curso natural.
El curso natural de las cosas era (no están ustedes para saberlo, ni yo para contárselos, pero mi pecho tampoco es bodega) que yo hubiera sido presidente (¿se dice así, o “presidenta”?) de la república. La primer mujer en ser presidenta de este país, pendejos. ¿Por qué no? ¿Acaso solo los hombres pueden ser presidentes en este pinche país? Ya ven que en otros lugares las mujeres han llegado a ocupar, sin desdoro, los más altos puestos: han sido primeras ministras, e incluso presidentas. Ahí están la Thatcher, Indira Gandhi, Corazón Aquino, Violeta Chamorro, etcétera, quienes no me dejarán mentir.
Ah, pero aquí cómo, si este es el país de los meros pinches machos. Y ni siquiera son muchos, qué va, no saben cómo hay de puñales en el poder, alrededor del poder, en los intersticios y en los suburbios del poder… (pero bueno, esa es otra historia: no nos distraigamos de lo principal). Les decía: en otros países, incluso menos civilizados que el nuestro, las mujeres han llegado al nivel más alto. Con una diferencia: allá se han encumbrado adoptando conductas y gestos masculinos, mientras que si yo hubiera sido presidenta, –óiganlo bien– hubiera sido la presidenta más femenina de la historia mundial: nada de gestos ni actitudes masculinos, todo en mí hubiera sido femineidad, excepto cuando había que entrar en posición de combate, pero aún en ese trance, mi disposición a la lucha era la de las amazonas, las de la pantera: una combativa disposición femenina.
Lo que no me perdonaron, lo que todavía no me perdonan, es que yo los hubiera retado en su terreno: el de la inteligencia, el de las relaciones políticas, el de las alianzas y el poder. ¿Por qué? Porque –me acusaban–, además de esas yo tenía otras armas, letales, contra las que no podían, simplemente, competir. Y tenían razón.
Sí saben de qué hablo, ¿verdad? Por eso fue que se confabularon todos en mi contra, porque decían que mi competencia era “desleal”. Qué cabrones, ¿no? ¿Y que querían que hiciera? ¿Cómo competir contra siglos de opresión, de sumisión, de discriminación? Siglos de patriarcado… y todavía me declaran loca, “incapaz de hacerse cargo de sí misma”, cabrones…






Gustavo Hirales Morán, escritor mexicano, ha publicado La Liga 23 de Septiembre, orígenes y naufragio, Memoria de la guerra de los justos, El complot de Aburto, Camino a Acteal, Chiapas, otra mirada y Siempre de nuevo. Escribe también periodismo en El Nacional y Unomásuno, Nexos y Etcétera.

lunes, 23 de marzo de 2020

Gustavo Hirales Morán. Una conversación en la Lubianka

Una conversación en la Lubianka


Por Gustavo Hirales Morán


“Me dan náuseas usted
y sus máximas de Plejanov”,
dijo con aspereza.
“En esta celda hay marxistas
de diferentes tendencias pero,
en lo que respecta a la poesía
sois todos unos obtusos,
no comprendéis nada en absoluto”.

Dicho lo anterior, aquel hombre
de manos grandes y toscas maneras
y a su peculiar modo culto, leído
(en algún tiempo él mismo
había escrito poemas),
se volvió a sentar en su camastro,
más preocupado que satisfecho
de sí mismo,
pensando no tanto en el siguiente
interrogatorio, inexorable como
la muerte o las malas noticias,
pero sin duda en el oscuro presente
de la poesía rusa.
Piensa en su amado Nekrasov,
en su Pushkin,
en el sensible, rebelde y malogrado
Maiakowski
(“A todos! No se culpe a nadie
de mi muerte y, por favor,
nada de chismes”, escribió Vladimir
elevando su mirada hacia el Kremlin);
en Boris Pasternak y Anna Ajmátova,
sin olvidar a Marina Tsvetáieva
ni a Osip Mandelstam,
y recuerda (¡cómo olvidarlo!)
a su Serguei Esenin y sus famosas
últimas palabras, escritas –literalmente–
con su sangre:
“En la vida no es ninguna novedad morirse,
y vivir no es, por supuesto, algo más nuevo”.

Naturalmente nuestro héroe
(hundido hasta el último sótano
del último pasillo,
en el monumental y lóbrego
palacio de ladrillos amarillos,
frente a la plaza Lubianka,
desde donde hubiera podido ver
la estatua de Dzerzhinsky),
nunca oyó hablar de Paul Celan,
el poeta judío y francés
(nacido, como Cioran, rumano),
quien antes de saltar
del puente Mirabeau
a las aguas más bien
frías del Sena
(era el comienzo de la primavera
y la depresión no cedía),
por propia mano
subrayó la frase:
“A veces este genio se vuelve
oscuro y se sumerge
en el pozo amargo de su corazón”;
Celan, que por los tiempos
de esta conversación vivía
(es un decir),
en su propio campo de concentración,
donde los nazis lo tenían guardado,
escribiría después: 
tiempo es
de que sea tiempo…






Gustavo Hirales Morán, escritor mexicano, ha publicado La Liga 23 de Septiembre, orígenes y naufragio, Memoria de la guerra de los justos, El complot de Aburto, Camino a Acteal, Chiapas, otra mirada y Siempre de nuevo. Escribe también periodismo en El Nacional y Unomásuno, Nexos y Etcétera.