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viernes, 7 de febrero de 2025

Por un mejor año

 


Nota. Esta crónica del maestro Leoncio Acuña Herrera debió aparecer el viernes 3 de enero de 2025. No fue así porque en Estilo Mápula tuvimos un problema técnico al cambiar de plataforma: Dejamos de aparecer en ardidez.com y, casi de inmediato, regresamos a Bloger: estilomapula.blogspot.com, donde hemos estado desde 2014. Ofrecemos una disculpa al autor y a los lectores y a las lectoras.

 

Columna de Acuña

Por un mejor año

 

Por Leoncio Acuña Herrera


Chihuahua, 3 enero 2025. Hay años que no se olvidan, sea por razones personales o históricas en cualquier nivel.

El año 2024 fue, en términos generales, de acontecimientos nefastos y de grandes peligros para el medio ambiente, los derechos humanos, la paz, la tolerancia, la diversidad, la libertad de expresión, la equidad de género, la vida animal, el pensamiento científico, entre otros.

En lo internacional están la crisis en el medio oriente, en particular la guerra entre Israel y Palestina, que ha puesto en un delicado equilibrio no solo la paz en esa región sino a nivel mundial. Y en Ucrania, donde la guerra no cesa.

En lo político se fortalecen los nacionalismos y los populismos, que analistas atribuyen a la crisis de la democracia liberal y del capitalismo tardío.

El arribo de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos representa un peligro para miles de migrantes. Además, se cierne la amenaza de presiones económicas e incluso de incursiones militares en territorio nacional con el pretexto de la inseguridad, lo que lamentablemente es un hecho: el crimen organizado rebasa al gobierno de México.

En América Latina se encumbran gobiernos populistas y dictatoriales, de izquierda o derecha, como Nicolás Maduro en Venezuela, Javier Milei en Argentina, Daniel Ortega en Nicaragua, Nayib Bukele en El Salvador, Miguel Díaz-Canel en Cuba.

En el caso mexicano, si bien es un gran avance el arribo de una mujer a la presidencia, estamos viendo el empoderamiento de una autocracia peor a la que habíamos padecido con el PRI, con la demolición de la división de poderes y la extinción de los órganos autónomos. 

Todo avalado por una súper mayoría legislativa y, hay que decirlo, por un respaldo popular sin precedentes, conquistado mediante las becas del bienestar y prebendas a las clases medias y bajas que la tecnocracia y élite prianista habían abandonado.

En lo personal fue para mí un año de altos contrastes.

Lo malo: a los 62 años de edad ya te es difícil encontrar trabajo, en un escenario de carestía en los servicios y en la canasta básica.

En contraparte, ha sido mi mejor año en lo académico. Terminé una maestría en periodismo que había dejado pendiente, y egresé con el primer lugar, no solo de esa carrera, sino de toda la generación la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH, con un promedio perfecto.

Y como corolario, me estrené como abuelo, con la nietecita Elena, que me da la oportunidad de reivindicarme, hasta donde se pueda, como un segundo mejor padre que nunca fui.

¿Cómo viene este 2025 que empieza?

Sabemos que la división del año es un convencionalismo occidental, pues en el calendario el Año Nuevo inicia en febrero.

Pero eso es lo de menos, la tradición nos obliga a desearnos lo mejor. Y en mi caso lo hago de todo corazón. Esperando que, mínimo, tengamos algo de paz y de armonía entre nosotros, algo que sí podemos lograr y que solo requiere buena voluntad. Así que manos a la obra. y ¡Feliz Año para todos y todas!

 


Leoncio Acuña Herrera, periodista y escritor, es licenciado en ciencias de la comunicación. Ha sido reportero en Novedades de Chihuahua, subdirector editorial de Norte de Chihuahua y jefe de información de El Heraldo de Chihuahua. Tiene maestría en periodismo por la Universidad Autónoma de Chihuahua.

viernes, 6 de diciembre de 2024

Alfabetización mediática

 

Columna de Acuña

Alfabetización mediática

 

Por Leoncio Acuña Herrera


El pasado 29 de noviembre de 2024 me tocó presentar, ante el Comité de Selección, mi anteproyecto de investigación para el doctorado en periodismo y sociedad, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH.

Mi propuesta se centra en la necesidad de diseñar un Modelo de Alfabetización Mediática Informacional y Digital, (AMID), a partir de las carreras de periodismo, pero hacerlo extensivo y adaptarlo a toda la sociedad en Chihuahua. Y explico por qué.

En 2024 somos ya más de 100 millones de cibernautas en México, de los cuales 64 destinan más de 7 horas diarias a navegar en Internet. La mayor parte es de la generación Z, entre los 16 y 26 años de edad.

El auge del Internet ha propiciado una revolución cultural sin precedentes, quizá equiparable a la invención de la imprenta por Gutenberg en el siglo XV.

Son indudables los beneficios de las tecnologías digitales: conecta en segundos a las personas en cualquier parte del mundo; permite realizar trámites y servicios en línea; ha empoderado comunidades antes marginadas y movilizaciones en línea, como el de “Me Too” en contra de la violencia hacia las mujeres. La comunicación es horizontal y ha generado el “periodismo ciudadano”: cualquier persona con un dispositivo móvil puede subir un acontecimiento capturado con su cámara.

Ni se diga con la Inteligencia Artificial con avances en la medicina, la ingeniería, la educación.

La contraparte es, sin embargo, muy oscura.

Por las redes circulan miles de noticias falsas fake news, supersticiones,  discursos de odio, teorías de la conspiración, además de fraudes cibernéticos, ciberacoso, ingreso a las cuentas privadas a través de algoritmos con fines publicitarios. Las mentiras y rumores vuelan mucho más rápido que la verdad, y la gente los replica sin analizarla.

Son conocidos los ejemplos de dos personas quemadas vivas en una comunidad de Puebla, en 2018, porque circuló en Whatsapp que “andaban robando niños”. Hubo personas que murieron de Covid porque se negaron a vacunarse. Se difunde la afirmación de que la tierra es plana y de que no existe el cambio climático. Hay teorías de la conspiración, como la de una elite de gobernantes y magnates, con perfiles “reptilianos” que domina al mundo e imponen las modas. Abundan los prejuicios contra los migrantes, los negros, los chinos, los gays.

El periodismo también se ve en riesgo con estas amenazas. Porque muchas personas no distinguen una noticia verdadera, reporteada, de otra que ni siquiera tiene fuentes y que se dispararan desde el anonimato o desde cuentas falsas.

Por eso muchos medios digitales han establecido la práctica del “fast checking”, para detectar y denunciar noticias falsas, incluyendo discursos sin fundamentos de políticos. Un ejemplo es El Sabueso, del portal Animal Político, en México.

Hay que precisar que la AMID no pretende establecer un pensamiento único ni censor. Todo lo contrario, se busca fomentar la libertad de expresión y la apertura a todas las corrientes ideológicas, con la condición de que estén fundamentadas en datos, no en supuestos.

La AMID, según lo establece la Unesco, consiste en “pensar críticamente, hacer click con inteligencia”. Crear una ciudadanía mundial activa y propositiva, informada. De eso se trata mi proyecto, para aterrizarlo en Chihuahua a través de la UACH. Ojalá lo acepten.

 

PD.  Les deseo lo mejor en esta temporada decembrina, y sobre todo el año que viene.

 

6 diciembre 2024

 



Leoncio Acuña Herrera, periodista y escritor, es licenciado en ciencias de la comunicación. Ha sido reportero en Novedades de Chihuahua, subdirector editorial de Norte de Chihuahua y jefe de información de El Heraldo de Chihuahua. Tiene maestría en periodismo por la Universidad Autónoma de Chihuahua.

viernes, 6 de septiembre de 2024

El Discurso. Leoncio Acuña Herrera

Columna de Acuña

El Discurso

 

 

Por Leoncio Acuña Herrera

 

 

De niño fui bueno para los discursos, tanto para escribirlos como para recitarlos. Me aventé los de mi graduación en la primaria y en la secundaria, en Cananea, Sonora. Con la vuelta del tiempo me volví temeroso en el hablar, generalmente carraspeo, me atoro.

Bueno, pues el 21 de agosto pasado, a los 62 años de edad, fue la tercera. Saqué el mejor promedio en la generación de posgrado de Filosofía y Letras, incluyendo la maestría de periodismo y poder, con un diez redondo.

Por ende, en el Paraninfo de la UACH me tuve que echar el rollo que yo mismo escribí y que practiqué durante un mes, con mi esposa como testigo e implacable juez. Durante todo ese tiempo me acordé del libro de García Márquez “No vengo a decir un discurso”. Estuve a punto de declararme con Covid o afónico para que alguien más leyera lo mío.

Por fortuna la presencia de hija, ‒con embarazo de 8 meses‒, y de mi yerno, me envalentonaron. Además, sinceramente, ¿quién le pone atención total a los discursos?

Con la premisa de que las palabras se las lleva el viento, aquí transcribo la esencia del mensaje, quitando florituras y formalidades.

 

 

 

Con la era digital cambiaron muchos paradigmas de la comunicación.

Surgen amenazas como las fake news y la posverdad. Paradójicamente, ahora en las redes sociales circula más desinformación que nunca. También se abren, hay que decirlo, áreas de oportunidad para interactuar mejor con las audiencias.

En las clases de periodismo estamos obligados a analizar estos fenómenos, a dominar estas herramientas y a conocer las nuevas tendencias, incluyendo la Inteligencia Artificial, para fortalecer la innovación y la creatividad, y para promover la alfabetización mediática.

Las condiciones actuales demandan elevar los estándares de la profesión, para una mejor calidad en los contenidos, con rigor en los datos, con pulcritud en el lenguaje, con profundidad en las investigaciones, con respeto a la dignidad humana y a los valores universales.

Hay otros riesgos que se ciernen sobre el periodismo y que a veces confluyen.

Por una parte, el poder político cuando es intolerante y represor ante la crítica informada. Y por otro lado el crimen organizado.

Persisten vicios internos como la frivolidad, el amarillismo, la distorsión.

Acaso lo más denigrante sea lucrar con el oficio, ya sea con la autocensura o con el golpeteo permanente.

Ante esto, el periodismo debe situarse en una posición de contrapeso y equilibrio, sí denunciar para que se corrija, pero también contribuir a que se construya. Sí con libertad de expresión, pero también con responsabilidad social y con un alto sentido ético.

Debemos recordar que la función primordial del periodismo es la de informar y que la información es un bien y un derecho público. Así, el principal compromiso del periodismo debe ser con los ciudadanos, de ahí emana su valor más preciado, que es la credibilidad.

De nosotros depende que la esencia del periodismo perdure más allá de los formatos o plataformas que se utilicen.

El verdadero poder del periodismo, por el que hay que luchar a diario, es nada menos que el poder de la palabra, que no es otro que el poder de la verdad.

 

 

Pienso seguir con un doctorado, pero si me falta dinero, mínimo me inscribo a un curso de oratoria.

 

6 de septiembre de 2024

 

 

 

Leoncio Acuña Herrera, periodista y escritor, es licenciado en ciencias de la comunicación. Ha sido reportero en Novedades de Chihuahua, subdirector editorial de Norte de Chihuahua y jefe de información de El Heraldo de Chihuahua. Tiene maestría en periodismo por la Universidad Autónoma de Chihuahua.

viernes, 2 de agosto de 2024

El Verano. Leoncio Acuña Herrera

Columna de Acuña

El Verano

 

 

Por Leoncio Acuña Herrera

 

 

Siempre he preferido el calor que el frío, y al verano sobre el invierno.
Son varias las ventajas en la estación que quisiera fuera permanente. Una de ellas es que no requieres tanta ropa, aunque hay inconvenientes como la necesidad de prender el aire o el abanico, o procurar que no se eche a perder la comida.

Además, como vivimos en un clima tan seco, imposible competir con la espectacular belleza de las nevadas.

Sin embargo, creo que la ventaja más grande es porque en el corazón del verano están las vacaciones grandes.

Y uno nota cómo baja el ritmo de la actividad en la ciudad, sobre todo de vehículos. Es un tiempo que respira descanso, la vida entera está de vacaciones, y si no se puede salir puedes dedicar el tiempo a leer, a reflexionar, a ver películas o eventos culturales de interés.

Además, el verano es como la mitad de la vida, son como los 30 a 40 años en los que tuviste la experiencia más intensas, para bien o para mal. Es como el mediodía.

Todo lo anterior me ha llevado a reflexionar que en nuestras preferencias, así como el verano o el invierno, siempre optamos entre dos extremos. En el caso que refiero, por ejemplo, ¿dónde dejo a la primavera con el resurgimiento de las flores, especialmente de las buganvilias o de las rosas, de su olor a renacimiento? ¿dónde queda el otoño con los parques vestidos de grandes alfombras amarillas por la caída de los árboles, de su olor a nostalgia?

Hay muchos ejemplos de estas actitudes binarias que debiéramos acotar y entender que la vida no es en blanco y negro, sino que está llena de matices.
Lo vemos en el campo de la política, simplemente en las elecciones pasadas, con descalificaciones que aún no cesan entre uno y otro campo.

Recuerdo a un amigo que en los ochentas me preguntaba insistente, ¿quién es mejor, Lennon o McCartney? La conclusión era simple: solamente juntando a los dos tendríamos a Los Beatles.

Y así los ejemplos se pueden ampliar. El hecho es que, no siempre por elegir algo tenemos que desechar en automático a otro.

Ya lo dijo Octavio Paz, para poder ser nosotros, para poder decir “yo soy”, siempre tenemos que reconocernos en el Otro.

Y hablando de cultura, también en aquellos años había como dos campos culturales opuestos. La revista Vuelta, considerada “de derecha” o de conservadora, contra Nexos, la de izquierda o supuesta progresista. Siempre compraba las dos para equilibrar. Era como la ecuación Krauze vs Fuentes, Paz vs Monsiváis, García Márquez vs Vargas Llosa, etcétera.

Falsas disyuntivas todas, como sabemos ahora, porque el norte no existe sin el sur, ni la izquierda sin la derecha, ni el materialismo sin el idealismo.

Ahora con las redes sociales también la opción binaria nos confronta permanentemente. Por ejemplo, denostar contra la Inteligencia Artificial o por las redes, que ciertamente nos inundan de tonterías, pero al mismo tiempo nos facilitan la vida si sabemos buscar.

En conclusión, considero que ya es tiempo de recuperar el equilibrio, los matices, los grises. Porque la vida no se puede dividir entre malos y buenos, porque simplemente la vida y los seres humanos somos imperfectos, contradictorios, y por lo mismo, complejos, poliédricos.

Entender que si disfruto este verano es gracias a las otras estaciones, y que si no estuviera alguien, aunque sea uno, que lea esto del otro lado, tampoco yo existiría.

 

2 agosto 2024

 

 

 

 

Leoncio Acuña Herrera, periodista y escritor, es licenciado en ciencias de la comunicación. Ha sido reportero en Novedades de Chihuahua, subdirector editorial de Norte de Chihuahua y jefe de información de El Heraldo de Chihuahua. Actualmente cursa la maestría en periodismo en la UACH.

viernes, 5 de julio de 2024

El narrador ladino. Leoncio Acuña Herrera

Columna de Acuña

El narrador ladino

 

 

Por Leoncio Acuña Herrera

 

 

Estuve presente en la presentación del libro La calle ladina, de Jesús Chávez Marín, el viernes 31 de mayo a las 6pm en la librería Sandor Marai. Aquí señalo lo que dije en esa ocasión, también lo que pensé y que no pude expresar por falta de tiempo.

Lo primero que me llama la atención es que, en las preguntas al escritor, este dijo que siempre había querido ser periodista, a quienes admira por “su audacia”.

Esto me hizo comentar que en realidad muchos periodistas quisiéramos ser grandes escritores como Mario Vargas Llosa y el Gabo, que llegaron por ese camino. El ejemplo más notorio en México es del de Elena Poniatowska, aunque hay otros que hicieron buenos libros a partir de sus reportajes o entrevistas, como Julio Scherer García o Vicente Leñero.

En España admiro la obra del periodista Javier Cercas, autor de Soldados de Salamina, y más reciente Terra Alta, que pude leer en versión digital.

Por supuesto hay reporteros actuales como Marcela Turati, Maribel Hernández, Alejandro Páez Varela o Jorge Paterson Farah, en cuyos casos hay más bien una combinación de periodismo y literatura.

Entonces: sí hay periodistas que han logrado ser escritores. Y a la inversa.
Pero creo que Jesús Chávez Marín es de hecho un periodista cultural en varios sentidos, y me explico.

Con el predominio del Internet y de las redes sociodigitales ha surgido la figura del “reportero ciudadano”, aquella persona que, sin ejercer esa profesión en forma profesional, registra asuntos de interés público en su teléfono móvil y los pone a  circular, siendo incluso insumo para las noticias.
Lejos estoy de aseverar que este tipo de periodismo va a desplazar a los profesionales del gremio, solo pongo sobre la palestra un asunto muy evidente e innegable: del desplazamiento de la prensa tradicional por los portales digitales o las plataformas.

La comunicación horizontal tiene grandes ventajas para la libertad de expresión, pero hay también efectos nocivos, como la proliferación de las “fake news” o noticias falsas, y el fenómeno de la “posverdad”, que es simplemente que en tus páginas aparecerán siempre los temas que te gustan: si crees que la tierra es plana o que el Covid fue un invento.

Es un hecho que a través de los algoritmos las grandes corporaciones se dan cuenta de nuestras preferencias de consumo y nos llenan de publicidad.
Ese nuevo ecosistema digital, con todas sus ventajas y desventajas, es también un campo propicio para el nuevo periodismo. Y también para los escritores. Pienso en todo lo que podría haber hecho Monsiváis en esta época.

Y ahí regreso a Chávez Marín, porque, como lo dije ahí, su incursión en el Facebook lo convierte en un periodista cultural por excelencia: sube fotos viejas del Chihuahua antiguo ‒cines, cantinas, calles‒, de escritores locales de su generación, de actores o marcas de los ochentas, etcétera.

Y es así como la narrativa de La calle ladina tiene mucho de ese sabor local chihuahuense, solamente que enfocado a historias personales, generalmente protagonistas de clase media para abajo, ‒fregadones, pues‒, entre trágicas y cómicas, anécdotas que los vuelven entrañables, con un sentido agudo del humor y de la ironía. Pero la crítica del libro ya es materia de otro tema.

Por eso creo que Chávez Marín es el “narrador ladino” que conjuga periodismo, literatura, poesía, crónica urbana, historia… y manejo de redes. Cuando sea grande quiero ser como él.

 

5 julio 2024

 

 

 

 

Leoncio Acuña Herrera, periodista y escritor, es licenciado en ciencias de la comunicación. Ha sido reportero en Novedades de Chihuahua, subdirector editorial de Norte de Chihuahua y jefe de información de El Heraldo de Chihuahua. Actualmente cursa la maestría en periodismo en la UACH.

viernes, 7 de junio de 2024

Escombros. Leoncio Acuña Herrera

Columna de Acuña

Escombros

 

 

Por Leoncio Acuña Herrera

 

 

Los periodistas tenemos una ventaja, o desventaja, según se quiera ver, como analistas y observadores de las elecciones en México: que sabemos quiénes van a ganar y a perder en las elecciones, incluso a pesar nuestro y de lo que opinen en nuestro entorno más cercano.

Así me pasó en 1998, al finalizar mi etapa en un área institucional del gobierno estatal de Chihuahua. Me volvió a ocurrir en los comicios estatales de 2021, aunque en mi entorno laboral juraban otra cosa.

Igual me sucedió ahora, en 2024, a lo que regresaré después.

En un rápido recuento de mis experiencias señalo que hubo tres corazonadas que se convirtieron en certeza: las de gobernador en 1992, las presidenciales del 2000 y las del 2006. Y la amarga de 2012, en que sabía que volvería el viejo régimen con todo.

Hubo dos presidenciales en las que no pude votar. En 1998, cuando se “cayó” el sistema, porque estaba cubriendo para un periódico local. Y en 2018 porque estaba fuera del estado, aunque sabía que se venía otro cambio radical… que a la postre fue de claroscuros.

En estas elecciones, de 2024, sabía que estaba la mesa puesta para un triunfo indubitable de la candidata oficialista, por más que en mi fuero interno, y mi propio voto, fueron a favor de que regresara la esperanza y la libertad al país, o por lo menos para recuperar el largo y arduo proceso democratizador que inició a finales de los noventa.

A diferencia de las elecciones anteriores, esta deja un país sumamente polarizado, porque la división entre los mexicanos no viene de las campañas, sino desde mucho antes, viene desde hace seis años, con las diatribas mañaneras del Presidente que nos dividió entre pueblo bueno y tecnócratas, entre fifís y chairos, entre conservadores y transformadores.

Fueron, con mucho, unas elecciones desiguales, pues el propio presidente estuvo en la boleta: fue un referéndum a su mandato con la manipulación de los programas sociales y, hay que decirlo también, el descrédito de la vieja oposición que sencillamente fue arrasada y hoy no encuentra explicaciones para lo que sucedió, para su propio descrédito.

 

Hoy, tras la resaca de los comicios, regresamos a la terca realidad que se cuela por la vida diaria: la violencia desatada, zonas enteras del país dominadas por el crimen organizado, el desempleo o la precariedad laboral, la pobreza extrema de siempre, la educación por los suelos, la salud deteriorada, la ciencia abandonada.

Me pregunto si de entre estos escombros podrá renacer la reconciliación y la esperanza. Eso dependerá más de nosotros mismos que de la clase política, de quienes se soban las manos porque alcanzaron silla en la comilona del poder, o de quienes se disputan las migajas.

Para no variar, nos tocará a todos los demás, o sea, a la enorme mayoría, recoger los platos rotos, barrer el polvo  y reconstruir la casa común desde sus cimientos.

No será la primera vez ni la última vez que así lo haremos, hasta que nos decidamos de una vez por todas por un cambio profundo, verdadero, y pacífico, de largo aliento.

 

Y que conste: esta columna la escribí siete días antes de las elecciones, el 29 de mayo.

 

7 junio 2024

 

 

 

 

Leoncio Acuña Herrera, periodista y escritor, es licenciado en ciencias de la comunicación. Ha sido reportero en Novedades de Chihuahua, subdirector editorial de Norte de Chihuahua y jefe de información de El Heraldo de Chihuahua. Actualmente cursa la maestría en periodismo en la UACH.

viernes, 3 de mayo de 2024

Las arrugas del alma. Leoncio Acuña Herrera

Columna de Acuña

Las arrugas del alma

 

 

Por Leoncio Acuña Herrera

 

 

En su conocida obra Homo Deus dice Yuval Noah Harari, escritor israelí contemporáneo ‒aplaudido por unos, denostado por otros‒, que el ser humano ha aspirado siempre a dos grandes ideales: la felicidad y la vida eterna, esto es, vencer las enfermedades y la muerte para siempre.

Y en ese afán la ciencia se ha lanzado como proyectil, ansiosa de alcanzar esos sueños. Todos quisiéramos ser como el Dorian Gray de Oscar Wilde, esconder la vejez en el alma y mantener la juventud en la cara.

Hay algo muy evidente: inevitablemente la juventud tiene siempre algo de belleza, porque es la vida en plenitud. No es casual que sea tendencia subir al Facebook fotografías de cuando no pasábamos de los treinta. Y la vejez, seamos sinceros, no tiene nada de atractiva.

De ahí el morbo por ver cómo se han transformado las celebridades, lo vemos hoy en día en abundantes publicaciones banales, sobre todo en redes sociales, pero muy socorridas. ¿Ya viste como está ahora Demi Moore? ¿Qué le pasó a Alain Delon? Y así por el estilo.

Al llegar a los cuarenta me preocupaba tapar un poco la panza de cervecero y luego descubrí que esto no es solo consecuencia de la falta de ejercicio o de exceso de carbohidratos, sino también en gran parte una consecuencia natural del cuerpo, al dejar de crecer.

Hace ya tiempo veía cómo hombres que llegaban a los sesenta se pintaban el pelo para aparecer menos viejos, o se insertaban bisoñés para ocultar la calvicie, y yo me imaginaba la escena en sus familias o con sus amantes, “querido, quedaste de maravilla”, “papá, pareces de veinte”.

No se diga el caso de las mujeres que compran cremas caras o se ponen en manos de cirujanos plásticos, a veces con consecuencias mortales, o si les despliegan los ojos, terminan con una mirada extraña, o con cuellos altos para disimular el cuello.

La moda más reciente es cambiarse el rostro en los perfiles en Facebook o en redes sociales, en ponerse filtros para reducir los años o suavizar el cutis.

Pienso que de todos modos esto ello es infructuoso, que es más sabio resignarse al paso inevitable tiempo y que la felicidad nunca podrá ser completa porque no sabríamos apreciarla.

A lo más que podemos aspirar es a vivir saludablemente y a paliar las pesadas enfermedades que inevitablemente se agudizan conforme el cuerpo pierde su vigor.

Es preferible mostrarse uno como es, de todos modos nadie se fija tanto en los otros como uno consigo mismo.

Aquella vieja frase medio bobalicona de que la “verdadera belleza se lleva por dentro”, ‒y que yo atribuía como un consuelo: “eso lo dicen los que son feos”‒, finalmente tiene algo de razón, vale mucho la pena la paz interna.

Porque siempre aparecerán arrugas en la piel y sobre todo marcas en el alma. Hay que dejarlas ahí, de todos modos ninguna inteligencia artificial las va a atenuar y, como sea, marcan claramente el mapa de lo que hemos sido, ese es nuestro verdadero espejo.

 

Recomiendo este artículo de Irene Lebrusán en el El País, es de abril pasado “La IA y el no tan nuevo ideal de belleza imposible” https://elpais.com/proyecto-tendencias/2024-04-12/la-ia-y-el-no-tan-nuevo-ideal-de-belleza-imposible.html

 

3 mayo 2024

 

 

 

Leoncio Acuña Herrera, periodista y escritor, es licenciado en ciencias de la comunicación. Ha sido reportero en Novedades de Chihuahua, subdirector editorial de Norte de Chihuahua y jefe de información de El Heraldo de Chihuahua. Actualmente cursa la maestría en periodismo en la UACH.

viernes, 5 de abril de 2024

¿Competitivos? Leoncio Acuña Herrera

Columna de Acuña

¿Competitivos?

 

 

Por Leoncio Acuña Herrera

 

 

Es cierto que en la ley de la naturaleza sobrevive el más fuerte, básicamente por motivos de alimentación o de reproducción. Además es instintivo.

También lo es que, al reproducirnos, los espermatozoides entran en una feroz competencia por fecundar al óvulo.

Lo preocupante es que en el terreno de la civilización humana hemos hecho de la competencia el modelo de vida que ordena y ocupa nuestras actividades, desde que nacemos hasta que morimos.

 

-Competimos por ser el más listo de la clase

-Competimos para no ser últimos en una carrera de niños (“el que no corra es vieja”)

-Competimos entre hermanos para ser los consentidos

-Compiten las niñas al presumir mi papá tiene esto, tiene lo otro.

-Competimos en la adolescencia para ser el más conquistador.

-Competimos en la familia y la sociedad para tener más cosas que otros.

-Competimos con algún rival por el amor de alguien.

 

Nos educan, sí para saber, pero ese saber es para ser competitivos, para pelear en la jungla humana. Para ganar más dinero, porque si no ganas más, es que no eres competitivo.

Y si esto lo elevamos a otros niveles, vemos que se reproduce corregido y aumentado en la sociedad, en los mercados, en los países.

La historia ha estado marcada por guerras con muerte y dolor: se originaron en la ambición de tener más poder  y riquezas.

Pero igual hoy en día tenemos una competencia reñida por el desarrollo tecnológico, o por el empoderamiento nuclear.

Así las tiendas y supermercados luchan por ganar los clientes. Los grandes consorcios por comerse a los tiburones menores, y estos a los más pequeños.

En la nueva era global y digital hay un aguda competencia por ganar las preferencias de los cibernautas, ofreciéndote mil cosas que llegan directo a tus cuentas personales. Y tú ni idea tienes de dónde sacaron tus datos.

Para qué les cuento de los políticos en esta época electoral. Todos prometen el oro y el moro porque compiten por el voto ciudadano, aunque después olvidan lo que prometieron.

Pero no se den golpes de pecho. También se da en la academia y entre los más estudiados.

Díganme si hay otra competencia más feroz que en el mundo de los escritores, de las editoriales.

De las capillas culturales.

Igual y las competencias más dignas, como la deportiva o la artística, luego se corrompen también porque prevalece la lógica del espectáculo.

Quiero ser claro y contundente con este texto: No quiero decir que los padres o madres de familia que se esfuerzan cada día por mejorar la calidad de vida en sus casas deben dejar de luchar. Lo que digo es que el ser “aspiracionista” es de hecho una consecuencia del sistema que nos orilla a esto. Y que en todo caso el pleito diario con la dura vida debiera tener otro enfoque.

Como sea, me pregunto si algún día llegará en que dejemos de correr desquiciados hacia la nada. A perseguir una quimera que al final del día puede dar una satisfacción meramente temporal. ¿Será esa la felicidad?

 

5 abril 2024

 

 

 

 

Leoncio Acuña Herrera, periodista y escritor, es licenciado en ciencias de la comunicación. Ha sido reportero en Novedades de Chihuahua, subdirector editorial de Norte de Chihuahua y jefe de información de El Heraldo de Chihuahua. Actualmente cursa la maestría en periodismo en la UACH.

viernes, 1 de marzo de 2024

La vida genera vida. Leoncio Acuña Herrera

Columna de Acuña

La vida genera vida

 

 

Por Leoncio Acuña Herrera

 

 

Este 5 de marzo habré cumplido 62 años y en 2024 seré abuelo por primera vez.

Esto lleva a reflexionar sobre dos asuntos aparentemente triviales: el tiempo que vivimos, y lo que se ha dicho sobre él. Y la prolongación de la especie humana a través de nuestros descendientes.

Guardo en la memoria mi primer cumpleaños a los cinco en el poblado sonorense de Bacoachi, a donde llegaron mis abuelos paternos.

Otro recuerdo fue cuando cumplí 19, en 1981, estando en Guadalajara. No entendía por qué un maestro me dijo: “¡qué envidia”.

El tema de los cumpleaños llama la atención porque, si bien estamos festejando que seguimos viviendo, en estricto sentido un año más nos acerca inexorablemente a la muerte.

Pese a ello, conozco amigos y familiares que no solamente se suicidarían si nadie los felicitara el día de su cumpleaños, sino que duran días, a veces semanas, auto celebrándose.

No falta quienes aprovechan el auge de las redes para “agradecer” a quienes los felicitaron, aunque en el fondo es un ardid para que los feliciten quienes antes no se dieron cuenta.

En el asunto del tiempo el concepto depende de la civilización y la manera de que nos marca. Octavio Paz hizo una reflexión en la materia, en Conjunciones y disyunciones, al escribir sobre el Eterno Retorno en algunas civilizaciones antiguas, el tiempo en espiral, y por supuesto el tiempo lineal a partir del judeocristianismo.

Lo peor de todo es perder el tiempo, dice la consigna, aunque muchas veces en ella subyace la idea materialista del progreso: trabajar para producir, producir para acumular ganancias, para sobrevivir en un mundo comercializado. Tánatos sobre Eros.

Pero “perder el tiempo” para un poeta, un escritor, un pintor, es muy diferente al concepto anterior. El ocio, que dicen es la madre de todos los vicios, para los creadores, que no solo piensan en pesos y centavos, es la madre de la imaginación y de la creación.

Por eso, aunque no sea uno creador, no hay que arrepentirse de lo que pudo haber hecho y no hizo. Si no lo hizo es simplemente porque no se dieron las circunstancias, no se tuvo la voluntad o las ganas. Por eso no es recomendable aconsejar a los jóvenes con que “no pierdan el tiempo”, porque finalmente es la vida de cada quién.

El segundo tema es el de la paternidad segunda, el ser abuelo. Ahora entiendo el entusiasmo que esto suscita, porque ahí se abre la oportunidad para uno de reivindicarse con los hijos de los hijos, de hacer con los terceros lo que uno no hizo con los segundos.

No es que haya sido un mal padre, pero me hubiera gustado haber pasado más tiempo ‒otra vez el concepto‒ con mi hija. Las circunstancias y la distancia no lo permitieron.

Así que, sí, reinventaré el tiempo. A mis 62, con la nieta o nieto, para intentar reivindicarme. Ya les diré si lo consigo.

Espero generar tan buena imagen como las que dejaron en mí los abuelos paternos, a los únicos que conocí, que si intentaron reivindicarse conmigo lo lograron con creces, aprovecharon bien su tiempo. Sí, en algunos aspectos superaron a mis padres. ¿Les ha pasado?

 

1 marzo 2024

 

 

 

Leoncio Acuña Herrera, periodista y escritor, es licenciado en ciencias de la comunicación. Ha sido reportero en Novedades de Chihuahua, subdirector editorial de Norte de Chihuahua y jefe de información de El Heraldo de Chihuahua. Actualmente cursa la maestría en periodismo en la UACH.

viernes, 2 de febrero de 2024

El Epitafio. Leoncio Acuña Herrera

Columna de Acuña

El Epitafio

 

 

Por Leoncio Acuña Herrera

 

 

Se dice que antes de morir uno debe haber realizado al menos tres cosas: tener un hijo, escribir un libro, plantar un árbol.

A estas alturas del partido he cumplido con dos, pero me sigue atosigando el reto del libro.

Será porque, antes de lanzarme como escritor, he puesto como pretexto que me faltaría leer muchísimo más para escribir algo relativamente bueno. Y sinceramente abundan los malos escritores, no tendría caso aumentar la fila.

¿Podría ser acaso “fue un gran lector”? Para nada, porque es muchísimo más lo que me falta por leer que lo leído.

Luego tampoco podría decir que viajé mucho, porque me falta brincar el charco.

He estado pensando que una posible virtud es que a lo largo de mi vida escolar fui un estudiante bastante aplicado, primeros lugares de primaria a universidad, boletas llenos de dieces. Incluso ahora que me metí a la Maestría.

Pero, veamos con sinceridad: en el Bachilleres 2, en tercer grado, reprobé Cálculo, porque tuve la fatal idea de querer ser ingeniero, solo por una noviecita que quería que me quedara en Chihuahua. No se me dan los números.

Descartado entonces también lo del buen estudiante.

¿Muy inteligente? Pues tengo mis dudas. Mi abuela paterna estudio hasta cuarto de primaria y su inteligencia era clarividente, te veía el alma. Por cierto, Juan José Arreola fue autodidacta. Octavio Paz solo terminó la Prepa.

¿Periodista? No, no muy bueno. En primer lugar porque interrumpí el ejercicio por ingresar al servicio público. Pero para nada destacaría como esos reporteros intrépidos que entrevistan hasta al diablo. Dicen que dijo Julio Scherer que él prefería perder a un amigo que perder una nota. Nunca sería eso en mi caso, preferiría encubrir a un amigo, aunque “perdiera” la nota.

Decir “fue un buen hombre” o “fue maligno”, tampoco, porque he sido de todo un poco, ya se sabe que los blancos y negros no existen, solo la variedad de grises. ¿Fue leal? ¿Fue simpático? ¿Fue feliz? ¿Sufrió demasiado?… Nada, ninguno de esos me aplica por que más bien he sido “pecador estándar”, más común y corriente, más corriente que común.

“Fue de izquierda”, a veces, “de derecha”, también, sí. “De centro”, jamás. Entonces no aplica. ¿Religioso? Para nada, ¿Ateo? No siempre.

En definitiva sonaría mejor “No hizo nada” a “Fue un mediocre”. Sin embargo la primera suena muy nihilista ‒sartreana o de heideggeriana‒ y la segunda exagerada, después de todo tuve una hija que es arquitecta y que es mi gran orgullo. Y sobre todo que aún no llego a los 80 ‒ahora ando casi en los 62‒ y en una de esas escribo el libro.

Por lo pronto concluyo que la mejor opción sería: “Batalló mucho por su Epitafio”, pues a la fecha lo sigo buscando.

P.D. Hay una canción de los Beatles, aunque en realidad es de Lennon, Nowhere man, hombre de ninguna parte. Habla de un hombre que se la pasa pensando mucho sin ir a ninguna parte. “¿No es un poco como tú y yo”? Pues sí.

2 febrero 2024

 

 

 

Leoncio Acuña Herrera, periodista y escritor, es licenciado en ciencias de la comunicación. Ha sido reportero en Novedades de Chihuahua, subdirector editorial de Norte de Chihuahua y jefe de información de El Heraldo de Chihuahua. Actualmente cursa la maestría en periodismo en la UACH.