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martes, 15 de julio de 2025

El reloj Hamilton


 

El reloj Hamilton

 

Por Jesús Vargas Valdés

 

Hay días en que se atraviesan recuerdos que han estado guardados en la memoria y que ahí seguirán siempre. Estas líneas que voy a escribir se las dedico a mi nieto Bruno, de trece años, que ha llegado junto con su padre a pasar unos días en Chihuahua, como lo hacen dos veces al año.

Desde mi nacimiento hasta el día de su muerte, fue mi padre el referente masculino en muchos aspectos. Fue su vida como la de todos los hijos de los hombres de oficio: artesanos, mineros, obreros, labradores.

Nació en 1910. No asistió a la escuela. Desde los ocho años se hizo aprendiz de herrero en la fragua de su padre. A los veinte, cerraron las minas de Villa Escobedo (Minas Nuevas, donde él había nacido). La mayoría de los mineros salieron con sus familias a buscar la vida en otra parte. Entre las pocas muchachas jóvenes que quedaban, estaba la que fue mi madre y él tuvo la fortuna de casarse con ella en 1931. Poco después, con el primero de los hijos, emigraron a Parral. A los pocos días, él consiguió trabajo de minero en La Prieta. Cinco años después lo pasaron a la superficie, al taller de herrería, donde encontró su verdadero lugar y realización.

Yo nací con el número nueve en la lista de la docena de hijos que trajeron a la vida.

A los pocos años tomé conciencia de que mi madre sufría, el llanto de ella era frecuente, especialmente los fines de semana: llanto silencioso que los hijos teníamos que descifrar de alguna manera, porque ella evitaba hacernos parte de sus frustraciones. El silencio de mi padre era mayor, porque él vivía en un mundo aparte, el de su trabajo y de sus logros, muy ajeno a las cotidianidades, digamos problemas y necesidades materiales y de la formación de los hijos. En descargo debo que aclarar que así eran casi todos los mineros en aquellos años, además de que "genio y figura" se iba heredando porque el horizonte de aquellos hijos de mineros era el mismo que el de los padres. Llegando la edad ya los estaba esperando "la ficha" para entrar a la mina, y lo asumían con el orgullo del joven macho de la casa.

Bien podría extenderme en estas imágenes que van pasando por la memoria, pero si le sigo no voy a llegar al asunto que me propuse.

Mi madre se propuso como meta que todos sus hijos estudiaran una profesión, no así las tres hijas, a las que preparó para que fueran buenas esposas en todos sentidos.

Como dije antes, en la formación de los hijos evitó instrumentar la amargura, o los resentimientos de mujer. Al contrario, conforme crecimos nos hizo ver la figura paterna como la del gran trabajador que él era, las proezas que se le reconocían por su genio para resolver problemas prácticos que nadie más podía hacerlo, por ejemplo: en los molinos del metal que son fundamentales en el proceso de cualquier mina, frecuentemente iban a la casa a despertarlo para que acudiera a resolver un problema.

Desde el superintendente gringo hasta el jefe inmediato, le reconocían, y esto llegaba de alguna manera a la familia. Un signo particular de este respeto era que en algunas de las fiestas que organizaban los jefes en la colonia gringa, frecuentemente lo invitaban.

Él era mi héroe y cuando hacía algún trabajo en la fragua que tenía junto a la casa, yo estaba con él. Era poco lo que podía ayudar, pero lo hacía en la medida de lo posible. Miraba cómo trabajaba la lumbre, cómo ponía al rojo los fierros, cómo los sostenía con las tenazas, los acomodaba sobre el yunque y a punta de marrazos, o con el manero, les iba dando forma.

De los hijos, me toco ser el que estuvo más cerca de él ayudando y mirando como trabajaba, compartiendo sus silencios, y de vez en cuando recibiendo una palmada en la espalda o el hombro. Un día mi hermano mayor me aseguró que de no haber sido porque mi madre se oponía a ello, a mí me tocaba ser el continuador del oficio de tres generaciones: herrero.   

En 1957 se manifestó en mi padre una temblorina en la mano derecha, era leve y no tuvo problemas para seguir en su trabajo. Sin embargo, uno o dos años después se agudizó el Parkinson que recién le habían diagnosticado. Le llamaron en la empresa y en un proceso que no fue largo le informaron que tenían preparada su jubilación. Para consolarlo le dijeron también que ya le habían preparado su reloj por los 25 años de trabajo: un méndigo reloj marca Hamilton con la leyenda correspondiente y con su nombre. Él hizo todo lo posible por que le consideraran sus méritos, que tomaran en cuenta todo lo que había dado a la empresa. No quería dejar de trabajar. No lo escucharon.

Así como era de callado, ni cuenta nos dimos de lo que le pasaba por la cabeza. Pocos años después yo me preguntaba: ¿Razonó mi padre el significado de lo que le habían hecho? No lo supe, pero yo sí lo razoné a fondo: lo habían exprimido, lo habían halagado, le habían hecho creer que apreciaban todo lo que hacía, hasta lo llamaban amigo sus jefes. Nada de eso era cierto.

Cuando terminé la secundaria me tocó el momento del ritual iniciático de abandonar la casa familiar para salir a estudiar a la ciudad de México, que antes habían iniciado mis tres hermanos mayores. Era el sacrificio que mi madre había decidido con tal de que sus hijos tuvieran un horizonte diferente.

Años después, en alguna ocasión que regresé por las vacaciones, mi padre me entregó su reloj Hamilton de los 25 Años. Sin emoción alguna me lo llevé, pero no lo use. Lo sentía como una afrenta. Pasaron los años, llegó el 68, que cambió radicalmente el rumbo de mi vida. Cuando me he preguntado, y me lo han preguntado, que de dónde me llegó aquel cambio, no dejo de considerar que, entre otros motivos, estuvo esa infamia que sufrió mi padre por parte de sus patrones yanquis que me dejó, sin tener plena conciencia de ello, la primera marca de la esencia injusta del capitalismo.

 


Jesús Vargas Valdés estudió la carrera de biología en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional. Es coordinador del Programa Biblioteca Chihuahuense. Publica la página cultural La fragua de los tiempos y es autor de varios libros, entre ellos: Madera rebelde (2015), Consuelo Uranga La Roja (2017), Villa bandolero (2018) y Nellie Campobello Mujer de manos rojas (2020), este último en coautoría con Flor García Rufino.

martes, 23 de julio de 2024

Martes 4 de julio de 2023. Jesús Vargas Valdés

Martes 4 de julio de 2023

 

 

Por Jesús Vargas Valdés

 

 

Hoy es un día triste, ha muerto Adolfo Gilly, un amigo al que encontré y traté como tal en los últimos diez años. Lo conocí e interactué con él desde la medianía de los años noventa en los eventos de Chicago con el doctor Katz, pero fue el general Felipe Ángeles quien nos condujo a tratarnos como amigos.

Lo acompañé en diversos momentos de la investigación que él estaba haciendo para la biografía que nos dejó como su última gran obra. Le debemos mucho, no solo por este libro sino también por otros que se han convertido en clásicos de la historiografía de la revolución y de los movimientos sociales contemporáneos.

Un día le dije en su casa que su libro La Revolución interrumpida había sido determinante en mis primeros pasos como historiógrafo. Esto lo he mencionado en cada ocasión que lo he considerado oportuno.

Hay mucho que escribir de lo que nos deja, no solamente en los libros, como gran historiador, sino como ser humano, como el ideólogo, como el revolucionario congruente.

El 17 de noviembre de 2015 participamos juntos en el homenaje al doctor Katz que organizó el INAH en ciudad Juárez. Adolfo hizo recuento de la posición antinazi de la familia Katz, de la emigración forzada a E U, de la llegada a México donde hizo sus estudios y de la amistad entrañable que los unió.

Después del evento viajó a Chihuahua donde Impartió una conferencia con un grupo de estudiantes. De allí se iba a regresar a México. Lo invité a conocer la ciudad donde asesinaron al general Villa; para interesarlo le dije que muy cerca de Parral estaban Santa Barbara y San Francisco del Oro, dos de los centros mineros más antiguos de México, con gran tradición de lucha sindical. No la pensó mucho, nos fuimos.

En el camino me platicó de sus experiencias juveniles en la organización de los mineros, su participación en las guerrillas, de la cárcel, de Yon Sosa, del asesinato de varios guerrilleros en Guatemala, como el del joven mexicano Aguilar Mora. Tengo la idea de que era difícil para Adolfo platicar de su experiencia revolucionaria, pero en todo el camino fue recordando mientras yo escuchaba emocionado. En algún momento le dije que me gustaría hacerle una larga entrevista, pero no se llegó a realizar.

En cada lugar le hice fotografías con mi cámara, incluso en casa de mi hermana, donde comimos algunas de las delicias que ella sabe hacer (Carmela le cayó muy bien, él estuvo feliz haciendo preguntas, por eso cada vez que lo visitaba en su casa de Coyoacán me preguntaba por ella, Tessa, su compañera se reía, y yo también lo celebraba).

De las fotos que conservo en mi archivo, me gustan especialmente las que registré en el Museo con los niños. Adolfo está feliz y su cara, rebosante de ternura, lo demuestra plenamente. Siempre me gustó en la que Gilly se está despidiendo con su gran sonrisa. Ahora la relaciono con estos momentos.

Vayan estas palabras para manifestar a Tessa que estoy, que estamos con ella, en estas horas definitivas.

 

Martes 4 julio 2023

 

 

 

 

Jesús Vargas Valdés estudió la carrera de biología en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional. Es coordinador del Programa Biblioteca Chihuahuense. Publica la página cultural La fragua de los tiempos y es autor de varios libros, entre ellos: Madera rebelde (2015), Consuelo Uranga La Roja (2017), Villa bandolero (2018) y Nellie Campobello Mujer de manos rojas (2020), este último en coautoría con Flor García Rufino.

lunes, 15 de julio de 2024

El Café Calicanto. Jesús Vargas Valdés

El Café Calicanto

 

 

Por Jesús Vargas Valdés

 

 

Hoy es el día y por lo que se siente vamos a disfrutar de clima agradable. Algunas personas que leyeron la invitación preguntan cuál es el motivo de esta reunión. Se puede responder de distintas maneras y motivos, pero solo hay uno: provocar el encuentro de un conjunto de personas que estuvieron en el Café Calicanto sirviendo, atendiendo a cientos de comensales que acudían porque disfrutaban del oxígeno que se respiraba en aquella pequeña isla ocupada por enormes naranjos y toronjos, por la gran parra que se extendía sobre los arcos de la entrada; de los guisos, los sotoles; de la variedad musical de cada día, de las ocurrencias del mimo, de la originalidad y entrega de los músicos, algunos de los cuales afirmaban que era el espacio donde se expandía con fuerza su arte.

Recuerdo bien el día que el trovador Héctor Márquez dijo que era un lugar con magia y, de ahí en adelante otros, como Jesús Bell, David Gómez, Ulises, Víctor, lo expresaron a su manera mientras Marcela y yo concedíamos.

Cuando se me daba algo de inspiración me ponía a pensar en las historias atrapadas en el pasado de aquellos muros, aquellos techos centenarios que habían acogido muchas vidas, habían guardado en su antigua cocina, en su sala, en sus recámaras, las emociones de sus originarios habitantes; los gritos y las risas de niños, las tristezas y anhelos de los mayores; tal vez algo de eso era lo que se alcanzaban a percibir los comensales que acudían a disfrutar cada noche de Calicanto.

Uno de los «problemas» (utilizo comillas porque no lo asumimos así) fue el piso, donde más de cuatro se dieron el azotón. No muchas personas se enteraron de que tal piso estaba formado con placas que en sus mejores tiempos habían formado parte de los monumentos del antiguo Panteón de la Regla; en algunas de esas placas todavía se podían leer datos de sus ocupantes. Nunca se me ocurrió preguntar a don Francisco, el dueño, cómo habían llegado hasta ahí. ¿Serían las ánimas de los antiguos ocupantes lo que hacía mágico el lugar, tal como lo expresaba Héctor Marquez?

Así es, esta reunión se convoca de manera espontánea, sin más intención que juntar a los jóvenes (de hace treinta, veinte y diez años) quienes, de manera sencilla, informal y gozosa formaron parte de una empresa diferente, donde cada quien podía asistir como le diera la gana, me refiero a vestimenta, con niños, con mascotas, despeinado, con guaraches, etcétera.

El Calicanto dejó en sus cuatro socios entrañables experiencias. Una empresa que casi llegó a los veinte años dejando una estela de recuerdos y emociones de todo color, incluso recuerdos negros, que los hubo, porque no faltaron clientes que no se sintieron bien atendidos, pero fueron escasos.

Y para que lo tomen en cuenta: si algunos de los clientes desean vivir la experiencia, considérense invitados. Hay lugar. Solamente pediría que se sumen a la dinámica autogestiva, es decir, que lleguen con algo para compartir.

(La reunión de la que habla esta crónica se realizó en meses pasados).

 

 

 

 

Jesús Vargas Valdés estudió la carrera de biología en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional. Es coordinador del Programa Biblioteca Chihuahuense. Publica la página cultural La fragua de los tiempos y es autor de varios libros, entre ellos: Madera rebelde (2015), Consuelo Uranga La Roja (2017), Villa bandolero (2018) y Nellie Campobello Mujer de manos rojas (2020), este último en coautoría con Flor García Rufino.

domingo, 14 de julio de 2024

Café Combate. Jesús Vargas Valdés

Café Combate

 

 

Por Jesús Vargas Valdés

 

 

En los años de mi niñez solamente se conocían tres tipos de café: el negro, el café con leche y el café en jarro (con canela y piloncillo). En Parral había tres molinos: Café Colón; Café Combate y el de los Medina, que vendía tres marcas: Negro, Sol y Rio, estos tres se envasaban en sobrecitos de 50 gramos y se podían comprar en todas las tiendas por veinte centavos.

Desde los años cincuenta, el Café Combate patrocinó un sistema de publicidad que pegó mucho entre los jóvenes. Se le conoció simplemente como «El vocero»: un sistema de bocinas que después de cada canción anunciaba el café con una tonadita muy pegajosa.

Este vocero se hizo famoso durante muchos años entre quienes por una antigua tradición acudían los domingos a «dar la vuelta» en la plaza principal. Desde el atardecer empezaban a desfilar muchachas y muchachos formando círculos encontrados. Era como pasarela donde se miraban y se conectaban los y las que buscaban el amor de su vida. Arriba del quiosco estaban las grandes bocinas de donde salía la música romántica de moda.

Las dedicatorias se hacían desde una caseta ubicada enfrente de la plaza a donde acudían los que querían hacer públicamente las dedicatorias. Por cincuenta centavos se ponía la canción y se mencionaba el nombre de la señorita y del que la dedicaba. Tal vez por esa ingeniosa estrategia de mercadotecnia el café Combate era el más popular. En las loncherías, en los restaurantes, en las casas cuando se pedía el café solo había dos maneras de pedirlo: Negro o con leche. ¿Cuándo dejó de nombrarse «café negro» para convertirse en «café americano» y ¿por qué?

 

 

 

 

Jesús Vargas Valdés estudió la carrera de biología en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional. Es coordinador del Programa Biblioteca Chihuahuense. Publica la página cultural La fragua de los tiempos y es autor de varios libros, entre ellos: Madera rebelde (2015), Consuelo Uranga La Roja (2017), Villa bandolero (2018) y Nellie Campobello Mujer de manos rojas (2020), este último en coautoría con Flor García Rufino.

lunes, 20 de mayo de 2024

Una caricia para Obertina. Jesús Vargas Valdés

Una caricia para Obertina

 

 

 

Por Jesús Vargas Valdés

 

 

 

Mi abuela materna tenía una hermana menor que había emigrado a Kansas en los años de la Revolución. Yo no había nacido cuando ella y su marido hicieron el primer viaje a Parral, después de muchos años en que se habían olvidado de la abuela y de sus hermanas. Entiendo que en los años siguientes se hizo costumbre que cada año hacían el viaje; tuve conciencia de esa presencia distante a los cuatro o cinco años.

Era un acontecimiento, porque llegaban en carro nuevo cargando montón de ropa usada que se repartía entre mi madre y sus dos hermanas; lo que más me llamaba la atención era la hielera de lámina repleta de carnes frías y no sé qué tantas cosas conservadas en «hielo seco». Así se le decía.

Cuando andaba yo entre los seis años llegaron acompañando a la tía su hijo y la nuera: formaban un matrimonio más o menos joven que después de muchos intentos no habían logrado tener hijo. Los dos eran mexicanos nacidos allá, buenas personas. Ahora, después de tantos años, puedo suponer que mi madre no comprendió al principio la razón de esa visita.

El caso es que al año siguiente regresaron, y, entonces ya le pidieron a mi madre que les diera en adopción a Jesús, que ellos se encargarían de su educación hasta la Universidad y que nada le faltaría en Estados Unidos. Uno de sus argumentos era que mi madre tenía muchos hijos y que no iba a extrañarlo. Desde el primer momento, con pena y desconcierto, porque le tenía mucho respeto a la tía y a su hijo, mi madre se negó respondiendo que ella no sería capaz de desprenderse de ninguno de sus hijos.

No sé cuántos años más regresaron e insistieron, pero mi madre, con la pena y todo, no cedió. En aquellos años yo no me daba cuenta de lo que estaba sucediendo, pero cuando cursaba la secundaria y el primo con la esposa habían dejado de viajar a Parral salió el tema: lo platicó una de mis tías como una simple anécdota, lo escuché de esa manera, «me quedé como si nada».

Cuando me fui a estudiar a México empecé a entender a mi madre. Ella se había desprendido de su hijo mayor cuando él solo tenía quince años, lo había soltado así nomás aprovechando una beca que el sindicato de los mineros había conseguido en el Politécnico. Después, cuando el mayor había empezado a trabajar, ella le pidió que se llevara a los gemelos. Seguí yo y luego los hermanos menores. Solo ella sabía lo que sufría con cada una de las ausencias. Cuando regresábamos a Parral se desvivía por atender al que iba llegando, y, la verdad era que nos comportábamos como si lo mereciéramos todo.

Conforme fui creciendo y descifrando mejor la vida comprendí mejor a mi madre. Ella pudo sacrificarse porque estaba obsesionada en que sus hijos se prepararan, tal vez pensando que de esa manera se cumplían los sueños que a ella se le habían escapado. Otra cosa hubiera sido desprenderse para siempre de uno de ellos, por más ventajas y convenientes que le ofrecieran.

Con el paso de los años valoré más esa determinación. Cuando estaba pasando sus últimos momentos hablé con ella, le hice cuentas de lo que había hecho por mí, pero sobre todo le agradecí de la manera más amorosa que pude, el que se hubiera sostenido a pesar del respeto y el aprecio que le tenía a los de Kansas. Además, yo nunca lo hubiera aceptado.

 

 

 

 

Jesús Vargas Valdés estudió la carrera de biología en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional. Es coordinador del Programa Biblioteca Chihuahuense. Publica la página cultural La fragua de los tiempos y es autor de varios libros, entre ellos: Madera rebelde (2015), Consuelo Uranga La Roja (2017), Villa bandolero (2018) y Nellie Campobello Mujer de manos rojas (2020), este último en coautoría con Flor García Rufino.