miércoles, 22 de septiembre de 2021

Sandra Gabriela Ordóñez. Lugares imprecisos III. Pasos

 

Lugares imprecisos

 

 

III. Pasos

 

 

Por Sandra Gabriela Ordóñez

 

 

Andar a pasos cortos

deshabitando al muerto

cantando en la memoria

una y otra vez

aquí no tenemos silencio.

                                                                                            

 

Andar sin mañanas

sin el santo cristo de la noche

andar por las tardes buscando el jardín

los ojos y la suerte de un Dios que no vuelve.

 

 

Andar a pasos cortos

cuando el muerto está en casa

buscando

la puerta y el agua.

 






Sandra Gabriela Ordóñez García creció parte de su infancia entre la Iglesia San Martín de Porres y la Biblioteca Municipal de Cuauhtémoc; a raíz de los rezos y los libros hizo una licenciatura en letras españolas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua; es mediadora de lectura del Programa Nacional y tiene estudios de asistencia educativa en la primera infancia y educación especial. Ganó el Premio de Poesía Alma Rosa Estrada. Ha trabajado y colaborado en diferentes áreas culturales y educativas. Actualmente es madre de una niña que ama los libros y cuenta las estrellas.

martes, 21 de septiembre de 2021

Andrés Espinosa Becerra. Katherine

 

los martes

Katherine

 

 

Por Andrés Espinosa Becerra

 

 

La violinista tenía una figura de mármol,

no desviaba la mirada, permanecía

atenta a los sonidos y a los movimientos

del director de orquesta.

Era hermosa, tenía una belleza tranquila,

hombros perfectos que lucía

mediante un vestido escotado,

en ocasiones se permitía

ver hacía el frente, en un larguetto

o en un continuo, su mirada era profunda,

 

 

vivía entre gatos, su departamento olía a humedad,

a gatos, los perros le ladraban fuertemente al llegar

al edificio, Catarina le decían las señoras del barrio,

Katherine se acostumbró a ese trato.

Un anochecer de noviembre salió a la terraza

y ejecutó algunas piezas al violín,

todas las personas escucharon y abrieron las ventanas,

era el embrujo.

Al día siguiente admiradores la buscaron

pero la violinista no estaba.

 

 

Hay muchas habladurías, pero se conoce

que simplemente desapareció

y, además, todos los gatos

abandonaron ese departamento oloroso.

 

 





Andrés Espinosa Becerra, Córdoba, Veracruz 1958, hizo estudios de literatura hispanoamericana. Tiene tres libros de poesía publicados: Quinteto para un pretérito (1996), en coautoría con otros autores; Los días que no duermen (2004) y Una casa con silencio y patio (2019). En 1996 gana el premio Cuauhtémoc de poesía con Domingo Siboney. Tiene algunos proyectos en espera de aparecer, como El ramalazo de los recuerdos y El árbol de los ciruelos.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Lilvia Soto. Chanates y buganvilias

 

Chanates y buganvilias

 

 

Por Lilvia Soto

 

Al abrir mi puerta

veo los chanates

que nadan en la brillante franja de luz

que corre frente a mi casa.


Cuando comprendo que son sombras

de los que vuelan sobre mi techo,

en la transparencia del aire veo

el negro azabache de su plumaje

con su iridiscencia azul violeta

y escucho su ronca y desafinada voz

decir que, milagroso,

ha llegado otro día,

que todavía late

vida en el pueblo.


Junto a mi puerta florece

el rosa violeta de la buganvilia

y el aire fresco de la mañana no arrastra

el iridiscente olor de la sangre que se derrama

en las noches negro azabache.


No hay nubes grises que oculten

la luz del nuevo día

y los chanates carraspean

que puedo guardar

mis preocupaciones de anoche,

que tal vez no lleguen hoy

noticias de nuevas muertes,

de padres que lloran a sus hijos ajusticiados

por los soldados del narcotráfico

o los del gobierno que, casi niños,

cometen también nefastos errores.


Tal vez esta tarde no tañan

las roncas campanas de San Antonio,

quizá el señor cura no tenga que consolar hoy

a la madre de un joven de quince años,

como hizo hace tres días.


Su tumba fresca aguarda una cruz nueva

y el carpintero jura que no volverá

a defraudar a jóvenes padres,

que está ya listo con nueva madera,

con pintura blanca y finos pinceles

para escribir con letra negra

el nombre y la fecha.


Las beatas saben que aunque ha pasado

el Día de Difuntos

no habrá este año descanso para sus viejas manos

y todas las tardes se juntan

con tijeras y pegadura

para confeccionar coronas, cruces, guirnaldas,

de rosas blancas, moradas y rojas

para las nuevas tumbas.


Al sepulturero,

hombre ya viejo,

le duele la espalda,

algunos días son siete las tumbas.

Sus manos sangran de tanta tierra,

y de las ampollas de la pala y del azadón.


 

Esto va para largo, dice,

y yo solo no puedo,

con más de tres no puedo.

Pide que le contraten

un ayudante,

un hombre maduro

sin grandes ambiciones,

alguien que no se aloque

con el poder del revólver,

con el oropel de la droga,

alguien que le dure,

pues esto va para largo.


Un padre de hijas prefiere,

hasta un joven abuelo,

asegura que no quiere

un hombre que tenga un hijo,

no quiere tener que ayudar a cavar

el sepulcro de un hijo.



En el ocaso,

la iridiscencia de los chanates

adquiere reflejos cobrizos,

como de brasas, como rescoldo,

como cenizas.


Como drogados,

dan vueltas sobre el panteón, 

como si tropezaran,

como si les faltara el aire,

como cortejo fúnebre

que no quiere fijar la mirada

en el hoyo doble

que escarba el sepulturero.







Lilvia Soto nació en Nuevo Casas Grandes, emigró a Estados Unidos a los 15 años, reside en Philadelphia, Pennsylvania. Tiene un doctorado en lengua y literatura hispánica de Stonybrook University en Long Island, Nueva York. Ha enseñado literatura y creación literaria en Harvard y en otras universidades norteamericanas. Fue cofundadora y directora de La Casa Latina: The University of Pennsylvania Center for Hispanic Excellence. Fue directora residente de un programa de estudios en el extranjero de las universidades Cornell, Michigan y Pennsylvania en Sevilla, España.

domingo, 19 de septiembre de 2021

Guadalupe Ángeles. Ateridos, cerca, muy cerca del salón de los suplicios

 

Ateridos, cerca, muy cerca del salón de los suplicios

 

 

Por Guadalupe Ángeles

 

 

 

 

...ebria, comeré flores para ti

mientras descanso sobre tus muslos

tibios.

 

 

 

 

En esa oscuridad

frente al fuego falso

(ateridos, cerca, muy cerca del salón de los suplicios)

sin mediar ni una frase

e imbuidos por esa sed

(esa sed de la solitud sosegada, acallada)

y mirándonos,

yo tu cabello cano;

tú la mirada en mí que te mira como a una aparición,

acariciándonos

hasta que un parpadeo revela

(indiscreto):

todo ha sido efecto del alcohol.

 

 





Nació en Pachuca, Hidalgo fue directora de la revista Soberbia. Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación.