lunes, 12 de octubre de 2026

Una señora renegada

 

Una señora renegada

 

Por Beatriz Aldana

 

Bueno, aquí voy. A mis 73 años ya no laboro en mis actividades básicamente de números, o sea, la contabilidad. De pronto, y por hobby, hago crónicas porque me encanta escribir. Las publico en la revista Estilo Mápula que dirige el escritor y editor Jesús Chávez Marín. Allí también grabo videos recitando los poemas del gran Jorge Luis Borges.

Como cuento por fortuna con un vehículo y buena habilidad para manejar, de pronto me gusta ofrecer mis servicios en calidad de chofer o dama de compañía de señoras adultas mayores, auxiliandolas en cuestiones de bancos, pagos de servicios, compra del mandado, llevarlas a comer, o realizar algún paseo. Por esos servicios se me paga, mi gasolina y mi tiempo.

Ayer una de mis clientas se me alteró demasiado porque al llevarla a su cita con el dentista nos quedó un tiempo, un inter, porque aún no llegaba la hora de la comida. Eran las 12:30 del mediodía y le comenté a la señora, de quien aquí omito su nombre, que deseaba hacer un trámite en Banorte, y era mi último día para pagar la tarjeta. La acomodé confortablemente en una de las sillas del banco (que estaba casi vacío y con un clima súper agradable). Estuve media hora con la señorita ejecutiva que me atendió.

Cuando salimos del banco fui a ponerle aire a las llantas de mi vehículo, porque transito mucho por carretera y estaban bajas, traían solo 28 libras y es un Jeep requiere 35 libras. Luego llevé a la señora a comer, y como sé que ella paga mis alimentos, opté por pedir únicamente la porción más pequeña de la comida, o sea, el complemento, esto para no ser recargada en su presupuesto para ese fin.

Ya a punto de llover, me pidió la llevara al Alsuper a hacer sus compras. Allí dentro me trajo de la seca a la meca. Yo estaba muy preocupada porque tenía una cita para un tratamiento médico a las cinco de la tarde. Yo veía que ella tardaba muchísimo en escoger sus productos, entonces tuve que comentarle que ya casi era la hora de mi cita médica

Pues craso error.

Fue el detonante para que la señora en cuestión me soltara una retahila de reproches. Primeramente, el dichito del que El que paga, manda. Luego un montón de reclamos: que en mi estadía en Banorte había usado "su tiempo". Luego me soltó otras cuestiones que no venían al caso: Qué yo salía mucho, que me divertía, que me mantenía en el centro, que cómo le hacía para venir a la ciudad si vivía tan lejos y con el costo tan elevado de la gasolina, que de dónde tantos centavos para eso.

Le hice ver que a mí nadie me mantenía, y en cuanto me faltaba dinerito, buscaba yo alguna labor retributiva, como por ejemplo fungir de chofer y dama de compañía como lo estaba haciendo con ella. Bueno, total que la señora se puso de un modo altanero y grosero. A final de cuentas le tuve que hacer la pregunta: ¿Por qué le caigo tan mal?

Me contestó que ella se encontraba enferma, muy enferma, y le molestaba que yo publicara todas mis actividades. Y que así como las publicaba yo, ella tenía el derecho de criticarme y de juzgarme, porque a eso me exponía yo al publicar mis alegrías, diversiones y mi vida religiosa, vía Facebook.

Opté por rechazarle mi pago, porque me sentí humillada, y mejor lo dejó en la guantera. Le dije, que no volvería a trabajar con ella.

Me advirtió así: "Si te molesta que te critique por tus publicaciones en Facebook, pues simplemente deja de hacerlo”.

Háganme ustedes el cabrón favor, y perdónenme que se los pida en francés.

No cabe duda de que existe gente malagradecida y poco empática con las personas que trabajamos, y que a veces no nos alcanzan rinden los exiguos ingresos que con este alto costo de vida pues simplemente no alcanzan.

Juré no volver a trabajar para esa señora. Le toca cita de nuevo el lunes con su doctor, pues que contrate un taxi o un Uber, a ver a cuanto le sale, porque yo soy muy medida para cobrar por mis servicios, y sobre todo muy servicial con mis clientes, lo digo aunque sé que halago en boca propia, es vituperio.

Esa vez no pude atemperar su grosería ni tratando de explotar la vena sentimental: le comenté que también yo estoy enferma y con restricción de una operación, dada la fragilidad de mi estructura corporal, mi bajísimo peso y dificultades en coagulación y cicatrización. Lo que me contestó con altanería fue: “Pues el karma es el karma. Es el pago por las malas acciones hechas en la vida”.

Y yo, ¿What? ¿A qué se refiere, señora? Hágame por favor un listado de mis cosas malas que según usted yo he hecho, y especialmente a usted (y por supuesto, a ella, ninguna) pero en mi yo interno saqué mis propias conclusiones: le caigo muy mal porque me escucha hablar de pronto con distintas amistades y se percata que siempre me invitan. Lo supe porque también me lo hizo ver, o sea que pone mucha atención en mis conversaciones telefónicas. Ella odia tener amistades, dice que eso no existe, que es pura hipocresía y puro interés. Así las cosas.

 


Beatriz Aldana es contadora y siempre ha trabajado en la industria y en corporativos comerciales. Gran lectora, escribe y produce crónicas de video en sus dos blogs de Facebook, además de La columna de Bety en Estilo Mápula.

“No invadas el espacio escénico”, ahora lo entiendo

 

“No invadas el espacio escénico”, ahora lo entiendo

 

Por Beatriz Aldana

 

Bueno, aquí voy. Crónicas de vida, aquí les contaré cómo se lleva una chascos de repente. Hay un caballero que toca el saxofón espléndidamente en la calle Victoria. Soy su fan. Siempre le pongo un billete en su cepo donde recibe lo que la gente le dará por su arte.

Hace algunos días, era domingo, me acerqué con mi mini banquito que llevo para escuchar misa en Catedral, ya que siempre me gusta estar a mero adelante, pero esos lugares se reservan para las personas que ejercen algún ministerio del altar, o recogen las ofrendas, total, que lo puse muy atrás de donde el saxofonista se ubica y me puse atenta a escuchar sus bellas interpretaciones.

Cuando me acerqué para depositarle el billete acostumbrado y felicitarle por tan hermosa melodía que en ese momento interpretaba, pues se trataba de Imagine, de mi John Lennon, al puro estilo mío hice un movimiento de baile momentáneo, a lo cual el caballero me dijo en estas palabras:

―No, señora. Me asusta a los clientes y no se acercan.

Achis, achis, pensé.

Entonces le dije:

―Pues cuando bailo en el show de la Plaza de Armas con el señor Sergio Boy y todo su excelente grupo es todo lo contrario, se junta muchísima gente porque les gusta muchísimo mi ritmo, sobre todo el baile clásico y el rock setentero y ochentero.

A la siguiente ocasión que fui a escucharle, esta vez fue un sábado, y fui con el objetivo de entregarle un billete de cien pesos que me regalaron un matrimonio al ir a alcanzarme por la calle Aldama e Independencia porque me retiré del saxofonista por su comentario no muy educado que digamos, porque como yo les dije a la pareja que me alcanzó, que el arte era del saxofonista, pero que les agradecía su aportación y que se la haría llegar a él.

Volviendo al tema, cuando fui a llevarle el billete al saxofonista, le dije:

―No señor, la gente no se asusta, más bien pienso que usted sintió de pronto que yo le robé el momento de su arte, y comprendo el celo que como artista sintió y que por ningún motivo fue mi intención robarle esa luz, admito que a lo mejor fue así, puesto que el matrimonio no le puso el dinero en el cepo suyo, sino que me alcanzaron para dármelo a mí porque les gustó algo de mi instantáneo bailecito al ritmo hermoso de Imagine.

Recuerdo bien que antes de todo eso yo me ofrecí a hacerles un vídeo que sí lo hice bailando ellos, y acompañados del saxofonista, porque eran turistas visitando Chihuahua, así que de alguna manera el dinero era para mí, pero decidí dárselo al saxofonista, a ver si así le baja un poco a su mala onda, y hasta cierto punto una cierta majadería porque sintió que le robé su show. Ni modo, yo gusto mucho, y tengo mucha gente que me dará la razón.

Exactamente así fue. Por eso le entregué los cien pesos que me obsequiaron por mi pequeñísima invasión, y sobre todo agradeciendo al saxofonista su amable explicación. Él estaba un poco apenado de recibir el dinero, porque argumentaban que me lo habían regalado a mí, pero era una manera de disculparme por haber hecho uso de su espacio. Y ya. Quedamos como buenos amigos.

 


Beatriz Aldana es contadora y siempre ha trabajado en la industria y en corporativos comerciales. Gran lectora, escribe y produce crónicas de video en sus dos blogs de Facebook, además de La columna de Bety en Estilo Mápula.

Dibujo

 

Dibujo

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Te regalo un dibujo torpe: verás, en él hay una lengua que a punto está de saborear una flor; no tendrás dificultad en darte cuenta que la proximidad a la delicia está, con toda la intensidad que se adivina, en esa línea simple que a manera de ojo cerrado hace también las veces de un suspiro.

       No estás, pero te doy este dibujo, sí, soy ese ser de orejas puntiagudas, en ellas sigue resonando tu voz, tu risa.

       Las raíces de la flor son las de tu vida, que la breve garra del animal informe parece a punto de cortar; en el tiempo del dibujo eso no ocurre. Y mira, la lengua parece también una hoja de árbol prendida en ese rostro dulcificado por la redondez ambigua de su perfil.

      Así son las cosas en esa tierra (de la que la flor aún no es separada): no siempre azul oscuro ni brillo de mediodía. Lo sabes. Llegamos a ese conocimiento juntos. Digamos que este dibujo es homenaje a las figuras que ambos hicimos y ahora veo en el pensamiento como único público de una representación involuntaria en la que solo yo puedo dar fe del frío, pues mi piel lo sintió, de los colores percibidos sobre los párpados mientras el oleaje marino era canción de fondo; y vivir era verte desde un tercer piso haciendo danzas tus brazos sobre la arena para darme un dibujo como una manzana.

       Me atrevo a dejar este juguete de papel en el altar del sueño, para que ahí tengamos una cita solo posible porque mis ojos te saben de memoria.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

domingo, 11 de octubre de 2026

De extrapolaciones y otras dulzuras


 

De extrapolaciones y otras dulzuras

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Haré una muy grosera extrapolación: Si yo tuviera un robot para que me ayudara en los quehaceres domésticos, estaría diciendo Sí a la ciencia que ha permitido que tal objeto exista; pero a la vez le diré No a esa misma ciencia, negándome a conversar con el robot sobre la fragilidad de la existencia humana, ni sobre la gravedad que pudiera poseer tal noción en nuestra idea de la vida. Y aunque sepa que algún listillo en la fábrica de robots sirvientes pudiera haberle instalado un programa para debatir las ideas de Heidegger y Sartre, no me voy a lanzar a ese misterio porque tengo la capacidad de no hacerlo. En esta decisión de no tener esa conversación, entiendo que sí hay un sentido oculto del mundo técnico (la travesura del “listillo”, si quieren ustedes).

      Y no me pondría a platicar sobre la gravedad de la muerte con el supuesto ayudante porque, aunque todo lo que pueda encontrarme en el internet quiera llevarme a otra realidad, sé que la humanamente posible es solo una: esta; de modo que la reflexión meditativa es “lo que el ser humano tiene de más propio”; sí, y aunque esa reflexión esté en lucha constante con el pensar calculador, he de valorar a la primera contra la segunda por pura gana de seguir siendo humana.

       Entiendo que el pensamiento reflexivo se ubica en otra dimensión, más allá del puro pensar calculador, esa donde puedo asumir mi finitud como ser nacido en esta Tierra, y tal conciencia, aunque pueda producir angustia, también me da la libertad de dirigir mi propia vida hacia un proyecto libremente elegido. Sé que hay cientos de obstáculos o puede haberlos, no somos plantas nacidas en las nubes, hay una tierra donde están nuestras raíces, y eso significa algo tal vez desmesurado y que puede inclinar la balanza entre mis deseos y la realidad propiamente dicha, pero si uso una balanza o me lanzo a dibujarme una vida falsa en el Instagram, eso significa que la técnica la usaré para algo, repito entonces, puedo decir no y sí a todo; sé que la técnica o la tecnología (como prefieras llamarla) no es neutral, tan lo sé que yo la uso para escribir ahora estas palabras que finalmente quieren recordarte la importancia de la reflexión meditativa para dejar de ser juguete de la técnica, ¿podremos?

       No está de más informar que esta extrapolación proviene de la alocución titulada Serenidad que Martin Heidegger pronunció el 30 de octubre de 1955 en Messkirch, con ocasión de los festejos para conmemorar el 175 aniversario del nacimiento del compositor Conradin Kreutzer.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.

La sal de Estación Carrillo

 

La sal de Estación Carrillo

 

Por Alejandra Hernández Figueroa

 

Donde el desierto guarda
memorias más antiguas que los hombres,
la tierra todavía sabe a mar.

Dicen que alguna vez
las aguas del Mar de Tetis
cubrieron horizontes
que hoy solo conocen polvo,
sol y silencio.

El mar se fue.

Dejó su huella.

Quedó la sal,
blanca bajo la luz,
extendida sobre la tierra
como un recuerdo que no quiso morir.

En Estación Carrillo
los hombres y las mujeres
salen a cosecharla.

Llegan en camionetas,
en carretas,
en lo que pueda rodar
sobre aquella inmensidad.

No llevan grandes máquinas
ni trajes que los protejan.

Llevan manos.

Manos curtidas,
manos que conocen el trabajo,
manos que la sal muerde
hasta hacerlas arder.

A veces también los pies
pagan el precio
de caminar sobre esa blancura
que de lejos parece nieve
y de cerca lumbre.

La recogen, cargan,
 y llevan hasta quienes después
la limpian, transforman,
y venden.

Y mientras otros ven solo sal,
yo pienso en quienes la levantaron.

En el mar desaparecido,
los siglos enterrados.

las manos lastimadas
que todavía arrancan del suelo
la memoria del agua.

Porque cada grano
lleva algo del antiguo océano,

pero también lleva
el esfuerzo de un pueblo
que aprende a vivir
de lo poco que el desierto concede.

Estación Carrillo:

mar sin olas,
sal sin espuma,
blancura antigua
bajo el sol de Chihuahua.

Y sobre ella,
como desde hace generaciones,
el hombre sigue cosechando
lo que dejó el mar.

 


Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.

Guardiana del polvo antiguo

 

Guardiana del polvo antiguo

 

Por Alejandra Hernández Figueroa

 

En la hora en que el sol se vuelve oro cansado,
ella despierta.

No viene de la tierra.
Es la tierra recordándose a sí misma
en forma de espiral.

La víbora de cascabel
no arrastra su cuerpo,
teje caminos invisibles
entre lo que fue
y lo que aún respira.

Cada muda no es abandono:
es renacimiento.
Se despoja del tiempo
como quien deja un nombre antiguo
y nace otra vez,
más sabia,
más silenciosa.

En su cola no hay sonido,
hay memoria.
Cada anillo es un año guardado,
una historia que no se cuenta,
pero que vibra
cuando el mundo olvida de escuchar.

Sonaja sin semillas,
oráculo sin palabras.
Cuando habla
no amenaza.
Revela.

Dicen que su carne cura,
que en su sangre duerme el remedio,
pero pocos comprenden
que su verdadero don
no se come
ni se vende,

ella enseña a mudar la piel del alma.

El vaquero que la buscaba
no lo sabía del todo,
pero algo en su andar lo guiaba:
llevaba serpientes
como quien carga fragmentos de misterio,
repartiendo sin saber
pedazos de eternidad.

Y cuando nacen sus crías,
envueltas en velo transparente,
no aprenden a vivir:
recuerdan.

Porque vienen de un sitio
donde la vida ya ha sido dicha.

Guárdate de su colmillo, sí,
pero escucha su llamado:

no todo lo que duele es castigo,
no todo veneno es muerte,
no toda piel es la última.

En el desierto,
donde el tiempo se seca y se conserva,
la Cascabel vigila

y espera
a que el hombre también
recuerde cómo transformarse.

 

Abril 2026

 


Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.

viernes, 9 de octubre de 2026

Ingrid Bergman: su rostro bello y su inolvidable sabiduría actoral


Diseño gráfico: Marco Benavides

Ingrid Bergman: su rostro bello y su inolvidable sabiduría actoral

 

Por Marco Benavides

 

Hay actrices que pertenecen a una época. Otras pertenecen a una industria. Muy pocas logran pertenecer al imaginario colectivo. Ingrid Bergman fue una de ellas.

Su rostro es uno de esos raros territorios donde convergen la belleza, la inteligencia y el misterio. Reducirla a su fotogenia sería tan injusto como describir una catedral únicamente por la armonía de sus piedras. Bergman no fue simplemente una estrella: fue una presencia artística que transformó la idea misma de la actriz en el siglo XX.

Nacida en Estocolmo en 1915, llegó al cine cuando Hollywood construía su mitología moderna. Mientras otras intérpretes cultivaban una imagen diseñada por los estudios, ella proyectaba una autenticidad casi desconcertante. Su belleza no era la de una diosa clásica e inaccesible, sino una habitada por una intensa vida interior. Tal vez por eso la cámara la amó de manera tan singular.

En una industria obsesionada con el glamour, Bergman representaba la verdad emocional. Sus personajes parecían respirar incluso cuando el guion callaba; una mirada, un gesto apenas insinuado o una vacilación en la voz bastaban para revelar universos enteros de sentimientos.

La posteridad la recuerda sobre todo por Casablanca (1942), donde interpretó a Ilsa Lund, atrapada entre el amor y el deber. Lo fascinante es que, en una obra repleta de diálogos memorables, son sus silencios los que permanecen. Mientras Humphrey Bogart encarna el desencanto de una generación herida por la guerra, ella se vuelve la encarnación de lo que el tiempo y las circunstancias obligan a perder. Y sin embargo logró trascender incluso la película que contribuyó a inmortalizarla: muchas estrellas terminan devoradas por un único personaje. Ella no.

Fue santa, enamorada, aristócrata, espía, médica, revolucionaria, madre y mártir, y nunca pareció repetirse. Obtuvo tres premios Oscar y trabajó con directores como Alfred Hitchcock, Roberto Rossellini, Anatole Litvak, Victor Fleming y George Cukor, pero sus mayores logros quizá no se midan en galardones, sino en la humanidad que imprimió a cada interpretación. Películas como Luz que agoniza (Gaslight), Encadenados (Notorious) o Anastasia conservan hoy una frescura sorprendente. La actuación cinematográfica ha cambiado enormemente en las últimas décadas, pero Bergman sigue pareciendo contemporánea: no hay en ella los excesos teatrales que envejecieron a tantos intérpretes de su generación. Su estilo anticipa una sensibilidad más moderna, más psicológica, más íntima.

Pero su historia no es únicamente artística. En 1949 se enamoró del director italiano Roberto Rossellini y abandonó Hollywood para trabajar con él. Hoy parecería un episodio privado sin mayores consecuencias; en la moral pública de entonces, el escándalo alcanzó proporciones extraordinarias. La prensa se lanzó sobre ella con ferocidad, y sectores políticos y religiosos la condenaron. La misma sociedad que la había elevado a símbolo de virtud decidió convertirla en objeto de censura.

Lejos de replegarse, defendió su libertad, construyó una nueva etapa creativa en Europa y terminó recuperando el reconocimiento internacional. Su vida parece seguir el arco de las heroínas clásicas ‒ascenso, caída, exilio y redención‒, y no es difícil hallar ecos de Tolstói, Flaubert o Ibsen en la manera en que la opinión pública juzgó sus decisiones íntimas. La diferencia es que ella no habitaba una novela, sino el implacable escenario de la celebridad moderna.

Cuando volvió a la industria, no lo hizo como una figura derrotada en busca de reconciliación, sino como una artista madura, enriquecida por la experiencia y dueña de una profundidad aún mayor. Sus últimos trabajos muestran una presencia más compleja, marcada por la inteligencia y cierta melancolía: la misma mujer, pero también otra, que había atravesado las tormentas de la fama y sobrevivido a ellas.

Murió en 1982, el día de su cumpleaños sesenta y siete. Desde entonces, nuevas generaciones descubren sus películas y se preguntan por qué su magnetismo sigue intacto. La respuesta quizá resida en una cualidad que ninguna escuela enseña ni ningún estudio fabrica: la autenticidad. Ingrid Bergman nunca pareció interpretar personajes; parecía comprenderlos. Su arte nacía de una empatía profunda hacia la condición humana. Los decorados envejecen, las modas cambian y las tecnologías se vuelven obsoletas, pero las emociones auténticas conservan una vigencia inalterable.

Más de cuatro décadas después, su rostro sigue emergiendo de la penumbra de la pantalla con la misma fuerza de la edad dorada del cine: no como un recuerdo nostálgico, sino como una presencia viva. Y acaso este sea el privilegio reservado a los verdaderos artistas: desaparecer sin abandonar jamás la imaginación de quienes los contemplan. Bergman no fue únicamente una estrella del cine. Fue, y sigue siendo, una forma elegante y profundamente humana de permanecer en el tiempo.

 

Dr. Marco Benavides, 6 octubre 2026

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua. Es autor del libro Un marco crítico / relatos.