Una señora renegada
Por Beatriz Aldana
Bueno, aquí voy. A mis 73
años ya no laboro en mis actividades básicamente de números, o sea, la contabilidad.
De pronto, y por hobby, hago crónicas porque me encanta escribir. Las publico
en la revista Estilo Mápula que dirige el escritor y editor Jesús Chávez
Marín. Allí también grabo videos recitando los poemas del gran Jorge Luis
Borges.
Como cuento por fortuna con
un vehículo y buena habilidad para manejar, de pronto me gusta ofrecer mis
servicios en calidad de chofer o dama de compañía de señoras adultas mayores,
auxiliandolas en cuestiones de bancos, pagos de servicios, compra del mandado, llevarlas
a comer, o realizar algún paseo. Por esos servicios se me paga, mi gasolina y mi
tiempo.
Ayer una de mis clientas se
me alteró demasiado porque al llevarla a su cita con el dentista nos quedó un
tiempo, un inter, porque aún no llegaba la hora de la comida. Eran las 12:30
del mediodía y le comenté a la señora, de quien aquí omito su nombre, que
deseaba hacer un trámite en Banorte, y era mi último día para pagar la tarjeta.
La acomodé confortablemente en una de las sillas del banco (que estaba casi
vacío y con un clima súper agradable). Estuve media hora con la señorita ejecutiva
que me atendió.
Cuando salimos del banco fui
a ponerle aire a las llantas de mi vehículo, porque transito mucho por
carretera y estaban bajas, traían solo 28 libras y es un Jeep requiere 35
libras. Luego llevé a la señora a comer, y como sé que ella paga mis alimentos,
opté por pedir únicamente la porción más pequeña de la comida, o sea, el
complemento, esto para no ser recargada en su presupuesto para ese fin.
Ya a punto de llover, me
pidió la llevara al Alsuper a hacer sus compras. Allí dentro me trajo de
la seca a la meca. Yo estaba muy preocupada porque tenía una cita para un
tratamiento médico a las cinco de la tarde. Yo veía que ella tardaba muchísimo
en escoger sus productos, entonces tuve que comentarle que ya casi era la hora
de mi cita médica
Pues craso error.
Fue el detonante para que la
señora en cuestión me soltara una retahila de reproches. Primeramente, el
dichito del que El que paga, manda. Luego un montón de reclamos: que en
mi estadía en Banorte había usado "su tiempo". Luego me soltó otras
cuestiones que no venían al caso: Qué yo salía mucho, que me divertía, que me
mantenía en el centro, que cómo le hacía para venir a la ciudad si vivía tan
lejos y con el costo tan elevado de la gasolina, que de dónde tantos centavos para
eso.
Le hice ver que a mí nadie
me mantenía, y en cuanto me faltaba dinerito, buscaba yo alguna labor
retributiva, como por ejemplo fungir de chofer y dama de compañía como lo
estaba haciendo con ella. Bueno, total que la señora se puso de un modo
altanero y grosero. A final de cuentas le tuve que hacer la pregunta: ¿Por qué
le caigo tan mal?
Me contestó que ella se
encontraba enferma, muy enferma, y le molestaba que yo publicara todas mis
actividades. Y que así como las publicaba yo, ella tenía el derecho de
criticarme y de juzgarme, porque a eso me exponía yo al publicar mis alegrías,
diversiones y mi vida religiosa, vía Facebook.
Opté por rechazarle mi pago,
porque me sentí humillada, y mejor lo dejó en la guantera. Le dije, que no
volvería a trabajar con ella.
Me advirtió así: "Si te
molesta que te critique por tus publicaciones en Facebook, pues simplemente
deja de hacerlo”.
Háganme ustedes el cabrón favor,
y perdónenme que se los pida en francés.
No cabe duda de que existe
gente malagradecida y poco empática con las personas que trabajamos, y que a
veces no nos alcanzan rinden los exiguos ingresos que con este alto costo de
vida pues simplemente no alcanzan.
Juré no volver a trabajar
para esa señora. Le toca cita de nuevo el lunes con su doctor, pues que
contrate un taxi o un Uber, a ver a cuanto le sale, porque yo soy muy medida
para cobrar por mis servicios, y sobre todo muy servicial con mis clientes, lo
digo aunque sé que halago en boca propia, es vituperio.
Esa vez no pude atemperar su
grosería ni tratando de explotar la vena sentimental: le comenté que también yo
estoy enferma y con restricción de una operación, dada la fragilidad de mi
estructura corporal, mi bajísimo peso y dificultades en coagulación y cicatrización.
Lo que me contestó con altanería fue: “Pues el karma es el karma. Es el pago
por las malas acciones hechas en la vida”.
Y yo, ¿What? ¿A qué se
refiere, señora? Hágame por favor un listado de mis cosas malas que según usted
yo he hecho, y especialmente a usted (y por supuesto, a ella, ninguna) pero en
mi yo interno saqué mis propias conclusiones: le caigo muy mal porque me
escucha hablar de pronto con distintas amistades y se percata que siempre me
invitan. Lo supe porque también me lo hizo ver, o sea que pone mucha atención
en mis conversaciones telefónicas. Ella odia tener amistades, dice que eso no
existe, que es pura hipocresía y puro interés. Así las cosas.
Beatriz Aldana es contadora y siempre ha trabajado en la industria y en corporativos comerciales. Gran lectora, escribe y produce crónicas de video en sus dos blogs de Facebook, además de La columna de Bety en Estilo Mápula.
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