domingo, 3 de diciembre de 2017

(Quien no haya visto). Martha Estela Torres Torres


(Quien no haya visto)                                                                                  


Por Martha Estela Torres Torres


I

Quien no haya visto rodar
su corazón por las calles del martirio,
vagar como espectro
              buscando su sombra.

Quien no haya sentido
el palpitante dolor del engaño,
romperse los límites de la fe,
las palabras que lastiman la memoria,
           las víboras reptando su costado,
                                seguirá tus huellas.


II

Quien te conoce
renegará de ti,
de tu mirada cruel
      y de tus mil espadas.

Quien te conoce
iniciará la huida
para alejarse de tus mil máscaras
y de tus palabras
       que hieren sin puñal.

Quien te conoce
descubrirá las tinieblas que te habitan
y escapará del profano  manantial
donde germinan besos y mentiras.

Quien te conoce
romperá las barreras del horizonte
para denunciarte,
para que al fin conozca el mundo
la estirpe maldita que germina en tu alma.




Martha Estela Torres Torres tiene licenciatura en letras españolas y maestría en humanidades. Entre sus libros publicados están: Hojas de magnolia, La ciudad de los siete puentes, Arrecifes de sal, Cinco damas y un alfil, Pasión literaria y Árboles en mi memoria. Actualmente es profesora de literatura en la Facultad de Filosofía y Letras y editora en la Universidad Autónoma de Chihuahua.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Gonzalo R. García Terrazas


Una respuesta

Por Gonzalo R. García Terrazas

Mil novecientos diez y ocho fue trágico para el pueblo de Satevó, fue el año de la Influenza española que diezmó la población; fueron tantas las muertes que los deudos tuvieron enterrar ellos mismos a sus difuntos. Fue también el último y más enconado ataque de Francisco Villa al pueblo, que era paso obligado en la ruta de sus correrías cuando, declinada su estrella, se convirtió en salteador con los escasos efectivos de la antes victoriosa División del Norte.

Una mañana se dio la alerta, el odiado Villa se acercaba, un arriero observó el sigiloso acercamiento del contingente. José Terrazas, jefe de las Defensas Rurales, se aprestó a la defensa. Se ubicaron tiradores en los puntos estratégicos; en las ventanas con postigos de recia madera y rejas de hierro forjado, las azoteas y en todos los lugares que dieran la facilidad de repeler el ataque fueron apostados los mejores tiradores. El lugar más adecuado fue la iglesia parroquial, sus recias torres de piedra daban una posición ventajosa, ya que desde las alturas se dominaba todo el pequeño poblado.

Terrazas con seis de los  más certeros y experimentados rifleros se ubicó en las torres y pretiles de la iglesia. El ataque  fue encarnizado, los villistas fueron abatiendo las defensas aledañas a la parroquia hasta que solo quedaban los defensores de esta; los atacantes no podían pasar a ninguna otra posición, quien lo intentó quedó abatido por los certeros disparos de los siete en las alturas, lo mismo pasaba con los de las torres, no podían asomar sin recibir un balazo.

La situación se tornó difícil para los villistas, había que esperar a que la falta de parque, el hambre y la sed rindieran a los defensores, pero Pancho Villa no estaba dispuesto a perder tiempo, él sabía que un destacamento de federales se dirigía a socorrer a la población, y entonces dio la orden de prender fuego a la iglesia para acabar pronto. Sus órdenes fueron ejecutadas al momento, volaron antorchas de trapos y ocote empapadas en petróleo. Las llamas se extendían por el entablado de la techumbre, el coro, las escaleras internas, las viejas y resecas vigas que sostenían la parte central del templo causando un aparatoso derrumbe.  Solo las torres quedaron libres del incendio por estar construidas en su totalidad de piedra. Los defensores seguían haciendo letales disparos.

Martín López,  aguerrido y leal divisionario propuso a Villa que les perdonara la vida, que les garantizara su seguridad si se rendían. Villa accedió pero con una excepción:

―Nomás al viejo zorro de Terrazas no le perdono la vida ―dijo Villa.

―General ―respondió López― a todos o a ninguno.

―Bueno, solo porque usted lo pide lo concedo.

Años después, en 1920, José Terrazas caminaba por una calle de la capital del estado y por la misma venían Francisco Villa y su escolta. Este, al ver al de Satevó, le preguntó a modo de saludo:

―Quibo, Terrazas. ¿A quién le debes la vida? ―le cuestionó el general con tono burlón.

Terrazas sin voltear a verle y calándose el sombrero respondió:

―A la Divina Providencia!

Y continuó su camino.




Gonzalo R. García Terrazas es licenciado en letras españolas por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es gestor y promotor cultural, fue jefe de la Oficina de Desarrollo Artístico del Instituto Chihuahuense de la Cultura y secretario técnico del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Chihuahua. Es coordinador de sección en la revista Paso de gato, revista de Teatro. Actualmente es profesor de literatura en la UACH y consejero editorial del Congreso del Chihuahua.

Lulú Pérez Carreón

Maitines

Por Lulú Pérez Carreón

Hoy lo pido, grito... imploro
el querer que mis ojos puedan otra vez
mirar al fondo de nuestras callejuelas conocidas
y aquellas aún no conocidas
sin que los encandile ninguna prisa,
sin que los ensombrezca ningún enojo.

Hoy pido, por si todavía fuera poco,
rastrear cada uno de mis inesperados antojos
anhelando y logrando cabalgar lento,
sin monturas, espuelas ni amarres,
solo piel sobre piel como antaño
triturando tus fantasías en mis inevitables ganas
e impasibles vernos caer de hinojos.

Hoy pido, mas también lo quiero ya
abrir de mi mente tanto cerrojo
liberarla de tantas sanguijuelas,
dramas, pesares, ausencias,
y mis neuronas teñir con fuertes rojos
neuronas rojo intenso desbordadas,
de esperada y mil veces recordada
violenta pasión.

Hoy hago póstumo homenaje
al pasado opresivo y censurante,
desterrando todo sonrojo de antaño
y encontrando de pronto mi frente
recargada en tu amplio pecho,
sintiéndose de tu corazón cada latido,
que sin esperarlo ni pretenderse
al momento son latidos sincronizados,
acompasados, unidos como raíces profundas.

Hoy logro perderme en la profundidad de tus ojos
y echo mi barca tranquila a tu inmenso mar,
izo las velas sin prisa ni destino y logramos
reír caminando sobre mar y tierra, hasta que llegue
nuestra estrepitosa risa al perdernos felices
logrando hoy lo que hoy es.





María Lourdes Pérez Carreón es médica por la Universidad Autónoma de Chihuahua, especialista en inmunología. Realizó estudios en La Habana, donde trabajó algunos años. Es autora de textos médicos, aún inéditos; siempre ha escrito también poemas y relatos.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Gustavo Hirales Morán. Visitas


Visitas




Por Gustavo Hirales Morán




Una vez tuve un amor secreto,
pero realmente no lo tuve.
O si lo tuve no era amor
sino affaire, asunto, amorío,
algo como una querencia,
si saben lo que quiero decir.

Ella también me tuvo
de vez en cuando
y de cuando en vez,
ningún gesto posesivo,
y nunca por otra parte
me consideró “un amor”,
sino sencillamente alguien
con quien le gustaba
tener sexo, musiquita, unos tragos,
el placer de la conversación.

Todo iba bien,
demasiado bien
(algo debió haberme prevenido);
nunca avisó de su llegada,
simplemente tocaba
de improviso en mi puerta
con una media sonrisa,
un poco defensiva,
preguntando:  ¿no soy inoportuna?

Nunca que yo recuerde
fue inoportuna en alguna
de sus fugaces
(y para nada efímeras)
visitas.

¿Cómo y por qué acabó?
No lo sé todavía,
no estoy seguro.
Una noche me negué
(quizá por inseguridad,
seguramente por eso,
o por machismo, es igual)
a formar un trío amoroso
con alguien que yo quería
 y ella también quería y
si yo hubiera sabido
que de ello dependía
la continuidad de sus visitas
habría dicho que sí,
“a darle que es fandango”.


Pero no lo sabía y
adopté un aire digno y todo
se echó a perder.
La tuve entonces solo para mí
y quebranté la única regla
Irreparable de un juego que nunca
aprendí a jugar.

A veces, como esta tarde
un tanto fría y lluviosa,
extraño su apenas esbozada,
su tímida sonrisa.
Y extraño sus visitas.






Gustavo Hirales Morán, escritor mexicano, ha publicado La Liga 23 de Septiembre, orígenes y naufragio, Memoria de la guerra de los justos, El complot de Aburto, Camino a Acteal, Chiapas, otra mirada y Siempre de nuevo. Escribe también periodismo en El Nacional y Unomásuno, Nexos y Etcétera.

Enrique Servín. La India 2017

La India en 2017

Por Enrique Servín

No tiene sentido (y no resulta posible) idealizar a este país inmenso, multiforme y terriblemente contradictorio. Bajo la India de los mega aeropuertos, las súper carreteras y los institutos de investigación avanzada, subyace, casi en todas partes, una India de barriadas miserables, llenas de polvo y basura. La mendicidad es más común que quizá en ningún otro lugar del mundo y la improvisación en el crecimiento de las ciudades ha generado una cultura demencial del tráfico urbano. Si la India de los salones y los templos una y otra vez huele a incienso y a flores, en las ciudades casi siempre "suena" a motores acelerados y claxons incesantes.

La pobreza extrema, tan visible, tiene un origen antiguo y complejo. Por una parte, el país ha sido, desde hace más de seis mil años, un lugar propicio para el asentamiento y el desarrollo de las comunidades humanas, cuya población no ha dejado, casi continuamente, de crecer. Actualmente se trata del segundo país más poblado del planeta, y es posible que pronto pase a ser el primero. De manera que el agotamiento de los recursos y la competencia por los mismos ha sido, seguramente, una de las causas de la pobreza.

Por la otra parte, la ideología de castas –cuyo origen tal vez sea la conquista indoeuropea y cuya naturaleza es, desde hace muchos siglos, fuertemente religiosa–, genera una inmovilidad social que perpetúa las enormes diferencias económicas. Es cierto que el sistema de castas ha sido combatido desde la Independencia mediante un vigoroso programa de acción afirmativa, pero aún ahora, según me comentan algunos amigos, "nadie casa a sus hijas fuera del sistema de castas". Las guerras internas y las conquistas posteriores (entre ellas la fuertemente opresiva del Imperio Británico, que destruyó productivos sistemas económicos locales y los sustituyó por descomunales negocios, expoliadores y usureros), completaron el panorama de la pauperización masiva.

Pero más allá de esta circunstancia, y a través de numerosos detalles que se van acumulando a lo largo de la experiencia del viaje (el evidente desarrollo de una intensa cultura de los sentidos; la increíble cortesía de la gente; la sofisticación de la música, el teatro, la literatura y –sobre todo– la danza; la variedad y la delicadeza de la gastronomía; la existencia del yoga, las artes marciales y las diferentes formas de la meditación) muy pronto nos confirman (o nos convencen de) que estamos ante una avanzadísima civilización, en muchos aspectos superior a cualquier otra del mundo.

Porque, en efecto, la India no es tan sólo otro país, es, por completo, otra civilización (es decir: un conjunto de rasgos culturales avanzados que dan origen a una cosmovisión particular y a una actitud específica ante la vida). Una civilización deslumbrante, sensual, asombrosamente fina.



Enrique Alberto Servín Herrera es licenciado en derecho y maestro en antropología social. Ha publicado los libros Rarámuri Ra’ichabo: hablemos el tarahumar (2004), El agua y la sombra (2004) y Anirúame historia de los tarahumaras de los tiempos antiguos (2015), entre otros. En 2014 recibió el premio L. Gaboriau de Traducción Literaria, otorgado por el Banff Centre del Consejo Canadiense de las Artes, por su trabajo como promotor de textos traducidos de las lenguas originarias de Chihuahua.