miércoles, 8 de agosto de 2018

El violín. Martha Estela Torres Torres

El violín


Por Martha Estela Torres Torres


A mí siempre me ha gustado la música de violín y tengo discos que colecciono para escucharlos cuando la tristeza me deja sin aliento en tardes de otoño.
Un día conocí a un violinista de country. Era como los hombres de mi tierra, fuerte, decidido y valiente, a la vez tan sencillo y natural como los ocotillos. Altos, delgados, señoriales en el paraje desértico y desolado de la vida.
Al mes nos volvimos a encontrar casualmente, él me miró y reconocí su sonrisa y la luz de sus ojos marrón. Se acercó pausadamente y besó mi mano. Me quedé impactada al verlo inclinarse ante mí como si yo fuera una reina.
Hasta entonces recapacité en el haber de mi vida: no tenía súbditos ni tiranos a mi alrededor, solo quedaba el mal recuerdo de aquel viejo insensato que me traicionó cuando le brindaba las mil flores de mi cuerpo, mi corazón apasionado y las letras perenes de mi inspiración.
Cuando vi al vaquero comprendí que las estaciones de la vida a veces llegan antes de tiempo. Se altera el ciclo natural para brindarnos sus mejores frutos.
Tres días después de aquel encuentro fortuito que cimbró mi entendimiento cuando aún pensaba dolorosamente en el daño y el maltrato del filibustero, aprendí esta lección: ¿Cómo no captar que hay tantos de vaqueros en el mundo que son francos, genuinos y leales?

***

Ahora al atardecer escucho acompañada la mejor música de violín interpretada por el hombre que cambió mi vida por este paraje vegetal donde las raíces de los árboles son robustas y firmes. También ya tengo todos sus discos.





Martha Estela Torres Torres tiene licenciatura en letras españolas y maestría en humanidades. Entre sus libros publicados están: Hojas de magnolia, La ciudad de los siete puentes, Arrecifes de sal, Cinco damas y un alfil, Pasión literaria y Árboles en mi memoria. Actualmente es profesora de literatura en la Facultad de Filosofía y Letras y editora en la Universidad Autónoma de Chihuahua.

martes, 7 de agosto de 2018

Eduardo Laphond. Infracripta

Infracripta

Por Eduardo Laphond

Para esta edición les presento un trabajo que redacté hace un par de años. El tiempo ha pasado y he decidido volver a mostrar este cuento: es la muestra tangible para ver y analizar al autor que era en ese entonces, junto con las inquietudes que tenía. Por tales motivos no he querido alterarlo del todo, solo cubrí las faltas ortográficas. Me disculpo por las erratas de estructura, sintaxis, o de los barbarismos por querer usar un latín inexplorado.
No es producto de la casualidad si al leerlo encuentran reminiscencias de Umberto Eco. En aquel entonces, cuando lo redactaba, estaba profundamente inmerso en  El nombre de la rosa (1980), así como en otras lecturas provenientes del medioevo.
Para finalizar esta breve explicación. Traje del archivo esta historia por los días de intensa canícula que hemos pasado. Aunque pertenezco a la región más extremosa del país, nunca he podido tolerar el verano seco. Para mí el asfixiante calor de Chihuahua, me provoca un desánimo y una baja de presión.
Sin más los dejo con la judía redentora –como se llamó inicialmente–, misma que ha mutado varias veces. Una versión se encuentra en el libro electrónico Quivirenses (2016).
Eduardo Laphond Domínguez.
3 de agosto de 2018


Infracripta

Por Eduardo Laphond

En todos lados he buscado la paz y en ninguno la he hallado, excepto en un rincón, con un libro.
Umberto Eco, El nombre de la rosa

Nadie sabe cómo llegó, o de donde vino. Algo es claro, ella estaba ya desde el inicio de la sequía. Según los más sabios, llevaba veinte primaveras asolando, con una canícula perdurable hasta el invierno.
El suelo ardía, los pastizales brillaban en ocre. El trigo, la cebada y demás cereales se pudrían. La magnitud del suceso era incontenible. El reino no estaba preparado. Las barricas de vino escasearon, el afluente y arroyos conexos, destilaban un olor fétido. Traían agua desde otros reinos solo para la hegemonía; de vez en cuando, al sobrar, se vendía al vulgo a precios mayores que el oro. La muerte floreció, las personas corrompidas sucumbían al beber de ese caldo saturado en toxicidad.
Aquel pueblo se hundía en desesperación. En plegaria unísona se redimían bajo las sacras paredes de la iglesia. El rezo ferviente les hacía mantener el hálito de la esperanza. Aún con los labios partidos y la garganta seca, imploraban para disponer de la misericordia del Creador.
Dentro de esta contingencia ahí estaba ella: la no conversa. Bajo el estigma a cuestas, envuelta en repudio solo por su naturaleza. Como sombra sigilosa, su vida daba inicio al terminar las cuatro campanadas de bienvenida al rezo de las completas. Con profundo temor descendía al averno para abastecerse, robaba los sobrantes de alimentos, llenaba sus recipientes en aquel río putrefacto.
Al ser profana poseía un vasto conocimiento. Sabía devolver a sus condiciones primigenias aquella agua insalubre. La pasaba por fuego hasta su hervor y de ahí la vertía por un conjunto de piedras porosas. Repetía el proceso unas cuantas veces hasta tener de nuevo aquel líquido cristalino. No se debía conocer aquel proceso. El Supremo en su infinita sabiduría mandaba sus designios por algo, bajo ningún motivo debían ser atentados, menos por una no conversa.
La muerte continuó su paso atroz en el feudo. Las callejuelas recubiertas de estiércol se iban cubriendo con cadáveres. La desesperación, esa maldita provocaba a quienes seguían vivos. Aquel reino prefería sucumbir a la muerte, a estarse quemando al rojo vivo en ese infierno terrenal. Las lágrimas junto al sudor ya no brotaban de esos semblantes exprimidos.
Una noche, después de las vísperas, el clérigo salió del monasterio. Quería experimentar si el anochecer era más fresco, ahí la vio con esa tez incorrupta. Tal era su costumbre, juntaba el agua estancada en sus alforjas. La siguió hasta su pequeña choza. Por una rendija observó el proceso, con cuidado de no ser visto.  Estupefacto por el sacrilegio, en un exabrupto corrió hasta donde se encontraban los guardias de la Casa Real, la acusó de violar la ley suprema con actos herejes. Estos sin cuestionar la acusación interpuesta por la voz de Dios en este mundo fueron por ella. Además se encargó de pregonar la nueva en el reino. Así fue como se alzó una torva de ecos inclementes, ardidos en desesperación y locura, quienes hurtaron la calma.
—¡Es una judía! Resonó embravecida una voz solitaria, esta asfixió al resto de los alaridos. Aquellos dieron la razón de ello.
—¡Quémenla!
—¡Infracripta traída desde las tinieblas!
—¡Es la ramera de Satanás!
 La apresaron, incendiaron su pequeño escondite; ese lleno de tomos apócrifos de sabiduría vacía, los cuales eran inservibles en comparación al gran libro escrito por la mano de Dios. Esperaron a la hora tercia para congregar a la corte de aquel feudo. Todo mundo la acusaba, aunque una mayoría desconocía los motivos reales por lo cual lo hacían.
 Su destino: la hoguera. Se instalaría dentro del patio de la corte, justo en el crepúsculo debía arder como lo atroz de sus actos. Para un mayor escarnio sus inquisidores le escupirían, sentiría el infierno.
—Escucha cómo el pueblo te detesta. Ellos anhelan tu muerte, aquí los marranos se repudian, transgreden la sacralidad del reino. Protesto aquel sacerdote colérico. Ella sin despegar su mirada del suelo de la torre, escuchaba la imputación injusta, impuesta por alguien mucho más torpe y ciego a las verdades.
En ese momento, el petricor inundó la corte, ese olor nuevo para los más jóvenes. Por otro lado, los viejos recordaron los tiempos de prosperidad. Solo algo es claro, aquello dejó anonadado al pueblo entero, calmó los ánimos revueltos. Tirando los picos, salieron del lugar. Un nubarrón, espeso, recargado de agua, se posó sobre el pueblo. De este una gota gruesa, pesada, hija digna de la más fiera tormenta, cayó, sucedida de otra y de otra más. Hasta dar paso a un torrente, como hacía mucho tiempo no sucedía.
Las calles lavaban su sequedad, llevando al caudal principal una gran cantidad de porquería hedionda. De entre los podridos trigales y demás plantaciones corría el agua a borbotones. Los labradores corrían empapados en un grito embravecido de victoria.
Mientras el ambiente de júbilo iba en ascenso. El clérigo permanecía anonadado, estático ante la celda del incipiente ser.
En ese momento, con un hastío benevolente, alzó su mirada hacia él.
 —Maestro, ¿me va a juzgar por bruja, o me dejará en libertad por haber salvado a su pueblo?






Eduardo Laphond Domínguez nació el 11 de diciembre de 1996. Estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Consejero Nutricional y Chef de Culinaria Saludable por el Centro de Estudios Profesionales de Colima S.C, Colegio de Nutriólogos de Chihuahua A.C y Asociación Internacional de Nutrición para el Bienestar Humano A.C (Chihuahua, Chihuahua 2013-2015). Ganador en el concurso Palabras Migrantes 2017. Premio Nacional de Poesía 2015 con Las Voces del Más Allá” 2015. Ganador de la Beca Nacional INTERFAZ del ISSSTE convocado por Mario Bojórquez emisión Chihuahua 2016.

domingo, 5 de agosto de 2018

Carmen Julia Holguín Chaparro. Literatura emergente

Literatura emergente


Por Carmen Julia Holguín Chaparro


         Chihuahua, Méx., 2010


La convocatoria
para publicar en la revista
se abría a todo aquel
interesado
en la literatura
de corte social,
en los temas
de derechos humanos,
en la visión
de los presos políticos,
en la denuncia
de la violencia de género
en la exposición
de las políticas
genocidas. 

Por ello,
no era extraño
que entre las bases
se pidiera
sangrar cada párrafo,

aunque,
por otro lado,
tampoco era necesario.




Carmen Julia Holguín Chaparro es doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Nuevo México. Al lado de su trabajo académico, escribe cuento y poesía. Ha participado en encuentros de escritores en distintas partes de México, Estados Unidos y Argentina; hay textos suyos en antologías y revistas de México, Estados Unidos, España y Uruguay. Tiene dos libros de poemas: A tu prójimo amarás (2008) y El que tenga oídos… (2014).

viernes, 3 de agosto de 2018

Victoria Montemayor Galicia. Danzar en el desierto

Danzar en el desierto

Por Victoria Montemayor Galicia

V

Diosa que cantas a la luna,
tus alas majestuosas vuelan hasta el desierto de mis ensueños.
Oasis que destella entre la bruma de los pensamientos.
Palmeras que danzan al compás de los camellos.
Esfinge dorada reveladora de secretos, dime si sabes
aquel camino de regreso del reino de los muertos.
Nilo ataviado por aves, lotos, cocodrilos, tortugas, jazmines, hipopótamos.
Osiris que clama en el desierto.
¿Dónde rayo de luz escondes el secreto enterrado en mi cuerpo?
¿Acaso deberé esperar hasta el ocaso en que mi corazón sea pesado por Anubis?


VI


Ra bordea la sierpe y esparce su dorado resplandor
que irradia la esfinge al cuestionar al ser.
Dorado el oasis en el que me sumerjo
para encontrar mi reflejo.





 
Victoria María Montemayor Galicia es licenciada en lengua y literatura modernas letras Italianas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, a punto de graduarse de la maestría en humanidades por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Ponente en congresos de literatura mexicana contemporánea celebrados en UTEP y en el XVII Congreso de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro, celebrado en Queens College, NY. Traductora del libro Políticas de la identidad en el otro occidente, la etnización de la política en la América indígena, (México, Ecuador y Bolivia) de Piero Gorza. Es autora del libro Besos en el viento: De otoño, invierno y otras estaciones. Actualmente es profesora de literatura en la Universidad Autónoma de Chihuahua.

miércoles, 1 de agosto de 2018

María Esther Quintana Millamoto

Los charros, The Guardians y la frontera

Por María Esther Quintana Millamoto

Antes de entrar de lleno en la materia de este texto (mi ponencia en Salamanca en mayo del año en curso), debo confesar que soy una feminista a la que le gustan las rancheras, quiero decir, el género vernáculo conocido con este simple apelativo. Me gustaría también decir que canto bien las rancheras pero, la verdad, mi voz de soprano amateur apenas me alcanza para entonar con cierta dignidad no siempre exenta de desafinadas o de lo que en la cultura mexicana se conoce popularmente como gallos, algunos boleritos rancheros de Juan Gabriel o –cuando después de dos tequilas ando con la garganta calientita– un huapango como “Cielo rojo” o un bolerito como “Allá en el otro mundo.”
He de decir sin falsa modestia que cuando estoy inspirada puedo sostener algunos fieros falsettos, a despecho de nunca haber tomado clases de técnica de canto y de solfeo. Como dije antes, soy feminista, así que el hecho de que me gusten las rancheras debería de verse como una contradicción porque, como todo mundo sabe, este tipo de canciones promueven los estereotipos de género, la política sexual de dominio de los hombres sobre la mujeres, etcétera. Sin embargo, considerando que la contradicción define al ser humano, es absolutamente natural que me gusten no solo las rancheras sino que considere que el charro mítico, encarnado en el sin igual Pedro Infante, representa la quintaesencia de lo varonil, de la bravura y al mismo tiempo de la ternura y gallardía del hombre ideal mexicano.  Ahora, si este varón existe o no fuera de las pantallas del cine de oro mexicano, eso es irrelevante para muchas mujeres de mi generación –por no decir de las anteriores– quienes en lo más profundo de nuestra psique soñamos con un charro que nos venga a dar serenata el día de nuestro cumpleaños o ya aunque sea el día de la madre.
Este sueño de la psique femenina mexicana de tener un charro apuesto en nuestro cumpleaños se cumple en la novela The Guardians (2007) de la escritora chicana Ana Castillo, en la cual Miguel, el enamorado de Regina, protagonista de la historia, participa en una charreada como parte de la sorpresa de cumpleaños que Gabriel, el sobrino de Regina, organiza para su tía y madre adoptiva. La escena anterior me decidió a presentar una ponencia sobre el charro y la masculinidad mexicana en el Congreso sobre literatura chicana en Salamanca, ciudad que, sorpresivamente para mí, es el origen del charro mexicano. [1]
Miguel es un charro sui-generis por su aspecto e ideología, ya que usa una cola de caballo, es un activista del medio ambiente, detractor de la política norteamericana en Latinoamérica (de hecho está escribiendo una tesis sobre las intervenciones de Estados Unidos en América Latina a través de su historia) y se identifica a sí mismo como “chicano” reconociendo el aspecto de oposición y resistencia de dicha identidad. Por tanto, considero que Miguel constituye una especie de charro transnacional, es decir, con problemáticas que van más allá de los límites geográficos de la nación mexicana, mientras que también encarna la paradoja del chicano de los setenta, quien, por un lado peleaba por subvertir su opresión  social y por otro mantenía subordinadas a las chicanas, incluso a sus compañeras de lucha.
En el análisis de mi ponencia en Salamanca establecí una conexión entre el control del caballo por parte de Miguel en la charreada y su deseo de controlar a las mujeres de su vida –algo que la misma Regina observa en la novela– para demostrar que el machismo del protagonista, que él trata sin éxito de superar, impide una relación satisfactoria entre los protagonistas.
En la ponencia rastreaba los orígenes de la charreada en las antiguas corridas de toros para explicar cómo desde sus inicios este tipo de eventos llevan implícita la idea del control y dominio del otro, considerado como lo no civilizado. [2] Tras de repensar en la relación de ambos protagonistas, para escribir este texto, me di cuenta que otro factor conectado con el fracaso del romance entre Miguel y Regina, y que también es típico del patriarcado, es la subordinación de la protagonista al profesor de preparatoria, subordinación que puede verse alegorizada en la escena de la charreada en la del caballo al charro. En cuanto a los protagonistas, el factor más importante de la desigualdad de su relación es su diferente nivel de educación y el estatus profesional y social que esto conlleva. Mientras que Miguel tiene una licenciatura y está escribiendo una tesis de maestría, Regina solamente terminó su preparatoria y se certificó como ayudante de maestra. Por tanto, si Miguel tiene un puesto de profesor de historia en la escuela donde ambos trabajan, Regina es únicamente asistente de otros profesores. Dicha circunstancia, añadida al estatus indocumentado de Regina en su pasado, como trabajadora del campo, provocan que se sienta inferior a Miguel.
Por si esto fuera poco, existe también una diferencia de edad importante, ya que Miguel es un hombre de treinta años y, en contraste, Regina tiene cincuenta. El estatus subordinado de Regina hacia Miguel se intensifica cuando este le ayuda a buscar a su hermano, al que ha secuestrado una banda de narcotraficantes y que es obligado a trabajar en un laboratorio clandestino de drogas. La autora de la novela satiriza (o romantiza, según sea la lectura que se haga de la novela) la dependencia de Regina en Miguel cuando la protagonista declara que su enamorado es como el arcángel bíblico ya que la ha acompañado en la peligrosa búsqueda de su hermano a la casa de los narcotraficantes. La identificación de Miguel con el arcángel, así como los otros nombres de algunos de los personajes de la novela (Gabriel, Rafael, Uriel) explican el título Los Guardianes.
Mientras se mantiene la relación de dependencia por parte de Regina hacia Miguel, la posibilidad de un final feliz parece ser factible. Sin embargo, cuando secuestran a la ex esposa del protagonista, Miguel no puede superar la sospecha de que Gabriel, sobrino de Regina, esté involucrado en el secuestro y se aleja de esta. En el final de la novela las consecuencias de la violencia relacionada con el mundo del narcotráfico alejan definitivamente a los protagonistas a pesar de los esfuerzos de Miguel por recuperar a Regina.
En The Guardians Castillo muestra que el estereotipo del charro como protector de las mujeres resulta anacrónico no solo por la ideología patriarcal que subyace a dicho personaje mítico, sino porque en un contexto brutal de narcotráfico, tráfico de personas y de órganos humanos, ni los mitos ni las leyendas –por vigentes que sean culturalmente y por mucho que nos enamoren– pueden enfrentar la violencia de este “inter-estado” llamado la frontera México-americana.
  

[1] La primera mención de la palabra “charro” aparece en el año de 1729 en el Diccionario de autoridades el cual lo define como un individuo sin educación ni refinamiento proveniente de un lugar pequeño y sin prestigio. En 1817 la definición se vuelve más específica cuando se le describe como  “un villano de la tierra de Salamanca, una persona rústica como los villanos suelen ser”. En cuanto al significado etimológico de “rústico” que se le da a la palabra "charro", quizás provenga del vascuence "Txar", palabra que significa campesino.

[2] En sus orígenes más remotos, la charreada consistía en domar toros a caballo y durante el tiempo de la Reconquista las pinturas mostraban caras de moros en las cabezas de los animales, mientras que el rostro del jinete representaba a un rey español. Dicho sentido alegórico de civilizar al otro, está también presente en el mito fundacional de Hércules, según el cual su décimo trabajo de penitencia consistió en derrotar al monstruo Gerión, rey tiránico y usurpador en lo que hoy es la región de España, robándole sus vacas rojas y matándolo. Hércules se quedó a civilizar a los descendientes de Gerión y este mito se fusionó luego con leyendas católicas como la del apóstol Jacobo, conocido como el apóstol Santiago en España, quien, según la tradición llegó a Galicia a predicar el evangelio. En la actualidad las asociaciones de charros han preservado la idea del impulso evangelizador y civilizador de los charros y la charreada a través de sus leyendas donde el toro es dominado por un misionero o algún santo católicos.











María Esther Quintana Millamoto estudió letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua, tiene maestría y doctorado en letras hispánicas por la Universidad de California Berkeley. Entre sus obra publicado están los libros Los pícaros, bufones y cronistas de Maluco: la novela de los descubridores fue publicado por Linardi y Risso en Montevideo Uruguay en 2008; Madres e hijas melancólicas en las novelas de crecimiento de autoras latinas, publicada en la colección Benjamin Franklin de la Universidad de Alcalá España.También ha publicado ensayos críticos en revistas arbitradas en México, Cuba, España y Estados Unidos. Actualmente es profesora en el departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Texas.