martes, 30 de diciembre de 2025

Cornelius


 

Cornelius

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Encima de la silla se quedaban aquellos pantalones de mezclilla con pechera. Pareciera que eran los mismos que había vestido desde los nueve años, pero eso no era posible. Lo que pasaba era que conforme a que él iba creciendo, sus padres remplazaban sus pantalones por otros idénticos, pero más grandes. Lo mismo pudiéramos decir de su camisa de cuadros. Se miró en el espejo y reflexionó que eso era nuevo también, en la casa en que creció no se admitían los espejos.

Le gustó lo que vió, su nuevo atuendo comprado en una tienda de ropa vaquera de Ciudad Cuauhtémoc. Era el de un cowboy, o, si se prefiere, el de un campesino mexicano de clase media. Lo único que conservaba del vestido típico de sus congéneres menonitas era el sombrero y los botines. Por supuesto no podía cambiar sus ojos azules y su cabello rubio.

Su nuevo vestuario denunciaba su plan de dejar la comunidad de sus mayores y todo lo que eso implicaba. No podía decir que su cambio se debía a las dos o tres escapadas que con su amigo David se había dado del campo menonita a Cuauhtémoc con el propósito de pecar, es decir, de beber cerveza. Había algo más. Tampoco era el haberse topado con aquella familia de renegados y ver su enorme y nuevecita camioneta de doble cabina, y saber que su comuna nunca aprobaría tener y usar una de esas.

Claro es que esos encuentros con la cultura mexicana circundante tuvieron que ver con su decisión, pero algo dentro de la sociedad menonita en la que había nacido y crecido ya no lo retenía, y es más, como que lo compelía a abandonarla. En un momento se sintió como el pájaro que emprende el vuelo dejando atrás el nido. Tal vez de lo que era más difícil de separarse era de la religión. Seguiría pues defendiendo que el bautismo debe darse a los adultos y no a los recién nacidos. Su nombre, Cornelius, el cual celebraba el de patriarcas y notables menonitas, había sido cambiado por sus amigos mexicanos a Cornelio. 

 Pero tal vez los dos hechos que más habían influido en él para dar el paso fueran que la familia de Ryan, un amiguito de la infancia, también había desertado y el otro, más personal, fue que ya a los 18 años de edad había padecido su segundo cáncer de la piel.

—La exposición al sol y la piel tan blanca son la causa —había dicho el doctor en Chihuahua.

¿Cómo podría un menonita trabajar sin exponerse al sol? Tal vez solo dejando de ser menonita.

 Una vez decidido, cayó en la cuenta de que su retirada no era como la de tantos otros. La mayoría de los menonitas que abandonaban los caminos tradicionales de su pueblo lo hacían con toda su familia. Él no. Dejaba atrás media docena de hermanas y otros tantos hermanos, a una madre hermosa y protectora y a un padre un tanto rígido, pero justo e inteligente, la persona más inteligente que había conocido en su vida. Casi no quería voltear atrás, sabía que si veía aquellos campos o a sus hermanas y hermanos yendo y viniendo, flaquearía en su decisión.

Se encontraba en aquel parador en la periferia de Ciudad Cuauhtémoc que ostentaba el letrero Stuben zu renten für Menoniten. Neidrege Preise (Cuartos de alquiler para menonitas. Precio barato.) De la ventana podía divisar los campos menonitas que ahora dejaba atrás. Sentía pues que ya lo había logrado

 —¡Ey, Menón! Es hora de irnos.

 Así lo apuraban los amigos que lo llevarían a Chihuahua y después quién sabe a dónde. Fue gracias a estos amigos que no le fue difícil encontrar un trabajo. No era la gran cosa: bajar mercancías, cajas de cebollas y tomates, de camiones que las traían al mercado. Los camiones entraban al interior de la gran bodega, así que no estaría expuesto al sol.

De cualquier manera, el ambiente, particularmente cuando el trabajo era intenso, era sofocante. Cornelius prefería quitarse la camiseta para efectuar su labor.

Un día apareció un sujeto con aspecto de fascineroso que, observándolo atentamente, le dijo:

—¡Me gustas güero!

—¡Párale ahí, no soy de esos!

—No se trata de eso. Te quiero ofrecer un trabajo. Vas a ganar más que aquí.

 Dejó lo que estaba haciendo para ver cuál era la oferta de aquel tipo. Valga decir que Cornelius no estaba acostumbrado a juzgar a la gente, fuera de la comunidad menonita, por su mera apariencia. Explicó el individuo aquel que tenía una empresa que llevaba funciones de boxeo a pueblos pequeños por todo el país. El punto que debería haber hecho que el menonita sospechara que había algo turbio en la propuesta era que:

—El público disfrutará horrores de ver a nuestro campeón derrotar a un güero fortachón como tú.

 Sin pensarlo mucho, se puso la camiseta y se dispuso a marcharse con su nuevo agente. Le pidió que lo esperara un momento para cobrar la semana y media que se le debía. Luego abordó el automóvil de su nuevo patrón, comentando:

—Este sí es un carro de a deveras.

—Ya lo verás güero. Al rato vas a traer uno igual. Y llámame Ricky.

 

Esa misma semana, en un pueblito perdido en el desierto, dentro de una bodega acondicionada como arena de box se oía:

—Pelearan diez raunds, en esta esquina Cornelio Gringo Smith. En esta otra el invicto campeón welter del norte: Chavalo Torres.

 El tal Chavalo era una imitación en miniatura de Cassius Clay, se movía como mariposa y aguijoneaba como avispa. Lucía un bien cuidado bigote. De sus elegantes movimientos surgían yabs que aterrizaban en la cara del Güero Smith, la cual pronto se llenó de moretones. También sangraba por la nariz. Tras el descanso, al comenzar el segundo asalto, el Gringo Smith se desplomó. El réferi contó los diez segundos reglamentarios y declaró la pelea terminada por nocaut. Para sorpresa de todos, en especial para Ricky, el público no aplaudió al Chavalo, sino que abucheó a los dos boxeadores. 

—¡Fraude! ¡Ni siquiera le pegó! ¡Devuélvanme mi dinero!

 En medio de la conmoción, Ricky, su ayudante, la muchacha que vendía los boletos, el anunciador, el réferi y el Chavalo habían desaparecido. Cornelius se quedó solo. Todavía sentado en uno de los banquillos que les ponen a los boxeadores para descansar entre dos asaltos se preguntaba ¿Qué hacer? Temía que, no pudiendo agredir a los que ya se habían fugado, los enfurecidos espectadores se le echaran encima a él. Pero no fue así.

De pronto se vio solo, luciendo los guantes y el pantaloncillo de boxeador. Vio una toalla que había quedado sobre la lona del improvisado cuadrilátero, la recogió y con ella se cubrió la espalda. La bodega devenida en arena boxística se encontraba ahora completamente vacía: estaba allí solo y su alma. Caminó lentamente todavía sangrando de la nariz hacia la entrada. No conocía ese pueblo, pero al salir miró calle abajo la torre de la iglesia. Hacia allá se dirigió. Por una puerta lateral probablemente de la sacristía se asomaba un hombre vestido de sotana que, viendo a Cornelius precariamente vestido o desvestido, más bien como boxeador lo llamó:

          —Parece que la pelea terminó mal —dijo extendiéndole la mano. Soy el padre Antonio.

—Yo soy Cornelius.

—¿Eres menonita?

—Sí, y tú eres mexicano y católico.

—En efecto, soy un sacerdote católico. Sabrás que Menno Simons también lo fue. 

—Así es. Veo que conoces la historia. Yo he dejado eso atrás.

—Para convertirte en un aporreado boxeador. Pero pasa, déjame ver si tengo  unos pantalones y una camisa para ti.

Cornelius se veía avergonzado de ir cubierto solamente con un pantaloncillo de boxeo y una toalla, de ser ofrecido la caridad de un cura católico, de haber sido tan ingenuo.

 El padre Antonio, notando lo decaído que se veía el muchacho menonita, quiso animarlo.

—Me cuentan que tus gentes tienen granjas y que han hecho florecer el desierto allá en Cuauhtémoc.

—Así es. La comunidad es muy productiva.

—Alguien me dijo cuál es el secreto de ese éxito.

—¿Cuál es? ¿Qué dice la gente?

—Que los menonitas plantan la tierra, pero no comen lo que cosechan, que es comida para animales. Con ella alimentan a los animales, pero tampoco se los comen, los usan para producir leche, la cual tampoco beben, sino que hacen queso y mantequilla con ella. Así que cuando venden el queso lo que costó la semilla que plantaron originalmente se ha centuplicado.

—En parte así es. Pero no menciona usted el intenso trabajo que todo eso implica. Y las muchas otras cosas que hacemos además de queso y mantequilla.

—Y es lo que te ha hecho a ti dejarlos.

—Otra vez en parte, así es.

—Por cierto, hablas muy bien el español.

—Casi todos los menonitas de mi generación —menos las mujeres— lo hacemos. En gran parte es consecuencia del trato comercial con los mexicanos.

—Ya se hizo tarde. Apuesto a que no has comido nada. Siéntate y comparte la cena de un humilde cura de aldea.

Aceptando con cierto resquemor, acertó a decir:

—Y usted, padre, ¿cómo es que vino a dar aquí? ¿castigado?

—Como tú dijiste antes: en parte así es. Pero soy muy feliz aquí. Qué se le va a hacer. Los caminos de Dios son misteriosos.

—Y ¿qué gana usted en ayudar a un menonita perdido?

—Jesús nos enseñó a ayudar a samaritanos y ayudó incluso a un centurión romano.

—¿Y usted trata de ser como Él?

—Tú lo has dicho, trato.

Durante la cena Cornelius compartió con su anfitrión su historia reciente, la que el padre escuchó con interés. Tal vez era como lo que oía en el confesionario: alguien que no estando conforme con lo que pasa en su vida emprende un camino incierto y expuesto a tropiezos y peligros.

—Veamos, el joven Cornelius necesita un lugar para pasar la noche. Puedes quedarte aquí en la sacristía. El camastro que ves ahí solo lo usa el sacristán cuando hay misa de gallo, o sea que está disponible ahora. Ya mañana veremos si te colocamos por ahí.

 

A la mañana siguiente, el padre Antonio llegó temprano a la sacristía. Cornelius ya estaba de pie. Llevaba el padre una bolsa con pan, un recipiente con huevos batidos y un termo con café caliente.

—Siéntate y desayunemos. Después te llevaré con don Julián, un buen amigo de la Iglesia. Él seguramente necesita ayuda en su tienda. Veremos si tiene algo para ti.

Algo sorprendido, pero confiando en la intuición del padre Antonio respecto a la calidad moral de Cornelius, don Julián lo aceptó como ayudante en la tienda. Cornelius, todavía abatido y confuso. solo pudo decir:

—Gracias.

Una vez puesto a trabajar, Cornelius impresionó tanto al padre Antonio como a don Julián. Parecía incansable.

Algunas cosas denunciaban el origen español del don Julián, por ejemplo contestaba el teléfono de la siguiente manera:

—Bueno, tendajón de abarrotes. 

Cornelius preguntaba por qué no decir tienda. En su castellano, aprendido en las calles y establecimientos comerciales de Ciudad Cuauhtémoc, la palabra tendajón no figuraba.

—Pues es que eso es algo más grande, como las de Chihuahua.

El padre Antonio continuó procurándolo. Se presentó un día a la hora de cenar llevando pan fresco y chocolate en un termo. 

—Veo que te has adaptado bien.

—Sí, padre. ¿Qué hay de nuevo?

—Algunas cosas. Oí en las noticias que aquel Ricky, del que me contaste, fue arrestado y parece que irá a la cárcel por un largo tiempo. Pensé en ti, pues creo que en estos casos buscan testigos y podrían localizarte y pedirte que testifiques. Y me temo que podría ser peor.

—¿Peor?

—Podrían acusarte de participar en el engaño.

Intervino entonces don Julián:

—Bueno, pero si esas peleas eran solo un show, como una obra de teatro.

—El problema es que el boxeo profesional, e incluso el de aficionados, está regulado por una comisión oficial. Ricky y sus secuaces no tenían las licencias y permisos correspondientes. Y súmale lo de las apuestas, también ilegales.

—¿Apuestas? —preguntó Cornelius.

—Aunque no lo creas, los que corrieron las apuestas te marcaban favorito sobre el tal Chavalo. 

Cornelius miró a su patrón con una expresión de incredulidad, como preguntando: "¿Y tú lo sabías?"

—Sí, de 2 a 1. Si la pelea no hubiera acabado como acabó, los que le fueron al Chavalo habrían hecho un buen parné.

Apenas ahora caía en la cuenta de que el cura y el tendero sabían de todo lo bueno y lo malo que ocurría en el pueblo. Con todo, los dos hombres no parecían inquietarse por la posibilidad de estar encubriendo a un delincuente, antes bien, parecían entusiasmados por ello. Cornelius intentaba descifrar su actitud para entender cuál era el riesgo que ellos y él mismo enfrentaban. 

—Si tengo que irme, lo haré sin dejar huella.

—Ahora sí hablas como todo un pillo —dijo el español.

—Calma, que aún no pasa nada y tal vez nada pasará —terció el sacerdote.

—De cualquier forma, no quiero causarles problemas. Ustedes me han ayudado mucho.

 

Momentos como este sirven para reflexionar. Aunque se esté conforme, contento, con lo que uno ha logado hasta ahora, o conforme y a gusto con la situación actual, un impulso, una cosquilla interna nos dice que debemos marcharnos, continuar el viaje. Los días trabajando en la tienda, además de restaurar su autoestima, le ayudaron a planear su siguiente paso. Debería buscar a su amigo Ryan y su familia, ellos habían dejado la comunidad menonita tradicional y seguramente, ya modernizados, tendrían una granja o ranchito en el norte del estado donde él podría trabajar. Había oído que los menonitas reformados plantaban algodón en aquellos lares. Ahí encontraría no solo a su amigo, sino también trabajo y apoyo.  

Y una mañana partió rumbo al norte.

Días después aparecieron por el pueblo unos hombres que dijeron ser agentes de la Policía Judicial. En la tienda don Julián les ofreció un vaso de horchata.

—¿Quién? El Gringo Smith. ¡Oh sí, el boxeador! Pues después de la pelea estuvo unos días aquí y entonces se marchó, dijo que iba al sur. Probablemente a la Ciudad de México. 

El padre Antonio también confirmó que el muchacho se había ido con rumbo desconocido.

—Ya caerá —dijo un tal Zapata, teniente Zapata, sin inmutarse.

Con un "Dios lo proteja" en su mente, concluyó el sacerdote mirando a los agentes retirarse frustrados, sin la presa anglosajona que esperaban cobrar en aquel remoto lugar.

 

Meses después, cuando no lo esperaban, recibió el padre Antonio una tarjeta postal dirigida a él y a don Julián. En ella se leía:

Queridos amigos: Me agarraron pero pronto me soltaron. Sigo con la familia de mi amigo. Me acaban de quemar otro cáncer en la cara, es mi tercero. Pero estoy bien, contento y agradecido con ustedes. Pienso visitarlos algún día.

Cornelius.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.

La magia de Erial: distopía ecológica y mitología cósmica

 


La magia de Erial: distopía ecológica y mitología cósmica

 

Por Raúl Sánchez Trillo

 

Una novedad interesante en el panorama de las letras chihuahuenses es la novela La magia de Erial, de Rosy Oliva. Publicada recientemente por Amazon, con una extensión de 377 páginas, se inscribe en el género distópico, pero lo hace desde una doble actualización: por un lado, coloca la crisis ecológica como eje narrativo; por otro, introduce una dimensión cósmica que expande el horizonte del género hacia lo metafísico.

En este cruce, la obra dialoga con las grandes distopías del siglo XX 1984, Un mundo feliz, Fahrenheit 451, El cuento de la criada y, al mismo tiempo, propone un resquicio de esperanza en un terreno habitualmente dominado por el pesimismo.

En La magia de Erial, la Tierra ya no es el planeta que conocemos: la sobrepoblación y la explotación desmedida de los recursos han dejado a la atmósfera irrespirable. La humanidad sobrevive en edificios herméticos, alimentada por generadores de oxígeno y comida artificial. Afuera solo es posible moverse con trajes especiales y aeromóviles.

En este mundo devastado vive Ysor, un niño distinto: nacido del vientre de su madre en una sociedad donde la mayoría son clones producidos en serie para servir como mano de obra o soldados. Su cubo habitable recuerda al cuarto de Winston en 1984, símbolo de confinamiento y control. Pero Ysor guarda un secreto: cultiva un pequeño invernadero de flores, un gesto de humanidad que será decisivo en el desenlace.

La moneda de cambio son datos, con los que se adquieren experiencias virtuales: vacaciones en playas desaparecidas, visitas a maravillas del pasado, videojuegos de violencia extrema. Como en Un mundo feliz, el entretenimiento funciona como evasión y control.

La novela introduce además una dimensión cósmica: los interuniverso, seres encargados de velar por distintos planetas. Éter, cruel guardián de la Tierra, provoca catástrofes como diversión. Su ciclo vital termina y, junto con Venus, concibe a Erial, futura protectora del planeta. El nacimiento es doloroso y casi extingue a la humanidad. Erial nace extremadamente debilitada y a punto de fenecer, su muerte sería la muerte del planeta Tierra y un desequilibrio en el orden del Universo. Solo un milagro puede salvarla, y según Tesla, el más sabio de los interuniverso, ese milagro depende de un humano.

 

Distopía ecológica: la catástrofe como eje narrativo

A diferencia de Orwell o Atwood, donde el control político y social es el centro, Oliva sitúa la devastación ambiental como motor de la trama. La humanidad sobrevive en edificios herméticos, respirando oxígeno artificial y alimentándose de moléculas generadas en laboratorios. La atmósfera exterior, irrespirable, funciona como metáfora del colapso climático contemporáneo.
Este desplazamiento convierte a La magia de Erial en una distopía ecológica, que responde directamente a las ansiedades actuales: el crecimiento poblacional, la sobreexplotación de recursos y la fragilidad de los ecosistemas. La novela se inscribe así en una tradición emergente que vincula la ficción distópica con la crisis ambiental global.

 

Economía digital y control social

La moneda de cambio son datos, y con ellos se adquieren experiencias virtuales: vacaciones en playas desaparecidas, visitas a maravillas del pasado recreadas digitalmente, videojuegos de violencia extrema. Este sistema recuerda al entretenimiento evasivo de Huxley, donde el placer funciona como mecanismo de control.
La economía digital de La magia de Erial plantea una crítica doble: por un lado, a la mercantilización de la memoria y la experiencia; por otro, a la sustitución de lo real por lo virtual, un fenómeno que resuena con la cultura contemporánea de redes sociales y simulacros.

 

Ysor: resistencia y diferencia

El protagonista, Ysor, es un niño nacido del vientre de su madre en un mundo dominado por la clonación. Su existencia biológica lo convierte en excepción política y ética. El pequeño invernadero de flores que cultiva es un gesto de resistencia: un espacio mínimo de vida natural frente a la artificialidad total.
Este símbolo conecta con la tradición de Bradbury en Fahrenheit 451, donde los libros son refugio cultural. Aquí, las flores son refugio ecológico, recordatorio de que la vida natural aún puede persistir. Ysor encarna la posibilidad de un milagro humano, un gesto que desafía la lógica del sistema.

 

Mitología cósmica: Éter, Venus y Erial

La dimensión cósmica introduce seres interuniverso que velan por distintos planetas. Éter, cruel y destructor, odia a la humanidad y provoca catástrofes como entretenimiento. Su ciclo vital está por terminar y debe engendrar un sucesor. Junto con Venus, intercambia materia cósmica para dar origen a Erial, futura guardiana debilitada.
Este plano metafísico amplía la distopía hacia el mito. Erial recuerda a las diosas tutelares que dependen del sacrificio humano para sobrevivir. Tesla, el sabio interuniverso, funciona como consejero arquetípico, puente entre ciencia y mito. La novela se convierte así en una alegoría sobre la fragilidad de la Tierra y la necesidad de un gesto humano para salvarla.

 

Horizonte de esperanza

A diferencia del pesimismo absoluto de Orwell o Huxley, La magia de Erial abre un resquicio de esperanza. La salvación depende de un humano, de un gesto de solidaridad y vida natural. Ysor y sus flores son metáfora de esa posibilidad.
Este horizonte introduce un cambio significativo en el género: la distopía ya no es solo advertencia, sino también invitación a la acción. La novela sugiere que, incluso en escenarios devastados, la humanidad conserva la capacidad de reinventar su destino.

 

Conclusión

La magia de Erial dialoga con las grandes distopías del siglo XX, pero las actualiza desde la crisis ecológica y la economía digital. Su originalidad radica en introducir un plano cósmico y en abrir un espacio para la esperanza. En un género marcado por el pesimismo, Oliva aporta una visión crítica y, al mismo tiempo, un resquicio de fe en la capacidad humana para salvar a la Tierra.
La novela se convierte así en un espejo de nuestras ansiedades contemporáneas y en una invitación a pensar la distopía no solo como advertencia, sino como posibilidad de transformación.

 

Oliva, Rosy: La magia de Erial. Amazon, México, 2025.

 


Raúl Sánchez Trillo estudió maestría en artes visuales en la ENAP/UNAM. Escribe crónicas y es profesional de la fotografía de arte. Fue director de la Facultad de Artes. También director de Extensión y Difusión Cultural y secretario general de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Publica ensayos y crónicas en redes sociales.

Para buscarte iría al mar


 

Para buscarte iría al mar

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Para buscarte iría al mar, a esa abstracción donde me dijiste que amamos internarnos porque nos recuerda el útero. Pero acaso también pudieras estar entre los árboles, mirando hacia un breve río. No imagino no verte cerca, tú eres yo, pero lejos, yo soy tú, pero en este cuerpo que se niega a permanecer amarrado a la rutina.

        No tendría tiempo de llorar, pateando piedras para ver que ninguna tiene tu sangre. Este horrible poema de ausencias me obliga a desdecirme cada tanto. No me cabe en la imaginación tu ida. Tantas historias de dioses que me cantaste, tanto dios de piel azul cuyas costumbres me diste a conocer, y todo era un río y todo era un árbol enorme en medio de la noche, porque fuiste tú quien me contó del santo que hablaba con los animales y supe desde esa imposibilidad que de alguna forma estarías siempre ahí.

       Yo soy la que huye. Tú jamás te irías como yo, hacia otra vida en la que para buscarte tendría que regresar a la infancia donde quisimos hacer una especie de casa de campaña para nuestra hermana menor, para que no la golpeara el viento de silencios que se fueron acumulando a nuestro alrededor. Pudo más la fuerza de su llanto que nuestra energía infantil. Y fuimos las tres un dibujo a grises en la madrugada que se iba iluminando.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005) y Raptos (2009). Ha colaborado en ÁgoraEl FinancieroEl InformadorEl OccidentalLa Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y EspéculoPremio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente reside en Guadalajara.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Jugando ajedrez en un cuarto de hotel


La columna de Bety

Jugando ajedrez en un cuarto de hotel

 

Por Beatriz Aldana

 

Aquí voy. Este diciembre, y no solo este, todos los diciembres son el mes que me quita la venda de los ojos. ¿Por qué lo digo? Porque es cuando me percato de lo que soy y de lo que significo para cada una de las personas con las cuales comparto amistad, amor, compañía.

Sin tristeza ni lamentos ni decepciones lo digo. A cada una de ellas la coloqué en mi tablero de ajedrez y, en lugar de ponerles el nombre de cada pieza como serían el alfil, el caballo, la torre, el rey, o la reina, les puse los nombres de cada personita significativa en mi existencia. Significativa para mí, porque sin duda alguna, y por la actitud que asumieron cada una en este mes supuestamente más espiritual del año, es cuando cada una de ellas me mostró lo que verdaderamente significo en sus vidas.

Creo yo, y lo constato, esto no solo me sucede a mí. De acuerdo a las estadísticas que se manejan, esta temporada es cuando ocurren más suicidios y estados depresivos en la población. No quisiera entrar en detalles por cada una de las amistades y familiares mías, sería un tanto ocioso, pero lo que sí puedo y me permito expresar es que me queda claro que lo mío es absolutamente unilateral, o sea, es solo por parte mía, porque al ser supuestamente el mes de la unión, me quedó perfectamente claro que de ninguna manera hay unión con respecto a mi persona, pues para mi mala suerte tuve que enterarme de varios eventos para celebrar Navidad, que no es lo mismo que Nochebuena, en los cuales fui totalmente excluida.

Me refiero a donde, equívocamente, pensaba yo tener cierto lugar.

Así que, en vista de esa situación, y para evitar esa lamentable sensación de soledad que duele muchísimo más por la importancia que a todos niveles se les concede a las fechas decembrinas, opté por adquirir una botella de vino rosado, una cajetilla de cigarrillos Pall Mall, y renté una habitación en un motel citadino. El señor de la caseta se mostró un poco sorprendido porque iba yo sola, tal vez pensaría que iba yo con intenciones de atentar contra mi vida. Por supuesto que no. Lo único que quería yo era no estar en mi casa contemplando sillas, camas y sillones vacíos. Tampoco quería ir a algún bar, restaurant o café donde miraría personas acompañadas, ¡no!

Solo quería estar conmigo misma para meditar profundamente en el lugar que les voy a conceder y colocar a cada una de las personas supuestamente allegadas a mí y que me demostraron sin cortapisas el lugar que yo ocupo verdaderamente en sus vidas. Llegué a la conclusión de que ni siquiera ocupo un lugar, es como si fuesen esos lugares que se ocupan mientras hay una vacante temporal, para solo ocuparlo mientras llega alguien para permanecer en el permanentemente.

Volviendo a mi estadía en la habitación del motel. Ante la preocupación del señor de la caseta, optó por hacerme una llamada telefónica al cuarto para preguntarme si yo estaba bien. Eso ocurrió más o menos a las 4:30 a.m. Entonces tomé la decisión de abandonar el motel y, muy tranquila conmigo misma, al haber tenido esa profunda introspección, y, sobre todo con la certeza de haber podido poner a cada quien en los cuadritos blancos y negros del tablero de ajedrez.

Por supuesto, sin prever todavía cuando haré el jaque mate final.

 


Beatriz Aldana es contadora y siempre ha trabajado en la industria y en corporativos comerciales. Gran lectora, escribe y produce crónicas de video en sus dos blogs de Facebook, además de La columna de Bety en Estilo Mápula.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Sobre los cangrejos (segunda versión -aunque fue escrita primero-)

 


Sobre los cangrejos (segunda versión -aunque fue escrita primero-) 

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Inventa el tiempo, se reduce a una mancha oscura vistiendo de negro o arropándose, cubriendo su cuerpo como si se soñara en la próxima estación mariposa, pero también para esconderse del frío, al que le tiene tanto miedo como al silencio del ser amado. 

Inventa los segundos que van pasando al beber té caliente, forzando su vista cuando ya está cansada, no se dice ola en el movimiento incesante que solo va a la muerte, sino que se asume como la enfermedad que habrá de darle muerte al correr de los días, a esa mala idea que se tiene del existir. Y sabe que no sabe nada, ni siquiera cómo cubrir su desconsuelo con una filosofía dura y específica, central, totalizadora. Porque no sabe de filosofías, solo recuerda el calor de su cuerpo en otro cuerpo, la tibieza del beso interminable. Así, inventa el tiempo para que venga el sol otra vez y regrese el cuerpo amado, para hundir su tristeza en el mar del goce compartido. 

Como quien se acerca al misterio, de manera muy lenta, mide las micras que separan su gana de escribirlo todo, de la soledad que le peina los cabellos en desorden; los instantes que preceden al más estrecho abrazo, al frío que le atosiga, transformando sus brazos en sendos ríos. 

Cierra los ojos y compacta su cuerpo en la posición exacta para que vengan los cuervos más oscuros a posarse sobre su espalda, para que la música del silencio le cubra por completo y quede así a la deriva, recordando que en el mar a media noche resuenan los pasos del ir y venir de los cangrejos en lo profundo, porque es ahí, en el lecho marino, donde estos desamparados seres encuentran su vida, y olvidan, al contacto de las corrientes más frías a los asesinos, a aquellos que buscan a los de su raza para lanzar sus restos al mar nocturno. Los cangrejos saben, acostumbrados como están a los abismos, que la muerte también inventa otro tiempo, como ella esta noche silenciosa, compacta, tenaz.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005) y Raptos (2009). Ha colaborado en ÁgoraEl FinancieroEl InformadorEl OccidentalLa Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y EspéculoPremio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente reside en Guadalajara.