lunes, 5 de enero de 2026

Avenida Independencia

 


Antes/ 14

Avenida Independencia

Archivo Raúl Herrera

Presentación del libro Te amo Alejandra en Ciudad Ojinaga

 


Presentación del libro Te amo Alejandra en Ciudad Ojinaga

 

Por Heriberto Ramírez

 

Resulta para mí un gran gusto presentar a ustedes el libro Te amo Alejandra, de Jesús Chávez Marín, por dos razones: Primero, por ser Jesús uno de mis cuates que más estimo, bueno, más que cuate ahora también es mi colega. Lo conocí a raíz de mi ingreso en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH, donde él cursaba la carrera de letras, aunque en aquel tiempo nuestra relación se limitó solamente a la grilla estudiantil.

Segundo, porque en este libro se compilan un conjunto de crónicas muy bien escritas con un estilo irónico, condimentado con fino sarcasmo, con tintes autobiográficos que revelan un poco y un mucho al autor: sabremos que proviene de la Estación Mápula, ubicada a cinco kilómetros de la carretera Chihuahua-México; que vivió su infancia en la colonia Rosario de Ciudad Chihuahua; que se ha desenvuelto por mucho tiempo en el mundo de la culturité y que colecciona novias al por mayor.

Aparte de esto, sus relatos son crónicas que retratan muy bien lo que es la vida cultural de Chihuahua y de Ciudad Juárez. Es en este sentido que Te amo Alejandra resulta el único libro de periodismo cultural que se haya publicado en el estado de Chihuahua, que recoja los incidentes y pormenores de los protagonistas de nuestra vida cultural.

Esos son dos motivos suficientes para sentirme complacido ahora, si le agregamos que el libro aun está fresco y que su presencia en Ojinaga, compartiendo el autor con ustedes sus experiencias, seguramente tendremos una rica velada literaria.

Jesús Chávez Marín ha escrito en un gran número de publicaciones, en varios géneros de poesía y de prosa. Sus crónicas han aparecido en Letras al margen, columna de El Heraldo de Chihuahua; Aura y Pro/Logos, suplementos de literatura en Novedades de Chihuahua y en las revistas Synthesis, Cuadernos del Norte y Solar.

Sus crónicas han llamado la atención por su humor incisivo y crítico, que le han granjeado lectores y una que otra enemistad de quienes no toleran la crítica literaria ni de ninguna otra.

Este es un libro abierto, ameno y divertido; una especie de a, b, c, de la cultura regional. Será útil para quienes aspiran a ejercer la escritura en sus diversas formas. Te amo Alejandra es un documento que nos expone a los actores de la cultura con todo el folclor y todas sus intrigas. Es un libro que se recomienda como una guía práctica para los aspirantes a culturitos.

 

Ciudad Ojinaga, año 1995



Heriberto Ramírez Luján, filósofo mexicano, redacta la lógica con precisión de cirujano. En sus ensayos y libros de filosofía y también en sus textos literarios. Sobrio y elegante profesor, el estoicismo es divisa de su estética. Y de su gran estilo. Es licenciado en filosofía y doctor en educación por la Universidad Autónoma de Chihuahua.

El mar es un secreto de los niños

 


El mar es un secreto de los niños

 

Por René Wilson

 

Hoy me encontré

conmigo

un niño

muerto de miedo en la memoria.

 

Festival de ojos saltones

Míralos por la calle

apiñados en pirámides de compromiso, seguros en su tibieza invicta de interfones, dejando su baba entusiasta en los postigos, claqueteando sus cráneos prematuros, acribillados de slogans, medianamente satisfechos, medianamente lúgubres, medianamente esto y lo otro.

 

Our boys in Vietnam

Aleteaba al correr el niño y eran

le quemaba la voz un grito veinte

hondo arrozado histérico soldados

quedó solo durmiendo disparando.

 

Pigmalión

Hay tardes

en que me basta una canción,

cierto sabor de lluvia

o de tristeza

y eres asunto terminado.

Pero hay otras

donde no encuentro más que piedras.

Y ni modo,

yo te construyo como puedo.

 

Polvo de aquellos Pablos

¿Qué qué?

Que la aurora cumplida.

Que los caminos luminosos.

Que los cantos del pueblo harán bolillos.

Que yo te saludo hermano (muchas gracias).

Que.

Que.

 ¿Qué les pasa?

 

1

El mar

nunca amanece:

un tiburón

lo inventa

cada día.

 

2

Tentáculo del agua

la espuma

multiplica

sus ojos

transitorios.

 

3

Diplomacia cordial

la de la arena,

atenta a la embajada

de los cocos.

 

4

A veces

te vuelves de agua

y el mar

se traga

al mar

aminorándote.

 

5

El mar lamió

tu nombre

como queriendo

abrirse paso

 

6

Y mira

que la lluvia

solo enreja el mar,

tú lo humedeces.

 

7

El mar

es un secreto

de los niños.

 

8

Voy a beberme

el mar,

para alejarlo.

 

Junio 1980

 


René Wilson es un poeta chihuahuense que nació el 28 de octubre de 1953.Desde los quince años viajó por casi toda la República Mexicana ejerciendo las más disímbolas actividades. Colaboró en los suplementos literarios de los periódicos y otras publicaciones mexicanas.

domingo, 4 de enero de 2026

Hielo

 


Hielo

 

Por Guadalupe Ángeles

 

La mañana (¿qué día era?) él regaba con la manguera unas plantas (¿o eran flores?). No sé la razón, le compró algunos vestidos a mi hermana mayor, según cuenta la leyenda (o la novela familiar), le pregunté si también a mí me compraría vestidos, debe haber dicho que sí, pero se le atravesó la muerte y no lo pudo hacer.

       Alguna vez, pasando por la sala de la casa, su cuerpo iba envuelto en cobijas y llevado en vilo por alguno de sus trabajadores (¿el primer ataque cardiaco, el último?)

       No fuimos a presenciar ese acto tan simbólico como real: el descenso de su cuerpo sin vida al interior de una tumba.

      Entre todos los adultos que posiblemente opinaron sobre nuestra presencia en ese acto, parece ser que ganó la idea de que nos afectaría estar presentes, así que no fuimos invitados (¿nos quedamos en la casa con la abuela?)

      Lo que sí, y no fue nada simbólico y sí algo brutal, está la siguiente escena en mi mente, tan clara como el color de la tinta con que ahora la describo.

        También es de día, suena el teléfono, mi abuela lo contesta, la llamada es breve, está por ahí mi hermano Luis, luego de colgar el teléfono (era un teléfono de casa, antiguo ya a estas fechas), ella le dice que mi padre ha muerto, él golpea su cabeza en contra de la estructura de la litera en la que duerme, puede ser que también grita o llora.

        Quizá en ese momento mi abuela se da cuenta que vi todo, me toma de la mano y dice que vamos a comprar unos jitomates, “vamos por los centavos”, dice.

       Eso, creo, no es el recuerdo de un padre, tal vez el recuerdo sea del principio de su ausencia.

       Tal carga tiene esa palabra que dura muchos años, hasta esa Navidad en que mi madre enfrenta mi tristeza con la pregunta necesaria: “¿Lo que yo he hecho no cuenta?”

      (Será que ese señor llamado Eduardo, hasta entonces una figura de hielo enorme a la que deseaba abrazarme y ese frío, en el abrazo, solo imaginado, ¿era la causa de esa tristeza, para ella inexplicable?) 

       Y sí, caigo en cuenta e interpreto su inquietud, ¿será que le parece injusta mi tristeza por una ausencia no atribuible a nadie? (solo a la vida).

      Supongo que nos abrazamos y quizá lloramos juntas.

      No hay un hombre, hoy, al que pueda llamar compañero, hubo, sí, un esposo, luego un divorcio, luego amantes, y nada más. ¿Será que nadie tuvo ni siquiera la intención de matar a ninguna de mis tristezas?

      No sé.

      Tragedia o circunstancia, como se le prefiera llamar es simplemente el tonto juego al que se nos invita con el solo hecho de nacer: morir.

       Nacer y morir sin elección, ¿cómo no sentirnos juguetes de algún irresponsable ser?

       Y los que pregonan: hemos venido a aprender. ¿En serio?

      Sí, a aprender a perder: Padre, ilusiones, tiempo.

       Los silencios que se prenden de mis huesos, yo ya me encargo de disolverlos con estos dibujos que son palabras, hechos en mi cuaderno de eterna estudiante; sí es que venimos a aprender, no vale nudo en la garganta, ni muro de granito en el pecho. Todo ha de ser dicho y si ha de ser escrito, mejor.

       Soy mi padre en el anhelo de un abrazo, soy su ausencia en ese desear, soy un poco de su cabello y soy su misma nariz, que heredé a mi hija.

       Hay en mí de él quizá la sonrisa que, al verla en el espejo, me hace sentir que el tiempo no ha pasado y me compraré un vestido en su nombre, él no lo pudo hacer, no tuvo tiempo.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005) y Raptos (2009). Ha colaborado en ÁgoraEl FinancieroEl InformadorEl OccidentalLa Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y EspéculoPremio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente reside en Guadalajara.

Mala

 


Mala

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

I

Querida Madre Superiora:

Sé que mi salida del convento ha sido un golpe para todas las hermanas, especialmente para usted y para Sor Dolores. También sé que se ha culpado de mi deserción a Evaristo; todos piensan que él me sedujo y que por eso dejé el convento. Quiero decirle, y espero que me crea, que no fue así. La culpa es mía y solo mía.

Nunca imaginé tener tanta maldad dentro de mi alma. Esa maldad me llevó a ofrecerme al tal Evaristo; si no hubiera sido él, hubiera sido otro. La maldad no es un calor, como el de los animals. Uno tiene que calentarla.

Ya le había echado el ojo al padre Ignacio, eso hubiera sido mucho peor. Entonces apareció Evaristo, pobrecito de él. Y no digo que sea él una inocente paloma, ¡bien corridito que está! Pero no se enamoró de una monja así nomás: Esta monja tuvo que provocarlo, que enseñarle todo. Parecía feliz con lo que le daba, pero ya comenzó a caer de la nube y sé que en poco tiempo lo haré muy infeliz. Mi maldad así lo dicta. Esa es la idea.

Se preguntará por qué le escribo esto.

Pues alguna vez le oí explicar a las hermanas cómo es que una de ellas había dejado la comunidad. Lo hizo usted hablando de los "impulsos humanos normales" y la "vocación débil" de la que se había ido. Pues quiero que sepa usted que ese no es mi caso. Como lo dije arriba, fue la pura maldad cobijada en mi alma. Para que usted lo sepa, el día que pronuncié mis votos estaba completamente convencida de que el Señor me llamaba y que era lo que yo quería, lo que más quería en mi vida. Pero unos cuantos días después la maldad dentro de mí comenzó a hablarme. Era como la voz que los enfermos que atendemos en el hospital dicen oír, pero más compleja e insistente. Me decía que no podría ejercer plenamente mi maldad si continuaba de monja y sirviendo en el sanatorio. El mensaje era claro: debía colgar los hábitos. ¿Cómo hacerlo? Pues lo más fácil fue seguir el ejemplo que había visto tantas veces: enredarme con alguien.

Ahora mismo aguardo el momento para dejar a Evaristo e ir con mi maldad a causar daño a otra parte.

Y por supuesto, escribo esto en un momento en que mi maldad está mirando hacia otro lado. A ella no le importaría que usted supiera todo esto. A mí, sí. Quiero que sepa de mi maldad y de lo feliz que ella me hace.
Su hija mala.

II

El despacho de la Madre Superiora estaba pintado de gris claro. De una pared lateral colgaba un cuadro con la imagen de la Inmaculada, y en la del fondo un gran crucifijo. Detrás de un vetusto escritorio, sentada en una silla giratoria, estaba la Madre Superiora. Era una religiosa de aspecto impresionante: robusta y con un impecable hábito de su orden que sin ningún ornamento y, sin que ella dijera una sola palabra, sabía uno que era la que mandaba ahí. Una lágrima se deslizaba por su mejilla. En eso, la hermana Dolores, una monja alta y delgada, pálida como papel, entra al despacho y saluda:

Ave María.

La Superiora responde en voz tan baja que uno tiene que adivinar que dijo: "Sin pecado concebida"

Madre Superiora, ¿está bien?

Sí. ¿Por qué, Hermana Dolores?

Pues, con todo respeto, es que la sorprendí llorando.

Creo que soy muy sentimental, esta carta me ha conmovido mucho. Es de una persona que necesita mucha oración.

¿Y la pide en la carta?

No exactamente, pero puedo leerlo entre líneas.

¿Puedo preguntarle de quien viene la carta? Yo puse su correo sobre el escritorio y la letra en ese sobre me pareció ser de la hermana... que nos dejó.

En efecto, así es. Sé que usted la apreciaba mucho. Póngala en sus oraciones. De verdad lo necesita.

Puso la mano derecha sobre la carta que yacía sobre el escritorio y, dudando si pasársela o no a la hermana Dolores para que la leyera, al fin lo hizo. Dolores, temiendo que la Superiora se arrepintiera y se la quitara antes de que la acabara de leer, leyó rápidamente.

¡Oh Dios! exclamó, devolviendo al tiempo la carta a la Superiora, quien la tomó con la punta de los dedos y la volvió a poner sobre la mesa. Las dos lloraban ahora.

III

Al final del claustro se abría una ventana de cuyo marco colgaba una pequeña jaula. Ahí estaba un canario.

Hermana Sofía, el canario ha dejado de cantar.

Sí, desde que la hermana se fue.

Sí, es que ellos, los animalitos saben.

Ya se repondrá.

Tal vez sí, tal vez no.

Lo sabremos si comienza a cantar otra vez.

IV

¡Madre Superiora, la busca Evaristo.

¡Ay, Señor, qué cinismo! ¿Qué quiere?

Dijo que había dejado un trabajo pendiente cuando se fue, y que tal vez lo necesitaramos para terminarlo.

¡No sé de que habla! Vendrá a sonsacar a otra hermana. Pero... pues bien, dile que pase.

La hermana portera salió a buscarlo, y minutos después entró Evaristo. Era un hombre relativamente joven, con barba de tres días, enfundado en un overol de obrero con manchas de aceite. Calzaba botas mineras y lucía una gorra de béisbol.

Buenos días, Madre Superiora.

Buenos días, Evaristo. Dime qué quieres, sé breve por favor, estoy muy ocupada.

Quiero terminar el reforzamiento del tejabán de atrás que había comenzado, cuando pasó lo de la hermanita que me pidió que la ayudara.

¿Ayudara?

Sí, a salir del convento. Dijo que para hacerlo debía decir que se iba conmigo.

Y por lo visto se fue.

Pero en cuanto llegó a donde me pidió que la llevara, creo que casa de una prima suya de ella, me dijo que ya no me necesitaba, me dio un dinerito y me despidió. No la he vuelto a ver.

―¿Entonces aquello, es decir, como pareja, no progresó?

¿Qué quiere decir?

¡Eso mismo!

¡Ay Madrecita! Nunca hubo nada de eso. Si acepté ayudarla es porque ella hasta el día que nos fuimos de aquí siempre había sido muy buena conmigo. Pero de aquello, pues nunca hubo nada, ¡se lo juro!

No hay que jurar en vano, Evaristo. No hay que jurar.

Un tanto confundida, la religiosa ya no supo qué decir. Su preparación como directora y administradora le dictaba que lo mejor que podía hacer era tener tiempo para pensarlo:

Mira Evaristo, no te puedo responder ahora mismo, tengo que consultar con nuestras finanzas para saber si continuamos con lo del tejabán.

Como usted quiera, pero sepa que no pasó nada de lo que está pensando.

Evaristo caminó hacia atrás y no podía quitar la vista de la cara asombrada de la Madre Superiora.

"Oh maldad de maldades", pensó la monja.

V

¿Que por qué no me voy a mi casa en vez de venir aquí contigo? ¡Ay querida prima! Pues tú me invitaste hace mucho. ¿Qué ya no te acuerdas?

Pues sí. Pero eso fue antes de que te metieras al convento.

Precisamente. Ellos no aprobaron mi decisión. Ahora no puedo volver así como así. No sé que dirán cuando sepan que he abandonado el convento.

Ya lo saben.

¿Quién les dijo?

Pues yo.

Cayendo en la cuenta de que no podía navegar en la vida ignorando como los demás reaccionarían a lo que ella hacía, se abstuvo de reclamarle, a pesar de sentir que la prima la había traicionado. Solo preguntó:

¿Y qué dijeron?

Tu mamá no dijo nada, solo se soltó llorando. Tu padre la emprendió en tu contra llamándote impulsiva, inmadura, infantil, pero sobre todo malvada. “Espero que ahora no se asome por esa puerta pidiendo perdón”, dijo.

Pues tiene razón en lo de malvada. Lo soy. Pero por qué habría de pedir perdón. No les gustó que entrara al convento, ¿y ahora no les gusta que me saliera?

¡Ay prima! Lo que no les gusta es que seas como eres.

¿Mala, dices?

VI

Correo electrónico del doctor Pietro.

Estimado Doctor:

Le escribo para cancelar mi cita de este mes, y posiblemente darme de alta de sus servicios por los cuales estoy muy agradecida. Y es que ya estoy bien.

Mi maldad se ha calmado. Ya no me habla constantemente. Ya no me dice que debo de andar por ahí dañando a nadie. Es un alivio, pero no atenúa el daño que ya hice y, es más, ni quiero que se atenúe. De hecho no llevo ningún remordimiento en mi conciencia. Tal vez ni conciencia tengo. De cualquier forma reconozco que su tratamiento me ayudó y que ya puedo vivir con la persona que soy. Gracias de nuevo.

Señorita Alicia, por favor conteste ese correo. Dígale a la paciente que yo no la he dado de alta. Pero que si ya no quiere verme, que le pida a su médico familiar que le siga recetando el tratamiento que está tomando, y que por ningún motivo debe interrumpir.

VII


Conversación entre comadres.

¿Has oído de tu hija?

No, lo último que supe de ella fue que ya no vivía con su prima.

¿Adelaida?

Sí, esa.

¡Pobrecita! ¡Qué paciencia!

¿Te refieres a lidiar con ella?

Y a otras cosas. ¿No te da pendiente no saber de ella?

¡Claro que sí!

¿Has pensado llamar a la policía? ¿Reportarla como perdida?

Sí, pero mi marido no quiere. Dice que está Perdida, pero en el otro sentido de la palabra. Otra vez dijo que ya volverá cuando le de hambre.

―¿Tienes alguna pista de dónde pueda estar?

Solo lo que la prima oyó de ella: que estaba poseída, posesa, como se diga, por la maldad. Que se iría a donde pudiera hacer más daño.

¿A donde van las chicas malas?

No precisamente. Lo que entendió Adelaida es que hallaría un hombre al cual arruinarle la vida.

¡Se me hace que ella sabe algo más, pero no quiere hablar!

Puede ser. Pero no puedo hacer nada sino rezar por ella. Ahora mismo voy a Misa. Acompáñame comadre. 

VIII

Otro día, las mismas comadres.

¡Comadre!

¿Qué pasa?

¡Pues que la ví! Iba en un carrazo último modelo.

¿Seguro que era ella?

Como si hubiera visto a la virgen, oops quiero decir.

--No se disculpe. solo quiso decir que sí, que era ella. Lo que importa es que está viva y bien. Bueno, por lo menos viva.

IX

A la distancia, ella:

La maldad no se cura.

El canario en el claustro del convento nunca volvió a cantar.

 


Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.