Antes/ 14
Avenida Independencia
Archivo Raúl Herrera
Presentación del libro Te amo Alejandra
en Ciudad Ojinaga
Por Heriberto Ramírez
Resulta para mí un gran gusto presentar a
ustedes el libro Te amo Alejandra, de Jesús Chávez Marín, por dos
razones: Primero, por ser Jesús uno de mis cuates que más estimo, bueno, más
que cuate ahora también es mi colega. Lo conocí a raíz de mi ingreso en la
Facultad de Filosofía y Letras de la UACH, donde él cursaba la carrera de
letras, aunque en aquel tiempo nuestra relación se limitó solamente a la grilla
estudiantil.
Segundo, porque en este libro se compilan un
conjunto de crónicas muy bien escritas con un estilo irónico, condimentado con
fino sarcasmo, con tintes autobiográficos que revelan un poco y un mucho al
autor: sabremos que proviene de la Estación Mápula, ubicada a cinco kilómetros
de la carretera Chihuahua-México; que vivió su infancia en la colonia Rosario
de Ciudad Chihuahua; que se ha desenvuelto por mucho tiempo en el mundo de la
culturité y que colecciona novias al por mayor.
Aparte de esto, sus relatos son crónicas que
retratan muy bien lo que es la vida cultural de Chihuahua y de Ciudad Juárez.
Es en este sentido que Te amo Alejandra resulta el único libro de periodismo
cultural que se haya publicado en el estado de Chihuahua, que recoja los
incidentes y pormenores de los protagonistas de nuestra vida cultural.
Esos son dos motivos suficientes para
sentirme complacido ahora, si le agregamos que el libro aun está fresco y que
su presencia en Ojinaga, compartiendo el autor con ustedes sus experiencias,
seguramente tendremos una rica velada literaria.
Jesús Chávez Marín ha escrito en un gran
número de publicaciones, en varios géneros de poesía y de prosa. Sus crónicas
han aparecido en Letras al margen, columna de El Heraldo de Chihuahua; Aura y
Pro/Logos, suplementos de literatura en Novedades de Chihuahua y en las
revistas Synthesis, Cuadernos del Norte y Solar.
Sus crónicas han llamado la atención por su
humor incisivo y crítico, que le han granjeado lectores y una que otra
enemistad de quienes no toleran la crítica literaria ni de ninguna otra.
Este es un libro abierto, ameno y divertido;
una especie de a, b, c, de la cultura regional. Será útil para quienes aspiran
a ejercer la escritura en sus diversas formas. Te amo Alejandra es un documento
que nos expone a los actores de la cultura con todo el folclor y todas sus
intrigas. Es un libro que se recomienda como una guía práctica para los
aspirantes a culturitos.
Ciudad Ojinaga, año 1995
Heriberto Ramírez Luján, filósofo mexicano, redacta la lógica con precisión de cirujano. En sus ensayos y libros de filosofía y también en sus textos literarios. Sobrio y elegante profesor, el estoicismo es divisa de su estética. Y de su gran estilo. Es licenciado en filosofía y doctor en educación por la Universidad Autónoma de Chihuahua.
El mar es un secreto de los niños
Por René Wilson
Hoy me encontré
conmigo
un niño
muerto de miedo en la memoria.
Festival de ojos saltones
Míralos por la calle
apiñados en pirámides de compromiso, seguros
en su tibieza invicta de interfones, dejando su baba entusiasta en los
postigos, claqueteando sus cráneos prematuros, acribillados de slogans,
medianamente satisfechos, medianamente lúgubres, medianamente esto y lo otro.
Our boys in Vietnam
Aleteaba al correr el niño y eran
le quemaba la voz un grito veinte
hondo arrozado histérico soldados
quedó solo durmiendo disparando.
Pigmalión
Hay tardes
en que me basta una canción,
cierto sabor de lluvia
o de tristeza
y eres asunto terminado.
Pero hay otras
donde no encuentro más que piedras.
Y ni modo,
yo te construyo como puedo.
Polvo de aquellos Pablos
¿Qué qué?
Que la aurora cumplida.
Que los caminos luminosos.
Que los cantos del pueblo harán bolillos.
Que yo te saludo hermano (muchas gracias).
Que.
Que.
¿Qué
les pasa?
1
El mar
nunca amanece:
un tiburón
lo inventa
cada día.
2
Tentáculo del agua
la espuma
multiplica
sus ojos
transitorios.
3
Diplomacia cordial
la de la arena,
atenta a la embajada
de los cocos.
4
A veces
te vuelves de agua
y el mar
se traga
al mar
aminorándote.
5
El mar lamió
tu nombre
como queriendo
abrirse paso
6
Y mira
que la lluvia
solo enreja el mar,
tú lo humedeces.
7
El mar
es un secreto
de los niños.
8
Voy a beberme
el mar,
para alejarlo.
Junio 1980
René Wilson es un poeta chihuahuense que nació el 28 de octubre de 1953.Desde los quince años viajó por casi toda la República Mexicana ejerciendo las más disímbolas actividades. Colaboró en los suplementos literarios de los periódicos y otras publicaciones mexicanas.
Hielo
Por Guadalupe Ángeles
La mañana
(¿qué día era?) él regaba con la manguera unas plantas (¿o eran flores?). No sé
la razón, le compró algunos vestidos a mi hermana mayor, según cuenta la
leyenda (o la novela familiar), le pregunté si también a mí me compraría
vestidos, debe haber dicho que sí, pero se le atravesó la muerte y no lo pudo
hacer.
Alguna vez, pasando por la sala de la casa, su cuerpo iba envuelto en cobijas y
llevado en vilo por alguno de sus trabajadores (¿el primer ataque cardiaco, el
último?)
No fuimos a presenciar ese acto tan simbólico como real: el descenso de su
cuerpo sin vida al interior de una tumba.
Entre todos los adultos que posiblemente opinaron sobre nuestra presencia en
ese acto, parece ser que ganó la idea de que nos afectaría estar presentes, así
que no fuimos invitados (¿nos quedamos en la casa con la abuela?)
Lo que sí, y no fue nada simbólico y sí algo brutal, está la siguiente escena
en mi mente, tan clara como el color de la tinta con que ahora la describo.
También es de día, suena el teléfono, mi abuela lo contesta, la llamada es
breve, está por ahí mi hermano Luis, luego de colgar el teléfono (era un
teléfono de casa, antiguo ya a estas fechas), ella le dice que mi padre ha
muerto, él golpea su cabeza en contra de la estructura de la litera en la que
duerme, puede ser que también grita o llora.
Quizá en ese momento mi abuela se da cuenta que vi todo, me toma de la mano y
dice que vamos a comprar unos jitomates, “vamos por los centavos”, dice.
Eso, creo, no es el recuerdo de un padre, tal vez el recuerdo sea del principio
de su ausencia.
Tal carga tiene esa palabra que dura muchos años, hasta esa Navidad en que mi
madre enfrenta mi tristeza con la pregunta necesaria: “¿Lo que yo he hecho no
cuenta?”
(Será que ese señor llamado Eduardo, hasta entonces una figura de hielo enorme
a la que deseaba abrazarme y ese frío, en el abrazo, solo imaginado, ¿era la
causa de esa tristeza, para ella inexplicable?)
Y sí, caigo en cuenta e interpreto su inquietud, ¿será que le parece injusta mi
tristeza por una ausencia no atribuible a nadie? (solo a la vida).
Supongo que nos abrazamos y quizá lloramos juntas.
No hay un hombre, hoy, al que pueda llamar compañero, hubo, sí, un esposo,
luego un divorcio, luego amantes, y nada más. ¿Será que nadie tuvo ni siquiera
la intención de matar a ninguna de mis tristezas?
No sé.
Tragedia o circunstancia, como se le prefiera llamar es simplemente el tonto
juego al que se nos invita con el solo hecho de nacer: morir.
Nacer y morir sin elección, ¿cómo no sentirnos juguetes de algún irresponsable
ser?
Y los que pregonan: hemos venido a aprender. ¿En serio?
Sí, a aprender a perder: Padre, ilusiones, tiempo.
Los silencios que se prenden de mis huesos, yo ya me encargo de disolverlos con
estos dibujos que son palabras, hechos en mi cuaderno de eterna estudiante; sí
es que venimos a aprender, no vale nudo en la garganta, ni muro de granito en
el pecho. Todo ha de ser dicho y si ha de ser escrito, mejor.
Soy mi padre en el anhelo de un abrazo, soy su ausencia en ese desear, soy un
poco de su cabello y soy su misma nariz, que heredé a mi hija.
Hay en mí de él quizá la sonrisa que, al verla en el espejo, me hace sentir que
el tiempo no ha pasado y me compraré un vestido en su nombre, él no lo pudo
hacer, no tuvo tiempo.
Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005) y Raptos (2009). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente reside en Guadalajara.
Mala
Por Fructuoso Irigoyen Rascón
I
Querida Madre Superiora:
Sé que mi salida del convento ha sido un golpe
para todas las hermanas, especialmente para usted y para Sor Dolores. También
sé que se ha culpado de mi deserción a Evaristo; todos piensan que él me sedujo
y que por eso dejé el convento. Quiero decirle, y espero que me crea, que no
fue así. La culpa es mía y solo mía.
Nunca imaginé tener tanta maldad dentro de mi
alma. Esa maldad me llevó a ofrecerme al tal Evaristo; si no hubiera sido él,
hubiera sido otro. La maldad no es un calor, como el de los animals. Uno tiene
que calentarla.
Ya le había echado el ojo al padre Ignacio,
eso hubiera sido mucho peor. Entonces apareció Evaristo, pobrecito de él. Y no
digo que sea él una inocente paloma, ¡bien corridito que está! Pero no se
enamoró de una monja así nomás: Esta monja tuvo que provocarlo, que enseñarle
todo. Parecía feliz con lo que le daba, pero ya comenzó a caer de la nube y sé
que en poco tiempo lo haré muy infeliz. Mi maldad así lo dicta. Esa es la idea.
Se preguntará por qué le escribo esto.
Pues alguna vez le oí explicar a las hermanas
cómo es que una de ellas había dejado la comunidad. Lo hizo usted hablando de
los "impulsos humanos normales" y la "vocación débil" de la
que se había ido. Pues quiero que sepa usted que ese no es mi caso. Como lo
dije arriba, fue la pura maldad cobijada en mi alma. Para que usted lo sepa, el
día que pronuncié mis votos estaba completamente convencida de que el Señor me
llamaba y que era lo que yo quería, lo que más quería en mi vida. Pero unos
cuantos días después la maldad dentro de mí comenzó a hablarme. Era como la voz
que los enfermos que atendemos en el hospital dicen oír, pero más compleja e
insistente. Me decía que no podría ejercer plenamente mi maldad si continuaba
de monja y sirviendo en el sanatorio. El mensaje era claro: debía colgar los
hábitos. ¿Cómo hacerlo? Pues lo más fácil fue seguir el ejemplo que había visto
tantas veces: enredarme con alguien.
Ahora mismo aguardo el momento para dejar a
Evaristo e ir con mi maldad a causar daño a otra parte.
Y por supuesto, escribo esto en un momento en
que mi maldad está mirando hacia otro lado. A ella no le importaría que usted
supiera todo esto. A mí, sí. Quiero que sepa de mi maldad y de lo feliz que
ella me hace.
Su hija mala.
II
El despacho de la Madre Superiora estaba
pintado de gris claro. De una pared lateral colgaba un cuadro con la imagen de
la Inmaculada, y en la del fondo un gran crucifijo. Detrás de un vetusto
escritorio, sentada en una silla giratoria, estaba la Madre Superiora. Era una
religiosa de aspecto impresionante: robusta y con un impecable hábito de su
orden que sin ningún ornamento y, sin que ella dijera una sola palabra, sabía
uno que era la que mandaba ahí. Una lágrima se deslizaba por su mejilla. En
eso, la hermana Dolores, una monja alta y delgada, pálida como papel, entra al
despacho y saluda:
―Ave
María.
La Superiora responde en voz tan baja que uno
tiene que adivinar que dijo: "Sin pecado concebida"
―Madre
Superiora, ¿está bien?
―Sí. ¿Por
qué, Hermana Dolores?
―Pues,
con todo respeto, es que la sorprendí llorando.
―Creo
que soy muy sentimental, esta carta me ha conmovido mucho. Es de una persona
que necesita mucha oración.
―¿Y la
pide en la carta?
―No
exactamente, pero puedo leerlo entre líneas.
―¿Puedo
preguntarle de quien viene la carta? Yo puse su correo sobre el escritorio y la
letra en ese sobre me pareció ser de la hermana... que nos dejó.
―En
efecto, así es. Sé que usted la apreciaba mucho. Póngala en sus oraciones. De
verdad lo necesita.
Puso la mano derecha sobre la carta que yacía
sobre el escritorio y, dudando si pasársela o no a la hermana Dolores para que
la leyera, al fin lo hizo. Dolores, temiendo que la Superiora se arrepintiera y
se la quitara antes de que la acabara de leer, leyó rápidamente.
―¡Oh
Dios! ―exclamó, devolviendo al tiempo la
carta a la Superiora, quien la tomó con la punta de los dedos y la volvió a
poner sobre la mesa. Las dos lloraban ahora.
III
Al final del claustro se abría una ventana de
cuyo marco colgaba una pequeña jaula. Ahí estaba un canario.
―Hermana
Sofía, el canario ha dejado de cantar.
―Sí,
desde que la hermana se fue.
―Sí,
es que ellos, los animalitos saben.
―Ya se
repondrá.
―Tal
vez sí, tal vez no.
―Lo
sabremos si comienza a cantar otra vez.
IV
―¡Madre
Superiora, la busca Evaristo.
―¡Ay,
Señor, qué cinismo! ¿Qué quiere?
―Dijo
que había dejado un trabajo pendiente cuando se fue, y que tal vez lo
necesitaramos para terminarlo.
―¡No
sé de que habla! Vendrá a sonsacar a otra hermana. Pero... pues bien, dile que
pase.
La hermana portera salió a buscarlo, y minutos
después entró Evaristo. Era un hombre relativamente joven, con barba de tres
días, enfundado en un overol de obrero con manchas de aceite. Calzaba botas
mineras y lucía una gorra de béisbol.
―Buenos
días, Madre Superiora.
―Buenos
días, Evaristo. Dime qué quieres, sé breve por favor, estoy muy ocupada.
―Quiero
terminar el reforzamiento del tejabán de atrás que había comenzado, cuando pasó
lo de la hermanita que me pidió que la ayudara.
―¿Ayudara?
―Sí, a
salir del convento. Dijo que para hacerlo debía decir que se iba conmigo.
―Y por
lo visto se fue.
―Pero en
cuanto llegó a donde me pidió que la llevara, creo que casa de una prima suya
de ella, me dijo que ya no me necesitaba, me dio un dinerito y me despidió. No
la he vuelto a ver.
―¿Entonces
aquello, es decir, como pareja, no progresó?
―¿Qué
quiere decir?
―¡Eso
mismo!
―¡Ay
Madrecita! Nunca hubo nada de eso. Si acepté ayudarla es porque ella hasta el
día que nos fuimos de aquí siempre había sido muy buena conmigo. Pero de
aquello, pues nunca hubo nada, ¡se lo juro!
―No
hay que jurar en vano, Evaristo. No hay que jurar.
Un tanto confundida, la religiosa ya no supo
qué decir. Su preparación como directora y administradora le dictaba que lo
mejor que podía hacer era tener tiempo para pensarlo:
―Mira
Evaristo, no te puedo responder ahora mismo, tengo que consultar con nuestras
finanzas para saber si continuamos con lo del tejabán.
―Como
usted quiera, pero sepa que no pasó nada de lo que está pensando.
Evaristo caminó hacia atrás y no podía quitar
la vista de la cara asombrada de la Madre Superiora.
"Oh maldad de maldades", pensó la
monja.
V
―¿Que
por qué no me voy a mi casa en vez de venir aquí contigo? ¡Ay querida prima!
Pues tú me invitaste hace mucho. ¿Qué ya no te acuerdas?
―Pues
sí. Pero eso fue antes de que te metieras al convento.
―Precisamente.
Ellos no aprobaron mi decisión. Ahora no puedo volver así como así. No sé que
dirán cuando sepan que he abandonado el convento.
―Ya lo
saben.
―¿Quién
les dijo?
―Pues
yo.
Cayendo en la cuenta de que no podía navegar
en la vida ignorando como los demás reaccionarían a lo que ella hacía, se
abstuvo de reclamarle, a pesar de sentir que la prima la había traicionado. Solo
preguntó:
―¿Y
qué dijeron?
―Tu
mamá no dijo nada, solo se soltó llorando. Tu padre la emprendió en tu contra
llamándote impulsiva, inmadura, infantil, pero sobre todo malvada. “Espero que
ahora no se asome por esa puerta pidiendo perdón”, dijo.
―Pues
tiene razón en lo de malvada. Lo soy. Pero por qué habría de pedir perdón. No
les gustó que entrara al convento, ¿y ahora no les gusta que me saliera?
―¡Ay
prima! Lo que no les gusta es que seas como eres.
―¿Mala,
dices?
VI
Correo electrónico del doctor Pietro.
Estimado Doctor:
Le escribo para cancelar mi cita de este mes,
y posiblemente darme de alta de sus servicios por los cuales estoy muy
agradecida. Y es que ya estoy bien.
Mi maldad se ha calmado. Ya no me habla
constantemente. Ya no me dice que debo de andar por ahí dañando a nadie. Es un
alivio, pero no atenúa el daño que ya hice y, es más, ni quiero que se atenúe.
De hecho no llevo ningún remordimiento en mi conciencia. Tal vez ni conciencia
tengo. De cualquier forma reconozco que su tratamiento me ayudó y que ya puedo
vivir con la persona que soy. Gracias de nuevo.
―Señorita
Alicia, por favor conteste ese correo. Dígale a la paciente que yo no la he
dado de alta. Pero que si ya no quiere verme, que le pida a su médico familiar
que le siga recetando el tratamiento que está tomando, y que por ningún motivo
debe interrumpir.
VII
Conversación entre comadres.
―¿Has
oído de tu hija?
―No,
lo último que supe de ella fue que ya no vivía con su prima.
―¿Adelaida?
―Sí,
esa.
―¡Pobrecita!
¡Qué paciencia!
―¿Te
refieres a lidiar con ella?
―Y a
otras cosas. ¿No te da pendiente no saber de ella?
―¡Claro
que sí!
―¿Has
pensado llamar a la policía? ¿Reportarla como perdida?
―Sí,
pero mi marido no quiere. Dice que está Perdida, pero en el otro sentido de la
palabra. Otra vez dijo que ya volverá cuando le de hambre.
―¿Tienes alguna
pista de dónde pueda estar?
―Solo
lo que la prima oyó de ella: que estaba poseída, posesa, como se diga, por la
maldad. Que se iría a donde pudiera hacer más daño.
―¿A
donde van las chicas malas?
―No
precisamente. Lo que entendió Adelaida es que hallaría un hombre al cual
arruinarle la vida.
―¡Se
me hace que ella sabe algo más, pero no quiere hablar!
―Puede
ser. Pero no puedo hacer nada sino rezar por ella. Ahora mismo voy a Misa.
Acompáñame comadre.
VIII
Otro día, las mismas comadres.
―¡Comadre!
―¿Qué
pasa?
―¡Pues
que la ví! Iba en un carrazo último modelo.
―¿Seguro
que era ella?
―Como
si hubiera visto a la virgen, oops quiero decir.
―--No
se disculpe. solo quiso decir que sí, que era ella. Lo que importa es que está
viva y bien. Bueno, por lo menos viva.
IX
A la distancia, ella:
―La
maldad no se cura.
El canario en el claustro del convento nunca
volvió a cantar.
Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores y Un valle de imaginación y recuerdos.