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lunes, 9 de septiembre de 2024

La sinfonía de los despertares, episodio 6: Ecos en la oscuridad. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

La sinfonía de los despertares, episodio 6: Ecos en la oscuridad

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

El sol brillaba débilmente sobre la tierra, pero su luz no traía calor. Elisa, Gerardo y Nubia estaban de pie, contemplando la vasta extensión de la ciudad vacía. Aunque el portal se había cerrado, aunque el sacrificio se había consumado, algo en el aire seguía sintiéndose roto. El silencio no daba alivio; era más como una sombra pesada que envolvía cuerpos y mentes.

Algo había cambiado, y no solo dentro de ellos. Lo sentían como una vibración, una grieta invisible en la realidad que ahora conectaba sus conciencias. Mientras caminaban por las calles desiertas, sus pensamientos se entrelazaban sin que ninguno hablara. Era como si las paredes de sus mentes hubieran sido desgarradas, dejándolos expuestos, vulnerables.

―¿Lo sienten?

La voz de Nubia temblaba al romper el silencio, sus ojos brillaban con un miedo contenido. Ella había sido la más racional de los tres, siempre buscando respuestas, pero ahora no estaba segura de nada. Había algo flotando en el aire, una presencia intangible.

Elisa asintió lentamente, su mirada perdida en las ruinas que se alzaban a su alrededor. La ciudad, que alguna vez fue su hogar, ahora era un reflejo de su interior: derruida, despojada de significado. Cada paso se sentía como una marcha hacia el vacío, como si el mundo que hubiera sido suplantado por algo irreal. La conciencia es nuestra última esperanza, se repetía, pero las palabras sonaban huecas en su mente.

Gera, normalmente imperturbable, no podía ignorar la sensación en su pecho. Algo oscuro se retorcía dentro de él, un remanente del portal que había absorbido parte de su alma. En su mente, escenas del pasado volvían, distorsionadas, cargadas de culpa. ¿Qué habíamos despertado en el sacrificio?, pensaba, mientras su mano inconscientemente buscaba el cuchillo en su cinturón, como si pudiera cortar el aire a su alrededor para despejar las sombras.

De repente, el suelo bajo sus pies tembló levemente. Fue un movimiento apenas perceptible, pero lo suficiente para detenerlos en seco. Los tres intercambiaron miradas, el terror comenzando a apoderarse de sus corazones.

—No fue suficiente… —susurró Elisa, comprendiendo finalmente lo que sentían—. El portal no se ha cerrado del todo.

Antes de que pudieran procesar lo que Elisa había dicho, una figura emergió de entre las sombras de los edificios derruidos. Era alto, de proporciones humanas, pero con una presencia que parecía descomponer la luz a su alrededor. Sus ojos no eran más que dos pozos oscuros, insondables. Nubia reconoció a la entidad que había visto antes, la que les había advertido sobre el sacrificio.

—No fueron los únicos en hacer un sacrificio —dijo la figura con una voz que parecía provenir de todas partes y de ninguna. —La oscuridad tiene hambre… y nunca se sacia por completo.

La presencia de la figura se hizo más opresiva, como si el aire mismo estuviera conspirando contra ellos. Elisa retrocedió un paso, el miedo la atravesaba como un cuchillo. La conciencia es la última esperanza, se repetía, pero ahora entendía lo que aquello realmente significaba.

—No lo hicimos bien, ¿verdad? —Nubia habló con una mezcla de rabia y terror—. Pensamos que lo habíamos detenido, pero no hicimos más que alimentarlo.

Lágrimas bañaron su rostro.

—Perdimos algo y no fue para nada.

La figura asintió, lenta y ominosamente. —El portal no se cierra con un sacrificio físico. Es la rendición de lo que más valoran, de lo que los mantiene cuerdos. Sus almas están marcadas; ahora son parte del ciclo. No todo lo que pasa es al azar; por una razón, sus caminos están unidos.

Elisa cayó de rodillas, su respiración entrecortada. Los ecos de la batalla interior se intensificaban en su mente. No solo había perdido algo de sí misma, sino que había abierto una puerta que nunca debió tocar. ¿Cómo puede la conciencia ser la última esperanza cuando está siendo devorada?

Gera, que había permanecido en silencio, aún sostenía su cuchillo. Se acercó a la figura con paso lento, su cuerpo rígido, pero sus ojos reflejaban una determinación nacida del miedo.

—¿Qué quieres de nosotros? Nos quitaste todo… ¿Qué más podemos darte? Deja de jugar y sé claro, o voy a clavarte este metal en lo más profundo.

La figura se inclinó hacia él, su rostro sin rasgos reflejando el vacío que ellos sentían.

—Admiro la valentía humana; el calor de sus almas no se compara con nada. Los del abismo la admiran. Muy bien —dijo, mirando a los tres—. Ya me dieron lo necesario. Ahora les queda una elección: seguir adelante, marcados por el hambre de la oscuridad, o entregarse por completo… y desaparecer.

La palabra «desaparecer» resonó en el aire como un golpe de martillo, y por un momento, todos sintieron el peso abrumador de la elección que debían hacer. No era solo la oscuridad externa la que debían enfrentar; eran sus propias sombras internas, esas que habían comenzado a consumirlos.

Nubia, quien siempre había estado en busca de la verdad, sintió cómo la comprensión se abría paso en su mente, un doloroso despertar.

—No hay salvación, ¿verdad? No de la forma en la que creíamos.

La figura no respondió, pero su silencio fue suficiente. La verdad era aún más aterradora que la oscuridad: no había un final claro, solo un ciclo de sacrificios y elecciones que los llevarían cada vez más profundo en el abismo.

Elisa se puso de pie lentamente, su mirada ahora firme, aunque vacía.

—Si hemos sido marcados, entonces tenemos que seguir adelante.

Sus palabras eran un eco de su antiguo mantra, pero ahora cargadas de una aceptación resignada.

Gera y Nubia la miraron, y en ese momento entendieron lo mismo. No había vuelta atrás. Lo que habían desatado dentro de sí mismos no podía ser contenido ni erradicado. No eran los salvadores del mundo; eran las últimas notas de una sinfonía incompleta, condenados a vagar por las ruinas, buscando respuestas en la oscuridad que ellos mismos habían alimentado.

El precio de la supervivencia no era la vida… era el alma.

La figura se desvaneció en el aire, dejando a los tres sumidos en un silencio mortal. Las sombras se alargaban a su alrededor, y mientras avanzaban, cada paso resonaba en el vacío, como una sentencia que caía sobre ellos.

Ahora sabían que la verdadera lucha no era contra el portal, ni contra el cataclismo que había destruido el mundo. Era una batalla interminable dentro de ellos mismos, una danza con la oscuridad que nunca dejaría de perseguirlos.

La sinfonía de los despertares había comenzado, y no había fin a la vista.

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 2 de septiembre de 2024

La sinfonía de los despertares, episodio 5: El precio de la oscuridad Por Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

La sinfonía de los despertares, episodio 5: El precio de la oscuridad

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

El viento rugía entre las ruinas de Smart La Villita levantando remolinos de polvo y ceniza que se mezclaban con la niebla. Los tres se quedaron en silencio, la advertencia de la figura aun resonaba en sus mentes como una campana fúnebre. Elisa, Nubia y Gera sabían que el destino de la humanidad pendía de un hilo, y que la decisión que debían tomar no solo definiría sus vidas, sino el curso de la historia.

Gera fue el primero en romper el silencio, su voz grave y llena de determinación.

—No podemos permitir que todo esto haya sido en vano. Si debemos hacer un sacrificio, que así sea. No podemos detenernos ahora; todo esto lo hicimos buscando un cambio.

Sus palabras estaban cargadas de un coraje frío, pero debajo de esa fachada de acero sus ojos reflejaban el temor de lo que estaba por venir.

Elisa asintió, su rostro pálido pero resuelto. Sabía que el camino que habían elegido era peligroso, pero también sabía que era el único que les quedaba. La conciencia, su mayor refugio, ahora se convertía en un campo de batalla interno, donde las sombras de la duda y el miedo se alzaban.

—Debemos encontrar el portal y cerrarlo antes de que sea tarde. Pero… ¿quién pagará el precio?

Nubia, que había permanecido en silencio hasta ese momento, finalmente habló, su voz quebrada por la mezcla de miedo y desesperación.

—No puede ser tan simple, ¿verdad? El precio… el sacrificio… No puede ser una decisión que tomemos a la ligera. Estamos hablando de una vida. ¿Cómo podemos decidir quién… quién no regresará?

El silencio volvió a envolverlos, pesado y opresivo. Cada uno sabía que la elección que se avecinaba era difícil, una carga que ninguno estaba dispuesto a llevar, pero que al mismo tiempo no podían rechazar. Las sombras parecían moverse a su alrededor y en su interior, susurrando palabras inaudibles que se mezclaban con el viento, como si el propio universo estuviera impacientándose por la decisión que debía tomarse.

—Hay algo que no estamos viendo —dijo Gabe finalmente, su mente buscando una salida a la encrucijada en la que se encontraban—. La figura… habló de restaurar el equilibrio, de devolver el poder. ¿Y si… no es uno de nosotros quien debe sacrificarse? ¿Y si hay otra manera?

Elisa lo miró, sus ojos llenos de esperanza y temor.

—¿Qué estás sugiriendo? ¿Qué otra cosa podría devolver el equilibrio si no es una vida humana?

Gera respiró hondo, su mente estaba trabajando a toda velocidad mientras trataba de conectar los puntos.

—El portal… está en algún lugar de este edificio o cerca de aquí. Pero lo que desatamos con el ritual, lo que despertamos, es más antiguo y poderoso que cualquier cosa que hayamos conocido. Quizás… quizás el sacrificio no sea físico. Quizás sea algo más… algo que debamos entregar voluntariamente, algo que sea más valioso que la vida.

—¿La conciencia? —preguntó Nubia, captando lo que Gerardo estaba insinuando—. ¿Podría ser que el precio sea entregar nuestras mentes, nuestros recuerdos, o algo aún más profundo? ¿Un sacrificio del alma?

Elisa sintió un escalofrío recorrer su espalda.

—Pero si entregamos nuestras mentes, ¿qué quedará de nosotros? Seríamos cáscaras vacías… ¿Valdría la pena salvar al mundo si perdemos todo lo que nos hace humanos? Además, ¿no sería lo mismo que morir?

El dilema era terrible, una elección que nadie debería enfrentar. Pero el tiempo seguía corriendo, y sabían que debían actuar pronto o arriesgarse a que el portal se abriera por completo, desatando el caos.

Finalmente, Gera tomó una decisión.

—No podemos arriesgar nuestras vidas sin antes intentarlo. Si el sacrificio es nuestra conciencia, entonces debemos entrarle. Si la oscuridad quiere nuestras mentes, que las tome. Pero lo haremos juntos, como lo hemos hecho hasta ahora. ¿Están conmigo?

Nubia y Elisa asintieron, sabiendo que no había otra opción. Eran conscientes que el precio sería alto, pero también sabían que no podían permitirse el lujo de flaquear.

Guiados por una determinación compartida, los tres comenzaron a caminar hacia el corazón del edificio, donde el portal latía como un ente oscuro, escondido en las profundidades. El camino estaba envuelto en sombras, las paredes estrechas y cubiertas de inscripciones que parecían arder con un fuego invisible. A medida que se acercaban, el aire se volvía denso, cargado de una energía que parecía succionarlos.

Finalmente llegaron a una gran puerta de piedra, tallada con símbolos que parecían estar vivos, retorciéndose bajo la superficie. El portal estaba allí, esperándolos, un vórtice de oscuridad que pulsaba con fuerza indescriptible. Era el final de su viaje y el comienzo de algo mucho más grande y aterrador.

—Es aquí —, dijo Paola, su voz apenas un susurro—. Este es el lugar donde debemos hacer el sacrificio.

Gera, Nubia y Elisa se pararon en círculo, sus manos entrelazadas mientras cerraban los ojos y se preparaban para lo que estaba por venir. Sabían que debían concentrarse, sumergirse en sus mentes y entregar lo que fuera necesario para restaurar el equilibrio.

El portal comenzó a resonar con vibración profunda, como si respondiera a su presencia. El aire alrededor se arremolinaba, y la oscuridad del portal empezó a extenderse, envolviéndolos. Mientras se sumergían en la penumbra, cada uno sintió un tirón en su interior, como si algo invisible estuviera arrancando partes de su ser, despojándolos de todo lo que alguna vez habían conocido.

Y entonces, la oscuridad los reclamó.

El mundo a su alrededor se desvanecía, y en ese vacío absoluto, una paz inquietante los envolvió. Cada uno sintió como si estuviera flotando en un océano infinito de silencio, sus mentes vacías, libres de todo pensamiento, de todo dolor. El portal los había consumido, pero también les había dado algo a cambio: la comprensión de que el verdadero sacrificio no era la pérdida de una vida, sino la entrega de lo que más valoraban, su esencia misma.

Cuando el portal se cerró, lo hizo con un susurro final, llevándose con él la oscuridad, el miedo y los recuerdos que habían formado la sinfonía de sus vidas.

Cuando los tres abrieron los ojos, se encontraron de pie en la entrada de la ciudad, el sol brillando intensamente sobre ellos. La niebla había desaparecido, y con ella, la sensación de terror que los había perseguido. Sin embargo, algo dentro de ellos había cambiado para siempre. Habían cumplido con su misión, pero el precio que pagaron los dejó con un vacío indescriptible, una ausencia que nunca podrían llenar.

Y aunque el mundo estaba a salvo, el eco de la oscuridad que habían enfrentado seguiría resonando en sus almas para siempre.

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 26 de agosto de 2024

La sinfonía de los despertares, episodio 4: El eco del pasado. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

La sinfonía de los despertares, episodio 4: El eco del pasado

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

El amanecer se filtraba a través de las grietas en las paredes, proyectando sombras y creando un juego de luces que parecía burlarse de los sobrevivientes. Tres siluetas caminaban en silencio, el peso de lo que habían desatado en la noche anterior lo cargaban sobre los hombros como una pesada piedra. La vibración que sentían en el aire no había desaparecido; parecía latir con intensidad creciente, un eco del ritual que aún resonaba en sus almas.

Gera lideraba esta vez, sus sentidos aun exaltados por la sensación persistente de que algo los acechaba, lo tenía intranquilo. Había aprendido a confiar en su instinto, ese mismo instinto que lo había mantenido con vida todo este tiempo y que ahora le gritaba que el peligro estaba cerca. Sus pasos eran firmes pero silenciosos, su mirada oscura como si buscara desentrañar los hilos de un destino que se tejía justo fuera de su alcance. Aquello le producía ansiedad.

Elisa caminaba detrás de él, su mente aún envuelta en las revelaciones del ritual. Aunque había alcanzado un nuevo nivel de conciencia, una parte de ella se sentía atrapada en un ciclo interminable de preguntas. ¿Qué era ese poder que habían desatado? ¿Y cuál sería el costo de usarlo? Los pensamientos revoloteaban en su cabeza como sombras, y por primera vez en mucho tiempo sentía una punzada de miedo.

Nubia cerraba la marcha, su mente absorta en las palabras del manuscrito chamánico. Las imágenes del ritual aún bailaban en su mente. Sabía que había abierto una puerta que quizás nunca debió haberse abierto, y aunque su instinto de periodista la impulsaba a seguir adelante, no podía deshacerse de la sensación de que estaban jugando con fuerzas que no comprendían. Sentía que perdía el control.

De repente Gerardo se detuvo en seco, levantando una mano para detener la marcha. Elisa y Nubia intercambiaron una mirada cargada de tensión antes de acercarse a él, sus corazones latiendo con fuerza. En el aire, algo había cambiado; una quietud antinatural los envolvía, como si el mundo entero estuviera conteniendo el aliento.

—¿Qué es eso? —, susurró Elisa, su voz apenas un murmullo.

Gera no respondió. Fijó la vista en una figura que emergía lentamente de las sombras al final de la calle. Era alta y esbelta, su silueta envuelta en un manto negro que parecía absorber la luz a su alrededor. No tenía rostro visible, pero había una presencia innegable, algo que parecía resonar con la misma energía que habían desatado en la sala ritual.

—No lo sé —dijo Gera sin apartar la mirada.

—Sea lo que sea, no es humano —, murmuró Nubia, su mano aferrando el pergamino como si fuera un talismán.

La figura se movió hacia ellos con una lentitud deliberada, cada paso resonando en el pavimento como un eco. A medida que se acercaba, el aire a su alrededor se enfriaba, y una niebla etérea comenzó a envolver el entorno, difuminando los bordes de la realidad. Elisa sintió que el miedo crecía en su interior, un miedo que iba más allá de la lógica.

Gerardo dio un paso adelante, su mano derecha descansando instintivamente sobre la empuñadura del cuchillo que llevaba al cinturón.

—No te acerques más —dijo en voz baja, su tono firme, pero con toque de incertidumbre.

La figura se detuvo, su presencia imponente. Una voz surgió de la niebla, un susurro suave que parecía resonar en las mentes más que en el aire.

—No pueden deshacer lo que han hecho. Han despertado fuerzas que trascienden el tiempo. Ahora, deben enfrentar las consecuencias.

Nubia sintió un escalofrío

—¿Quién eres? —preguntó, su voz temblando a pesar del intento de mantener la calma.

—Soy nadie —respondió la voz, su tono impregnado de una tristeza profunda—. Y lo soy todo. El eco de sus miedos. La sombra de sus decisiones. El guardián de los secretos.

Elisa sintió que el pánico comenzaba a apoderarse de ella. Las palabras de aquel ser resonaban con una verdad aterradora, una verdad que había estado tratando de ignorar desde que comenzaron su búsqueda.

—¿Qué es lo que quieres de nosotros? —preguntó. Su voz apenas fue un susurro.

La figura se inclinó levemente hacia adelante, como si estuviera examinándolos, aunque no se le veían ojos.

—Quiero que comprendan el peso de sus actos. Han alterado el tejido del tiempo y del espacio, y ahora, deben restaurar el equilibrio. El portal que han abierto no puede permanecer sin ser vigilado. Deben cerrarlo antes de que sea tarde.

El frío en el aire se intensificó, y Gera sintió que el hielo comenzaba a invadir su corazón. Sabía que las palabras del ser eran ciertas, pero también sabía que cerrarlo no sería fácil.

—¿Cómo podemos hacerlo? —preguntó, su voz dura como el acero.

—Con un sacrificio —respondió la figura, su tono sombrío—. El mismo poder que desataron debe ser devuelto al lugar de donde proviene. Solo entonces se restaurará el equilibrio. Pero sepan esto: el precio será alto. Uno de ustedes no saldrá con vida.

El silencio cayó sobre ellos como una losa de mármol, denso y opresivo. Elisa, Nubia y Gera se miraron, sus ojos reflejando la terrible verdad que acababan de escuchar. El miedo que los envolvía era tangible, un peso que les oprimía el pecho, dificultando la respiración. Sabían que debían tomar una decisión, y sabían también que esa decisión los cambiaría para siempre.

—Hicimos esto pensando en cambiar el destino, pero no tomamos en cuenta las consecuencias —dijo Elisa tomando una fuerte respiración.

La figura dio un paso atrás, como si hubiera estado esperando esa respuesta.

—El tiempo corre. Decidan pronto, o el portal consumirá todo lo que conocen.

Y con esas palabras la figura se desvaneció en la niebla, dejando a los tres en un silencio helado. Sabían que no tenían otra opción. Sabían que el precio debía pagarse. Sabían que uno tendría que despedirse.

Con el corazón pesado y el miedo acechando en sus mentes, los tres se prepararon, conscientes de que el eco del pasado resonaría en sus vidas para siempre.

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 19 de agosto de 2024

La sinfonía de los despertares, episodio 3: El ritual del olvido. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

La sinfonía de los despertares, episodio 3: El ritual del olvido

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

El aire de la madrugada soplaba en las calles vacías de Smart La Villita, acariciando las paredes derruidas de lo que una vez fue un edificio. Las sombras se alargaban, proyectadas en el resplandor tenue de una luna menguante como si intentaran alcanzar a los pocos habitantes que aún osaban caminar por las avenidas desiertas. En medio de aquel paisaje desolado tres figuras se movían con cautela.

Nubia lideraba el camino, sus pasos ligeros pero seguros. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, buscaban cada rincón en busca de cualquier amenaza oculta. La periodista llevaba el antiguo pergamino enrollado bajo su brazo, consciente de la fragilidad del documento.

—Manténganse alerta —susurró Nubia, sin voltear la cabeza.

Elisa la seguía de cerca, su mente todavía absorta en las revelaciones del tratado que había descubierto, algo dentro de ella había hecho click. Las palabras sobre la meditación profunda y la conciencia danzaban en su mente, componiendo una sinfonía de ideas que buscaba armonizar con el conocimiento ancestral que portaba Nubia.

—¿Crees que realmente funcionará? —preguntó Elisa, rompiendo el silencio.

—No tenemos otra opción. Ya no hay nada que perder —respondió Nubia, con una determinación que no admitía dudas.

Gera cerraba la marcha, sus ojos barrían el horizonte en busca de cualquier peligro. Las cicatrices en su rostro eran un testimonio de los horrores que había presenciado, pero también se había vuelto su fortaleza. Con el libro prohibido apretado contra su pecho se preguntaba si el viaje en el tiempo del que hablaba podría ser la clave para desentrañar el misterio de la enfermedad.

—¿Y si estamos equivocados? —murmuró Gera, más para sí mismo que para los demás.

El trío llegó al edificio en ruinas, sus muros cubiertos de enredaderas parecían respirar. El olor nauseabundo de algunas zonas les hizo fruncir el ceño. Tras buscar por horas, finalmente encontraron el sótano, que para su suerte estaba abierto. En el interior encontraron una sala circular, las paredes adornadas con inscripciones misteriosas que parecían cambiar de forma cuando no se miraban directamente. En el centro de la sala, un círculo de piedras se alzaba sobre el suelo, los bordes marcados con símbolos que parecían arder con un fuego etéreo.

—¿Este es el sótano de un Smart? —preguntó Gera con incredulidad mientras aseguraba la puerta.

Nubia abrió el pergamino sobre una de las piedras, sus manos temblorosas dificultaban la lectura de las instrucciones para el ritual. Minutos después las palabras en el antiguo idioma resonaban en la sala, un eco del pasado que envolvía a los tres en un aura de misterio y solemnidad. Elisa se sentó frente a ella, cerrando los ojos y sumergiéndose en una meditación profunda, susurrando su mantra para calmar su mente y abrirse a la conciencia colectiva.

—Recuerden, debemos estar en perfecta sincronía —dijo Nubia, su voz apenas un susurro.

Gera, de pie al otro lado del círculo, observaba con atención, sus dedos trazando los contornos de las cicatrices en su rostro. En su mente visualizaba los pasajes del libro prohibido, intentando entrelazarlos con las enseñanzas del pergamino y las revelaciones del tratado. Cada pieza del rompecabezas parecía encajar en un patrón desconocido, un patrón que prometía respuestas, pero también desafíos.

A medida que Nubia recitaba las palabras del ritual, el aire en la sala comenzó a vibrar. Los símbolos en las piedras brillaban con una luz intensa proyectando sombras danzantes en las paredes. Elisa, inmersa en su meditación, sentía una conexión cada vez más fuerte con las mentes de sus compañeros, sus pensamientos y emociones entrelazándose en una sinfonía de conciencia compartida.

—Estamos listos —dijo Elisa, abriendo los ojos y mirando a Nubia.

Nubia asintió, y con un último suspiro pronunció las palabras finales del ritual. La sala se llenó de una energía palpable, los tres sintieron cómo sus almas se entrelazaban en un vínculo indestructible.

Gera dio un paso adelante, su voz firme mientras recitaba un pasaje del libro prohibido. Sus palabras resonaron en la sala, entrelazándose con el eco del pergamino y el mantra de Elisa. En ese momento las piedras del círculo comenzaron a girar, creando un vórtice de energía que se elevaba hacia el techo. Los tres sentían como si estuvieran siendo arrastrados hacia un abismo de posibilidades infinitas, un abismo donde el tiempo y el espacio perdían su significado.

De repente, el vórtice se detuvo, la sala quedó en silencio. Los tres se miraron, sus ojos brillando con una nueva comprensión. Habían desatado un poder más allá de su comprensión, un poder que podría cambiar el destino de la humanidad. Pero también sabían que este poder venía con un precio, uno que estaban dispuestos a pagar.

Con renovada determinación salieron de la sala, dejaron atrás las sombras y el misterio del ritual. Sus corazones latían al unísono, una sinfonía de esperanza y sacrificio que los guiaría en su camino hacia el futuro. Y mientras caminaban hacia lo desconocido, sabían que cada paso los acercaba más a la verdad, una verdad que resonaría a través del tiempo y el espacio en la sinfonía de los despertares.

 

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 5 de agosto de 2024

La sinfonía de los despertares, episodio 2: El primer despertar. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

La sinfonía de los despertares, episodio 2: El primer despertar

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

En los suburbios de lo que alguna vez fue una próspera ciudad, la noche se cernía sobre una ágil silueta. Las sombras danzaban, Elisa se movía sigilosamente entre las ruinas. Su mente un torbellino de pensamientos oscuros y esperanzas desvanecidas. Había aprendido a moverse como un espectro, desapareciendo entre las esquinas para evitar a los infectados que deambulaban sin rumbo, con los ojos vacíos, reflejando desesperanza y ausencia de alma.

Elisa se detuvo frente a lo que quedaba de la biblioteca universitaria. Las puertas, una vez grandiosas, colgaban de las bisagras como dientes podridos. Un escalofrío recorrió su espina dorsal, respiraba hondo y se adentraba en el edificio. Sus pasos resonaban en el silencio y el aire estaba cargado con olor a polvo, moho y muerte, una mezcla que siempre le recordaba los viejos laboratorios de su juventud.

En el fondo de la sala principal encontró lo que buscaba: un rincón intacto, protegido de la devastación. Allí, sobre una mesa cubierta de polvo, descansaban varios tomos antiguos: libros de ciencia, filosofía, tratados de meditación y conciencia. Elisa se sentó, lista para diseccionar cada palabra en busca de respuestas. Abrió un volumen encuadernado en cuero, sus dedos rozaron las páginas con una mezcla de reverencia y desesperación.

“La conciencia es nuestra esperanza”, murmuró para sí misma, repitiendo el mantra que la había guiado a través de la oscuridad. Sumergida en la lectura, comenzó a descifrar conceptos, explorando los límites de la percepción y la realidad. Sabía que la clave para salvar a la humanidad no estaba en el mundo exterior, sino en los recovecos de la mente humana.

Mientras leía, sus pensamientos se entrelazaron con recuerdos de un tiempo mejor, antes de que la enfermedad se propagara como incendio. Recordó sus días de estudiante, las noches en vela investigando y al final el momento en que todo cambió. La meditación se había convertido en su refugio, un lugar donde podía enfrentar sus miedos y encontrar respuestas. Pero ahora ese mismo refugio era su campo de batalla, un lugar donde la oscuridad interior acechaba, lista para devorarla si no se mantenía firme.

Un ruido interrumpió sus pensamientos. Elisa levantó la vista, sus sentidos en alerta. Tomo un pesado libro a manera de arma, mientras su corazón se revolucionó al ver aparecer una figura en la penumbra, moviéndose con gracia. Su boca se llenó de un sabor amargo, sabía que tenía pocos minutos para atacar y escapar antes de que el ruido atrajera a más infectados.

―Que difícil es seguirte, pareces un gato por la manera en que te mueves ―dijo la voz femenina, emergiendo de las sombras. Era Nubia, la periodista que había seguido la pista de un antiguo manuscrito. Su presencia era un recordatorio de que no estaba sola en su búsqueda de la verdad.

Elisa exhaló con pesadez, aliviada de reconocer a Nubia. Aunque la sorpresa inicial se desvaneció, la tensión persistía. Elisa depositó el pesado libro sobre la mesa.

―Me asustaste… ―dijo.

―Perdón, no era mi intención, pero terminé rápidamente la búsqueda y vine aquí. ¿Encontraste algo? ―preguntó Nubia.

Elisa la miró, evaluando si podía confiar en ella. La biblioteca parecía un lugar donde las alianzas se forjaban y se rompían. Pero la necesidad de respuestas superaba cualquier desconfianza. Asintió, mostrándo el libro.

―Es un tratado sobre la conciencia y la meditación. Creo que aquí está la clave para entender cómo podemos revertir la enfermedad.

Nubia se acercó, sus ojos brillaban con determinación.

―Yo encontré esto ―dijo, sacando un pergamino antiguo de su mochila―. Es un ritual chamánico. Si combinamos nuestros conocimientos, tal vez tengamos una oportunidad.

Las dos mujeres se sentaron juntas, las mentes trabajando al unísono. Mientras descifraban algunos enigmas en los textos antiguos, una sensación de esperanza comenzó a surgir en sus corazones. Sabían que el camino sería largo y peligroso, pero también sabían que no estaban solas.

Mientras la noche avanzaba, un tercer miembro se unió a su círculo. Gera, el exmilitar, apareció en la entrada de la biblioteca. Sus ojos reflejaban el peso de sus experiencias, pero también una determinación férrea.

―Encontré algo ―dijo, levantando un libro cuyas páginas narraban un experimento ultrasecreto―: Un viaje en el tiempo. Creo, no, más bien, estoy convencido de que el pasado guarda las respuestas para nuestro futuro.

Elisa y Nubia lo miraron con asombro y curiosidad. Sabían que sus caminos se habían cruzado por una razón. Juntos, formaban una sinfonía de conocimientos y experiencias.

El primer despertar había comenzado, y con él una nueva esperanza para la humanidad. Mientras los tres se preparaban para enfrentar los desafíos que les aguardaban, una melodía oscura comenzó a surgir en sus corazones. Era la sinfonía de los despertares, una armonía tejida con sacrificio, esperanza y determinación.

Y así, en las ruinas de la civilización, comenzó una nueva melodía, una sinfonía de esperanza y renacimiento.

Continuará.

 

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 29 de julio de 2024

La sinfonía de los despertares. Novela seriada. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

La sinfonía de los despertares. Novela seriada

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

En un mundo sumido en la penumbra, donde la enfermedad se cierne sobre la humanidad, tres almas desgarradas luchaban por la supervivencia y la verdad. La sinfonía de sus despertares resonaba en las ruinas de lo que alguna vez fue la civilización.

Elisa, su mente afilada como un bisturí, había dedicado su vida al estudio de la conciencia. Antes del cataclismo, sus investigaciones sobre la meditación profunda la habían llevado a descubrir que la mente y el cuerpo estaban entrelazados como las notas de una partitura. En un mundo donde los infectados acechaban en cada esquina, Elisa no solo luchaba contra las criaturas, sino también contra su propia oscuridad. Cada vez que cerraba los ojos, se adentraba en los pliegues de su mente buscando respuestas.

Nubia, una intrépida periodista, había seguido la pista de un antiguo manuscrito durante años y ahora en el caos no dudaba de su veracidad. En las páginas amarillentas había encontrado un ritual chamánico olvidado que podría ser la clave para revertir la enfermedad. Su misión era más que una búsqueda de la verdad, era una danza con la muerte. Nubia sabía que cada palabra en ese pergamino podía cambiar el destino de la humanidad. Con cada paso que daba sentía el peso de la responsabilidad sobre los hombros.

Y luego estaba Gerardo, el exmilitar con cicatrices visibles e invisibles. En la biblioteca La Casa de los Laureles, o simplemente CIDECH, había descubierto un libro prohibido cuyas páginas narraban un experimento ultrasecreto: un viaje en el tiempo realizado en la Zona de Silencio. Él creía firmemente que en el pasado se guardaban respuestas. Pero también sabía que este podía devorarte si no tenías cuidado. Cada noche, mientras estudiaba las páginas amarillentas del libro, sentía una conexión inexplicable con los hombres y mujeres que habían vivido hace milenios.

Los tres se encontraron en Smart La Villita, un lugar donde las dimensiones se superponían como acordes. Allí, en las ruinas, un portal dimensional aguardaba. ¿Sería la clave para cambiar el destino de la humanidad o una trampa mortal? Los escritos, los enigmas y la conciencia se entrelazaban en una sinfonía profunda. Y mientras los infectados acechaban, los protagonistas se preguntaban: ¿qué melodía resonará al final de todo?

La sinfonía alcanzó su clímax, y en ese instante cada uno de ellos comprendió su papel en la gran partitura de la vida. Elisa, Nubia y Gerardo, unidos por el destino, dejaron que la melodía los envolviera.

Y así, en las ruinas de la civilización, resonó una nueva melodía, una sinfonía de esperanza y renacimiento, la sinfonía de los despertares.

 

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 22 de julio de 2024

Que la muerte nos separe. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

Hasta que la muerte nos separe

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

La casa de Pepe y Alba se alzaba sobre las faldas del Cerro Coronel, sus ventanas miraban hacia la urbe. El viento siempre soplaba con una urgencia inquietante. Pepe, un hombre que siempre se había caracterizado por su risa contagiosa y sus esperanzas inquebrantables, ahora yacía en su silla de ruedas, atrapado en su cuerpo debilitado por los años.

El amor que una vez compartió con Alba, su mujer, se había desvanecido, reemplazado por una fría indiferencia, como si los años hubieran revelado los verdaderos sentimientos y las promesas ante el altar fueran solo recuerdos. Alba, antes una mujer llena de calidez y ternura, ahora mostraba un cabello plateado y unos ojos de hielo. Su transformación había sido gradual pero implacable; la dulzura de antaño se había convertido en una crueldad disfrazada de devoción. Cuidaba de Pepe con una meticulosidad que bordeaba lo despiadado.

Sus hijos, ahora adultos, rara vez los visitaban. Pepe ya había escuchado todo lo que ellos pensaban, los había oído murmurar en el pasillo, preguntándose cuánto tiempo más tendrían que soportar esta agonía. Alba los animaba, diciendo que sería pronto.

Una noche, mientras la lluvia golpeaba las ventanas, Pepe sintió una presencia en la habitación. Una figura oscura, apenas visible, se materializó junto a su cama. “¿Quién eres?” susurró Pepe, su voz temblorosa.

—Una vieja amiga. Soy Muerte —respondió la figura—. He venido a ofrecerte una elección.

Pepe miró a Alba, que dormía junto a él.

—¿Qué elección?

—La libertad —dijo la Muerte—. Puedo llevarte más allá de este mundo, liberarte de tu prisión de carne y hueso. Pero hay un precio.

Pepe guardó silencio por un momento, pasando su mirada de su mujer hacia las fotos de sus hijos, y supo entonces que no tenía nada que perder.

—¿Cuál es el precio?

—Tu historia —dijo la Muerte—. Tu vida, tus recuerdos, tus amores. Todo lo que eres. Dejarás de existir en este mundo, pero tu esencia vivirá en otro lugar.

Pepe miró a Alba una última vez. Recordó los días felices, los besos cariñosos, los sueños compartidos y los nacimientos de sus hijos.

—Acepto —dijo.

La Muerte extendió su mano y Pepe la tomó. La habitación se desvaneció, y Pepe sintió que su espíritu se elevaba. Alba despertó, pero no vio nada más que el lugar vacío.

En algún lugar más allá del tiempo, Pepe encontró la paz. Su historia se convirtió en un susurro, sus amores y luchas tejidos en el tejido del universo. Y en la casa junto al cerro, Alba continuó su vida, sin saber que su esposo había escapado de su cruel dominio. Ahora ella es atormentada por sus propios fantasmas, y sus hijos le hicieron lo mismo que a Pepe.

No hay peor castigo que una conciencia intranquila y susurrante, que no guarda silencio. El viento en la casa del Cerro Coronel sigue soplando, llevando consigo los secretos de aquellos que ya no están.

 

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 15 de julio de 2024

Una sonrisa salvó mi vida. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

Una sonrisa salvó mi vida

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

La lluvia era como un enjambre abejas con agujas golpeando contra la ventana de mi pequeño apartamento. Cada gota parecía llevar consigo un suspiro, un lamento. Serví el café, oscuro y amargo, llenando la taza de cerámica con dibujo de gatitos, su aroma mezclándose con el olor a humedad me dio la sensación de vacío. La televisión, sintonizada en las noticias, anunciaba catástrofes y conflictos. Guerras lejanas, desastres naturales, tragedias humanas. El mundo parecía un abismo y yo estaba al borde.

Miré mi reflejo en el espejo y me devolvió mi imagen con ojeras profundas y una mirada cansada. “Adiós”, susurré, como si la habitación me respondiera con eco. La gente en la calle arrastraba sus vidas, absorta en sus tormentos. El gris del día se filtraba en mi alma, asfixiándome lentamente.

Detuve mis pasos frente a un parque cerca de la oficina. Mis manos temblorosas se aferraron al borde del banco de madera. La ansiedad me apretaba el pecho, y los recuerdos, como canciones inoportunas me atormentaban. ¿Por qué seguía aquí? ¿Qué me retenía?

Fue entonces cuando lo vi: un niño pequeño, no más de cuatro años, con ojos curiosos y una sonrisa bella. Su cabello estaba empapado por la lluvia, sus mejillas rosadas brillaban como rubíes. Agitó su manita hacia mí antes de volver a los brazos de su madre. Esa sonrisa diminuta y sincera me atravesó como un rayo de sol en la tormenta. Impactó en mi alma, sacudiéndome desde las entrañas.

“¿Recuerdas cuando empezaste?”, resonó una voz en mi mente. Sí recordaba. Recordaba los sueños que alguna vez me impulsaron, las esperanzas que se desvanecieron. Debía renacer, mantener mi actitud. No temer al fracaso. No podía salir viva de la vida, pero quizás podía vivir lo suficiente para dejar atrás el miedo.

Respiré hondo, llenando mis pulmones de esperanza. La lluvia seguía cayendo, pero ahora era solo agua. La sonrisa del niño me había salvado. Y así, con una nueva determinación, decidí seguir adelante. No como un sobreviviente, sino como alguien dispuesto a vivir plenamente, sin temor. Solo se tiene una vida, después de todo.

 

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 8 de julio de 2024

Lluvia de julio. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

Lluvia de julio

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

La lluvia golpeaba los cristales de la Quinta Gameros con insistencia, como si intentara advertir a tres amigos que algo oscuro y sobrenatural se avecinaba. Diego, Ana y Edgar se preparaban para salir de la sala de proyección. La película había terminado, pero Ana, siempre meticulosa, recogía sus pertenencias que habían caído al suelo durante la proyección.

La atmósfera se volvió poco a poco densa, cargada de electricidad estática. Diego, el escéptico del grupo, bromeó sobre la posibilidad de que un fantasma estuviera jugando con ellos. Pero Ana, con sus ojos inquietos, no compartía su humor. Edgar, el más sensible de los tres, miraba hacia la pantalla vacía con una expresión de temor. Las luces titilaron sobresaltando a los tres amigos.

Fue entonces cuando la entidad se manifestó. No como una sombra o un espectro, sino como una voz en sus cabezas. Una voz que resonaba en las mentes, susurrando profecías y predicciones. Diego se estremeció al escucharla, mientras Ana y Edgar intercambiaban miradas de incredulidad.

“Diego, perderás algo valioso”, susurró la entidad. “Ana, tu destino está entrelazado con el de otro”. Y a Edgar le advirtió: “Tus sueños te llevarán a lugares oscuros”.

Los tres amigos quedaron paralizados. ¿Qué era aquello? ¿Cómo podían escuchar los tres ese susurro serpentino? Y lo más aterrador: ¿ocurrirían esos futuros? La lluvia seguía cayendo, y la sala de cine parecía encogerse a su alrededor. Diego intentó reír, pero su risa sonó hueca y forzada. El encargado del lugar llegó para invitarlos cordialmente a salir, pues era casi hora de cerrar.

A medida que pasaban los días, las predicciones se cumplieron: Diego perdió a su perro en un accidente trágico. Ana conoció a un extraño en una cafetería, y su vida dio un giro inesperado. Edgar, obsesionado con los sueños, comenzó a pintar visiones aterradoras que lo atormentaban.

La entidad no se detenía. Cada vez que se encontraban, les revelaba más secretos, más profecías. Los amigos se sumieron en una espiral de miedo y paranoia. ¿Eran títeres en manos de fuerzas sobrenaturales? ¿O simplemente estaban perdiendo la cordura?

Chihuahua, la ciudad que los había visto crecer, se convirtió en un laberinto de sombras. Calles desiertas, edificios abandonados y una niebla perpetua que ocultaba más de lo que revelaba. Diego, Ana y Edgar se adentraron en las profundidades de la ciudad buscando respuestas, enfrentando sus demonios. Se volvió una travesía escalofriante, pero pudieron ayudar a más de uno.

La entidad los guiaba, pero también los atormentaba. Los llevaba a lugares donde el tiempo parecía detenerse, donde las leyes de la realidad se desvanecían. Y en cada esquina, en cada callejón oscuro, sentían la presencia acechante, pero jamás vieron su forma

¿Qué quería la entidad? ¿Por qué los había elegido a ellos? Las respuestas eran esquivas, como las sombras que se movían entre los árboles del Parque El Palomar. Diego, Ana y Edgar se aferraban a su amistad, a la esperanza de que juntos podrían enfrentar cualquier cosa.

Pero la entidad no estaba dispuesta a liberarlos. Los arrastraba hacia un desenlace inevitable, donde la realidad y la pesadilla se confundían. Y mientras la lluvia seguía cayendo sobre la ciudad, los tres amigos se preguntaban si alguna vez volverían a ser libres.

Así, en esa tarde lluviosa, comenzó su viaje hacia lo desconocido. Un viaje que los llevaría al límite de su cordura, donde la línea entre lo real y lo sobrenatural se desvanece. Y mientras la entidad tejía su red de profecías, Diego, Ana y Edgar luchaban por encontrar su propio destino.

 

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 1 de julio de 2024

El hombre sin sombra. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

El hombre sin sombra

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

En el ocaso del Día de San Juan, cuando el sol se hunde tras los cerros y la bruma se alza como un velo, yo danzo. Mis pies descalzos se hunden en la tierra fría y húmeda, la noche se carga de magia. Mi corazón late con alegría, como si los susurros del viento me llamaran.

Los ancianos del pueblo advierten sobre esta hora. Dicen que los velos entre los mundos se desgarran y las criaturas del otro lado pueden cruzar. Pero yo no temo a los espíritus ni a las leyendas. Mi risa desafía la oscuridad.

“¡Que vengan los que quieren hacer contacto!” grito con el alma, desafiando lo desconocido.

Los augurios están por venir, me digo. La cosecha será abundante, el amor encontrará su camino hacia mi corazón y la prosperidad llenará mis cuentas. Pero al regresar a casa, la euforia se desvanece. La oscuridad se ciñe sobre mí, siento que alguien me observa. Giro mi cabeza en todas direcciones, me ha abandonado la valentía.

En el espejo del pasillo veo que mi reflejo parece distorsionado. Mi sombra se alarga, retorciéndose como una serpiente. Mi corazón se acelera, pero hay otra figura detrás, una silueta sin forma. No tiene sombra. No tiene rostro. Solo ojos vacíos que me perforan el alma como si leyeran mis secretos. No tiene boca, pero sí una sonrisa aterradora.

«¿Me has invitado?» susurra dentro de mi cabeza, y un escalofrío recorre mi columna.

“Jamás”, alcanzo a decir, recordando el círculo sagrado y mi danza desafiante.

“¿Por qué me sigues?” le pregunto al hombre sin sombra, pero no hay respuesta. Solo luces parpadeantes y un aire espeso que me asfixia.

Las fuerzas llegan de golpe, y corro bajo las sábanas, sabiendo que no puedo escapar. El hombre sin sombra está en todas partes. Sus palabras llenan la habitación y su frío toque quema la piel. ¿Qué quiere de mí?

Quizás debería haber temido a los espíritus, después de todo. Quizás debería haber escuchado a los ancianos. Pero ahora es tarde. El hombre sin sombra me ha atrapado y no puedo escapar de su mirada.

Así que aquí estoy, escribiendo estas palabras en la penumbra. Si alguien encuentra este relato, por favor, recuerde mi nombre. Soy Guadalupe y he bailado sobre el círculo sagrado en el Día de San Juan mientras visitaba a mi madre en el pueblo. Si alguna vez hallas al hombre sin sombra no te atrevas a mirarlo a los ojos. No te atrevas a danzar en su círculo. Porque una vez que lo haces, él nunca te dejará ir. Y tal vez ahora te está viendo.

 

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 3 de junio de 2024

El Camino de la Libertad. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

El Camino de la Libertad

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

Ella decidió tomar sus cosas y salir al mundo. Un mundo tan vasto que asustaba, pero cualquier cosa era mejor que permanecer en esa casa de cuatro paredes que la hacía sentir atrapada como en una caja. Sacó las llaves del auto y emprendió el viaje. Él la llamó dos horas después rogándole que regresara, pero luego la maldijo. ¿Había hecho bien en huir? La respuesta la encontraría al atardecer, cuando por primera vez se sintió libre para soñar, gritar y vivir.

Optó por un camino rural, alejado de las miradas curiosas, y buscó refugio en una granja. Durmió sobre heno, rodeada de animales, pero incluso eso era preferible a su antigua cama cargada de recuerdos agridulces. La sombra que la observaba desde una esquina le resultó extrañamente reconfortante, como si la acompañara en su soledad.

Sin embargo, nada de eso se comparaba con las pesadillas que había vivido con él. Atada, sin poder escuchar su propia voz, sin fuerzas para luchar. Durante año y medio la idea de escapar había sido su única compañera. Finalmente, logró liberarse de aquel lugar que, aunque parecía un palacio, ahora le resultaba escalofriante.

Al amanecer, reanudó su viaje. La sombra se había acomodado en el asiento trasero del auto, pero no le molestó; al menos tendría alguien o algo con quien conversar. Estaba a punto de llegar a la ciudad donde vivía su familia y donde estaría protegida. Sin embargo, un par de patrullas la detuvieron; los oficiales le ordenaron bajar del vehículo.

Él, el hombre que la había lastimado, humillado, encerrado y secuestrado, todo legalmente bajo el título de “esposo”, había presentado una denuncia por abandono y robo del automóvil. Las lágrimas brotaron de sus ojos, su corazón latió con fuerza, y el miedo la invadió.

―Por favor, déjenme escapar ―suplicó.

Pero aquí viene un secreto; la sombra no era solo un espectro protector. Era algo más antiguo, más oscuro. Había sellado un pacto con ella, un pacto que ahora cobraba su precio. La sombra no solo la acompañaba, sino que también la protegía. Cuando el esposo la miró con desprecio desde la patrulla, la sombra emergió de su asiento y se fundió con él. El hombre, atormentado por visiones y remordimientos, se convirtió en el nuevo prisionero. La sombra había encontrado un nuevo anfitrión.

La sombra no era solo un ser vengativo. Era un guardián ancestral, un protector de los desamparados. Había estado esperando durante siglos a alguien como ella, alguien con la suficiente valentía para enfrentar a su pasado y liberarse. La sombra no solo quería venganza; también buscaba redención.

Así, ella continuó el viaje, libre y acompañada por su inusual aliado. El camino de la libertad no era recto ni predecible, pero al menos ya no estaba sola. Y mientras conducía hacia el horizonte, la sombra le susurró palabras antiguas, secretos olvidados y promesas de un futuro diferente.

 

 

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 27 de mayo de 2024

Prólogo para El libro de Alondra. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

Prólogo para El libro de Alondra

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

En la bulliciosa ciudad de México, donde los sueños se pierden en el ajetreo diario, vive Alondra, una mujer de 34 años cuya vida parece estar atrapada en un bucle interminable de rutina y desilusión. Su vida sentimental es un campo minado, un desfile constante de relaciones fallidas y corazones rotos. Es vendedora, un trabajo que apenas le permite mantenerse a flote en la corriente de la vida. Cada noche, regresa a su casa para pasar las horas en soledad, su única compañía es la luz parpadeante de la televisión y el eco de su propia voz cantando al karaoke.

Pero un día su vida da un giro inesperado. Un hombre amable llamado Fernando, conmovido por su historia, le regala un libro misterioso. Le promete que este libro tiene el poder de cambiar su vida, una promesa que Alondra recibe con escepticismo. Sin embargo, cuando abre el libro se encuentra transportada a un mundo mágico y desconocido. En este mundo, Alondra es una estudiante en un castillo majestuoso, donde ayuda a un chico llamado Thomas a atrapar una ardilla de cola explosiva. Asustada cierra los ojos y se visualiza cerrando el libro, volviendo a su realidad.

Este libro mágico se convierte en su refugio, un lugar donde puede escapar de su vida insípida y embarcarse en aventuras emocionantes. En este mundo, Alondra se une a una comunidad de personajes extraños en una misión para destruir un anillo malévolo. A lo largo de esta aventura descubre su valentía y determinación, superando miedos y ganando confianza en sí misma.

En otro giro de la historia, Alondra se encuentra en una hermosa isla donde la palabra “no puedo” no existe. Aquí, aprende a volar y a disfrutar de la libertad y la alegría de la infancia, recordándole la importancia de mantener vivo su espíritu de niña interior.

Finalmente se encuentra en el mundo de Fantasía. Aquí se embarca en un viaje de autodescubrimiento y superación personal, aprendiendo valiosas lecciones sobre la imaginación, los sueños y el poder de creer en uno mismo. Y aquí conoce a Ethan, un apuesto joven con aspiraciones de convertirse en un guerrero y enamorar a una bella princesa. Nace una historia de amistad que se convierte en amor, mientras intentan derrotar a un dragón.

Cada vez que Alondra regresa a su realidad en la ciudad de México, se da cuenta de que se ha vuelto más segura de sí misma y ha comenzado a vencer sus miedos. Su vida cambia de manera significativa y finalmente encuentra el sentido y la felicidad que tanto buscaba.

Ahora cada vez que lee su libro busca a Ethan y él la espera, entonces Alondra vive una vida llena de aventuras, amores, dramas y conquistas, todo gracias a un libro mágico y a su valentía para enfrentarse a lo desconocido. Este es el comienzo de su historia, una historia de transformación y descubrimiento, de amor y aventura, de magia y realidad. Y tú, querido lector, estás invitado a unirte a ella en este viaje.

 

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 13 de mayo de 2024

Rosa. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

Rosa

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

Miré al cielo en busca de estrellas y encontré la realidad que me atrapa y me sofoca. Anhelo abandonar el vacío de mi pecho y no pensar en lo que tal vez nunca llegue a suceder.

 

 

Rosa, su corazón lleno de un vacío insondable, miró al cielo estrellado. Las luces parpadeantes parecían burlarse de su soledad, el brillo intensificaba la oscuridad. La realidad la sofocaba como una serpiente a su presa. Anhelaba liberarse de las cadenas la existencia, la monotonía de su vida sin sueños.

Aquel precioso ensueño que una vez tuvo se había roto. Y ahora caminaba sola, enfrentándose a destinos atroces o tal vez a un jardín de flores. El hueco en su interior crecía con cada día, todos a su alrededor minimizaban sus sentimientos diciendo que era normal, que pronto se acostumbraría. Le sugirieron tener una mascota, hacer videos en redes sociales, pero nada llenaba el vacío.

Una mañana, Rosa despertó con una idea: decidió que iba a salir, que iba a llenar el hueco en su pecho. Se miró en el espejo y pensó, se miró a los ojos y vio la belleza en ellos. ¿Podría volar? ¿Podría alcanzar las estrellas?

En el universo infinito somos seres insignificantes frente a fuerzas sobrenaturales y milenarias, pero aun así persistimos, exploramos la inmensidad de lo desconocido y la profundidad del alma. En cada palabra se crea una atmósfera inquietante, un enigma que envuelve y cautiva: en medio de todo seguimos soñando, seguimos sonriendo, seguimos caminando.

Rosa decidió que no sería pequeña, no sería víctima, exploraría la inmensidad de lo desconocido y la profundidad de su alma, crearía su atmósfera, su propio enigma. Seguiría soñando, seguiría sonriendo, seguiría luchando.

Decidida, comenzó a trazar su camino: cada día se levantaba con el sol, su rostro bañado en la luz dorada de la mañana. Se miraba en el espejo y veía a una mujer fuerte, una mujer lista para enfrentar cualquier desafío.

Comenzó a llenar el hueco en su pecho con pequeñas victorias, pequeños momentos de felicidad. Un libro que le gustaba, una canción que la hacía bailar y transformarse, la sonrisa de un extraño en la calle. Cada uno de estos momentos era un paso hacia su sueño.

El camino no era fácil. Había días en los que la oscuridad parecía abrumadora, días en los que el vacío en su pecho se abría de nuevo. Pero Rosa persistía. Sabía que cada noche oscura era seguida por un amanecer, que después de cada tormenta llega la calma.

Y entonces, un día, sucedió: Rosa despertó y se dio cuenta de que el hueco en su pecho se había ido. Se miró en el espejo y vio a una mujer completa, una mujer que había salido victoriosa.

Y en medio de este universo infinito, Rosa seguía soñando, seguía sonriendo. Porque sabía que, sin importar lo que viniera, siempre tendría la fuerza para pensar.

 

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 29 de abril de 2024

Ino. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

Ino

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

Existen personas que transitan por la vida en espera de que algo llegue, algo lo suficientemente extraordinario para cambiarlo todo. Al final del día terminan frente al televisor esperando que la pantalla les quite el pesar de lo que ha sido la jornada. Esperaban la magia y al no llegar cayeron en la rutina de siempre, olvidando que todo en la vida es un dar y recibir.

Paco tenía un buen empleo, no era difícil y le dejaba tiempo libre; pero en lugar de verlo como una oportunidad, decidió entregarse al vicio del celular. Prestaba más atención a lo que podía ver en la pantalla que en mejorar sus habilidades, en destacar y así obtener un mejor puesto. Optó por el camino fácil. Con el tiempo comenzó a olvidar la importancia de dar un buen servicio, se molestaba cuando lo interrumpían de su maratón de videos, los cuales escuchaba a un volumen que molestaba a los demás. Poco a poco, se fue victimizando, pues en su mente él nunca tenía la culpa, siempre era culpa de los demás.

En un abrir y cerrar de ojos la oficina en la que pasaba sus días se volvió cada vez más asfixiante. Su carácter retraído y distante le había jugado malas pasadas. Llegó a tal punto de sentir una rivalidad y envidia por su compañero, que siempre lograba más por siempre llevar una sonrisa.

Rápidamente se convirtió en una de las personas que peor ambiente creaban, con mirada de comadreja y de igual malicia. Comenzó a quedarse solo, era más fácil culpar de aquello a sus compañeros.

Una tarde, cuando no lo habían dejado salir temprano, comenzó a reflexionar sobre lo que ocurría, su celular reclamó su atención una vez más aquel día. Chascó la lengua intranquilo, no le hizo falta mirar la pantalla para saber de quién se trataba. Decidió no prestarle más atención de la que ya le había dedicado, y tras volver a guardarlo en el bolsillo de su chamarra, vio frente a él la sonrisa que nunca fallaba.

“Ino”, pensó.

—Intenta sonreír más, que no te hace más pobre —bromeó Ino, elevando las cejas—. Ya estamos todos cansados de tu actitud, no pareces uno de nosotros, sino el enemigo.

Ino era exactamente lo que todo hombre desearía tener a su lado. Era alegre, divertida y siempre decía lo que pensaba. Para rematar, sus atrapantes ojos amielados.

“Ese Rubén, tiene mucha suerte”, pensó Paco.

—Te diré el motivo: He venido todo el camino haciendo una reflexión sobre mi situación actual. Te aseguro que verte es lo mejor que puedo esperar de un día como hoy.

—Me lo tomaré como un cumplido. ¿Entramos ya o prefieres seguir adulándome?

Paco se quedó en silencio, observando a Ino mientras se alejaba. En ese momento, se dio cuenta de que había estado buscando en el lugar equivocado. No era la magia lo que necesitaba, sino el amor propio y la autoestima para cambiar su vida. Decidió que era hora de dejar de culpar a los demás y empezar a trabajar en sí mismo. Después de todo, la verdadera magia estaba en él.

Desde aquel día Paco comenzó a cambiar. Dejó de lado su celular y comenzó a prestar más atención a su alrededor. Comenzó a sonreír más, a interactuar con los compañeros de trabajo. Se dio cuenta de que la vida no era tan mala como él pensaba, solo necesitaba cambiar su perspectiva.

Ino notó el cambio en Paco. Al principio, pensó que era una broma o una estrategia para conseguir algo, pero con el tiempo se dio cuenta de que el cambio era genuino. Paco ya no era el hombre gruñón y retraído que solía ser. Ahora era amable, atento y siempre tenía una sonrisa en su rostro.

Un día Ino se acercó a Paco y le preguntó qué había causado el cambio. Paco le sonrió y le dijo que había estado reflexionando sobre la vida y se dio cuenta de que necesitaba cambiar. Le dijo que había aprendido a valorarse a sí mismo y a respetar a los demás.

Ino quedó impresionada con la transformación de Paco. Le dijo que estaba orgullosa de él y que esperaba que continuara por ese camino. Paco le agradeció y le prometió que seguiría trabajando en sí mismo.

Con el tiempo, Paco se convirtió en una inspiración para sus compañeros de trabajo. Demostró que es posible cambiar y mejorar. Su historia sirvió como un recordatorio de que todos tenemos la capacidad de cambiar nuestras vidas si estamos dispuestos a hacer el esfuerzo.

Y así, Paco aprendió que la verdadera magia no está en esperar que algo extraordinario suceda, sino en tomar la iniciativa para cambiar nuestra propia vida. Aprendió a valorarse a sí mismo y a respetar a los demás. Y lo más importante, aprendió que la felicidad no se encuentra en un celular o en una pantalla de televisión, sino en uno mismo.

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 22 de abril de 2024

Dafne. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

Dafne

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

Desde tiempos inmemoriales he conocido el mundo, presencié la partida del último hombre. Pero si él era el último, ¿dónde me deja eso a mí? Soy humano, pero inmortal. No narraré mi historia, pues el amor… aún duele recordar cómo hice sufrir a mi querida Dafne.

La encontré una tarde lluviosa de abril mientras vagaba por el bosque en busca de fresas y mi presa se perdió por verla a ella. Supe de inmediato que deseaba protegerla y amarla hasta su último aliento. No fue hasta la siguiente primavera cuando unimos nuestras vidas en matrimonio. No puedo describir todo lo que viví durante esos años, hasta que despertó en ella el deseo de la maternidad. No pude ayudarla, pues no quería que nadie más estuviera atado a mi maldición. No soportaba verla llorar. Le prometí que haría todo lo posible para cumplir su deseo.

Un día llegó corriendo a donde yo estaba, cerca del lago. No había tenido suerte con la pesca, pero debía seguir intentándolo. Fue entonces cuando me lo dijo y el miedo me invadió, quede paralizado. La vi regresar a casa muy contenta, y esa fue la última vez que la vi en su juventud. Años después entré en casa solo para despedirme de ella. Sus ojos seguían siendo tan hermosos y con su último suspiro algo murió dentro de mí.

Fui cobarde y por ello me perdí de vivir algo hermoso y único con ella. Ahora entiendo que el miedo no lleva a ningún lugar y te priva de las cosas buenas. Después de Dafne, no volví a amar.

Con los años, me convertí en un empresario. Me gustaba ayudar a la gente y volví a tener una gran familia. Hasta que llegó la peste y se llevó a todo el mundo. Estaba solo de nuevo.

Es el momento de aceptar que aquellos a los que amas significan más que cualquier otra cosa. Con tristeza en mi corazón, solo me queda observar lo que ha quedado de la humanidad.

Desearía poder regresar en el tiempo y haber vuelto a casa aquella tarde para conocer al pequeño que Dafne había adoptado. Ahora todo es culpa mía.

Detengo mis pasos. Algo llama mi atención, son pequeños lamentos… ¿qué será esto?

Esperanza.

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 15 de abril de 2024

Vacío. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

Vacío

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

Gabriel vivía en una ciudad bulliciosa, llena de ruido y movimiento; a pesar de estar rodeado de gente, se sentía vacío por dentro. Sentía que algo faltaba en su vida, pero no sabía qué era.

Para llenar ese vacío, Gabriel comenzó a acumular cosas. Compraba ropa, gadgets, muebles, todo lo que creía que podría hacerle sentir completo. Pero cuanto más compraba, más vacío se sentía. También intentó llenar su vida con personas, saliendo con amigos, asistiendo a fiestas, incluso comenzando relaciones. Pero nada parecía colmarlo.

Un día tuvo un sueño extraño: Estaba en un bosque oscuro. De repente, una figura apareció ante él. Era una criatura antigua y sobrenatural, una entidad que parecía existir antes del tiempo. La criatura le dijo:

—¿Qué deseas, viajero perdido en la penumbra?

Gabriel vaciló por un momento, pero la desesperación lo empujó a responder:

—Anhelo encontrar algo que llene el vacío que me consume.

La criatura asintió con tristeza. En su mano surgió un objeto resplandeciente: un espejo de ébano. Sin dudarlo Gabriel tomó el espejo y se sumergió en sus reflejos, buscando las respuestas que siempre le habían sido negadas.

—Estás buscando en lugares equivocados. No puedes llenar tu vacío con cosas o personas. Debes encontrarte a ti mismo.

Despertó sobresaltado. Comenzó a reflexionar sobre las palabras de la criatura. Se dio cuenta de que había estado tratando de llenar su vacío con cosas externas, cuando lo que realmente necesitaba era mirar hacia el interior.

Comenzó un viaje de autodescubrimiento. Dejó de comprar cosas innecesarias y empezó a pasar más tiempo solo, reflexionando sobre quién era y qué quería en la vida. También dejó de buscar la aprobación de los demás y comenzó a aceptarse a sí mismo tal como era.

Con el tiempo Gabriel comenzó a sentirse más completo. El vacío que había sentido empezó a desvanecerse. Se dio cuenta de que no necesitaba llenar su vida con cosas o personas para sentirse completo. Todo lo que necesitaba estaba dentro.

El viaje no fue fácil. Hubo momentos de miedo, pero al final encontró lo que buscaba: encontró plenitud en su existencia.

 

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 25 de marzo de 2024

El eco de los recuerdos, episodio 4 El eco eterno. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

El eco de los recuerdos, episodio 4: El eco eterno

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

En la penumbra de la habitación, el doctor García despertó. A su lado, Elena, pero ahora Isabel. Los ojos brillaban con una tristeza antigua. Encendió una vela para iluminar la habitación y quizá para encontrar respuestas. La llama danzante parecía develar secretos, en las sombras, presagios.

Se volvería loco antes de lo que pudiera imaginar. Una voz detrás de él lo hizo sobresaltar. La voz, dulce y delicada, parecía surgir de las sombras.

—Bienvenido al otro lado —el sonido era un eco lejano—. Aquí, los secretos emergen de las sombras.

Recuerdos resonaba en su mente como un grito de abismo. Amor prohibido, la venganza de Damocles, espíritus en un limbo de niebla. De pronto la figura de Ramón apareció en un espejo roto.

—El umbral nos condena, doctor —dijo. La voz desesperada—. Estamos condenados a repetir nuestros. ¿Cree que pueda ayudarnos?

García dirigió su mirada hacia el libro antiguo. Las letras en sus páginas parecían moverse. El ritual debía completarse, pero ¿a qué costo?

—No tema —suplicó Isabel, su voz era otro eco—. Usted debe ayudarnos… anhelo descansar.

El eco de los recuerdos se intensificó haciendo trizas la quietud de la noche. El psiquiatra en la encrucijada.

Cuando tomó una decisión las paredes temblaron, el umbral se abrió de nuevo revelando un abismo de posibilidades. Ibrahim recitó las palabras que danzaban en las páginas de libro y la tormenta se desató.

El Sanatorio Santa Lucía permanece en pie, sus secretos atrapados entre sus viejas paredes de piedra. El eco sigue. El médico busca respuestas en un México de los 90 donde el pasado y el presente se entrelazan.

En 2024 los murmullos en el viejo sanatorio se siguen escuchando.

 

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

martes, 19 de marzo de 2024

El eco de los recuerdos, episodio 3: El umbral. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

El eco de los recuerdos, episodio 3: El umbral

 

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

El doctor García se hundió en las páginas del antiguo libro. Las palabras, sombras danzantes, se retorcían ante sus ojos. La tinta olía a moho y a secreto. En su mente las imágenes cobraron vida: Elena, no como la paciente del sanatorio, sino como Isabel: una figura atrapada en un torbellino de misterios.

El México colonial se desplegó: calles empedradas, faroles parpadeantes y vestidos de encaje que zumbaban en el viento. Isabel, su cabello negro como la noche, trenzado, y sus ojos inquietos de color avellana, era el corazón dividido entre dos hombres.

Diego, el apuesto médico del sanatorio, poseía su alma. Sus encuentros furtivos en los jardines eran versos prohibidos. Las miradas se cruzaban, los labios se rozaban en una danza de peligro. El cielo su testigo del día y de la noche.

Y también estaba Ramón, el oscuro alquimista. Su piel pálida y ojos hundidos escondían secretos del tiempo. Prometía la inmortalidad. Isabel sentía su atracción como un veneno que se filtraba en la sangre. Era la tentación de lo que debe permanecer oculto.

Una noche bajo la luna menguante Isabel y Diego decidieron explorar el umbral. Se arrebujaron en un desván del sanatorio donde las velas titilaban como estrellas caídas. Palabras ancestrales resonaron en sus gargantas. El mundo se desdibujó. En el umbral se materializaron las sombras. Isabel, retrocedió, el valeroso Diego dio un paso por delante de ella para protegerla.

Espíritus emergieron de la penumbra. Almas rotas, historias sin resolver. Gemidos de venganza el aire. Diego se aferró a Isabel, y juntos enfrentaron a los espectros. Pero Ramón también estaba allí, su rostro desfigurado por los celos.

—El umbral dibuja vidas pasadas —susurró Ramón—. Rompe el tejido del tiempo. Nos atrapa en un bucle eterno, donde los amores y las traiciones se repiten sin fin.

Isabel luchó contra los presagios, su corazón dividido entre el médico y el alquimista. Las paredes del sanatorio temblaron. El doctor García comprendió que él también era parte de esta historia. ¿Acaso había sido Ramón en otra vida? ¿O Diego?

El umbral se cerró, dejando a tres seres enredados en hilos transparentes. Isabel, Diego y Ramón: un triángulo que trascendía la cordura. El médico, el alquimista y la mujer que los amaba a ambos.

En la penumbra del sanatorio García se preguntó en voz baja: ¿Quién soy en esta danza de almas? El libro antiguo seguía abierto, las páginas temblando como hojas de árboles en una ventisca.

El umbral aguardaba, hambriento de más historias por revelar.

 

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 11 de marzo de 2024

El eco de los recuerdos, episodio 2. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

El eco de los recuerdos, episodio 2

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

La noche siguiente, el doctor García se hallaba solo en la penumbra de su estudio. Las páginas del antiguo libro reposaban sobre la mesa, sus bordes desgastados como las memorias que contenían. Había encontrado el libro mencionado por Elena y los secretos ocultos en esas páginas, y ahora estaba a punto de desvelar el mayor de ellos.

El aire estaba cargado de electricidad, como si el Antes se hubiera filtrado a través del tiempo. Cerró los ojos y comenzó a recitar las palabras en una lengua olvidada. Cada sílaba resonaba en la habitación como lamento y como imploración.

Y entonces ocurrió que las sombras se alzaron de los rincones, figuras desgarradas por el sufrimiento emergían ondulantes: eran ánimas cuyos rostros reflejaban dolor, ira acumulada. Elena, la mujer que había perdido su vida esa misma mañana, estaba allí. Su mirada frenética atravesó a García.

—Los espíritus buscan venganza. Nos culpan por el sufrimiento, por los pecados que cometimos en vida y ahora usted se ha sumado al rosario —exclamó.

El médico temblaba. Unas voces se entrelazaban como hilos invisibles. Elena mencionó un secreto, un amor prohibido que había desencadenado la maldición sobre aquel lugar. Un amor que había trascendido la muerte.

—¿Qué debemos hacer? —preguntó García, temblando ante la magnitud de lo revelado.

Elena lo miró fijamente. Sus ojos eran ventanas al pasado, a un tiempo en el que los corazones latían con pasión y los errores tenían consecuencias.

—Hallar la verdad —dijo ella—. Así podrás liberarnos y romper la cadena del dolor. Una madre no descansa hasta saber que su hijo es inocente.

El médico cerró los ojos y se dejó llevar por el eco de los recuerdos. Las paredes del sanatorio temblaron.

En la oscuridad de la habitación, García se adentró en un laberinto de enigmas.

Un velo se rasga en la penumbra. Una madre había cruzado los umbrales del Sanatorio. El hijo, atormentado por una enfermedad sin nombre, había sido su razón de vivir y su condena.

García la observó: su figura traslucida, los ojos hundidos por el dolor.

Vio caer a un ser sin alma al abismo. El cuerpo sin vida del muchacho yacía sobre la camilla de piedra. La madre lo acarició por última vez, lágrimas cayendo sobre la piel helada. La maldición se desató.

Ibrahim, se acercó al espíritu de la madre. Sus ojos eran pozos de sabiduría y tristeza. Le habló en voz baja, como si temiera despertar a los otros muertos:

—El mal que aquejaba a tu hijo no era terrenal. No tenía cura. Saltó hacia la oscuridad buscando respuestas que solo los espíritus conocen.

El rostro de aquella ánima miro al doctor. Ibrahim continuó:

—Ahora, debes cruzar el umbral. La verdad te espera al otro lado.

¿Qué oscuros secretos se ocultaban en los pliegues del tiempo? ¿Qué destino aguardaba al doctor García y a los espíritus atormentados?

La noche se volvió más densa.

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.

lunes, 4 de marzo de 2024

Recuerdos episodio 1. El sanatorio olvidado. Almudena Cosgaya

Dintel de Almudena

Recuerdos episodio 1. El sanatorio olvidado

 

 

 

Por Almudena Cosgaya

 

 

Ciudad de México, 1994

 

La lluvia golpeaba los cristales del viejo sanatorio con una insistencia que arrancaba secretos ocultos entre las paredes. El doctor Ibrahim García, psiquiatra famoso, investigaba los misteriosos sucesos que atormentaban a los pacientes de aquel lugar. El Sanatorio Santa Lucía, abandonado desde los años sesenta, se alzaba como un espectro en medio de un bosque: sus ventanas rotas, sus pasillos descarapelados.

García leyó sobre los casos de amnesia colectiva que afectaban a los internos. Los pacientes, sus historias de trauma y abuso, escuchaban voces en la noche, susurros que les hablaban de vidas pasadas y maltrechos secretos. Algunos aseguraran haber visto sombras que se movían por los salones, figuras destrozadas.

“La muerte se pasea por los corredores”, gritaban durante la noche pacientes del sanatorio.

El eco resonaba en las paredes, lamento ancestral en la neblina. Maraña de sombras y susurros en un laberinto. ¿Quién la figura espectral que deambulaba entre las camas? ¿Un guardián o un verdugo?

Una tarde, mientras revisaba los expedientes, el psiquiatra halló una foto antigua: un grupo de pacientes sonreía frente al edificio. Una joven de cabello oscuro llamada Elena miraba al frente como si supiera algo que los otros ignoraban.

García quiso entrevistarla.

En la sala común, sentada junto a la ventana, la joven pálida piel, su vestido blanco que llevaba, su cabello a lo Janis Joplin era testimonio de los años que había transcurrido. Al ver al doctor, sus ojos se iluminaron.

—¿Por qué está aquí, doctor? —preguntó Elena—. ¿Usted también quiere saber la verdad?

El doctor asintió.

Elena habló de sueños recurrentes, voces que la llamaban por su nombre en la madrugada. Un libro antiguo que había encontrado en la biblioteca del sanatorio: relataba ritual ancestral que abría puertas de otros mundos.

—El ritual revela vidas pasadas. El precio: traer consigo espíritus que habitan en la oscuridad. No lo sabíamos, pero era jóvenes y la curiosidad carcomía nuestros espíritus. Nos llamábamos aventureros.

El doctor García escuchaba asombrado. ¿Acaso los pacientes habían abierto una puerta hacia otro plano de existencia? ¿Qué secretos ocultos se escondían en aquel sanatorio?

—Simulamos ser pacientes, nuestros corazones vibraron ante la emoción de lo que podíamos descubrir.

—Pretendes que crea…

El psiquiatra giró la cabeza, se dio cuenta de que ya no estaban solos. Los pacientes del ala norte habían ingresado en el salón. Miradas intensas, almas vibrantes. Compartían el mismo temor. El que ahora los ojos del doctor Ibrahim García reflejaban. ¿Moriría?

¿Era la muerte una metáfora o un cuerpo? ¿Qué secretos ocultaba el sanatorio?

Las respuestas, como las sombras, se escondían en los rincones.

 

 

 

 

Almudena Cosgaya descubrió su gusto por las historias desde niña; hacía fanfics de relatos ajenos, lo cual fue para ella un excelente entrenamiento para escribir luego sus propios cuentos, al darse cuenta de que en algunos de sus relatos de fanfic había creado un personaje que merecía su propia historia. Es autora de poemas y de prosa narrativa. En 2017 publicó su novela La maldición del séptimo invierno.