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sábado, 21 de junio de 2025

Otra lección de cocina

 


Otra lección de cocina

 

Por Margarita Aguilar Urbán

 

                                    A Rosario Castellanos

 

 

En el silencio de la cocina

mujer de letras soy

ensoñando poemas,

mientras cumplo

con un trozo de carne

entre las manos,

ese ritual autómata

de separar las hebras

una a una.

 

En su abertura estrecha,

la ventana me entrega

un paisaje velado

por la luz del otoño,

pero yo,

mujer de letras (sí),

puedo bien ensanchar

la visión restringida

haciendo germinar soles internos

como flores que abrieran hacia adentro

ante la parquedad de los sartenes

y este trozo de carne

que deshebran mis dedos.

 

Y ni el taladro artero del vecino

ni el rumor del asfalto

ni el chamaco botando la pelota

en un incierto patio

interrumpen mi trance,

 

solo el tiempo que apremia

para poner la mesa,

el fregadero con ollas apiladas

y un designio de siglos

que en las hebras

me recuerda

a esta mujer que soy

de ajo

y cebolla.

 


Margarita Aguilar Urbán es investigadora de arte, poeta y profesora de literatura. Escribió los poemarios Como estación de tren (1988), Algodón en el corazón (poesía infantil, 2012) y Testudina descubre el horizonte (2021).  Ha sido incluida en los volúmenes Voces de tierra (1994), Campos ignotos (1998) y Taller Literario Pablo Ochoa (2009). Como investigadora, escribe artículos para revistas académicas. Recopiló las memorias del artista tarahumara Erasmo Palma en el libro Donde cantan los pájaros chuyacos (1992, reedición 2015, traducción al rarámuri 2018). Su obra Aurora Reyes. Alma de montaña, editada por el Instituto Chihuahuense de la Cultura, fue considerada el mejor libro del 2011 por el suplemento Día siete de El Universal y por la página de crítica literaria Salón de Letras.

domingo, 13 de abril de 2025

La revelación del agua o la fatalidad superada

 


La revelación del agua o la fatalidad superada     

 

Por Margarita Aguilar

 

“La pena del agua es infinita”, escribió Gaston Bachelard en su libro El agua y los sueños (Fondo de Cultura Económica, 1978), refiriéndose a la transitoriedad del líquido cuyo destino es fluir, correr y, por tanto, morir a cada minuto. Este elemento material omnipresente ocupa un lugar preponderante en el imaginario universal, desde los relatos mitológicos hasta su representación en las artes visuales. En su análisis, Bachelard describe el agua a partir de las imágenes aportadas por la poesía, y muestra que estas son más intensas y convincentes cuando logran comunicar esa materialidad irracional que no tiene nada que ver con la ornamentación perseguida por algunos autores.

Ligo esta reflexión con la escritura de Martha Estela Torres Torres en su novela La revelación del agua (Ediciones Morgana, 2023), donde narra la inundación ocurrida en Parral, Chihuahua, el 30 y 31 de agosto de 2008.

La autora parralense ha escrito cuatro novelas y esta, la más reciente, es una recuperación de imágenes que “como perlas luminosas en el collar de su memoria” (p. 48) surgieron para dar fe de un acontecimiento que marcó a una comunidad.

Las escenas de la catástrofe, contadas desde diferentes enfoques, como en un caleidoscopio, nos hablan del enfrentamiento a la adversidad descrito en el capítulo “El agua violenta”, del mencionado libro del filósofo francés. Es la lucha entre la voluntad férrea del hombre y las fuerzas naturales, la esperanza de la fatalidad superada, la supervivencia que eleva la frágil condición humana.

Además, la presencia del agua tiene otras connotaciones en cada una de las partes en que la autora dividió la novela: Maty, Inundación y Recuperación. La estructura marca con claridad tres periodos en la historia de Matilde, la heroína, ejemplo de supervivencia en los más difíciles trances.

La primera parte abarca la infancia, juventud y crisis que vive la protagonista por la traición del ser amado; la religiosidad y el cobijo familiar le devolverán la fuerza para conservar la vida tras un intento de suicido. Los episodios describen los recovecos de la vida provinciana donde se idealiza la sencillez y buena voluntad de los habitantes de la hacienda de Rosetillas, en contraste con los intereses de la población de Parral, urbe donde empieza a instalarse la modernidad.

En esta sección, es interesante identificar la presentación del agua clara y primaveral, descrita por Bachelard, representada por la noria de juguete que construye la niña Maty. Desde esta perspectiva, se asocia al candor de la infancia y al origen de la vida. Es maternal y creadora: “El agua reproduce la energía del universo y aviva el espíritu de los hombres”, piensa Matilde en un pasaje, prefiriendo el agua corriente de una fuente a la estancada de una alberca. “El agua es como la vida, hay que activarla, donarla, compartirla, apostarla, en una palabra, transformarla en pasión” (p. 118).  De la misma manera, en los episodios de dolor, el relato subraya la función purificadora del fluido de las lágrimas y del agua sagrada, la sangre divina de Cristo. La madre de Matilde eleva una plegaria: “te pido una gota de tu purísima sangre, pues solo ella tiene la virtud infinita para purificar y sanar mi alma y todas mis heridas” (p. 159).

La segunda parte de la novela, “Inundación”, contiene los episodios intensos que nos llevan a la percepción de la muerte como un viaje donde el agua es el vehículo.  Bachelard denomina a esta travesía imaginaria “el complejo de Caronte”.  Y lo explica de esta manera: “La imaginación profunda, la imaginación material quiere que el agua participe en la muerte; necesita del agua para que la muerte conserve su sentido de viaje” (Bachelard, 1993, p. 118).

La autora parte de una investigación minuciosa de los hechos ocurridos en los días del cataclismo y subsecuentes; con eficacia logra comunicar el horror del desastre utilizando diferentes puntos de vista y estilos de oralidad. En esta sección, la fuerza del relato colectivo hace que el acontecimiento involucre a todas las capas sociales. Como lectores descubrimos que nos encontramos en igualdad de condiciones ante los embates de la naturaleza y de que en las situaciones límite conviven por igual la tragedia y el milagro.

Torres Torres crea episodios escabrosos, esperpénticos: la fuerza del agua desentierra los cuerpos del panteón municipal y los vemos arrastrándose en pedazos por el pueblo; un anciano indigente, profeta callejero muere sin terminar su sermón sobre el advenimiento del fin del mundo tras urgir a sus escuchas para que dejen el camino del pecado; asistimos también a una escena prometeica donde los buitres hacen un festín con los despojos humanos.

Por otro lado, los diálogos de personajes anónimos dan frescura a la narración, captan una pretendida ingenuidad que, a ratos, se adivina maliciosa y burlona; son humorísticos y mordaces, pero también desesperados ante el desamparo y la injusticia; delatan la corrupción de las autoridades al igual que reconocen las acciones nobles de quienes se solidarizan con la gente.

Por último, la tercera parte habla de los caminos para enfrentar las pérdidas. La casa de Matilde, totalmente destruida en la inundación, es el símbolo de la reconstrucción que empieza con el alivio del alma y luego pasa a la materialización de la esperanza. La resiliencia, la confianza, la amistad, el trabajo son valores que llegan a edificar el hogar, el refugio natural para recorrer en paz el camino de la vida, aprovechando cada instante, con la conciencia de que llegará el momento de cruzar el río de la muerte.

Me honra escribir estas notas sobre La revelación del agua, una novela que termina con una nueva amenaza de lluvia torrencial, sugiriendo que cada nueva lucha fortalece la voluntad humana. Y refiriéndose a Matilde, el narrador apunta: “Angustiada, no puede ver bien, pero avanza enfrentando la fuerza del vendaval. El viento la empuja como la vida, como el tiempo, como el destino”. (p. 370).

Muchas felicidades a Martha Estela por esta lección esperanzadora.

 

Margarita Aguilar Urbán 15 octubre 2023

 


Margarita Aguilar Urbán es investigadora de arte, poeta y profesora de literatura. Escribió los poemarios Como estación de tren (1988), Algodón en el corazón (poesía infantil, 2012) y Testudina descubre el horizonte (2021).  Ha sido incluida en los volúmenes Voces de tierra (1994), Campos ignotos (1998) y Taller Literario Pablo Ochoa (2009). Como investigadora, escribe artículos para revistas académicas. Recopiló las memorias del artista tarahumara Erasmo Palma en el libro Donde cantan los pájaros chuyacos (1992, reedición 2015, traducción al rarámuri 2018). Su obra Aurora Reyes. Alma de montaña, editada por el Instituto Chihuahuense de la Cultura, fue considerada el mejor libro del 2011 por el suplemento Día siete de El Universal y por la página de crítica literaria Salón de Letras.

miércoles, 14 de agosto de 2024

Tsunami. Margarita Aguilar Urbán

Tsunami

 

 

Por Margarita Aguilar Urbán

 

 

 

Para Licha

 

 

 

Flores blancas,

ramos de flores blancas,

 

todos iban llegando

con ramos de flores blancas.

 

La madre permanecía sentada

en el sillón de tapiz oscuro.

 

Rosas, crisantemos, margaritas,

jazmines de marcado aroma dulce,

 

blancura como niebla en la sala,

las mesas, los rincones.

 

La mujer inmóvil,

planta enraizada en el sofá.

                   

Nubes, gardenias,

alcatraces como cirios en las esquinas,

 

alfombras de un albo hiriente

inundando cada resquicio.

 

Ella quiso agradecer las flores,

prenderlas en un hilo de su corazón.

 

evitar que crecieran,

muros de espuma inquietante.

 

Extendió los brazos

en un último gesto de celo maternal,

 

pero la ola,

blanco cíclope furioso,

 

arrastró, sin piedad,

el féretro de su hija

 

y a ella la arrancó de su asiento

dejándola, para siempre, a la deriva.

 

 

 

 

Margarita Aguilar Urbán es investigadora de arte, poeta y profesora de literatura. Escribió los poemarios Como estación de tren (1988), Algodón en el corazón (poesía infantil, 2012) y Testudina descubre el horizonte (2021).  Ha sido incluida en los volúmenes Voces de tierra (1994), Campos ignotos (1998) y Taller Literario Pablo Ochoa (2009). Como investigadora, escribe artículos para revistas académicas. Recopiló las memorias del artista tarahumara Erasmo Palma en el libro Donde cantan los pájaros chuyacos (1992, reedición 2015, traducción al rarámuri 2018). Su obra Aurora Reyes. Alma de montaña, editada por el Instituto Chihuahuense de la Cultura, fue considerada el mejor libro del 2011 por el suplemento Día siete de El Universal y por la página de crítica literaria Salón de Letras.

viernes, 11 de marzo de 2022

Aurora Reyes. ¿De qué color es el vestido que llevarás el día de tu muerte? Margarita Aguilar Urbán

 

Dibujo Aurora Reyes

Aurora Reyes. ¿De qué color es el vestido que llevarás el día de tu muerte?

 

 

Por Margarita Aguilar Urbán

 

 

El vestido es la prenda que socialmente ha sido adjudicada al uso de la mujer. Como expresó el psicoanalista J. C. Flügel (1884-1955), sus funciones, aparte de la protección, son las del pudor y la decoración; estas últimas, contradictorias: la primera obliga a ocultar; la segunda, a exhibir. Y las convenciones han obligado a la mujer a velar por la importancia de ambos polos: mostrar para verse bien, pero no demasiado para no parecer provocativa. La manera de vestir de la mujer ha sido esgrimida como un argumento para justificar la violación y el feminicidio.

En el 8M, relaciono este tema escabroso con el poema “Lotería a colores”, de la muralista y poeta Aurora Reyes (Parral, Chihuahua 1908 - Ciudad de México 1985), publicado por primera vez en su libro Humanos paisajes (Ediciones del Café París, 1953). Es un texto aparentemente ingenuo, donde una voz poética dirigida a una interlocutora, que podría ser ella misma, canta una partida de lotería, ese tradicional juego que se ha insertado tan pintorescamente en folclor mexicano.

“A la orilla del campo / vestido blanco”, inicia el texto, introduciendo el motivo del vestido. Y en los siguientes versos, donde sigue la enunciación de las cartas, empieza a dar a conocer premios, por decirlo así, que ganará la receptora.

Aparece, entonces, una forma de ironía en estas recompensas, porque todas ellas son destinos asignados al rol de la mujer: "vendrá el amor", "serás preciosa", "te vas a casar", (y por eso) "tendrás fortuna" y "vestido nuevo".

Sin embargo, al final, la carta lanzada es la muerte –“vestido verde”- donde se asoma una denuncia velada: ¿Qué espera una mujer? Su destino no parece estar relacionado con el ejercicio de su libertad, su independencia y autorrealización, sino que se basa en la buena o mala fortuna que le depare el azar.  La carta de la muerte es definitoria. El vestido verde convoca a la violencia y al deceso trágico. La voz de Aurora Reyes evoca, de golpe, la existencia de un hecho aterrador en nuestro país: diez feminicidios al día.

El tema fue también expresado por la artista chihuahuense en su memorable mural Atentado a las maestras rurales (1936), ubicado en el Centro Escolar Revolución. La obra representa a una maestra que es arrastrada y golpeada por dos hombres en la presencia de tres niños. La investigadora Gloria Hernández Jiménez hace notar la connotación de violencia sexual que se revela en el trazo de la figura de la maestra: “...logra exaltar la sensualidad del cuerpo femenino con una línea continua y fina en los contornos del dibujo”, y señala, asimismo, la importancia del color del vestido, “logra formar la tridimensionalidad corporal de pantorrillas, muslos, cadera y pechos de la personaje, que bien se exaltan debajo de su vestido rojo” (Hernández Jiménez, 2019, p. 88). 

 

La conmemoración del 8M llega este año en un ambiente de convulsión global: no solo por el espectro de la guerra, que pone de manifiesto la enorme fragilidad del ser humano, sino por cada uno de los problemas nacionales en un entorno lleno de disputas políticas, crisis económica y de salud, asesinatos a periodistas, delincuencia y todo tipo de enfrentamientos sociales pavorosos.

No obstante, la llegada del Día Internacional de la Mujer plantea en nuestras conciencias la necesidad de enfocar el feminicidio como una realidad minimizada con frecuencia, a pesar de tantas voces que se han alzado para hacerlo visible.

 

Fuente citada: Hernández Jiménez, Gloria. (2020, mayo): Alegoría de la educación. Denuncia y crítica social. El mural Atentado a las maestras rurales. Reflexiones del muralismo V (5), 66-98.

 

 

 

 

Aurora Reyes. Lotería a colores

              

A la orilla del campo

vestido blanco.

 

A la orilla del río

vestido amarillo.

 

Si te toca la luz

vendrá de azul.

 

Si te toca el sol

vendrá el amor.

 

A la orilla del prado

vestido morado.

 

Si te toca la rosa

serás preciosa.

 

A la orilla del mar

te vas a casar.

 

Si te toca la luna

tendrás fortuna.

 

A la orilla del cielo

vestido nuevo.

 

Si te toca la estrella

irás con ella.

 

A la orilla, a la orilla,

frente amarilla.

 

Si te toca la muerte

‒vestido verde‒

 

no quiero verte.

 

 

(De Humanos paisajes, 1953).

 

 

 

 

 

 

Margarita Aguilar Urbán es investigadora de arte, poeta y profesora de literatura. Escribió los poemarios Como estación de tren (1988), Algodón en el corazón (poesía infantil, 2012) y Testudina descubre el horizonte (2021).  Ha sido incluida en los volúmenes Voces de tierra (1994), Campos ignotos (1998) y Taller Literario Pablo Ochoa (2009). Como investigadora, escribe artículos para revistas académicas. Recopiló las memorias del artista tarahumara Erasmo Palma en el libro Donde cantan los pájaros chuyacos (1992, reedición 2015, traducción al rarámuri 2018). Su obra Aurora Reyes. Alma de montaña, editada por el Instituto Chihuahuense de la Cultura, fue considerada el mejor libro del 2011 por el suplemento Día siete de El Universal y por la página de crítica literaria Salón de Letras.

lunes, 3 de enero de 2022

Coralillo, o caminar adherido a la vida. Margarita Aguilar Urbán

 

Coralillo, o caminar adherido a la vida

 

 

Por Margarita Aguilar Urbán

 

 

Jesús Chávez Marín me dio a leer el primer libro de poesía chihuahuense que conocí en mis años de estancia en esa amada ciudad. En los ochenta yo empezaba a deslumbrarme con inusitados paisajes y con nuevas formas de expresión. Las palabras de Rogelio Treviño resonaron con su Lámpara de la piedra en mi sensibilidad de curiosa lectora. También comencé a conocer las crónicas de Chávez Marín, su escritura mordaz, su agilidad narrativa y una capacidad intuitiva que le permitía descubrir los avatares del mundo literario local. Este año, en un nuevo acto de generosidad, me hizo llegar su poemario Coralillo, editado en 2001 por Aster Editorial y reeditado por Aldea Global en 2020.

La primera característica que advierte el lector es que el volumen está fincado en el concepto del transcurrir cíclico del tiempo. La estructura es elocuente en este sentido: el libro está dividido en cinco partes de las cuales cuatro corresponden a las estaciones del año.

La otra sección, localizada como un respiro intermedio entre las demás, está integrada por treinta haikús, escritos cuidadosamente, donde la voz poética celebra los momentos de contemplación del mundo, respetando la inclusión de los kigo o palabras ligadas a elementos estacionales identificables.

Podría decirse que este apartado es el corazón del poemario, es el lugar donde la palabra manifiesta con más claridad su necesidad de alcanzar el instante poético, donde se desembaraza de ataduras ornamentales innecesarias y encuentra la mirada inocente del entorno.

 

Flor delicada:

Bien comprendí la fuerza

de tu perfume.    (p. 52)

 

 

Tren fantasma

en medio de la nieve:

tu silueta.  (p. 60)

 

 

Además, esta parte representa la invitación del poeta para que el lector registre sus propios textos en los espacios en blanco proporcionados para este fin, “como se escribe y dibuja en un cuaderno personal”, advierte el autor en una de las primeras páginas.

El resto del libro se presenta como la gran metáfora del viaje a través del tiempo, la travesía de la vida marcada por el nacimiento, muerte y renovación de la naturaleza, a la cual está integrado el ser humano. Cada estación es un parada, una galería que muestra cuadros significativos de la existencia, recinto al que se accede a través del conjuro de un par de haikús.

La voz poética busca expresarse con palabras desnudas. Navega en un mar de crestas irregulares privilegiando la confesión y la espontaneidad. Entonces brilla la preciada joya de la autenticidad para entregar al lector la revelación de las emociones íntimas del individuo que avanza en el camino azaroso de la vida.

La primavera se presenta como la estación de “las mujeres que nacieron en abril”, que, a la manera de las tres Gracias de Botticelli, derraman encanto, belleza y fertilidad. El poema “Abril” es una celebración de la condición femenina en un tiempo mítico.

El verano es la época de las pasiones frenéticas, de los personajes animalizados cuyos pasos “suenan como presagio de violencia” (p. 21), del miedo infantil por el regreso del lobo, del amor que arrasa “…con furia / los libros y los muebles de mi casa” (p. 25), de los celos, la compasión y la venganza justiciera:

 

El alba del sol habrá de enfrentarlo

en algún lugar lejano.

Allá habrá de vaciarse su destino

de paria ilegal y desterrado. (p. 35).

 

En el otoño habitan la nostalgia y la memoria. Los sucesos se miran a través de la “niebla del alba”. Mápula se erige como el lugar primigenio donde se encuentra la madre. Los recuerdos son historias enmarcadas en entornos rurales o urbanos. En esta estación aparece, también, el canto a “la mujer elemental” y a la plenitud del amor:

 

… besé la higuera en mi patio

para que los frutos

fueran dulces. (p. 83)

 

 

Por último, el invierno se asocia a situaciones de muerte, abandono o fracaso. Los seres avanzan marchitos en “la noche doliente de aleteos / la noche polvorienta, / quebrantada” (p. 103). El hombre insomne es torturado por las moscas, diminutas Erinias:

 

¿Qué anuncian estas brujas oscuras

con su danza vulgar?

Basura soy del tiempo, o lo parezco,

y son ellas ruido de esta pequeña muerte. (p. 108)

 

El poemario recorre caminos reconocibles para el lector porque dice las verdades de la condición humana. Su andar animoso en busca del amor y la belleza, su conciencia del fracaso y de la miseria, la inminencia de su muerte.  Entre tropiezos y pérdidas, no obstante, asoma la esperanza del renacimiento.  Anne Carson, en Decreación, escribió: “No importa qué se diga del tiempo, la vida va en una sola dirección, / es un hecho, y resplandece”.  Así sucede en la obra de Chávez Marín, Coralillo, este ofidio de colores brillantes que transita bien adherido a la tierra y a la vida.

 

Chávez Marín, Jesús: Coralillo. Editorial Aldea Global, México, 2020. Segunda edición. (Primera edición en Aster Ediciones, 2001).

 

Diciembre 2021

 

 





Margarita Aguilar Urbán es investigadora de arte, escritora y profesora de lengua y literatura. Escribió los poemarios Como estación de tren (1988) y Algodón en el corazón (poesía infantil, 2012). Está incluida en los volúmenes Voces de tierra (1994), Campos ignotos (1998) y Taller Literario Pablo Ochoa (2009). Como investigadora recopiló las memorias del artista tarahumara Erasmo Palma en el libro Donde cantan los pájaros chuyacos (1992, reedición 2016). Su obra Aurora Reyes. Alma de montaña, editada por el Instituto Chihuahuense de la Cultura, fue considerada el mejor libro del 2011 por el suplemento Día siete de El Universal y por la página de crítica literaria Salón de Letras.

lunes, 9 de agosto de 2021

Margarita Aguilar Urbán. Luisa Josefina Hernández: la liberación de la propia cárcel

 

Foto Margarita Aguilar Urbán

Luisa Josefina Hernández: la liberación de la propia cárcel

 

 

Por Margarita Aguilar Urbán

 

 

Comienzo estas líneas pensando en una fotografía fechada en 1950 por Lola Álvarez Bravo. La imagen muestra a una mujer pensativa, tal vez melancólica, asomada por una ventana de su vivienda. Las sombras de la luz del mediodía proyectan una extensa cuadrícula que cubre la ventana y el muro de la edificación. La estupenda toma en blanco y negro logra comunicar el ambiente asfixiante del encierro. El título de la imagen, En su propia cárcel (11 am), refiere una de las preocupaciones de las mujeres creadoras que, en los años cincuentas, exploraron el significado del lugar reservado al género femenino: la casa.

El refugio, el hogar, el territorio fecundo donde reina la mujer, se subvierte en la visión crítica de ese espacio íntimo como prisión. Así lo expresa Luisa Josefina Hernández (Ciudad de México, 1928) en su primera novela, El lugar donde crece la hierba, publicada en 1959 por la Universidad Veracruzana y reeditada recientemente en la colección Vindictas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Si bien el tema de la casa como cárcel amenazante podría resultar emparentado con la literatura fantástica o de suspenso, la manera en que se aborda en esta novela lleva a otro tipo de reflexiones. La narradora, una mujer acusada de robo, es recluida por su esposo en la casa de un amigo con el fin de protegerla, pero disfrazando una intención ambigua de abandonarla. A partir de este momento, la protagonista hace de esa casa ajena, propiedad de un hombre desconocido, la negación de un anhelo, un “lugar donde crece la hierba”, convencida cada vez más de que “el sitio donde crece la hierba no existe para mí” (p.36).  

En su estancia en ese espacio, el personaje femenino, sin identidad, pues no revela su nombre, va enfrentándose a diferentes tipos de degradación: la negación de la libertad, la infantilización, la animalización y la subordinación. La primera ‒y más evidente‒ la lleva a perseguir los dos únicos puntos de salvación en ese espacio cerrado: la escritura de un diario epistolar y la mirada a través de una ventana.

La infantilización, que significa dependencia y falta de autonomía, se manifiesta en que, desde el primer momento de su llegada a esa casa ajena, se le asigna el cuarto de los niños, donde se acuesta “en una cama baja y atormentadora”, y donde “me parecía que alguien me había convertido en niña para obligarme a vivir de nuevo los malos detalles de mi vida” (p. 13).

El mayor rasgo de ignominia es la animalización del personaje, expresada en su manera de comer moronas en la cocina, como las ratas que puede ver por la ventana en un terreno baldío.

Asimismo, su permanencia en un sitio donde nada le pertenece la obliga a subordinarse a los mandatos y decisiones del dueño de la casa, quien lleva el nombre de Eutifrón, en referencia indiscutible al diálogo de Platón, donde se habla de la piedad, y que en esta novela se manifiesta como la facultad del personaje para juzgar y decidir, como un dios en ese entorno doméstico.

En El lugar donde crece la hierba es posible identificar el conflicto de la protagonista a partir de la interacción con cuatro personajes masculinos que, desde su postura de superioridad, cumplen los papeles del infame, el indolente, el acusador y el juez. Son como los cuatro muros de una mazmorra, de acuerdo con la interpretación sugerida por Ave Barrera en la introducción del libro. No obstante, ninguno de estos personajes se presenta como condenable, porque en todos existe una humanidad que revela sus actos censurables, pero también el brillo de sus actos generosos.

Por otro lado, en el largo monólogo que la narradora despliega a través de veinte capítulos, se comprende que la prisión doméstica es solo la concreción de otra suerte de celda construida en la psique del personaje atormentado por la soledad, la miseria, el miedo, la culpa, la memoria de sus innegables errores y el dilema entre convertirse en lo que ella desea o lo que el mundo le exige. Precisamente la narración constituye el camino de la protagonista para entender y descubrir sus verdaderas aspiraciones; su tránsito recurrente por cada rincón de la casa se convierte en una manera de expiación que la lleva al autoconocimiento.

La autora logra que los lectores penetren en los sentimientos y reflexiones de la heroína cuya complicada psicología se construye a través de una prosa rítmica, esculpida con esmero, aparejada con las imágenes necesarias para trazar la cadencia del pensamiento. Sus detalladas descripciones se inscriben en la percepción nublada que se da entre el sueño y la vigilia. “Soy un río que sabe de raíces, de ramas, he sido apedreado, mi seno ha sido cementerio de pájaros y las hojas han caído en mis fauces y han desaparecido” (p. 36).  A través de las páginas de la novela reconocemos estados de conciencia donde la personaje se autodefine en el dolor, la miseria y la falta de amor: “supe que mi cuerpo era una caña seca, sin declives y sin rincones suaves” (p. 40), “a pesar de mis intensos esfuerzos por concentrarme, no me viene a la memoria ni la más oscura palabra de amor” (p. 154).

Hernández sorprende con un final de reivindicación del personaje donde queda claro que hasta en la actitud menesterosa de una situación límite subsiste todavía el poder de determinación, el momento en que la persona, concebida desde su interioridad como ser libre, ejerce su voluntad. La decisión no lleva necesariamente a la plenitud, pero significa el inicio de la emancipación. La “propia cárcel”, sugerida por Lola Álvarez Bravo en la fotografía citada, logra sobrepasarse gracias a la valentía para tomar una decisión.

Considero una jugada certera del azar el que, justo en los últimos meses, cuando el aislamiento social se ha convertido en una nueva forma de vida, haya llegado a mis manos este libro que propone la libertad espiritual como remedio a la innegable opresión de la realidad.

 

Hernández, Luisa Josefina: El lugar donde crece la hierba. Editorial Universidad Autónoma de México, México, 2020.

 






Margarita Aguilar Urbán es investigadora de arte, escritora y profesora de lengua y literatura. Escribió los poemarios Como estación de tren (1988) y Algodón en el corazón (poesía infantil, 2012). Está incluida en los volúmenes Voces de tierra (1994), Campos ignotos (1998) y Taller Literario Pablo Ochoa (2009). Como investigadora recopiló las memorias del artista tarahumara Erasmo Palma en el libro Donde cantan los pájaros chuyacos (1992, reedición 2016). Su obra Aurora Reyes. Alma de montaña, editada por el Instituto Chihuahuense de la Cultura, fue considerada el mejor libro del 2011 por el suplemento Día siete de El Universal y por la página de crítica literaria Salón de Letras.